¡Hola, gentecilla!

Gracias a Mery Vedder, damcastillo, Silvers Astoria Malfoy y CallMeStrange por los reviews del capítulo anterior.


Capítulo 8: Frío

Before I cross my heart and hope to die at all,
take off my mask and leave the lies to the liars.
(Before I close my eyes)
Before I close my eyes, I'm gonna give it up.
(Take off my mask)
Take off my mask and leave the lies to the liars.
The Used-Hospital

Ya ha anochecido.

Según el reloj de pared, faltan diez minutos para las once. Han pasado casi cinco horas desde que James y Albus Potter descubrieran a dos intrusos intentando robar una misteriosa caja negra del salón del primero.

El menor llama a su hermano por enésima vez, angustiado. James no responde. Lleva inconsciente desde que lo ha alcanzado ese maleficio, y Al está desesperado. Porque su hermano aún respira, pero tiene un piquete en la cabeza por los objetos que se han precipitado desde la estantería del que no deja de salir sangre, y si nadie le ayuda pronto dejará de inspirar y espirar, o las lesiones que le ha causado ese hechizo serán irreparables.

—James, despierta—ruega otra vez Al, que no sabe muy bien cómo se las está ingeniando para contener las lágrimas. Al igual que las anteriores ocasiones, su hermano no responde, pero desde hace un rato un ligero temblor lo recorre de arriba abajo.

Lo peor es que no puede hacer nada. Albus sigue maniatado y ni siquiera puede llegar hasta James o hasta su varita para liberarse de las cuerdas. Y gritar también está descartado, porque los ladrones, antes de irse con la caja (que han descubierto cuando ha caído sobre el mayor), han insonorizado las paredes del piso para que nadie acuda en su ayuda si la piden.

Las horas pasan con una lentitud insoportable. Al tiene las muñecas ya en carne viva de tanto intentar liberarse, pero no ceja en su empeño, igual que tampoco ha dejado de llamar a James, pese a que a estas alturas ya no espera que su hermano conteste.

Se está muriendo, piensa por enésima vez, observando el pálido rostro del joven. Se está muriendo y yo estoy mirando. Se detesta profundamente por ello, y varias lágrimas afloran a sus ojos, mientras el reloj alcanza las dos de la madrugada. Pero no puede hacer nada. Su única esperanza es que alguien entre en la casa y los descubra. Algo que, intuye, no va a ocurrir.

Cerca de las cinco de la madrugada un estampido espabila a Al, que ha pasado las últimas horas dormitando, y de vez en cuando despertando sobresaltado, observando a James y llamándolo. Una figura aparece de la nada cerca de la ventana del salón y se acerca a él. Albus se encuentra una varita en su cuello casi inmediatamente.

—¿Cómo se abre la caja?—susurra una voz, para sorpresa de Albus, femenina.

—No lo sé.

Como a la mujer no le gusta su respuesta, le da un puñetazo. Al se traga el quejido que iba a proferir y le dedica una mirada de odio.

—Sólo te lo voy a preguntar una vez más—empieza a amenazar la mujer. Justo en ese instante, James profiere lo que sin duda es un gemido de dolor. Al lo mira con aprensión.

—James…

Parece que llamar a su hermano no es una buena idea, porque Albus se lleva una patada en el estómago. Sin embargo, la desconocida mira alternativamente al joven y a James, como atando cabos.

—¿Y si te dijera que depende de ti que tu amigo viva o muera?—inquiere. Al la mira—. Sé qué maleficio le han echado y sé el contrahechizo. Aunque claro, han pasado ya muchas horas desde que lo han maldecido…—ronronea.

Al se muerde el labio. No debe hablar sobre el contenido de la caja, pero James… James no está para tonterías. Albus se encuentra dividido entre su deber y su hermano.

—Cúralo—ordena, señalando a James con la cabeza—. Te diré cómo se abre la caja. Pero…—Al tiene que alejar a esa mujer de su hermano sea como sea—. Pero necesito la caja, necesito que me lleves hasta donde está.

—¿Ah, sí?—la luz que entra por la ventana permite ver la sonrisa de la mujer—. Bien, vamos—agarra a Al del hombro y se prepara para desaparecerse.

—¡No!—protesta él, intentando sacudirse—. ¡Haz el contrahechizo! ¡James…!

Una risa burlona es lo último que escucha antes de que la mujer se desaparezca con él, dejando a James solo, herido y empeorando con cada minuto que pasa.


