¡Hola!

Gracias a kawaiigiirl, Silvers Astoria Malfoy y Zarket por los reviews del capítulo anterior.


Capítulo 21: Todos hacen trampa

Porque, a pesar de todo, somos casualidad
y todo vale lo que puedas pagar.
Maldita Nerea-Su película

Cuando Ludwig entra en la casa que Minna encontró adecuada para habitar mientras están en Inglaterra, situada en el borde mismo de un acantilado, no encuentra a su amiga por ningún lado. Ni escucha sus pasos, ni su voz. Por un momento se le pasa por la cabeza la idea de que quizá haya salido, pero la desecha inmediatamente: se lo hubiera dicho. Ella se lo dice todo.

Da con ella al subir al piso superior de la casa. No está en el cuarto en el que decidió dormir, ni tampoco en el de Ludwig, ni en los de los dos lacayos que la acompañaron a Reino Unido. Ni en el baño. Ludwig entra en una habitación polvorienta, con muebles viejos, cajas y objetos de todo tipo apilados en las paredes, sólo iluminada por la luz anaranjada que se filtra a través de una claraboya del techo.

Minna está sentada en el suelo en un rincón, junto a un piano de pared con telarañas en los pedales. Se abraza las rodillas y observa el vacío mientras solloza quedamente y las lágrimas descienden por sus mejillas.

Ludwig suspira, se acerca a ella y se sienta a su lado. Sin una palabra, la mujer se aferra a él y entierra el rostro en su pecho.

—¿Qué ocurre?—inquiere, acariciándole el pelo con suavidad. Minna niega con la cabeza y lo abraza con más fuerza. Ludwig sabe que a quien ella quiere abrazar es a otra persona y por unos instantes lo invade el deseo de empujarla lejos, donde no pueda anular su voluntad con esa insultante facilidad. Pero ese impulso se desvanece cuando Minna se separa de él y lo mira a los ojos.

—Lo echo de menos—susurra.

—Lo haremos volver—replica Ludwig—. Te va a dar la caja.

Minna suelta un suspiro tembloroso.

—¿Qué pasaría si te dijera que no lo tengo tan claro?

Ludwig arquea las cejas.

—¿Quieres dejarlo ahora que casi lo tenemos?—no suena a reproche. Si Minna se echa para atrás y decide volver a Alemania, él la seguirá. Si Minna va al fin del mundo, Ludwig irá detrás. Como siempre ha hecho. Negar que Ludwig está enamorado de Minna sería como decir que el sol sale por el oeste.

Y la detesta profundamente por ello.

Minna no responde, simplemente vuelve a abrazarlo.


A Ludwig no le gustaba la habitación de Minna y Axel. Nunca le había gustado.

Al principio, porque sabía que en esa estancia, en esa cama, el pelirrojo tenía lo que siempre había estado fuera de su alcance. Las pocas veces que se veía obligado a entrar porque su amiga iba a contarle algo muy importante fulminaba con la mirada los muebles, la lámpara y el colchón. Todo. Y la foto de Minna y Axel que había sobre la cómoda, todavía más.

Sin embargo, cuando aquel día tuvo que entrar, con el novio de Minna muriendo en sus brazos, no tuvo apenas tiempo de mirar nada. Sólo pudo observar, sin oportunidad de apartar la vista, la expresión horrorizada de su amiga, el pánico que se adivinaba en sus ojos al ver la gravedad de las heridas de Axel.

¿Qué ha pasado?—preguntó cuando Ludwig lo dejó en la cama. Axel se revolvió al oír la voz de la joven y abrió los ojos, aterrado.

Quiso cazar como los muggles—respondió su amigo. No había ninguna emoción en su voz—. Un jabalí se le echó encima.

Prefirió no dar detalles. Minna no necesitaba saber cómo el animal había embestido a Axel, cómo lo había revolcado por el suelo y pisoteado, sin darle la menor oportunidad de defenderse o coger su varita, cómo uno de sus colmillos se había clavado en la base del cuello del hombre y el otro casi le había atravesado el tronco a la altura del estómago.

Axel se moría. Ludwig podía verlo en sus ojos, y estaba convencido de que Minna también. Tenía los ojos entornados, clavados en la mujer, como si no existiera nada más en el mundo. Ella había cogido su mano mientras intentaba inútilmente contener la abundante sangre que brotaba de la herida.

