Notas de Autor:
Waaaa! Me han hecho tan feliz con sus comentarios :3 En serio, los adoro. Gracias por darle una oportunidad a esta historia y, de antemano, lamento la re tardanza, es mi ultimo ciclo de la universidad y la tesis... la tesis debería ser ilegal (?).
AGRADECIMIENTOS A CHIBI RUKIA POR SER LA MÁS MÁS DE ENTRE TODAS LAS BETAS (Te erigiré una estatua)
SE LE DEDICA ESTE CAPITULO A:
TLGGoficial, jawii, Astalina, anlu20 y su.
DISCLAIMER: LOS PERSONAJES DE BLEACH NO SON MIOS SON DE SU AUTOR TITE KUBO. ESTA HISTORIA LA ESCRIBO SIN FINES DE LUCRO Y POR MERA DIVERSIÓN.
BASADA EN UNA HISTORIA REAL.
Recomendación: Para la parte 10 pueden escuchar "Say Something" de A Great Big World C:
CAPÍTULO DOS
CORRESPONSAL DE GUERRA
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"Nunca olvides qué eres, porque, desde luego, el mundo no lo va a olvidar. Conviértelo en tu mejor arma, así nunca será tu punto debil. Úsalo como armadura y nadie podrá utilizarlo para herirte."
George R. R. Martin
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1.-
Apenas dieron la una de la tarde, una campana chillona retumbó en las instalaciones del Instituto de Fotografía de Nueva York, haciendo que los alumnos avanzados de último curso suspiraran ante las cinco tediosas horas que habían tenido con esa clase.
—Antes de que corran como animales —el grupo rió bajito y prestó atención al profesor mientras arreglaban sus cosas—, el trabajo final se calificará dentro de dos semanas y, como saben, la temática es "La rareza del hombre". Ustedes verán de qué manera lo enfocan pero, por el amor a Dios, Buda y todos los dioses egipcios que existan, no me traigan fotos de alguien con una máscara de Halloween o juro que no se titulan este año. —El profesor juntó ambas manos, dando un solo aplauso—. Son libres.
Los alumnos, con costosas cámaras kodak en mano, se empezaron a desplazar por el ambiente, dejando a solo una alumna rezagada dentro del aula. Rukia Kuchiki se acercó lentamente al profesor; tenía que esperar a que el resto del alumnado saliera o no podría hablar propiamente con él. No, más que hablar, tenía que agradecerle infinitamente a ese hombre por haberle dado una última oportunidad.
—Kuchiki, has estado callada durante la clase, ¿paso algo malo?
La morena se sonrojó. Dar las gracias a las personas no era su fuerte, pero sentía un deber para con él. Tenía que sobreponer su vergüenza y simplemente, hacerlo.
—Es solo que… quiero agradecerle lo que se ha jugado para mantenerme dentro del instituto, señor. Solo eso.
Hubo un pesado silencio entre ambos en lo que el aula se vaciaba por completo. Estuvieron así unos minutos, esperando; cuando el último alumno cerró la puerta, el profesor, de un espeso pelo negro y ojos entre los azules y aguamarinas, esbozó una gran sonrisa, palmeando a la vez el cabello de la pequeña morena.
—¡Vamos, Rukia! ¡Sólo ha sido cuestión de hablar con mi hermana! No es como si me haya jugado el pellejo hablando con tu hermano. —Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza—. Al hombre que le llegue a enfrentar por tu mano, y lo logre, lo juro, le haré una estatua.
—¡Kaien! —el rubor coloreó aún más sus mejillas, haciéndola ver como una niña pequeña.
—Te ves adorable, así, sonrojada. —El hombre volvió a reír, haciendo que sus mofletes se tiñiesen aún más. Ella no se sentía adorable, se sentía estúpida.
—No hables así de Byakuya…
Kaien Shiba sonrió socarronamente mientras cogía sus papeles del escritorio.
—Sabes que es cierto porque, demonios, ¿qué clase de persona interfiere en un futuro tan brillante como el tuyo?
—Kuchiki Byakuya lo hace, tiene el poder y el dinero para hacerlo.
—Igual que mi hermana, y no anda interfiriendo en la vida de Ganju… ni en el mío. —Cogió su maletín de un color ocre totalmente llamativo y se lo colgó a la espalda, como si de una espada se tratase— Fue mi decisión ser fotógrafo y fue decisión de Ganju quedarse en el "negocio". Nada personal.
Rukia resopló enfadada.
—El "negocio"… Puedes decirlo, ¿sabes? Es lavado de dinero, importaciones ilegales de armas, tráfico humano y… ¡mph!
Por acto reflejo, el fotógrafo miro a ambos lados para luego tapar con su mano la boca de la morena chica, quien se enfadó aún más por ser tratada de esa manera. Kaien, con la otra que tenía libre, hizo un ademán de silencio y comenzó a mirar a través de la ventana. Estaban en el sexto piso del instituto, así que no era posible que alguien los estuviese espiando, pero Kaien Shiba sabía perfectamente que las paredes, carpetas e incluso el viento tenían oídos; una sola respiración, un solo soplo de aliento, y el enemigo lo sabría. Eso lo había aprendido por experiencia propia.
Cuando estuvo seguro que no había nadie que los pudiera escuchar, soltó a la menuda chica, quien exhaló aire como si el mundo se le acabase.
—¡Joder! ¡Casi me asfixias! ¿Acaso quieres matar a la futura heredera Kuchiki?
—Dios me libre de la ira de tu hermano, si eso pasa —se recostó sobre el escritorio, haciéndole parecer un modelo de revista.
Rukia no pasó por alto que su maestro, AKA amigo de la infancia y parte de la familia Shiba, era medianamente atractivo… Bueno, vale, no mentiría, era sumamente atractivo; simplemente había algo que le impedía avanzar y declarársele para terminar con ese estúpido encaprichamiento adolescente. Y ese algo tenía nombre, apellido, vivía bajo el mismo techo que su profesor e, incluso, le iba a dar un hijo.
La muchacha suspiró y sólo lo miró con condescendencia. El sonrojo había desaparecido y esta vez fue reemplazada por una verdadera sonrisa de gratitud.
—De verdad, gracias, Kaien. Yo realmente terminé pensando que mi carrera iba a quedar sin concluir. —Se arregló un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Tranquila, Kuchiki, para eso estamos los amigos, ¿no?
"Sí, amigos…" suspiró mentalmente la morena, sonriendo ante sus pensamientos. Era tiempo de dejar ser una tonta adolescente. ¡Tenía 25 años, joder! Era tiempo de ser madura y dejar pasar las cosas. Los finales felices no existían, al menos no para ella, por lo que lo único que le quedaba era ser feliz mediante algo, y la fotografía le daba ese ligero empujón.
—Bueno, tengo que retirarme —dijo Kuchiki, mientras veía su caro reloj de oro sobre su muñeca—, los guardaespaldas de mi hermano se deben estar exasperando, y dentro de un par de minutos comenzaran a soltar a los agentes SWAT por todo Nueva York.
—Kuchiki no sería capaz de… —La mirada cansada de Rukia le informó que no estaba bromeando—. ¿Lo ha hecho antes?
La morena suspiró.
—Sólo una vez. No volví a cometer el mismo error.
—Bastardo. —Gruñó Kaien.— ¿Te lastimaron?
Fue en ese momento, cuando la conversación se empezó a hacer más íntima, que las alarmas detonaron en la cabeza de Rukia, diciéndole que había hablado demasiado. Los Shiba no sabían que Byakuya tenía el control del FBI bajo las sombras; si lo supiesen, bueno, digamos que una Kuukaku Shiba cabreada era lo último que necesitaba su familia. "Pero que idiota soy… hablé demasiado…" se martirizó. Sus sentimientos y la comodidad que le inspiraba ese hombre le nubló la conciencia. Para ser una Kuchiki digna, tenía que empezar a ser más fría con el resto, tenía que empezar a pensar con la cabeza y, en algunas ocasiones, con el hígado. El fotógrafo notó la tensión en el cuerpo de la mujer y pudo ver sus puños apretados, haciendo que su piel blanquecina perdiese la circulación en esa parte.
—¿Has dicho algo que no debías?
Rukia sólo asintió con la cabeza.
—¿Puedo preguntar el qué?
—¿Cómo sé que no eres un espía de Kuukaku enviado a mi clase para sacarme información acerca de los negocios familiares? De hecho, ¿cómo sé qué tu "ayuda" es sincera y no para mantenerme vigilada?—Contraatacó, poniendo todas sus defensas arriba.
—Porque confías en mi —le respondió, totalmente serio y desafiándola con la mirada—, sabes que no te haría eso. Lo sabes, ¿verdad, Rukia?
La mujer cerró los ojos, sintiéndose débil. Odiaba ser débil.
—Tengo que volverme más fuerte, para ser al menos los pies de la organización Kuchiki.
—Ya te dije que no deberías hacerle caso a Byakuya. Sigue tus propios ideales, Kuchiki, tus propios sueños. Eres la mejor fotógrafa que he tenido el placer de conocer, y ahora más que serás corresponsal de guerra. Ese es un sueño muy grande.
Rukia no contestó.
Su pecho comenzó a doler y un gran vacío se instauro en su corazón al ver la verdad detrás de esas palabras. Sí, ella podría elegir entre la fotografía y liderar el negocio familiar, solo que había un detalle que Kaien no había notado: ella era la única heredera que Byakuya tenía. La única. Su hermana era infértil y no pudo darle un heredero. Ella era, en su testamento y en todos sus documentos legales, la próxima líder del clan Kuchiki.
No tenía opción. Estaba acorralada entre el sí o el sí.
Para ella no habrían sueños ni ideales propios que seguir; solo los de la familia. Y eso le hizo sentir un enorme vacío en su interior que, poco a poco, se comenzaba a agrandar, como si algo le comiese el corazón desde adentro. Se tocó el pecho, sintiendo demasiado real esas emociones; no, tenía que calmarse y no pensar en su propio bien, debía de pensar en el bien de los Kuchiki. "La familia es lo primero", repitió mentalmente la frase que había leído en uno de sus libros.
—Tenga buenas tardes, profesor.
Kuchiki le hizo una leve reverencia con la cabeza y salió sin decir una sola palabra.
Kaien Shiba entendía perfectamente a esa mujer; era como si desde que habían sido presentados oficialmente, se hubiese visto así mismo dentro de esos hermosos ojos fríos que no hacían más que hacerle preguntarse así mismo: ¿Igual de desgraciado que ella se veía? Él, al ser el hermano de en medio, había heredado parte de las acciones de la familia pero, de todas maneras, las decisiones de guerra, los contrabandos y con respecto a relaciones que puedan favorecer al clan, eran cosa de Kuukaku. La líder. La hermana mayor. En otras religiones no se le permitiría a la mujer tomar el mando pero ahí, en Nueva York, en un lugar donde quedarse dormido era asegurar más rápido tu muerte, se necesitaba del talante duro que tenía Kuukaku y del coraje de Ganju. Él solo era un simple fotógrafo que lo había intentado… casi muriendo en el proceso.
"Debí seguir adelante." Pensó, mientras apretaba con fuerza la maleta que llevaba colgando al hombro. No, su hermana le había dado de baja, debía recordarlo. Él seguía siendo valiente para su esposa y, para su futuro hijo también lo sería, pero para su amiga…
El chico de ojos azules sabía que el caso de Rukia no tenía comparación. Lo sabía y, aun así, le había restregado en la cara la grandiosa oportunidad que se le había presentado. Una oportunidad a la que él también había postulado, siendo rechazado. Sí, se sentía traicionado y celoso del talento que poseía esa menuda chica, pero al mismo tiempo no podía evitar sentirse feliz. Ella merecía eso más que nadie en esa maldita ciudad, incluso más que él.
Se lo tenía que repetir varias veces para que esos sentimientos negativos no calaran más en su ya destrozada alma.
Mientras tanto, Rukia Kuchiki corría a la salida y miraba con tristeza cómo sus guardaespaldas hablaban por un intercomunicador, de los nuevos que habían salido. Ella tenía la vaga esperanza que se hubiesen retrasado o, mejor aún, que lo hubiesen olvidado. De todas maneras, ¿por qué venían a recogerla cuando el apartamento quedaba a unas cuantas cuadras? ¡Podía ir caminando! Pero no, esa era una de las condiciones a las que tuvo que acceder para volver a las clases después de la intervención de la familia Shiba.
Había pasado una semana desde ese toque de queda que le había dado su hermano el cual se rompió a los dos días. Esa noche que huyó a Central Park, llamó a Kaien Shiba desde un teléfono público; él, su otro amigo, su compañero de celda, le comprendería. Tenía qué comprenderle y, ciertamente, lo hizo. A la mañana siguiente pudo ver como el humor de su hermano, normalmente intraspasable, era palpable con tan solo caminar a su lado. Ciertamente los Shiba estaban de su lado, o por lo menos Kaien, y, después de una larga conversación con la extravagante mujer de la venda en la cabeza, su hermano aceptó a dejarla volver a clases con unas cuantas condiciones que tenía que cumplir. Una de esas era su escolta diaria, sus traslados, entre otras cosas que, para su alegría, no eran sus salidas a Central Park. Gracias a la influencia de los Shiba, ella había podido quedarse con eso.
—Has tardado, Rukia. ¿Qué demonios estabas haciendo?
La voz de su amigo de la infancia la sacó del trance. Vestido con ese abrigo negro y guantes rojos, parecía salido de una de las películas de Kill Bill.
—Cosas de chicas.
—¿Quiero saber?
—¿Te va la menstruación? —preguntó, con una expresión picara.
Renji sólo pudo hacer una mueca de asco demasiada divertida como para que a Rukia no le diese gracia y soltase una carcajada. A pesar de haber discutido, ellos tenían que reconciliarse a los días o sus almas no encontrarían paz. Así de fuerte era su relación. A Rukia le gustaba pensar que su mejor amigo la comprendía mejor que nadie, incluso mejor que Kaien Shiba, pero cuando le atacó, supo que no, que él aun no entendía sus ideales y metas. Eso no hacía más que entristecerla porque significaba solo una cosa: que no podía confiar en nadie.
—Jesús, no hables de eso… Aún recuerdo el día en que tuve que ir a comprarte las toallas femeninas. Fue el momento más vergonzoso de mi vida.
—Solo es sangre, Renji, lidias con ella todos los días de tu vida —le dijo, mientras se hundía en los felpudos de la limusina, con el pelirrojo a su lado.
—Lidio con ella cuando no sale de, bueno, de, de, esas partes, tu sabes… ¡No te rías, idiota! —vociferó, al ver a la morena doblarse en dos para evitar carcajearse.
—Es que eres tan inocente.
—Tú eres la pervertida, ¿te lo he dicho?
—Soy una pervertida ante los ojos de otro pervertido, nunca mejor dicho.
—¿Por qué tienes una respuesta para todo?
La morena sonrió.
—No la tengo, hay muchas cosas que aún no logro responder.
—Entre ellas está tu puesto como corresponsal de guerra, ¿no? —La chica se quedó en silencio—. Sabes lo que Byakuya va a decir.
—Lo sé.
—¿Y aun así vas a arriesgarlo todo por… unas simples fotografías?
La mujer se giró rápidamente, con las mejillas coloradas de ira y los ojos fulgurantes. Si antes había pensado que su mejor amigo la comprendía, se retractaba completamente: él no la conocía, no sabía nada sobre ella.
—¿Unas simples fotografías? —el tono de indignación que uso puso en alerta las defensas de Renji. La había jodido… otra vez— ¿Cómo te atreves a decir que solo son unas simples fotografías? ¡Esas "simples" fotos son mi vida, Renji! ¡Son lo único que me queda! ¡Es mi voluntad, mi meta, mi orgullo! —Vociferó, sabiendo que el chofer les escuchaba—. ¡Tú simplemente no puedes venir a decirme que lo que estoy haciendo está mal, cuando tú has hecho cosas peores para mi hermano!
—¡Eso no tiene nada que ver con tu situación, Rukia! —El pelirrojo comenzó a exaltar se.
—¿A no? Recuérdame entonces, ¿a quién te encomendaron asesinar esta semana? ¿A otro de los topos de mi hermano? ¿Otra persona inocente que se ha vendido por dinero?
—Eso no es de tu incumbencia.
La mujer apretó la mandíbula.
—Por supuesto que es de mi incumbencia. Seré la líder del clan y seré yo quien te envié a matar a esas personas, Renji.
—Tú serás una líder diferente —susurró el hombre.
—¿Cómo lo sabes? ¡¿Cómo lo sabes si ni siquiera conoces cuál es mi voluntad?! —La mujer respiro hondo, calmando su ira—. ¿Cómo sabes que no mataré al igual que él?
—Lo harás.
Rukia se giró para mirarle y se quedó perpleja ante su expresión, estoica, algo sonrojada por contenerse, pero verdadera. Sus ojos le demostraban una fidelidad que no había visto nunca, como si le dijeran que no importase si asesinase a toda la humanidad, él seguiría a su lado.
—Eventualmente, tendrás que matar a alguien —se sinceró el hombre—, pero tú no los asesinaras a través de otra persona. Tú misma cogerás el arma, le miraras a los ojos y le robaras su vida, haciéndote responsable de cada uno de tus actos, de los actos del asesinado y de los actos futuros.
Rukia bajó la mirada.
—¿Cómo sabes que haré eso?
—Porque te conozco.
Ella soltó una risita sardónica.
—Hoy en día, todos dicen conocerme y luego dicen o hacen cosas que demuestran lo contrario.
—Bien, pues que les den. —El pelirrojo volvió su mirada hacia la ventana.
La nieve no había parado de caer desde hace dos días, augurando una verdadera tormenta. A Rukia no le importaba, ya que el frío la despertaba y le hacía sentirse viva, como si cada pequeño copo de nieve fuese una pequeña parte del mundo que tenía que tomar en sus manos y era su deber fotografiarlo. De igual manera, Rukia se giró a la ventana y le dedicó una triste mirada al gran edificio donde se alzaba la casa de los Kuchiki.
No habían escogido ese sitio por ser el más lujoso; lo que menos quería Byakuya era ser encontrado y ese lugar, en un barrio de clase media, con personas de clase media y perros dálmatas de clase media, le daba la infalibilidad que buscaba. Nadie se atrevería a buscarlo en un lugar como este. Rukia a veces se preguntaba como los vecinos no llamaban a la policía cada vez que miles de limusinas se estacionaban en el parking o si los tiroteos se hacían más ruidosos; incluso, había ocasiones en los que los secuestros que realizaban los matones de la familia Kuchiki se llevaban a cabo en su mismo departamento. ¿Cómo los vecinos no habían informado de los gritos o de las patadas? "Soborno…" pensó, mientras subía las escaleras hasta el último piso. A ella le gustaba estar en sitios altos; era como trepar un gran árbol con una vista espectacular. Y a ella le encantaba fotografiar esas vistas.
Apenas abrió la puerta del apartamento, la voz de su hermano le inundo los oídos, haciéndole sentir unas irremediables ganas de hacer una reverencia japonesa.
Ahí, hablando por uno de los teléfonos de la casa y recostado sobre el sillón, Byakuya Kuchiki la observó impertérrito y luego señaló algo que hizo que toda su sangre se drenara, que sus piernas se volviesen gelatina y que su respiración se cortara hasta dejarla sin aire.
La carta del New York Times.
—Hermano, yo… puedo explicar… —sus palabras sonaron un susurro en el viento.
El hombre sólo alzó una mano, dándole a entender que se callara y esperara a que terminase de hablar.
Un mal presentimiento recorrió la espina dorsal de la mujer.
¿Cómo, en la tierra, había encontrado esa carta? Ella se había asegurado de guardarla bajo siete llaves en su alcoba. Antes de que pudiese detenerla, corrió a su habitación y rebuscó en el escondite donde la había dejado, encontrándola al minuto. No entendía. Si esa no era la misiva que mencionaba la aceptación para el programa de corresponsal de guerra, ¿qué era lo que tenía su hermano en las manos? ¿Acaso ya empezaba a controlar también los medios? Si eso fuese así, se iba despidiendo de su oportunidad porque no había forma humana en la que un secreto como ese pudiese escapar de sus manos. Él lo sabría, tarde o temprano.
—Rukia.
La voz fuerte y varonil de su hermano resonó en la habitación y en sus tímpanos. Con manos rápidas, oculto la carta debajo de una tabla de parqué, donde la había dejado para, acto seguido, regresar con el hombre que la esperaba en la sala. Las manos le sudaban y nuevamente esas mariposas, que más parecían abejas asesinas, revoloteaban en su bajo estómago, haciéndola sentir pequeña, débil y estúpida. Se sentía estúpida.
—¿Sí? —la voz le salió trémula y oscura al llegar a la sala de estar.
Ahí, Byakuya miraba fijamente el sobre del New York Times con curiosidad, dándole vueltas para revisar su contenido, pero sin abrirlo.
—Siéntate.
Ella hizo caso, sentándose frente a él.
—¿Sabes qué es esto? —le preguntó sin expresión.
Ella tragó saliva.
—Es una carta…
Su hermano soltó una carcajada seca.
—Efectivamente, y del New York Times. Pensé que era dirigido a mí; les había propuesto un trato hace unos meses y supuse que habían mordido el anzuelo, pero cuando vi tu nombre en él me quede desconcertado.
Byakuya le tendió la carta.
—Quiero que la abras y que la leas. En voz alta.
Cuando la morena se levantó para coger la carta, sintió que de un momento a otro su estómago iba a devolver lo poco que había desayunado, y que sus piernas perderían fuerza y se romperían en miles de cristales. De hecho, sería mentira decir que se sentía profundamente intimidada por la mirada gélida que le dedicaba ese hombre. Ella intentaba todo lo posible para no causarle problemas, ser la heredera ideal siguiendo sus propios principios… que, tristemente, resultan ser otros muy distintos de los que la familia proclamaba. Al ver su nombre en el sobre blanco, supo que estaba jodida. Esa era la carta de confirmación y aceptación de términos para el programa de corresponsal de guerra.
¿Cómo había podido ser tan idiota? ¿Cómo había dejado que esa correspondencia llegase a manos de su hermano? En primer lugar, ¿qué hacía él allí? Byakuya siempre estaba en las oficinas de Brooklyn o del Times Square, era raro encontrarlo en casa. Rasgó el papel y, en efecto, sus temores se hicieron realidad. Bueno, ella sabía que de todos modos, de una manera u otra, su hermano se iba terminar enterando.
Tomo aire y comenzó a leer.
