¡Feliz domingo! Mañana no será tan alegre xD

En fin, a lo que voy. Gracias a Mery Vedder, CallMeStrange, Roxy Everdeen y Silvers Astoria Malfoy por los reviews del capítulo anterior.


Capítulo 14: La poción encantadorizante

Fuego, magia y pasión,
filtros de amor
cuidan de él.
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Mägo de Oz-El santo grial

Tanto James como Elijah despiertan tarde al día siguiente.

El segundo es el más madrugador (si se considera que levantarse a las diez de la mañana es madrugar). Parpadea, adormilado, y tras unos segundos comprende que el cuerpo cálido que lo abraza y ronca es James. No puede evitar sonreír. Ha echado de menos eso.

Es más de lo que merece, reflexiona. Él no quiso acostarse con Stuart, pero eso no implica que no lo hiciera. Y supone que a James le dolió muchísimo, pero ya lo ha perdonado y Elijah no tiene la menor intención de volver a dar motivos a su novio para que se ponga celoso. Que, de todas formas, James tampoco los necesita.

Se dispone a levantarse para preparar el desayuno, pero entonces escucha un sonoro bostezo que le indica que James está despierto. El joven se despereza y, tras mirar alrededor, abraza de nuevo a Elijah.

—Buenos días—murmura.

Un trueno en el exterior de la tienda responde al saludo de James.

—Hombre, buenos, lo que se dice buenos…—James arquea las cejas—. ¿Quieres desayunar?

—Si te ofreces…

Poniendo los ojos en blanco, Elijah sale de la cama y busca algo que ponerse, porque fuera de las mantas hace frío. Encuentra unos pantalones y un jersey y se acerca a las provisiones de comida cuando se viste. James lo observa desde la cama, tapado hasta el cuello e increíblemente cómodo.

—¿Cómo lo vamos a hacer?—pregunta entonces el ex Slytherin. Inmediatamente, la sonrisa de James se evapora.

—No lo sé. Podemos… Podemos vigilarlos durante varios días, porque no se me ocurre nada.

Elijah ríe.

—Ayer querías entrar y sacar a tu hermano a punta de varita.

—Sí, bueno, estaba de mala uva—admite James, impertérrito. De repente se siente mal. Albus está secuestrado a no mucha distancia de donde están y él no tuvo nada mejor que hacer anoche que acostarse con Elijah. Que no es que se arrepienta (faltaría más), pero le parece que no fue el momento más oportuno—. ¿Crees que Al estará bien?

Le ha hecho tantas veces esa pregunta que Elijah no tiene que pensar la respuesta:

—Si siguen creyendo que puede abrir la caja, sí—James suspira y entierra la cara en la almohada—. Por cierto, ¿cómo vamos a vigilarlos sin que nos descubran?

El joven saca la cara para mirar a su novio. Oh, cuánto ha echado de menos referirse a Elijah como tal.

—Mi padre me prestó la capa invisible. Podemos turnarnos.

—Me parece bien—replica Elijah—. ¿Quién…?

—Yo primero—lo interrumpe James con decisión. Elijah ríe.


Cuando Albus despierta, lo primero que siente es decepción. Porque sigue en esa habitación fría y oscura. Y eso quiere decir que continúa con vida.

Al no puede evitar sentirse mal. Mientras él está ahí, encerrado y poniendo todo su empeño para tratar de abrir la caja y así impedir que ese montón de cabrones hagan daño a la gente que le importa, su hermano está muerto. Y él empieza a pensar que seguir a James es la mejor opción, porque ni siquiera está viviendo. Pero, pese a que hace días que no come, sigue vivo. Secuestrado, desnutrido, deshidratado y deprimido, pero odiosamente vivo.

Cuando abren la puerta de su celda, apenas tiene fuerzas para levantarse, de modo que prácticamente lo arrastran por los pasillos y las escaleras hasta llegar a la parte alta del edificio (que hace semanas Al descubrió como redondo, pero no piensa en ello), donde está la caja. Albus se pregunta vagamente si, en caso de hacer amago de robarla, lo matarían. Luego deduce que probablemente no, y sus ojos verdes se anegan en lágrimas de desesperación.

