UNAS ACLARACIONES ANTES DE EMPEZAR: Para efectos del buen entendimiento de la historia, el formalismo "-kun" no será eliminado en lo que respecta al personaje de Orihime, en el resto, creo que será perfectamente entendible. Es que no veo a Orihime llamar "Ichigo" al naranjita (?). Too weird for me.

AGRADECIMIENTOS A CHIBI RUKIA POR SER LA MEJOR BETA DEL MUNDO MUNDIAL (?) (ERES UNA SANTA, DE VERDAD).

SE LE DEDICA ESTE CAPITULO A:

anlu20, Mimi Guadalups y a jailys-sama C:

DISCLAIMER: LOS PERSONAJES DE BLEACH NO SON MÍOS SON DE SU AUTOR TITE KUBO. ESTA HISTORIA LA ESCRIBO SIN FINES DE LUCRO Y POR MERA DIVERSIÓN.

BASADA EN UNA HISTORIA REAL.


CAPÍTULO UNO

LAS DOS CARAS DE LA MONEDA

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"En la guerra, como en política, cualquier mal, aunque no infrinja las normas, sólo es excusable cuando es absolutamente necesario: todo lo que está más allá, es crimen."

Napoleón Bonaparte

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0.-

El escritor

No es como si un lugar idílico existiera, de todas maneras.

Hay momentos en la vida, pequeños y muy fugaces, que nos muestran una puerta abierta a un mundo de posibilidades que podemos tomar pero, sin embargo, sólo se nos permite escoger una. De entre las miles y miles que se presentan en ese momento, sólo se puede tomar una, y es en esos momentos precisos en los que las decisiones que tomamos son las equivocadas, no porque lo queramos, sino porque el destino no sería llamado como tal si la elección fuese la correcta.

La vida, señores, es una ruleta que va y viene. Te da, te quita y muchas veces, simplemente, decide abandonarte.

Pero no estoy aquí para hablarles sobre esto, ni nada por el estilo. Estoy aquí para relatarles una historia, algo que he callado durante muchos años por temor y que hoy, en mis últimos días, puedo narrar con total soltura, sin miedo de ser callado ni censurado.

Mi existencia ha ido dando tumbos durante, ¿cuánto? ¿Diez, veinte, treinta años? No lo sé, es mucho tiempo para poder recordarlo y, sinceramente, estos últimos años han sido de lo más tranquilos y pesados que he podido pasar. De todas maneras, no es mi biografía la que voy a relatar, porque sería demasiado aburrido comenzar a relatarles como nací, de que vientre y todo eso. Las cosas pasan por una razón y sé qué, quien sea que este allá arriba, vigilándonos, me mandó con la misión de contar al mundo esto, para hacerle saber a la gente que la bondad aún puede existir, que el amor es lo que une a las personas y que la esperanza, la esperanza señores, sí que puede cambiarnos.

Como dije, no me preocupa mi seguridad en estos momentos, por lo que… ¡Vamos, gobierno! ¡Enciérrame en tus cárceles y mándame a fusilar! No les tengo miedo, ya no. Esta historia les pertenece a mi madre y a mi padre, quienes, en mi humilde opinión, son héroes silenciosos. Héroes que han debido de ser erigidos en estatuas y esculpidos en las paredes de Nueva York, su ciudad natal. Aun así, decidieron que preferirían llevarse sus secretos a la tumba, pero yo no puedo.

Ellos lo significaban todo para mí y el verme desnudo en el espejo me lo recuerda día tras día.

Como decía mamá, aún tengo el día de hoy para caminar hacia algún lugar detrás del arcoíris y evitar que la lluvia se lleve lo mejor de mí.

Madre, si estás leyendo esto desde ese lugar, sólo tengo una cosa que decirte: tenías razón; acerca de todo.

El resto, señores, creo que es mejor que lo sepan por propia cuenta.

Esta es la historia de cómo mi madre y mi padre dieron un nuevo significado a la palabra "esperanza".

Esta es la historia de la muerte y la fresa.

1.-

Nueva York, 1969.

Una de las famosas canciones de Frank Sinatra sonaba con lenta parsimonia en los suburbios de Nueva york. El smog, la niebla y el cándido invierno cubrían las calles neoyorkinas de una escarcha de ensueño, como de esas películas de Marilyn Monroe, tan destacado ídolo nacional. El humo de cigarros y marihuana se sentía en cada pequeña esquina del Soho y se iba disipando en cuanto se llegaba a la quinta avenida, al gran Central Park. Definitivamente, vivir en Nueva York era el sueño de toda persona.

—¡Eh, Ururu, pásame el azúcar! —gritó una mujer morena de cabellera morada.

Mientras más se acercaban a Central Park, más se podían percibir melodías de la época, como los famosos Beatles, que destacaban en cada rincón del Time Square, decorando en cada cartelera sus nombres y fotos y a miles de fans aglomerándose solo para escuchar sus canciones, solo para sentirlos cerca.

Érase Nueva York, a finales de los años sesenta, donde un establecimiento estrenaba sus puertas esa misma noche de invierno. Había muchos lugares de gran sabor y sonido en el centro de la ciudad, pero este era distinto, especial; quizá no en ese momento pero más adelante, se convertiría en uno de los esos lugares de Nueva York, aquellos que volverían a visitar por el simple hecho de recrear la historia que paso tras sus muros.

—¡Orihime, saca esa araña muerta de la barra! ¡No queremos que los clientes se espanten!

—¡Sí, Yoruichi!

Faltaban tan solo un par de minutos para que el café sin nombre abriera sus puertas a los neoyorkinos congelados por el crudo invierno que había comenzado; definitivamente la guerra no le venía nada bien al clima del país.

Oh, sí, olvidaba mencionar que la vista desde allí, ah, como explicarlo, era magnifica. Simplemente evoca en tu mente un balcón al estilo parisino que da a una gran avenida, de esas trascendentales, y que frente a esta se encuentra un enorme bosque lleno de naturaleza, de vida y arte. Central Park, en todo su magnífico verde y, en esta época del año, algo más blanco de lo normal. Definitivamente, era algo digno de admirar en cualquier época del año.

—¡Tessai! —gritó la exasperada mujer— ¡Los baños de caballeros están hechos una mugre! ¡Las tapas están levantadas y los lavamanos tienen sangre!

—Lo siento, Yoruichi, es que me corté la mano y tuve que enjuagarla en agua —dijo el pobre hombre, mientras le mostraba la extremidad vendada a Yoruichi.

—¡Pues límpiala! ¡Vendrá sanidad y nos cerrará! ¡Quedan cinco minutos! ¡¿Dónde está el barista?! ¡Kisuke, deja de dormir!

Sin aviso, la puerta del café se abrió inesperadamente y la mujer de cabellos extravagantes, que esperaba ver a un cliente cruzando los marcos romanos del establecimiento, vio llegar a un muchacho de cabellos igual o más raros que los de ella y que, al parecer, había llegado corriendo. Yoruichi se abstuvo de gritar unas cuantas letanías a la madre que harían a cualquier marinero que se respete sonrojarse de la vergüenza. Y es que abrían dentro de cinco minutos y a su empleado se le ocurría llegar tarde justo el primer día.

El hombre, que a simple vista no se veía de más de veinte años, se quitó la boina parisina que llevaba con extremada paciencia, haciendo saltar una vena enfurecida en la cabeza de la pobre administradora. Luego, la limpió como si se tratara de su objeto más preciado y la dejo sobre el perchero; igualmente se quitó el largo y grueso abrigo cubierto de nieve, y lo desempolvó con pereza, colocándolo al lado de su boina. Caminó hacia su jefa y le dio una mirada indescifrable y curiosa.

Yoruichi empezó a taconear sobre el suelo de madera vieja, intentando que el chico le diera una explicación creíble para su retraso.

—Ichigo.

—Yoruichi-san.

Se miraron el uno al otro, retándose, intentando hacer sucumbir al otro tan solo con sus ojos o, en el caso de la mujer, queriendo leer su mente para desenterrar sus más profundos y míseros secretos.

—¡Pero si es Kurosaki-san! ¡Al fin llegaste, ya nos tenías preocupados!

El duelo entre ambos fue interrumpido por un hombre de sombrero verde y blanco que no combinaba en lo absoluto con ese traje de Pierre Cardín que portaba con tanto orgullo. Se jactaba de decir que utilizar los trajes de Cardín le haría famoso porque, en algún futuro lejano, este diseñador seria uno de los que impusiera la moda en todo el mundo. A esa diatriba, Yoruichi solía responderle con que primero aprendiese a no llevar a la quiebra otro negocio, seguido de un fuerte golpe en la cabeza con ese bate de baseball que llevaba Jinta a la mano.

—Kisuke —se giró la morena, enojada, olvidando completamente que Ichigo se encontraba detrás de ella— ¡¿Podrías, por el amor de Dios, terminar de hacer las conexiones?! ¡Tenemos que abrir en cinco minutos!

—De hecho, Yoruichi-san —la melodiosa voz de Orihime se hizo presente en la conversación—, hace quince minutos que debimos de abrir. Ya son las siete y quince.

La mujer miro con incredulidad a Orihime, quien sostenía, en una mano, unas paneras vacías y, en la otra, aproximadamente siete copas colocadas de forma no humana entre sus dedos.

—Tómatelo con calma, mujer —suspiró Kisuke, abrazándola por los hombros y sacudiéndola no tan delicadamente—. No es como si fuéramos a quebrar porque la apertura se retrasó una hora o dos, es normal y común. Además, hoy recibí una carta de nuestro muy generoso benefactor y ha decidido que la apertura sea a las ocho.

La mujer giró su cabeza tan rápido que la fricción de sus huesos hizo un sonido aterrador y erizó la piel de los que se encontraban alrededor.

—¿Y cuándo tenías planeado decirme que había llegado una carta de Byakuya, Kisuke?

—En el momento en que decidieras tomártelo con calma —inmediatamente saco un abanico japonés de su bolsillo y lo dejo sobre su barbilla, intentando ser sexy—. Con tu humor y tu aspecto de gata en celo agregas más presión a este lugar y lo que queremos es que este sea un lugar en donde no se mencione la palabra "guerra" o "Vietnam" en ningún sentido.

—Además, Yoruichi-san —agregó la bella mujer de cabellos naranjas—, casi todo está listo, no tiene nada de qué preocuparse ¡Ya verá que la inauguración saldrá excelente!

La mujer los miró de reojo a ambos y suspiró.

—Supongo que a Byakuya no le molestará que esto se convierta en un antro hippie. Y tú —señaló al muchacho que estaba a punto de escapar de la incómoda conversación— ponte a calibrar esa máquina de café de una buena vez.

Dicho esto último, Yoruichi vio alejarse a sus dos mejores pupilos y empleados en la misma dirección. Se percató del tono sonrosado y nervioso en el que Orihime intentaba entablar una conversación con Ichigo, y como este, cordial y amablemente, le seguía la corriente. Sonrió para sus adentros; Ichigo seguía siendo tan inocente que no se percataba de las señales que una mujer soltaba cuando se sentía atraída hacia un chico y él, por supuesto, tan centrado en sus estudios y en una guerra que no era suya como estaba, no daba cabida para nada más en su vida.

Sintió el brazo de Kisuke apretarle cariñosamente los hombros, haciéndola estremecer de un modo extraño. Sólo él lograba esas reacciones en ella.

—¿Hace cuánto que está así? —preguntó el hombre de traje.

Ella suspiró.

—Solo han pasado tres meses, Kisuke. Perder al único familiar vivo que te queda, el único que te apoyo después de… bueno, eso, de por sí es difícil. Debe ser aún peor cuando lo pierdes en una guerra.

—Ryuken no ha muerto —espetó con voz dura el hombre.

La mujer le miró a los ojos, grises como una mañana de invierno, que ocultaban secretos profundos, de esos que nadie quiere saber.

—Es bueno que tengas fe pero eso no regresará a Ishida de la tumba, Kisuke —dicho esto volvió su vista hacia el muchacho el cual ahora estaba solo en la barra, calibrando la maquina expreso para la apertura.

El sonido del reloj inundó el café que antes había estado tan ruidoso y, ahora, un aura depresiva se había establecido sobre las cabezas de todos. No era una sorpresa, la verdad. Cada vez que Ichigo Kurosaki entraba al recinto, ya fuese para recalibrar la máquina, para visitar a Orihime Inoue o para firmar papeles, todos se sumían en un silencio en son de respeto por él.

—No tengo fe. que está vivo —metió la mano al bolsillo y de este salió un papel arrugado que contenía una caligrafía impoluta—, por esto.

—¿Acaso Byakuya ha…?

—¿Encontrado a Ryuken? —cuestionó el hombre alzando una ceja—. No, su poder no llega a tanto, pero ha conseguido un rastro de él y también pruebas de un asunto… delicado —depositó la carta sobre la mano de la mujer—. Es mejor que la leas por ti misma.

Le dio una última sonrisa a su compañera y deshizo el abrazo. Se giró para ver el nuevo ambiente de su nuevo restaurante. Él era Urahara Kisuke, ex comandante de la marina británica que lucho contra el yugo de Alemania y, por supuesto, un hombre judío. No era sorpresa que muchos alemanes lo quisieran muerto pero claro, él era conocido por adelantar los movimientos del resto, incluso los de los propios diputados británicos. Por un momento, Urahara Kisuke viajó al pasado cerrando los ojos y pudo sentir la pólvora correr de sus fosas nasales hasta sus pulmones; las heridas punzantes y llenas de pus en sus brazos y piernas; los ojos rojos debido a la falta de sueño y al continuo viaje; el hambre y la sed que vivía junto a sus soldados. Sin embargo, había un recuerdo que siempre le hacía estremecer del miedo y le excitaba al mismo tiempo: la primera vez que vio a Yoruichi Shihouin en el campo de batalla.

Abrió los ojos abruptamente y sintió sus manos temblar ante los recuerdos. No había pasado el tiempo suficiente para superarlo y, a veces, él pensaba que seguiría soñando con sus derrotas hasta el día de su muerte. Vio como la mujer de cabellos morados subía las escaleras para entrar a la oficina principal y decidió que ya era suficiente con una persona depresiva en ese lugar. Inmediatamente, Kisuke recobró su ánimo y se propuso deshacer ese súbito silencio.

—¡Vamos, Tessai, abrimos en media hora! ¿Ya limpiaste los baños?

Un hombre grande y moreno, que pasaba del metro ochenta y estaba sentado en una de las sillas del local lo miro con admiración. Ese era Tessai, su siempre fiel amigo y camarada que le había salvado el pellejo en la Segunda Guerra Mundial. Decir que tenía una deuda muy alta con él era poco; le debía su vida, parte de su alma y toda su dignidad, y Urahara Kisuke le estaría eternamente agradecido por ello.

—Sí, Urahara, todo está en…

De pronto, la rockola del café se encendió súbitamente y todos los empleados giraron para ver al barista detenido en la máquina, escuchando las primeros notas de una canción que todos conocían demasiado bien… para su mala suerte. No es que los Rolling Stones no gustasen a nadie, pero la canción no era la indicada para el lugar.

Él se giró hacia sus compañeros y con voz neutra dijo:

—¿Les importa si repito esta canción?

Urahara fue el único que respondió a su pregunta.

—No, Kurosaki.

Mientras los acordes fuertes sonaban en el ambiente, Ichigo caminó de regreso hacia la barra del mostrador, intentando fingir que todo estaba bien. Obviamente no lo estaba y su humor era tan palpable que podrías cortarlo con un cuchillo y no salir ileso de eso.

—Kurosaki-kun, ¿terminaste de calibrar la maquina?

El sonido de una melodiosa voz femenina lo hizo salir de sus incipientes pensamientos y fijarse en la voluptuosa muchacha que lo miraba detrás de la barra. Ella era hermosa, no podía negarlo, pero… bueno, siempre había un pero cada vez que conocía a una mujer. Lo único en lo que podía pensar cada vez que hablaba con una chica era que ella tenía a su familia intacta y él no; que lo único que ella quería era sexo, en su mejor momento, o una relación en la que, siendo honestos, no estaba interesado. Y eso no era solo desde hace tres meses, venía siendo desde que era un niño; para ser exactos desde que su madre murió y su padre… Bueno, se podría decir que nunca tuvo un padre.

Por eso seguía siendo virgen a los veinte y cuatro años y esa vocecita en su cabeza se burlaba de él por ello.

Sin embargo, Orihime era diferente. Prácticamente habían salido del vientre de su propia madre -lo cual, dicho sea de paso, no era literalmente cierto-. La conocía desde hace mucho tiempo y no podía simplemente cambiar la impresión que tenia de ella en su mente. Él necesitaba asegurarse que ella estuviera a salvo, que no fuera dañada por nadie; era su protector desde que tenía memoria. Por ese motivo no concebía la idea de abandonarla en manos de otra persona, no confiaba en nadie lo suficiente como para dejar lo único que no había sido manchado por la guerra.

—Sí, Inoue, ¿quieres probar la primera taza? —decidió hablar rápido para no preocupar a su amiga.

Ella, con su sonrisa franca le asintió con la cabeza.

Urahara observo a lo lejos como Ichigo trataba con solemnidad a Orihime Inoue, y simplemente dejó estar las cosas. Ichigo había estado sumido en esa depresión por tres meses y las cosas no hacían más que empeorar. Él sabía de primera mano que Ichigo, a pesar de todas las cosas que habían pasado, era un hombre valiente, que no se dejaba llevar por sus emociones tan fácilmente como el resto. Al parecer, la desaparición de Ryuken le destrozó la poca entereza que quedaba dentro de él.

—Kisuke.

El hombre se giró de inmediato al ver a la mujer de ojos gatunos en el rellano de la escalera y pudo descifrar por esa mirada astuta lo que quería decirle.

—Ya subo.

La mujer negó con la cabeza.

—Trae a Ichigo contigo —dicho esto último, subió al segundo piso. Urahara pudo vislumbrar la arrugada carta de Byakuya entre sus dedos, siendo aplastada con impotencia.

Oh, así que también le había chocado la noticia.

El hombre suspiró y volvió a mirar a su barista y a su mesera, una completamente sonrojada al recibir la primera taza de café y el otro con ojos oscuros, intentando mostrar una sonrisa en un cuerpo donde la felicidad se había ido desde hace mucho, y sólo quedaba una eterna lluvia que lo hundía más en su miseria.

Maldito el destino que quería que él fuese cómplice de la depresión de ese muchacho.

—Kurosaki-san —habló. Cuando tuvo su atención sonrió alegremente—, por favor sube un rato conmigo. Yoruichi-san y yo queremos decirte algo.

Ichigo, algo molesto por la interrupción de sus labores, respondió:

—Yoruichi dijo que aperturaramos a las ocho. ¿Quieres que abra a esa hora o no?

—Vamos, Kurosaki, no seas tan maleducado.

Ichigo, con una vena en su sien, contestó.

—No estoy siendo maleducado, te estoy diciendo que si esa mujer gato no me ve abriendo el café a las ocho mi hombría estará en un severo aprieto.

—Ah, vamos, la castración no duele demasiado de todos modos —dijo, agitando su mano como si no pasara nada—. Además, Yoruichi es la que ha llamado, ¿no querrás enojarla, verdad?

Vio como a Ichigo le recorrió un escalofrío de terror. Esa era exactamente la reacción que Yoruichi provocaba en el campo de batalla y en la vida real, pero él ya sabía cómo calmar los ánimos de esa mujer. Nada que un buen masaje y algo de aceite no pudiesen arreglar, pero esa era otra historia. Ichigo dejó lo que estaba haciendo, se metió las manos en los bolsillos y siguió a Urahara hacia un cuarto del segundo piso que, casualmente, también era la casa de los dueños.

Al abrir la puerta de la oficina se encontró con una sala comedor bastante bonita, decorada al estilo oriental, con los tatamis y las puertas de papel de arroz. Definitivamente Urahara y Yoruichi eran la representación de la cultura japonesa y siempre le harían honor a sus raíces. Siguió a Urahara hasta una pequeña habitación, la única de hecho, que tenía una puerta común de estilo occidental. Éste la abrió con cuidado y encontró a Yoruichi sentada sobre el escritorio con aire pensativo, mientras revisaba unos archivos de una carpeta amarilla. Lo que más le llamo la atención a Ichigo fue la carta arrugada que ella tenía en una mano y la comparaba con los papeles que había en el folder.

Urahara vio cómo su mujer intentaba encajar las piezas que Byakuya les había mandado en esa carta. Definitivamente amaba esa parte detectivesca de ella, pero si Ichigo se enteraba de la verdad, temía que al día siguiente lo encontrasen debajo de un puente. No, por ahora, era mejor ocultarle algunas cosas al muchacho.

—Bueno —la voz de Urahara la hizo alzar la mirada y ver a los dos hombres frente a su puerta—, creo que es hora que comencemos esta charla.

—¿Charla? —preguntó el chico de cabellos naranjas, arqueando una de sus cejas.

Yoruichi suspiró, derrotada, y cerró el sobre que estaba revisando.

—Veras, Ichigo —la mujer tenía un nudo en la garganta; sabía que no debían de decirle todo el contenido de la misiva. En ese tipo de cosas, ella y Kisuke siempre pensaban igual—, hoy ha llegado una carta de Byakuya Kuchiki, ¿sabes quién es él?

El muchacho frunció el ceño.

—Aparte de ser su benefactor, solo sé que es un hombre de negocios que está demasiado ligado a la fabricación de armas —se cruzó de brazos. Esa conversación no le gustaba para nada—. ¿Por qué?

—Pues, como lo has dicho, es nuestro benefactor… y antiguo compañero de Kisuke.

Ichigo se alzó de hombros.

—¿Y eso que tiene que ver conmigo?

Yoruichi suspiró. Tenía que ir al grano y no darle más vueltas a la verdad. Estaba a punto de decir algo, cuando Kisuke habló primero.

—Han encontrado el paradero de Ryuken Ishida.

Urahara no lo vio venir, sólo sintió como era elevado del suelo y su sonrisa se amplió al ver como el rostro de Ichigo, deformado por la incredulidad, lo miraba como si estuviese loco, como si lo que hubiese dicho no tuviese bases o pruebas. No, lo que Ichigo sentía en esos momentos era rabia contenida. Rabia por Ryuken Ishida, rabia por su hijo, su supuesto amigo, rabia hacia Urahara, por engañar tanto y rabia hacia él mismo, por haber dejado caer su máscara y haber presentado su vulnerabilidad a esas personas. No es que no confiara en ellas, es que, para él, todo siempre se había tratado de ser fuerte, de mostrar entereza. De proteger, no de ser protegido.

Es por ello que cuando hablo y la voz se le entrecorto, se odio a sí mismo.

—Mientes.

Urahara sonrió aún más.

—No, Kurosaki-kun, yo nunca miento.

El apretón se volvió aún más fuerte y le hizo recordar a esa vez, cuando era niño… cuando el hombre le cogió de los cabellos y le levanto tan fuerte que no tocaba el piso y luego, su madre.