"Estimada, señorita Kuchiki.
Nos es grato dirigirnos a usted mediante esta carta para informarle sobre la confirmación del programa "Corresponsal de Guerra" que el New York Times ha lanzado para todos los alumnos de fotografía y periodismo en el país. A usted, al ser la primera seleccionada, se le recuerdan los términos en las siguientes hojas. También le adjuntamos la hoja de inscripción donde deberá enviar otras tres fotografías panorámicas y dos de enfoque para uso del periódico.
Se le informa que tiene hasta el 01 de Abril de 1969 para informar de su inscripción; de lo contrario, se escogerá al tercer puesto como segundo fotógrafo y al segundo como el primero. También se le recuerda que, de aceptar los términos y condiciones, todos sus papeles (Visa, Pasaporte, Boleto de Avión, Tarjeta de inmigración, entre otros) deberán de estar en orden antes del 01 de Julio. La fecha del vuelo deberá ser para el 15 de Julio de 1969, sin fecha de retorno.
De igual manera, se le recuerda que el New York Times será responsable de todos sus derechos dentro de zona de guerra, se le entrenará durante unas semanas y se le implementaran los equipos de protección adecuados, así como un uniforme especial. Se les asignará un batallón donde contarán con todos los servicios básicos y sólo se podrá movilizar con ese batallón. En caso de muerte accidental o pérdida de algún miembro importante de su cuerpo, se procederá a su baja total, cubriendo todos los gastos del velatorio, con remuneración para sus familiares, o de su rehabilitación, de ser necesaria.
En las siguientes páginas podrá encontrar sus derechos validos en zona de guerra y las condiciones del programa. Sin ningún otro presente, nos despedimos cordialmente.
Atte.
Coordinación del New York Times."
—Así que eres, oficialmente, corresponsal de guerra del New York Times.
La voz de su hermano, fría e implacable, le hizo arrugar la carta, haciendo que los papeles dentro del sobre se doblaran un poco.
—Sí.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Rukia encontró la voz pero no el coraje para mirarlo a los ojos directamente.
—Hace más de una semana.
Un tenso silencio se instauró en el ambiente, dejando descolocada a la morena. Ella sabía que su hermano no iba a ponerse a gritar ni a tener algún arrebato típico de un padre o un hermano normal, como lo tuvo Renji. De hecho, dudaba que le expresara más que su decepción pero, como siempre, Kuchiki Byakuya era un hombre que sorprendía en muchos aspectos. No, no le abofeteo, ni le destrozo la carta, ni llamo al New York Times para que anularan su participación. Simplemente se levantó y miro hacia la ventana.
—¿Sabes disparar una metralleta calibre 380, Rukia?
Ella, anonadada, levantó la mirada.
—¿Qué?
—Te pregunte si sabes disparar un arma.
—No, realmente…
—Bien. —El monosílabo le quitó todas las ganas de refutar el argumento.
Otro silencio tenso se instauro en el ambiente, dándole a Rukia la oportunidad de ver el rostro de Byakuya y se sorprendió de lo que vio. Por un momento, uno muy pequeño, el rostro de su hermano se había contraído, como si estuviese pensando o preocupándose demasiado por algo innecesario… Y ese innecesario fuese ella. Rukia recordó que sólo una vez había visto ese movimiento. Hacía más de diez años, cuando su hermana aún vivía pero con una salud precaria, Byakuya se había mostrado muy amable y cariñoso con ella, siempre frunciendo el rostro de esa manera ante cualquier tos sangrienta que le sobrevenía a su hermana. Rukia había solido mirarlos a ambos y pensar en lo mucho que se amaban; pensaba que la expresión que él colocaba era de preocupación extrema, y no se equivocaba, pero también asociaba esa mueca al cariño y amor que le tenía a su hermana.
Ver esa misma expresión en ese momento, siendo ella la causante, la descolocaba por completo, porque se había auto convencido que al único ser que ese hombre había amado era a su hermana y que, cuando ella murió, se había quedado con ella para no romper la promesa de Hisana de cuidar de ella hasta sus últimos días. De portarle siempre un apellido. Por razones desconocidas, Hisana siempre había sido paranoica con ese tema en cuestión de ella.
—Anda a tu cuarto, Rukia.
Las palabras le llegaron de sopetón. Sin luchas, sin palabras siseantes. Absolutamente nada. Neutro. Sin emoción alguna.
—Sí, hermano.
No iba a contradecirle en lo único que ella deseaba hacer desde el principio.
Cogiendo la poca dignidad que le quedaba, caminó lentamente hacia el cuarto y lo último que pudo escuchar fue un susurro de su hermano, un susurro inaudible. Cuando hubo cerrado su puerta sintió toda la adrenalina bajar por su espina dorsal. Se jaló los cabellos mientras descendía su espalda por su puerta. Estaba jodida, así de simple. Ella había planeado decirle todo a su hermano de una manera en que lo pudiese aceptar sí o sí… cuando ya estuviese en zona de guerra, reportando para el New York Times, pero ahora todos sus planes se habían ido al garrete porque el estúpido servicio de correo no podría haber llegado en el momento más inadecuado. ¿Quién demonios envía una carta a la una de la tarde? ¡Esas cosas se envían en las mañanas! ¡A partir de las seis!
El ruido de la puerta principal la sacó de sus pensamientos. Ella abrió con delicadeza la puerta de su alcoba y vio cómo la casa volvía a estar sumida en ese silencio tranquilizador que siempre había tenido. Él se había ido, quizá por la llamada que tuvo antes de hablar con ella. Rukia suspiró y caminó hasta la sala de estar para ver el vaso de whisky escocés a medio tomar que su hermano había dejado. Sin pensarlo mucho, ella se lo terminó de un solo trago. El líquido le quemó la garganta pero lo aceptó con mucho gusto, sabiendo que era lo que tenía que hacer.
Cogió el teléfono y marco el número que se sabía de memoria. Al tercer pitido, una voz femenina le respondió.
—Oficina del treceavo escuadrón, Kiyone Kotetsu al habla. ¿En qué puedo servirle?
La morena esbozó una pequeña sonrisa al escuchar la voz de una de las personas en quienes más confiaba.
—Kiyone, soy yo, Rukia.
—¡Rukia! ¡Pero qué alegría saber de ti! ¿Dónde has estado metida? ¡Hace más de dos semanas que no has dado señales de vida! ¿Acaso el capitán Kuchiki ya te metió en los negocios?
Ella rió.
—No, dudo mucho que esté preparada para ese tipo de iniciación. Él no me cree apta para hacer su trabajo… y yo secundo la moción.
—¡Pero qué tontería! Eres la mujer más lista y perceptiva que conozco, tú podrías dirigir el clan y los negocios de una manera impecable. Incluso mejor que el capitán, debo decir —eso último lo susurro de manera que solo ella pudiese oírlo.
—Supongo…
—¿Y cuál es el motivo de tu llamada, Rukia? ¿Quieres hablar con el capitán Ukitake?
—No, quería ver si tenías algún tiempo libre para acompañarme a Central Park. Necesito algunas fotografías panorámicas y de enfoque.
—Tienes suerte, justo tengo la salida en unos diez minutos. Sentaro va a cubrir el turno tarde…—la voz enojada de un hombre se escuchó en el fondo del teléfono, haciendo sonreír a Rukia—. ¡Te dije que hoy iba a salir temprano! ¡Sí, maldición, le he pedido permiso al capitán! —Otra sarta de gritos invadió el teléfono y esta vez, Rukia tuvo que alejar el auricular de su oreja—. ¡Que sí, Sentaro! ¡Todo te lo he dejado en orden! ¡¿Quieres que te deje sin herederos, cara de mono?!
—Eh, Kiyone…
—Sí, sí, perdóname Rukia. Ya estoy de salida, nos encontramos en la librería que hay frente a Central Park, esa a donde me acompañaste la tarde pasada, ¿la recuerdas?
La morena asintió para sí misma.
—¿Dónde vendían los volúmenes usados de Tolkien?
—¡Sí, esa! Espérame ahí, llego dentro de unos veinte minutos… ¡Joder contigo, Sentaro! ¡¿Cuántas veces tengo que decirte que…?! —Rukia escucho como la comunicación se cortó abruptamente, sorprendiéndola.
Definitivamente trabajar para los escuadrones del gobierno americano era una de esas cosas que no estaba en su lista de deseos por realizar.
Con premura, la pequeña chica cogió a Shirayuki, pasándose la cinta negra por el cuello, dejando colgada la cámara sobre sus casi inexistentes pechos. A veces, cuando se miraba al espejo, veía a una niña en plena pubertad en vez de esa mujer de veinticinco años con un gran futuro. Había veces en las que se amilanaba cuando veía a otras chicas pasar con sus apretados escotes y sus faldas cortas, luego veía lo que eran y agradecía enormemente ser casi un hombre. Porque sí, con ese pelo corto, los abrigos de invierno, las bufandas y los guantes, su forma se asimilaba a la de un muchachito de diez años. Su altura tampoco ayudaba mucho que digamos.
"Gracias por la genética de hombre, hermana…"
Pensó, mientras se colocaba su sombrero de conejo, que era lo único femenino que llevaba entre tanto blanco y negro. Rukia se asomó por la ventana que daba al corredor del apartamento para ver con sorpresa que ningún guardaespaldas estaba vigilando la entrada. Absolutamente nadie. "Debe haberse olvidado…" Eso ni ella se lo creía. Byakuya, ni en los peores momentos de su vida, se había olvidado de ponerle, como mínimo, diez guardaespaldas que le hicieran la vida miserable, entre ellos siempre estaba Renji. Con cuidado, se deslizó por los pasadizos, bajando las escaleras mohosas de cemento y prontamente se vio en la puerta de entrada de su edificio. Ahí, encontró a un solo guardaespaldas que la miro como si no la conociese.
—¿No me vas a detener? —preguntó con voz decidida.
El guardaespaldas sólo negó con la cabeza.
—Tengo órdenes expresas de dejarla salir cuando usted desee, señorita Kuchiki.
—¿Por qué?
—Órdenes del capitán.
Ella no refutó su respuesta. Con una sonrisa triunfante caminó decida a la salida.
Por primera vez en mucho tiempo, salía por la puerta principal. Se dio cuenta de eso en cuanto pisó la acera y vio sólo a personas normales caminando por la avenida Madison, y ninguna vestía totalmente de negro ni con gafas oscuras. Sus divagaciones fueron desde que a su hermano lo habían reemplazado los ovnis hasta la carta que había recibido del New York Times. Quizá, por fin se había dado cuenta que ella ya no era más una niña pequeña a la que había que estar cuidando a cada momento; quizá, por fin, había abierto los ojos y, posiblemente, como un augurio de felicidad, la dejaría ser corresponsal de guerra. Esos pensamientos invadieron su mente mientras cruzaba todos los jirones aledaños para verse envuelta en el tumulto de la Quinta Avenida.
Mientras recorría las calles, pudo ver como los turistas caminaban lentamente, maravillándose por todo lo que esa hermosa ciudad tenía para dar. Ella casi se rio en sus caras por la inocencia que brillaba en esos ojos azules: pronto se darían cuenta que Nueva York era como cualquier otra ciudad, donde la única diferencia era que las drogas y la guerra predominaban en cada esquina. La ruta se le hizo más llevadera que las veces anteriores, se dijo así misma, porque no veía a ningún ente de negro seguirle los pasos. ¿Dónde habrían quedado las condiciones que le impuso cuando habló con los Shiba? No tenía ni idea, pero le bastaba con saber que, por al menos esa tarde, ella sería libre de cualquier atosigamiento por parte de los guardaespaldas de la familia.
—¡Rukia!
Una voz femenina le hizo girar la cabeza hacia atrás. Ya casi había llegado a la librería cuando Kiyone le grito por detrás.
La muchacha de cabello rubio corto, tipo militar, y de ojos de un azul profundo casi llegando a ser guindas, le levantó la mano. Llevaba el uniforme típico de los tenientes de los trece escuadrones: guantes blancos con botones dorados y un enterizo color gris con el símbolo de los trece escuadrones (un rombo con las puntas pintadas en negro) bordado en el lado derecho y, para los tenientes, las bandas blancas con dorado que se ataban en los brazos era esencial. Eso demostraba el rango y el nivel. Su hermano nunca llevaba su uniforme más que cuando había reuniones oficiales.
—Definitivamente no me vería bien con el uniforme de los escuadrones… —susurró para sí misma mientras Kiyone se acercaba.
La menuda mujer rubia la abrazó con fuerza, haciendo que ambas trastabillaran un poco y tuviesen que dar un par de pasos hacia adelante para mantener el equilibrio. Rukia pudo sentir como Kiyone le trasmitía ese cariño y estima que siempre le había demostrado. Ella la conoció en el Soho, cuando se encontraba vendiendo una de sus pinturas, y una menuda mujer rubia con uniforme militar le compró un retrato del presidente Lincoln. De eso hacía más de cinco años.
—Te extrañé, Rukia.
—Sólo han sido tres semanas, teniente Kotetsu.
La mujer deshizo el abrazo, mostrando un puchero.
—No me llames así. Cuando estoy fuera de la oficina, soy solo Kiyone.
La mujer le tomó la mano y la jaló hacia los escaparates de la librería de ejemplares usados.
—Mira, Rukia, aquí al lado han inaugurado una cafetería.
Ella, sin saber a lo que se refería, caminó un par de pasos y vio un letrero en letras de neón que decía "El café de París". Entonces recordó que, hacía una semana, ella debió de haber asistido a esa inauguración a la que su hermano y Renji asistieron. Aún tenía la percepción del pelirrojo guardaespaldas acerca del primer día. "El idiota del mesero le arrojo el café al sastre del capitán" Dijo. "Golpeó a tu hermano y luego los dueños lo defendieron. ¿Estúpido, no?" Realmente no. Para ella, ese mesero merecía que le hiciesen una estatua por haber golpeado a Byakuya; claro que no lo iba a demostrar públicamente por lo que lo único que se dignó a decir fue: "¿Cómo se atreve ese idiota a ponerle la mano encima a mi hermano?" De todas maneras, sólo estaban ella y Renji para escuchar sus palabras.
—¿Quieres almorzar aquí? —le preguntó la morena.
—Claro, pero primero tengo que comprar unos libros para mi colección.
Rukia suspiró.
—¿Tolkien?
La rubia se sonrojó.
—¡¿Cómo lo sabes?!
—Has estado obsesionada con él desde hace dos meses; lo sé porque yo te acompañe a comprar todas sus obras.
Mientras ambas se detenían en la puerta, la rubia habló.
—Ni se te ocurra decirlo frente a Sentaro. Es capaz de todo con tal de sacarme de mis casillas.
—Tu secreto está a salvo conmigo.
Ambas mujeres entraron a esa vieja librería frente a Central Park, mientras que, al mismo tiempo, un chico de cabellos naranjas con el uniforme del Café de París salía con dos bolsas de basura hacia el callejón que separaba el café de la librería.
2.-
Era una de esas tardes en las que nada podría ir mal.
Canciones de Stevie Wonder sonaban en el tocadiscos del Café de Paris, haciendo que las personas dentro del restaurante se sintieran más conectadas con el establecimiento. Desde la inauguración de la cafetería, una semana antes, los comensales habían empezado a reconocer que el ambiente del lugar era uno de los mejores dentro de la Quinta Avenida para poder tomar algo en compañía, o simplemente para leer algo. Otro aliciente para que las personas viniesen con frecuencia era la constante llegada de esas limusinas con el escudo del estado americano que se estacionaban a unas cuadras. Según las malas lenguas, el café de Paris estaba siendo usado como uno de los centros de comando de guerra; para los chismes rosa de los periódicos, sólo era un lugar a los que los políticos iban a discutir temas triviales.
Para Ichigo Kurosaki, el café se había vuelto parte de su rutina diaria, siendo cada vez más obvio que dedicaba un tiempo extra al establecimiento que a sus estudios de medicina. Y es que no es que estuviese aburrido de su carrera; de hecho, le gustaba pensar que así contribuía con el bienestar de las personas; pero era cansado ver como cada día, en cada clase, otro profesor tenía miedo de su apellido o simplemente lo ignoraba por todo el ciclo dándole la nota más baja para aprobar. Miedo. El miedo dominaba a las personas, los chismes, todo lo que pululaba a su alrededor era nocivo. Todo cortesía de su padre.
Isshin Kurosaki. El médico loco.
Durante toda su vida había intentado con todas sus fuerzas tener presente siempre la imagen que tenía su madre de ese hombre al que llamaba en sueños; lo había intentado muchas veces, pero hubo momento en su adolescencia, ese momento bajo el puente, en el que empezó a dudar de las palabras de su madre. Ella siempre le contaba historias de su padre siendo un héroe, derrotando monstruos que solo existían en los cuentos de hadas; nunca se planteó la idea que ella solo quería alejarlo de la bulla.
Y ahora, con su recién descubierta carta que afirmaba que su padre efectivamente había estado vivo todo ese tiempo y, dicho sea de paso, seguía caminando en dos piernas; bueno, él supo que algo dentro de él se tenía que romper. Y las ilusiones de su madre fueron lo primero que se liberó. Es por eso que tenía que empezar a cambiar, empezar a dejar el pasado atrás y construirse un futuro sin la sombra de Isshin Kurosaki ni la de Masaki Kurosaki. Esa era su vida y ellos no tenían por qué interferir en sus pasos. Hacía una semana que había estado haciendo esa terapia de verse al espejo al despertarse y antes de dormir, lo que le ayudaba a pensar que lo que había pasado en el cementerio no era su culpa. Que la culpa era enteramente de algo que estaba fuera de su control y que ya no podía hacerle daño. Se convencía de eso todos días para poder ir a trabajar sin remordimientos.
—Muchacho, buenos días.
Ichigo levanto la mirada y vio a ese hombre viejo que venía todos los días desde la inauguración del café. A primera vista, le había parecido una buena persona, y cuando empezó a hablar con él, supo que lo era.
—Señor Hashirama, ¿viene por lo de siempre?
—Sí. Dios te bendiga por saber hacer el mejor café que he probado en todo Nueva york.
—Solo es café.
—Bah, tonterías, tú haces que esto sea un arte, muchacho. He vivido en muchas ciudades a lo largo de toda mi vida y, te lo digo, tienes un talento único.
Ichigo estaba preparando el cappuccino diario del hombre y, cuando escuchó su comentario, no pudo evitar que una risita sarcástica escapara de sus labios.
—Yo no lo consideraría de esa manera, es solo pasar café. La máquina lo hace todo.
El hombre miraba atento cómo Ichigo aireaba la leche descremada.
—Oh, sí, pero lo que haces con la espuma de la leche, muchacho… A eso me refiero.
El hombre de tez pálida sonrió visiblemente cuando Ichigo comenzó a darle forma a la espuma, convirtiendo una simple taza de leche con café y agua, en una obra de arte. Un gato, con los rasgos formados del mismo color del café, se erguía sobre la taza ovalada, haciendo que este te mirara con ojos curiosos. Era como si de verdad fuese un gato el que te estuviese saludando.
—¿Ves? Esto es un arte. He visto a muchos formar figuras con la espuma, pero solo tú puedes darles vida.
Ichigo se sintió tan avergonzado que pudo sentir como un pequeño sonrojo le calentaba las mejillas. Ese viejo siempre le hacía sentir incomodo por hacer una taza de café. ¿No podía simplemente tomárselo?
—Tómeselo, Hashirama-san —insistió Ichigo al ver que el hombre se quedaba sentado en la barra, admirando la taza de café frente a él—; si deja pasar los quince segundos, perderá sus propiedades.
—Vale, vale, muchacho, te haré caso. Si tuviese una cámara, inmortalizaría esta taza.
—Solo es café —insistió, algo irritado, mientras veía otra de las comandas que tenía que atender.
—Nunca es solo café, pero gracias, Ichigo-san, por brindarle tu paciencia a este pobre anciano. —Dicho esto, Hashirama-san cogió el recipiente y se sentó en una de las mesas apartadas del restaurante con un viejo libro en mano.
Ichigo lo miró con curiosidad. Ese hombre era uno de los tantos clientes que ya lo conocían debido a su arte con la espuma y no es que a él le gustara la fama. De hecho, hacia todo lo posible por quitarse el valor de lo que hacía y darle gracias al grano del café o a otras cosas sin importancia. Odiaba resaltar. Porque, en algún momento, alguien diría su apellido, alguien lo reconocería y entonces ya no sería más "Ichigo-san", sino "El hijo del médico loco". Suficiente era con ser tratado como escoria en su facultad; lo último que necesitaba era ser tratado así en el café.
—¡Ichigo! ¡Buenas tardes!
Una mujer, aproximadamente diez años mayor que él, apareció por la puerta principal del café. Con su portafolio negro azotó la barra, haciendo que el hombre le mire exasperado. "Y llegó la loca…"
Él sintió como un fuerte coscorrón le llegó de lleno a la cabeza.
—¡Joder, mujer! ¡¿Y ahora que hice?! —gimió, mientras se tocaba la zona afectada.
El rostro de la mujer se volvió oscuro.
—Escuche tus pensamientos, pequeño bastardo; vuelve a llamarme loca y ese coscorrón ira a tus genitales.
Por acto reflejo, él se llevó las manos a su bajo vientre.
—Una mujer no debería decir esas cosas—murmuró avergonzado.
—Bien, esta mujer lo dice y no le interesa que otras personas lo oigan.
Ichigo suspiro, cogiendo el mango de la máquina espresso.
—¿Lo de siempre, Unagiya-san?
—Lo de siempre, Ichigo, pero esta vez agrégame un chocolate caliente, por favor.
—Mami, ¿voy a tener mi chocolate caliente?
La voz infantil hizo estragos en la mente del muchacho y miro como Unagiya-san cogía a un pequeño niño de no menos siete años y lo subía a su regazo. Cuando esa mujer entró por primera vez, hace aproximadamente tres días, fue como si un aura extremadamente fuerte ingresará al café; para él, fue solo otra comensal con la que empezó a hablar conforme esos días pasaron. Él nunca decía su apellido a los comensales y, gracias a la grandiosa idea de Urahara, todos en su porta nombre solo tenían escritos su primer nombre. Esa mujer lo conocía como Ichigo y no tenía reparos en llamarlo como si fuese su esclavo, cosa extraña ya que no la conocía en absoluto; sin embargo, supo casi a la media hora de haber conversado con ella que era una mujer fuerte, alguien en quien podía confiar.
Jamás se le cruzó por la mente que pudiese tener un hijo.