James escucha a su hermano llamarlo, pero no puede responderle. El dolor más intenso que ha sentido en toda su vida lo envuelve, lo asfixia y lo ahoga, impidiéndole casi cualquier movimiento. Además, tiene frío. Mucho. Demasiado.

Oye a alguien más, una voz desconocida, y un golpe. Trata de proteger a Al de quienquiera que le haya pegado, pero sólo un sonido estrangulado sale de sus labios. Luego, gritos de su hermano y un estampido que, cuando termina, lo deja todo en silencio.

James no puede pensar. No es capaz de elaborar razonamientos complejos, el dolor y el frío son demasiado grandes. Siente que le va a explotar la cabeza, y que algo enorme le aplasta el pecho y le dificulta la respiración, haciendo que se maree.

Se pregunta si eso será la muerte. James desea que no. No porque tema morir, sino porque hay muchas cosas que no ha hecho. Empezando por el cumpleaños de su padre, al que no puede acudir… siguiendo por romper con Sophie, que no se merece que juegue con ella…

Perdonando a Elijah. Necesita tenerlo cerca, porque aunque sea un capullo capaz de acostarse con otro James lo quiere más de lo que jamás ha querido a nadie. Y porque al pensar en él, el dolor se hace algo más soportable y hay algo cálido que le ayuda a combatir el frío, como si lo compartiera con el ex Slytherin.

Intenta llamarlo, creyendo, en un delirio provocado por la debilidad, que él lo oirá y acudirá, pero ninguna palabra inteligible sale de sus labios. Le duele, por Merlín. Le duele tanto que preferiría morir mil y una veces antes que seguir soportando esa agonía.

James pierde la poca claridad con la que podía pensar y se sume en un remolino de frío y dolor.


Al cumpleaños número cincuenta y dos de Harry Potter, el Niño Que Vivió, el Elegido (y unos cuantos titulitos más, que fue ganando con el paso del tiempo), sólo acude su hija menor y única chica. Lily le regala una caja enorme llena de objetos que ha ido acumulando durante el último año para que evoquen recuerdos de los doce meses transcurridos. Pese a que, junto con su mujer, ambos rememoran todo lo que pueden con las cosas de Lily, Harry no tarda en echar de menos a sus dos varones.

—¿Dónde están tus hermanos, Lily?

La joven se encoge de hombros.

—No soy su madre… pero últimamente James pasa mucho tiempo con Albus. Ya sabes, como Al rompió con su novia y eso… creo que se va a volver gay—confiesa en voz baja. Su madre se echa a reír.

No obstante, Harry está intranquilo. No le extrañaría que su primogénito hubiese olvidado el cumpleaños de su padre –porque James es un desastre para las fechas, el pobre; no sería la primera vez–, pero lo que no es ni medio normal es que Albus no haya dado señales de vida en toda la mañana. Ni que no haya mandado ni siquiera una lechuza para explicar por qué no podía acudir.

Sin embargo, las cartas de felicitación del resto de la familia no se hacen esperar, y con ellas los correspondientes regalos. Y Harry, pese a que está preocupado por sus hijos, no puede evitar encandilarse con los nuevos artilugios que ha inventado George, o soltar bufidos exasperados ante la carta larguísima y llena de palabras pomposas de Percy.

No es hasta que llega Teddy, como siempre, por la tarde, cuando ya está más relajado después de haber abierto todos los regalos, solo (porque Vic está en San Mungo), y le da el suyo, que recuerda su preocupación, cuando su ahijado se percata de que le faltan dos primos postizos.

—Vamos a casa de Albus, a ver qué tal—sugiere Harry.

Pero la casa de su segundo vástago está vacía. Cada vez más extrañado, el Elegido decide probar suerte en el piso de James. Se materializa en la entrada y llama. Después de varios minutos sin que nadie responda, Teddy abre la puerta con magia y entra el primero.

La casa está destrozada, como si hubiera tenido lugar una pelea. No obstante, Harry apenas se fija en los daños del mobiliario. Menos aún cuando ve el cuerpo inerte de James en un rincón, con una herida en la cabeza de la que sale sangre que apelmaza su pelo castaño, pálido.

—Merlín—musita Teddy, arrodillándose junto al joven. Harry se agacha también y sacude el hombro de James. No sirve para nada: James está frío, inconsciente y lo único que delata que continúa con vida es un ligero temblor que recorre su espalda y el sonido de su respiración, rápida e irregular.

