¡Bueeeenas!
Gracias a kawaiigiirl, Mery Vedder, Silvers Astoria Malfoy y CallMeStrange por los reviews del capítulo anterior. Y una disculpa por haber tardado en actualizar.
Capítulo 11: La decisión del Elegido
La única causa perdida es la que se abandona;
saber encajar las derrotas también es vencer.
Mägo de Oz-Puedes contar conmigo
James sale de San Mungo unas semanas más tarde, cuando los sanadores se aseguran de que ya puede mantener su temperatura corporal por sí mismo.
Lo primero que hace el joven es aparecerse en su piso, coger su escoba, materializarse en la casa de sus abuelos y pasarse toda la tarde volando y haciendo piruetas, ignorando las advertencias de la abuela Molly. El aire huele a libertad, a final de verano, a los últimos rayos cálidos del sol. Y James quiere disfrutarlo.
No se baja de la escoba hasta que el sol termina de ponerse en el horizonte. Aterriza en el jardín de la Madriguera, espantando a un par de gnomos, y entra en la cocina para despedirse de sus abuelos y agradecerles el haberle dejado sus terrenos para entretenerse.
—¿No te quedas a cenar, James?—inquiere su abuela.
—Pues… no debería—responde él—. Aún no he visto bien cómo está mi casa; mi padre me dijo que los aurores lo dejaron todo como estaba y la verdad es que es un desastre…
—Ya lo harás luego—lo interrumpe Molly—. Te quedas a cenar—decide por él—. No sé qué te habrán dado en el hospital, pero estás muy flacucho… Algún día me explicarás por qué no comes; igual que tu padre. Los Potter sois muy canijos…
James suspira, desconectando para evitar escuchar el discurso sobre lo delgado que está todo el mundo cuyo peso esté por debajo de las dos toneladas. Se pregunta entonces cómo estará Elijah; no lo ha visto desde aquella última y extraña conversación en San Mungo… Tras unos segundos, se dice que no es asunto suyo; ya no están juntos y va siendo hora de que lo acepte y pase página.
Después de comerse todo lo que le ha puesto su abuela, James, que está convencido de que explotará como un globo si alguien le acerca una aguja al estómago, se despide de ella y del abuelo Arthur (le cuesta un poco porque el pobre ya está muy sordo) y se aparece en su piso.
Efectivamente, está todo patas arriba. James suelta un bufido, enfadado. Bien podrían haber colocado algo. Se pasea por la casa agitando la varita para repararlo todo, intentando no pensar en nada en particular. No obstante, no puede evitar que Al llegue a su mente. Angustiado, se pregunta dónde estará su hermano; y lo más importante, si está vivo.
Se da cuenta de que no va a poder dormir si sigue planteándose esos interrogantes, y además hay otra preocupación rondando por su cabeza. Da varias vueltas por la casa murmurando los hechizos de protección que le enseñó su tía Hermione una tarde que le contó las peripecias del tío Ron, su padre y ella cuando estuvieron varios meses de acampada huyendo de Voldemort.
Cuando termina, se deja caer en el sofá. Seguro que ya nadie puede entrar a maldecirlo de nuevo. James se siente algo más tranquilo en ese aspecto, mientras el sueño empieza a apoderarse de él. Sin hacer caso a la vocecilla que sugiere que se vaya a la cama para estar más cómodo, se queda dormido en el sofá.
Cuando Ron lo oye, lo primero que acude a su mente es que combatir a Voldemort y hacerse auror ha dejado a Harry con varios tornillos de menos. No puede estar hablando en serio.
—Estás de coña.
Harry suelta un bufido exasperado.
—No, Ron. Esto es serio.
—¿Me estás diciendo que realmente piensas mandar a James?—replica Ron, asestándole otro bocado a la hamburguesa que ha comprado de camino al trabajo.
—Pues aquí necesitamos aurores, y con la cantidad que dimitieron hace unos meses (*) estamos más bien escasos—argumenta Harry—. Además, James no es idiota; se las apaña bien.
—Nadie dice lo contrario—replica Ron—. Pero no sé, ¿no es…demasiado para él? Acaba de salir del hospital.
Harry sacude la cabeza.
—No voy a dejar que vaya solo—aclara con fastidio—. ¿Pero a quién mando con él?
Ron se encoge de hombros.
—Ni idea. Podrías mandar a alguien que sepa algo de sanación, por si acaso—sugiere—. Aunque me sigue pareciendo una estupidez y James…
—Tiene veintiséis años—interrumpe Harry—. Hermione, tú y yo estuvimos meses por ahí con diecisiete; James se las apañará.
Ese argumento parece convencer a Ron.
—Vale, ahora sólo tienes que pensar a quién mandas con él. Por cierto, ¿qué dice Ginny de esta idea tuya de mandar a tu hijo a la aventura?
Harry se sonroja un poco.