Como si quemara, Ichigo se apartó de Urahara, pensando en lo que estaba a punto de hacer. A veces sucedían, esos flashes de la muerte de su madre, como la había visto morir, como ese perfecto círculo atravesaba su rostro y la desesperación… Cuando sucedían en la mañana, tendía a tomarse algo dulce para intentar levantar la máscara. Cuando sucedían en las noches, mientras dormía, bueno, eso era otro tema.

—Ichigo, esta es la carta que Byakuya ha enviado avisando sobre su llegada hoy a las ocho de la noche al local para la cena de bienvenida, y también menciona algo sobre el paradero de Ryuken.

—¿Cómo sabe él de Ishida?

Yoruichi afiló su mirada.

—¿Qué cómo sabe de él? Ichigo, no seas idiota, Ryuken era parte de la brigada de médicos que enviaron a Vietnam como refuerzos hace cuatro meses. Cuando el centro de comando donde residían los médicos explotó, se dieron a todos los involucrados por muertos, incluyendo a Ishida —Yoruichi se acercó al muchacho lentamente—. Y, como tú lo has dicho, Byakuya Kuchiki es el mayor banquero ligado a las armas que puedas encontrar en Nueva York. Su compañía ha aportado más del noventa por ciento de las armas que se han utilizado desde 1965; es obvio que algo como una emboscada militar no pasaría desapercibido bajo sus narices.

—Si es tan poderoso, ¿cómo no lo ha encontrado antes? ¿Por qué ahora?

La mujer morena sonrió ante la suspicacia de Ichigo. Él definitivamente era un tonto, pero no tanto como para no ver que algo andaba mal. Para su mala suerte, ella también era muy astuta.

—Porque todo proceso toma tiempo, idiota desconfiado. Encontrar a alguien que se suponía estaba muerto no es algo que tengas que planear, simplemente sucedió. Se ubicó una pista de su paradero, pruebas que verifican que, exactamente, Ishida esta vivito, coleando y pateando traseros de soldados vietnamitas.

Ichigo, ya más calmado y con la máscara de estabilidad puesta en su rostro, estiró la mano.

—Quiero leerla.

—Por supuesto.

Cuando Yoruichi le entregó la carta a Ichigo y éste se fue a un rincón a leerla en privado, Urahara le miró con ojos inquisitivos, preguntándole silenciosamente porqué se la había dado cuando se suponía iban a mantenerla en secreto por el bien del chico. Como respuesta, Yoruichi le envió una sonrisa macabramente burlona, como diciéndole en sus narices: "realmente me subestimas demasiado". El hombre del sombrero extraño sólo sonrió ladinamente, negando con la cabeza ante lo descarada que era esa mujer para los engaños.

Ella, al igual que él, poseía secretos que nadie ni el mismo presidente de los Estados Unidos sabía sobre su gobierno. Claro que no es como si ella quisiese dar un golpe de estado o algo por el estilo. Urahara se estremeció ante la idea.

"Dios nos guarde si eso llega a pasar"

Ichigo leyó la carta con parsimonia, letra por letra, exasperándose en cada palabra.

"…la legión de reconocimiento que se envió a Vietnam hace dos meses ha dado reportes semanales sobre la localización de las armas utilizadas en la emboscada del 09 de Diciembre de 1969, en el centro de comando hospitalario ubicado en la jungla norvietnamita. Se desconoce el paradero de dos rifles de larga distancia y cinco granadas de expansión múltiple, así mismo, los cuerpos encontrados pertenecen a seis médicos ya reconocidos en la morgue oficialmente.

Hay dos cadáveres desaparecidos, uno de ellos el de Ishida Ryuken, quien se intuye robó las armas especificadas antes de la emboscada. Los reportes han ido encareciendo en contenido hasta el último en particular, el cual copio al pie de la letra:

02 de Febrero de 1969. Se encontró uno de los rifles de larga distancia. Marcas de pólvora y sangre sobre la culata. A diez metros se encontraron mantas y abrigos empapados de sangre. Pensamos que uno de los enemigos ha robado las armas. A otros diez metros se encuentran trozos de tela blanca. Una de ellas tiene el nombre de "Ishida Ryuken" grabado. A otros diez metros encontramos más rastros de sangre y luego pisadas que desaparecen a los quince metros. Se solicita permiso para investigar territorio enemigo.

Ishida Ryuken ha robado armas de pertenencia americana y las ha llevado hacia territorio enemigo. Oficialmente, se le declara como traidor a la patria americana y los comandantes en jefe tienen permitido disparar a matar, al igual que los soldados. La orden está dada por…"

—¡Mentiras!

A ambos adultos no les sorprendió la reacción de Ichigo.

—¿Traidor a la patria? ¡Ni siquiera saben los motivos que lo han llevado a hacer lo que hizo, si es que lo hizo!

El muchacho de cabellos naranjas arrugó el papel y lo lanzó con odio hacia el suelo. Eso era todo. Esa maldita guerra le había quitado a su madre, a su padre y ahora le quitaba a la única persona que lo había cuidado, la única que le había dado cobijo y que había tenido algo de misericordia por un niño empapado en sangre y abandonado en medio de la nada. Se quedó mirando la carta, fulminándola con los ojos. Estaba apretando tan fuerte los puños que ya no sentía sus dedos, los cuales estaban blancos por la falta de circulación.

—Kurosaki-kun, debes de tener en cuenta que Byakuya-san solo hace su trabajo.

—¿Y por eso debo permitirle que dicte ordenes que no le corresponden? ¡Solo es un maldito fabricante de armas que lava dinero en el mercado negro!

— ¡Ichigo!

Un golpe certero sobre la mesa de caoba hizo a Ichigo reaccionar y liberar sus puños para ver hacia Yoruichi, quien le volvía a dirigir su peor mirada afilada.

—Cuida tus palabras, mocoso, porque si no fuera por ese maldito fabricante de armas del mercado negro, Ishida ni siquiera hubiese sido encontrado —le empezó a golpear con su dedo índice en el pecho, haciéndole retroceder ante su mirada imponente—; de hecho, ni tu hubieses sido encontrado el día en que Masaki murió, así que se más agradecido con lo que se te da porque puede que en otra ocasión, ese maldito fabricante de armas te dé por culo a ti y a tu maldita mascara de arrogancia que cargas desde los diez años.

Ichigo abrió los ojos, sorprendido. Yoruichi no podría haber dado en un punto más acertado que ese.

—Yoruichi, creo que es suficiente.

La voz de Urahara la saco de los mil y un insultos que estaba formulando para Ichigo en su cabeza. Ella se giró a ver a Kisuke, quien le señaló el rostro del muchacho; cuando lo vio, se arrepintió enormemente de lo que había dicho. La expresión de Ichigo Kurosaki era de un hombre derrotado en cuerpo y alma, pero con un ápice de dignidad en su mirada. Ichigo sentía como si su existencia en ese momento no tuviese sentido alguno, como si hubiese sido creado simplemente para pasar por todas esas cosas terribles y vivir para contarlo.

La mujer, al verlo en ese estado, recordó a ese niño pequeño, todo sucio y harapiento, en la cama de un lúgubre hospital, tarareando una de las canciones que Masaki solía tocar en el piano y que tanto calmaban a ese pobre niño, ahora convertido en adulto. Ichigo Kurosaki era un sobreviviente, se recordó Yoruichi, pero a la vez estaba tan confundido por dentro, tan solo, que se auto convenció de no necesitar a nadie y ayudar a su prójimo en lo que pudiese.

"Estarías orgulloso de él" Pensó la mujer, mientras se acercaba a su lado con una mirada decidida. Cuando estuvo en el campo de visión de Ichigo de nuevo, este la miro desconcertado y ella le palmeó el hombro y sonrió ladinamente.

—Nunca cambies, Ichigo. No pongas esa barrera entre tu verdadero yo y el resto del mundo o serás infinitamente infeliz.

Ichigo se quedó en blanco por un momento. Su rostro, de tener un leve dejo sonrosado por la furia paso a ser de un lívido blanco, como si hubiese visto un fantasma. Los ojos mieles se oscurecieron ante los recuerdos, las lágrimas, sus padres y una melodía celestial.

No podía seguir ahí o se pondría a llorar como un bebé y recordaba perfectamente las palabras de su madre. "Nunca dejes que nadie te vea llorar. Jamás".

—Tengo que ir a trabajar.

Inmediatamente, el hombre de cabello naranja salió hacia el rellano de la escalera y se quedó un momento ahí, recostado sobre una pared de un horrible blanco altruista. Miro hacia arriba y sintió unas inconfundibles ganas de gritar, mientras el nudo en la garganta se hacía más grande y le impedía tragar y el peso en su estómago le hacía doblarse en dos. Cerró los ojos y espero unos minutos; luego regreso al café con la máscara que había llevado desde los diez años.

—Fuiste muy inteligente, Yoruichi —elogió el hombre de sombrero extravagante y traje de Cardin—, me has sorprendido mucho.

Ella le sonrió.

—Sabía que iba a querer leerla, es por eso que cree otra.

Urahara rio con su típica risa de lobo.

—No podía esperar más de la falsificadora número uno en Europa. Fuiste muy importante en la Segunda Guerra, Yoruichi.

—Sí, pero de eso no va el tema —Yoruichi le miró curiosa, arqueando una ceja—. ¿Así que no mientes, Kisuke?

El hombre le dedico su mirada más enigmática, se acercó al oído de la mujer y susurró.

—Yo nunca miento, solo omito la verdad.

Dicho esto último, salió disparado hacia el café.

2.-

—¿Otra vez has peleado con Byakuya?

Central Park a las ocho de la mañana en un día de invierno era un paisaje digno de observar, con sus árboles y sus millones de copos de nieve cayendo por sus adoquines de piedra, y todo ese verde en contraste con el blanco hacían del paisaje uno de los más hermosos, sobre todo aquel sitio en donde se encontraban dos amigos de la infancia a charlar un rato. Ese lugar apodado como "la fosa" dentro de central Park en realidad era un enorme lago que, en sus días de verano, servía de piscina a muchos patos, pero que en esa época del año se podía observar las siluetas de las nubes sobre el hielo congelado.

—No es en realidad una pelea, simplemente es el típico "haces lo que te ordeno y espero que lo cumplas o te quito la subvención para tus estudios que, ya que estamos en eso, me decepciona que hallas escogido una carrera que no te dará de comer y no te ayudará a llevar mis negocios". No lo dice textualmente, pero son su mirada y sus acciones… Me controla como si fuese su juguete. —Se quedó sin aire al decir todo eso, y rápidamente que tuvo que tomar una pausada respiración para poder continuar—. Como si yo quisiera meterme en lo que él está haciendo, de todos modos —bufó.

Ella vestía un abrigo que perdía su figura y la hacía ver más niña de lo que ya era, viéndolo a él como un padre en busca de su hija perdida. Ciertamente, Central Park era enorme, y Rukia Kuchiki se conocía al pie de la letra cada árbol y recoveco que allí residía; no por nada conservaba cada rollo de cinta fotográfica de ese parque. A veces, cuando iba a Soho, encontraba personas que le compraban sus cuadros a un buen precio e incluso, una vez, encontró a un pintor francés que quería hacerle un retrato en compensación a la toma en grande de la entrada de nieve a Nueva York.

—Solo quiere lo mejor para ti, Rukia.

—Nada de eso, Renji, ¿has visto siquiera como me controla los rollos? ¡Solo quiere que las use para las clases! ¡Y él no me las compra! ¡Yo lo hago con el dinero que gano vendiendo mis fotografías! —Lanzo sus manos hacia arriba, cogiéndose los cabellos en señal de desesperación—. No veo la hora de irme.

El hombre le palmeó el hombro a su enojada amiga. Éste llevaba una gabardina elegante de color negro y una pajarita roja que combinaba perfectamente con el color de su extravagante cabello. Había una leyenda medieval acerca de las personas portadoras de un cabello pelirrojo. Se decía que ellos eran portadores de la degradación moral, de un intenso deseo sexual y que, por supuesto, habían robado el fuego del infierno. Cada vez que Renji Abarai hablaba de esta leyenda, se vanagloriaba de cambiarla y, en vez del intenso deseo sexual, él tendía a mencionar esa innata habilidad que tenía para manejar un rifle de francotirador a larga distancia. No por nada era uno de los mejores guardaespaldas que se podían contratar en Nueva York. Y es que después del asesinato de Kennedy, la mayor parte de los grandes inversionistas empezaron a contratar bastardos sanguinarios que no tuviesen sangre en el pecho a la hora de asesinar a alguien.

Renji Abarai si tenía corazón, pero no era del tipo de personas que se amilanaran ante un enemigo.

—¿No estarás pensando en huir, verdad? Sabes que eso no funcionaria. Byakuya te encontraría así cambies tu aspecto, te hagas una cirugía facial y te cambies el nombre. —Sacó un cigarrillo del bolsillo de su abrigo y, del otro, un encendedor. Cuando pudo encenderlo, lo fumó arduamente mientras su amiga lo miraba con cara de asco—. ¿Qué?

Rukia frunció el ceño.

—Odio ese hábito tuyo. Es desagradable.

Renji levantó una de las cejas, mirándola con diversión.

—¿Y si te tiro un poco de humo a la cara dejarías de decir tonterías como la de huir?

—¡Ni te atrevas! —chilló, propinándole un puntapié en la canilla, haciendo que el hombre soltara el puro, además de toda la nicotina de su boca y se agachara para frotarse con un gemido doloroso.

—¡Maldita! ¡No vuelvas a hacer eso, joder!

Rukia le mandó una sonrisa macabra.

—Entonces no vuelvas a hacer eso en mi presencia o el próximo lugar que mi pie visitará será tu entrepierna y, créeme, no querrás andar cantando como marinero frente a mi hermano.

Renji la miro con irritación, pero en su fuero interno una vorágine de sentimientos y pensamientos contradictorios libraban una batalla épica. No es que estuviese enamorado de su mejor amiga de la infancia, aquella que había visto prácticamente nacer y que habían pasado toda su niñez entre polvo, raspones, y que en muchas ocasiones había visto sin nada de ropa de por medio. Es que simplemente a veces se preguntaba qué era lo que había sucedido con la Rukia antigua, esa que era un poco marimacho, que pegaba a todo el mundo y que siempre quería tener la razón.

"Fue ese día, el día de la muerte de Hisana…" pensó Renji, mientras miraba como la mujer sacaba una cámara profesional del largo abrigo que llevaba puesto, se ponía de cuclillas y comenzaba a dar disparos a diestro y siniestro a un lago congelado.

—¿Qué es lo que sientes, Rukia?

Ella, sin inmutarse siquiera, respondió.

—¿Qué siento sobre qué?

—¿Que sientes cuando tomas fotografías? —le preguntó, sentándose sobre la nieve como un niño pequeño.

Rukia bajo la cámara un momento y lo observó. Renji tuvo que desviar la mirada para que el fuerte sonrojo que tenía sobre sus mejillas no se notara demasiado. Cada vez que Rukia lo veía, con esos grandes ojos violetas que despedían seriedad y sensualidad al mismo tiempo, sentía como si cada ápice de su cuerpo se estremeciera y gritara por hacer más contacto con la piel de ella; y, sin embargo, al mismo tiempo, podía sumergirse en sus ojos por largo rato, intentando descubrir que secretos ocultaban y que pensamientos estarían pasando por su mente en ese momento.

Rukia pestañeó un momento e imitó a Renji en la nieve, sentándose de piernas cruzadas y con los ojos fijos en su cámara fotográfica.

—Me siento… completa, supongo. —Divagó, acariciando los bordes del lente de la cámara—. No lo hago por ganar dinero, aunque no estaría mal algunos dólares extras. Lo hago porque es una extensión de mí. Esta cámara —explicó, alzando el aparato, mostrándoselo a Renji como su objeto más preciado— es una parte de mí, como un brazo. Es mi mejor amiga.

El hombre pelirrojo frunció el ceño.

—¿Y yo?

Rukia le sonrió traviesamente.

—Tú eres mi segundo mejor amigo. Primero es Shirayuki y luego estás tú.

El pelirrojo bufó sonoramente ante la expresión.

—Acabo de ser rebajado de estatus social por una dichosa cámara que, espera, ¿Shirayuki, dijiste? ¿Esa cosa tiene un nombre?

Las mejillas de la mujer se colorearon de un divertido color granate.

—N-No te burles, idiota. —El puchero que tenía sobre sus labios era adorable—. Ella necesitaba un nombre ideal y Shirayuki es perfecto.

—¿Cómo sabes que es un "ella" y no un "él"?

—¡Simplemente lo sé! ¡No andes preguntando sobre la sexualidad de mi cámara! Es desagradable.

—Tú comenzaste, mujer. Realmente a veces puedes ser muy infantil.

—Cierra el pico, Renji.

El hombre soltó una risita y miró hacia el cielo.

Un silencio cómodo llenó el ambiente durante unos minutos, mientras Rukia miraba hacia el cielo, profundo y blanco. Le encantaban los días de invierno y los de primavera; no era como si no disfrutara el verano, pero prefería esas estaciones porque siempre había algo más que fotografiar. Había tantas cosas nuevas que traía la naturaleza y que afectaban a las personas y al mundo alrededor. Desde la muerte de su hermana, el mundo de Rukia Kuchiki se había ido oscureciendo un poquito más cada vez, llevándose parte de su personalidad antigua con ella. Se jactaba enormemente de ser madura para su edad –y eso que solo tenía veinte años—, claro que ni Renji ni su hermano pensaban lo mismo, pero el resto de sus conocidos la tomaban como una profesional seria.

Rukia se sumió un momento en sus pensamientos, divagando acerca de su futuro como fotógrafa y de cómo su camino había tomado un súbito giro inesperado desde que Byakuya decidió que era mejor que la niña pisase tierra y dejara de vivir de sueños.

—¿Sabes que quería ser pintora, verdad? —cuestionó la chica.

Renji, sin abrir los ojos, respondió.

—Lo recuerdo perfectamente. Hasta te habíamos puesto el seudónimo de Picasso Vanguardista.

—Pintaba excelente.

El hombre soltó una risotada.

—Rukia, eso fue sarcasmo. Tus dibujos eran horribles, todos los maestros lo decían. ¡Incluso te botaron de la clase de pintura de la escuela!

El aullido de dolor que le prosiguió al comentario dejo a Renji encogiéndose en la nieve. Rukia cumplió la promesa de patearle en sus partes más nobles y él les estaba rogando a todos los dioses en el cielo el no ser impotente debido a ese golpe.

—Como te iba diciendo, "yo pintaba excelente"…

—Perra… —gruñó el pelirrojo.

El semblante de Rukia se endureció.

—Pero supongo que mi hermano tenía razón. El futuro no está en la pintura… —Ella señaló su cámara negra—. El futuro está en esto, en este pequeño aparato que puede captar la esencia de las personas, de las cosas… que puede contar una historia mucho mejor de la que escriben los periódicos.

Otro silencio, esta vez incómodo, se escuchó en la fosa y el enojo de Rukia empezaba a crecer. Digo, ella ponía su corazón en bandeja de plata… ¿y el idiota le ignoraba? ¡Jamás! Una vena de enojo salto en su frente, mientras fulminaba con la mirada a su amigo.

—Renji, si me estas ignorando, te juro que…

—¡No te estoy ignorando, maldita! ¡Me duele, joder, Rukia! ¿Qué tipo de zapatos llevas, por el amor de dios? ¡¿Clavos?!

Ella, al oír la voz aguda de su amigo mientras se encogía de dolor, no pudo evitar reír a carcajada limpia.

—¡No te burles, estúpida! —la voz de marinero solo hacía que el ataque de risa fuera mucho mayor.

Esos eran Rukia Kuchiki y Renji Abarai, unos viejos amigos que peleaban, que se agredían físicamente –más siendo él el perjudicado- y que carcajeaban a pesar de todas las cosas. Renji se jactaba de conocer a Rukia como la palma de su mano aunque esos años que estuvo en la academia entrenándose para ser guardaespaldas los hubieran separado un tiempo. Aun así, a pesar de que él le llevaba más de cinco años y que era la hermana menor de su jefe; a pesar de todo, él estaba completamente enamorado de ella y haría lo que fuese por verla feliz, incluso si no la alcanzaba con él. Eso ya lo había aceptado hace un tiempo.

Rukia era otra historia, por el contrario.

—Si gustas puedes bajarte el pantalón y ponerte boca abajo sobre el hielo del lago. Apuesto a que ayudara a bajar la hinchazón —dijo la fotógrafa mientras intentaba no reírse.

Renji, con el tono de la voz elevada un decibel más alto de lo normal, contestó.

—¡Sabia que eso de las fotografías al desnudo te habían pervertido pero no creí que fuera tanto así!

—No aprecias tus partes nobles, ¿verdad? —el tono amenazador de la mujer lo hizo arrastrarse por la nieve hasta ocultarse detrás de un árbol.

Otro silencio enmudeció el lago durante otro par de minutos, dejando sólo los ruidos de una apacible mañana de invierno para rellenar los espacios vacíos. A Rukia le calmaba estar en Central Park, porque era como si escapara de ese mundo de alta sociedad al que había estado ligada desde que su hermana se había casado con Byakuya Kuchiki.

Su semblante se oscureció durante un segundo. Bajó la mirada y recordó los pocos momentos que había pasado con Hisana cuando estaba viva; sin embargo, había un recuerdo en particular que opacaba todos los momentos alegres y, no es porque fuera especialmente feliz, sino porque fue la primera vez que tuvo conciencia sobre ese mundo, que supo lo que ella era: sólo un apellido.

La boda de Byakuya Kuchiki y Hisana Kuchiki fue lo más íntima posible, aunque no por eso dejó de atraer las miradas de los paparazis que querían una foto de la nueva pareja de inversionistas que se unían por un acuerdo bancario que favorecería las inversiones de ambas familias a largo plazo. En esa pequeña celebración se encontraba una Rukia de ocho años, vestida refinadamente con una tela larga lila bebe que resaltaba sus grandes ojos pero que, para su disgusto, atraía demasiadas miradas, y los comentarios de viejas ricas la hacían sentir incomoda.

Así que eres la hermanita de Hisana, ¿eh? Pero que monada que eres, te convertirás en una gran mujer, pequeña.

¡Que preciosura! ¿Es tu hermanita, Hisana? No se parece en nada a ti.

Definitivamente tiene el buen gusto de los Kuchiki. Nació para pertenecer a la familia.

Tu hermana es tan refinada para su edad, Hisana. Deberías aprender de ella.

Rukia no entendía porque esas señoras le decían ese tipo de cosas a Hisana, ¿no se suponía que todos eran amigos de Byakuya? Rukia se alejó un poco para ir a la mesa de ponches a beber algo. Ahí se encontró con una mujer, alta, rubia y morena, con un vestido granate que dejaba ver algo más de carne de lo normal y que miraba a todos como si fueran inferiores a ella.