Ichigo vio cómo el infante se acunaba así mismo sobre el regazo de Unagiya-san, haciéndole sentir nostálgico al recordar los tiempos en el que él hacía lo mismo. Cuando su madre aún vivía.
—Ichigo, este es mi hijo, Kaoru. —La mujer de cabellos negros hizo que el pequeño muchacho mirase al barista—. Kaoru, este es Ichigo, el nuevo amigo de mami.
Ichigo, sin saber cómo reaccionar sólo hizo una mueca extraña con su boca, haciendo que una deformada sonrisa luciera en su rostro. Kaoru observó al hombre con el mandil, ridículo, pensó y luego vio su cabello teñido. El muchacho se sentía observado por ese mocoso y empezaba a ponerse nervioso; era como si sus ojos le taladraran, como si le dijese que se alejara de ellos.
—No me agradas.
Esas palabras ocasionaron que Ichigo suspirara de alivio. Bien, al menos el mocoso había dejado clara sus intenciones.
—Chocolate caliente y un americano saliendo.
Por un momento Ichigo dejó de prestarle atención a la mujer sentada en la barra con su hijo en brazos y decidió perderse en sus propios pensamientos. Esa tarde tenía que ir a su clase en la facultad, ya que Urahara se lo había exigido.
Se sintió nuevamente avergonzado al recordar cómo había reaccionado la semana anterior. Yoruichi sólo estaba preocupada por él, no había hecho nada malo; por el contrario, él se había puesto paranoico de un momento a otro, con todos su recuerdos fluyendo por su mente otra vez. Con los recuerdos de un padre que nunca estuvo a su lado. Él hubiese deseado nacer en una familia donde todo fuese normal; incluso aún si su padre nunca hubiese aparecido, él hubiese deseado esa familia con su madre. Sólo con ella. Pero a esas alturas de su vida, lo último que podía pensar era en volver a tener lo que nunca tuvo.
Por eso se había disculpado con vergüenza frente a la morena, diciéndole cuanto sentía haberle recriminado cosas que no venían al caso, cosas que solo servían para abrir viejas heridas, y también con Urahara porque él le había dado todo el apoyo, junto a Ryuuken, cuando no había tenido a nadie. Sólo ellos tres, y Uryuu, habían sido lo único en lo cual se había sostenido. Y se sentía agradecido por ello.
Urahara le pidió que sus notas de ese semestre fuesen mejores y que le daría menos horas en el café para que pudiese estudiar por las noches. A él no le hacía tanta gracia porque, siendo sinceros, le gustaba cerrar el lugar. Por la noche, las cosas se volvían interesantes.
Cuando le entrego el café y el chocolate a la mujer, una limusina conocida se estaciono frente al café. Él sabía perfectamente de quien era y no pudo evitar tensar todo su cuerpo.
—Controla tus instintos, Kurosaki-san.
La voz de Urahara le llegó desde la cocina. El hombre del sombrero salió, vistiendo su elegante sastre y un viejo bastón, caminó hasta el comienzo de las escaleras y se ubicó ahí, sin hacer un solo movimiento. De la limusina, Byakuya Kuchiki y su gorila pelirrojo bajaron y entraron en el café. Ichigo cruzó miradas con el magnate, como retándose a comenzar otra pelea; sin embargo, la voz de Urahara los saco de su estupefacción.
—Capitán Kuchiki, si me sigue… —el hombre mostró las escaleras hacia la segunda planta.
El magnate solo le dirigió una última aguda mirada al barista y continuó su camino hacia el despacho del segundo piso. Su gorila le siguió.
Ichigo pudo reconocer de inmediato que algo había cambiado. Algo no estaba bien en las expresiones de esos hombres; era como si algo malo, realmente malo, hubiese sucedido. La curiosidad le carcomió. ¿Habría pasado algo en Vietnam? ¿Habrían encontrado más pistas del paradero de su padre? No pudo preguntarle más que al viento, porque los tres hombres se perdieron escaleras arriba.
—Oye, tú…
Una voz infantil lo sacó de su ensimismamiento. Se giró para ver al pequeño Kaoru sentado solo en la banca en la que había estado sentada la mujer irritante.
—¿Y tu madre?
—No te interesa. —El niño hizo un puchero, intentando parecer un hombre enojado—. Escúchame, cabeza de zanahoria, no intentes conquistar a mi madre solo porque es hermosa, ella es millones de veces mejor que tú, teñido.
—¡¿Pero qué…?! —chilló Ichigo, intentando controlar su enfado. Un niño de ocho años lo había insultado… ¿y había insinuado que la mujer irritante y él tenían algo? ¡Primero muerto!
—Sé que ella es hermosa y es difícil poder controlar tu admiración hacia ella pero compréndelo, cabeza de zanahoria, ella es mil veces mejor que tú.
—Tú… maldito mocoso…
—Además, jamás podrás reemplazar a mi papá.
Eso hizo que toda la frustración y enojo que sentía creciera aún más. El niño siguió hablando.
—Mi papá fue un héroe de guerra, mamá siempre lo dice. Y tu… tú eres solo alguien que trabaja vendiendo café y usando un mandil, muy femenino debo decir, así que no intentes nada con ella porque mi mami me hace caso y si le digo que no te quiero, ella tampoco te querrá. ¿Entendido, cabeza de zanahoria?
Ichigo azoto con ambas manos la mesa y miró al muchacho, quien se había echado para atrás al ver la expresión y el aura demoniaca que portaba Ichigo en su rostro.
—Escúchame, tu, mocoso insolente…
—¡Kaoru-chan!
Ichigo vio como una mata de cabello naranja paso frente a él y cogió al niño por la cintura, abrazándolo. Orihime Inoue había llegado para salvar el asesinato de un pobre niño y, de paso, evitar que su amigo cometiese homicidio.
—¡Orihime-chan! —el niño la abrazo igualmente.
—Pero qué… ¿Cómo conoces a este mocoso, Inoue? —la voz de Ichigo aún seguía tintada por la indignación, pero su furia había descendido al ver a su amiga coger al niño con tanta naturalidad.
Ella le sonrió.
—Kaoru-chan viene todas las noches, Kurosaki-kun, con Unagiya-san.
—Oh, ya veo… —susurró. Él había estado en el turno mañana toda esa semana pasada; quizá la mujer irritante había estado viniendo con su hijo por las noches, y por eso no lo conocía.
Ichigo vio con sorpresa como su amiga de la infancia, esa que tanto había protegido, se portaba con tanta naturalidad con el niño, como si hubiera nacido para ser madre. "Ella será una excelente madre", pensó, y, por un momento, se planteó la idea de que ser padre no sería tan malo. Luego, los recuerdos de Kurosaki Isshin volvieron a carcomerle las entrañas. Apretó el porta filtro que traía en una mano, pensando que sería mucho mejor esconder sus sentimientos de nuevo. Él no notó cuando Unagiya-san volvió a la barra, tomó a ese moco en brazos y lo llevo a una mesa apartada. Sólo se dio cuenta cuando ella le dio otro coscorrón en la cabeza.
El hombre se sentía irritado.
—¡Joder! ¡¿Me usas como tu bolsa de boxeo, verdad?! —dijo, constriñendo su rostro en una mueca sumamente cómica. Tanto que Unagiya-san no pudo evitar reír.
—¡Es que te ves tan… no sé, tan tonto cuando pones esa cara! —La mujer siguió riendo e Ichigo no podía estar más enojado por eso.
Con eso, comenzó otra de las tantas peleas boca a boca dentro del café.
Orihime vio desde la puerta como Kurosaki y Unagiya-san peleaban. Sonrió dulcemente. Ella sabía que él estaba haciendo todo lo posible por cambiar, por ser más abierto con las personas. No es que fuese un degradado social pero se había enterado de los insultos dentro de su facultad y sabía que él no tomaba tan en cuenta los comentarios de la gente, pero cuando se referían a Masaki Kurosaki de esa manera, bueno, hasta a ella le haría sentir rabia y frustración. Su sonrisa se volvió triste al ver como la discusión terminaba y la máscara de Ichigo Kurosaki volvía a ser parte de su rostro. Sonrisas falsas, palabras vacías y sin sentimientos. Había veces en las que se preguntaba quién sería la persona correcta que le quitase esa máscara de encima; quien sería la persona que le hiciese sonreír como una vez le había visto sonreír. Un peso profundo se instaló en su pecho y tuvo que respirar profundamente. Orihime esperaba con ansias que esa persona fuese ella.
—Inoue, el pedido de la mesa 3 está listo. —La voz del hombre de cabellos naranjas le saco de su ensimismamiento.
Él, desde la barra, le dedico una tímida sonrisa. Ella sabía perfectamente que era falsa. Suspiro y sacudió la cabeza porque no era momento de pensar en cosas deprimentes o algo por el estilo. ¡Ella era Orihime Inoue! ¡Futura chef de uno de los restaurantes más importantes en Francia! O así se había autodenominado ella. No importase como fuese, el tema es que Orihime Inoue era una persona fuerte; enamorada de un hombre roto, sí, pero era fuerte, y no importaba cuanto le costase, ella haría que él saliese adelante. No le importaba si la felicidad de Ichigo no estaba a su lado, ella lo sería de todas maneras.
—¡Sí, ya voy! —exclamo y rápidamente cogió una bandeja.
—Ten cuidado, el café americano es para el hombre de gorra y el espresso para la mujer de capucha marrón —le explicó el muchacho.
—Sí, los conozco. Vienen normalmente por las noches.
Ella vio como el chico le entregó la bandeja. Un pequeño sonrojo se instaló en sus mejillas mientras la tomaba. Sus dedos se entrelazaron tímidamente. La mujer se sonrojó y tuvo que ocultar su vergüenza volteando el rostro. Sólo al mirar de reojo se dio cuenta que Ichigo estaba observándola con la ceja alzada.
—Eh, Inoue, ¿te encuentras bien? Estás totalmente colorada.
La mujer, sin esperar ese comentario, cogió la bandeja fuertemente con todos los colores subidos al rostro, haciendo que el pequeño momento se rompiera.
—¿Ah? ¡Pero qué dices, Kurosaki-kun! ¡Yo me encuentro perfectamente bien! —rio nerviosamente mientras levantaba la bandeja una y otra vez, como si estuviese haciendo pesas con ella.
Ichigo pudo ver como el líquido oscuro se iba derramando por los costados.
—¡Inoue se está derramando el café!
—¿Eh?
La taza más pequeña, la del espresso, salió volando hacia un costado, rompiéndose en trocitos al tocar el suelo. A la mujer se le fueron todos los colores. Qué idiota había sido. Ella dejó la bandeja, con el americano aun en ella, arrodillándose para recoger la taza rota. "Esto ira a mi cuenta a fin de mes", suspiró mentalmente. No debía de costar mucho pero aun así, su moral le obligaba a pagarla. Se sentía tan tonta por haberse avergonzado de esa manera y hacer algo tan estúpido como mover el azafate con el café aún caliente. Ella era inteligente, sabía que eso traería consecuencias, pero en ese momento, con sus dedos entrelazados en los de Ichigo, sus ideas volaron a un país más lejano que Francia, dejándola con la parte tonta que a veces se le ocurría salir. Metida en sus cavilaciones, no se dio cuenta de que Ichigo había salido de la barra para ayudarla.
—Kurosaki-kun, no te preocupes, yo lo recogeré. —le dijo con voz decidida, aun ocultando su rostro tras su largo cabello naranja.
Los comensales que veían la escena se sorprendían al ver a dos personas con el mismo color de cabello.
—No seas tonta, también fue mi culpa. Debí haber puesto más firme la taza espresso.
—Pero…
Ichigo la miro como nunca la había mirado.
"Porque…", pensó. Esa mirada…
Ella no dijo nada y, para cuando terminó de recoger los trocitos, Ichigo volvió a la barra mientras Tessai, quien había ido a traer el trapeador, se encargaba del café. Ella fue inmediatamente a tirar los trocitos a la basura, pensando en lo tonto que había sido hacer lo que hizo, respiro e intento controlar sus emociones. Ella tenía que cambiar también; debía volverse más fuerte. Cuando regresó, Kurosaki le dedico otra de sus vacías sonrisas y le dijo algo como "No te preocupes, era solo café". Orihime solo le pudo sonreír débilmente mientras cogía firmemente la bandeja, con otro americano hecho por Ichigo, y mientras les entregaba los pedidos a los clientes y se disculpaba por la demora, volvió a su mente la mirada que Ichigo le había dado.
Esa mirada de irritabilidad que sólo mostraba cuando estaba verdaderamente harto de una situación.
Orihime sabía que no era en contra de ella, era en contra de la situación, en contra de lo que había pasado. Ella solo había sido otro detonante más y, para no herirla con palabras, solo se dedicó a mirarla de esa manera. De esa manera autodefensiva y repelente con la que te decía "Sal de mi camino".
De nueva cuenta, otro peso, aún más grande que el anterior, se instaló en su pecho, sofocándola aún más que la anterior. Haciendo que sus emociones bulleran en su interior. Emociones tristes y negativas.
¿Así se sentía amar a una persona?
3.-
—Cómo puedes ver, capitán, el negocio va viento en popa. Tenemos la casa llena todas las noches y en los días, los desayunos son más provechosos para los neoyorquinos. —El humo de cigarro se extendió de sus labios hasta tocar la fría ventana de su despacho—. No te equivocaste de inversión, Kuchiki.
—Nunca me equivoco, Urahara.
Una risa sarcástica salió de una mujer de rasgos felinos.
—La humildad en persona.
El chico de cabello pelirrojo solo torció los labios ante tal comentario.
El cuarteto de personas más raro y estrafalario que se haya podido ver en Nueva York estaba sentado en un despacho apenas iluminado, discutiendo de algo tan trivial como inversiones hasta que alguien tocara el tema por el que habían ido a discutir. Byakuya Kuchiki le había sorprendido al querer una reunión con él tan urgente y, cuando vio el rostro constreñido por la preocupación del hombre de negocios, supo que algo realmente malo había pasado. Urahara Kisuke miró de reojo a la mujer morena recostada sin recato sobre su mueble favorito, mostrando sus torneadas piernas sobre el posa brazos del sillón, haciéndola ver como un gato estirándose en su mullida cama. Esa imagen no logro irritar a nadie más que al pelirrojo, que andaba buscando cualquier otra cosa para mirar excepto a su conviviente. Una pizca de celos invadió su corazón, haciéndole torcer los labios. Odiaba ver como otros hombres miraban lo que era suyo desde 1943.
Retiró esas emociones de lado para volver a fumar ese puro negro que había traído Kuchiki. Fumar le calmaba los nervios; destrozaba sus pulmones, sí, pero bendito fuese el que había inventado la nicotina.
—Pero de eso no has venido a hablar, capitán —susurró el hombre rubio.
Al ver que Urahara estaba dispuesto a escucharle, volteó la mirada hacia Renji. Él de inmediato comprendió lo que su capitán deseaba y, con un gesto de alivio, se levantó de su puesto.
—Vigilare la puerta.
Le dedicó una última mirada a la mujer felina que, en su afán para incomodar al hombre, se volvió a estirar, mostrando su ropa interior. El hombre pelirrojo notó como una aguda mirada se dirigió a su cabeza, volteó con miedo y vio un aura negra saliendo del cuerpo del hombre rubio, el cual se veía aún más amenazante con un cigarro en sus labios torcidos en una mueca malvada.
El pelirrojo solo pudo tragar saliva.
—Renji, te recomiendo que te retires, a menos que quieras morir en un café de mala muerte.
Las palabras de su capitán calaron hondo.
—¡Sí! —gritó, con el rostro igual de rojo como su cabello. La puerta se cerró con un estruendo que hizo tambalear el destartalado despacho.
Luego, Yoruichi rió a carcajada limpia mientras se sentaba de una forma decente.
—¡En serio, me gusta esto de poner nerviosos a los hombres! ¡Es tan divertido!
Urahara le dirigió una sonrisa divertida.
—Definitivamente, eso te lo pego Kuukaku.
—Sí, bueno, ¿qué íbamos a hacer dos mujeres infiltradas en un campo de concentración? Había que divertirse con los nazis.
Byakuya alzó una ceja al ver el rumbo que estaba tomando esa conversación.
—¿Sabes? No es placer mío el escuchar las historias de una anciana, gracias. —gruñó el magnate.
—¿A quién le has dicho anciana, tu, niño Byakuya?
—¿Cómo me has llamado?
La mirada de ambos destellaba furia y diversión. Furia por parte de Byakuya y diversión por parte de Yoruichi. Siempre le había divertido sacar de sus casillas a ese hombre poderoso; era como arrebatarle un dulce a un niño.
—Ya basta, niños de primaria, hemos venido a discutir algo de importancia, ¿no, capitán Kuchiki? —El magnate sólo se cruzó de brazos y cerró los ojos. Urahara pensó que de un momento a otro se pondría a hacer pucheros. Este nunca llegó—. Bien, supongo que son noticias sobre Isshin Kurosaki.
El magnate se mantuvo callado por unos minutos para luego abrir los ojos y sacar una carta de su saco. Le entregó el sobre al hombre rubio, quien la cogió con desconfianza y se propuso leerla.
—Llegó este informe hace aproximadamente seis horas por fax desde la sede principal de Vietnam. —Comentó Byakuya— La legión de reconocimiento ha hecho unos descubrimientos que me han tenido al teléfono toda la maldita mañana. Isshin Kurosaki no es más que un dolor en el culo.
El rostro de Urahara se volvió oscuro y sombrío conforme leía la misiva. Todo lo que su cabeza maquinaba eran estrategias, planes de ataques y números de calibre distintos, cada uno con una descripción diferente. Unos te podían volar los sesos de frente, otros te hacían sufrir una larga agonía. Sus instintos animales surgieron al leer la última frase.
—Hijos de puta… —gruñó, mientras arrugaba la carta.
Yoruichi se preocupó sobremanera al ver la reacción de Urahara. Nunca una carta le había afectado de esa manera.
—Bien, basta de tonterías. Ustedes dos —señaló a ambos hombres—, sé que saben perfectamente que es lo que está pasando en Vietnam. No soy idiota, leo el periódico, tengo contactos… Sé que algo está yendo mal allá y que el gobierno americano está intentando con todas sus fuerzas que los medios no se enteren. El maldito New York Times esta en tu contra Kuchiki, ¿lo sabias? —Gruñó la mujer—. Están difamando tu trabajo, más allá de que seas un hijo de puta que trafique armas en el mercado negro, están difamando a tu familia. A Rukia.
—Rukia ya es grande. Puede defenderse sola —espetó con dureza y resentimiento.
Yoruichi notó inmediatamente el cambio en su actitud.
—Bien, tu hermana puede que no necesite tus cuidados pero tu maldito apellido, Byakuya… Yo conocí a tu padre, a tu abuelo, murieron defendiendo el honor de tu nombre y ahora, con los escándalos…
—Me importan un bledo los escándalos, Shihouin —escupió mientras afilaba su mirada hacia ella—, lo que me importa es esa carta —dijo, señalando el papel hecha en puño que tenía Urahara.
El hombre miró a la mujer y dudó sobre si decirle o no. Esa carta confirmaba todas las sospechas, los miedos, las pesadillas que se había obligado a relegar a sus noches de insomnio. Le haría volver. Yoruichi le miró con los ojos encendidos de furia, dándole a entender que si la botaba del despacho ella se iría para siempre de su lado. El hombre sabía que la mujer era fuerte, que el pasado no importaba entre ellos dos; pero ellos, los malditos rusos siempre regresaban para interrumpir su felicidad. Por un momento se dijo a si mismo que podía decirle toda la verdad, que su talante de mujer dura le iba a hacer soportar lo que decía la misiva… y luego miro sus manos. Temblaban. Temblaban de miedo, él lo sabía.
Urahara cerró los ojos y suspiro. No podía hacerlo.
—Todo depende de Kuchiki —espetó Urahara, quitándose la responsabilidad—, no es mí legión de reconocimiento, Yoruichi.
—Maldito cobarde… —gruñó la mujer para volver a mirar a Byakuya—, ¿y bien?
Kuchiki Byakuya observó de reojo a Urahara y luego a Yoruichi. Bien, él era un bastardo en muchos aspectos, lo sabía, pero no era tan malvado como para soltarle toda la maldita verdad sabiendo lo que eso significaba para Shihouin. A pesar de todo, terminaba protegiéndola.
—Han encontrado un camino que lleva hasta la Isla de las Flores, me imagino que conoces el lugar. —Yoruichi abrió los ojos con asombro, tomando asiento en el mueble de nuevo—. Lo siguieron en una expedición nocturna para comprobar que los vietnamitas no hayan accedido a esa información; tenemos presente que el combate se lucha en el norte, no en los extremos del país.
La mujer morena sólo asentía.
Kuchiki continuó.
—El Rukongai estaba desolado, por completo. Esa ubicación había sido estratégica desde hace más de diez años. Todos los que nos involucramos en el proyecto "Menos Grande" a finales de la Segunda Guerra sabe de su ubicación perfectamente. Los soldados estaban al tanto de los riesgos a tomar al entrar a ese lugar… Shihouin, no me mires como si los hubiese enviado al matadero.
—Prácticamente lo hiciste. Pero sé que era necesario. Isshin es más importante.
—Kurosaki Isshin solo es la punta del iceberg. Debajo de él, está el verdadero problema.
—¿A qué te refieres?
Byakuya suspiró, cansado.
—No lo saben con exactitud. Los soldados que envié a ese lugar me escribieron lo que vieron, así que si han omitido algo o mentido, lo desconozco.
—¿Por qué dices eso?
—Porque mis hombres hablaron con Kurosaki Isshin, o bueno, con alguien que decía ser él.
—Según esto —esta vez, la voz de Urahara se hizo presente en la conversación, señalando la carta—, la legión de reconocimiento encontró a Kurosaki Isshin en el Rukongai destrozado, analizando unas muestras de suelo y este les habló, diciéndoles que ese era territorio privado altamente radioactivo.
—Y, como puedes esperar, esos idiotas se lo creyeron —gruñó Byakuya, apretando los puños—. Huyeron a la mención de la palabra "radioactivo" y corrieron a las faldas del general.
—Pero tus hombres no han reconocido totalmente si es él o no, Kuchiki. —Urahara le entrego la carta que este, con premura volvió a ocultar en su saco—. Sólo lo asumieron porque vieron su cabello negro… ¡Joder! ¡Un montón de hombres tienen cabello negro! Podría haber sido cualquier imbécil que se decía ser Kurosaki Isshin.