Harry descubre entonces dos varitas que hay en el suelo, no muy lejos de su hijo. No tiene que pensar mucho para atar cabos:

—Albus—comprende, palideciendo casi tanto como James. Entonces se da cuenta de que ahora no puede hacer nada por Al, pero sí por su hijo mayor, que se está debilitando en sus brazos—. Teddy, llama a Ginny y dile que vaya a San Mungo. Luego, avisa a Ron y cuéntale lo que ha pasado. Que mande a un grupo de aurores a investigar qué ha pasado aquí.

Teddy asiente y se desaparece. Unos segundos más tarde, Harry aferra a James con más fuerza y se esfuma con él hacia San Mungo.


Elijah sonríe de oreja a oreja cuando Annie le muestra una vez más cómo ya puede cerrar los dedos para aferrar cosas. Por Merlín, cómo admira a esa niña. Aún le falta algo de coordinación, pero el ex Slytherin puede decir, sin equivocarse, que jamás ha tenido ningún paciente con tanto entusiasmo como ella.

—¿Sabes qué?—inquiere entonces Annie, mientras Elijah la lleva de vuelta a su habitación en la silla de ruedas.

—No. ¿Qué?

—Ayer vi a un niño por el pasillo—le cuenta en tono confidencial—. Se llama Roger. Y es muy guapo.

Elijah sabe quién es, aunque no ha tenido que tratar con el pequeño. Según lo que ha oído comentar a sus compañeros, el niño sufrió lesiones cerebrales cuando cogió las pociones de su madre y las mezcló para después beberse el mejunje. Una chiquillada que le salió cara, pues ahora Roger ha perdido la mayoría de sus recuerdos. La parte buena es que, cuando encuentren el antídoto a lo que se tomó, probablemente recupere la memoria.

—¿Te gusta?—pregunta, sonriendo.

—No—responde ella—. Pero es guapo. ¿Tú crees que si le pido que sea mi novio querrá?

—Sí, claro—responde Elijah—. No veo por qué no—entra en la habitación y coge a Annie en brazos para dejarla en la cama—. ¿Lo conoces?

—He hablado con él y es un poco raro—admite la niña. Entonces baja la vista, algo avergonzada—. Pero ¿tú crees…? Es que he estado pensando mucho sobre eso, y como no puedo andar, pues a lo mejor…

Elijah arquea las cejas.

—Oye, Annie. Tú eres muy guapa y muy simpática, y si un niño no quiere salir contigo es porque es idiota rematado. Y no pasa nada porque no puedas andar; ya me has dicho lo que quieres hacer cuando llegues a Hogwarts, y te irá bien.

Annie sonríe, sintiéndose mejor. Entonces alarga los brazos y Elijah se acerca a ella para permitirle que lo abrace.

—Si no fueras muy mayor, te pediría que fueras mi novio—le asegura.

Elijah ríe.

—Creo que no podría ser—comenta. Annie se encoge de hombros—. Bueno, hasta mañana—la niña se despide de él agitando la mano y flexionando los dedos para demostrarle que puede hacerlo.

Echa a andar hacia su despacho. Sin embargo, cuando va por el tercer piso alguien se choca con él. El joven reconoce a un demasiado pálido Louis Weasley, que no suelta el reglamentario gruñido despectivo hasta que descubre que es él.

—Siempre en medio, Anderson—comenta de mal talante, antes de seguir caminando. Elijah sacude la cabeza; lo aguanta muy poco, y eso es algo que nunca cambiará. Sin embargo, Louis se da la vuelta después de caminar unos cuantos metros y lo mira con el ceño fruncido con extrañeza—. ¿Se puede saber adónde vas?

Elijah se pregunta si es una broma. Desde luego, gracia tiene bien poca.

—¿Cómo que adónde voy? A mi casa, ¿a ti qué te parece?

Para su sorpresa, sin embargo, Louis no responde con nada ofensivo ni hiriente. Retrocede los pasos que ha dado para acercarse a él.

—No lo sabes todavía… ¿nadie te lo ha dicho?

—¿Decirme qué?

Louis arquea las cejas.

—¿Es que no te has enterado de lo de James?

Una minúscula parte del cerebro de Elijah razona que, si Louis está dirigiéndose a él en esos términos tan educados (tratándose de él) y de forma civilizada, es porque el primo de su ex novio no sabe que James y él rompieron hace un mes y cree que siguen juntos.