Pero Rukia era la clase de niña que jamás se amilanaba ante nadie y que siempre tenía algo que decir.

Disculpe —preguntó con toda la clase que podía tener—, ¿podría servirme un poco de ponche, por favor?

Las palabras que esa mujer le dijo quedarían grabadas en su memoria para siempre, así como su macabra sonrisa.

¿Así que eres la hermana de la viuda negra, eh? —La miró de arriba abajo y luego su rostro se deformo en una mueca de asco—. Eres igual de repugnante que ella, una abominación. Llevas su sangre, su estigma y sólo te protege el apellido Kuchiki; pero no te equivoques, niña ingenua, que en cuanto te cambies ese apellido, seré libre de asesinarte. —Se acercó a su rostro peligrosamente y le paso una de sus nacaradas uñas postizas sobre su mejilla, haciéndole un corte superficial— Créeme, me encargare personalmente de ello.

Rukia recordaba perfectamente los vasos que rompió, esa fina cristalería que Byakuya tenía guardada bajo llave. También cómo corrió hacia los brazos de Hisana, cómo lloró en sus brazos, en plena recepción, y le rogo a Byakuya que nunca, nunca le dejara cambiarse el apellido. También recordaba cómo, antes de dormir, le preguntó a Hisana porque la llamaban "viuda negra", y recordaba su rostro impávido de horror, además de los vómitos que le sucedieron al mencionar la simple palabra.

Desde ese momento, Byakuya prohibió hacer preguntas sobre viudas negras y cosas relacionadas a eso.

—¡Por fin, Dios! ¡Joder, Rukia! ¿Dónde aprendiste a patear de esa manera? Sinceramente, creo que serias mejor guardaespaldas que yo.

Renji salió de la seguridad que le ofrecía el árbol para ver a su amiga sentada en la nieve, con las rodillas acunadas sobre el pecho y los ojos fuertemente cerrados.

—Rukia… —susurró, mientras se acercaba a ella, se sentaba a su lado y la miraba de reojo.

—Dame un minuto…

Renji hizo lo que ella le pidió. Él sabía, perfectamente, que las únicas veces que ella adoptaba esa pose era cuando el recuerdo de la boda de Byakuya y su hermana asaltaban su memoria. Unos cinco minutos pasaron antes que ella pudiese abrir sus ojos y sentir el aire frio revolotear sus cortos cabellos negros.

—No te culpes por la muerte de Hisana, Rukia.

—No lo hago —respondió, con voz monótona.

—Sí que lo haces, siempre es lo mismo.

—Basta, Renji.

—Pero…

—¡Dije que basta!

Renji se quedó con la boca semi abierta al ver como su amiga se ponía de pie y sujetaba la cámara con tanta fuerza que suponía que sus dedos estarían blancos debajo de esos guantes negros. Él sabía perfectamente que no debía de discutir ese tipo de temas con ella porque siempre, sin excepción alguna, los evitaba de una manera u otra. A veces, Renji pensaba que Byakuya pudo haber sido un mejor hermano mayor para Rukia si se hubiesen puesto de acuerdo en hablar más de lo sucedido el día de la muerte de Hisana.

"No, eso es imposible. Byakuya no es de las personas a la que les importa los sentimientos… Mientras Rukia pueda ofrecerle un heredero, es todo lo que siempre verá en ella" Rió en su fuero interno, sabiendo que si llegaba el día en que Rukia se abriera de ese tema con alguien, es muy probable que él dejase de ser su mejor amigo. Ese otro pensamiento le entristeció y enfureció al mismo tiempo y deseó, con todas sus fuerzas, que eso nunca pasara.

—¿Existen noticias, Renji?

Él la miro con una ceja levantada.

—¿Acerca de?

—Vietnam.

El pelirrojo suspiró cansado. Cada vez que el tema se tornaba personal, Rukia inmediatamente cambiaba el rumbo de la conversación y su favorito era la guerra que se libraba en un país lejano a sus vidas, que no podía afectarles de ninguna manera.

—Han llegado los informes de la legión de reconocimiento que Byakuya mandó para rastrear las armas robadas el día de la emboscada de médicos. No sé muchos detalles, pero de algo estoy seguro: tenemos un traidor entre nuestras filas.

Rukia no hizo ningún movimiento más que el de su cámara al enfocar otros paisajes de la fosa.

—Uno de los informes que nos han hecho llegar es que hay un territorio enemigo desconocido. Rukia… —tragó saliva— no debería contarte más.

Ella, con una mirada severa pero un rostro pasivo le respondió.

—Pero aun así me lo dirás, ¿verdad?

Él suspiro por enésima vez.

—Sí, lo hare porque sé que es importante para ti y no me perdonarías eso. —Vio cómo ella esbozaba una sonrisa pequeña para ser luego ocultada tras la gran cámara negra y escuchar los pitidos del obturador—. Ayer por la noche escuché a Byakuya conversar con uno de sus informantes. Al parecer ha habido un ataque en bases enemigas pero no ha sido efectuado por ninguno de nuestros comandos, ni los del gobierno americano. Dios sabe que Nixon no se atrevería a mover ni un solo batallón si Byakuya y otros más no le dijeran que es seguro.

Calló un breve momento, relamiéndose los labios.

—Según lo que escuché, se estaba investigando si pudo haber sido un error de los vietnamitas en su afán de crear un virus para una guerra biológica ante nuestros ataques posteriores, pero el informante de Byakuya dice que la explosión que hubo fue demasiado corrosiva y radioactiva que mató a todo ser viviente en cinco kilómetros, y fue operado en una zona enemiga de baja visibilidad. En ese lugar, Rukia, solo habitaban unos quince civiles resguardados de la guerra… Es imposible que fuese un centro de investigación.

—Por lo que, si el ataque no fue dado por nuestro ejército ni por los norvietnamitas, quiere decir que… —el rostro de la mujer se volvió pálido como la nieve que caía ante la comprensión.

—Que al parecer alguien se quiere unir al juego. Tu hermano lo sabe, Rukia...

Rukia se quedó callada otro momento para luego mirar a Renji a los ojos. La decisión que vio en ellos asustó un poco al pelirrojo y más aún, con la declaración que dio después.

—Y él no se detendrá hasta tener el control de todo lo que le rodee, hará lo que sea por ello… incluso si es traicionar al gobierno que nos da de comer.

El hombre tragó saliva mientras se frotaba las manos.

—¿Crees que sea capaz de eso?

—Sí. —No dudó ni un segundo en responder—. Él jamás se ha interesado por mi bienestar, o por mis sentimientos. Desde que Hisana murió, él simplemente me dijo como tenía que llevar mi vida, como lo haría de ahora en adelante. —El rostro de Rukia se ensombreció y sus pálidas manos cogieron con fuerza la Kodak negra que utilizaba a todo momento—. Sin opiniones, ni argumentos.

—Conozco a tu hermano desde hace mucho tiempo, Rukia. —Renji se levantó y vio cómo la morena le miraba expectante, esperando que le diese la razón—. No lo voy a defender ni nada por el estilo, de hecho, como su guardaespaldas, le he visto cometer actos que no son del todo correctamente apropiados pero necesarios para las inversiones que lleva tanto en el banco como, pues, en el mercado negro.

—¿Qué tratas de decir? —La ceja levantada poseía una clara señal de molestia e incomodidad.

—Que tu hermano puede ser muchas cosas, Rukia, pero, ¿traicionar al gobierno por poder?

—Muchos hombres honorables lo han hecho.

—No me refiero solo a eso, demonios —Renji se frotó el rostro con ambas manos, intentando encontrar las palabras correctas.

Estuvieron otro minuto en silencio hasta que Rukia se levantó de improviso y decidida, le espetó.

—Solo dilo, Renji.

—Tu hermano necesita protegerte, Rukia, es por eso que no traicionará al gobierno tan fácilmente. Él sabe lo que la CIA le hace a los traidores… y a sus familias.

Rukia quedó en silencio por un momento, analizando las palabras de su amigo. Él tenía razón, Byakuya sabía lo que la CIA le hacía a los traidores y allegados, puesto que ella había crecido con las historias de mafiosos que habían sido atrapados por el gobierno cometiendo acciones infames y, de la nada, desaparecían de la faz de la tierra. Lo único que no le cabía en la cabeza era que Byakuya se interesara por ella de la manera en la que Renji decía.

"En más de diez años ese hombre no ha movido ni un solo dedo por mí, ¿por qué debería hacerlo ahora?" Divagó taciturna. Rukia se frotó las manos, nerviosa. No, no podía hablar sobre cosas demasiado tristes en su lugar favorito sobre la tierra. Era demasiado temprano para preguntas demasiado complicadas de responder.

—¿Rukia?

—No lo digas, ¿vale? —La voz se le quebró un poco al hablar—. No quiero pensar en eso ahora mismo, lo único que quiero es… —estiró sus manos, exasperada— paz. Paz para tomar las fotografías que tengo que vender para sobrevivir. Paz para poder tomar las decisiones correctas en mi vida…

—Rukia… —Renji observó cómo los ojos de su amiga se volvían cristalinos de lágrimas contenidas. Sin embargo, él sabía perfectamente que no lloraría, no frente a él.

"Ella es demasiado testaruda como para llorar frente a alguien más" pensó con melancolía.

—Paz para poder dormir cada día sin tener que pensar en que pasará de aquí a diez años… ¡Paz para poder encontrar el coraje de decirle a Byakuya que me voy a ir a Vietnam, demonios!

Afonía.

Por un minuto, todo el tiempo se detuvo, el aire dejo de correr libremente por los pulmones de ambos, la nieve dejo de caer y de mancharlos con su blanco manto. Todo, por tan solo un minuto, dejó de ser la realidad para convertirse en un sueño; para el pelirrojo, en una pesadilla.

Las personas comenzaron a llegar alrededor de la fosa para ver la belleza de un lago congelado, ya que querían conocer lo que Central Park podía ofrecerles a esa hora del día cuando, de pronto, un grito ahogado se escuchó, y esas personas voltearon a ver cómo un chico pelirrojo, fuera de sus cabales cabe decir, sujetaba por el cuello a una chica menuda, de facciones finas y delicadas, contra el árbol cerca del lago. La gente empezó a correr hacia donde ambos estaban; unos pedían ayuda, otros pedían a los policías, otros observaban la furia en los ojos del chico y la tristeza que se formaba en los ojos de ella.

—Lo siento tanto, Renji.

—Mientes —sus dientes castañeaban de furia—. ¡Mientes!

—¡Nunca miento!

La sacudió y apretó aún más la mano sobre el cuello de Rukia

—¡¿A Vietnam?! ¡A Vietnam dices! ¿De qué crees que servirás allá? ¿Enfermera? ¿Sujetaras un arma? ¿Mataras personas? Sólo dime, Rukia, ¿por qué?

—¡Suéltame! —gritó mientras forcejeaba. El aire le empezaba a faltar y sentía adormecida su cara.

—¡¿Por qué?!

—Quiero ser… —el aire le comenzó a escasear de manera que hasta el hablar se le tornaba difícil— corresponsal de guerra.

Renji, al ver el rostro ahora azul de su amiga, la soltó como si su piel quemara y estuviese en llamas. La chica comenzó a toser y a buscar aire mientras se sentaba en la nieve. Diablos, su garganta dolía demasiado y tragar se le hacía difícil. Definitivamente debería de tener más cuidado al decir cosas como esa frente a su amigo.

El pelirrojo sólo la miró con expresión neutra, sin omitir sonido alguno, mientras dos guardaespaldas más –que definitivamente habían observado la escena– se arrodillaban frente a Rukia y le brindaban una botella con agua. Renji la vio tragar el agua con dificultad mientras una punzada de culpa le invadía el pecho. Genial, ahora era un cavernícola que maltrataba a chicas menudas de ojos grandes; ¡mejor aún! A chicas de las que definitivamente estaba enamorado.

—Rukia-sama, veníamos a informarle que el señor Kuchiki la solicita en el departamento de inmediato. Hay temas serios que deben tratar en privado.

Ella, sintiéndose incomoda por la atención de los guardaespaldas de Byakuya, levantó la mirada hacia Renji, quien estaba inmóvil, apretando los puños con fuerza. La morena sabía que su amigo se sentía mal por el arranque de furia que le había dominado… y no lo culpaba. Ella sabía perfectamente que Renji reaccionaria así, furioso e impulsivo; así que no fue una sorpresa que la atacara, sino que no intentase pegarle como cuando eran niños y no diferenciaban quien era hombre y quien mujer y simplemente jugaban a quien golpeaba más duro a quien. Rukia sonrió ante los recuerdos que le embargaron el cuerpo y decidió ponerse de pie.

—De acuerdo, al parecer tendré que posponer mi sesión fotográfica para más tarde —logró susurrar entre el dolor y la carraspera de su garganta.

Rukia se levantó y siguió a los guardaespaldas que la rodearon como si fuese de la realeza y temiesen por su vida. Las personas que se habían agrupado frente a ellos dieron un paso atrás al ver tal seguridad frente a alguien tan común y corriente. Por un momento, Rukia pudo escuchar los murmullos de la gente, entre ellos, hipótesis como "hija de un gobernador" o "Esposa de un mafioso"; sólo cuando escucho la frase "hermana de Byakuya Kuchiki", las arcadas comenzaron a formarse en su estómago. Ella odiaba sobremanera que la tildaran como la hermanita de Kuchiki o heredera del clan Kuchiki porque solo confirmaba lo que pensaba de sí misma.

Que sólo era un apellido. Sin el "Kuchiki" después de su nombre, no sería nadie.

Rukia se alejó del tumulto y regresó la mirada hacia Renji quien, entre sus cavilaciones, se había tumbado bajo el árbol más cercano al lago y se tapaba los ojos con el brazo, ocultando su culpa al mundo. Ella parpadeó, suspiró y siguió caminando mientras se acariciaba las marcas moradas que habían empezado a aparecer en su cuello.

3.-

La oficina de Urahara Kisuke no era por lo general un lugar en el cual él disfrutara estar mucho. De hecho, le tenía cierto asco a estar encerrado tras cuatro paredes, ya que él era más del tipo de personas que, si iban a estar en un cuarto oscuro, que fuese para la investigación de algo sumamente importante o haciendo experimentos biológicos para posibles curas de enfermedades y esas cosas.

Sin embargo, cuando Byakuya Kuchiki llamaba, él no tenía más opción que responder dentro de su oficina y esperar a que las paredes no tuviesen oídos tan finos como para dejar escapar los secretos que allí se hablarían. Porque si de algo se caracterizaban las llamadas de Byakuya eran por su alto grado de secretismo; quizá algo relacionado con el gobierno, bombas nucleares o problemas políticos que, si bien le tenían sin cuidado al dueño del café, definitivamente afectarían el estado de ánimo de sus trabajadores porque, tarde o temprano, esos secretos serian desnudados en prensa amarillista. Y hablando claro, él estaba harto de las historias que se inventaban los periódicos con respecto a los negocios que él y Kuchiki tenían entre manos.

"Nada más alejado de la realidad" pensaba Urahara.

Espero no tener que repetirte lo que acabo de decir solo porque tu pequeño cerebro es incapaz de ponerme un mínimo grado de atención.

El hombre reaccionó ante la voz monótona del hombre de negocios en cuestión. Urahara conocía demasiado bien a Byakuya como para no darse cuenta de cuando estaba molesto y cuando no, a pesar de su clara falta de emoción al expresarse.

Urahara sonrió y levanto los pies sobre el escritorio, cruzándolos.

—Que no haya opinado hasta ahora, no significa que no te esté prestando atención, capitán. Simplemente estoy esperando el momento crucial para soltar esa opinión que cordialmente vas a ignorar… como siempre haces.

No me retes, tendero, o perderás más que tu cafetería.

—Relájate un poco, Byakuya… sólo estoy bromeando —la sonrisa maliciosa no se borraba del rostro del rubio. Él realmente amaba hacerlo enojar—. Ahora, hablemos de negocios, ¿a quién tengo que asesinar ahora?

La afonía del otro lado del teléfono no fue tensa ni insoportable; era más parecida a ese silencio que hacían dos enemigos para medirse mutuamente en batalla, esperando a que uno ataque primero. Luego de un par de segundos más, el hombre de negocios fue el primero en cortar el hielo.

Uryuu Ishida.

La sonrisa burlona se borró del rostro del tendero.

—¿Sabes lo que ocasionaras si el único hijo de Ishida muere, verdad?

Soy consciente de las consecuencias que traerá este asesinato pero no me dejan otra elección —la frialdad en su tono de voz era sumamente inquietante. Siguió hablando—. Ryuken ha sido puesto, oficialmente, en los archivos del FBI de los más buscados por traición a la patria americana, al igual que su hijo. Si no soy yo, tarde o temprano, encontraran su cadáver tirado en algún desagüe. —Hizo un corto silencio para finalmente dar un largo suspiro—. Creo que tú le puedes dar una muerte más digna al hijo de un valiente soldado.

—Aun me sigo preguntando… —habló el rubio mientras se mordía una uña y miraba hacia el techo de su oficina. Definitivamente tenía que cambiar ese blanco muerto y cambiarlo a un beige, quizá un palo rosa—… porque, de entre todos los asesinos a sueldo que existen, me tuviste que escoger específicamente a mí para hacer tu trabajo sucio. Yoruichi estaría decepcionada; ella tiene un alto concepto de tu persona.

¿Importa el por qué?

—Sí, lo hace, porque no me has explicado la causa principal de este asesinato sin sentido que me vas a hacer cometer, Kuchiki. —Con rapidez, se levantó del escritorio y se recostó sobre el marco de la ventana, mirando hacia Central Park y viendo el día completamente empapado en un blanco enfermizo, igual que su techo.

¿Sobre Kurosaki?

—Exacto. —La sonrisa maliciosa apareció nuevamente en su rostro pícaro—. Yoruichi no ha visto la verdadera carta que enviaste. Si lo hubiese hecho, es muy probable que hubiese ido a partirte el culo por traidor.

Bien, ella me tiene sin cuidado.

Urahara afiló la mirada hacia el horizonte, como queriendo amenazar desde esa distancia a Kuchiki Byakuya.

—Cuida tus palabras, no querrás que sea yo quien pase la cuchilla por sobre tu garganta.

Otro silencio, esta vez aún más retador que el anterior, se hizo presente. Esta vez, fue Urahara quien lo rompió.

—Isshin Kurosaki está vivo, Kuchiki, esa es una información muy delicada que no debe ser descubierta a cualquiera, sobre todo con la CIA aun siguiéndole el rastro. Ese hombre encabeza la lista de los más buscados internacionalmente. Es más que traición; le ha vendido su alma al diablo.

Ha sabido ocultar su rastro perfectamente para evitar ser encontrado…

—¿Pero?

Cometió un error, mínimo, cuando se encontró la bata de Ryuken a unos metros del límite de guerra. Una argolla de matrimonio.

El silencio, tenso antes, se volvió turbio y complaciente. Urahara se sintió dentro de una burbuja a punto de explotar. La historia de cómo Isshin Kurosaki fue desterrado –es la única palabra que se puede describir para su situación actual– le estaba dando vueltas en la cabeza. Desde la muerte de Masaki, hasta la desaparición de Ryuken. Pistas que no habían sido rastreadas a tiempo y otras que habían sido malinterpretadas. El rubio se tensó visiblemente y se cruzó de brazos.

—¿Era blanca? —preguntó.

Sí.

Urahara soltó un par de improperios nada elocuentes.

—Mierda, Kuchiki, me pones en un aprieto y, por amor a mis principios, rechazo tu misión. Esta vez, haré lo correcto.

No le puedes decir nada al chico, Urahara Kisuke. Hará tonterías.

El hombre bufó.

—¿Como enlistarse en el ejército e ir a buscar a su padre a Vietnam? Sí, claro, eso es bien visto como una tontería.

¡Es un niño! —un estruendo de papeles cayendo se escucha a través del auricular. Al parecer, Kuchiki Byakuya se había alterado—. ¡Arruinará cada plan que he hecho! Me arruinará y si eso llega a ocurrir, Kisuke, lo mataré. Lo mataré y no me importara si es un maldito huérfano o si su padre este vivo. Lo mataré… y tú apretarás el gatillo.

Eso fue lo último que escucho antes que la línea fuese cortada por el hombre de negocios. Urahara colgó con parsimonia y vislumbro como de la entrada de Central Park, unos hombres de negro escoltaban a una mujer de abrigo largo.

"Así que la pequeña Rukia ha crecido…" Pensó, mientras la miraba por la ventana superior. Conocía a la familia Kuchiki desde que el abuelo de Byakuya, ya no recordaba su nombre, fue el comandante general de su pelotón cuando las batallas contra Alemania comenzaron. Desde ese momento, supo que los Kuchiki serían una de esas familias poderosas, ligadas a la riqueza y a las armas que dominarían el mundo futuro. También supo que las guerras las librarían ellos y solo ellos.

Aún recordaba el momento en el que conoció al pequeño Byakuya Kuchiki, cortesía por supuesto de Yoruichi Shihouin, la amiga de la familia Kuchiki. Le pareció altanero y un poco soberbio para su edad, sin embargo, su naturaleza para hacer tratos y deshacerlos de una manera legalmente imposible, hallando vacíos que ni un experimentado abogado de esas épocas era capaz de ver, era un don del que el comandante estaba orgulloso. A ojos de él, era un talento peligroso si se usaba de la manera equivocada.

El rubio se sentó en la mesa, revolviendo entre sus papeles para encontrar la carta que Kuchiki le había enviado. La verdadera.

Recordaba asistir a la boda de Byakuya. Hisana era una mujer misteriosa y taciturna, perfecta para un hombre con un gran poder en la bolsa y que sobrevivió al crack. Recordaba intentar investigar acerca de ella, y el no encontrar nada útil sobre su origen familiar o de qué lugar descendían, le hizo dudar de sus intenciones.

—Aquí estas.

Releyó para sí mismo las últimas líneas de la carta.

"…la argolla matrimonial de oro blanco que Isshin Kurosaki portaba siempre en su anular fue hallada entre las ropas de Ishida Ryuken. Otro testimonio es en un pueblo alejado, denominados ellos como los destrozados: Según los locales, vieron a un hombre de cabello negro y tez morena deambular por el pueblo, tanteando algunos terrenos y hablando con personas en específico. El sitio es denominado como la isla de las flores."

—Jamás pensé que volvería a oír de ese lugar —se dijo así mismo mientras escuchaba pasos en el exterior.

Ciertamente, esa no era una información que quisiera compartir con Yoruichi. Así que cuando esta entró por la puerta, Urahara estaba de espaldas, mirando hacia la ventana con las manos dentro de sus pantalones Cardín. Luciendo sexy como el infierno pero letal como el que lo habitaba.