—Es por eso que no lo hemos hecho oficial, y es por eso que he tenido que pasar todo el jodido día al teléfono, convenciendo a las otras divisiones que mis hombres son unos ciegos incompetentes que no saben distinguir un gato de un leopardo.
—¿Y dio resultado? —preguntó, alzando una ceja.
Kuchiki apretó los puños.
—La división diez no me creyó. Hitsugaya y su teniente deben de estar de camino a Vietnam con dos agentes de la segunda división.
—Así que Soi Fon tampoco lo cree…
—No, de hecho, me acabo de dar cuenta que los capitanes somos como una sarta de niños que juegan en una casa de póker…
Urahara y Yoruichi se miraron mutuamente, pensando que por fin, alguien se daba cuenta de la verdad.
—¿Por qué lo dices?
—Yamamoto Genriusai ha ordenado la captura y ejecución de Isshin Kurosaki… internacionalmente.
Un tenso silencio inundó el ambiente. La afonía hacía eco en los oídos del trio presente en ese despacho. Urahara no había pensado que la situación fuese así de grave, realmente él no había pensado en lo absoluto. Yoruichi no estaba en mejor estado, ya que el que declararan oficial la ejecución de ese hombre solo traía problemas, sobre todo para Ichigo. Si ese hombre pisaba suelo americano…
Kuchiki Byakuya observó a Yoruichi ponerse de pie y salir estrepitosamente del despacho, encontrándose con su guardaespaldas al salir. Él sabía que esa iba a ser la reacción que ella iba a tener al enterarse de eso; pronto, los periódicos amarillistas harían sus suposiciones debido a los corresponsales de guerra que habían en Vietnam, y muy pronto, los periódicos serios como el New York Times confirmarían la noticia. Una pesada sensación se instaló en la boca de su estómago al pensar en Rukia siendo uno de esos parásitos amarillistas que sólo servían para arruinar sus planes. Ella no podía ser así, debía de impedirlo a toda costa, y muchos panoramas se le habían venido a la mente para ello. Todos ellos dañaban a la pequeña muchacha y le hacían sentir un sabor amargo, como a bilis, en su paladar. Quería cumplir la promesa que le había hecho a Hisana… pero también tenía que cumplir con sus ideales como líder de la familia Kuchiki; tenía que proteger su apellido a toda costa.
No quería pensar en las consecuencias de la decisión que había tomado.
—Gracias, Kuchiki. —La voz de Urahara Kisuke le distrajo de sus pensamientos, haciéndolo volver a la realidad— Por omitir la parte más… desagradable de tu carta.
—Necesito un favor. —Habló abruptamente.
Urahara sonrió de lado.
—¿Necesitas "desaparecer" a alguien?
Byakuya negó con la cabeza.
—Si has leído la carta con detenimiento, sabrás a qué favor me refiero.
El rostro de Urahara se volvió sombrío.
—Yo no sé mucho sobre eso, Kuchiki. Quien está familiarizada con eso es Yoruichi.
—Tengo claro que no quieres que le diga a tu esposa la peor parte, así que déjame plantearlo de esta manera: necesito ese favor.
Urahara sonrió socarronamente.
—Vaya, vaya, el gran capitán Kuchiki necesita algo de su sicario favorito…
—¿Puedes hacerlo o tengo que contratar a Shihouin para esto?
El rostro del hombre rubio se relajó considerablemente mientras apagaba la coletilla de su puro en un cenicero de plata sobre su escritorio.
—Tardare un par de meses en conseguir toda la información necesaria para lo que quieres. Pero lo que no entiendo es ¿por qué ahora y no hace diez años? Kuchiki sabes que la información se evapora en el aire más rápido que la misma velocidad de la luz. —Urahara se levantó, mirando a Byakuya desde su altura—. Esto no traerá a Hisana de la tumba.
El hombre se levantó bruscamente.
—Pero me ayudará a encontrar a su asesino.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué no hace diez años? —repitió.
Byakuya volvió a apretar los puños, indeciso si decirle o no lo que había descubierto. Urahara notó esa indecisión.
—Creo que hemos compartido más secretos que un par de colegialas de instituto, Kuchiki. Necesito saber el porqué.
—Me han llegado los últimos análisis que se hizo Rukia hace un mes. —El rubio se sorprendió al ver una emoción particular en el rostro de Byakuya: preocupación—. Es exactamente el mismo primer diagnóstico que salió en Hisana.
—¿Infertilidad?
Byakuya negó con la cabeza.
—Algo peor.
—¿Qué pudo ser peor que eso en Hisana?
El hombre le dirigió una mirada contrita, una de las primeras que había visto Urahara Kisuke en su vida.
—El tumor se está ramificando.
4.-
Una mujer bajita observaba como su amiga, de cabellos rubios y uniforme militar, estaba buscando en una pila de libros viejos, usados, intentando encontrar uno que tuviese el nombre de "Tolkien" impreso en su portada. Rukia Kuchiki había pasado encerrada en esa librería aproximadamente cuarenta y cinco minutos y, la verdad, no le molestaba; de hecho, estaba esperando a que Kiyone se demorase aún más porque, al mirar por la ventana de la librería, pudo vislumbrar la limusina tan bien conocida de la familia Kuchiki. Ella esperaba que se demorase aún más para poder almorzar sin tener que molestar a su hermano.
La morena recorrió los estantes una vez más, buscando algo que le interesase. Se jaló un poco las orejas de conejo del sombrero, acomodándolo de manera correcta. La mayoría de libros eran obras viejas, de esas de mil ochocientos; otras sobre ciencia y tecnología moderna, y unas pocas sobre ciencia ficción. Ella nunca entendería bien las obras de Lewis, por ejemplo; aún estaba en duda de si Narnia era el verdadero paraíso o no. Sacudió su cabeza al recordar los viejos cuentos que Hisana solía leerle cuando aún no conocía a Byakuya. Cuando sus vidas eran algo más complicadas que el lujo y la comodidad de las mansiones.
El semblante de la morena se ensombreció al rememorar vagamente sus años sin la acogedora casa de Nii-sama. Borrones, flores, cielos nocturnos y viajes de estado a estado, buscando un lugar a donde pertenecer realmente. Hisana nunca le dijo de qué huían, porque era claro que lo hacían; incluso una niña de tres años se daba cuenta cuando algo estaba yendo mal. Uno de sus recuerdos le hizo doler el pecho, sintiéndolo como si fuesen agujas clavadas en su corazón: la primera vez que vio llorar de terror a su hermana. Fue un día de invierno como ese en el que ella y Hisana estaban paseando por los alrededores de Orlando, intentando encontrar otro lugar de acogida en el que pudiesen dormir esa noche. Vivir a la intemperie era uno de sus peores recuerdos. Sin embargo, hubo algo, o alguien, aún no estaba segura, que hizo que la tez de por si pálida de su hermana, se tornara fantasmagórica, casi verdosa. Recordaba que las lágrimas le corrieron por sus mejillas y que comenzó a susurrar una sarta de "no's" injustificados, como si lo que viese fuese terrorífico. Rukia no llego a saber qué era lo que aterraba tanto a su hermana, solo vio dos sombras que susurraban palabras y luego, nada, vacío. Negrura. Ella supuso que se había quedado dormida porque, cuando despertó, se encontraban debajo de cajas de cartón, a un lado de la interestatal.
Los recuerdos le dejaron un sabor amargo en el paladar e hicieron que girara su cuerpo por acto reflejo, botando unos libros del estante.
Kiyone acerco su rostro por un librero.
—¿Estas bien, Rukia?
Ella le miró, abochornada.
—Lo siento, se me han caído, ya los vuelvo a poner su sitio.
—Bien —sonrió—, creo que ya encontré el libro que buscaba.
—Genial, así podremos ir a almorzar de una vez ¡Ya son más de las tres, Kiyone!
—¡Lo siento, lo siento, lo siento! —se disculpó la rubia, desapareciendo por el librero que había aparecido.
Rukia recogió todos los libros poniéndolos en su lugar, sin embargo hubo uno que le llamo totalmente la atención. Uno de pasta entera con marco dorado y letras cursivas que decía por todo lo alto: Orgullo y Prejuicio. Lo que le llamó la atención en realidad fue la cantidad de anotaciones que habían dentro del libro. No debería de sorprenderse debido a que, por ser una tienda de libros usados, las personas tendían a escribir sobre las páginas; sin embargo, lo sentía diferente. Busco la firma de la persona a la que perteneció, mas no lo encontró. Solo encontró las iniciales del propietario: M.K.
—M. K. —susurró Rukia y comenzó a leer el primer capítulo de la historia.
Su mente se desconectó totalmente del mundo en ese momento, simplemente se dedicó a sentarse en el suelo en posición de loto y empezar a leer los primeros capítulos. Desde su inicio, hasta la parte en la que Elizabeth Bennet conoce al señor Darcy. Por algún motivo, Darcy le hacía recordar a su hermano. Orgulloso, frío pero, en el fondo, con buenos sentimientos.
—¡Rukia!
El grito directamente en su oído le sacó de su lectura y le hizo caerse de costado, casi arrojando el tomo por acto reflejo.
—¡Maldición, Kiyone! ¡Creo que me has dejado sorda! —gimió, mientras recuperaba el libro en sus manos.
—Te he estado llamando desde hace quince minutos para decirte que ya compre los libros que había buscado —le enseñó una bolsa de papel gruesa.
A Rukia se le antojo que, al parecer, todo su sueldo se había ido en libros. La mujer rubia miro con curiosidad lo que tenía Rukia en la mano, y se inclinó para poder leer la pasta del ejemplar.
—Orgullo y prejuicio —susurró—. No sabía que te gustaban los libros románticos, Rukia. —Sonrió, mientras soltaba una risita divertida.
La morena se sonrojo. ¡Diablos! ¡Tenía que haber sabido que era uno romántico! Todo estaba yendo demasiado bien como para ser simplemente una historia más del montón de libros.
—¡No me gustan! —contraatacó—. Es solo que… no entiendo porque este tiene más anotaciones que el resto de libros.
—¿En serio? —Kiyone arqueó una ceja con curiosidad en su voz—. ¿Qué clase de cosas pone?
—A ver… —Rukia corrió varias páginas hasta donde se había quedado—. ¡Aquí! Pone: "Solo tú sabes que el círculo del destino seguirá girando" y luego: "Me hubiese gustado que me invitases a bailar". Cosas por el estilo.
La rubia del uniforme militar le sonrió tiernamente.
—La dueña ha debido de tener a alguien con quien compartirlo.
—Se llama M. K.
—¡Es como una historia de amor, ¿no crees?! —Estrellitas brillaban en los ojos de la rubia, haciendo que Rukia sintiese vergüenza ajena por lo que estaba gritando—. ¡Imagínate que este libro le halla pertenecido a una mujer despechada el cual su amor le dejo por otra más bella, y con más pecho! —Rukia inconscientemente se miró su pecho. Sí, seguía siendo invisible al género masculino—. ¡Y entonces ella decidió escribirle sus versos de amor entre líneas y darle el libro para que supiese de su amor! ¡Pero él, tirano y lleno de orgullo, lo vendió a esta tienda! ¡Y ahora tú, Rukia Kuchiki, lo encuentras! ¡¿Qué tal si el hijo del tirano lo reclama alguna vez?! ¡¿Qué tal si el hijo del tirano se enamora de ti?! ¡Seria el final perfecto para mi novela! ¡Tú, mujer indomable, y él, hijo de un tirano…!
La risa incontrolable de su amiga le hizo parar su dramática historia. Vio como la mujer se cogía el estómago y su cara se sonrosaba por el esfuerzo de reír a esa magnitud. Kiyone la miró con dulzura y pensó que sólo la persona adecuada podría ganarse el corazón de amiga. Sólo la persona que verdaderamente fuese digna. Porque sí, ella había leído orgullo y prejuicio y sabía que Rukia se parecía mucho a la protagonista, exceptuando algunas cosas. "Me pregunto, ¿cuándo llegará el Darcy adecuado?" pensó la rubia, sonriendo y poniéndole la mano sobre su cabeza, para acariciarla. A veces se le daba por hacer eso y, cuando Sentaro estaba cerca, le seguía la corriente.
—Creo que deberías dejar de leer tanto, Kiyone… —espetó la morena, algo incomoda por el roce de su amiga.
—Que va, sólo intentaba hacer tiempo, ¿sabes?
La morena le miro interrogante.
—¿Por qué?
—Porque la limusina de tu hermano acaba de arrancar, hacia Brooklyn imagino. Hoy tenían una reunión los capitanes que no iban a ser mandados de misión.
El semblante de la morena se endureció en menos de un minuto.
—¿Qué ha sucedido?
La teniente se alzó de hombros.
—Ni nosotros, las manos derechas de los capitanes, lo sabemos con exactitud. Lo único que sé a ciencia cierta es que el capitán del décimo y el segundo escuadrón han sido enviados a misión.
—A Vietnam.
—Es lo más probable. La situación no ha mejorado en estas semanas, como debes saberlo por tu hermano. —Empezó a ir hacia la caja de la librería porque era obvio que Rukia deseaba comprar el libro y ella no iba a aceptar un 'no' por respuesta.
La morena bajó la mirada mientras le seguía.
—A estas alturas, deberías saber que mi hermano no comparte conmigo los aspectos sucedidos en Vietnam. Renji es el único que me informa… a medias.
Kiyone le quitó el libro y lo puso en la caja registradora.
—¿Qué haces?
—Comprartelo.
—¡No! ¡Puedo pagarlo yo misma…! —Ella estuvo a punto de sacar su monedero, cuando las suaves manos de la teniente se lo impidieron. Rukia vio los ojos encandilados de la rubia. Ella sí que era verdaderamente hermosa.
—Es un regalo de cumpleaños adelantado.
—Mi cumpleaños fue en enero y ya me diste un regalo, teniente Kotetsu. Yo puedo…
—Quiero hacerlo. Porque he visto algo en tus ojos…
—Estás alucinando. —El sonrojo a estas alturas era demasiado notorio.
Kiyone rió, mientras le daba el libro al hombre detrás del escaparate.
—No lo estoy, sabes que no. He visto ese brillo Kuchiki de: "Quiero averiguar quién es M.K. porque se parece mucho a…" —la voz de la rubia se cortó al ver el rostro de su amiga.
El sonrojo se había ido, reemplazado por un aura de tristeza.
—Por favor, no digas el nombre de mi hermana —dijo la morena—. Es suficiente con tener que recriminarme cada día de mi vida por su muerte para que otras personas lo hagan.
—Rukia… —susurró— Yo… lo siento…
—¿Señoritas?
Ambas voltearon y vieron al dependiente que las miraba con tranquilidad, casi con empatía. El dueño había escuchado la conversación, como era de esperarse; sin embargo, él había escuchado miles de historias a lo largo de su vida en esa librería. Él, por supuesto, sabía quién era M. K. y, de hecho, había reconocido a la señorita Kuchiki Rukia en el momento en el que entro y le pareció de lo más hilarante que justo ella hubiese cogido su libro. El libro de M. K. Este humilde dependiente era nato de las calles neoyorquinas, conocía a su gente, conocía los chismes locales, conocía más de lo que muchos dependientes de librerías podrían saber. Y nunca dejaba de sorprenderse de la divertida forma en la que el destino ponía sus garras en las personas. Él había visto a gente enamorarse en su librería, reencuentros, peleas de amores, peleas filosóficas, una amistad recién hecha, incluso el rompimiento de parejas y amistades. Por su librería habían pasado las historias más hermosas, dramáticas y reales que un libro pudiese contar. Se dijo que necesitaría dos vidas para hacerlo. Y, sin embargo, jamás había conocido una historia como la de la dueña de ese libro, neoyorquina extranjera que llegó buscando un hogar, un lugar a donde pertenecer.
Él vio como las dos jovencitas, ignorantes de los momentos que habían recorrido ese lugar, le miraban con sonrojos en sus rostros, avergonzándose de haberse olvidado de pagar. Cuando lo hubieron hecho, el hombre le dio la vida de M. K. a la pequeña mujer de ojos violetas que lo miraba decididamente. Su mirada era transparente, cálida y verdadera. Al igual que la de ella.
—Cuide mucho este libro, señorita… —decidió hablar. Rukia se quedó atónita ante lo dicho por este hombre—. Yo conocí al dueño y estoy seguro que le hubiese encantado que una Kuchiki lo tuviese.
Las alarmas de la morena se dispararon y Kiyone giró la cabeza varias veces, tocando con su mano derecha el arma escondida en su enterizo.
—¿Cómo sabe…?
El dependiente sonrió amablemente.
—Eres reconocible, pequeña, deberías de tener más cuidado. No te preocupes, tu historia queda para la colección de vida que guardo en mi memoria.
—¿Cómo podemos confiar en usted?
El dependiente escuchó un chasquido y dirigió su mirada a la rubia que ahora sostenía un arma entre sus dedos, preparándola para atacar.
—Kiyone, baja el arma, ahora. —Espetó con dureza la morena.
—Debería hacerle caso a la pequeña, mujer; así solo atrae las miradas del resto de personas que hay ocultas en este lugar.
La teniente, al ver su grave error, masculló incoherencias para sí misma en lo que otro chasquido sonaba en el aire y guardaba el revolver entre sus ropas, camuflándola perfectamente. Rukia nunca pensó que Kotetsu Kiyone supiese manejar algo como eso, luego se dio mentalmente contra el libro que sostenía… ¡Claro que sabía cómo manejar un arma! ¡Era una teniente de las Trece Divisiones de Estados Unidos! Obviamente sabía cómo manejar más de un tipo de revolver. Fue en ese momento en el que pensó que, quizá, debería comenzar a aprender a disparar algo, lo que fuese. No podía ir a Vietnam simplemente sabiendo artes marciales.
—Señorita Kuchiki —Rukia salió de sus cavilaciones al escucharle hablar, y observó al hombre que le miraba con curiosidad—, cuide ese libro. Quizá, en un futuro, le sirva más de lo que pueda imaginar.
Con esas palabras, el dependiente movió la cabeza en un asentimiento y se dio la vuelta, perdiéndose entre los montones de libros.
—Vaya, que viejo más extraño. Nunca en mi vida lo había escuchado hablar y justo ahora se digna hacerlo… —espetó la rubia, suspirando audiblemente, viendo como su amiga se quedaba mirando el espacio vacío que había dejado el dependiente—. ¿Vamos al café?
La morena, al escuchar a su amiga, giro su cabeza varias veces, despejando su mente.
—Sí, vamos.
Con eso, ambas salieron de la librería.
5.-
El segundo encuentro
Porque lo que comienza mal, en algunas excepciones de la vida, termina bien.
Ichigo Kurosaki se jactaba de tener una excelente memoria, para rostros, nombres, entre otras cosas. Es por ello que le iba moderadamente bien en la facultad de medicina, y le iría mejor sino fuese por los benditos rumores sobre su padre. En fin, Ichigo Kurosaki tenía una buena memoria y, más adelante, cuando le preguntasen como verdaderamente conoció a la madre de su hijo, él diría que ese día una canción de Elvis Presley sonaba repetidamente en el tocadiscos del café y que, irónicamente, era "I can't help fallin' in love with you", una de esas románticas que sonaban una a las quinientas dentro del establecimiento. Nunca diría que fue el destino, simplemente se dedicaría a decir que lo primero que le llamo la atención fue ver entrar a un enano al café.
Ese era el día, o la tarde, para ser más específicos.
Esa misma canción del rey Presley sonaba en el tocadisco, haciendo que las parejas que recorrían Central Park pasasen a tomar un cappuccino con forma de corazón, adelantándose a los preparativos para el día de San Valentín. Ichigo no odiaba ni amaba ese día, simplemente le era indiferente porque, bueno, no es que hubiese tenido tantas novias como para pasar juntos ese día. No es como si alguna vez hubiese tenido una cita. Y ya se estaba imaginando cómo de concurrido iba a estar ese día el maldito café. Sólo de pensarlo le daban ganas de pedir asueto pero no, ese no era Ichigo Kurosaki, él afrontaría lo que fuese; incluso tener que soportar la melosidad de esa festividad. En fin, la tarde estaba ya calmada, el incidente de la taza rota no había pasado a mayores y, faltando media hora para terminar su turno, se dio con la sorpresa que no tendría que atender al magnate Kuchiki porque tanto él, como Yoruichi y Urahara, bajaron a la sala de estar en el segundo piso para retirarse a Brooklyn, según la mujer gatuna.
De eso ya pasaban unos quince minutos.
—Kurosaki-san.
La voz de Tessai le saco de su ensimismamiento. Alto, moreno, con lentes cuadradas y una trenza rasta armada con lo poco que le quedaba de cabello. La primera vez que lo había visto, pensó que era un luchador profesional, por los músculos y la expresión de "te mataré mientras duermes" que cargaba a todo momento. Sin embargo, cuando habló con él, pudo ver al verdadero hombre detrás de toda esa testosterona y, periódicamente, se volvió alguien más dentro de su pequeño círculo de personas que conocía. Él no era de tener tantos amigos, tenía a Orihime, a Uryuu, a Yoruichi y a Urahara, no necesitaba más por ese momento. Pero un conocido de Urahara siempre era bienvenido y, cuando conoció a los niños adoptivos de Yoruichi, supo que tenía una familia. Rara y bizarra, pero una familia al fin y al cabo.
—¿Qué sucede?
—Si gustas, puedes retirarte ya. Tus clases comienzan a las cinco y asumo que querrás darte un baño antes de irte. Yo puedo comenzar mi turno en la barra ahora.
Ichigo sonrió de lado al ver el afable rostro del hombre.
—Gracias, pero quiero completarlo.
Tessai arqueó una ceja.
—¿Estás seguro?
Ichigo le miró decidido.
—Se por qué haces esto y no, no es necesario, puedo arreglármelas solas, Tessai. Dile a Urahara que no jalaré ningún curso este semestre. Me lo he propuesto y lo voy a hacer.
El hombre fornido suspiró y sonrió amablemente hacia el pelinaranja.
—Idiota… —le respondió, regresando a la cocina para ayudar a los pobres niños que calentaban los postres, intentando ayudar a Orihime.
Ichigo se preguntaba por qué ni Jinta ni Ururu habían denunciado explotación infantil en contra de Urahara. De pronto, Orihime se acercó a la barra trayéndole dos comandas de dos clientes que habían ingresado por separado y él se propuso atenderlos.