El otro noventa y nueve por ciento de sus neuronas, sin embargo, se pone alerta al escuchar las palabras de Louis Weasley. Elijah palidece, porque eso ya implica que James está ahí y, si James está en San Mungo, no debe de ser por nada bueno.

—¿Qué?—inquiere, atónito. ¿En qué lío se ha metido ese idiota imprudente ahora?—. ¿Qué le ha pasado a James?

Louis se muerde el labio.

—No me he enterado de lo que iba todo el asunto, porque Lily es un desastre para explicar cosas cuando está nerviosa y yo tampoco la estaba escuchando mucho…

—Al grano, Weasley—gruñe Elijah. Tiene el estómago encogido de la preocupación.

—Mi tío Harry y Teddy han encontrado a James en vuestro piso. Le han echado no sé qué maldición y…—Louis baja la mirada—. No he oído lo que ha dicho después, pero es… es…—mira alrededor, como si las palabras adecuadas para describir lo que le ha ocurrido a su primo fuesen a aparecer escritas en las paredes blancas e inmaculadas—. Parece que es jodido—resume finalmente, cuando no encuentra otra forma de expresarlo.

Elijah necesita unos segundos para reaccionar. Y lo único que piensa cuando su cerebro reanuda su actividad es que James no se puede morir sin que él le pida perdón. Por Merlín, no. No, no y no. Sencillamente es inconcebible.

Nota que las lágrimas afloran a sus ojos, pero parpadea rápidamente para alejarlas de ahí. No piensa llorar ahí, en mitad del pasillo, y mucho menos delante de Louis Weasley. Después de unos instantes, Elijah recupera un hilo de voz:

—¿Dónde está?

—Iba a verlo ahora—admite Louis; por una vez, parece que no tiene ganas de discutir. La última vez que ocurrió algo parecido fue en otra ocasión en que James no se encontraba bien. Ninguno de ellos lo medita, pero lo cierto es que cuando se trata del hijo mayor del Niño Que Vivió es el único momento en que los dos jóvenes, que se detestan desde que se conocieron, dejan de lado sus diferencias.

—Voy contigo.

Louis no pone ninguna pega y permite que lo siga. Elijah no puede evitar que sus ojos brillen con miedo, mientras miles de posibilidades sobre lo que pueda estar pasándole a James pasan por su cabeza. No es cierto, vuelve a pensar, pese a que sabe que ni siquiera Louis Weasley bromearía sobre un asunto tan serio.

Suben hasta el cuarto piso. Louis lee los nombres de las salas, hasta que se detiene ante una sobre la que reza: "Sala Merwyn". Elijah intenta no pensar que ahí suelen estar pacientes cuya supervivencia no está totalmente asegurada, y entra detrás de Louis.

James está en la cama más cercana a la ventana, que es también la única ocupada. Sentados en sillas junto a él se encuentran sus padres y su hermana. Elijah no se preocupa en exceso por no ver a Albus ahí, aunque ciertamente lo nota un poco extraño; se fija en su ex novio mientras sigue a Louis para acercarse a la cama.

James tiene una herida en un lado de la cabeza, si bien parece que ya está casi curada mediante magia. Su rostro carece por completo de color, y las pecas que ha heredado de su madre destacan tanto que no resultan naturales. A pesar de que está tapado por tres mantas, tiene los labios y los párpados amoratados, como si tuviera frío, aunque extrañamente no tiembla.

—Hola, Elijah—lo saluda Lily, que parece a punto de llorar. Él no responde. Seguido por Louis, se sienta en una silla y observa a James. No se preocupa por lo que hará cuando despierte, porque sinceramente duda que vaya a despertar pronto.

Unos minutos más tarde, la puerta se abre y por ella aparece una compañera de Elijah. Él no la mira; no aparta la vista de James. Alcanza a oír que tiene que hablar con su familia, y los padres y la hermana de James salen de la habitación

Elijah alarga entonces un brazo y le acaricia la mejilla. Se estremece al notarla helada, pero, sobre todo, se asusta cuando James no contesta ni reacciona de ningún modo.

—No está—escucha entonces. Gira la cabeza y mira a Louis, que tampoco aparta la vista de James.

—¿Quién?

—Albus—responde el rubio—. No lo encuentran por ningún lado.

Elijah se encuentra con el sentimiento egoísta de que le importa más bien poco el segundo retoño de los Potter.

Él sólo quiere que James esté bien.