¡Hola! Espero que estéis teniendo una buena tarde.
Gracias a CallMeStrange, Roxy Everdeen, damcastillo, Mery Vedder, SrtaDraconis y Silvers Astoria Malfoy por los reviews del capítulo anterior.
Éste, por cierto, está dedicado a Roxy Everdeen, entre otras cosas porque me había olvidado por completo de que tenía que subirlo hasta que ella me lo ha recordado.
Capítulo 15: Un rescate accidentado
Juicioso es el que cree
que no existe partida
en la que no haya que
arriesgar para vencer
Mägo de Oz-El Atrapasueños
James todavía está viendo pasar toda su vida en imágenes cuando cae al suelo.
Mira alrededor, con los ojos desorbitados, y descubre la oscura quemadura que ha hecho el hechizo que iba dirigido a él en la pared. Se pregunta quién diablos lo ha apartado de la trayectoria del maleficio, y entonces se fija en Al, que desde el rincón lo mira con la boca abierta. Entonces comprende que ha sido su hermano.
James mira después al que lo ha atacado. Es un tipo negro y enorme, con una complexión propia de un armario, que lo observa con una expresión extraña en el rostro. James intenta identificar algo en ella y cree ver… ¿arrepentimiento?
—¿Te he hecho daño?—inquiere en un precario inglés. James niega con la cabeza, sorprendido por tanta atención, hasta que recuerda la poción—. Lo siento. No quería que nadie me interrumpiera mientras me encargaba de éste.
Al sigue mirando a James como si se tratase de una aparición. Una súbita idea ilumina la mente del mayor:
—Sigo yo con él. Tú ve a descansar.
—Pero…
—No era una sugerencia—James se las ingenia para que su voz suene autoritaria. Tras unos segundos, el hombre inclina la cabeza y sale de la habitación. Entonces, el muchacho mira a Albus y sonríe—. ¿Nos vamos?
—¿Quién eres?—inquiere él a su vez. James lo mira a los ojos, buscando algún rastro de broma. No lo encuentra, y algo extraño se retuerce en su interior.
—¿Quién voy a ser? Será que no me conoces—intenta bromear. Se acerca a su hermano para ayudarlo a levantarse, pero para su sorpresa Al retrocede y lo mira con desconfianza.
—James está muerto. ¿Quién eres tú?
—¿Que qué? ¿Cómo voy a estar muerto? Al, no tengo ni idea de lo que te han dicho estos cabrones, pero es mentira. Mira—se agacha frente a él y pone una mano en el hombro de su hermano—. No te atravieso, ¿ves? No soy ningún fantasma.
—Pero…—Albus parece confundido—. Te mató. El día que robaron la caja. Minna dijo…
—¿En serio te has creído lo que te dijeron quienes te tienen secuestrado?—
Al lo mira durante varios segundos en silencio—. Papá y Teddy me encontraron y me llevaron a San Mungo—explica—. Hace mes y medio. Salí hace un par de semanas, y no fue con los pies por delante.
Eso parece surtir efecto. Tras unos instantes en los que Albus medita las palabras de su hermano y James se lamenta de lo desmejorado que parece Al, el menor se aferra a su cuello con fuerza.
—James, joder—murmura—. Quiero irme de aquí.
—Llevo diez minutos intentándolo—replica James, no sin cierta exasperación. Se separa de Al y se pone en pie para ayudarlo a levantarse. Su hermano se tambalea—. Por cierto—rebusca en la mochila que lleva colgada a la espalda y saca un palo de madera que le tiende a Albus—: Supongo que habrás echado de menos hacer magia con varita.
Él sonríe un poco.
—¿De verdad nos vamos?
—Sí. Supongo que Elijah ya habrá cogido la caja.
—¿Elijah? ¿También está aquí?
James guía por su hermano por los pasillos, callando a todos los que los miran. No obstante, no le dice nada a Al, no aún; es peligroso. Sin embargo, cuando ve una ligera sonrisa en el rostro de su hermano no puede evitar contagiarse.
Elijah se acuerda de ella. Claro que sí. Pese a que tiene un físico habitual –cabello castaño y ojos pardos–, no podría olvidar su rostro tan pronto. La vio hace poco más de una semana, fue la chica que los acompañó en el trayecto desde Stuttgart hasta Hoffsgrund. La que hablaba inglés y alemán con la misma soltura.
—¿Heidi?—prueba él.