Minna…—apenas se entendió el nombre. El sonido brotó ronco de la boca de Axel, acompañado con sangre. Ella intentaba, sin éxito, contener las lágrimas—. No qui… quiero…

Minna se inclinó para besar su frente.

No lo permitiré—le aseguró. Pese a que debía de saber tan bien como Ludwig que era una vil mentira, las palabras de la joven parecieron tranquilizar a Axel. Minna le acarició el cabello rojizo—. Tienes que quedarte conmigo.

Axel no respondió. Sus ojos se cerraban lentamente.

¿Has oído hablar de la Caja del Retorno?—preguntó de repente, cuando entre sus párpados sólo se veía una fina rendija blanca.

No… ¿Qué es?—Ludwig sabía que Minna no sentía real curiosidad. Simplemente intentaba retener a Axel en el mundo de los vivos el mayor tiempo posible.

El pelirrojo sonrió y abrió los ojos, aparentemente haciendo un gran esfuerzo.

Eres preciosa—le aseguró en voz baja, sin responder a la pregunta—. Ojalá hubiera podido decírtelo cada día—nuevas lágrimas se derramaron por el rostro de Minna—. ¿Qué hay después?—la mujer no supo qué responder a eso; de todas formas, daba la impresión de que Axel tampoco esperaba una respuesta, porque cerró los ojos y durante mucho rato no dijo palabra—. Te quiero.

No volvió a hablar. Su respiración, que cada vez era más débil, se interrumpió en mitad de una espiración. La ligera presión que hacían sus dedos en la mano de Minna desapareció.

No—susurró ella, soltando la mano de Axel y zarandeándolo—. Axel… ¡Axel!

Ludwig se acercó a Minna y la alejó del cadáver de su novio, ignorando sus intentos por apartarse. La sacó de la habitación y la encerró en un abrazo al que, tras varios segundos, la mujer dejó de querer resistirse. Lloró en el hombro de su amigo pronunciando el nombre de Axel y dando puñetazos en sus brazos.

Paró tras lo que parecieron décadas. Las lágrimas se le secaron y la voz se le enronqueció mientras hipaba a intervalos regulares, negándose a mantenerse en pie por sí misma. Ludwig simplemente la sujetaba y le acariciaba el pelo con dulzura.

Vamos a descansar—propuso, guiándola hacia el salón. Minna se dejó llevar y se aferró a él en cuanto ambos estuvieron sentados en un sofá.

Lud—lo llamó entonces—. ¿Tú sabes lo que es la Caja del Retorno?


—No sé si…—Minna duda—. No sé si quiero que Axel vea en qué me he convertido para traerlo de vuelta.

—Está muerto. Devolverle la vida es antinatural—Ludwig no lo dice por su propio beneficio. Él está con Minna, sí, pero porque para él nada tiene tanto sentido como acompañarla. La idea de resucitar a una persona, ya sea Axel Katz o Lord Voldemort –como han prometido a las personas con las que Minna se ha aliado– no le atrae en lo más mínimo.

Minna se limpia las lágrimas y se pone en pie. Tiende la mano a Ludwig para ayudarlo a levantarse, y cuando lo consigue se acerca a él. No obstante, no lo abraza. Simplemente deja su rostro a pocos centímetros del de su amigo, sin moverse pero con un brillo de curiosidad en sus ojos castaños, como si quisiera comprobar algo.

Ludwig no sabe qué hacer. El espacio que lo separa de Minna, tan pequeño que la respiración de la mujer acaricia su piel, se le antoja un vasto océano. Está ahí, pero al mismo tiempo más inalcanzable que nunca. Están en Inglaterra para hacer volver a Axel. Ludwig no tiene cabida en la historia, al menos no la que él sueña cada noche.

Odiándose por lo que está haciendo, Ludwig retrocede un paso. Minna entorna los ojos. Su expresión es indescifrable.

—Vamos—decide, apartándose también y echando a andar hacia la puerta.

—¿Adónde?

—A asegurarnos de que Albus cumpla su promesa—Minna le dedica una breve mirada y sonríe al ver su ceño fruncido—. Sé lo que estás pensando.

—Puede que sea…

—No, no será ninguna trampa—Minna sonríe—. Albus lo intentará, pero no le quedará más remedio que hacer lo que queremos.

Ludwig no puede evitar estremecerse al escuchar la idea completa.

Desde luego, no desea en lo más mínimo tener a Minna como enemiga.