Como los días anteriores, lo dejan sentado a una mesa desvencijada, con un montón de rollos de pergamino y la caja ante él. Albus suspira y, desganado, copia en uno de los pergaminos una línea que tiene que traducir. Ya sólo le quedan siete.


Elijah se muerde las uñas a pesar de que ya no le quedan, nervioso.

Él y James llevan tres días turnándose para vigilar la torre redonda, que han empezado a llamar el Peón por su similitud con dicha pieza de ajedrez. El primer día, y pese a llevar la capa invisible, ninguno se atrevió a entrar. El segundo, no obstante, James se coló tras un tal Kappel en el interior, y tardó dos horas más de lo previsto en volver. Ante el ataque de nervios que Elijah estaba a punto de sufrir cuando llegó, sacudió la mano para quitarle importancia y pasó a explicarle lo que había descubierto sobre el sistema de vigilancia.

Al parecer, hay guardias apostados en la puerta durante las veinticuatro horas. No son siempre los mismos; hay tres turnos. En el primero, de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, hay dos vigías. En el segundo, de cuatro de la tarde a doce de la noche, tres; y en el tercero, desde las doce de la noche a las ocho de la mañana, cuatro. Cada cambio es supervisado por una tal Minna.

Elijah lleva desde entonces dándole vueltas a su plan. Ha pensado en colarse durante el relevo de las ocho de la mañana, cuando los guardias del turno nocturno están cansados y llegan sólo dos personas para sustituirlos. La idea es dejar fuera de combate a esos dos para tener vía libre hacia el interior del Peón.

No obstante, hay cosas que necesita retocar. Como, por ejemplo, qué harán él y James para que nadie se dé cuenta de su intrusión. Por un momento se acuerda de Ted Lupin, el primo de James, y lamenta no ser metamorfomago.

Aunque…

Los pasos pesados de James interrumpen el hilo de los pensamientos de Elijah. Observa a su novio entrar en la tienda a grades zancadas, con una expresión enfadada en el rostro. No tiene que esforzarse mucho para deducir que probablemente haya vuelto a colarse dentro del Peón y haya visto a su hermano. El propio Elijah ha presenciado el estado de Albus Potter por la mañana, cuando él también se ha animado a entrar y curiosear un poco a ver si se enteraba de algo, pero ha considerado más prudente no contárselo a James. Una prudencia que ya no sirve.

—¿Qué te pasa?—inquiere con cautela, pese a que sabe la respuesta.

—¿Has visto cómo está Al?—James está hirviendo de rabia y tiene las orejas coloradas. Elijah se levanta de la silla y se acerca a él con intención de ponerle las manos en los hombros para calmarlo, pero su novio se aparta—. ¡Serán cabrones!—exclama, dando vueltas por la tienda—. ¡Está como muerto! ¡Y ni siquiera…!—se muerde el labio—. ¡Ni siquiera protesta, ni dice nada!

Elijah suspira.

—Oye, ya sé que… sé que no te gusta ver a Albus así, pero deja de intentar hundir el suelo a pisotones—James se detiene en seco y lo mira.

—Tenemos que sacar a Al de ahí—dice con decisión—. Oye, lo que dijiste ayer de entrar en el cambio de turno…

Elijah suspira.

—Hay que perfilarlo. No podemos… ir sin planearlo bien—James suelta un bufido y se deja caer en una silla. Es obvio que la idea de dejar a Albus abandonado a su suerte mientras ellos están sentados y debatiendo detalles del plan no le atrae en lo más mínimo—. Venga, no te enfades.

—No estoy enfadado—gruñe James—. Bueno, no contigo. Es sólo que… joder, es mi culpa que Al esté así.

—No es tu culpa—replica Elijah—. Es… Tú no sabías que la caja era gafe—intenta animarlo.

James sacude la cabeza.