Yoruichi lo vio, recostado sobre el marco de la ventana y vislumbrando como esa limusina negro carbón se alejaba por la Quinta Avenida, apresurando el paso hacia su destino. Ella sabía perfectamente que la limusina era propiedad de los Kuchiki, así como que era Rukia Kuchiki quien iba dentro de ella y, por supuesto, sabía que Byakuya Kuchiki había llamado al administrador del café. Ella suponía que era por algo de la apertura de la tienda pero cuando entró y vio a Kisuke en esa pose, supo que era algo más. Él solo lucia así de preocupado cuando las malas noticias llegaban a sus oídos.

—Sé que Byakuya llamó, Kisuke.

—Supuse que lo notarias —dijo para luego sacar de un bolsillo un cigarro y del otro, un encendedor. Mientras intentaba prenderlo, murmuró—. No es como si te pudiese ocultar ese tipo de cosas, igualmente.

La morena arqueó una ceja. Urahara solo fumaba cuando se había metido en un gran aprieto o sus principios estaban siendo cuestionados, haciendo que sus demonios batallen entre sí para demostrar el error. La mujer cerró los ojos, sintiendo su pulso acelerarse. Honestamente, odiaba que él se pusiera en esa clase de aprietos porque demostraba perfectamente que ella tenía sentimientos y se preocupaba por él, que no podía ser de hierro todo el tiempo aunque tratase con todas sus fuerzas.

—¿Y me lo puedes decir o será otra brecha en esta relación?

—¿Cuál relación?

Intentó no demostrar lo dolida que se sintió al escuchar esa declaración. ¿De verdad él pensaba que después de todo ese tiempo juntos sólo eran amigos? "Amigos que se besan, que se tocan… que se…" murmuró interiormente. Sacudió su cabeza para evitar pensar en cosas innecesarias, porque en ese momento sólo tenía que lograr que se le soltara la lengua un poco y después ella ya vería como investigar el resto del contexto. No importaban sus sentimientos ni que llevaran más de quince años siendo amigos y amantes al mismo tiempo.

—Vamos, Kisuke, siempre es lo mismo. Byakuya llama para mandarte de sicario a alguna parte y tú omites esa verdad de mí como si no la supiera ya. ¿Crees que me hará daño saber que sigues siendo tú, después de todo este tiempo? ¿Qué tus viejos hábitos nunca se fueron? —se acercó a la mesa y puso sus manos delicadamente sobre la madera de arce—. Ahora, date la vuelta y como el hombre de honor que sé que eres, dime a quién te ha pedido asesinar.

El hombre rubio volteo la cabeza a medio lado y le dedico una triste sonrisa.

—¿Lo has sabido todo este tiempo?

Los ojos de Yoruichi se estrecharon más, intentando no caer en esa sonrisa de cachorro abandonado que le mostraba Kisuke.

—Sí y si te preguntas porque sigo defendiendo a Kuchiki después de todo este tiempo, pues, no lo sé —suspiro, pasándose una mano por su cabello morado—, supongo que es por Rukia, por Hisana, por su recuerdo y lo que representa su estirpe en este mundo.

—¿También sabes sobre eso? —esta vez, los ojos de Urahara denotaron tensión.

Él sabía que Yoruichi era la mejor espía que cualquier magnate pudiese encontrar y, en cierta manera, no debería de sorprenderle, pero que supiese algo que él había descubierto hace tan solo unos pocos meses le dio en el orgullo.

—Se sobre muchas cosas más, hombre, y no, no te las contaré.

Finalmente, Kisuke suspiró y tomó asiento en su silla mientras fumaba ese cigarro al que era adicto en noches nevadas.

—¿Qué quieres saber? —le preguntó, mientras se quitaba el sombrero y le miraba fijamente.

Yoruichi contuvo el aire mientras veía como el hombre que yacía cómodamente sentado sobre la silla lo miraba de una forma incógnita y embriagadora. Sonrió de lado para demostrar seguridad y se sentó sobre el regazo de la mesa, exponiendo sus piernas morenas a través del vestido morado que vestía. Ese vestido que a él tanto le gustaba.

—Quiero que me digas si todo lo que se escribió en esa carta, fue real. —Se inclinó para estar a centímetros de su rostro—. Por una vez en tu vida, dime la verdad…

Yoruichi le pasó uno de sus dedos sensualmente por el rostro, descendiendo poco a poco a través de la camisa, sintiendo los estremecimientos del hombre y cómo sus ojos se volvían cada vez más oscuros. Quería jugar con él, quería romperlo y hacerle cantar todos los secretos que le tenía oculto y, la única manera de lograrlo era ofreciéndole su cuerpo, aunque eso solo sirviese para enamorarla más de él. Ella pasó las manos a través de su pecho, deteniéndose brevemente en unas pequeñas protuberancias que hacían suspirar al hombre y tensarlo cada vez más. Sus manos vagaban desde su pecho a su estómago, raspando con sus uñas, haciéndolo gruñir cuando estas raspaban sus pezones de una manera que sólo servía para enloquecerlo, para hacer que esa inevitable erección dentro de sus pantalones creciera más y más.

Se atoró con el humo del cigarro en cuanto ella poso sus manos en su cinturón.

"No" le dijo su mente. "No puedo hacerle esto otra vez. Basta"

El hombre usó todo su autocontrol para levantarse del mullido sillón, dejándola con las manos en el aire. No podía hacerle eso a Yoruichi, ciertamente ya la amaba con locura, no quería que ese sentimiento ahondara más en su corazón y le hiciera daño; por lo menos, no tanto como el que ya le había causado.

"No puedo seguir amándola… no puedo".

—No voy a dejar que lo hagas de nuevo, Shihouin.

—¿Sabes algo? No es algo que solo tú disfrutes; yo también lo hago y pensé que estaba bien. De todas maneras, así es como funciona nuestra relación, ¿o me equivoco? —la dura voz de la mujer le hizo suspirar.

Urahara se giró y le miró. Sus ojos grises, intensos, chocaron contra los suyos, haciéndole sentir nostálgica y algo depresiva. Quería regresar a los tiempos de guerra en los que él bromeaba sobre cosas estúpidas y ella se reía mientras las balas recorrían el horizonte, mientras los soldados morían sin ver nuevamente un bello amanecer. Por otro lado, Kisuke no estaba mejor; él sabía perfectamente cómo de delicada era la situación en ese momento y lo que menos quería era involucrarla a ella, hacerle correr peligros como en la Segunda Guerra. No, no podía verla herida otra vez o al borde de la muerte. Su corazón no lo soportaría, y ciertamente él no dudaba de su fuerza ni de su valentía, pero era algo innato, algo que había desarrollado sólo con ella y con nadie más.

"Debo protegerla, no puedo dejar que le hagan daño otra vez. Así arriesgue mi vida y la de otros, la protegeré".

—Es Uryuu Ishida, Yoruichi. —Él cortó la comunicación visual, bajando la mirada, avergonzado por lo que iba a decir—. Y te juro por la memoria de todos los soldados que he llevado al campo de batalla, que no quiero matarlo.

—Pero aun así aceptarás, ¿no? —La mujer seguía sentada sobre el escritorio con los brazos y piernas cruzadas. Ella sabía su respuesta.

—Tengo que aceptar.

—No, no tienes. —Se bajó de la mesa, dándole una mirada de decepción pura al hombre.

—Yoruichi…

—¡Nada, de "Yoruichi", Kisuke! —Exclamó—. ¡¿Sabes, siquiera, el daño que le estarías haciendo a Ichigo?! Aunque lo niegue, ese chico es la única familia que le queda, lo único que tiene… ¿Y se lo vas a arrebatar?

Él giro la cabeza hacia ella, con sus sentidos alterados.

—¿Crees que es fácil para mí? ¿Crees que quiero hacerlo?

—¿No quieres? —preguntó con duda, mientras retrocedía hacia la puerta de salida—. Porque eso sería una sorpresa: Tú nunca rechazas la oportunidad de volver a apretar el gatillo.

Yoruichi estaba a punto de salir para volver a sus labores cuando el hombre rubio cruzó la habitación y le tomó de la muñeca. Ella se giró y vio sus labios muy cerca de los suyos, sin embargo no la besó.

—Y también hay algo más. —Tragó saliva mientras soltaba su muñeca y ella se quedaba estática—. No sé si es en realidad una noticia buena o mala, pero es algo que tarde o temprano tendré que decirle a Ichigo.

Fue en ese momento que la mujer enarco ambas cejas. Todo lo que tuviese que ver con Ichigo era de su incumbencia, porque se sentía como su madre. La madre que nunca tuvo.

Ella esperó hasta que él pasara sus manos por su rostro, dos veces, queriendo encontrar la mejor manera de decírselo. Al ver que solo lograba desesperarse, arrojó sus buenas intenciones a la basuray simplemente lo soltó.

—Isshin está vivo.

La mujer ahogó una carcajada.

—No me tomes el pelo, Kisuke. Si es una broma, es una de muy mal gusto.

Yoruichi vio como el semblante del hombre rubio se oscurecía y entonces comprendió. "Oh, no…" Pensó, mientras un escalofrió le recorría el cuerpo.

—Esto… no puede ser verdad.

—Lo es. Byakuya me lo ha confirmado. —Suspiró mientras tiraba de sus cabellos hacia atrás—. ¿Qué diablos voy a hacer? ¿Cómo se lo voy a decir?

—Sólo hay una manera.

El hombre la miró, intentando ver la solución en sus ojos y lo que vio fue una máscara de indiferencia. Ella se humedeció los labios.

—Lanzándole la bomba antes de que otro lo haga. Sabes perfectamente que esta noticia correrá por todas las asociaciones gubernamentales posibles, y tarde o temprano, él se enterará. Es mejor que lo sepa de nuestra propia boca.

—Sólo hay un problema con eso, querida.

—¿Y ese sería? —cruzó los brazos de nuevo.

Él afiló su mirada.

—Si Kurosaki hace una tontería como ir a Vietnam a buscarle, Byakuya lo matará.

—Entonces nos aseguraremos que no haga ninguna tontería.

4.

El Barista

—¡Kurosaki-kun! ¿Me podrías pasar las bandejas, por favor?

La voz de Inoue caló en mis oídos y le pasé esas gruesas bandejas de plata con las que iba a servir a los clientes. La vi cargando las diez de esas cosas con cuidado y haciendo más fuerza de la usual para llevarlas. Sonreí; ella hacía mis días un poco más felices pero no lo bastante como para quitarme ese agujero.

No lo entendía, de verdad que no.

Ah, mi nombre es Ichigo Kurosaki, tengo veinte y cuatro años y soy barista del "Café de Paris". Mis jefes y tutores legales, después de Ryuuken claro, son Urahara Kisuke y Yoruichi Shihouin; son como los tíos que nunca tuve, esos tíos que te dan sorpresas en navidades o que te dan propina cada cumpleaños; sin embargo, me dieron empleo, ropa, casa y comida. Lo que todo huérfano desea. Porque sí, soy huérfano de padre desde que tengo uso de razón, y de madre desde los nueve. Muchas veces me pregunto cómo serían de diferentes las cosas si papá se hubiese quedado con nosotros, sino hubiese desaparecido. Mamá decía que él murió; siempre, siempre negaba que hubiese siquiera una posibilidad remota de encontrarlo, y mirar su tumba cada cumpleaños era lo más real para un niño de esa edad. Recuerdo cuando mi madre abría ese polvoriento piano que tengo en el departamento y comenzaba a tocar una de esas canciones de Chopin que tanto le gustaban.

Cuando mi madre tocaba era como si el cielo abriera sus puertas y toda la música jamás escuchada se hacía presente en esta tierra.

—¡Kurosaki-kun! ¿Me pasas las salsas, por favor?

Le volví a dar los condimentos a Inoue y vi cómo sus mejillas se sonrojaban al contacto con mis manos. Ella era realmente rara al tener esas reacciones; a veces creo que está enferma, pero ella insiste en que no le pasa nada y que su salud es buena.

Inoue. Orihime Inoue.

La historia de esta chica y de nuestra amistad es complicada. Supongo que el destino nos unió porque ambos perdimos seres queridos en batallas distintas. Recuerdo perfectamente el primer día que la vi, con sus ojos tristes y vacíos mientras su hermano era internado de emergencia por un accidente con el tubo G. La observé poner los condimenteros en cada mesa, alisando el mantel y viendo que las ventanas estuvieran lo más pulcras posibles mientras que sonreía a todo transeúnte que pasaba por la Quinta Avenida. Ella era sumamente extraña y muchas veces no la entendía, pero era mi protegida.

Me giré hacia mi maquina espresso, sacando un poco de café, aireando la leche e intentando crear una figura decente con la espuma. No sé cuánto tiempo estuve haciendo el dibujo pero para cuando me di cuenta, la figura de una hermosa mariposa se abría paso entre la espesura de la leche, que teñía de caoba las alas blancas de la mariposa. Por algún motivo desconocido, fue la imagen más hermosa que había visto.

—Eres bueno.

Levanté la mirada hacia el hombre de contextura gruesa, de enorme musculatura. El guardaespaldas de Urahara, Tessai, miraba cautivado al pequeño animal que parecía que de un momento a otro saldría flotando de la taza. Realmente había hecho algo muy bueno y no me había dado cuenta.

—Gracias —susurré, volviendo a ver la taza—, pero se acaba de arruinar. La espuma solo tiene una duración de 5 a 15 segundos para servirse a la mesa y poder ser apreciada.

El hombre sonrió.

—Entonces me tomaré esos quince segundos para guardarla en mi disco duro.

Le dejé mirando la taza, aún hipnotizado por la mariposa, para volver a mis deberes. El tiempo había pasado más rápido de lo que había previsto: prácticamente faltaban unos quince minutos más para abrir las puertas al público. Según Yoruichi, no deberíamos preocuparnos si la primera semana no recibíamos más de dos clientes porque era normal, ya que las personas no confían en algo nuevo sólo hasta que otros lo han probado. Detesto eso. Supongo que soy de las personas que prefieren intentar algo nunca visto, y poder atesorar el momento.

—¡Oh! ¡Es preciosa! ¿La has hecho tú, Kurosaki-kun? —la voz de Inoue me sacó del trance y me giré para mirarla.

Ella también estaba hipnotizada por la mariposa casi aguada en el café.

—Haré otra. Esa se ha arruinado.

Esta vez me concentré perfectamente en la imagen que quería captar. Haría nuevamente la mariposa pero sería diferente, esta vez le daría vida.

Saqué un poco de espresso en la taza de degustación, contando siempre hasta cinco, para luego dejar que el café se asentase mientras aireaba la leche. De improviso, la imagen de la mariposa volvió a mi cabeza, de alas negras con toques rojos, grandes antenas y unos ojos peculiarmente azulados, casi violetas. Era extraño, pero esa figura me había estado dando vueltas en la cabeza desde hacía un tiempo: Siempre soñando con la mariposa negra de ojos violetas.

Cuando tuve la taza y la leche listas, empecé a darle forma, teniendo cuidado de plasmar los detalles más finos. Podía sentir como Tessai y Orihime me miraban expectantes, como si fuese un arte lo que estaba haciendo cuando no era nada de otro mundo. Simplemente era un dibujo.

—Es increíble

—¡Wow! ¡Kurosaki-san, es sorprendente!

—¡Ururu, ven a ver lo que Kurosaki ha hecho!

—¡Wa, qué hermoso!

Miré hacia arriba y pude ver a todo el personal observando fijamente mi taza de café. No era del otro mundo, supuse.

—¿Qué está pasando aquí?

La voz de Yoruichi despejó el ambiente en la barra. La mujer de cabellos extravagantes se abrió paso entre todos para poder fijarse en el café que había preparado.

—Ichigo, ¿tú lo has hecho? —Sólo pude asentir con parsimonia—. Esto atraerá a miles de clientes. Es arte.

Quise reclamar, decirles que lo que yo podía hacer todos lo podían aprender, a fin de cuentas no era nada de otro mundo. Más no pude decirlo porque, al bajar la mirada, vi a mi mariposa. "¿Esto he hecho?" susurré en voz baja al ver como, sobre el café, ésta realmente sobresalía, como si fuese a tomar vuelo en cualquier momento. Podía imaginarme sus alas batiéndose sobre nuestras cabezas y salir por la ventana del baño sin emitir ningún sonido.

Pude escuchar a lo lejos la voz de Urahara aclamar mi trabajo pero no pude responder. Por algún motivo, pensar en aquella mariposa tomando vuelo e irse me hacía sentir desolado, aún más de lo que ya me sentía. Era completamente extraño porque estamos hablando de algo inanimado y que, en pocos segundos más, se desvanecería de la faz de la tierra y sólo estas personas tendrán la memoria de haberla visto. Porque cada dibujo en café era completamente diferente del anterior, ya que este arte solo duraba quince segundos para ser apreciado.

Cuando vi que se había semi aguado, cogí la taza y bote el café, borrando la imagen de mi memoria, de mis sentimientos y de la faz de la tierra. Por un momento, me sentí desnudo frente a estas personas, sentí como si con alzar su mirada pudiesen ver mi yo destrozado. Estoy herido, lo sé, no necesito ni compasión ni lastima; sólo necesito volver a ponerme la máscara.

—Bueno, chicos, necesito hablar con ustedes un momento.

La voz de Urahara les instó a todos a prestarle atención.

—Eso te incluye, Ichigo. No me hagas decir tus más vergonzosas anécdotas.

Me ruboricé y le dediqué una mirada asesina a Urahara.

—No te atreverías.

Él y su molesto abanico aparecieron sobre su rostro.

—Oh, ¿en serio? ¿De verdad deseas que les cuente a todos que mojaste la cama hasta los diecisiete años?

—¡Cállate! —exclamé, con las mejillas encendidas. Él no había dicho eso frente a todos.

—¿Ves, Ururu? No tienes que preocuparte, aun te quedan unos ocho años más para mojar la cama. —Ese mocoso…

—Gracias, Kurosaki-san, ya poder hacerlo sin sentirme culpable.

—¡Oh! Entonces ya sé porque hacías la colada a las tres de la mañana con Uryuu-kun, Kurosaki-kun.

—¿Acaso sufres de incontinencia, Ichigo?

¡Oh, por el amor a….! ¡Joder, Joder!

—Tú, maldito… —caminé hacia él y le di un golpe en su mejilla— ¡No tenías que revelar eso, bastardo!

Urahara, que había recibido el puñetazo sin defenderse siquiera, me miró divertido, como si toda esta escena de hacer enojar a Ichigo fuese de lo más gracioso.

—Al fin reaccionaste.

Lo quede mirando y me di cuenta de lo que había hecho. Le había pegado a mi tutor legal. A ese bastardo con aspecto de payaso que sólo podía hacer las cosas bien si se trataba de negocios, y no de los buenos. Bajé mí vista hacia mi puño cerrado y sobre mis nudillos había un poco de sangre con piel roja por el impacto. Vaya, no pensé que le hubiese dado tan fuerte.

—Desde que Ryuuken desapareció has estado en otro mundo, ignorando a los demás, siendo depresivo y poniéndonos depresivos a todos los demás. —Urahara se acercó y devolvió el derechazo en la mejilla.

Me tambalee hacia atrás, sintiendo las manos de Inoue cogerme por los brazos para no desestabilizarme.

—¡Kisuke!

—¡Urahara-san!

—¡Jefe! —gritaron a trío.

Pude sentir su bastón taconear el suelo de parqué del establecimiento.

—Eres solo un niño que está jugando a ser hombre. Madura, ¿quieres? Deja de llorar por una solución y búscala.

Buscarla. Buscar una solución cuando ni yo mismo sé que buscar exactamente. ¿Qué podía hacer? ¿Qué podía hacer para no sentirme tan vacío? Sentía como si algo dentro de mí me estuviese consumiendo poco a poco, dejándome débil y sin energías. Y los pensamientos negativos, todos contra mi padre y a favor de mi madre, solo me carcomían. Esto es lo que la gente suele llamar culpa.

Yo lo llamo Karma.

Noté la sensación de algo puntiagudo golpear mi pecho. Para cuando me di cuenta, Urahara tenía su bastón sobre mi pecho, inmovilizándome entre Inoue y él.

—No te pido que de la noche a la mañana seas un hippie que vomita corazones y predica la paz en el mundo. Sólo que empieces a buscar la manera de sacarte del agujero en el que te has metido, porque no permitiré que nos lleves dentro de él.

—Yo… —No sabía qué decir, ¿en serio todos estaban sintiendo mi vacío? ¿Realmente era tan transparente?

Sentí la madera bajar hacia el suelo para luego comenzar a caminar hacia la puerta de entrada. No me había dado cuenta de en qué momento había puesto ese listón rojos alrededor de las manijas de empuje y jale.

—Estoy muy agradecido con todos ustedes. Realmente han hecho un gran trabajo el día de hoy por la apertura. Yo no soy el de las palabras elocuentes: soy sólo un científico de la Segunda Guerra, ascendido a capitán, que quiere cumplir su sueño de vender café y artículos varios a las personas, hacerles feliz y dejar el pasado donde corresponde. —Se sacó el sombrero para que todos pudiésemos verlo—. Tenemos que avanzar; y este lugar logrará sacar a flote muchas cosas, entre ellas, las experiencias. Y las experiencias son…

—Y como sé que cuando Kisuke se inspira no para de hablar, tomaré yo el control de la situación. —Vimos todos como Yoruichi peleaba con Urahara por el dominio de la situación. Pero claramente ella se lo tenía ganado—. Vamos por partes, solo diré una cosa: demos lo mejor. Hoy van a venir a cenar Kuchiki Byakuya y Shukaku Shiba, nuestros acreedores directos, junto con sus familiares y guardaespaldas.

—¿A qué hora llegarán? —preguntó Inoue.

—Ya deben estar en camino. Byakuya vive en la Avenida Madison y Shukaku en el Times Square, así que tengan presente que en cualquier momento ellos se pueden presentar en la tienda. Solo puedo decirles que sean ustedes mismos y den todo en su trabajo.

Todos nos quedamos en silencio, esperando a que alguien hablase o volviese a interrumpir.

—Bueno, ¿a qué están esperando? ¿Quién quiere cortar el listón?

—¿No lo iba a cortar usted, Yoruichi-san?

Ella sonrió, con esa forma felina que engatusaba a cualquiera.

—Eso no sería divertido.

—¡Yo, yo! ¡Yo quiero cortarlo!

—¡No, yo lo haré! ¡Ururu, deja las tijeras, te he dicho que yo lo haré!

—¡Ustedes no cortaran nada, son niños y se pueden hacer daño!

—No molestes, Tessai… ¡Ururu, no rompas el listón con tus dientes!

—¡Pero quiero cortar el listón! ¡Jinta, no me jales mis coletas!

Pude ver cómo la algarabía se formó. Risas, berrinches y algo más; una conexión. Como si todos nosotros formáramos una familia.