Después de tres días en San Mungo, Louis recibe el alta y casi se tira por la ventana para que le dé la luz del sol: detesta estar encerrado y sin poder hacer nada.

Sin embargo, consigue reunir voluntad suficiente para salir del hospital como una persona normal –porque de lo contrario tendrían que volver a ingresarlo y la perspectiva no le hace la menor gracia– y echa a andar por la calle con James, que hoy no trabaja.

Su primo le ha explicado todo lo referente a ese accidente que no fue fortuito. También le ha explicado quiénes son las personas a las que vio en la habitación, aunque le ha pedido –por orden del tío Harry– que no comente nada con nadie; cuantos menos lo sepan, más seguros estarán. Louis acató la norma enseguida; él sólo quería que alguien creyese que lo que había visto era real.

—¿Cómo está la novia de Al?—inquiere entonces el rubio, recordándolo de repente. Se había propuesto ir a verla, pero sus ansias de luz solar le han podido.

El rostro de James, radiante desde que han salido del hospital, se ensombrece.

—Peor—admite en voz baja—. Elijah dice que no hay hechizo conocido que pueda revertir el maleficio…

—Gafe—murmura Louis.

—… y se está muriendo—termina James, sombrío—. Pero no le digas nada a Al.

—¿No lo sabe?

—No quiere verlo—aclara él. Le da una patada a una lata de refresco que hay en el suelo—. No quiere darse cuenta ni tampoco hay manera de sacarlo de la habitación.

Louis no responde. Su mirada se ha endurecido y mira al infinito con los ojos perdidos en el pasado. James sabe de sobra lo que está pensando y algo en su interior se oprime al preguntarse qué hará Al cuando llegue lo inevitable.

—No lo dejes solo—le recomienda su primo, serio como pocas veces—. No permitas que haga tonterías.

James sacude la cabeza. No, no consentirá que Albus se ancle en el pasado y cometa alguna estupidez. De ninguna manera.


Albus se niega a creer que vaya a perder a Lina.

El mundo no puede ser tan injusto. No con él, sino con ella. Lina no ha hecho daño a nadie; ni siquiera sabe por qué está postrada en esa cama de San Mungo, esperando que llegue su hora, acercándose a la Muerte sin posibilidad de retorno.

Han conseguido despertarla, pero de poco sirve.

El maleficio que es su condena es, en palabras de los sanadores, un Avada Kedavra a cámara lenta. En lugar de arrancarla del mundo con un violento rayo de luz verde, desactiva su sistema nervioso poco a poco, matándola lenta pero inexorablemente. Apenas puede mover las extremidades y ya empiezan a fallar algunos órganos internos. Hablar es para ella una tarea tan ardua que apenas puede pronunciar dos frases sin agotarse.

Y Albus no quiere separarse de su lado. Lo que está pasando es culpa suya y no le parece correcto huir. Tiene que estar con ella hasta el final, aunque le duela en el alma.

—Al—el joven da un respingo; no se había dado cuenta de que Lina está despierta. Tiene los ojos apenas abiertos y parece extenuada—. ¿Y…mis padres?—logra preguntar. Albus acaricia su cabello oscuro.

—Volverán en un rato—le asegura. Lina atina a dar una cabezada para asentir—. Siento todo esto. Es por mi culpa.

Pasan varios minutos sin que ninguno diga nada. Luego Lina abre la boca de nuevo:

—¿Quiénes eran?—lo dice con mucha lentitud, pero aun así la poca articulación hace que Albus tenga problemas para entenderla.

Suspira; sabe que le debe una explicación.

—Los que me secuestraron. Querían… una cosa.

—No se la des—replica ella con una vehemencia inusitada. Al la observa atentamente. Su mirada está llena de rabia.

—Tengo que hacerlo—replica, tras mirar alrededor y asegurarse de que están solos y han cerrado la puerta de la habitación—. Seguirán haciendo daño hasta conseguirlo.

Lina no dice nada; simplemente cierra los ojos. Albus sabe que no está dormida, sino enfadada, y se siente mal. Pero ¿qué otra cosa puede hacer? No puede permitir que Minna siga haciendo daño. No puede permitirlo y no va a dejar que ocurra.

Mira el pergamino que recibió ayer, atado a la pata de un cuervo. Se muerde el labio y lo lee de nuevo:

Donde encontraste a tu novia el otro día. Ahí me darás la caja mañana a las siete de la tarde.