Orihime veía como el chico Kurosaki miraba las especificaciones del café y comenzaba a prepararlo. Eran cappuccinos; por lo tanto, las imágenes que él hacia sobre la espuma serían la sensación para ambos comensales. Ella se recargó en la barra, esperando a que el pedido estuviese listo y comenzó a pensar en lo tonto que había sido alterarse sólo por un roce de dedos. Era absurdo. Debió de haber tenido más cuidado, pero no había podido evitarlo. Ese amor, ilusión, lo que sea que fuese que sentía por Ichigo la hacía ser tonta, idiota en algunas ocasiones. Y ella se conocía, sabía perfectamente como era y eso que había hecho, se recriminaba, había sido estúpido, pero que iba a hacer. Lo hecho, hecho estaba y Kurosaki no había vuelto a hablar del tema, tratándola de la manera más cordial con el pasar de las horas.
Cuando escuchó la campanilla, supo que era tiempo de entrar en acción.
Ese día, ella dobleteaba, es decir, el turno era hasta la noche y todo porque quería tener el día libre la mañana siguiente para poder preparar unos postres que tenía en mente. Ella era la pastelera y chef del café; Urahara le había dado esa oportunidad, por lo que le había comentado que tenía unas preparaciones bajas en grasas que podrían ser de ayuda para los clientes que sólo pedían botellas con agua o espressos. Necesitaba aplicarse porque esos postres eran su examen final de ese semestre y, de hecho, todos los postres que hacía para el Café de París eran recetas creadas por ella. Se jactaba de decir que la mayoría de personas pedía ver al pastelero y, cuando se enteraban que era la misma mesera, bueno, ya había un par de números telefónicos para empresas de catering que iba a considerar más adelante. Con eso en mente, se acercó a la mesa 8, al costado de la ventana y, sonriendo, repitió el monólogo que le decía a todos los clientes. Pero fue interrumpido por un grito de asombro.
—¡¿Orihime?!
Ella, que había estado metida en sus pensamientos, bajó la mirada para ver a una mujer rubia con un enterizo militar. Ella conocía a esa mujer.
—¡Kiyone!
—¡Por dios, que cambio te has dado! —La rubia le abrazó con fuerza, mientras la mecía de la emoción y ella, siendo como era, le siguió la corriente, feliz.
—¡Gracias, pero…! ¡Wow! ¡Llevas el uniforme de la milicia americana! ¿Qué eres? ¿Corresponsal de guerra?
La mujer, algo incomoda por la mención de su trabajo, sólo pudo reír bajito.
—La verdad es que es algo más fácil que eso, y no tan interesante. —La rubia se rascaba la mejilla en señal de nerviosismo—. Sólo puedo decir que trabajo para el gobierno ahora.
Orihime, quien nunca había conocido a alguien que trabajara para el gobierno, se sorprendió.
—¡Wow! ¡Qué genial! De seguro tienes misiones importantes y luchas contra robots asesinos que viven debajo de la tierra. —Sus ojos brillaron de emoción—. ¡Sé que es cierto! ¡Las conspiraciones de los aliens con los humanos son reales! Ha habido videos por la televisión.
Kiyone se rió, recordando cómo era su amiga en los tiempos de instituto. Siempre tan imaginativa, siempre tan dulce e inocente.
—Realmente dudo que esos videos sean reales, Orihime. —Kiyone se dio cuenta que había un par de ojos que las miraban con curiosidad y se giró para contemplar a Rukia, mirarlas con asombro.
Rukia Kuchiki las observaba como si a ambas les hubiesen crecido dos cabezas adicionales. La verdad, había estado sorprendida por la familiaridad entre ellas dos, ya que pensaba que Kiyone no tenía amistades más que dentro del cuartel de los Trece Escuadrones y, en cierta medida, le daba envidia. Le daba envidia que su casi mejor amiga tuviese otras personas con quien hablar y ella, bueno, ella solo tenía a Renji y a sus fotos. Mientras se saludaban y conversaban, pensó en lo lindo que hubiese sido tener alguien con quien salir en el instituto, pertenecer a un grupo de personas que salían a comer, al cine o simplemente a fumar por Central Park. ¡Dios! ¡No sabía ni fumar! ¡Eso era algo que aprendías en la escuela! Claro, si ella hubiese ido a una normal. No, a su hermano no se le ocurrió mejor idea que una institución particular, donde los uniformes eran obligatorios, el internado era ley y ella era la relegada del grupo por apellidarse Kuchiki. Le hubiese encantado tener ese tipo de familiaridad que tenían Kiyone y la tal Orihime con alguien, quien sea.
—Rukia, te presento a Orihime Inoue —la voz de la rubia le sacó de sus pensamientos—, era una compañera del instituto. Orihime —giró la cabeza hacia la mujer—, te presento a Rukia… Ehmmm, sólo Rukia por ahora.
Bien, eso fue demasiado obvio. Ciertamente Rukia no era partidaria de decir su apellido a todos los lugares que iba, Kiyone lo sabía bien, pero eso había sonado demasiado forzado.
—¡Mucho gusto, Rukia! —la voz algo chillona le caló los oídos, pero ver esa dulce sonrisa amainó la barrera invisible que traía para los extraños que la conocían. Ella había obviado el hecho de la omisión de su apellido y agradecía que no hubiese preguntado—. Es bueno conocer a una amiga de Kiyone. Ella y yo éramos compañeras en el instituto, me ayudó bastante.
—Ya veo —habló la morena—, un placer conocerte, Inoue.
La mujer de cabellos naranjas iba a replicar pero Kiyone la interrumpió.
—No te molestes, Orihime. Rukia es demasiado cortés como para llamar a alguien que no conoce por su nombre.
—Oh, ya veo… —susurró la pelinaranja, abrazando la bandeja que traía en ambas manos.
Rukia, al ver como la amiga de Kiyone se entristecía por ello, le sonrió.
—No pienses que me caes mal. —Orihime miró directamente a Rukia—. Es así como he llamado a todo el mundo desde que tengo memoria. Supongo que cuanto más nos conozcamos podré llamarte por tu nombre más rápidamente.
Orihime sonrió dulcemente.
—Entiendo, no te preocupes, yo también haría eso si fuera tú. De hecho, creo que soy muy confiada con las personas… Me pregunto por qué.
—Quizá es por tu personalidad —le dijo Rukia—; te ves como el tipo de persona extrovertida con la que todos quieren ser estar, y es por eso que entablas amistad con las personas fácilmente. No es ser confiada, es ser amigable.
—¡Sí, supongo que es eso! —Habló, mientras miraba a Rukia con detenimiento—. ¡Me encanta tu sombrero! ¿Te gustan los conejos?
Los ojos de Rukia brillaron de la emoción.
—¡Claro que me gustan! ¡Son demasiado lindos, esponjosos y peludos! —la voz era la de una niña que quería un capricho de Navidad.
—¡Waa! ¡Yo también los adoro! Aunque prefiero los de colores porque los blancos se confunden con tantas cosas, como el suelo, la nieve…
—¡Pero si los blancos son los más bonitos! —espetó Rukia— ¡Son del color de la nieve, calientes y regordetes!
—¡Pero los de colores son más juguetones! ¡Si pudiera casarme con un conejo lo haría!
—¡Sí, sí! ¡Pero sería mejor si pudiésemos tener un mundo donde los conejos sean libres de correr por las calles!
—¿Cómo en el show de Chappy?
—¡¿Ves ese programa?!
—¡Pero claro que sí! ¡Chappy es demasiado bonito, apretujable y…! ¡Waaa!
Rukia asintió varias veces con la cabeza, llena de emoción y con los ojos acuosos y brillantes al recordar a su personaje favorito de televisión.
—¡Chappy es el dios de las caricaturas animadas, Inoue!
—¡Chappy es el dios de los conejos. ¡Él hace que todos los conejos se inclinen ante él, incluso el de Pascua!
—¡No, Inoue! ¡El de pascua es huraño y malvado! ¡Es el que quiere destituir a Chappy de su trono como verídico rey de Conejolandia!
Orihime asintió varias veces con la cabeza, recordando su capítulo favorito.
—¡Sí! ¡¿Viste el último capítulo, Rukia-san?!
—¡Sí! ¡Fue demasiado emocionante! ¡Chappy ha sido acusado de asesinar al ex rey de los conejos y ahora Chapprei, su hermana, ha ordenado que lo ejecuten pero el padre de Chappy le dio juicio y… y…!
—¡Chappy pidió juicio por combate!
—¡Exacto! ¡¿Por qué lo hizo?! ¡Chappyrei, su hermano, ya había hecho un trato con su padre para dejarlo ir al muro con el resto de Conejos Vengadores! ¡Chappy pudo haber cobrado su venganza desde ahí!
—¡Pero, Rukia-san, ten fe! —Le cogió las manos y le vio seriamente—. Sabemos que Chappy es fuerte y tiene el apoyo de la madre de Conejos Gigantes en las ciudades de esclavos de conejos, así que tengamos fe y confiemos en que la próxima semana, Chappy sea vencedor en el juicio por combate.
Rukia le miró severamente.
—Tienes razón, Inoue, tenemos que confiar en el Dios Chappy que, pese a su estatura, conquistará todo Conejolandia. ¡Los chiquitos son más poderosos!
—¡Exacto! ¡Exacto!
Kiyone puso cara de circunstancia.
—Eh, Orihime…
La mujer de cabellos naranjas, que estaba demasiado metida en la conversación con Rukia, giró la vista hacia Kiyone, quien la llamaba.
—Al parecer el barista te llama —le dijo, mientras apuntaba al chico que minutos antes le había hecho señales para que le avisara a la mujer.
—¡Ah, los pedidos! —Se alteró Orihime—. Perdóname, Rukia-san —hizo una reverencia delante de la morena—, tengo que ir a atender a otros clientes…
La muchacha sonrió amablemente.
—No te preocupes, Inoue, de hecho, solo quiero un americano y una de esas tortas de las que me hablaste, Kiyone.
La rubia le sonrió a la pelinaranja.
—Las he probado, Orihime. Tatsuki llevo una de café a la oficina la vez pasada, así que quisiera esa y un cappuccino.
Orihime comenzó a anotar en la comanda el pedido, y cuando finalizo, se colocó el lapicero sobre su oreja y releyó.
—Bien, seria dos tortas de café, un cappuccino y un americano. ¿Desean probar algo más?
—No, eso sería todo —respondió la rubia con una sonrisa.
—¡Genial! Dentro de un momento les estaré trayendo su pedido.
—Un gusto conocerte, Inoue —habló Rukia, sintiéndose bien al haber conocido a alguien que compartiese esa obsesión insana que tenía por los conejos.
Vio a la mesera sonreír y decir.
—Volveremos a vernos, Rukia-san. Nuestra plática sobre el show de Chappy aún no ha terminado.
Dicho esto, la mujer fue corriendo a la barra.
—Esto es serio, Rukia.
La mujer arqueó una ceja.
—¿A qué te refieres?
—¡No sabía que tenías esa obsesión por el show de Chappy! ¡Y soy tu mejor amiga!
—Nunca preguntaste —se alzó de hombros.
La mujer rubia hizo un puchero infantil.
—Se supone que las mejores amigas comparten este tipo de fetiches extraños…
—¿Hubieras apoyado que hable sobre los últimos episodios del show de Chappy? —arqueó una ceja.
Kiyone sólo bufó exasperada y comenzó a hablar de lo feliz que se encontraba de haber obtenido otro de los libros de Tolkien.
Rukia observó a su amiga con completa diversión. Kiyone Kotetsu era una de esas personas que caían bien al minuto, de esas con las que nunca te podrías molestar más de diez minutos; pero cuando de su trabajo se trataba, ella lo sabía, era seria y eficiente, haciendo que todo fuese más sencillo para el treceavo escuadrón. La morena pensó que, quizá, si las cosas hubiesen pasado de otra manera, ella se hubiese animado a trabajar dentro del gobierno. Quizá. Una canción, recientemente sacada en las calles del Times Square, resonó en el tocadiscos del local y ella pudo decir que el café de Urahara era todo un éxito. The Archies tocaban uno de esos temas que hacían amena cualquier conversación e incluso ella, no tan partidaria de la música en general, se propuso regresar a tomar algo a ese café. Tendría que enviar un presenta para disculparse con Urahara por la falta de la semana pasada.
Con esos pensamientos en mente, Rukia siguió el hilo de la conversación que Kiyone le proponía.
Mientras tanto, dos familias completas ingresaron al restaurante, sentándose en la zona del altillo, listas para ser atendidas. A estas personas les siguieron muchas más, hasta que finalmente el café estuvo lleno. Las casi cinco de la tarde era la hora perfecta para un pequeño bocadillo antes de la cena. Orihime comenzó a ver con preocupación cómo las personas comenzaban a llamarla, con molestia en su voz, para que les tomen la orden. Minutos después, se vio con la ayuda de Tessai para esto.
Ichigo seguía metido en la barra, sacando todos los pedidos lo más rápido posible, notando que había uno en específico que aún no había preparado y ya llevaba más de diez minutos de espera. El código de esa cafetería, Urahara lo había aclarado, era que el tiempo máximo era de cinco minutos para hacer más productivo el trabajo. Maldiciendo entre dientes, se dedicó a sacar los pasteles de café y ponerlos adecuadamente en los platos para luego hacer el americano y el cappuccino. Cuando todo estuvo armado, incluida la mariposa que salía de la taza del cappuccino, quiso llamar a su amiga para que llevase el pedido pero ella, a la distancia, le pidió que lo hiciera él porque, obviamente, estaba atendiendo a esa familia que había entrado y que cada vez más ponía mala cara. Ichigo comenzaba a exasperarse por la entrada de esos mocosos porque ¡Jesús!, no era un maldito restaurante familiar, sino una cafetería seria.
Sin nada que objetar, sabiendo que iba a tener que quedarse un poco más, por lo menos hasta que Yoruichi regresara, tomó la comanda para poder llevarla a la mesa correspondiente. La ocho.
Con esa sonrisa ligera sólo para los clientes, se acercó para poder atender a las señoritas que había visto entrar. No se había percatado mucho de sus rostros, solo había podido notar que una era muy bajita y otra tenía el uniforme de la milicia americana. Al llegar, comienza a poner las tazas en la mesa.
—Disculpa, el americano es para…
Fue un segundo, mínimo, un milisegundo. Ichigo levantó el rostro con tanta fuerza que pensó que se había torcido la cervical.
Él conocía esa jodida voz.
Y claro, ella conocía ese jodido pelo naranja.
—¡TU! —gritaron al unísono, Rukia levantándose de su asiento.
Sugar Sugar sonaba en el tocadiscos, recién comenzando.
—¡¿Qué estás haciendo acá?! —preguntó la morena, apretando los dientes.
—¡¿Qué hago yo acá?! ¡¿Qué haces TÚ acá?! ¡Te voy avisando que no te voy a pagar la jodida cámara porque fue tu maldita culpa por ser tan enana para…!
La patada en la espinilla fue tan inesperada que hizo maldecir a Ichigo frente a los niños de la gran familia.
—¡¿A quién llamas "enana", cretino cabeza de zanahoria?!
Kiyone no podía salir de su asombro al ver como el temple que su amiga solía llevar para todos se había roto de la nada, sólo con ver a ese hombre de extraño cabello.
—¿Ves a alguien más que mida menos del metro cuarenta?... ¡UGH! ¡Deja de pegarme! ¡Todas las mujeres están locas!
Esta vez, la morena le había dado otra patada muy cerca del rostro.
—Tal vez, pero es la única manera de sacarte la estupidez…
Ichigo, que aún no podía creer que alguien tan pequeño pegase tan fuerte, le miro con rencor retenido. Nunca, y cuando él lo decía era verdad, había pensado en volver a encontrarse con esa extraña loca con la que se topó una semana atrás. Aun recordaba perfectamente el tono de su voz, algo chillona al gritar y grave al hablar con normalidad, decirle todas esas cosas como que lo encontraría si su cámara no funcionaba porque era enteramente su culpa por ser un maldito poste. Bien, quizá no le había dicho poste, pero ¡Vamos! ¡Esa no era una mujer! ¡Era un enano! Ichigo sabia diferenciar muy bien una cosa de otra y no, se negaba por completo a pagarle la jodida cámara porque, en primer lugar, no había sido su culpa y en segundo lugar, no gastaría sus primeros tres sueldos en comprarle una nueva. Las Kodak no caían del cielo, menos las profesionales.
Rukia le respondió la mirada de odio con una frialdad que, literalmente, hizo retroceder al hombre. Estaba maldita, era un hecho. Su día había ido de mal en peor y ese encuentro lo demostraba. Ella nunca, y cuando ella lo decía era un hecho verídico, había pensado en volver a ver a ese "pelo-pincho-cabeza-decolorada-de-un-engorroso-color-naranja". Jamás. A menos que su cámara hubiese tenido algún problema pero, como seguía funcionando correctamente, simplemente había dejado pasar el trago amargo de ese día, creyendo que sólo había sido un accidente. Y ahora, la única vez que pisaba ese café, tenía que encontrarse con su rostro de pocos amigos de nuevo. Definitivamente ese hombre tenía algo que la sacaba de sus casillas por completo. Tuvo la urgencia de volver a pegarle para que quitara la cara de idiota que estaba haciendo en ese momento.
—Kurosaki-san, creo que es mejor que vayas a la cocina.
—Estoy bien —masculló entre dientes, conteniéndose de botar a la enana del lugar.
—No es una sugerencia.
Kurosaki regreso la mirada al fornido hombre que lo miraba con algo de enojo y pudo ver a la distancia cómo Inoue se deshacía en disculpas para con la familia que ahora se estaba retirando del café, gritando el inadecuado comportamiento que tenían algunos en ese lugar, prometiendo nunca haber sido tan mal tratada en su vida. Niños incluidos.
—Estirados… —escuchó gruñir a la pequeña mujer a su lado, que también estaba poniendo mala cara. No supo porque, pero tuvo la urgencia de sonreírle de medio lado.
—Le pido, señorita, que se retire del establecimiento de inmediato. —La voz de Tessai había sonado segura y enojada—. La agresión contra el personal de servicio no será tolerada de ninguna manera y, le pido, que busque otro lugar para sus reuniones sociales.
La morena, con todo el temple Kuchiki que pudo sacar, le respondió.
—¿Me está vetando de este café?
El hombre, cansado por todo ese escándalo, asintió con la cabeza.
—Lo ha entendido bien. Si me sigue.
—Espera…
—Está bien, Kiyone, quédate a terminar el pedido. Yo igual tengo que ir a hacer algunos trámites.
Ella se sintió culpable porque sabía que había actuado por puro instinto, sólo siguiendo la primera línea que cruzó su mente. Había estado mal reaccionar de una manera tan impulsiva, tan anti-Kuchiki que hasta se sentía avergonzada. Ella entendía la decisión de ese hombre porque si Urahara hubiese estado, es muy probable que eso hubiese terminado de esa manera. Cogió sus cosas, la cámara profesional y la bolsa que contenía el libro de "Orgullo y Prejuicio", se acomodó el sombrero de conejo y se puso en camino a la salida. Ichigo, al verla prácticamente aceptar ese vetado, se sintió igual de mal porque, en pocas palabras, había sido su culpa también, instándola a enojarse en contra de él. ¡Y es que recordar la voz chillona de esa mujer le producía un efecto extraño! Era algo que nunca había sentido antes, como si fuese adrenalina por seguir peleando, por seguir escuchándola gritar a los cuatro vientos. No supo qué paso por su cabeza cuando hizo lo que hizo.
—Tú, enana, vienes conmigo.
Ichigo le tomó el brazo y, literalmente, la arrastró hasta la cocina del café, dejando atrás a un confundido Tessai, a una sorprendida Kiyone y a una aturdida Orihime. Dentro de la cocina, dos pequeños niños terminaban de asear las últimas ollas.
—¡Ustedes! —Gritó el pelinaranja—. ¡Afuera! Tengo algo importante que hacer.
Jinta, un niño pelirrojo de ojos salvajes le arqueó una ceja.
—¿Ah? ¡Qué dices, cabeza de zanahoria! ¡Qué es lo que…! —El pequeño se calló cuando vio entrar detrás de Kurosaki a una menuda mujer de ojos bonitos—. ¡Pervertido! ¡Quieres saltarte el turno para poder hacer cosas sucias con ella! ¡Te aviso, mujer, que a él le gusta el sexo sucio, ya sabes, te atará y te azotará! ¡Anda a un hotel!
Al escuchar eso, todas las tonalidades de rojo cruzaron por el rostro de Ichigo y, cuando miró de reojo, pudo ver un pequeño sonrojo en esa mujer enana. Eso sólo lo hizo sentir aún más incómodo. Maldito fuse Jinta y sus comentarios sexuales inoportunos.
—¡Cállate, Jinta! —Gruñó—. ¡Y lárgate antes que le diga a Tessai que estas explotando a Ururu con tus tareas, pequeño bastardo!
El rostro de Jinta, antes con la mueca de la victoria ganada, se tornó pálida. Él sabía lo que Tessai le haría si sabía que Ururu había estado haciendo todas las tareas ella sola.
—Eso es jugar sucio, Kurosaki.
—¿Y tienes el descaro de decir eso, pequeño manipulador? —la vena en la frente del pelinaranja era notoria.
Con eso, Jinta jaló a Ururu de una de sus colitas, sacándole algunas lágrimas, para llevársela finalmente. Ambos se quedaron en silencio.
—Espero que no vayas a atarme, porque te voy avisando que sé defensa personal y te puedo dejar gritando como marinero en menos de lo que piensas —la posición de defensa de la morena era épica.
El pelinaranja se volvió a sonrojar.
—¡Joder, mujer! No soy ese tipo de hombre.
—¿Qué tipo de hombre eres, entonces? —arqueó una ceja mientras iba dando pasos hacia la puerta para huir en cuanto se pusiera violento.
—Uno que no quieres conocer cuando está enojado, créeme —Él suspiro y la miró. Si dejaba de lado su estatura, no era tan fea que digamos. Que conste, dijo "tan"; igual había algo de fealdad en ella—. Quiero… esto, disculparme.
La morena bajó totalmente sus defensas en ese momento y lo miró dubitativamente. ¿Había dicho disculparse?
—¿Disculparte? —el rostro constreñido de Rukia se relajó completamente. Sintiendo una emoción que no supo definir con exactitud.
—Sí, bueno, me comporte como un idiota allí afuera al insultarte e inducirte a, bueno, ya sabes…
Rukia, asombrada, sonrió de lado.
—Sí, bueno, supongo que yo tampoco lo hice bien.
—Creo que nos excedimos un poco… Tessai no está acostumbrado a ese tipo de cosas.