Ella sonríe.
—En realidad, mi nombre es Minna Lestrange. Pero las identidades son algo tan voluble… En fin. Tengo entendido que quieres llevarte mi caja.
—No es tuya—replica Elijah rápidamente—. La robasteis…
—Y tu amigo a nosotros—Minna soltó una risita cantarina—. No sabes lo curioso que fue darme cuenta el otro día de que uno de los enviados del Ministerio inglés no era un completo desconocido. Claro que yo daba por sentado que había muerto; pero al parecer Carl no lo hizo bien.
Pensando que está concentrada en su monólogo, Elijah da un paso cauteloso hacia la caja.
Apenas lo ha hecho, a una velocidad inusitadamente alta, Minna saca la varita, lo apunta con ella y pronuncia un maleficio. El joven no está seguro de cómo se las ingenia para esquivar el hechizo, que sale por la ventana abierta y se pierde en el cielo de la Selva Negra.
—No te vas a llevar eso—canturrea Minna, con el tono que cualquier persona normal utilizaría para convencer a un niño pequeño de que se termine las verduras—. El pequeño Potter ya casi ha descifrado lo que pone, y no vas a utilizarlo tú.
—Da la casualidad de que ya debe de haberse ido—replica Elijah, y sonríe de lado al ver la expresión alarmada de Minna—. James se ha encargado de eso, y confío en que ya hayan salido del edificio.
Minna se gira para abrir la puerta por la que ha entrado, y el joven no desaprovecha la oportunidad. Con un encantamiento convocador atrae la caja y los pergaminos que hay sobre la mesa y se guarda la primera en el bolsillo. Como no sabe la utilidad exacta de los manuscritos, los aferra con fuerza con la mano izquierda.
Minna lo mira y entorna los ojos.
—Dame la caja.
La sonrisa de Elijah se vuelve burlona.
—¿Y qué pasa si no quiero?
Un maleficio es la respuesta. Esta vez, Elijah está más preparado que la primera, y lo desvía sin muchos problemas. Sin embargo, apenas ha terminado de hacer un encantamiento escudo, otra maldición se acerca hacia él, y tiene que agacharse para esquivarlo. Minna es endiabladamente rápida.
—Me vas a dar la caja—gruñe, haciendo un nuevo y nada amistoso hechizo que Elijah rechaza—. No vas a salir de aquí; tu poción ya ha perdido el efecto—eso hace que el joven piense en otra cosa mientras utiliza la magia para atacar por primera vez—. No, a mí no me afecta—aclara Minna.
Elijah comprende que se ha metido en un buen lío. ¿Cómo diablos va a salir él del Peón? No duda de su habilidad en los duelos, pero son muchos y él está cansándose sólo de defenderse de Minna. Tiene que irse antes de que todo el edificio se entere de que hay un intruso. Pero la mujer está tapando la puerta, el único lugar por el que puede salir. Tiene que apartarla, o distraerla, o…
—¿Y si te doy la caja y te ayudo con ella?—propone.
Extrañada, Minna deja de atacarlo. Elijah baja su varita con educación.
—¿A qué viene eso?
—Bueno, no voy a poder salir de aquí—empieza el ex Slytherin—. Así que… si no puedes con el enemigo, únete a él, dicen. Y Albus ya se ha ido, pero yo también podría servir.
Minna mira en el fondo de sus ojos grises.
—¿Tan rápido cambias de bando?
Antes de que haya cerrado la boca tras formular la pregunta, ha caído al suelo inconsciente. Todavía con la varita pegada al cuerpo, Elijah sonríe.
—Ya te digo—comenta con sorna mientras salta a Minna y sale de la habitación.
James no deja de dar vueltas por la tienda.
Sentado en una de las camas y a punto de quedarse dormido, Albus lo sigue con la mirada. Se ha duchado, se ha cambiado de ropa y ha bebido agua, y le ha sentado tan bien que podría morir ahora mismo y moriría feliz. Sigue sin poder creer que ya no esté secuestrado y no tenga ningún motivo para sentir miedo.
—James, ¿por qué no te sientas?—inquiere Al.
—Elijah ya debería haber vuelto—murmura él—. ¿Y si ha tenido algún problema?
Al arquea las cejas. Tiene una ligera sospecha respecto a su hermano y Elijah (cuyo papel en todo el tinglado no está del todo claro para el joven), pero supone que preguntar para confirmar o desmentir su teoría no es la mejor idea ahora mismo.