Albus suspira, se pone en pie y le da un beso en la mejilla a Lina. Ella abre un poco los ojos y lo mira con tristeza. No es idiota y sabe lo que le espera, pero, bien porque no tiene miedo, bien porque no tiene fuerzas, no ha dicho nada al respecto.

Al sale de la habitación y, cuando se aleja lo suficiente para no alertar a Lina, se desaparece con un fuerte estampido. Se materializa en el Atrio del Ministerio y sin apenas fijarse por dónde va llega hasta el Cuartel de Aurores, donde su padre charla con su tío Ron y con Teddy.

Cuando ve a su segundo hijo ahí, sin embargo, Harry se centra en él.

Albus tiene mal aspecto. Parece estar presente sólo a medias. Nadie puede culparlo. Entre su secuestro y la certeza de que dentro de muy poco, una semana a lo sumo, perderá a la mujer de la que está enamorado, Harry supone que es normal que esté así.

—Bueno, Al… ¿vamos?

Él asiente.

El plan es sencillo: cuando Albus vaya a darle la caja a Minna, los aurores se abatirán sobre ella. Si ha de ser sincero, el joven duda que la mujer vaya a ponérselo tan fácil; ya ha tenido oportunidad de comprobar que Minna Lestrange es endiabladamente inteligente.

Pero su padre está seguro de que van a conseguir algo, y está claro que él no es quien para rebatir al gran Harry Potter. Por lo menos, Al sabe que su tío Ron piensa como él; lo ve en las miradas ceñudas que le dirige a su padre. De repente, pese a que nunca ha estado excesivamente unido a él, Al siente una oleada de cariño hacia su tío.

—Toma—Teddy le tiende lo que, tras varios segundos, Albus identifica como una réplica casi exacta de la caja. Incluso pesa lo mismo. No obstante, puede ver que los grabados son ligeramente distintos—. Se ha encargado Rose—le comenta el hombre cuando Al la guarda en el bolsillo de su túnica—. Según ella, ahora hay grabada una burla en la caja.

Albus no puede evitar sonreír un poco.

Su padre, su tío y Teddy se hacen hechizos desilusionadores y de camuflan con las paredes que hay tras ellos. Al suspira. Ha llegado el momento. Sonríe ante la idea de detener a Minna y que todo acabe por fin. Que deje en paz a los suyos.

Se desaparece y se materializa en la entrada de Hyde Park. Pese a que no tiene modo alguno de verlos, percibe a los demás junto a él. Echa a andar y se da cuenta de que Harry, Ron y Teddy están caminando a su ritmo para que sus pasos no los delaten.

No le cuesta nada llegar hasta el lugar donde condenaron a Lina a esa muerte lenta y progresiva que está sufriendo. Cada vez que cierra los ojos, el recuerdo de su novia inerte en el suelo, ya comenzado ese proceso destructivo, lo tortura y lo impulsa a despegar los párpados para encontrarse con los árboles a su alrededor.

Encuentra a Minna apoyada en uno de los árboles que bordean el lugar en que estaba Lina. La mujer sonríe y Albus se esfuerza para que su rostro no delate nada más que el odio corrosivo que lo invade al verla.

—Hola—lo saluda con un tono infantil que no hace más que enervar a Al—. Tienes algo mío, ¿verdad?—ronronea.

Albus asiente. Entonces se le ocurre algo:

—¿Sigues viviendo en una madriguera, como en Alemania?

Minna arquea las cejas.

—Siempre viene bien tener salidas de emergencia—responde crípticamente—. La caja—agrega.

Al se palpa el bolsillo y da con la caja. Lentamente se la tiende a Minna, pero justo cuando la mujer a la que tanto detesta empieza a extender la mano un hechizo aturdidor brota de una varita invisible. Ella intenta esquivarlo, pero es demasiado tarde. Unos segundos más tarde cae al suelo inconsciente.

Sin embargo, apenas Minna ha cerrado los ojos, Al comprende que algo va mal. Ve a Teddy comenzar a hacerse visible, y mira alrededor, sabiendo de alguna manera que están en peligro.

—¡Ted!—exclama su padre, que también se ha dado cuenta.

De entre los árboles, rápido y sigiloso, sale un hombre alto y rubio que enarbola una varita y no tarda en acercarse a Minna. Su tío Ron lo ataca, pero él desvía el hechizo con decisión.

—Estás tardando en arrepentirte—susurra, sacudiendo la cabeza. No aparta la mirada de Albus mientras coge a la mujer en brazos.