Ella asintió.
—Lo comprendo y, de veras, entiendo la decisión de vetarme de la tienda… No debí, bueno, golpearte así de fuerte.
—Como tú dices, creo que es la única manera en la que puedes sacar la estupidez. —Una sonrisa natural se formó en sus labios, pero no la mostró.
Rukia rió bajito ante su frase dicha en los labios del hombre.
—No te preocupes, puedes quedarte en el café. Nadie te va a prohibir la entrada.
Ichigo se golpeó la cabeza mentalmente. Por alguna razón había tenido el impulso de hacerle saber que todo estaría bien e, indirectamente, hacerla sentir bien. Sí, esa mujer era completamente extraña.
—No creo que sea lo correcto. No bromeaba con tener que hacer algo.
—Sólo te quería hacer saber eso.
—Gracias.
Hubo un pequeño silencio incómodo en el que Rukia giraba su rostro para cualquier lado, todo con tal de no ver al hombre frente a él. Se sentía culpable, sí, pero había algo que la ponía nerviosa en él. Comenzó a pensar que quizá era un espía encubierto de su hermano y eso sólo le hizo enfurecer pero luego, por primera vez, lo miró a los ojos. Ichigo, por otro lado, intentaba esquivar esas grandes orbes que lo observaban desde el suelo, intentando no incomodarse ante la extraña sensación que le recorría la espina dorsal cada vez que la sentía. Hasta que no pudo evitar su mirada por más tiempo.
Ichigo Kurosaki tenía una memoria excelente, para las matemáticas, para los rostros y nombres. Él nunca olvidaba nada, o bueno, casi nada.
Por ello, cuando le preguntaran que es lo primero que le había gustado de su mujer, él solo se limitaría a responder: Sus ojos. Para él mismo admitiría, mucho más adelante, que sus ojos eran espejos transparentes, de esos en los que te puedes ver reflejado no de la manera literal, sino emocional. Era como verse a sí mismo en versión menuda y media marimacha. Era como ver su destrozada alma conectar con otra destrozada alma. Para él y solo para él, admitiría que sus ojos eran el reflejo de su propio yo. Y solo para él admitiría cuanto le dolió verla abrirlos con sorpresa, taparse los labios con horror y salir corriendo de la cocina.
El hombre de cabellos naranjas se quedó paralizado en el claro suelo de la cocina, escuchando el cambio de música a la misma antigua canción de Elvis Presley en el tocadiscos y pensando en lo que acababa de pasar. Había sido como entrar en trance, como perderse en los ojos de esa extraña y sólo saber que quería pasar más tiempo hundido en ellos, sin saber la razón aparente. Sólo salió del trance cuando escucho la campanilla de la tienda sonar. Él, rápidamente, volvió a la parte posterior del café y vio a la amiga de la menuda mujer tomar su cappuccino con su pastel de café mientras Orihime recogía el americano y el otro pastel para llevarlo a la barra. Ella le dirigió una mirada preocupada.
—Kurosaki-kun…
—¿A dónde se fue la otra chica? —La pregunta le salió por impulso al ver el pedido de la enana mujer en la barra.
Orihime le miró sonriendo.
—Me ha pedido amablemente que le envuelva el pedido para llevar. Kiyone se lo llevará.
—¿La dejaste ir sin pagar, Inoue? —preguntó, intentando encontrar cualquier excusa para saber su paradero.
—No, de hecho, acá tengo su pago. ¡Y dejo una buena propina, Kurosaki-kun!
Ichigo no dijo nada, sólo se dignó a observar cómo su amiga envolvía el pedido en los envases para llevar.
—¿Sabes? —Ichigo la miró mientras metía el americano y el pastel en dos bolsas de papel separadas—. Ella es muy buena persona, espero volver a verla.
Dicho esto, Orihime se retiró a la mesa 8.
El pelinaranja apretó los puños mientras se deshacía de su mandil. Vio la hora. Seis de la noche. Ya había llegado tarde a clases y los rumores volverían a recorrer los pasillos de la facultad; sin embargo, no estaba preocupado ni aburrido de ir a clases; por el contrario, nunca se había sentido más vivo que en ese momento y no entendía la razón. Sobre todo porque estaba en parte enojado con esa pequeña enana endemoniada que se había ido corriendo como si él fuese el mismísimo diablo. Vale que su rostro asustaba a veces, pero no era para tanto.
—¿Ya te vas Kurosaki-san? —pregunto Tessai.
—Sí, llego tarde a la facultad.
Sin decir una sola palabra más, fue a la parte trasera de la cocina, a su casillero personal, para coger su abrigo gris y su maleta. Con eso en mano, salió del establecimiento con un sólo pensamiento.
"Estúpida enana del demonio…"
6.-
El barista y la fotógrafa.
Hay dos personas importantes en la vida de un hombre o de una mujer: La primera es la persona con la que te casas, con la que llegas a un balance espiritual. Y la otra, es esa que te va a complementar por completo, tu alma gemela.
E inevitablemente, es esa persona a la que siempre perderás porque llegará un momento en que ambos dejaran de intentarlo.
14 de Febrero, 1969. Nueva York.
La nieve había cubierto la mayor parte de Nueva York en tan solo semana y media y para Rukia Kuchiki, eso era como estar en el paraíso. Amaba la nieve porque le hacía sentir que aún había pureza en el mundo, que las cosas podían mejorar. Le daba esperanza. Para la gente común y corriente, sólo era el clímax del invierno que le daba un toque romántico a las fiestas que estaban celebrando en esos momentos. El día de San Valentín. O mejor dicho, el final del día de San Valentín.
Eran ya las ocho de la noche en el último piso de un edificio de condominios en la Avenida Madison, la familia Kuchiki… bueno, Rukia Kuchiki, había disfrutado de una tarde tranquila dentro del apartamento después de haber ido a una exhaustiva charla sobre revelación de fotografías en lienzo dentro del instituto. Ella se había enterado de que era el día de San Valentín cuando una de sus compañeras empezó a gritar por todo lo alto que su novio de turno la iba a llevar a Atlanta todo el fin de semana. "Atlanta no es especial; es asqueroso. Es la ciudad con mayor cajas de cartón para vagabundos en la que he podido estar." Pensó, mientras recordaba su estancia con Hisana en Atlanta, cuando huían de lo desconocido.
Rukia estaba echada sobre su mullida cama con cobertores de nubes y miró por enésima vez la segunda carilla del New York Times. Ahí, cubriendo la mitad de una página, se encontraba un collage de las fotografías que había enviado para el concurso de corresponsales de guerra. Debajo de estas, una pequeña biografía salía a relucir, gracias al cielo, sin ninguna imagen suya actual.
"Rukia Kuchiki es una de las promesas de la siguiente década. Artista de nacimiento, esta joven fotógrafa, alumna del Instituto de Fotografía de Nueva York, es una de las más destacadas dentro de la institución y su talento ha sido recompensado al obtener el primer lugar para entrar al programa 'Corresponsal de guerra'. De 25 años, esta joven estudiante es la hermana menor del reconocido inversionista Kuchiki Byakuya, siendo sus preferencias, obviamente, distintas a la sucesión familiar. El programa se estará llevando a cabo a partir del 15 de Julio y, actualmente, tenemos otro programa para jóvenes empresariales que…"
A partir de esa línea, las palabras eran acerca del otro concurso literario que iba a lanzar el New York Times, sólo para personas letradas en artes o literatura. Volvió a dejar el periódico bajo la cama, ocultándolo de miradas indiscretas, y giró de lado, entrecerrando sus ojos para enfocar las letras doradas del libro que Kiyone le había comprado.
Rukia sonrió. Decir que no le había gustado seria mentir, prácticamente se había enamorado de cada uno de los personajes. (Sí, incluso de Wickham). Pero había uno en particular que le causaba una intriga total: la cuidadosa Mary; tan callada, tan letrada, tan seria y a la vez tan solitaria. Ella se parecía más a Mary, en su opinión personal; Kiyone le repetía constantemente por teléfono que ella era la versión marimacha y bajita de Elizabeth Bennet. Pero muy aparte de la historia en general, lo que le había gustado más habían sido los mensajes que llenaban las esquinas del libro e incluso algunas páginas en blanco. Frases de un amor que no se dio como palabras inentendibles, cosas que solo M.K. podría resolver en totalidad. Con eso en mente, abrió el libro en la página que se quedó.
No supo cuánto paso hasta que se giró a ver el gran reloj de pared que tenía en la otra esquina. Eran las nueve y media de la noche cuando escuchó la puerta del departamento abrirse y unos pasos débiles pero seguros caminaban por la sala de estar. Su hermano había llegado a casa.
Un nerviosismo inconfundible le llenó el cuerpo, haciéndole sentir un escalofrió involuntario. No había hablado con Byakuya Kuchiki desde que él se había enterado de su pequeño secreto; prácticamente él vivía en Brooklyn desde ese día y no había vuelto a dirigirle ni mirada ni palabra alguna. Rukia intentaba regresar más tarde que él a casa y durante dos días lo logró, sin tener a los guardaespaldas detrás de ella, pero cuando las heladas comenzaron, se le hizo imposible salir de casa pasada la medianoche a menos que quisiera coger un resfriado. Así que sí, era la primera vez en casi quince días (doce, para ser exactos) que Byakuya y ella se encontraban en el apartamento.
—¿Estás en casa, Rukia?
La voz de su hermano le hizo girar el rostro hacia la puerta entreabierta de su alcoba. Esta sonaba cerca, como si estuviese a unos pasos de su habitación. Ella trago saliva.
—Sí, hermano.
—Por favor, reúnete conmigo en mi oficina. Hay algo que debemos conversar.
Lo último que escuchó fue la puerta de la despacho de su hermano ser abierta con un horroroso chirrido que le caló en la espina dorsal. Se levantó de un salto y comenzó a arreglarse los cabellos sueltos que traía por haber pasado casi toda la noche en la cama; luego bajó la mirada y se dio cuenta que no podía verse más informal que eso. Al menos su pijama era de un decente color blanco sin ningún acabado en exclusivo porque definitivamente no pensaba ver a su hermano con una de ositos o de nubes. Suficiente era que no hubiese cambiado su cobertor a uno más decente.
Con esto en mente, se colocó una chaqueta para el frio y caminó decididamente hasta el despacho.
Cuando llegó, pudo verlo sentado en ese mullido sillón detrás de su escritorio, esta vez limpio, y sólo con un documento en él, con sus manos entrelazadas a la altura de su nariz, apoyando los codos en la madera. Tenía los ojos cerrados y, si no lo conociese mejor, hubiese pensado que estaba dormido. Pero ella lo hacía: esa era su manera de darle noticias malas no, aún peores. Lo sabía porque fue la misma postura con la que le dijo que Hisana había fallecido. Tembló interiormente. No sabía que cosa podía ser tan mala como para tener esa mirada otra vez.
—Toma asiento.
Vio como abrió sus ojos levemente y su fría mirada le caló el alma. Con un asentimiento de cabeza, ella se sentó en la silla frente a él. Estuvieron un momento en silencio, solo escuchando el tic tac que ese gran reloj de pared hacia al mover sus manecillas. Hasta que fue él quien rompió la afonía.
—He leído el New York Times esta mañana…
"Oh, dios, no…" Fue lo primero que pensó. Se apretó las manos.
—Al parecer, has tomado la decisión de ser corresponsal de guerra, ¿me equivoco?
—No, hermano.
—Bien —él volvió a cerrar los ojos—, ellos te entrenarán, te enseñarán cosas que no tenías que saber y llegará un momento en el que tendrás que tomar la vida de una persona. No me opongo, de hecho; es tu vida la que has tirado al hoyo y no es mi responsabilidad sacarte de ahí.
Ella arqueó una ceja.
—Hermano, con todo el respeto que le tengo, debo decirle que para mí no tiene el mismo significado. De hecho,…
—¿Te he dicho que puedes hablar? —Los ojos fríos de Byakuya taladraron su cerebro y le hicieron cerrar la boca en ese momento. Ella sabía que no debía interrumpirle de esa manera—. No te repetiré lo que te dije hace unos años sobre las expectativas que tendrás que tomar cuando yo decida jubilarme del cargo que tengo. Como debes saber, el New York Times está en contra de la familia, desprestigiándola al menor indicio de algún acto ilícito del gobierno. La única noticia buena sobre los Kuchiki, es cuando hablan sobre el programa al que decidiste entrar.
Vio cómo su hermano bajaba las manos y las ponía sobre el documento que tenía frente a él.
—Este es un contrato, Rukia. Hecho por mí, por lo que no debes temer a que te embauque o te quite derechos que te pertenecen desde tu cuna. Necesito que lo firmes.
Ella había aprendido demasiado en esos años sobre esas cosas que tuvo que tensar su cuerpo y constreñir el rostro con desconfianza.
—¿Puedo leerlo?
Byakuya le empujó el papel.
—Me alegra que hallas aprendido algo de mí, al menos.
Con el sabor odioso de la bilis subiendo por su garganta, Rukia cogió el documento y la primera línea le dejó en shock por completo. "Cedo de herencia familiar". Siguió leyendo y en cada párrafo, incluyendo los artículos y los incisos de la ley que amparaba a todo ser humano nacido en los Estados Unidos de América, las cosas iban poniéndose peores. Se saltó las leyes que amparaba la ONU y otros estatutos sobre grandes empresas, y se dirigió a los párrafos finales, que eran los cruciales, según su experiencia. Cuando vio su nombre bajo una línea recta en la que debía ir su firma, supo que tenía que haber pensado que estas serían las consecuencias de sus actos.
El corazón se le estrujo y la mandíbula le temblaba, así que la tensó para que no fuera tan notorio. Por una parte, que él le entregase esto era mucho mejor a estar huyendo a último minuto para poder tomar el avión a Vietnam, pero por otra…
—¿Me estas desheredando? —la frase salió tan débil que creyó que su hermano no la había escuchado.
—En efecto, comprendiste bien los términos del contrato. —Byakuya volvió a su posición anterior, con los dedos cruzados sobre su nariz—. No debes preocuparte por la parte de la herencia que te corresponde de Hisana, eso es algo que ni siquiera yo puedo tocar. Te corresponden también algunas empresas menores de las que tendrás que hacerte cargo a partir de ahora.
—Según esto —señaló—, puedo conservar el apellido por formalidad pero no tendré lugar en la repartición de la herencia familiar.
—El contrato que realicé para que estuvieses incluida cuando eras pequeña podía romperse si no se cumplían ciertos artículos que estaban estipulados por normal general.
—¿Qué normas? —"¿Desobedecerte? ¿Querer tener una vida aparte de esto que llamas orgullo familiar?" Los sarcásticos pensamientos de Rukia hacían hervir de ira su corazón.
Byakuya cerró los ojos.
—La expectativa que se tenía de ti para el futuro de inversiones Kuchiki, riesgo de vida, entre otras cosas.
—En pocas palabras —la voz le sonó dura y llena de seriedad. Se felicitó por eso, a pesar de estar rompiéndose por dentro—, las he roto al aceptar ser corresponsal de guerra.
—Correcto. —El hombre abrió los ojos— El apellido es por mera formalidad. Se te quitarán todos los derechos que tenías como parte de la familia, la herencia, las empresas Kuchiki, el dinero que tienes ahora y algunos bienes materiales que han sido comprados bajo el nombre de Inversiones Kuchiki.
—¿Mi cámara? —esta vez, la voz le sonó como un susurro.
Hubo un pequeño silencio antes de la respuesta.
—No. —Rukia levanto la cabeza para ver como su hermano se levantaba del asiento—. Ese bien he decidido regalártelo y no está incluido en el contrato. Sin embargo, tu membresía en los clubes, la pensión de tus estudios, todo eso te será revocado.
—¿A partir de cuándo?
—Treinta días a partir de mañana.
Una lágrima se asentó en el lagrimal de su ojo izquierdo y, haciendo todo lo posible por contener sus emociones, se levantó del mueble y caminó alrededor de la oficina. Había leído un cuento, hacía muchos años, cuando la huida con Hisana le había hecho unirse a ella de una manera que nadie podría, donde la heroína poseía una gran fortuna y su hermanastro se lo quitaba todo por egoísmo y envidia, por querer su trono. La princesa había luchado con dientes y armas para derrotar a su horrible hermanastro, que tenía cara de mono ya que estamos, venciéndolo al final y casándose con un príncipe del reino vecino. Viviendo felices para siempre. Por alguna razón, la historia le vino a la memoria en ese preciso momento porque todo era perfectamente igual. A excepción de una cosa: ella no era la heredera legítima; Nii-sama lo era. Ella no era una princesa; Nii-sama era el dueño de todo. Ella sólo era Rukia; nunca Kuchiki. El dinero era lo de menos, a ella no le interesaba estar dentro de la repartición familiar y se había esperado algo como esto. Lo que de verdad le dio miedo fue el retiro de sus estudios en el instituto de fotografía y el dónde iba a vivir ahora. Porque en uno de los párrafos finales se estipulaba su mudanza forzada en los consiguientes 30 días hábiles a partir del 15 de febrero. Estaba, literalmente, en la calle.
Bueno, no es como si nunca hubiese dormido bajo cajas de cartón. Volvería a las épocas de vagabundo.
"Nada de esto fue nunca mío, supongo que era cuestión de tiempo…" Se dijo, mientras regresaba su mirada al hombre frío y estoico que la observaba indescifrablemente. No pudo creerlo, en serio, no pudo creer que fuera tan… ni tenia palabras para mencionarlo. No podía creer que estuviese haciendo eso, aun cuando ella recordaba perfectamente que su hermana le había pedido, no, rogado que siempre tuviese un apellido. "Quizá por eso me deje conservar el apellido. Por intentar hacer esto sin romper su promesa".
—¿Tienes alguna objeción?
Rukia lo volvió a mirar fijamente y, bajo todas las capas de cruda indiferencia, pudo ver algo, ínfimo y efímero. Una esperanza. La esperanza que ella le dijese que renunciaba al puesto de corresponsal de guerra para quedarse dentro de la familia. Para volver a ser su juguete.
Con una decisión y fuerza en su voz que la sorprendió, dijo.
—No.
—Bien. —La tensión en el cuerpo del magnate era palpable. Le estiró el contrato—. Sólo necesitas firmar en la última línea.
Con toda la dignidad que Hisana pudo haberle enseñado, avanzó los pasos que le separaban de su hermano, cogió la costosa pluma que se encontraba al lado del contrato y firmó su sentencia. No había otra opción. Conocía perfectamente las consecuencias de sus actos y no iba a retroceder porque, por primera vez en esa vida ilusoria de lujos y regodeos, ella estaba haciendo algo que quería por sí misma, no porque otra persona se lo dijese. Por primera vez, estaba soltándose de las cadenas y no le importaba tener que dormir en las calles. Ya vería ella a que albergue de gente sin hogar iría.
Al final, ella era eso: una huérfana. Una persona sin hogar en busca del suyo propio.
—Puedes pasar el fin de semana acá hasta que encuentres un lugar para vivir —espetó Byakuya, cogiendo el contrato firmado por Rukia—, yo estaré de viaje, así que tendrás tiempo para ordenar tus cosas. Buenas noches.
Con esa palabra, Byakuya Kuchiki entró a la alcoba consiguiente dentro de la oficina.
Rukia salió veloz de la oficina de su hermano y se adentró a su cuarto. Fue en ese momento, con todo el dolor de dejar el hogar que había sido suyo y de Hisana, que se resbaló de espaldas a la puerta y dos lagrimas le cayeron por las mejillas, dejándolas ardientes ante el contacto. Se quedó ahí varios minutos, no supo cuantos y, para cuando despertó, supo que no podía seguir en ese lugar. Ni un maldito minuto más. Porque, aunque lo negara, ella era igual a Byakuya: orgullosa, leal a las reglas, al orden y manipuladora de alguna manera. Claro que su hermano había perfeccionado todo eso, saliéndose un poco de las reglas para poder crear más negocios. Ella nunca volvería a ver inversiones Kuchiki de nuevo. Técnicamente, ella ya no era "Kuchiki".
De su armario, sacó su maleta de viaje, la abrió sobre la cama y empezó a tirar la ropa que sabía que no había sido comprada con factura. La mayor parte no lo era, por lo que tendría algo personal. Después de haber empacado algunos suéteres, dos sacos grandes, faldas, pantalones, rollos de fotografía y ropa interior, se dispuso a coger el material de estudio del instituto. Lo indispensable. Luego de empacar sus útiles de aseo dentro de un pequeño neceser y meterlo en la maleta, buscó bajo la tabla salida del parqué del piso. Sacó la carta de aceptación y algunos dólares que había ahorrado, contándolos. Eso le alcanzaría para tres noches en un motel, cinco si se iba a las afueras.
Dejó el dinero y la carta sobre la cama para cambiarse. Cuando estuvo lista, con ese abrigo negro largo, las botas peludas y el gorro de conejo, envolvió el dinero en una bolsa de papel y se lo guardó dentro del saco, al igual que las cartas de aceptación. Cerró su maleta con algo de esfuerzo y la puso al suelo. Gracias al cielo que tenía ruedas, sino habría tenido un serio problema ahí. Finalmente, cogió a Shirayuki y se la colgó al cuello, cubriéndola con su abrigo negro. Eso, al menos, le hacía ver más femenina. Llevaba su cámara porque sabía que en algún momento, el dinero que había ahorrado se le acabaría, probablemente a la segunda semana, y podría empeñar la cámara para poder sobrevivir, junto con algunas cosas más que había empacado. Al voltear a la cama de nuevo, vio el libro que Kiyone le había regalado. No, eso se lo tenía que llevar.
Y con libro en mano, una maleta en otra y su cámara oculta entre su abrigo, Rukia Kuchiki salió del apartamento que había sido su hogar por más de diez años.
Mientras caminaba por las calles, esquivando a las pocas personas que veían a una menuda chica con una maleta en mano, pudo ver que la nieve había cubierto por completo algunos carros estacionados en la acera. El invierno iba a ser duro pero, si sabía encontrar los lugares adecuados, podría sobrevivir. En su cabeza comenzó a trazar la ruta para llegar a la interestatal. Tendría que salir de Nueva York, supuso, a las afueras, donde los vagabundos abundaban y las casas de alojo eran mayores que en el centro de la ciudad. Cruzando el puente, podría encontrar un lugar para sobrevivir.