Familia. La palabra que toda mi vida había sido un tabú en mi memoria ya que, para un niño de nueve años sin padre y sin, repentinamente, una madre, tener una familia era un lujo, algo que solo soñaba en mis mejores días. Ryuken me dio las facilidades de estudio, me dio un hogar, un primo y algo por lo que vivir; mas nunca pudo reemplazar el vacío que dejó mi madre al morir, ni tampoco el que dejó mi padre desde que nací. Ese nadie lo podrá llenar y lo sé, pero mientras esté aquí, con Urahara y Yoruichi, con Jinta y Ururu, con Tessai e Inoue, intentaré sonreír, reír un poco, ser más abierto. Ciertamente no está en mí ser un libro abierto, pero podría empezar por saludar cuando entro, supongo.

Mientras esté aquí, con ellos, intentaré disfrutar de lo que es mi vida ahora. No es buena, pero es pasable. Estoy vivo y vacío, pero sigo respirando.

—¡Alto! —Gritó Jinta—. ¡Ya se! Todos cortaremos el listón a la vez.

—¡No! —Gimió Ururu—. Alguien debe tomar una foto para cuando lo rompan…

Yoruichi se acercó a la barra.

—De eso no se preocupen, que para eso traje la cámara.

Saco una de esas cámaras profesionales que solo utilizan los fotógrafos de guerra y la puso sobre la parte más alta de la barra.

—Esta cámara es especial. Es la única que tiene algo llamado "temporizador". —Sonrió de esa forma gatuna otra vez—. Eso nos permite tomarnos la foto todos juntos.

—¡Wow, ¿en serio?! ¡Qué cámara tan genial! —Inoue estaba aplaudiendo emocionada mientras se ubicaba a un costado del listón.

—Entonces será el momento de ubicarnos —exclamó Urahara mientras se colocaba al costado de la manija de jale—. Inoue-san tú ponte para este costado… Kurosaki-san para donde dice empuje… Jinta, tú con Kurosaki-san… Ururu ¡No mastiques el listón! Anda con Ichigo… Tessai para mi costado y…

—Y yo voy con Ichigo —dijo Yoruichi.

Mientras Urahara hablaba, todos se iban formando menos yo. Sentía que les había arruinado muchas cosas a esas personas, algo dentro de mí me impedía dar un par de pasos hacia la puerta pero de igual manera había algo que me decía que tenía que ir, que debía seguir adelante y buscar la manera de sacar este vacío. Por más tiempo que tomase, incluso si la solución era peor que el problema.

—¿No vienes, Kurosaki-san? —Urahara me sonreía amablemente.

Yoruichi me mostró sus dientes felinos.

—Te estamos esperando, Ichigo.

—Vamos, Kurosaki-kun, solo faltas tú.

Sonreí, sin falsedad, sin mascara. Sonreí por primera vez en mucho tiempo porque tenía una razón para hacerlo. Ellos eran una familia, hijos de nadie pero de todos al mismo tiempo, y quería pasar el resto de mis días con ellos, haciendo café y sonriendo de esta manera.

—Sí.

5.-

La Fotógrafa

El reloj marca exactamente las ocho de la noche y yo sigo sentada en ese mullido sillón frente al escritorio de mi hermano, esperando a que algún alma, aunque sea la de él, se digne a aparecer. Cuando sus guardaespaldas me dijeron que Nii-sama tenía que tratar de unos temas sumamente importantes conmigo pensé que iba a ser algo inmediato, que me iba a arrastrar, como siempre, a una de sus discusiones sobre la fortuna familiar, mi herencia u otros temas. Sin embargo, lo primero que me dicen al llegar al departamento es que mi hermano está en una de las oficinas en Broadway y que no iba a llegar hasta la noche, pero que él quería que permaneciera en ahí por seguridad.

Bien, eso de "seguridad" ya me lo conozco. Ha vuelto a matar a quien no debía.

Y, en realidad no es por mi seguridad; simplemente no quiere tener que lidiar conmigo si sus enemigos me secuestran y piden un rescate; él sabe perfectamente que si alguien lo llega a hacer, por cubrir las apariencias y evitar prensa amarillista, tendría que pagar. Sinceramente, prefiero que me secuestren.

Vuelvo a mirar el reloj. Ocho con diez. Ahora que lo recuerdo, ¿no tenía él una inauguración de una cafetería o algo así? Y, aún mejor, ¿no tendría que estar yo con él? Espero realmente que no mencione que yo también debo ir. En serio, en serio, no quiero pasar mi noche aparentando ser la hermana menor de Kuchiki Byakuya; no es que Shukaku o Yoruichi o Urahara me caigan mal. Es el simple acto de presentarme a eventos lo que me enferma porque siento que solo soy alguien por llevar el apellido de mi hermano.

En cierta forma, es verdad.

Empiezo a balancear mis piernas sobre el ras del suelo. Soy tan pero tan pequeña que no alcanzo a tocar el parqué de la oficina de mi hermano.

—Señorita Kuchiki —escucho a alguien decir.

Cuando giro la cabeza, veo a Hinamori Momo enla puerta de la oficina, como si me permitiese el pase.

—El capitán Kuchiki ha llegado y desea hablarle del asunto importante en la sala de estar. Si me sigue, por favor.

Suspiro y sin decir una sola palabra, cruzo el umbral.

Capitán Kuchiki. Ese es el nombre por el que todos llaman a Byakuya Kuchiki, el capitán que dirige desde Nueva York miles de regimientos y armadas americanas, así como también invierte en la fabricación de armas, elementos biológicos y enfermedades radioactivas. El capitán del sexto escuadrón de trece regimientos que Nixon aprobó para dirigir la guerra desde distintos puntos estratégicos en todo el país. Sólo mi hermano sabe cómo hacer su trabajo, no sé porque quiere que yo tome su lugar.

Al bajar las escaleras, escucho su voz, calmada y fríamente calculada, retumbar entre las paredes del departamento.

—Se me presento algo con urgencia —declara al teléfono—, estoy en camino. Dile a Shukaku que no abra la boca hasta que yo llegue.

Cuando él cuelga, puedo ver cómo su rostro, normalmente sereno e impasible, posee una línea en el entrecejo. Está molesto o perturbado, no lo sé, pero eso solo es una señal de que sus negocios no van como él lo estaba planeando o que algo había sucedido en Vietnam. Lo último era lo más probable. La guerra no estaba de nuestro lado; es decir, íbamos ganando porque las armas que fabricaba la empresa eran de alto alcance, pero eso no quería decir que nuestras tropas fuesen más fuertes. De hecho, he visto varias marchas en contra de esta guerra tanto en Washington, como en Nueva Orleans, por la televisión. A veces pienso que al gobierno se le está saliendo de las manos.

—Buenas noches, Nii-sama —saludo.

Él me mira sin expresión alguna, como siempre lo hace.

—Necesito hablar contigo.

Vale, bien, es un excelente comienzo, al menos aun no me ha dado el discurso de "debo de comportarme como una Kuchiki".

—Soy toda oídos —digo, mientras me siento en uno de los sillones ubicados frente al teléfono para verle a la cara desde abajo, siempre desde abajo.

—Mañana hablarás con el decano de tu facultad y le dirás que tomarás las clases en casa, que envíe a un profesor particular para los cursos prácticos y si pide un pago extra que diga el precio. —Empieza a caminar hacia la puerta, poniéndose sus guantes negros—. De ahora en adelante, solo saldrás cuando sea estrictamente necesario, y tu cámara se quedara confiscada en mi oficina.

—¿Qué? —No puedo ni siquiera alzar la voz. Cuando Nii-sama está frente a mí, la voz se me va y todo lo que quiero gritar no salía. Su mera presencia me intimida pero esto, confiscar mi cámara, mi libertad… no podía hacerme esto—. ¿Acaso he hecho algo malo? Porque si es así, prometo que no lo haré de nuevo pero no puedes solo…

Él comienza a ajustarse la gabardina negra de invierno sobre su cuello y sin mirarme siquiera, contesta.

—No te lo estoy consultando.

Sí, lo sé, siempre haces lo mismo y estoy harta de que sea así siempre. ¿Acaso no tengo una voz que pueda ser escuchada? ¿Acaso no te importo en lo más mínimo? ¿Qué rayos soy para ti?

—¿Por qué? —la voz se me quiebra.

Por un momento, me imagino un mundo sin mi cámara, sin mi vida fuera de estas cuatro paredes y fuera del apellido Kuchiki, y lo que veo me hizo temblar. No puede simplemente privarme de esta libertad, digo, ¿qué daño puede provocar tomar fotografías? A menos que... Renji le haya contado sobre lo que paso esta mañana. Con lentitud, levanto la bufanda que llevo puesta, intentando que las marcas moradas no sean visibles al escrutinio de mi hermano. No, Renji no puede haberle dicho a Byakuya sobre mis planes, no puede haberme traicionado.

"Sí que pudo haberlo hecho, la gente lo hace todos los días" Dice esa vocecita en mi conciencia, a la que hago callar porque no, yo conozco a Renji y creo y confío en él.

"¿Incluso si te ha puesto la mano encima cuando juró nunca hacerlo de nuevo?"

Estúpida voz de mi cabeza.

—Hay cosas que aún no estás preparada para escuchar —se ajustó la pajarita y me dio una de sus miradas vacías—, así que solo limítate a acatar órdenes, Rukia. Vámonos, estamos llegando tarde.

Me quedo firmemente sentada en el sillón, sin mover ni un solo músculo. ¿Realmente espera que asista a esa maldita inauguración de un café de mala muerte sólo porque me lo ordena, sin decirme el porqué de sus decisiones? No debería de sorprenderme, la verdad, pero en estos momentos, prefiero mil y un veces pasar mi noche como prisionera en este departamento a estar un minuto más en su presencia.

La puerta se abre de improviso y ahí está mi mejor amigo que, al verme con la bufanda puesta, baja la mirada e intenta ocultar la culpa que puedo palpar en sus ojos. Ni siquiera se atreve a devolverme la mirada, simplemente levanta la cabeza hacia Nii-sama, quien le pregunta con los ojos si la limusina esta lista para ir.

—Sí, Capitán, la limusina los está esperando.

Mi hermano coge un par de cosas del anaquel al lado de la puerta.

—Rukia, no te lo repetiré dos veces. Se nos hace tarde.

Giro mi cabeza al reloj de pared en la sala. Las ocho y media. De seguro Urahara estará regodeándose de la primera vez que el capitán Kuchiki llega tarde a algún lugar y no dejara de tocar el tema en toda la noche; añadiendo el carácter de Urahara, a las burlas de Yoruichi y las sonrisas sardónicas de Shukaku puedo sacar la conclusión que mi hermano llegará con dos arrugas más en su ceño.

Bien, no es como si por mi culpa la cantidad fuese a aumentar, así que respiro hondo y saco todo el valor para decirle la excusa de la semana.

—Lamento informarle, Nii-sama, que se me había olvidado completamente el evento de hoy. —Mis brazos, firmemente cruzados, están comenzando a acalambrarse—. Y por motivos de estudio, no voy a poder asistir. —Ahí está, el ceño otra vez—. Y, si agregamos a que voy a tener que tomar mis clases en casa, debo procurar que mi proyecto de fotografía avanzada quede lo más perfecto posible porque no quisiera tener que perder mi primer lugar en el cuadro de honor. Sé que usted podrá comprender eso, hermano.

"Maldita manipuladora"

Realmente estaba empezando a cansarme de esa vocecita ahí dentro.

Vi como el entrecejo de mi hermano vuelve a su estado natural, serio e impasible, sin ningún reclamo. Puedo sentir su mirada sopesándome, evaluando mis reacciones como un detector de mentiras porque, oh, su mirada detectaba todos los reflejos de la persona. Él puede leerme como un libro abierto; aun si yo cerrara todas mis puertas con candado, él seguiría viéndome, estudiando cada pestañeo y expresión facial. Lamentablemente para él, había vivido muchos años en ese departamento como para no aprender un par de trucos bajo la manga.

No parpadees, no arrugues la nariz y no muevas los pies. Esas expresiones denotan mentiras o excusas, te delatan fácilmente. Para los expertos, mantén una mirada impasible, sosteniendo un muro entre tus verdaderas intenciones y las que quieres dejar ver, no frunzas los labios y no cruces con tanta fuerza los brazos, eso denota nerviosismo y culpabilidad. Finalmente para los maestros en el arte, créete tu propia mentira porque así le harás creer a los demás.

Byakuya me sigue observando para luego desviar la mirada a Renji, quien me observaba con el ceño fruncido. Él conoce esas tácticas por lo que sabe que todo lo que he dicho no es cierto; de todas maneras, él me había enseñado a mentir.

—Como quieras. —Sale por la puerta y a lo lejos escucho—. Vámonos, Renji.

El pelirrojo me sigue mirando con reproche.

—No utilices mis armas contra tu hermano, Rukia.

—No lo hago.

—No mientas.

Le sonrío sardónicamente.

—Pero si yo nunca miento.

Suspira y cierra la puerta antes de irse.

Me quedo sentada en el sillón de la sala de estar, mirando hacia la puerta de madera. Por alguna razón tenía unas irremediables ganas de lanzar patadas hacia la pared, romper los tazones de la cocina y arrojar los pedazos hacia el espejo que estaba al lado del vestíbulo, donde mi hermano se había estado arreglando. Tomo un par de respiros para calmarme; definitivamente esos no eran pensamientos ni acciones dignas de mi apellido. Tenía que ser siempre calmada, calculadora, pensar antes de actuar, ser una Kuchiki en totalidad. Un gemido ahogado se revela en mi garganta y a este le siguen más, acompañados de esas pequeñas gotas que caen de mis ojos.

No, no puedo llorar.

Respiro hondamente de nuevo, haciendo que mí pecho hipe involuntariamente, Tengo que calmarme, esto solo es algo pasajero.

—Señorita Kuchiki…

El susurro ahogado de Momo Hinamori me devuelve a la vida y, como quien ha visto un fantasma, mis espasmos se calman. Me limpio el rostro rápidamente, evitando que la secretaria de mi hermano me vea en un momento de debilidad. Pequeño, minúsculo, algo que no volverá a pasar porque solucionaré esto. Nadie me va a quitar mi libertad.

—Rukia-san —vuelve a susurrar la chica—, es hora de mi salida y, bueno, yo, digo, el capitán Kuchiki, él-él me dijo que… —su voz se va apagando mientras baja la cabeza.

Cuando siento que mi rostro no revela demasiadas emociones, giro el rostro y la veo con los ojos aguados en lágrimas, las manos fuertemente apretadas en su falda de oficina y sus rodillas algo débiles. Ella menciona que mi hermano le había dado ciertas órdenes. Sonrío. Sí, ya sé a qué órdenes se refiere.

—Tu tranquila, Hinamori. —Intento que mi sonrisa revele lo positivo de la situación—. Sólo haz lo que Nii-sama te ha ordenado que hagas. Estaré bien.

Ella sonríe tristemente mientras se enjuga las lágrimas con la manga de ese carísimo traje gris. La veo caminar lentamente hacia la puerta de entrada y me dirige una última mirada nostálgica antes de irse. Puedo escuchar cómo desde afuera cierra la puerta del departamento con cinco cerraduras; cuento los movimientos que hizo, y habla al mismo tiempo con algunos guardaespaldas. Les dice que mantengan a dos en la puerta de entrada, otros dos en la salida de incendios y otros dispersados por todo el edificio, incluso llego a escuchar que mantuviesen a otro par en los alrededores de la Avenida Madison. Abrazo mis piernas contra mi pecho. Me han, literalmente, encerrado en una celda de la que no iba a poder salir fácilmente.

Río escépticamente. Parezco la doncella encerrada en la alta torre, sin poder escapar. Ahora, ¿quién sería el desafortunado caballero blanco que me rescataría?

Por supuesto, nadie. Porque nadie se atreve a mirar a mi hermano a los ojos el suficientemente tiempo antes de huir al psiquiátrico de por vida. Me levanto del sillón y voy en busca de mi cámara fotográfica. Si estos iban a ser mis últimos días con Shirayuki, al menos haré que sean memorables; además, no me la van a quitar, esta es una orden que no pienso acatar esta vez. Ya no.

Cojo a Shirayuki de mi edredón beige y comienzo a lanzar flashes al alzar, sabiendo que no se guardan porque están sin rollo. Luego de un tiempo, comienzo a enfocar diversos puntos de mi alcoba, intentando que esa insulsa pintura cobrase vida en mis manos; desde la puerta hasta los marcos de la ventana, junto al retrato de mi hermana y una foto antigua de una típica familia americana. Por un instante, nada importaba, ni mi hermano, ni mi castigo, ni que yo no formase parte de esa familia; por un instante, solo intentaba capturar el ángulo más hermoso de este vacío lugar.

Salgo de mi alcoba, capturando el gris pasadizo en un flash, moviéndome de un lado a otro hasta que mis pies me conducen a la oficina de mi hermano. No me detengo y solo espío entre los anaqueles repletos de libros de derecho y legislación. Aquí no hay casi nada que pudiese tomar vida con Shirayuki: simplemente es un lugar que siempre me ha traído malos recuerdos, y no encontraré el ángulo perfecto en el que pudiese hacer que eso cambie. Miro hacia una puerta color ocre, brillante y pulido que da miedo porque puedes ver tu reflejo distorsionado e incluso el de las sombras.

El cuarto de mi hermano.

Jamás, desde que mi hermana fue asesinada, he vuelto a pisar ese lugar. No puedo, es demasiado personal; demasiados buenos y malos recuerdos, demasiados demonios para poder lidiar con todos ellos de frente. Siento que si entro a ese lugar, jamás volveré a salir, me quedaré atrapada en ese infernal pasado. Entonces, no sé qué me lleva a girar la perilla de la puerta y abrirla lentamente, supongo que es la valentía de desobedecer las órdenes del capitán Kuchiki.

Luces opacas, donde solo el resplandor de la luna tras las cortinas baña parte de la habitación; sin embargo, un leve resplandor amarillo sale de un pequeño cuarto oculto dentro de la habitación. Aunque no lo pareciese, este si es algo digno de ser fotografiado, y no sólo por diversión. Corro a mi habitación para coger los rollos, y en el camino los voy poniendo hasta llegar a la pequeña puerta de resplandor amarillo. Cuando la abro, mis manos tiemblan y tengo que contener un gemido ahogado.

Un pequeño altar se erige en ese cuarto, con miles de velas aromáticas rodeaban una fotografía. La fotografía de mi hermana.

—Hisana… —susurro, mientras caigo de rodillas.

No, no puedo permitir que las lágrimas salgan esta vez, así que las empujo dentro de mí y, con ojos acuosos, comienzo a disparar flashes hacia el pequeño altar. Mi hermano, el duro capitán Kuchiki había mandado a hacer esto en honor a mi hermana, a una simple inversionista con ganas de ser mejor…

A la viuda negra.

Aun en mi memoria puedo ver claramente a mi hermana en el baño de la iglesia, devolviendo lo poco que pudo comer ese día de su boda, sólo porque le mencioné lo que esa mujer morena me dijo. Las respuestas a mis preguntas nunca llegaron.

Luego de un pequeño momento, me levanto y cierro por completo el altar de mi hermana. Ahora entiendo porque Byakuya jamás me deja entrar a su recamara; es demasiado triste recordar a alguien tan querido si no se tienen buenas cosas que recordar de esa persona. Obtengo algunos otros momentos fotográficos dentro de la alcoba; algo bueno de esta habitación es que la luz de la luna baña parcialmente todo, haciendo que los matices oscuros sean más intrigantes, dándole la sensación de misterio. Cuando obtengo lo que quiero, salgo hacia la oficina.

No me di cuenta de lo distraída que estaba hasta que choco contra el escritorio y, en mi afán de no caer de la manera más dolorosa posible, me cojo de algunos documentos, haciendo que estos se desordenen. Oh, diablos.

—No, no, no, no —susurro mientras intento poner esos documentos en un orden que no pareciese que había estado hurgando.

Byakuya va a matarme, aunque antes claro me torturará lentamente.

Me siento en su sillón afelpado, ese que le hacía ver imponente, y comienzo a jugar con los diversos papeles, descifrando algunos términos legales que había escuchado a lo largo de mi infancia y adolescencia. Sin embargo, entre todos los papeles hay sobres algo desgastados y con unas postales que me llaman completamente la atención: Vietnam.

Desde que el New York Times me había propuesto a mí y a otros estudiantes con alto calificativo en los cursos ser corresponsales de guerra, todos mis planes cambiaron. Pude ver mi futuro fuera de estas cuatro paredes, siendo algo más que la heredera de Byakuya Kuchiki, siendo libre. Por primera vez en mucho tiempo, tuve metas, sueños, algo por lo que vivir y cumplirlo sería sentirme realizada. Es por eso que me sobre esforcé en cada clase que teníamos, dando siempre las mejores capturas y teniendo en cuenta todos los matices que nos pedían los profesionales. La carta de aceptación del programa del New York Times llegó cuando Nii-sama estaba en una conferencia, por lo que no se enteró de nada. Sólo yo, y desde esta mañana Renji, sabemos la noticia. Dentro de un par de meses más, iría a zona de guerra junto con un periodista profesional y ambos reportaríamos los sucesos de la guerra, siendo justos y honestos en cada palabra y fotografía. Al menos, eso espero de parte del extraño.

Pero estas cartas son diferentes. No tienen el sello de la armada americana, por lo menos no la mayoría de ellas, e incluso la de los reportes vienen selladas. Hay unas que si lo están, de parte de mi hermano, y otras…

—Remitente: Kurosaki Isshin.

6.-

Una canción de Fleetwood Mac sonaba en el tocadiscos del café, haciendo del ambiente un poco más ligero para conversar. Algunas personas que pasaban por Central Park se admiraban de ver como el letrero de neón atraía a gente supuestamente importante, ya que frente al establecimiento dos limusinas negras se estacionaban, y de ellas salían personajes importantes en la política Estadounidense, entre ellos, el gran magnate de los negocios Kuchiki Byakuya. Esos que lo habían visto entrar, sentarse con un grupo pintoresco y pedir un café americano, decidieron entrar y consumir, siguiendo su curiosidad insana. De este modo, en menos de media hora, el local rebosaba de gente y Orihime no podía atender a tantos al mismo tiempo, por lo que Jinta y Ururu tuvieron que ayudar.

Definitivamente había sido una buena idea invitar a sus inversionistas el día de la apertura.

"El café de Paris" en letras de neón, destacaba frente a la naturaleza de Central Park, haciéndolo más atrayente.

Dentro del café, Byakuya Kuchiki, Yoruichi Shihouin, Kuukaku Shiba y Kisuke Urahara estaban sentados en una mesa apartada del resto, en una zona que se podría denominar Vip por ser la más alejada del lugar. A unos cuantos sitios más atrás, Renji Abarai, Ganju Shiba y Rangiku Matsumoto vigilaban de cerca al gentío.

—Así que, ¿qué les parece? ¿Buena inversión o no? —preguntó jovial el hombre del sombrero extravagante.