—Ya da igual. ¿Cómo podemos entrar?

—En el cambio de las ocho—responde Elijah—. Los de la noche están cansados, y los de la mañana son sólo dos. Además, no duermen en el Peón; llegan de fuera.

—Podemos aturdirlos y…—James se queda entonces pensativo. Se acerca a la bolsa que le dio su padre y rebusca—. Vamos, tiene que haber echado, no puede habernos mandado a Alemania sin…—suelta un bufido, y casi al mismo tiempo una exclamación triunfal, y saca un frasco con un líquido de un rojizo parecido al tono del óxido de la bolsa.

Elijah frunce el ceño.

—¿Qué es eso?

—Es poción encantadorizante—explica James con ese entusiasmo que destila siempre que habla de pociones, sin duda una de sus partes favoritas de la magia.

—¿Y de qué va a servirnos eso?—a diferencia de James, Elijah siempre ha sido de aprobar Pociones por los pelos.

James sonríe.

—Verás. Sabes que las veelas tienen como… como encanto, ¿no? La mayoría de los hombres hacen tonterías por sorprenderlas y eso… Pues la poción causa un efecto parecido.

—¿Te convierte en un sex symbol?

—No exactamente. Es más bien como que crea fascinación. Te hace interesante a los ojos de los demás y no pueden negarte nada.

—¿Y eso de qué nos serviría?—inquiere Elijah.

—Al iluminado de mi padre no se le ha ocurrido darnos poción multijugos—responde James con aires de superioridad—; y yo no tengo problema en hacerla—alardea—, pero tardaríamos como un mes, por no hablar de que no tenemos la mitad de los ingredientes. Se me ha ocurrido que podemos transformarnos más… manualmente, y tratar de hacer creer al resto que somos de los suyos.

Elijah ve más agujeros en ese plan que en una red de pescar.

—Pero ¿colará? Es decir, ¿la poción es lo suficientemente potente?

James asiente.

—La única pega es que no funciona con todos—al ver que Elijah abre la boca para protestar, agrega rápidamente—: Mira, te pongo un ejemplo. Tú sabes que mis primos Vic, Minnie y Louis tienen ascendencia veela por parte de la tía Fleur, ¿verdad?—Elijah asiente—. Y los tres podrían hacer que el resto cayeran a sus pies si se lo propusieran.

—Sobre todo tu primo—replica Elijah con ironía. James pone los ojos en blanco—. Vale, sigue. ¿Cuál es el problema?

—Si seguimos con el ejemplo, Vic se crio con Teddy. Se conocen desde pequeños, y a él no le afecta ese encanto. La quiere precisamente porque puede ver más allá de ello, pero no babea cada vez que mi prima sacude el pelo y desde luego no se deja engatusar por ella.

—Entonces, hay gente a la que no podremos engañar—comprende Elijah—. ¿Qué haremos entonces?

—Pues… Estadísticamente, el noventa y siete por ciento de las personas sufren el efecto de la poción. Sería muy mala suerte que alguien del tres por ciento estuviese aquí—bromea James, pero al ver la mirada de su novio se pone serio—. Vale. Supongo que si nos pillan habrá que hacerlo por las malas.

Elijah frunce el ceño, pensando en los pros y los contras de ese plan.

—O sea, que a las ocho de la mañana, en el cambio de turno de las ocho, llegamos y… hacemos como el que no quiere la cosa y entramos. Y recuperamos la caja y vamos a por tu hermano—resume. James asiente, entusiasmado, pero Elijah frunce el ceño—. Eso está cogido con pinzas y se va a ir en cuanto sople un poco de viento.

—Bueno, pues sugiere tú otra cosa, genio—resopla James, ofendido.

Elijah sonríe.

—No, no está mal—admite—. Claro que hay muchas probabilidades de que tengamos que acabar batiéndonos en duelo con un montón de mortífagos y sus hijos. Me apetece.