Mientras zigzagueaba por las calles, pensó en llamar a Kaien, pero luego rechazó la idea al ver que su compañero de celda tenía una familia y sería un estorbo para ellos… no obstante él podría conseguirle asilo en la familia Shiba. Rukia se abofeteó mentalmente, ya que eso sería peor que ser desheredada; seria traición. Y Rukia aún respetaba a Byakuya Kuchiki a pesar de la decisión que había tomado. Luego pensó en Urahara y Yoruichi y se dijo '¿por qué no?' La idea no sonaba nada mal… hasta que vio a un par de enamorados besándose bajo una farola, dentro de un callejón. Ellos eran una pareja, una pareja que, posiblemente, no quería ser molestada por personas que habían sido recientemente desheredadas y botadas directamente a la calle como un perro.
Había estado tan sumida en sus pensamientos que, cuando chocó contra un poste, tuvo que despertar por completo. Miró a su alrededor y vio, con sorpresa, que se encontraba frente a Central Park, su lugar favorito en el mundo que no aceptaba vagabundos porque después los guardias de seguridad los sacaban a rastras. Pero lo curioso era estar frente al Café de Paris. Ella vio cómo las luces encendidas comenzaban a apagarse y, antes de que se volviera por completo oscuro, vio la hora en una de sus paredes. Las once y media de la noche.
Rukia pudo ver a la lejanía una mata de cabello naranja y giró su rostro, mirando hacia Central Park. Ella recordaba con total exactitud los ojos, color miel caliente y oscura, de ese hombre. Fue extraño, irreverentemente extraño, porque el maldito le hacía recordar demasiado a Kaien-dono, sin embargo, eran totalmente diferentes. Sus actitudes, su voz, su maldita manera de gritar. Ella rió bajito al recordar el alboroto que formaron hace unos días dentro del café; pudo jurar que él trataba de hacerla sentir mejor. Con esos pensamientos en mente y más cansada de lo normal, se sentó en la acera, con los pies apoyados en la pista y sus rodillas a la altura de su barbilla. Acercó su maleta a su cuerpo y abrazó sus piernas, intentando darse calor.
Eso iba a ser un maldito infierno, lo sabía, pero tendría que enfrentarlo como su hermana lo habría enfrentado. Hisana sin apellido y luego Hisana Kuchiki. Le había preguntado muchas veces sobre sus padres, cómo eran, que aspecto tenían, si eran ricos (porque esas pequeñas empresas de las que hablaba Byakuya no habían salido de la nada). Quizá no fueran tan ricos como los Kuchiki pero, si tenían empresas, ella podría manejarlas… La idea se borró al momento en el que se fue porque, claro, Byakuya no le había dado ningún contacto, ningún número telefónico. No le había dado nada. Era como darle un dulce envuelto a un niño y decirle "por se acaso, el envoltorio está pegado con un pegamento tan fuerte que no vas a poder abrirlo nunca". Hisana, su hermana, su dulce y mártir hermana que había muerto un día de primavera. Ella recordaba ese día perfectamente porque Hisana había estado enferma desde mucho antes. Su salud era precaria y no dejaba que Rukia se acercase mucho a menos que fuera total y absolutamente necesario. Ese día de primavera, su hermana escapó de casa. Cuando su Byakuya se enteró, movió al FBI, a los SWAT, a todo el maldito cuerpo policial dentro y fuera de la ciudad y del estado. Rukia sólo podía quedarse en casa, pensando acerca del extraño sueño que había tenido un día antes y que, hasta ahora, no recordaba.
Esa misma noche, encontraron el cuerpo de Hisana Kuchiki colgando del puente de Nueva York. Ahorcada y mutilada a pedazos.
Los recuerdos de ese día, el funeral, las condolencias, la frialdad de Byakuya hacia Rukia, la frialdad de Byakuya hacia todo el puto mundo, el reporte de autopsia, el posible suicidio, el maldito FBI y la CIA en contra de la familia. El aislamiento en el departamento, los viajes de negocios y, finalmente, el llanto agonizante de su hermano. Todo eso, sumado a que ahora era una maldita vagabunda que había echado su maldita vida a perder por perseguir un maldito sueño, pudo más con ella. Con todo lo que sus pulmones daban, soltó un grito que pudo haberse escuchado hasta el mismo apartamento de Byakuya y golpeo el suelo con sus puños, echándose casi por completo en la nieve. Golpeó con fuerza, hiriéndose las manos y haciendo un hueco.
Todo era tan injusto, todo era tan confuso. Hisana no debió haber muerto esa noche, ella sabía que había algo en ese sueño que había tenido que era verdad y no le había hecho saber a Byakuya de eso. No lo recordaba en ese momento y mejor era no recordarlo. Indirectamente, sentía que había asesinado a su hermana. Las lágrimas saladas cayeron sobre la nieve, haciéndole abrir los ojos. No podía llorar.
Ella, a pesar de todo, seguía sintiéndose una Kuchiki. Y los Kuchiki nunca lloraban.
—Maldita sea… maldita sea… maldita sea… —gruñó y se limpió las lágrimas con el dorso de su mano pero fue imposible, las lágrimas continuaban cayendo—. Mierda…
Fue en ese momento cuando vio algo blanco asomarse por el rabillo de su ojo e intentó enfocar lo que era a pesar de sus acuosos ojos. Era un pañuelo. Pero…
—Tómalo.
Reconocería esa voz en donde fuese.
Levanto la mirada y pudo ver, entre la bruma acuosa de su vista, una mata de cabello naranja. Era el hombre de los ojos mieles del otro día.
7.-
14 de Febrero y, como lo había pronosticado, el día había sido una mierda.
En primer lugar, había peleado con Tessai desde que había vetado a la chica de cabellos negros y, cuando llegó Urahara al día siguiente, él fue el primero en contarle lo sucedido; luego Tessai. Urahara, que había sospechado de quién estaban hablando, había dicho que era estúpido vetarla y que sí, respetaba la decisión tomada por su compañero, pero no iba a ponerle una sanción así de fuerte solo por haber golpeado a Ichigo que, mientras el pelinaranja se lo contaba, una sonrisa burlona se extendía por sus labios a la par que Yoruichi se reía a sus anchas por no haber presenciado eso. Desde ese día, Tessai había estado algo enojado con él pero no se lo dejaba ver más allá de miradas extrañas.
Segundo lugar: un profesor había expresado abiertamente que Kurosaki Ichigo no era bienvenido en su clase; no por ser "Kurosaki", sino por haber convivido con "Ishida". Bien, podía dejar que se metieran con su padre biológico, a cuenta que ni lo quería en su vida, pero meterse con Ryuuken Ishida, con el que lo había criado desde ese momento… Su instinto tomó posesión y los puños fueron la única solución. Tuvo que pasar media hora en la enfermería, viendo como las voluntarias lo miraban con miedo y cuchicheaban, para luego pasar todo su día dentro de la oficina del decano, recibiendo una reprimenda por actitudes bélicas dentro de la universidad, como también una multa que había puesto el mismo profesor por agresión personal. El pago ascendía a mil dólares exactos a ser pagados al día siguiente. ¿De dónde coño iba a conseguir mil dólares?
En tercer lugar, al llegar al café, se encontró con la sorpresa que ese día él iba a cerrar solo porque, gracias Inoue, su amiga había tenido un percance en su centro de estudios y tenía que hacer unos postres para su presentación del sábado. Lo único bueno es que cuando le pidió un adelanto de sueldo a Urahara para pagar el altercado que había ocurrido en la facultad, él simplemente le dijo que no se preocupara, que él se encargaría de la deuda en su totalidad. Con eso, ya ni podía quejarse de cerrar solo el local.
Cuarto lugar: la maldita maquina expreso había dejado de funcionar a las 6 de la tarde, cuando, maldito sistema hidroeléctrico, la luz se había ido por completo, apagando todo lo eléctrico que tenían. Ichigo había tenido que pasar café a la antigua hasta una hora después, cuando el sistema se restableció. Ichigo se sentía estresado y enojado porque ese día todo parecía estar yendo mal.
Y quinto lugar, un cliente lo había reconocido como el hijo del médico loco… ¿Cómo? Porque ese maldito hijo de puta (no había otro modo de hablar de esa persona sin expresarse en esos términos) había estado presente en el salón cuando había golpeado al maestro. Y no lo dijo bajito; lo gritó, haciendo que todos a su alrededor lo miraran y se preguntaran curiosos cómo es que no lo habían reconocido antes. Ichigo se dijo a si mismo que sus días estaban contados porque, era un hecho, Urahara lo iba a despedir. Su reputación haría que el café quebrara y, si Urahara no lo hacía, Kuchiki o Shiba lo harían.
Finalmente el día de mierda había terminado y no, nada romántico le había sucedido ese día. No le importaba, en cierto, modo porque tenía cosas más importantes en que pensar. Ya eran un cuarto para las doce. Ese día se había quedado solo cerrando, claro, aunque Yoruichi y Urahara le había ayudado con el salón y la cocina. Él solo se encargaría de la barra y, para cuando la terminó, le dieron casi las doce. Había apagado las luces como a las once y media y ahora se arrepentía. ¡No veía una mierda! Estrechó los ojos y vio un bulto sobre la acera, cubierto de nieve. No le tomó importancia ya que pensó que era la basura de algún otro restaurante.
Cogió su abrigo, sus guantes y su maleta, se colocó un gorro con orejeras para el frio y se acercó a la barra para ver que todo estaba en orden.
Fue en ese momento en el que escuchó un grito inhumano, desamparado y roto. Un grito que lo hizo transportarse al pasado, al grito que él dio cuando su madre fue asesinada. Fue algo instintivo, giro la cabeza y vio que el bulto (aparentemente una persona), estaba tirado en el suelo, golpeando y gritando fuertemente. Éste se confundía con la nieve a excepción del abrigo negro.
Ichigo, asustado porque algo malo le hubiese pasado a esa persona, salió rápidamente y estuvo a punto de preguntar si se encontraba bien… hasta que reconoció el gorro. El maldito gorro de conejo.
Era la mujer de ojos grandes que había entrado al café hace días. La que se había ido sin decirle ni una sola palabra. La que lo había dejado molesto, enojado y arisco por alguna maldita razón. Apretó sus puños y estuvo tentado a dejarla en su miseria porque no se sentía con la responsabilidad de ayudarla, no era así de bueno… hasta que la escuchó.
—Maldita sea… maldita sea… maldita sea… —pudo escuchar sus leves palabras mientras se secaba con su mano las lágrimas que obviamente estaba derramando—. Mierda…
No supo que fue lo que lo orilló a hacer lo que hizo; quizá fue verla llorar de esa manera desamparada o verla intentando contener sus lamentos, no lo supo. Lo único que supo fue que algo le dolía dentro del pecho al verla de esa manera y necesitaba no sentirse así de nuevo. Se inclinó despacio hacia ella y le ofreció un pañuelo que siempre guardaba dentro del bolsillo de su abrigo gris. Ella, al parecer se dio cuenta de su presencia porque su menudo cuerpo dio un pequeño salto.
—Tómalo —fue lo único que se atrevió a decir.
Con eso, la mujer levanto la cabeza y pudo ver, detrás de toda esa bruma acuosa, sus enormes ojos. Esos ojos que antes denotaban fiereza y desconfianza y ahora solo sorpresa y angustia.
Rukia estaba asombrada. ¡Realmente no podía creerlo! Él estaba ahí, ofreciéndole un pañuelo a una chica que prácticamente lo había insultado desde el primer momento. Debería de odiarla. Debería de simplemente haber pasado de ella y seguir su camino… "Como todos hacen." Pensó, mientras las lágrimas se detenían abruptamente. Rukia podía estar en un momento de debilidad pero no dejaría que ese hombre la viese llorar. Jamás. Porque un Kuchiki nunca lloraba.
El chico de cabellos naranjas estuvo tentado a retirar su mano con el pañuelo porque, ¡demonios!, la enana lo dejaba como un caballero siendo rechazado y no, él no era ningún maldito caballero en armadura blanca. Él no era tan buena persona para hacerlo. Sin embargo, vio un cambio en sus ojos, como si de pronto Rukia decidiera que no estaba bien llorar frente a él. "Es orgullosa…" Fue su primer pensamiento. Luego, ella lo sorprendió (como siempre) al coger el pañuelo delicadamente. Hubo un pequeño roce de manos e Ichigo pudo sentir algo, pequeño y ligero. ¿Electricidad? No, no era eso. Era como fuego. Las manos de ella le quemaban a pesar de que estaban completamente heladas. Era como si sus venas estuviesen llenas de ese cálido fuego y sus entrañas se retorcieran de satisfacción. Rukia también lo notó porque sintió sus mejillas arrebolarse. No supo si por el frio o por el intenso calor que desprendía el cuerpo del hombre. Se cubrió el rostro con el pañuelo, intentando amainar sus emociones negativas.
Ichigo se quedó mirándola un rato, con el pedazo de papel cubriendo su rostro, intentando recomponerse de lo sucedido. Algo en su interior quería preguntar los porqués, los cómo y los cuándo. Quería saber qué y quién era lo que le había hecho eso; pero también sabía que no podía preguntar. La muchacha bajó el pañuelo y él pudo ver la mirada más hueca pero firme que ha podido ver en una mujer.
—Gracias —su voz rasposa le hizo atragantarse—, no esperaba espectadores.
El muchacho se acomodó a su lado, manteniendo una distancia prudencial entre sus cuerpos.
—Yo no esperaba encontrar a una enana al borde de la histeria el día de San Valentín. Supongo que estamos a mano.
Ella soltó una risa queda.
—Supongo que sí.
Hubo un silencio ensordecedor entre ambos, sólo roto por los cláxones de los automóviles cerca y del ruido de la nieve al caer. Finalmente. Él decidió tomar la iniciativa porque, diablos, al parecer algún ente misterioso quería que ambos se conociesen. Quizá que fueran amigos.
—No tengo ningún derecho a preguntar sobre lo que ha pasado. —Rukia giró el rostro y vio que el chico, con sus ojos de miel caliente, observaba el movimiento de los árboles de Central Park—. De hecho no quiero saberlo porque no soy tan buena persona como para resolver los problemas de todos, pero puedo decirte que lo que te haya pasado, pasará. Nada es tan malo como lo que sientes ahora mismo, pero con el tiempo, el dolor irá menguando. Todo lo que sientes en este momento no será nada cuando lo compares más adelante.
—Creo que estoy impresionada —se burló la mujer—, has hablado como un hombre maduro cuando yo creía que eras un niño con el cabello teñido para dar la impresión de ser el chico mala leche de las películas baratas de Hollywood.
Ichigo se rio bajito.
—Pues ya vez que las apariencias engañan. Soy un caballero andante.
—¿De qué nación? ¿De los idiotas que aparentan tener dieciocho años?
—Al menos no pertenezco a la nación de los nacidos con defectos de crecimiento…
La mujer sonrió.
—Vaya, pero si habla el señor perfección… ¿Cómo se siente tu ego después de saber que te gane dos veces en pelea cuerpo a cuerpo?
El hombre arrugó su frente y la miró, hastiado.
—Vale, te estás pasando enanita.
—Vuelve a llamarme enana y veras lo que puedo hacer con mis cortas piernas. —Su amenaza no tenía tinte de amargura, de hecho, Ichigo percibió burla en todos sus comentarios. Una burla cínica.
—Me imagino que no mucho…
—Nunca tientes al destino, chico de cabello naranja.
Ichigo relajó su semblante al ver que la muchacha comenzaba a ser la de antes. Quizá el cinismo fuera su método de protección. Por algún motivo, él quiso derrumbar ese método y ver qué había detrás de este. Dentro del corazón de la mujer. Sacudió su cabeza varias veces, suspiro y se frotó las manos; tenía que dejar de pensar de esa manera sobre ella porque no era adecuado ni sano. Era un completa extraña… ¡No sabía su nombre, por dios! ¿Era normal sentirse de esa manera extraña por alguien que no conocía en lo absoluto? No lo sabía; lo único de lo que estaba seguro es que no quería volver a escuchar ese grito desgarrador de su voz… No podría soportarlo.
—¿Hoy cerraste solo el local?
Ichigo se giró a ver a la mujer, quien estaba abrazando una maleta. Tenía los ojos cerrados.
—Digamos que hubo un contratiempo. No me molesta. Me gusta trabajar aquí.
Ella sonrió.
—Se nota.
—No sé si sentirme halagado o insultado.
—No te sientas de ningún modo. Solo estoy intentando retrasar lo inevitable cada vez más.
—¿Lo inevitable? —preguntó, descolocado.
Ella abrió sus ojos y lo miró fijamente. Nuevamente, estos se encontraron y ese extraño sentimiento se apodero de su cuerpo, consumiéndolo. Tenía ganas de muchas cosas pero de ninguna al mismo tiempo porque sabía que no podía hacerlas realidad. Ella nunca se lo permitiría.
Rukia abrió la boca y estuvo tentada a contarle todo. Desde que era una Kuchiki hasta que ahora oficialmente no lo era, su pasado, su presente y quizá su incierto futuro. Quería contarle todo pero hubo algo, una barrera invisible, que se lo impidió. Él podría ser un espía contratado por la CIA para encontrarla en el momento más "oportuno" y sacarla del camino. Como siempre hacían. Él podría aprovecharse de la información que tenía, de los negocios de los Kuchiki, de todo. Él podría matarla y hacer desaparecer su cadáver. Pero, por alguna maldita razón, con tan solo ver sus ojos mieles, ella sabía que no, que ese hombre era sincero con lo poco que le había dicho. Que él no le haría daño.
Pero aun así…
Rukia se levantó rápidamente y se sacudió la nieve de su abrigo negro. El chico le siguió los pasos.
—Debo irme.
—Está bien, te acompaño a casa. Es tarde para ir sola por las calles de Nueva York.
Casa.
Ella ya no tenía una casa.
Recuerda, Rukia, eres una vagabunda. El mundo es tu casa y a la vez no lo es.
—No es necesario, creo haberte demostrado que puedo cuidarme sola.
El chico frunció las cejas y se cruzó de brazos. En eso no iba a dejarse convencer.
—Absolutamente no, por muchas artes marciales o movimientos que sepas hacer, sigue siendo peligroso caminar con una maleta y una cámara colgada al cuello. —La morena abrió los ojos, sorprendida—. ¿En serio piensas que no se nota que traes algo valioso bajo ese abrigo? ¡Eres una idiota! Si no te han robado antes, con seguridad lo harán ahora y, maldita sea, si esta en mi poder ayudar a alguien lo hago. Así que no discutas y solo guíame.
—¿Qué parte de "puedo cuidarme sola" no entiendes, maldito cabeza de zanahoria? ¡Y no soy idiota! Sé muy bien lo que hago.
—Pues parece que no, porque eres una enana idiota inconsciente que vaga por las calles con cosas valiosas colgando de su cuerpo. ¡Solo guíame, maldita sea!
—¡No quiero! ¡No lo hare! ¡No puedes obligarme a hacer algo que no quiero!
—¡Bien! ¡Yo solo intentaba ser amable! ¡Pero si la señorita "puedo cuidarme sola" quiere dormir hoy bajo esta farola! ¡Bien! ¡Hazlo! ¡Como si me importara lo que te sucediese!
Ichigo se recrimino eso mentalmente. "Maldita enana… si me importa lo que te pase… ¡No puedo dejarte en la calle! ¡Solo acepta, terca!"
—Pues… ¡Que te den! ¡Como si me importara que alguien como tú se preocupara por mí! ¡Nadie lo ha hecho desde que tengo diez años! ¡No necesito que nadie me proteja ahora!
Con una decisión que removió a Ichigo, la mujer cogió su maleta y comenzó a arrastrarla. Sus palabras quedaron colgando en su mente, bailando y repitiéndose a cada momento. Después de eso, con mucha más razón no podía permitir que se fuera sola. Apretó sus puños y recorrió el corto tramo que la mujer había hecho. Como una exhalación, Ichigo le quito la maleta fácilmente, dejando a la mujer paralizada.
—¡Devuélveme mis cosas! —Intentó arrebatarlas de sus manos pero Ichigo, con una fuerza que asombro a la mujer, puso la maleta sobre su cabeza, apoyándola con ambas manos—. ¡Idiota! ¡Hay cosas de valor dentro de esa maleta! —No era verdad, pero lo que fuese por poder quitarle su valija.
—Con lo mucho que me importa —dijo irónico—. Escucha, mis principios me obligan a ayudar a una persona siempre que esté en mí poder hacerlo, así que aceptarás, te callarás y me guiarás como la buena niña que eres. No pienso aceptar ninguna opinión tuya.
Rukia abrió los ojos con sorpresa. Ese hombre era exasperante hasta decir basta y ¡diablos que quería decir basta! Ella simplemente no podía guiarlo a la avenida Madison porque iban a pasar dos cosas: la primera, él sabría que era una Kuchiki y quizá intentara extorsionarla por haberla ayudado; segundo, su hermano se encargaría de volver a dejarla en la calle ante la más mínima oportunidad. La mujer apretó sus dientes y sintió una mezcla de sentimientos dentro de su corazón, desde vergüenza hasta remordimiento. Ese hombre no iba a dejarla ir hasta hacer su buena obra del día (ella era el maldito acto de caridad), así que, tragándose su orgullo, iba a tener que decirle la verdad… Bueno, parte de la verdad. No era necesario espantarlo con muertes, asesinatos y lavado de activos.
—Yo… —tragó fuerte. El chico pudo ver su indecisión—. Yo… no tengo a dónde ir.
El chico arqueó las cejas.
—¿Cómo que no tienes a dónde ir? No intentes deshacerte de mí, porque te aviso desde ahora, no funcionará.
—No te estoy mintiendo.
—Pero…
Ichigo callo al ver las mejillas sonrojadas de la mujer. Vergüenza. Su rostro era un poema que el leía con total claridad y entonces todo cuadro. La maleta, la cámara, el abrigo de viaje… todo. Estaba huyendo. O así lo parecía.
—¿Estas huyendo?
—No te importa, sólo… déjame partir.
—¿A dónde? ¿A una esquina para pedir limosna?
—Si es necesario…
El apretó sus dientes.
—¡No juegues conmigo, enana! ¡¿De verdad no tienes a dónde ir?!
—¡No me hagas repetirlo, idiota! ¡Suficiente es con tener que admitir que soy una maldita vagabunda! Maldito seas… —lo miró con rencor. Más vergüenza que rencor.
Ichigo apretó sus manos sobre la maleta, manteniéndola fuera del alcance de la mujer. Estaba huyendo, de qué, quién, no lo sabía y ella no iba a contárselo. Mejor era así, se dijo, se libraba de involucrarse emocionalmente con ella. Pero había algo que aún no le cuadraba, algo que necesitaba ser saciado…
—Maldita sea, estas huyendo y yo soy cómplice ahora…
—¿Qué?