—Tengo que admitir que para ser el primer día, esto está repleto. —Sonrió de lado Kuukaku Shiba, una mujer de grandes atributos pero ingeniosa mente—. Van a tener que contratar a alguien para que los ayude en las noches, porque la mujer no va a poder atender ella sola.

—Sí, en el transcurso de estas semanas estaremos haciendo entrevistas —afirmó Yoruichi—, mientras tanto, yo seré parte del staff. ¿Hay que ser más que sólo mente, verdad?

—Además, contratar a alguien desconocido sería muy arriesgado —comentó Urahara—; es un negocio en crecimiento. Esperaré unos meses más a ver si la afluencia de clientes sigue siendo la misma que hoy y evaluaré la situación.

—Está decidido, entonces —rió Kuukaku.

Yoruichi se quedó mirando a la morena de ojos pardos que llevaba un vestido totalmente arrebatador y, sobre la cabeza, varias vendas, como si hubiese sido herida.

—¿Otra nueva tendencia que quieras imponer, Kuukaku? —rió, mientras señalaba la tela blanquecina sobre su cabello.

La mujer soltó una carcajada y aplasto más la herida.

—Solo digamos que mi viaje a Rusia tuvo algunas complicaciones.

El silencio que se hizo fue tenso.

—¿Te dispararon ahí arriba? ¿Y aún vives? —preguntó Kisuke, con su típica sonrisa burlona.

—Dejémoslo en que hubo un malentendido del que los rusos no se recuperarán pronto —habló la mujer—. En serio, no se tienen que preocupar, de hecho, no es más que para cubrir las apariencias.

—¿Así que no lograste cerrar el negocio que querías con ellos? —la voz grave del capitán Kuchiki se pronunció por primera vez en lo que había transcurrido de la velada.

Yoruichi se cruzó de brazos y prestó su completa atención hacia la mujer del vendaje.

—Déjalo, Kuchiki. —La mirada afilada de Kuukaku perforó la otra que le mandaba el magnate—. Sabes bien que no conseguirás el trato que yo tengo con ellos.

El hombre le devolvió el insulto.

—Creo firmemente en que ellos no cerraron el trato contigo por ese mismo motivo: saben que tienen otras opciones.

Kuukaku rió sardónicamente.

—No juegues con fuego. Aún eres demasiado joven en este negocio, no intentes cerrar tratos sin saber exactamente dónde te metes.

—Te equivocas en eso, Shiba. Sé exactamente el precio que ibas a pagar por cerrar el trato con ellos. —El hombre cerró sus ojos, como si meditara su siguiente movimiento en un tablero de ajedrez invisible—. Es por eso que surgió tu "malentendido" con ellos y, a diferencia de tu compañía, la mía puede pagarlo e incluso duplicarlo.

—Iré a pedirle a Ichigo que nos sirva la merienda —gruñó Yoruichi, levantándose momentáneamente del lugar.

La mujer se inclinó sobre la mesa.

—No sabes lo que dices. Estás loco si piensas que puedes pagar su valía, de hecho, apostaría la mitad de mis acciones a que no eres capaz de eso. Hasta tú tienes tus límites, Kuchiki Byakuya. No eres el dueño de todo.

—¿Estamos hablando de quien creo que estamos hablando?

La voz de Urahara se hizo presente, pero no era burlona sino, todo lo contrario, misteriosa y preocupada al mismo tiempo. El pasado nunca dejaría de atormentarlo y de hacerle ver que solo era una marioneta de los grandes líderes del mundo. "Incluso Dios tiene un precio, y yo no puedo pagarlo para que venga y cumpla mis plegarias" meditó para sí mismo.

Kuukaku volvió a afilar su mirada, pero esta vez hacia el rubio.

—¿Qué sabes de ellos?

—Básicamente, que son una ONU privada que invierte en la investigación de nuevos usos para reactores químicos y otros componentes descubiertos. Incluso invierten para que se descubran nuevos elementos con los que jugar.

—Sabes mucho. —Esta vez, Kuukaku no pudo dejar de mirarlo sin desconfianza.

Urahara sonrió de lado.

—Es fácil saber mucho cuando trabajaste para ellos, Kuukaku. —Vio que la mujer estaba a punto de preguntar, pero éste se le adelanto—. Si, fue en la Segunda Guerra y no, no me apetece hablar de eso.

—Pero incluso tú, quien trabajo para ellos, has logrado saber su precio. El precio de esa investigación.

—Urahara lo sabe, Shiba —habló Kuchiki—, pero no nos lo va a decir porque así es el. Y es muy probable que lo que nos cuente sea una mentira, como cada cosa que sale de su boca.

—¿Así tratas a quien te hace el trabajo sucio, capitán Kuchiki? Qué malo eres —dijo, burlándose.

—Si me preguntas si así trato a todos mis sicarios, no, tú eres el suertudo que aún puede hablar conmigo sin que mande a otro para matarle.

—Considerado de tu parte. ¿Debería sentirme halagado?

—Deberías sentirte con suerte. ¿Shihouin aún no sabe que trabajas para mí? ¿Qué después de todo este tiempo, aún necesitas dormir con un arma bajo la almohada para sentirte seguro?

El hombre rubio bajó su sombrero, como queriéndose tapar el rostro, logrando solo obtener una apariencia taciturna y peligrosa.

—Sí, bueno, algunos hemos luchado en guerras; otros simplemente se han quedado en casa, esperando a que sus abuelos les inculquen la ley, el derecho y el respeto por la patria, sin tener un gramo de conciencia acerca de lo que significa matar a alguien. ¿Has matado alguna vez a alguien, capitán Kuchiki?

Byakuya en ningún momento se amedrentó. Esa supuesta reunión de benefactores solo había servido, hasta ese entonces, para herirse mutuamente.

—No es por interrumpir —Kuukaku cruzo los brazos, jovial—, de hecho me gusta que peleen como un viejo matrimonio, pero tengo que decir que estoy impresionada. No sabía que aun seguías siendo sicario, Kisuke. ¿Debería contratarte para algunos trabajos?

—Ha firmado un contrato sin opción a cambio de propietario. Olvídalo. —La mujer iba a preguntar algo, pero Byakuya la interrumpió—. Sí, Shiba, yo personalmente redacté el documento, por lo que sabes de primera mano que no hay vacíos legales, ni tretas ni letras pequeñas. Simplemente no se puede romper...

—Hasta el término del mismo. —El hombre frunció el ceño—. Porque yo asumo que le has puesto un tiempo estimado de trabajo que tiene que ser renovado de acuerdo a los términos de tu empresa que, si no mal recuerdo, es cada cinco meses.

—La fecha es indefinida.

—La fecha, Kuchiki, es un vacío legal. Tu sicario no está trabajando bajo los términos de tu empresa, por lo que no se le considera un trabajador tuyo. Ni siquiera debería recibir una remuneración por sus víctimas.

—¿Por qué siento que están hablando de mi como si fuera una cosa? —Suspiró el rubio.

Byakuya Kuchiki analizó lo dicho por Shiba. Ciertamente, cuando Urahara Kisuke había firmado el convenio y aceptado el pago que él le daba, nunca pusieron una fecha determinada de trabajo, nunca lo creyó pertinente porque, en el fondo, sabía que todos los términos del contrato le convenían tanto a él como al rubio. Pero aquí estaban, sentados el uno al otro, pensando en que Shiba había hecho su tarea de la semana.

—La fecha que estipulamos no es importante porque los términos que le brindo son beneficiosos para ambos.

Kuukaku lo miró escéptica. Beneficioso su abuela; ella sabía que Byakuya había manipulado los términos, retorciéndolos y haciendo parecer que eran convenientes para Urahara y para él cuando sencillamente los beneficios eran para él. Un trato justo. Shiba conocía perfectamente el sistema y orden por el que el capitán Kuchiki regía en su división. La mujer se giró a Urahara que aún estaba meditabundo, quizá sumido en sus recuerdos de la Segunda Guerra.

—Te propongo otro trato, Kisuke. —Juntó sus manos sus manos sobre la mesa, apoyando su mentón sobre ellas—. Ciertamente tienes muchas cualidades aparte de ser bueno con un rifle y quiero utilizar una de esas para el beneficio de Shiba Incorporation INC.

—No voy a ser tu sicario, Kuukaku.

—No, por supuesto que no. Quiero que seas mi espía.

Urahara por primera vez en toda la velada, se interesó por lo que la morena tenía que decir.

—Urahara, has firmado un contrato irrevocable. Ten en cuenta todos los términos que están en juego —las palabras de Kuchiki le llegaron altamente. Estaba cansado de ser un sicario, de matar a gente que no conocía.

Estaba harto de mentir.

"Pero siendo espía tendría que mentir aún más. Doble moral."

—Sigue hablando.

—Mis términos son simples: espionaje estratégico en empresas de alto índice comercial, infiltración en algunos casos. Es más complicado, cierto, pero no tendrás que volver a coger un rifle en tu vida. —La mujer miró curiosa el rostro del rubio, quien tenía una expresión de total confusión. Estaba sopesando lo que le daba—. La remuneración podemos negociarla en otro momento y mis aportaciones para el café aumentarían considerablemente para el beneficio y crecimiento de este restaurante. Yoruichi no estaría en contra de esto, de hecho, creo que le gustaría mucho más a que estés matando personas otra vez. E incluso, si aun así no te convence, te digo que el resto de términos los puedes poner tú. Yo sólo necesito a un espía.

—¿Qué truco hay detrás de toda esta maravilla? Porque el negocio es demasiado bueno para ser verdad; de hecho, te apuesto a que hay algo entrelineas que me has dicho pero aún no he podido descifrar.

—¿Desde cuándo te has vuelto tan desconfiado? —preguntó la morena.

Urahara sonrió de lado.

—Laborar para Kuchiki tiene ese efecto, pero es una de las cosas rescatables de trabajar para él. Sabes que siempre hay algo que no está dicho.

—¿Estás considerando su oferta? —habló Byakuya.

—Quiero saber qué es lo que tengo que hacer después de la infiltración. Y sobre todo, para que empresa.

El trío guardo silencio un momento.

Kuukaku bajó la mirada y fue en ese momento en que Urahara supo para qué empresa quería su infiltración. No, definitivamente prefería seguir siendo un sicario a tener que volver a ver a esas personas, a tener que regresar atrás, unos veinte años, y contemplar que todo por lo que había luchado no había servido para nada. Lo último que necesitaba era volver a Rusia.

Byakuya también se dio cuenta de ello.

—Claro, si no logras que ellos se unan a ti, úneteles —mencionó el capitán de la sexta división—. Inteligente movimiento, Shiba, nunca hubiese pensado que fueses una perra sin corazón. ¿Mandarlo a Rusia después de todo lo que sucedió? Mis respetos.

—No quiero tus sucios respetos porque tú no eres mejor que yo. Eres la peor escoria que he conocido en mi vida y siento lastima por tu heredera.

—Al menos yo no intento cubrir mis intenciones y le muestro unos términos claros y transparentes. No miento.

Kuukaku soltó una fuerte carcajada.

—Por supuesto que no mientes: manipulas. Incluso tu vida es maniobrada por un contrato.

—Mi vida no es importante; el negocio y el dinero, lo es. Tú sabes cómo funciona, Shiba.

—Mejor que tú, Kuchiki.

—¡Ya llego el café!

Yoruichi había aparecido con Ichigo a su lado, el cual llevaba una bandeja con cuatro tazas del humeante néctar de los dioses.

Ella había querido salir de la discusión que claramente habían tenido porque sabía exactamente qué tema iban a tocar y, sinceramente, no le gustaba el masoquismo. Había tenido suficiente en sus días y ahora solo quería descansar. Es por eso que había ido a pedirle a Ichigo que le sirviese la merienda a la mesa. Mientras lo veía manejar la máquina expreso con experiencia nata, podía ver en sus facciones serias algunos rasgos de Masaki combinados con los de Isshin. Recordó en ese momento lo que Urahara le había comentado. Isshin Kurosaki seguía vivo. Después de más de veinte años, el bastardo aún seguía respirando. E Ichigo no sabía absolutamente nada.

—Ichigo —dijo la morena, y al ver que el hombre detrás de la barra le prestó atención, continuó—, ¿sabes quién fue tu padre?

La pregunta tomo por sorpresa a Ichigo, pero no se inmuto al responder, ya que después de todo se sabía de memoria la monótona replica que su madre le había hecho retener por cuestión de seguridad. Nunca le preguntó de qué tenían que protegerse.

—Fue uno de los médicos que fue llevado al campo de batalla en la Segunda Guerra Mundial. Fue un héroe.

—Sí, ciertamente fue un héroe pero esa es la respuesta que Masaki te obligo a memorizar…

Inmediatamente todo su cuerpo se tensó y apretó los puños, maldiciendo interiormente. Había olvidado que Yoruichi conocía a su madre y que muy probablemente, ella le había comentado sobre ese detalle.

—Dime qué es exactamente lo que sabes de tu padre.

A Ichigo se le secó la boca y miró con el ceño fruncido a la mujer morena. Odiaba que lo pusieran en ese tipo de aprietos porque solo servía para revelarle exactamente lo que no quería que nadie supiese. Desde hacía un tiempo él había estado haciéndose esa misma pregunta: ¿quién fue su padre exactamente? Porque había demasiadas teorías acerca de él, acerca de lo que hizo durante la Segunda Guerra, que lo confundían aún más porque no concordaban con lo que su madre le había dicho. Y él se negaba rotundamente a pensar en su madre como una mentirosa.

Si buscaba muy dentro de él, la respuesta era sencilla. Y, como ya se había propuesto no joder más al mundo con su depresión, decidió sonreír tristemente, mirar a los ojos a la mujer y decir la verdad.

—Nada. No sé nada sobre él.

—Interesante…

El hombre sacó las tazas de la máquina de café y las puso sobre una fuente, listas para ser servidas.

—Si ya terminaste de estorbarme, puedes llevar los cafés a tu mesa. Inoue irá a llevarles los postres.

Iba a coger otra comanda para otro pedido cuando sintió la mano de Yoruichi encerrando su muñeca.

—Tú los vas a llevar. Mañana seré tu ayudante pero hoy, soy tu cliente, así que atiéndeme bien. —El gesto gatuno que se formó en su rostro le hizo ponerle los pelos de punta.

Cuando Yoruichi sacaba esa sonrisa, sabía que cosas malas pasarían. Más específicamente, cosas embarazosas para él.

Y así fue como termino siendo arrastrado a la mesa de Byakuya Kuchiki. Por supuesto que lo había reconocido al instante en que pisó la entrada del café; su rostro era el de alguien quien había mordido un limón agrio y lo retuviera entre sus dientes solo para mantener esa expresión de enojo y poder. Mientras más se acercaban a la mesa, más se podía entender sobre la conversación entre ambos. Ichigo llego a escuchar a la mujer de la venda en la cabeza decir que sentía lastima por la heredera de Kuchiki que, quien quiera que fuese, bueno, él también le presentaba sus condolencias. Porque debería de ser un reto constante tener que convivir con alguien tan insufrible como se veía Byakuya Kuchiki.

Yoruichi gritó, cortando la conversación, y él avanzo. Y no se dio cuenta del escalón que había para subir a la estancia donde se encontraba la mesa.

Pudo conservar su dignidad al mantener un equilibrio perfecto con las tazas de café, pero no demasiada al dejar caer una de ellas. Esa había sido derramada sobre el insufrible espécimen frente a ély para empeorar las cosas, sobre su costosa gabardina.

Y, por supuesto, el hombre se veía tan gracioso con ese rostro de profunda indignación y sus movimientos elegantes, que no pudo contener una carcajada ahogada. Y aquí viene el dicho que él siempre había escuchado en los medios: "Jamás te rías de un Kuchiki".

—¡Niño estúpido! —exclamó el hombre, levantándose de la mesa y cogiendo a Ichigo de su camisa de trabajo.

Ichigo no se inmutó y reacciono igual que él, cogiéndolo de la solapa de su traje de marca.

—¿Cómo te atreves a reírte de mí? —siseó en un tono que amenazaba muerte.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Qué te pida perdón de rodillas?

—Ichigo, déjalo —pudo escuchar el susurro de Urahara a lo lejos, pero en ese momento simplemente no le llegaban razones.

Odiaba a Kuchiki Byakuya por muchas razones.

—De hecho, deberías pedir piedad, Kurosaki Ichigo.

Ichigo sonrió tétricamente, con un brillo inusitado en sus ojos.

—Oblígame.

Los curiosos no podrían decir quien comenzó primero, lo único que vieron fue al barista trastabillar y caer sobre el estante que decoraba la estancia, haciendo que algunos adornos se rompieran. Ichigo podía sentir la sangre recorriendo su nariz, bajando hasta dejarle un sabor amargo en la boca, pero aun así sonreía al ver el labio partido del gran magnate de negocios Kuchiki Byakuya. Se sentía realizado, literalmente hablando.

Byakuya le cogió nuevamente las solapas del barista con una mano y con la otra comenzó a golpear su estómago, mientras que éste intentaba defenderse de sus golpes. Había pasado mucho tiempo desde que Ichigo volviese a luchar como en sus tiempos de escuela, cuando era el relegado y aprendió a defenderse gracias a las clases que Ryuken le pagó. No, él no era de esos que competían en campeonatos o cosas parecidas; él lo hacía en la calle, con pandilleros o abusones que se aprovechaban de otros. Nunca le había gustado golpear pero hacerlo ahora, en el rostro del insufrible Byakuya Kuchiki, le daba un cierto poder de satisfacción que le hacía sonreír como maniaco, asustando a los ojos curiosos.

Kuchiki por otro lado, conocía a la perfección al muchacho con él que seguía peleando, aunque esta vez era el de cabello naranja el que estaba ganando al haberlo golpeado sobre la ceja, y podía sentir su ira fluir a través de sus poros. Él, Ichigo Kurosaki, el hombre que podía destruirle los planes. Ciertamente el magnate tampoco se contenía aunque le pareciese irreal. Siempre había tenido gente que se encargaba de ese tipo de cosas, por lo que nunca se había visto en la necesidad de luchar pero cuando tenía que hacerlo, por los dioses que lo hacía sin remordimientos.

Ichigo pudo sentir como unos fuertes brazos lo cogían de las axilas, separándolo del capitán del sexto escuadrón. Vio como este se limpiaba la nariz sangrante y se sentaba de regreso, esta vez con su elegancia tirada por los suelos.

—¡Suéltame! —gruñó, mientras se revolvía en los brazos del guardaespaldas del magnate.

—Cállate, insolente pedazo de mierda. Te acabas de ganar un gran problema por esto. —Renji sujetó con más fuerza a Ichigo, haciendo que éste gimiese de dolor.

El alboroto había causado que muchos comensales salieran del establecimiento, alegando demencia por parte del barista y cosas relacionadas a su mala relación con las empresas Kuchiki. Los chismes no tardarían en esparcirse, eso Urahara lo sabía y no era como si le importase, pero observar el rostro de Yoruichi, que refulgía de furia contenida hacia Kuchiki y Kurosaki, era algo que no le gustaba ver. No porque se preocupase por ella, no, sino porque, que Dios los ayude, él sabía que la mujer era capaz de dejarlos en estado vegetativo por haber ocasionado una pelea el primer día de la apertura del café.

Y él no quería perder a su beneficiario más influyente y a su mejor barista, muchas gracias.

—Así que el hijo de Kurosaki tiene las agallas suficientes como para golpearme. Igual de idiota que él.

Ichigo, que respiraba con dificultad debido a la pelea, le prestó toda su atención. Él había nombrado a su padre.

—¿Conociste a mi padre? —Comenzó a sentir que el agujero dentro de su pecho crecía más al mencionar esas palabras.

—¿Por qué tendría que contestar a la persona que me ha insultado?

El chico de cabellos naranjas sonrió tétricamente.

—Porque me lo debes.

Byakuya lo fulminó con la mirada y siseó.

—Esa deuda esta saldada, Kurosaki. Creo que no te lo informaron a tiempo.

—Bastardo —gruñó—, por lo menos, ¿puedes decirle a tu gorila que me deje? O acaso me temes, ¿eh?

—Renji, suéltalo.

—Pero, capitán…

—He dicho —esta vez su mirada fulmino a Renji— que lo sueltes.

Renji, sin confiar mucho en el criterio de su jefe, soltó al barista. Éste se balanceo y se apoyó sobre el mesanine roto, dirigiendo su oscura mirada ámbar hacia el hombre con la ceja hinchada. Recorrió con su mirada el bar; Tessai había cerrado la mampara que separaba esa estancia de las otras, no dejando que los clientes de afuera viesen lo que sucedía. Suspiró, aliviado, ya que al menos no todos los comensales habían visto la trifulca.

—Capitán Kuchiki, es suficiente —habló Urahara.

—No me digas lo que tengo que hacer —gruñó el magnate.

—Déjalo, Kisuke, él siempre busca la manera de dañar al resto. Es su naturaleza.

—No hablemos de la tuya, Kuukaku, que yo bien conozco de ella. —Yoruichi sorprendió cuando le devolvió la respuesta a su bien conocida amiga.

—¿Estas de su lado? —siseó Kuukaku Shiba

—Estoy del lado de Ichigo, y en estos momentos ustedes son un dolor en el culo.

—Se más decente, Shihouin —dijo Kuchiki.

—Cállate, niño Byakuya, que tu boca es más sucia de lo que quieres aparentar y no me quejo.

—¿Cómo me has llamado? —esta vez el gruñido de Byakuya fue más notorio.

—Niño Byakuya. Ahora, Ichigo te pido que subas a mi oficina y te quedes ahí. Subiré dentro de un momento

—Ni hablar. —Ichigo se limpió con la manga de su camisa la nariz sangrante—. No soy un niño que necesita reprimendas, Yoruichi.

—Subirás —siseó la mujer de cabello morado— ¡Ahora!

—Déjalo quedarse, Shihouin. Es un idiota que no tiene cerebro, o lo perdió cuando su madre fue asesinada.

—Tú… ¡Maldito bastardo! —Ichigo se volvió a abalanzar contra Byakuya pero esta vez Renji actuó rápido y cogió al hombre por la espalda, haciéndole una llave de defensa personal.

—¿Ves? Es estúpido volver a atacarme y él quiere hacerlo, como un troglodita.

—Cierra la boca, Kuchiki —Kuukaku fue quien habló—, acabas de insultar la memoria de Masaki Kurosaki.

—¿Ahora te pones sentimental?

Kuukaku Shiba sólo gruñó en respuesta.

—Ichigo sube. ¡Ya! —Yoruichi alzó el tono de su voz, haciendo que la piel de Ichigo se pusiera de punta. Ella solo hablaba de esa forma cuando estaba verdaderamente enojada.

—Kurosaki-san, sube por favor. Hay algo que tenemos que decirte.

—Urahara no te atrevas… —Esta vez el magnate se levantó de su asiento.

—¿Qué no me atreva a qué, capitán Kuchiki? —La voz misteriosa del hombre de sombrero llenó el ambiente de tensión.