—¿Qué hace Elijah aquí?—pregunta, en parte para tranquilizar a su hermano. No lo consigue, en cualquier caso.
—Creo que voy a buscarlo—murmura James.
—Pero no sabes en qué parte del edificio está.
—No me importa—dicho esto, James se encamina a la entrada de la tienda—. No tardo en volver, ¿vale?
Albus no tiene tiempo de responder. Su hermano ya se ha ido.
Él está preocupado, pero también cansado. Se tumba de lado en la cama y no tarda mucho en quedarse dormido.
Si Elijah creía que iba a ser fácil salir del Peón, estaba muy equivocado.
El efecto de la poción encantadorizante ya se ha pasado. Y, si bien antes no le hacían mucho caso, ahora todo aquel con el que se cruza lo ataca. Lo más amistoso que ha recibido hasta el momento ha sido una cruciatus que ha esquivado de pura chiripa.
Elijah está ya en la primera planta. Sólo le queda un tramo de escaleras, cruzar el larguísimo pasillo y salir al exterior. Allí podrá aparecerse.
Se encuentra con uno de los cuatro que estaban haciendo guardia durante la noche. El hombre lo mira con extrañeza, pero antes de que pueda decir nada Elijah le lanza un hechizo aturdidor que lo tira al suelo. El joven suspira, aliviado, y ve las escaleras que llevan a la planta baja ante él. Echa a correr hacia ahí.
Sin embargo, apenas ha puesto una mano en la baranda, un hechizo lo golpea en la espalda. Elijah comprende que es la maldición cruciatus cuando todo su cuerpo se retuerce en agonía y escucha gritos de dolor que probablemente sean suyos. Pierde pie y cae escaleras abajo; apenas se percata de que varios pergaminos se le caen de la mano.
Cuando deja de caer, la maldición ya no le afecta, pero le sigue doliendo todo el cuerpo por el golpe. Elijah se pone en pie con dificultad y echa a andar todo lo rápido que puede, cojeando, intentando aclarar sus ideas. Está en la planta baja. Tiene que continuar recto hasta llegar a la puerta del fondo y salir del Peón.
Ve a alguien alzar la varita hacia él, y automáticamente le lanza un maleficio. Cuando lo observa caer al suelo, rígido, recuerda y reconoce el hechizo que ha pronunciado, pero no se detiene. La rodilla derecha le duele lo que no esta escrito.
Para su más sincera sorpresa, nadie más intenta detenerlo. Al menos, hasta que llega a la salida. El rubio y el jorobado, apostados en su puesto de vigilancia, lo miran con sospecha y lo apuntan con sus varitas.
—¿Y tú, quién eres?—inquiere el rubio. Elijah se apoya en la pared y respira hondo varias veces. No se le ocurre qué responder y está mareado.
—Minna lo averiguará—apostilla el otro, sonriendo.
Y con esa sonrisa cae al suelo. El rubio se da la vuelta, y apenas un segundo después también se desploma, inconsciente. Elijah descubre entonces a James acercándose a todo correr y no puede evitar sonreír. Da unos pasos vacilantes hacia él, y el joven lo sujeta para evitar que se caiga.
—Ahí va, ¿qué te han hecho?—inquiere James, preocupado—. Bueno, mejor me lo dices en la tienda. ¿Tienes la caja?
Elijah se lleva una mano al bolsillo y la nota ahí, tan pequeña e inocente como problemática.
—Sí—responde. James lo agarra del brazo y tira de él para obligarlo a ir más rápido, pero a Elijah le duele todo y su rodilla no deja de protestar—. ¿Puedes ir más…lento?—le pide.
James mira hacia atrás.
—No, no puedo. Están saliendo y nos han visto. Hay que darse prisa. Luego descansas, ¿vale?
Elijah asiente, algo animado por la promesa de reposo, y acelera el paso.
Pero justo entonces nota un dolor agudo en el costado. Elijah deja escapar un grito y pierde el equilibrio. James lo sujeta para evitar que caiga, y el ex Slytherin se percata del miedo en los ojos de su novio, ante algo que él no ve. La consciencia se le escapa rápidamente, y antes de que pueda preguntarle a James qué acaba de pasar Elijah siente una horrible sensación de asfixia.
Lo último que escucha es una palabrota de James, y tiene la sensación de que podría reírse si encontrara algo de aire.