Un segundo después, se esfuma.

Albus escucha la maldición de su tío y percibe por el rabillo del ojo cómo su padre vuelve a hacerse visible, pero no presta atención. Está preocupado. No, es más que eso. Al está aterrado por la amenaza de Ludwig. Sabe que no la ha hecho únicamente movido por la rabia de saberse engañado.

—Rose—murmura casi sin darse cuenta.

E, ignorando a su padre, su tío y Teddy, él también se esfuma.


Lina sabe que Al está preocupado.

No tiene la menor idea de adónde ha ido durante toda la tarde, pero desde que ha vuelto tiene una expresión perdida, como si no supiera exactamente dónde está. Sus ojos verdes miran a ninguna parte y el joven parpadea frecuentemente para evitar que las lágrimas escapen de ellos.

Y ella es consciente de que se está muriendo y nada puede cambiar eso, y aun así se preocupa por lo que quiera que le ocurra a otros. Resulta un tanto irónico.

Intenta moverse, pero no puede. No le sorprende comprobarlo.

—Al…—susurra. Cada vez le resulta más difícil hablar y teme dormir, porque no sabe si cuando despierte será capaz. En sus ojos también se forman lágrimas por el miedo a lo que sabe que, tarde o temprano, pasará.

El joven la mira y le acaricia el pelo.

—¿Te encuentras bien?—pregunta con preocupación.

Lina siente deseos de reír ante esa pregunta. ¿Bien?

—¿Qué…te pasa?—logra preguntarle.

Albus aparta la vista. Se acerca a ella y besa su frente con cuidado, como temiendo que pueda romperse en cualquier momento. Da la impresión de que está haciendo grandes esfuerzos por no llorar.

—Minna… va a hacer algo—susurra, y da la impresión de que necesitaba exteriorizarlo—. No sé qué, pero he intentado engañarla... estará enfadada…—varias lágrimas escapan de sus ojos—. Tengo miedo, Lina—confiesa—. Por todos.

Ella medita las palabras de su novio durante unos minutos.

—¿Los has visto?

Albus sabe a lo que se refiere. Asiente.

—Teddy está sobre aviso, aunque no me cree del todo, y está con Vic. Dominique está en su casa, con su novio, y es una maniática de los hechizos protectores, así que tampoco corre peligro. Louis ya ha aprendido a andarse con ojo. Lily, Roxanne, Hugo y Molly van a cenar a casa de los Nott con sus parejas. Lucy y Fred saben cuidarse; a Rose no le pasará nada con Lorcan…—Albus toma aire tras ese breve resumen del estado de sus primos. Lina le dedica una mirada inquisitiva, sin comprender por qué está tan alterado—.

»Si quiere, encontrará la forma de hacerles daño—explica él—. Está loca y es condenadamente lista.

—Pero… están bien—comenta Lina, intentando tranquilizarlo.

Curiosamente, funciona. Albus deja escapar todo el aire que ha estado acumulando en un interminable suspiro, y luego besa su frente de nuevo. Cuando se separa, sin embargo, una expresión culpable adorna su rostro.

—Lo siento—se disculpa—. No debería haberte preocupado… estás…—pero se interrumpe.

Lina está convencida de que es porque no se atreve a pronunciar la palabra tabú, pero para su sorpresa Albus mira hacia la puerta mientras lleva la mano al bolsillo de la varita. Sin embargo, quien aparece tras unos instantes no representa ninguna amenaza; de hecho, no es ni más ni menos que Elijah Anderson.

—Hola—lo saluda con cautela. Echa un rápido vistazo a la habitación, pero no tarda en concentrarse en Al—. ¿Sabes dónde está James?

Albus siente como si algo helado se instalase en su pecho. Intenta ignorarlo.

—No… ¿No está contigo?

Elijah niega con la cabeza; parece estar agotado.

—Obviamente no. He estado en casa de vuestros padres, en la nuestra… y no aparece. Pensé que a lo mejor estaba contigo—mira a Lina durante unos instantes. Suspira.

Como si se tratase de una maza, las palabras de Ludwig golpean a Albus con fuerza.

"Estás tardando en arrepentirte"

Y lo comprende de golpe.


Notas de la autora: Llamadme mala por lo que he hecho si queréis, pero al menos ya sabéis algo más de Minna. Desde la perspectiva de Ludwig, que es quien mejor la conoce. No os quejaréis...

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