Urahara se levantó de su asiento y caminó hacia las escaleras que daban al segundo piso. Giró la cabeza y con la mirada le indicó a Yoruichi que trajera a Ichigo consigo. A la mujer le recorrió un escalofrió al notar que al parecer Urahara había escogido decirle la verdad ese mismo día, y tembló no solo por Ichigo, sino por su reacción. Hacerlo sería abrirle las heridas, hacer que nuevamente sucumbiese al dolor. Hundir sus dedos en las llagas y retorcerlas hasta hacerlas lacerantes.

Pero no había otra alternativa, no cuando tenían a Kuchiki Byakuya para atormentarlo con recuerdos.

—Suéltalo, Abarai. —Yoruichi se acercó hacia el guardaespaldas pelirrojo del magnate—. No seré Byakuya pero estás en mi territorio ahora y te convendría tenerme como aliada y no como enemiga, así que, si lo sueltas…

El pelirrojo observó con descontento a la mujer gatuna y soltó a su reo, mandándole una mirada de gorila asesino que solo sirvió para hacer bufar a su prisionero. Ichigo podía entender la reacción del guardaespaldas, ya que estaba amenazando a quien se supone debía de proteger, pero lo que no entendía era ese opaco brillo que traslucía su mirada, algo entre la admiración y el odio profundo. Ichigo sonrió para sus adentros; Byakuya Kuchiki tenía como guardaespaldas a un hombre que quería matarlo pero que era fiel a algo más grande como para hacerlo.

De a poco, el chico de cabellos naranjas se perdió escaleras arriba, seguida de una morena que sólo afiló la mirada hacia todos los presentes y les siseó de manera felina. Muchas veces ellos pensaban que era la reencarnación de algún gato o tigre.

—Bueno, al parecer acabamos de joder la apertura del nuevo café. Bravo, Kuchiki. —Se burló Kuukaku Shiba.

El hombre sólo gruñó en respuesta.

7.-

—Así que ese chico rarito de pelo naranja es Ichigo Kurosaki.

Una voluptuosa mujer de escote de dudosa procedencia estaba observando fijamente al gentío cenar a gusto mientras uno de los gorilas de Urahara reemplazaba al barista de turno. Ella realmente estaba intrigada por la reacción del chico; es decir, nadie en su sano juicio se atrevería a meterse con Byakuya Kuchiki, ni siquiera por el honor de una mujer. "Todos son unos cobardes" fue el siguiente pensamiento que le siguió.

—Sí, bueno, el hombre se lo buscó. Vamos que derramarle café en la gabardina del gran jefe de la mafia fue una estupidez.

Un hombre de gran tamaño y con una venda en la cabeza se cruzó de brazos. Su semblante mostraba que era el tipo de chicos que buscaba pelea sólo por el placer de sentir algo en sus puños. Diferentes cicatrices surcaban su rostro, unas más profundas que otras.

—¡No lo hizo a propósito, Ganju! —La mujer hizo un puchero—. Yo lo vi. El chico se tropezó e intento coger las tazas antes de derramarlas pero no pudo con su equilibrio. Fue un error.

—Fue un estúpido error, Matsumoto, no lo defiendas.

El rostro de la mujer volvió a ser serio mientras vigilaban al gentío.

—Errar es humano. Además debemos admitir que el capitán Kuchiki es algo irascible.

—No quieres que te oiga, teniente Matsumoto, por amor a dios. No quiero tener que hacer una llave como la de antes.

Ganju y Matsumoto giraron sus cabezas para ver a Renji Abarai bajar unos escalones y cerrar la mampara que los separaba de la zona Vip, donde se encontraban los invitados de honor. Renji, de tatuajes extraños, cola de caballo e intenso pelo rojo, suspiró antes de cruzarse de brazos y ubicarse a un extremo de la mampara. Con él en esa postura, completaban un cuadro de la perfecta mafia cinematográfica: Una puerta cerrada y tres guardaespaldas vigilándola para impedir que alguien entrase o escuchase la conversación. Matsumoto se dio cuenta de esto y no pudo evitar pensar en que se estaban convirtiendo en una hampa realmente negra.

—Mi capitán me protegerá; de todas formas, no soy del escuadrón de Kuchiki. Ni siquiera sé porque estoy aquí.

El pelirrojo suspiró.

—Estas aquí para proteger la integridad de Kuukaku Shiba. Recuerda que ha estado algo sensible después de lo que paso en Rusia.

Los dos sintieron como Ganju tensaba los músculos y la mandíbula. Rusia era un problema del que hablaban con frecuencia.

—Lamento haber mencionado eso Ganju, pero es que…

—Es que nada, Abarai —cortó de inmediato—; lo único que debes de saber es que casi nos matan y salimos vivos por los pelos. Más de medio batallón está de recluso o está muerto.

El silencio que se formo fue tenso; tanto, que incluso se podía sentir como el ambiente afectaba a las parejas de enamorados que tomaban té cerca de la mampara.

—Bueno, pero qué hay del chico de pelo naranja. —Esta vez fue Matsumoto quien asumió la línea de conversación—. Digo, solo fue un error. El capitán Kuchiki se excedió en esto.

—Ja, tú no estuviste ahí para retener a la bestia, teniente Matsumoto —bramó Renji—, estaba encolerizado; pude notar un aura extraña viniendo de él. Algo maligno.

—¿Y ahora resulta ser Norman Bates?

Una risa sarcástica se escuchó. Era Ganju.

—El hombre solo quiso defender su integridad pero creo que o A) Es un idiota por haber retado a Kuchiki Byakuya; o B) Su cerebro no está lo suficientemente calibrado como para que le llegue el oxígeno.

—Debes admitir, Matsumoto, que el chico fue estúpido por haber retado a Kuchiki Byakuya.

—No niego eso, digo, debió pensarlo mejor…

Renji aplaudió sarcástico.

—Eso era lo que quería escuchar.

—¡No hablen así de Kurosaki-kun!

El pequeño grito se escuchó por todo el lugar. Las mesas pararon de parlotear, dejando en el ambiente solo la canción más famosa de Fleetwood Mac en la rockola. Los guardaespaldas miraron con asombro a la voluptuosa mujer de cabellos extrañamente naranjas, con los mechones alborotados y el uniforme del café. Orihime Inoue sentía cómo sus manos le temblaban producto del peso de la fuente que cargaba pero también se lo abocaba a los comentarios de esas personas malvadas que habían arruinado por completo el ambiente del café. Ella sintió como los tres sujetos la miraban con curiosidad, haciéndola sonrojar al haber llamado la atención de todo el mundo.

—Lo siento, pero no puedo permitir que insulten a uno de los empleados del establecimiento, y menos a quien tan amablemente les ha servido sus pedidos —la mujer saco la fuerza necesaria para decir todo aquello sin tartamudear.

Hubo un largo silencio entre el grupo en los que la tensión se fue disipando y el lugar volvió con su ameno cotilleo, dejando a una avergonzada Inoue parada frente a los matones de las personas más influyentes en Nueva York. Su primer día y ya había arruinado todo. El pelirrojo vio de reojo a Matsumoto quien a su vez le dirigió una mirada cómplice a Ganju.

—¿Sabes? También es de mala educación escuchar conversaciones ajenas, y peor aun cuando las interrumpes —le soltó Renji—. Somos clientes y deberías de tratarnos con más respeto, además, ¿por qué lo defiendes? El idiota tuvo la culpa después de todo.

Orihime se sonrojó y bajo la mirada, apretando con fuerza la bandeja que llevaba y reprimiendo algunas lágrimas, sólo mostrando sus ojos acuosos. Matsumoto, al ver a la pobre chica siendo reprendida por algo que ella había considerado correcto, decidió ablandar la situación.

—Vamos, vamos, Renji. No seas tan duro con la pobre chica. Además, estabas prácticamente gritándolo a medio mundo, ¿cómo piensas que no iba a escuchar?

—¿Por qué la defiendes? —dijo, arqueando una ceja.

La mujer sonrió abiertamente y miro a Orihime, quien en ese momento estaba metida en sus pensamientos, totalmente sonrojada y con la bandeja a punto de caérsele.

—¡Nunca entenderás el corazón enamorado de una chica! Es obvio que el tal Ichigo es su pareja y, como a toda novia, no le ha gustado lo que has dicho de él.

El rostro de la chica se levantó, mostrando un rostro color granate.

—¡¿EH?!

—Bueno, si es así…

—¡No, no, no, no! E-Es un ma-malentendido, digo, me-me gustaría ser algo m-más co-como a todas. Kurosaki-kun es amable, inteligente y una buena persona ¡Siempre intenta mostrar su lado rudo! Pero es… amable… —Sacudió la cabeza y miro a los guardaespaldas—. ¡Pero no soy su novia! —gritó alterada, haciendo que otra vez todo el café volteara a verla.

"Que genial trabajo estás haciendo, Orihime… ¡Deja de pensar en voz alta!" se reprendió mentalmente, bajando la cabeza. De pronto, su mentón se vio elevado con delicadeza y pudo ver el rostro de Matsumoto Rangiku observarla con detenimiento, como si quisiera encontrar algo en su expresión.

Orihime Inoue se quedó petrificada cuando la otra voluptuosa mujer le abrazo tiernamente, acariciándole la cabeza como si fuera un pequeño niño asustado. Por alguna razón, tuvo unas incontrolables ganas de llorar por la empatía que emanaba esa mujer.

—¿Él no lo sabe, verdad? —le susurró en su oído.

Perpleja, solo pudo negar lentamente con la cabeza. ¿Tan evidente había sido al defender a Kurosaki-kun?

—Tranquila, pequeña. —La mujer disolvió el abrazo y la miró. Inoue notó con curiosidad como los ojos de la mujer se reflejaban en los suyos. Empatía—. Pronto encontraras la manera de sacar a flote esos bellos sentimientos que tienes. Tienes todo mi apoyo.

—Esto… —Estaba sumamente avergonzada, por lo que lo único que pudo hacer fue hacer una reverencia, disculparse torpemente y regresar a la barra con sentimientos encontrados y el corazón latiéndole a mil por hora. ¿Tan obvios eran sus sentimientos por él? Si era así, ¿por qué él no se había dado cuenta?

Mientras tanto, Matsumoto regresaba a su posición anterior, vigilando la mampara de la zona especial.

—¿Qué le dijiste, Teniente Matsumoto?

La mujer sólo sonrió.

—Nada que un corazón enamorado no pudiese entender, o uno no correspondido. ¿O me equivoco, Teniente Abarai?

Renji sólo pudo hacer una mueca de disgusto ante lo que había insinuado. Sí, él sabía perfectamente que su estado sentimental no era que digamos el más estable. El sexo con alguien desconocido siempre era bueno y agradable, le servía para desfogarse; sin embargo, si alguna vez él pudiese llegar a tener siquiera un casto beso de esa persona que rememoraba a cada momento, sería el hombre más feliz de la tierra. Pero sabía perfectamente que ella nunca le aceptaría como algo más que su compañero y, después de lo ocurrido aquella mañana en Central Park, sería mejor irse olvidando de sus privilegios de mejor amigo.

—Vamos, Renji, no seas llorica.

—No soy llorica —gruñó.

—Compañero —habló Ganju—, en este momento estás haciendo un puchero muy perturbador…

—¡Que no soy llorica!

—Sí, pues dile eso a tu reflejo.

Y es que la expresión entre un niño reprendido y un hombre despechado era sumamente graciosa, como si estuviese contorsionando el rostro en una mueca de payaso triste. Al teniente de Kuchiki le saltaron varias venitas en la frente, mientras Ganju y Rangiku se burlaban a su costa.

—Capullos, van a ver que me voy a cobrar esto —gruñó, dejando a los otros guardaespaldas riéndose de su expresión de payaso.

8.-

—Puedo defenderme solo, Yoruichi, no soy un niño al que le tengas que mimar porque se hizo una herida.

La mujer gatuna sólo se carcajeo en respuesta.

—No me hagas reír, ¿crees que podrías haberle derrotado? Deja ya de soñar despierto, Kurosaki.

Ichigo se encontraba siendo reprendido en la oficina de Urahara Kisuke mientras que el aludido buscaba en su mente la mejor manera de no traicionar sus principios consigo mismo, con Byakuya y con Yoruichi. El rubio estaba sentado en su silla giratoria con sus pies sobre el escritorio, balanceándose peligrosamente mientras jugueteaba con su sombrero y con un mechón rubio. Por más que buscara una forma apropiada para soltarle la bomba, no lograba comprender cómo hacerlo sin que este preguntara, sin que se le ocurriese ver la carta.

—Le puedo vencer. No le tengo miedo —gruño Kurosaki.

—No me interesa sino le temes, Ichigo —habló la mujer morena—. Kuchiki Byakuya es dueño de muchas cosas en este país, entre ellas, de tu vida, y lo sabes bien.

—Ahora que la deuda esta saldada… —susurró—, ya no le debo absolutamente nada, así que puedo matarlo sin remordimientos. ¿Ves? Todos felices.

—Es por esto mismo por lo que no te llamamos para asuntos importantes. Sigues siendo un niño cuyo único instinto es golpear.

—No-soy-un-niño

El hombre se levantó del asiento y desafío a la mujer gato. Ichigo le sacaba una cabeza de altura, viéndose imponente con el físico de luchador que poseía, haciéndole amenazante. Ichigo solía sentirse amenazado casi todo el tiempo, sin embargo, ahí, con sus protectores frente a él... Ellos deberían de haber confiado en él; digo, sólo si Kuchiki se pasaba de la raya él lo golpearía. "Insulto a mi madre." Pensó. "Nadie insulta a mi madre". Inconscientemente apretó los puños, dándole la impresión a Yoruichi que de verdad iba en serio. De verdad iba a atacarla.

—¿Quieres golpearme?

Urahara paró de dar vueltas en su silla giratoria y los miró a ambos seriamente.

—Creo haberte dicho que no nos involucres en tu mierda, Kurosaki, así que deja de culparnos de un favor que nos vas a agradecer.

—Tsk, no necesitaba que me salvasen de ese idiota pijo adinerado y traidor.

Urahara se levantó.

—No estoy hablando del capitán Kuchiki.

Ichigo le miró con intriga, relajando sus músculos. No podía comprender qué favor podían hacerle ellos a él que necesitase con tanta urgencia. Lo que él deseaba nadie podría dárselo otra vez y cada recuerdo, cada día de la madre se lo recordaba. Y ahora Ryuuken…

—Kurosaki-san la guerra es algo impredecible, algo que no se puede combatir sólo con fuerza bruta. El conocimiento en general es algo muy valorizado en este mundo. —El tendero comenzó a jugar con un pequeño temporizador de plata que tenía sobre su escritorio—. Muchos pagan por conocimientos frescos, ideas nuevas. Cosas que puedan ser utilizadas para hacer el bien… al principio.

El chico de cabellos naranjas miraba con atención el temporizador pero captando cada palabra que Urahara le decía. Una sensación horrible le recorrió la espina dorsal y se instaló en su vientre y laringe, dejándolo paralizado totalmente. Algo en su interior le decía que lo que Urahara le intentaba decir no sería bueno.

—Poco a poco, estos conocimientos que un principio eran para curar una terrible enfermedad, terminan siendo la enfermedad en sí misma. Una que no tiene cura. Es como un cáncer, Kurosaki-san; las ideas se van expandiendo dentro de ti hasta que los tumores son demasiado grandes para extirparlos. Eso es la guerra. —Urahara detuvo el temporizador, haciendo que los ojos de Ichigo se fijaran directamente en los suyos—. Hace aproximadamente 25 años conocí a alguien peculiar cerca de los límites entre Suiza y Francia; alguien que, hasta hace un par de días, yo asumía que estaba muerto.

Yoruichi se recostó sobre la repisa de la ventana, esperando a que Urahara llegara al punto con toda su verborrea sobre la guerra.

—Este alguien se involucró con gente equivocada por motivos nobles. Quería curar algo, no me dijo qué exactamente hasta que llegamos a los límites de Rusia y esa gente nos secuestró. Los detalles de lo que paso ahí no importan más que lo que hizo por ellos: los ayudo pensando que sus motivos eran suficientes para ganar la Segunda Guerra Mundial. —El tendero se quitó el sombrero e Ichigo pudo ver seriedad y algo de temor en ellos. ¿Temor a qué?—. No volví a saber más de este sujeto más que por rumores que me llegaban de vez en cuando sobre su estado y su progreso en el proyecto hasta su misma muerte; sin embargo, hoy me han confirmado con pruebas fehacientes que esta persona sigue viva.

El silencio turbó el ambiente entre ambos, despertando en el chico de cabellos naranjas una curiosidad.

—¿Por qué me cuentas todo esto? ¿Qué tengo yo que ver con ese?

La sonrisa que le dirigió Urahara no le dio buena espina.

—¿Aun no lo captas, Kurosaki-san?

Ichigo tiró de los cortos cabellos hacia adelante, pareciendo más despeinado que antes. Intentaba pensar en una ilación posible con alguna persona que conociera: Ryuuken, Kuchiki, Yoruichi… alguien. Pero ninguno cabía en la historia que él contaba porque, en primer lugar, Ryuuken nunca fue ni reclutado ni voluntario para ir a la guerra.

—Ichigo es algo lento, Kisuke, debes de decirle las cosas a bocajarro o nos pasaremos aquí toda la noche jugando a las adivinanzas.

Urahara suspiró y se apoyó contra su escritorio, volviendo a jugar con el temporizador.

—Esta persona fue un médico reclutado para los batallones que se dirigían a Francia para un combate. Todos nosotros lo conocemos como Kurosaki Isshin. Tú lo debes conocer como "papá".

Ni una palabra salió de los labios de Ichigo, quien en esos momentos intentaba darle forma a lo que decía Urahara. No, tenía que estar tomándole el pelo, en serio que sí, pero, ¿por qué bromearía con sus sentimientos? ¿Por qué no dejaba esa asquerosa expresión seria y de lamentación? Ichigo no fue capaz de escuchar nada más que ruidos sordos en los labios de Urahara quien intentaba hacer que reaccionase. Comenzó a sentirse mareado y herido. Dolía, su pecho dolía como los mil demonios, y podía sentir la sangre fluyendo de entre las heridas punzantes, quemándole y cortándole la respiración. El aire fue escaso y necesito coger algo, hacer algo. Simplemente necesitaba saber que todo eso era una puta broma.

El rostro de sus protectores le dijo la verdad.

No era una broma.

Su padre estaba vivo.

Ichigo se sentía sofocado y aturdido. La visión se le nubló y tuvo que llevarse una mano hacia el pecho, arrugando la camisa en el proceso, mientras que con la otra se cogía la cabeza, la cual le comenzaba a pesar, como si un peso muerto se instalase sobre su rostro. No pudo mantener su corazón nuevamente, haciéndolo débil. Su rostro reflejaba completa desesperación. Un gemido lastimero salió de su garganta mientras los flashes de su infancia comenzaron a inundarle la cabeza. Siempre sin una figura paterna.

"Lo siento, Ichigo. Siento que no hayas podido conocer a tu padre. Él te habría querido como nada en el mundo… Lo sé."

"Tu padre es un héroe, Ichigo. Un héroe de guerra. Salvó a muchas personas"

"Kurosaki, ¿por qué no tienes padre?"

"Yo te protegeré, Ichigo. Yo seré el padre que nunca tuviste."

"Mi papá me va a llevar a jugar baseball hoy, ¿y el tuyo, Kurosaki? Ah, espera, ¡Cierto! ¡Eres huérfano!"

"Tú no sabes lo que es tener padre, Kurosaki, porque el que tienes, es falso."

"Reemplazable, eres reemplazable."

"—¡Mi papá fue un héroe!

¡No es cierto! ¡Él mío dice que peleo junto a él y que abandono la batalla al último minuto!

¡No, no, no es cierto! ¡Mi papá es un héroe!

Tu padre es un cobarde…"

"Perdóneme, señor Kurosaki, pero debido a su edad no podemos dejarlo enlistarse en el ejército. Debe cumplir los dieciocho años y no tener un padre con antecedentes criminales."

"La cabeza de tu padre valía millones, Kurosaki. Era un criminal de guerra, ¿lo sabías?"

"Kurosaki Isshin, así se llamaba tu padre, pero todos lo conocíamos como el Dios de la Muerte, ya sabes, por la traición"

"Algunas cosas quedan por siempre en la memoria, Ichigo. Tu padre hizo lo que pudo."

"¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!"

"Las desgracias les ocurren a las personas más rotas, Kurosaki. ¿Estás roto?"

"—¿Estás bien, muchacho? ¿Qué haces debajo de un puente?

¿Qué?...

¿Estás desubicado?

¿Por qué estoy aquí?

Espera, yo te ayudo… ¡Por el amor a Cristo! ¡¿Quién te hizo esas marcas en el cuerpo?!

No lo sé…

Un minuto, yo te conozco… ¡Eres el hijo de Kurosaki Isshin! ¡El médico loco!"

"No tengas miedo, después de todo, ¿qué importancia tiene un padre?"

"Todos me conocen como el hijo del médico loco, ¿cómo se supone que voy a graduarme en medicina si los profesores temen que les incruste un bisturí en el ojo?"

"No soy como mi padre. Lo odio. Lo odio. Lo odio."

"Así que el hijo de Kurosaki tiene las agallas suficientes como para golpearme. Igual de idiota que él."

"—¿Qué sabes exactamente de tu padre?

Nada. No sé nada sobre él."

Ichigo yacía encogido sobre la silla, con ambas manos sobre la cabeza y un lacerante dolor en el centro de pecho. Siempre muerto. Su padre siempre estuvo muerto y, si estaba vivo, para él no lo estaba. En cada uno de sus recuerdos, de sus vivencias, de su vida, la presencia de Kurosaki Isshin siempre era un tabú, el médico loco que todos buscaban en él. No, no era como ese sujeto; él era sólo Ichigo, sólo un chico que tenía el sueño de ser médico al igual que Ryuuken; porque si a alguien consideraba su progenitor, era a él. Ryuuken era su verdadero ejemplo, no ese tal Isshin que nunca estuvo con él… ¿Por qué no volvió? ¿Por qué, cuando su madre murió, no regresó por él? ¿Por qué, después de veinticuatro años, tenía que irrumpir en su vida como si nada hubiese pasado? "Él no es mi padre…" Pensó, mientras hiperventilaba más despacio, haciéndose a la idea.

De pronto, sintió como una mano le levantaba la barbilla y le entregaba una taza de té humeante.

—Bébelo, te hará bajar la presión sanguínea.

El chico de cabellos naranjas aceptó la taza que Yoruichi le ofreció y, con reticencia, bebió de la infusión que empezó a calmarle los nervios. Vio el reloj, percatándose de que ya casi iban a ser las diez de la noche. ¿Cuánto tiempo se habría quedado en shock?

—Sé que es algo difícil de creer después de todo lo que has tenido que vivir a costa de él y su mala reputación, pero confío en que tomaras la decisión correcta, Kurosaki-san.