—No lo sabe—admite—. Aún—oh, Merlín, Ginny me va a matar cuando se entere…
—¿Cómo?—James no se lo puede creer—. A ver, papá, ¿me estás pidiendo que vaya yo a buscar a Al?
—Y que recuperes la caja—agrega su progenitor—. Sé que no te hace gracia…
—No, si la idea no es mala—replica James—. Pero… no tenemos ni idea de dónde está, ¿o sí?
Su padre y su tío Ron intercambian una mirada.
—Tenemos una ligera idea—admite su tío—. Los renegados—una aclaración para el lector ha de ser introducida aquí: el mundo mágico llamó "renegados" a los mortífagos que huyeron después de perder a su amo en la Batalla de Hogwarts; durante años han circulado rumores de una presunta reorganización para volver a recuperar el poder en nombre de los sangre limpia—perdieron la inteligencia a la par que la Guerra. Por cierto, llevarás un acompañante… Me sorprende que aún no lo sepas. ¿Acaso no te ha dicho nada?
—¿Decirme qué? ¿Quién es?
—Tu novio—responde Harry—. Es sanador, y es alguien con quien te llevas bien; no creo que tengáis ningún problema…
James se muerde el labio. Venga ya. Con la de gente que hay en el mundo, y precisamente su padre tiene la genial idea de obligarlo a irse por ahí con…
—Ya no lo es—aclara con amargura. Su padre lo mira con extrañeza.
—¿Qué? ¿Por qué habéis roto? Pero si llevabais…
—Bueno, déjalo—lo interrumpe James. No le apetece que le repitan lo que él ya sabe de sobra—. Y ahora que te lo he dicho, ¿puedo ir con otra persona?
—No.
Esa respuesta sienta a James como un jarro de agua fría.
—¿Por qué no?
—Porque, cuanta más gente sepa sobre la caja, más peligrosa será—responde sencillamente su padre—. Y Elijah ya sabe lo mismo que tú, así que es demasiado tarde para…
—Desmemorízalo—gruñe James.
—No seas infantil—lo riñe su padre en el mismo tono—. No podemos ir por ahí quitando recuerdos a la gente sólo porque tú no hayas madurado lo suficiente.
James suelta un bufido exasperado. ¿Se puede saber por qué su vida se está poniendo del revés? ¿Qué le ha hecho él al mundo?
Si alguien le pregunta, a Elijah tampoco le hace ninguna gracia tener que ir con James a buscar al hermano de éste y la caja por la que se ha montado tanto embrollo. Pero él fue lo suficientemente inteligente como para no mencionar que ya no está saliendo con James.
Un día después de que James reciba la noticia y le siente como una patada en el estómago (aunque eso él no lo sabe; y si lo supiera se reiría con placer vengativo, porque el remordimiento dio paso al despecho y el rencor hace unos días), Elijah acude al Cuartel de Aurores para que les cuenten, a James y a él, sus sospechas acerca del paradero de Albus Potter y, por ende, de esa caja diabólica.
Encuentra a James sentado en una silla en el cubículo reservado al Jefe del Cuartel (léase su propio padre). El joven lo mira durante unos instantes y luego dirige la vista a su regazo. Por un lado, Elijah se alegra de que esté totalmente recuperado, pero por el otro siente una rabia inexplicable hacia su ex novio. Ignorando ambas emociones con una frialdad digna del fundador de la Casa en la que fue seleccionado, se sienta en la silla de al lado.
—Podría tardar menos mi padre—comenta James, quebrando el incómodo silencio que se ha instalado entre ellos. Luego refunfuña algo en voz baja, pero Elijah no lo comprende—. Con la de gente que hay en el mundo…—gruñe después, malhumorado.
—Oye, a mí no me hace más gracia que a ti—replica Elijah.
—¿Y por qué no te negaste?
—¿Porque me lo ordenaba el Jefe de los Aurores?—sugiere él, exasperado—. Tú sí que podrías haberte negado. Es tu padre.
James suelta un gruñido.
—Lo intenté, pero tanto él como mi tío lo consideran una muestra de mi falta de madurez—le asegura.
—No van muy desencaminados.
James lo mira de mala manera.
—A lo mejor, si les hubieras dicho que ya no estamos juntos, no tendríamos que hacer eso.
—Son tu familia. No la mía. Yo no tengo que decirles nada—aunque Elijah se abstiene de comentar que su madre y su padrastro tampoco saben que ha roto con James.
Afortunadamente para ambos, Harry Potter y Ronald Weasley entran en ese momento en el cubículo. Ambos se percatan de la hostilidad existente entre Elijah y James, pero no comentan nada.
—Bueno, supongo que a estas alturas los dos sabéis por qué estáis ahí—Elijah asiente y James gruñe para dejar clara su posición respecto a todo el asunto—. Bien… hemos estado rastreando unas cuantas personas y unos cuantos lugares, y probablemente Albus esté en la Selva Negra, en Alemania.
—¿Por qué ahí?—inquiere Elijah.