Al día siguiente, a las siete de la mañana, ya están en marcha. James está ligeramente malhumorado, ya que anoche Elijah sólo le permitió abrazarlo, con la excusa de que debían descansar para lo que iban a hacer. James opina que hubiera sido mejor tener un método de relajación.

—Venga, no te pongas así—lo consuela Elijah Están escondidos tras unos arbustos, a la espera del momento oportuno—. Piensa que si sacamos a tu hermano de ahí hoy, mañana no tendremos que madrugar.

James responde con un gruñido. No, la abstinencia no es lo suyo.

—¿Son ésos?—inquiere, sin embargo, señalando a dos personas en la lejanía.

Efectivamente, son dos hombres. Uno de ellos superó los dos metros hace tiempo; no obstante, su delgadez hace que parezca que en cualquier momento se lo va a llevar el viento. A James le recuerda un poco a su primo Hugo, al menos hasta que ve una abundante mata de cabello rubio recogido en una coleta y unos penetrantes ojos verdes, que no obstante son demasiado fríos, demasiado imperturbables, para tener algún parecido con los de Al.

El otro no es desconocido para James. De hecho, es uno de los culpables de que él estuviera a punto de morir hace un mes. El Jorobado. Una oleada de odio recorre al joven al reconocerlo, y Elijah debe de intuir algo, porque toma su mano para calmarlo.

Los ven acercarse a la entrada del Peón y hablar con los cuatro guardias del turno de noche. También parece haber alguien más, en el interior, a quien se dirigen con voz algo temerosa. Tras unos minutos, el rubio y el jorobado se quedan plantados en la puerta, y los otros cuatro entran en el edificio. James no puede evitar mirarlos con odio.

—James—susurra Elijah. El joven se obliga a apartar la vista.

Ellos también han cambiado de aspecto. Sólo por si acaso. Ahora, Elijah luce unos espectaculares rizos pelirrojos, y su piel es más morena, como si llevase todo el verano tostándose al sol. Tiene una nariz alargada y torcida, y una incipiente barba rojiza le da un aspecto descuidado. Sus ojos grises son lo único que sigue igual. James no ha querido cambiárselos.

Él, por su parte, tiene la impresión de que se ha convertido en el gemelo perdido de Scorpius Malfoy. Su pelo, rubio platino, corto y peinado hacia atrás, se le pega al cráneo, y ahora tiene los ojos más grandes y separados y la nariz recta. Ha crecido varios centímetros, superando a Elijah, por lo que se siente ligeramente bien.

—¿Qué?—inquiere. Elijah le tiende el frasco con la poción encantadorizante.

—¿Cuánto hay que beberse?

—Un trago—responde él. Elijah obedece y luego lo mira.

—¿Ya? ¿Te parezco más…encantador?

James ríe.

—No sé. Prueba.

Elijah sonríe con malicia.

—¿Sabes que estaría bien dejar a Albus ahí?

James abre y cierra la boca varias veces. ¿Qué? No, no pueden dejar a Al a merced de esos cabrones… pero por otra parte, se lo está pidiendo Elijah. Qué bien le sienta el pelirrojo, por Merlín. Y sus ojos grises brillan más que de costumbre, y…

—Si tú lo dices—musita James con sumisión—. No creo que Al nos necesite tanto.

La expresión traviesa de Elijah cambia a otra completamente sorprendida, pero igualmente encantadora.

—No seas idiota, James. Toma—obedientemente, James toma un trago de la poción que Elijah le ofrece. Apenas unos segundos más tarde, recuerda lo que acaba de decir y entorna los ojos, enfadado.

—¿Cómo que dejemos a Al solo, eh?

Elijah sonríe.

—Era una prueba. Y se ve que la poción funciona…

James olvida su enfado al instante.

—Entonces, ¿vamos?

Se ponen en pie y echan a andar hacia el Peón. Aparentemente caminan con calma, pero ambos llevan sus varitas firmemente agarradas en los bolsillos, por si acaso. Los dos guardas, el rubio y el jorobado, los miran con suspicacia cuando los ven acercarse.