—¿Qué piensas que debo hacer? —su voz sonó ronca y rota.

—Lo que tu instinto te diga.

—Mi instinto no es muy confiable en estos momentos, Urahara.

—Entonces usa la cabeza.

Ichigo dejó de guiarse por ese odio irracional que había alimentado desde los catorce años y comenzó a pensar que su vida no tendría por qué cambiar sólo porque hubiesen encontrado una pista de su padre. Si su cabeza valía esos millones, pues él aceptaría las regalías que le darían por portar su apellido. En ese mismo instante, creyendo en la información que Urahara y Yoruichi le habían dado, decidió ignorar por completo que alguna vez había sabido sobre eso. Él seguiría siendo huérfano.

—No haré nada.

Urahara esbozó una media sonrisa.

—Es una buena decisión.

—Ichigo… —Yoruichi miraba al muchacho con preocupación. Su rostro se había tornado de un pálido fantasmal a un verde vomitivo que le daba mala espina—. Tómate el resto de la noche libre. Ve a casa y descansa un poco.

—No, puedo seguir trabajando, no te preocupes, Yoruichi-san.

El muchacho ya se estaba por levantar cuando Yoruichi le hizo volver a sentarse.

—Insisto. Prefiero que vengas mañana completamente sano para tu turno a que te de un colapso dentro de la barra.

—No me va a dar un colapso, estoy bien.

—No, no lo estas… tu rostro dice-

—¡No soy tu maldito hijo, Yoruichi! —El muchacho perdió los estribos—. ¡El hecho de que seas infértil no me convierte en un sustitutorio de lo que no puedes tener! ¡Así que deja de tratarme como tal!

La bofetada que la mujer le dio le volteó completamente el rostro, haciéndole sangrar el labio partido que ya tenía.

—Lárgate, Kurosaki —escupió Urahara con odio—. Antes de que use esa katana que tengo en mi sala de estar para matarte.

Ichigo sólo bajo la cabeza y apretó más fuerte sus puños, sintiéndose idiota, vacío y traicionado. Levanto un poco la mirada para ver a la mujer que lo observaba, conteniendo sus impulsos. Esos ojos felinos definían la furia que sentía hacia él pero no podía ocultar también su decepción; algo peor que rabia, era la decepción. No había querido decir, de hecho, no lo hubiese hecho si ella hubiese dejado de insistir en su descanso. Esta vez tendría que tomarlo por la fuerza.

El chico cerró los ojos e hizo una pequeña reverencia hacia la mujer morena y salió rápidamente de la oficina. Al cerrar la puerta pudo escuchar las palabras de consuelo de Urahara y un pequeño sollozo por parte de ella. Volvió a apretar los puños con fuerza. Era un idiota, un estúpido idiota que no sabía valorar lo único bueno que le había pasado en su vida. Recordó que una vez le dijeron que estaba roto, y tenían razón: él lo estaba, ahora más que nunca. Ahora que sabía que su padre estaba vivo y que no había tenido la menor intención de estar con él… o con su madre. Mientras bajaba las escaleras, se fue sacando el mandil que llevaba y, al mismo tiempo, arrugándolo con sus manos.

¿Tan poco había valido la vida de su madre para él?

"Tu padre es un héroe, Ichigo."

—¿Y los jefes?

La voz de Kuukaku Shiba le indicó que ya estaba en el rellano del café, mirando a la exuberante mujer con el vendaje en la cabeza, mientras Kuchiki Byakuya hablaba con su guardaespaldas, el gorila rojo, y flexionaba su rostro a cada comentario que hacía.

Sacó voz de donde no la tenía.

—Ya están bajando.

Rápidamente corrió la mampara y bajó los pequeños escalones, dirigiéndose a la parte de atrás de la cocina. Fue directamente hacia su casillero y sacó sus cosas. Cuando estaba por irse, una bella mujer le miraba triste desde la puerta.

—¿Te vas, Kurosaki-kun?

Ichigo intentó cubrir su rostro nuevamente con la máscara, forzando una de sus sonrisas más cordiales y falsas. Orihime lo notó, haciendo que su corazón doliese aún más. "Él nunca me mostrará lo que de verdad siente…" se dijo a sí misma, apretando el mandil entre sus delicadas manos.

—No me siento muy bien y Urahara ha accedido a dejarme salir antes del cierre. Espero no incomodaros.

La mujer negó efusivamente con la cabeza.

—Para nada, ve tranquilo.

—Gracias.

Orihime sintió el pesado aire moverse a su lado, diciéndole que el muchacho de sus afectos había salido del área de servicio y, cuando escuchó el tintineo de la puerta principal cerrarse, supo que se había ido.

9.

El primer encuentro.

Rukia Kuchiki no era como las demás chicas neoyorquinas, no señor.

Ella definitivamente nunca husmearía las cosas de alguien más solo por curiosidad, porque para ella, esa era una excusa sin importancia. Alguien con honor jamás espiaría a otra persona por diversión, sólo porque le gustara. Ese tipo de cosas no iban con ella en lo absoluto.

Pero, entonces, ¿por qué había leído las cartas de su hermano?

La mayoría de ellas eran para y de Kurosaki Isshin, un hombre al que había puesto un rostro duro en su mente, como si tan solo con sentir su presencia en las letras le pareciese algo intimidante. La mayoría de las cosas de las que hablaban tenían códigos encriptados, lo sabía porque decían frases sin sentido como: "la serpiente ya revoloteó sobre la laguna roja así que tráeme un obento"; ¿Qué clase de personas harían un picnic en un lugar donde habían serpientes? Y, como eran repetitivas, supo que los códigos debían significar algo sumamente importante, porque en algunas partes de la escritura podía ver como la tinta había rasgado prácticamente el papel. Como si alguien lo hubiese hecho con furia.

Por ese momento, Rukia dejó su curiosidad libre y término leyendo cada parte que decían esas cartas. Para cuando terminó, aproximadamente a las nueve y media de la noche, llegó a la conclusión de que algo verdaderamente malo había pasado en Vietnam. No por la parte que se daba a conocer en los periódicos, sino algo interno, algo que nadie sabía y, podía jurarlo por la memoria de su hermana, que ni el gobierno podía imaginarlo. Sólo había una palabra para describir cómo dejaba todo esto a su familia: cagados. Estaban cagados, literalmente hablando.

La muchacha ordenó todo como había estado, recordando el orden de cada papel e incluso el movimiento que había usado su hermano para dejarla sobre el escritorio. Con Shirayuki en mano, se dirigió hacia la parte de atrás de ese lujoso apartamento en la Avenida Madison, fijándose en que la salida de emergencia, curiosamente, había sido desatendida. Ella sabía que habría guardias esperándola en la parte de abajo pero si era silenciosa…

Necesitaba aire fresco. Necesitaba fotografiar algo más que esas cuatro paredes para evitar preguntarle a su hermano los porqués de cada una de las desgracias ocurridas.

—Si me escabullo por la calle 43 llegaré directamente a la Quinta Avenida sin ser vista. Vamos, Kuchiki, te has escapado antes…

"Claro, pero no cuando habían más de diez gorilas que serían capaz de todo con tal de obedecer a Nii-sama" le dijo la vocecita de su mente. Ella tenía un punto.

Con total decisión se ajustó el abrigo blanco que se había puesto de camino e intentó que el gorro con orejas de conejo no destacará tanto entre la gente. Sí, definitivamente ella era la reina del camuflaje.

Pisadas suaves y certeras. Nunca saltes, ni dudes de tus movimientos. Un paso en falso y tendrás que correr. Ese era el decálogo del escapista que había memorizado con los años de la experiencia. No es que lo hubiese tenido que poner mucho en práctica, era por simple precaución. Ella había estado encerrada en ese apartamento muchas veces y no había tenido nada más que leer más que los manuales de la biblioteca; no la podían culpar por saberse incluso el decálogo del barman. Oh, sí, sus margaritas en las fiestas de gala eran la muerte.

La pequeña muchacha tocó la nieve con esas botas felpudas y camino arrastrando los pies para que las huellas volviesen a cubrirse con la nieve que caía. Estuvo así por el tramo que la condujo hasta la Quinta Avenida, y para cuando llegó, sólo tuvo que correr unas cuantas cuadras para perder a algunos hombres de negro que iban sospechosamente pasando por ahí a las diez de la noche. A dos bloques de Central Park, comenzó a preparar la cámara para las fotos. Definitivamente serían unas tomas increíbles, sobre todo porque la nevada la haría más real y podría captar la caída en su totalidad.

Iba muy metida en sus propios pensamientos, sobre ángulos a contraluz y cartas que deshonoraban totalmente el apellido Kuchiki; tanto, que no se dio cuenta del chico pelinaranja que venía corriendo en dirección contraria, como si la furia lo estuviese persiguiendo por detrás.

Dicen que solo en noches de luna llena, el destino se decide actuar. En el caso de mis padres, la luna y el sol, lo significarían todo.

Ni él ni la menuda mujer se enteraron de nada hasta que ambos estuvieron en el suelo, cubiertos de nieve hasta los pelos y con una expresión del demonio en ambos rostros. Rukia vio cómo su cámara había volado con el impacto y se encontraba cerca del hombre de abrigo gris que, sin ningún reparo, la tomó. Ella pensó lo peor. "¡Es un maldito ladrón!" Y todos sabían que Rukia no se amilanaba ante nadie, ni siquiera ante un ladrón.

Ichigo se cogió la cabeza; genial, ahora le dolía más por la nieve enterrada en sus cabellos. Cuando abrió los ojos, pudo ver una fina cámara Kodak a su lado. Por curiosidad la cogió, y estuvo dispuesto a disculparse con la persona que había chocado cuando sintió como unas botas felpudas eran enterradas en su rostro de una patada impecable que lo mandó unos metros más allá. El pelinaranja aturdido vio cómo una pequeña chica, no más del metro cincuenta, caminaba de forma amenazante, cogía la cámara y le apuntaba con el dedo.

—¿Pensabas llevártela, sucio ladrón? —le gruñó.

"Pero que carajos…" el pensamiento de Ichigo se nubló. ¡Le había llamado ladrón!

—Yo no soy ningún ladrón, niñita y no quería robar tu cámara te la iba a devolver. —Se levantó, limpiándose la nieve en el proceso y dándose cuenta que el rostro le ardía enormemente, como si hubieran pasado un remolque encima de él y luego le hubieran roto el tabique y parte de la mejilla. Probablemente le habría tatuado las suelas de los zapatos en la cara. Ya podía oír las burlas de Urahara en su cabeza—. Además, ¿qué hace una niña como tú afuera a estas horas? ¿No deberías regresar con tu mama?

Esta vez, el golpe fue en la espinilla y su aullido se pudo escuchar hasta el café. Rukia estaba tan indignada. ¿Cómo había osado a llamarla niña? Era cierto que no fuera alta pero tenía trasero y pechos, por el amor de Dios, y esperaba que eso fuese suficiente como para indicarle al otro sexo que era mujer.

—¡Pero qué carajos te pasa! —le gritó Ichigo.

—¡¿Cómo osas llamarme niña, idiota?! ¡Soy una mujer! ¡MU-JER!

—Bien por ti, pero tu cuerpo no ayuda en nada.

Esta vez, Ichigo pudo esquivar la patada que venía hacia él y, con una habilidad digna de un espadachín, logró cogerle la bota, manteniendo la pierna de la chica en el aire. Debido al tamaño del chico, Rukia se tuvo que poner de puntitas para poder mantener la estabilidad en su cuerpo.

—¡Suéltame, maldito pervertido!

—¡No soy un pervertido! ¡Tú eres la que está actuando como una loca, pateándome a cada momento!

—¡Eso es porque cada cosa que sale de tu boca es mierda, imbécil!

—¡Pero si tú tienes una boca más sucia que la mía!

—¡No sabes nada de mí!

—¡Ni tú de mí! ¡Así que deja de estar jodiéndome la paciencia o llamaré a servicios sociales para que te lleven a tu casa!

—¡Maldito idiota! —Rukia logró zafar su pierna de las manos de Ichigo y, con maestría digna de una Kuchiki, lo mandó al suelo con un movimiento que lo tumbo sobre la nieve. El chico no podía creer que estuviese en medio de la calle, peleando con una mujer totalmente extraña.

—¡Perra loca! ¡Suéltame! —Ahora Rukia intentaba usar sus manos para golpear el rostro del chico. Ella se encontraba sentada sobre su regazo.

—¡No, te hare pagar por haberme insultado, maldito!

—¡Estás loca! ¡Llamaré a la policía! ¡Bájate de mí, maldita sea!

—¡Cállate!

Ambos, ahí, tirados sobre la nieve, comenzaron a forcejear por ver quién mantenía el control de situación. No había ni una sola alma en los alrededores por lo que nadie había visto el "delicado" intercambio de palabras que habían tenido. Hasta que la sirena de la policía local comenzó a sonar a lo lejos. Fue en ese momento que ambos se quedaron perplejos y sus movimientos fueron lentos. Rukia, presa del pánico, se levantó del regazo de Ichigo, cogió su cámara y lo miro desafiante.

—Si le has hecho algún rasguño, si no enciende o al foco le ha entrado aguanieve, tú me repondrás otra.

Ichigo soltó una carcajada sarcástica.

—Eso si me encuentras, primero, enanita.

Una vena de furia salto a la frente de Rukia pero se obligó a respirar hondo y a calmarse o mataría a ese idiota con la nieve a su alrededor.

—Créeme, no tengo ningún problema en localizar a la gente y menos a alguien con tu aspecto. Te encontraré.

Ichigo sonrió de lado.

—Eso lo veremos.

Se dirigieron una mirada de profundo odio. Rukia giro la cabeza indignada y comenzó a correr hacia Central Park, mientras que Ichigo, cogiendo sus cosas esparcidas por la nieve, se dirigió en dirección contraria, hacia la cuadra diez de la Quinta Avenida, donde tenía su pequeño apartamento.

La muchacha verificó su artefacto y pudo comprobar, con alegría, que no había sufrido rasguño alguno por lo que, cuando se adentró a ese lugar secreto que tenía dentro del gran parque, comenzó a tomar fotografías como una posesa. Definitivamente esa noche la luna estaba en todo su esplendor y nadie, menos un estúpido chico raro de pelo naranja, le arruinaría el momento.

10.

Fue fácil llegar al apartamento; lo difícil fue darse cuenta de que nadie le esperaba para cenar… o para hablar, siquiera.

El chico de cabellos extravagantes dejó su abrigo gris sobre una silla acomodada a un lado de la puerta, abriéndose paso hacia la cocina para prepararse un emparedado nocturno. Conocía ese lugar como la palma de su mano, ya que ahí había vivido con su madre desde que tenía uso de razón. Si bien Ryuuken lo adopto después de su muerte, el pequeño Ichigo tenía pesadillas continuas en la casa de los Ishida y, por alguna extraña razón, en el único lugar en el que se sentía seguro y donde sabía que las pesadillas no lo alcanzarían, era en el departamento de Masaki. De este modo, Ryuuken y su pequeño hijo, Uryuu, se mudaron con Ichigo a ese destartalado cuarto de la Quinta Avenida, haciéndolo su nuevo hogar.

Luego de haber llenado su estómago al menos un poco, decidió tomar esa ducha tan necesaria que su cuerpo había pedido desde que comenzó turno esa mañana. Pero para pasar al baño general, tenía que pasar por "ese" cuarto. El cuarto de su madre.

Paso de largo por el piano, escuchando en sus recuerdos la melodía que ella solía tocar a cada momento y que había encontrado en una caja musical cuando era pequeño. Cuando llego al borde de la puerta de roble, se detuvo en seco, cogiendo la perilla. Sintió sus manos temblar y el vacío dentro de él volvió a agujerearle el alma.

Sí, estaba roto, pero tenía que intentar recomponer sus piezas por sí mismo y el primer paso para hacerlo, era entrar al cuarto de Masaki.

Desde que se volvieron a mudar, después de su muerte, Ichigo no tuvo las agallas de poner un solo pie en esa habitación, pero tampoco dejaba que Ryuuken o Uryuu la cogieran o la remodelaran. Era como un santuario para él, un lugar que no se podía usurpar de la nada.

—Esto es inútil… —resopló, soltando la perilla y dejándose caer sobre la pared frente a la puerta.

Dirigió su mirada hacia el techo mientras esa melodía fantasmal recorría su memoria como si fuese un permanente recordatorio de su vida antes de Masaki. Se froto el rostro con las manos, volviendo a sentirse frustrado, ¿Habría sabido Isshin que a su madre le gustaba tocar el piano? ¿Siquiera se habría interesado un poco en que a ella le gustaba más la comida japonesa que la americana? ¿Se habría interesado en tener una vida con ella? ¿En conocerlo a él? Todas esas preguntas calaban la mente del muchacho, haciéndole sentir confuso, estúpido y muy dolido. Sobre todo estúpido, porque mantenía la ilusa esperanza de que su padre tenía una buena razón para haberse alejado de sus vidas todo ese tiempo. Quería creer en ello con todo su corazón… Pero su mente, racional en algunos momentos, estaba cegada por la ira y la rabia.

No podía perdonar su abandono, pero, si algún día se vieran las caras, le dejaría explicarse… y luego lo mataría a golpes.

Con ese pensamiento, se levantó y se encerró en el cuarto de baño.

"—¡Mamá!

¿Qué pasa, pequeño? —su dulce sonrisa siempre lo descolocaba por completo, haciéndole sentir pleno y feliz.

Ya se acerca el cumpleaños de papá, ¿iremos al cementerio este año también?

¡Por supuesto! No podría ser de otra manera, Ichigo. Y tú, ¿harás tu ritual de siempre?

¿Te refieres a los dientes de león?

Ajá…

¡Pues claro! ¡Yo sé que papá se alegra de tener una conversación conmigo cada año! Aunque sea en mis sueños…

Pudo sentir su mano, suave y pulcra, sobre sus naranjas cabellos. Tan iguales a los de ella y tan diferentes a los de él, según Masaki.

Lo siento, Ichigo. Siento que no hayas podido conocer a tu padre. Él te habría querido como nada en el mundo… lo sé —pudo sentir como pequeñas lágrimas y sollozos salían de los labios de su madre.

¡No llores! ¡Yo sé que él no hubiese querido que llores, mami! Y sé que me quiere, me lo dice todas las noches.

La madre sonrió y le abrazó fuertemente.

¿Quieres comida americana o japonesa, Ichigo? Tú eliges.

Quería algo del McDonald's pero al ver el rostro ya apaciguado de su madre, se decidió por lo otro.

Un obento estará bien.

¿Estás seguro? Siempre has querido llevar McDonald's al cementerio…

No, esta vez prefiero el obento.

Su madre sonrió y le abrazó. Él le devolvió con sus pequeñas manitos envueltas en su cuerpo de madre. Así se quedaron, hasta que Morfeo lo arrulló en un profundo sueño."

Ichigo abrió los ojos y salió del estupor de sus recuerdos. Se frotó el rostro con el agua caliente de la ducha, se había quedado tan sumido en sus pensamientos que su cuerpo le había empezado a escaldar en ciertas partes. Con una toalla envuelta en sus estrechas caderas, salió de la ducha y caminó todo el recorrido hasta su cuarto, al final del pasillo. Estando ahí, en la paz y quietud de su morada, sintió que no debía de avergonzarse de su desnudez, por lo que se quitó la última prenda que cubría sus vergüenzas.

Aun húmedo y con el agua chorreando por el parqué marrón, Ichigo se acercó lentamente al espejo largo que tenía en su habitación, cortesía de Ryuuken al decirle que le serviría para arreglar ese desastre de cabello que tenía y poner algo de orden a su apariencia. Ciertamente, no le había hecho caso. Además, no era como si se sintiera orgulloso de su cuerpo; sí, bien, estaba completamente en forma y lo tenía tonificado, pero había algo que lo arruinaba, era el único complejo que tenía. Por esa razón, ese espejo estaba cubierto con una sábana negra.

—Puedo hacerlo. Ya no tengo miedo… —se indujo coraje para poder coger el pedazo de tela entre sus manos y arrancarlo de un solo tirón, cerrando sus ojos para no verse desnudo.

Le había prometido a Urahara que intentaría salir del hoyo en el que estaba y una de las formas era entrando al cuarto de Masaki; cuando supo que no podía hacerlo, que todavía las imágenes rojas y blancas le carcomían en pesadillas, lo dejó por la paz. Pero esto… Esto sí podría hacerlo porque, tarde o temprano, tendría una mujer a su lado y, tarde o temprano, tendría que hacer el amor con ella así que, tarde o temprano, la mujer preguntaría. Y él tenía que saber decirle una respuesta coherente sin vomitarse encima.

"Preferiría que fuese tarde" pensó, mientras apretaba sus puños hasta volverlos blancos.

De pequeño lo había intentado junto a Ryuuken, dando por fallida la misión a los dos días. Cada vez que lo intentaba, se sumía en un trance, como si de repente ya no estuviese en ese lugar sino en el cementerio, con su madre muerta sobre él y el limpio agujero en su frente decorándolo. O gritaba y se auto flagelaba o vomitaba hasta empezar a soltar un líquido transparente al estar vacío su estómago. Ninguna de las dos opciones le gustaba más.

Se sentía deforme, un monstruo en el cuerpo de un humano.

Impuro.

—No, no, no, no. —Sacudió su cabeza—. Soy solo Ichigo. Ni Kurosaki, ni impuro. Solo soy Ichigo, y le pateare el trasero a mi viejo por haberme abandonado.

Fueron sus palabras antes de abrir los ojos y mirarse desnudo en el espejo.

No hubo reacción y se auto complació de ver que la cicatriz de su pecho había cicatrizado y se había hecho más pequeña —o él había echado cuerpo—. Así que esta vez, pudo irse a dormir sabiendo que su vida empezaría a cambiar porque enfrentaría sus miedos poco a poco para volver a ser fuerte.

Esa noche, en su mente la única palabra que resonaba en ese hueco sueño que tenía era: Hollow.

Continuará…


NOTA DE AUTOR:

No pos, si es para matarme xD. Subiría capitulo el 21 decían, no fallaré esta vez decían... la única excusa viable que tengo es Teen Wolf y Twitter (?).

Quiero dar gracias a las personas que lleguen a estas notas de autor, solo por haber terminado de leer este mounstruo de 78 paginas en word se merecen un premio, en serio, gracias :3. Este es el comienzo de la verdadera historia, el prologo solo fue un vistazo de algo mucho más grande (?), asi que esperenlo -le gusta marketearse-. Sin nada más que comentar, espero que les halla gustado este capitulo y el segundo, un gigante de casi 90 paginas word, estará listo a finales de Agosto o antes incluso (: Sin nada más que comentar, me despido!

Ya saben! Apoyenme con un review en el recuadro blanco ahí abajito C: De eso me alimento... y de Teen Wolf (?).