—Sabéis para qué quieren utilizar la caja—comenta Ron—. Cuando terminó la Segunda Guerra, hace treinta y cuatro años, se enterró el cadáver de… Voldemort…—su rostro adquiere un tono extraño al decir el nombre del mago tenebroso más temido de todos los tiempos—en una ubicación que sólo conocíamos unas pocas personas: el entonces ministro Kingsley Shacklebolt (*), mi esposa, Harry y yo. Se guardaron los documentos relativos al caso en un lugar seguro, pero alguien tuvo acceso a ellos hace poco, así que trabajamos con esa hipótesis.
Junto a Elijah, James se estremece. El ex Slytherin sabe que su ex novio conoce más sobre esa Guerra que él mismo, porque sus padres llegaron a Inglaterra unos años después de que terminase la contienda, cuando él era un bebé, y nunca la vivieron; y, por tanto, Elijah sólo sabe de la Guerra lo que ha leído en los libros. En cambio, la familia de James estuvo metida hasta el cuello en el conflicto.
—Entonces, ¿tenemos que ir a Alemania?—genial. Con lo que Elijah odia viajar.
—Sí—responde Harry—. Haced las maletas esta tarde, pero meted sólo lo imprescindible. Saldréis mañana; el traslador está preparado.
Decir que James está molesto es quedarse corto.
Su padre lo ha decidido todo sin contar con él en ningún momento. No le preguntó qué opinaba él de irse al extranjero a buscar a su hermano, no le consultó sobre su acompañante más adecuado, y para colmo no le ha dado la opción de negarse.
El joven echa ropa al azar en la mochila, a la que ha hecho un encantamiento de extensión indetectable, sin molestarse en doblarla; su enfado está llegando a un punto en que le sale humo por las orejas.
Lo que más le molesta es la perspectiva de pasar vete tú a saber cuánto tiempo en compañía de Elijah. James tuvo bastante tiempo para pensar sobre su ex novio durante los días que pasó en el hospital, y ha decidido, aunque le duela en el alma, quitárselo de la cabeza. Porque le dio ese consejo a Al y lo más lógico es que predique con el ejemplo.
Entonces se fija en algo que hay en un cajón del armario. James se acerca y, para su sorpresa, descubre el reproductor de música que él mismo le regaló a Elijah. Tras varios segundos, supone que su ex novio se olvidó de cogerlo cuando estuvo en el piso para llevarse sus cosas y lo dejó ahí, con los cables de los auriculares enredados.
James suspira, mientras el enfado con su padre aminora para dar paso a… ¿a qué? Vale, añora a Elijah, no va a negarlo, y no ha progresado ni un poquito en su empresa de que ese hecho cambie… y echa de menos las conversaciones que no terminaban hablando precisamente, y…
El joven se deja caer en la cama, desenreda los auriculares, se los engancha en las orejas y enciende el aparato. Sabe que debe preparar las cosas para mañana, y también que realmente hay pocas canciones que les gusten a los dos, pero escuchar esa música que a él le parece aburridísima porque no tiene letra y que tantas discusiones con Elijah le ha acarreado no le disgusta.
Más bien lo deprime, porque está escuchando una canción lenta, triste, de ésas que sirven para que alguien olvide las cosas buenas de la vida.
Elijah, por su parte, se obliga a no pensar en nada en particular para no ponerse a romper cosas.
Por Merlín, ¿cómo se supone que va a aguantar él conviviendo con James ahora? Sí, lo ha estado haciendo muchos tiempo, pero tiene claro que eso de no poder abrazarlo y besarlo cuando le apetezca no va a ser fácil, ni por asomo. Si es que el famoso Harry Potter está grillado. Seguro que se le fue la pinza con tanta pelea con Voldemort. Y eso explicaría, también, que James sea incomprensible incluso para sí mismo la mayoría del tiempo.
Suelta un bufido, volviendo a sacar sus cosas del armario para meterlas en la mochila ampliada mágicamente, y recordando cómo no hace demasiado hizo lo mismo, antes de irse a Finlandia. Cómo han cambiado las cosas en tan poco tiempo.
Elijah se obliga a pensar en otra cosa para no recordar que la culpa de todo lo que ha pasado es enteramente suya. No es agradable, y además no le ayudará a recuperar a James.
Porque Elijah está convencido de que, si se esfuerza, puede encontrar esa segunda oportunidad que, aunque su ex novio se niegue a mostrarle, está ahí. James lo quiere, eso está claro. Pero está demasiado herido como para perdonarle a la primera de cambio, como ya demostró en el hospital.
Sonríe un poco. Quizá esa aventura no vaya a ser tan mala, después de todo.
(*) El motivo de la dimisión masiva de aurores, así como el de que Kingsley ya no sea ministro, está en el fic El enemigo creado.
Notas de la autora: Me gusta este capítulo porque poco a poco se va definiendo por dónde van los tiros. Además, jo, sale Ron :3
¿Reviews? :)