—¿Quiénes sois?—inquiere el jorobado. James mira a Elijah, de repente sin saber qué decir, pese a que llevan toda la noche ensayándolo.

—Yo soy Ludwig y él es Sebastian—se presenta—. Tenemos que ver al prisionero.

Es como si les hubiera echado un confundus; las expresiones de los guardias se relajan; incluso les sonríen.

—Claro, claro—dice el rubio—. Os ha llamado Minna, ¿no?

—Sí—responde James. Ha oído hablar mucho de esa mujer las dos veces que se ha colado en el Peón, pero aún no la ha visto. Ni Elijah tampoco.

Los dos guardias los dejan pasar sin más preguntas. James y Elijah se encuentran en un pasillo que se corta por la mitad por otro corredor perpendicular, como una cruz en el círculo que es la planta del Peón. Hay más gente, pero por fortuna nadie les presta atención; la poción encantadorizante parece bastante efectiva.

Se miran durante varios segundos.

—Ayer oí que Al está abajo, en una especie de mazmorra—explica James—. La caja…

—Yo me encargo de ella. Ve a por tu hermano. Nos vemos donde estaba la tienda esta mañana—James asiente y gira a la derecha en la intersección central, donde, si su memoria no falla, había unas escaleras descendentes.

Recuerda cómo estaba Albus cuando lo vio ayer. Parecía incapaz de caminar por sí mismo; se podría decir que, más que guiarlo, el gorila que había a su lado lo sujetaba para que no cayese al suelo. Estaba pálido y demacrado, y con una expresión ausente que hace que a James se le ponga la piel de gallina al recordarla.

James apenas se fija en los pasillos oscuros. Baja todas las escaleras que puede, decidido a registrar todo el edificio, de abajo a arriba, hasta dar con Al.

Pero no tiene que llegar tan lejos. Escucha un gruñido y luego un grito que lo hace estremecerse, porque ha reconocido la voz de su hermano.

—¡Hijo de…!—James echa a andar por el pasillo a grandes zancadas; está seguro de que es ahí donde están Albus y quienquiera que le esté haciendo daño.

Abre la puerta del fondo de una patada; efectivamente, ahí está Al, en un rincón, encogido y con el flequillo ocultándole los ojos.

Pero no está solo. James se da cuenta de ello cuando ve un rayo de luz volar en su dirección.


Elijah, por su parte, está peinando la planta superior, en busca de la dichosa caja. De momento, nadie le ha dicho nada, algo que agradece. No obstante, empieza a ponerse nervioso. James no le ha dicho cuánto dura el efecto de la poción; y, por lo que sabe, podría haberlo perdido ya, en cuyo caso… en cuyo caso tendrá que abrirse paso a base de maldiciones para salir del Peón.

Mira alrededor. Está convencido de que ya ha terminado con ese pasillo lleno de puertas, de modo que gira a la derecha, ero se encuentra con que es exactamente igual que el anterior. El joven frunce el ceño, y por un momento duda de si ya ha estado o no ahí. El interior de ese edificio es un auténtico laberinto.

Con decisión, aferra su varita con fuerza y abre la primera puerta a la izquierda.

No tarda en darse cuenta de que la caja está ahí. Está junto a la ventana, en una desvencijada mesa llena de pergaminos. Aparentemente inocente. Recuerda todos los comentarios de James sobre el mal agüero de ese objeto y echa a andar con intención de cogerla, pero cuando ha dado varios pasos escucha la puerta cerrarse tras él. Reforzando la presa de sus dedos en torno a la varita, Elijah se gira para encararse a quien haya entrado.

Pero se queda boquiabierto. Porque no es la primera vez que ve a esa persona.

Ella sonríe de lado.

—Buenos días, Elijah. ¿Te acuerdas de mí?


Notas de la autora: He cambiado por completo este capítulo. Bueno, éste y los que siguen. Mi cabeza trabaja más rápido que mis dedos y ahora tengo que re-estructurar toda la historia, pero creo que el resultado valdrá la pena.

A todo esto, ¿quién acaba de saludar a Elijah?