Ichigo sabía que se iba a arrepentir de sus palabras pero algo, su instinto, sus principios, su moral, lo que sea, le decía que era lo correcto.
—Te vendrás a vivir conmigo en lo que consigues trabajo y dinero para alquilar algo propio. —Él vio que ella abría la boca sorprendida, lista para gritarle por las locuras que decía—. ¡Y no acepto un no por respuesta!
—¡¿Estas demente?! ¡¿Te has golpeado la cabeza?! ¡¿Cómo puedes invitar a una total extraña a vivir a tu casa así como así?! ¡Tus padres nunca lo aceptaran!
—Una suerte que no viva con ellos.
—¡Aun así! ¡No tienes sentido de preservación!
—Si estas preocupada por mí, gracias pero puedo cuidarme solo.
—¡No es eso! ¡¿Cómo sé que no eres un secuestrador de mujeres que gusta de torturarlas lentamente hasta la muerte?! ¡Podrías ser un pedófilo!
El chico comenzó a alterarse de verdad ¡Esa enana tenía unas ideas totalmente descabelladas! "Paranoica." Pensó.
—Tienes una imaginación desbordante, en serio. Será un placer compartir piso con alguien como tú.
—Eres… ¡Dios! ¡Eres exasperantemente idiota! —La mujer se cogió la cabeza mientras intentaba meterse en la mente que, al parecer, iba a vivir con un completo extraño.
—Es parte de mi asombrosa personalidad, te cuento.
—Te odio… —gruñó, mirándolo con resentimiento.
El chico rio irónicamente.
—Créeme, el sentimiento es mutuo. —El chico dejó la maleta sobre la nieve y comenzó a jalarla hacia su apartamento. Cuando vio que la mujer no le seguía, se giró y vio a la chica de cabello negros mirarlo con furia contenida, como si quisiera matarlo con solo verle a los ojos—. ¿No vienes?
—¡Devuélveme mi maleta, estúpido! —Corrió tras él.
—No hasta que lleguemos a mi apartamento…
La muchacha caminó atrás suyo, mirándolo de reojo. Midiendo sus reacciones.
—Te voy avisando que si intentas hacerme algo, te dejaré sin herederos.
El chigo le devolvió una sonrisa sardónica que le hizo dar un vuelco a su corazón. Odió sentirse así.
—Como si tuvieras algo interesante bajo ese abrigo.
Bien, eso había sido la gota que rebalsó el vaso.
Entre gritos, peleas y pullas (y patadas dolorosamente bajas en la pantorrilla), Ichigo y Rukia caminaron hacia el departamento de este. La nieve caía con menos regularidad ahora, dejando que la luna iluminara sus cuerpos y sus caminos.
8.-
El grito desgarrador de una mujer lo hizo acercarse a la ventana de la oficina, la más cercana a la vista de la calle. Urahara Kisuke contemplaba con completa diversión cómo los sucesos se iban dando bajo la farola de la calle, desde que ella aceptó el pañuelo de su protegido hasta su charla y pelea. La verdad es que era la mar de divertido verlos interactuar juntos.
—Así que Byakuya ya soltó la bomba —la voz de Yoruichi a su costado le hizo espabilar.
A la luz de la luna, su mujer se veía más que hermosa. Se veía fatal y asesina. Como la verdadera heroína de todo el cuento. Urahara sonrío para sus adentros y volvió a ver la interacción entre ambos.
—Es por el bien de ella —mencionó el hombre.
Yoruichi soltó una carcajada irónica.
—Dejarla a la merced de sus enemigos es la mejor forma de protección de hoy en día, sin duda.
—A veces es mejor tomar la estrategia más extravagante porque es la que menos se esperarían tus enemigos.
Yoruichi se apoyó contra el marco de la ventana, mirando cómo Ichigo y Rukia conversaban.
—Si Byakuya hubiese querido, no habría hecho lo que hizo.
El hombre rubio sonrío tristemente y se dedicó a mirar a los protagonistas de ese momento.
—Entre el deber y el querer hay una gran diferencia. El capitán Kuchiki sólo hizo lo que debía de hacer.
—Lo sé, Kisuke. —Ella lo miró fijamente—. Pero me hubiera gustado que hablaras con él para decirle que aquí Rukia estará a salvo. Ella puede quedarse con nosotros y lo sabes bien porque…
—Porque este es el único lugar que ellos no tocarían. Lo sé. —Le interrumpió el rubio—. Pero no creo que sea necesario alojarla. Mira.
La pareja observó cómo Ichigo le quitaba la maleta a la mujer menuda y comenzaba a gritarle que no le importaban sus opiniones, que se iba a quedar con ella y otras cosas sin sentido.
—¿Ichigo le ha ofrecido el apartamento de Ryuuken? —Yoruichi se quedó asombrada porque, ¡diablos!, esos inconscientes estaban gritando a todo pulmón.
Urahara no respondió nada y solo siguió viendo hasta que ambos desaparecieron por la Quinta Avenida, en dirección a la casa de Ichigo, asumió.
—No puedo creer que Ichigo…
El rubio miro a su mujer.
—Ella pudo haber llamado a Kaien Shiba y a él no le hubiese importado ni su mujer ni su futuro hijo. Él la habría alojado o pudo haber llamado a Kuukaku. Incluso pudo llamar al capitán Ukitake, a Abarai-san o a Kiyone, a ellos no les importaría en lo absoluto. Incluso sabe que pudo habernos dado una llamada, Yoruichi. —El hombre se giró y tomó asiento en su sillón de escritorio—. Pero no lo hizo.
—Sí, claro que no lo hizo porque ella es igual a Byakuya: una maldita orgullosa. Me imagino que Ichigo se dio cuenta de eso y tuvo que recurrir a obligarla prácticamente.
—Sabes que él nunca dejaría a nadie en la calle. Él es así de bueno.
Yoruichi sonrío tristemente.
—Aunque lo niegue con todas sus fuerzas. Masaki lo crió bien.
—¿Sabes que es lo curioso? Que si a Ichigo no le hubiese tocado cerrar solo hoy, la historia hubiese sido muy distinta. Él no se la habría encontrado. Ten por seguro que otra persona la abría alojado en su casa.
La mujer de cabellos morados cerró la cortina, haciendo quedar el cuarto casi a oscuras.
—Sí, y también es curioso la forma en que ambos se han encontrado. Supongo que no recuerdan nada.
—No podrían. Nos encargamos perfectamente de eso.
La morena se acercó al dintel de la puerta, lista para salir, pero la pregunta del rubio ex capitán le paró en seco.
—¿Crees que ellos terminen como Isshin y Masaki?
La pregunta era clara y concisa. La respuesta, no tanto.
—Solo espero que la historia no se repita…
Dicho esto, la mujer salió de la oficina.
9.-
—Así que… ¿Aquí vives?
Era cierto que a Rukia no le importaba en lo más mínimo el estado del lugar, ni que fuese un apartamento como el de Byakuya pero, ¿no molestarse en pintar? ¿O en arreglar algo? El edificio era viejo y se estaba cayendo a pedazos, desde afuera se podían ver que algunos de los espacios que se alquilaban tenían las ventanas rotas o, incluso, ruidos extraños salían de los apartamentos. Ella sabía que no iba a regresar al lujo que tenía en la avenida Madison porque, en parte, jamás había sido suyo. Eso se lo tenía que recordar constantemente para memorizárselo hasta que se lo creyera. Cuando entraron al lugar donde ese chico vivía… por un momento, prefirió las cajas de cartón; luego se abofeteó mentalmente y decidió que esto era mejor que nada.
Ichigo observaba cómo la pequeña mujer giraba la cabeza y arrugaba su nariz aristocráticamente, como si todo le oliese mal. Bien, al menos ya sabía que ella había vivido en algún sitio de alta alcurnia antes de huir y eso le hacía avergonzarse porque él era un hombre que vivía temporalmente solo, por lo tanto, el lugar estaba hecho una inmundicia. "No es como si hubiese planeado traerla desde un principio…" Se justificó, mientras dejaba la maleta de la mujer en la sala de estar. Él sabía que su departamento era humilde y, sinceramente, no necesitaba más que eso. Y no es que fuese totalmente su lugar, sino el de su madre. El de Masaki. Ella y él habían compartido ese destartalado apartamento desde que Ichigo tenía uso de razón; siempre ellos dos. Pasada su muerte, Ishida Ryuuken y su hijo pasaron a formar parte del lugar. El muchacho había convivido en paz con los Ishida, sin causarles más problemas de los que ya tenían e intentaba ser igual de organizado que ellos. Sin embargo, cuando giró su cabeza para contemplar nuevamente el estado de las cosas, se dijo que todo ese tiempo había sido en vano.
Suspiro audiblemente. Bueno, que pensara lo que se le diera en gana, al cabo que la que se iba a quedar era ella
—Sé que no es el mejor lugar del mundo, pero es mejor que la calle —habló, mientras se dirigía a la pequeña cocina que había pasando el comedor.
—Supongo…
No se iba a quejar. Definitivamente no se iba a quejar… No…
—¿Qué huele tan mal? —musitó bajito Rukia. Mientras olfateaba y se agachaba, pudo descubrir de dónde provenía—. Eso es…
Ichigo ingresó a la pequeña sala con dos tazas de café caliente y vio a la mujer husmear bajo su sillón y sacar algo duro y amarillento con manchas verdes. Por primera vez, desde hace semanas, sintió el penetrante olor pero decidió ignorarlo, como lo había estado haciendo esos últimos días.
—Ah, sí, olvide limpiar hoy. —Sonrió quedo, viendo como el rostro de la mujer formaba una mueca de asco.
Rukia lo miró con incredulidad.
—¿Solo hoy? Yo creo que esto no se limpia desde hace un mes… ¿Cómo puedes tener queso bajo los muebles y no darte cuenta?
—¿Queso? ¿En serio? —Su voz sonaba irónica, como si no le importase en cierta medida si ella se sentía incomoda o no en su lugar.
—¡Sí! Y podrido, debo decirte… ¿Acaso se te ha atrofiado el sentido del olfato?
—No, huelo perfectamente, enana.
Se levantó con el trozo de queso putrefacto y lo botó en su tacho de la cocina, regresó maldiciendo y pateando libros de anatomía que estaba regados por el comedor. Ichigo sólo veía como la pequeña chica cogía sus textos y los subía a la mesa, intentando hacer espacio para caminar. Sorbió su bebida y suspiró. Adoraba el café recién pasado y filtrado, era como ver el cielo en la tierra. Levantó su mirada para observar a la enana maldecir entre dientes cosas como "todos los hombres son iguales", "desordenados, sucios, asquerosos", "Igual de puerco que Renji…" y "A mi hermano le hubiese dado un infarto…"; todo esto mientras levantaba los empolvados, amarillentos, textos de medicina y anatomía general. No quiso decirle que esos libros ya no le servían porque eran pasados, como no quiso decirle tampoco que fue Ryuuken quien los había ordenado de esa manera, ni tampoco quiso decirle que iban a ser donados a una librería de cosas usadas. Iba a dejarla justo como la veía, ordenando su apartamento. Fue ahí que se le ocurrió la mejor idea que había tenido en el día y que le salvaría de gastarse dinero en una mucama a medio tiempo.
—Oye, enana…
—Mi nombre no es enana, puerco —replicó mordaz. ¡Joder con los hombres! ¡¿No tenían neuronas en el cerebro?!
Ichigo sólo rió, quedo.
—Llámame todo lo que quieras. Sigo siendo tu casero y me deberás respeto a partir de ahora.
Fueron esas palabras, burlonas y llenas de ironía, lo que la hizo botar los textos sobre la mesa, haciendo que el café del muchacho se le derramara sobre la mesa.
—¡Hija de…!
—¡Ni te atrevas a terminar esa frase, tú, cerdo inmundo! ¡Esto es un chiquero! ¡Hasta la calle está más limpia que esto!
Ichigo se levantó de la mesa y, con rapidez, cogió un paño de la cocina para evitar desastres mayores. Una vez que pudo controlar el líquido caliente sobre la mesa, que había mojado algunos de los libros ya que estamos, le dirigió una mirada mordaz a la mujer. Era una desagradecida y una mimada. ¡Y él que quería hacer su buena acción del día! Le había salido el tiro por la culata.
—¡Si gustas ve, eh! ¡Anda a la calle y veremos si duras esta noche sin hipotermia! ¡¿Sabes a cuantos grados va a disminuir el tiempo?! ¡Menos 18! ¡Así que agradece que tienes un techo y un lugar donde no morir congelada! ¿Eres así de agradecida con todos los que te prestan un servicio? —Preguntó con ironía.
La mujer puso los ojos en blanco.
—Soy agradecida cuando el lugar que me ofrecen no es un nido de ratas. Así que no me hables aquí de prestar un servicio que como casero; te morirás de hambre, te lo digo.
—No es como si hubiese planeado traerte aquí, en primer lugar. —Gruñó, mientras llevaba su vaso a la cocina y veía como la taza de café caliente seguía intacta. Bien, él había sido amable; ella era el problema—. Además, no te han educado bien por lo que veo. ¿Sabes que cuando te invitan algo es de cortesía al menos beber un poco?
—¿Qué…? —Ella lo miró como si le hubiese crecido una segunda cabeza y fue entonces que se dio cuenta de la taza ya no tan humeante de café a un lado de los papeles que había tirado.
El chico simplemente cogió el vaso antes que ella pudiese beber algo.
—¡La iba a tomar!
—Paso tu oportunidad. —Rukia escucho como el líquido era eliminado por la cañería de la cocina y frunció el ceño. Oh, bien, ella había tenido toda la intención de tomar esa taza de café. Así que, cuando el muchacho regreso, Rukia lo observó con amargura y él, sintiéndose acosado por su mirada, arqueó su ceja—. ¿Qué?
—¿Eres así de amable con tus invitados?
—Solo con los que no tienen modales, ni saben agradecer tener un techo bajo su cabeza.
Ella soltó una carcajada de indignación y levanto las manos, boqueando ante tanta grosería.
—Es… ¡Increíble! ¡Eres increíble!
—Lo sé —sonrió de medio lado—, pero que lo repitas no me va a hacer cambiar de opinión respecto a ti, así que… —Ichigo sintió un fuerte puño doblarle la cara y casi torcerle la cervical. Él solo gimió fuertemente y comenzó a frotarse la zona afectada—. ¡Joder contigo! ¡Estás loca! ¡Tienes razón, debo haber perdido la cabeza por haberte traído a mi casa!
—¡¿Por qué lo hiciste entonces?!
Ichigo se quedó de piedra, sintiendo bullir sus emociones más hondas dentro de su corazón, advirtiendo con salir a flote. No podía decirle simplemente que tenía esa insana sensación de protección para con ella, no podía decirle que verla llorar le había dolido en lo más hondo, ni tampoco podía decirle el por qué.
—¡Porque sentí lástima! —Gritó, hartándose de la confusión dentro de sí mismo—. ¡Lastima de una niña mimada que ha huido de casa porque de seguro no le pagaron su entrada primera clase a algún país exótico! ¡Porque eso eres! ¡Inmadura, malcriada y mimada! ¡Estás en la calle y lo primero que haces al llegar al lugar donde te acogen es criticar! —Respiró, calmándose. Algo dentro de él comenzó a preocuparse por el rostro de incredulidad que la mujer ponía y de cómo sus puños estaban completamente cerrados—. Escucha, no te quiero echar a la calle, pero deberás, al menos, comportarte como una persona cuerda dentro de mi casa y dejar de golpearme cada cinco malditos segundos sólo por existir.
Rukia se quedó de piedra mientras escuchaba las palabras del hombre. Lástima. Le habían tenido lástima. Sentía las palmas de sus manos rajarse ante el fuerte apretón que se había aplicado a sí misma, en un intento por controlar los sentimientos dentro de ella. Rabia, amargura y odio. En ese momento, con todas esas palabras, realmente odió al hombre frente a él. Así que, cuando éste termino de hablar, ella intento darle una fuerte bofetada; no obstante, él fue más rápido y atajó su mano en el vuelo, sintiéndose aun más insultado.
—¡Maldita sea! —Lo escuchó gruñir—. ¿Así que no te gusta escuchar verdades, eh? Bien, pues qué pena. Eso es lo que eres: una niña rica mimada. —La última frase la lanzó con toda la saña posible. Quería hacerle daño. Su orgullo quería herirla; su corazón se odiaba por ello.
Se miraron y nuevamente esa conexión embravecida por la rabia y el fuego que provocaba el tocarse mutuamente, surgió de la nada. No se soltaron. Ambos, con esa sensación eléctrica corriendo por sus venas, sólo se miraron retadores, como si sus ojos pudiesen decir todo. Ichigo pensaba que era una mimada que en lo único que se preocupaba era en sus lujos, y no dudó ni por un momento en que regresaría llorando a casa con su papi después de haberle echado un vistazo a la cruda realidad, donde nada era bonito o suave.
Rukia, por otro lado, quería matarlo, quería coger una roca y darle tan fuerte en la cabeza hasta hacerlo retractarse de sus propias palabras. Pero sólo se limitó a lanzarle la mirada de desprecio marca Kuchiki que más le valía en esos momentos. Lo odiaba, pero se odiaba aún más por dejar que sus palabras traspasaran el muro que había construido ella misma como autodefensa. Muchas personas le habían dicho esas palabras, así que no es como si fuese la primera vez. Lo que realmente le afectaba era la persona que lo había dicho. Él. Rukia cerró los ojos, cortando todo contacto con Ichigo y desligó su agarre, sin embargo su cuerpo no le respondió por lo que ambos se quedaron ahí, parados, separados por unos metros de diferencia. Lo odió aún más cuando un recuerdo, de esos que tenía encerrados bajo llave, se coló a la superficie, haciéndola temblar.
—Rukia —una voz ronca y tirante la trajo a la realidad nuevamente—, Rukia, levántate, nena. Tenemos que caminar.
No, no quería caminar. No quería moverse de allí. La nieve se sentía tan cálida sobre su rostro…
La pequeña de ojos violetas dio un pequeño grito cuando unos frágiles brazos la alzaron de su cómodo escondite, sacándola de ese sueño tan hermoso que tenia de vivir en una casa grande y tener miles de muñecas de porcelana con las cuales jugar a la casita. Jugar a la casita. Ella no sabía hacer a eso, pero sabía matar ratas de alcantarilla, esas negras y feas con dientes amarillos, filudos, listas para atacar. Ella las mataba con el arma que llevaba Hisana. De hecho, le parecía curioso el chillido de agonía que proferían esos animales al ser atravesados por ese doloroso metal. Era el único juego que sabía jugar.
—¡Hisana! —exclamó, al sentir unas bofetadas sobre sus mejillas agrietadas, sonrojadas por el frío.
Rukia vislumbró, desde la duermevela, cómo su hermana le daba pequeños toques sobre sus cachetes redondos. Pudo ver desesperación en sus acciones y quiso abrazarla para hacerle sentir que estaba bien. Que nada malo le pasaba, solo estaba cansada, muy, muy cansada. Quiso mover sus brazos pero no pudo. Intentó con sus piernas y el resultado fue el mismo. Cuando removió sus dedos, tuvo que contener un chillido de dolor. Sentía que le acaban de romper todos los dedos.
—Rukia, no te duermas. Hagas lo que hagas, no te duermas. —La aterciopelada voz la trajo desde las profundidades y la hizo respirar con agitación.
Giró su cabeza en todas las direcciones. Su hermana traía puesto un abrigo largo, casi el doble de su tamaño, que estaba empapándose de aguanieve al estar expuesta al frio. Su humilde hogar había sido profanado por el invierno y las cajas no resistirían tanto. Ella vio como el cartón se había humedecido tanto que parecían dormir bajo el mar, las pocas pertenencias que tenían ya no estaban, por lo que asumía que Hisana ya las habría puesto a buen recaudo. Su cuerpo sufrió un fuerte espasmo que la hizo gruñir bajo, estaba cansada y tenía mucho frío.
—Hisana… —su voz tembló—, me duelen los dedos…
Su hermana levantó su brazo, haciendo que los quejidos de la niña fuesen más audibles. La pequeña vio con horror cómo sus dedos ya no tenían ese color pálido de siempre, sino que eran azules, y de las uñas salía sangre coagulada que goteaba cantidades mínimas. Con todo su esfuerzo, se miró las piernas, que estaban descubiertas porque Hisana le había levantado el pantalón. Azules con moretones hinchados de líquido rojo sobre sus rodillas.
—¡Hi-i-sa-sa-na-a…! —Chilló entrecortadamente—. ¿Po-porque-e est-toy a-azu-ul? Te-tengo-o frí-io-o…
Rukia vio como a la mujer se le aguaron los ojos y comenzaba a golpearse la cabeza y a susurrar cosas sin sentido. Ella solo quería dormir y que el frío menguara. Quizá, si Hisana la abrazaba…
—Bien, no tengo otra opción —musitó quedo para sí misma mientras cogía en brazos a la pequeña. Tomó las pocas pertenencias que llevaba con ella y, en esa fría madrugada de Carolina del Norte, vio a su hermana correr hacia el hospital cercano.
La pequeña de ojos violetas, ahora opacos por la enfermedad, miraba con curiosidad la sala de emergencias mientras las enfermeras la colocaban en una camilla y dos doctores llegaban a ella.
—¿Edad?
—4 años —escuchó decir a su hermana. Tenía miedo.
—¿Usted es familiar directo?
—Soy su hermana.
—¿Dónde residen actualmente?
—Bajo uno de los puentes del puerto, casi llegando al mar…
—Hipotermia por inmersión. —El otro doctor que la estaba examinando hablaba chistoso o eso escuchaba ella—. Está por debajo de los 25 grados, no creo que sobreviva la noche.
Rukia escuchó el grito ahogado de su hermana. No, que no llorase… ella no debe llorar…
—¡Tenemos que descongelar su cuerpo! —Gritó el otro médico, el que hizo llorar a Hisana—. ¡Llévenla a…!
Las voces se volvían difusas y las imágenes extrañas. Detrás de Hisana pudo observar una sombra negra, como una gran araña gigante que la seguía. Ella le gritó desde la sala de emergencias.
—¡Rukia, no te duermas! ¡Por lo que más quieras, no te duermas!
«Lo siento, hermana. Solo quiero dormir.
Tengo mucho sueño.
Y esa araña… está sonriendo.»
—Oye…
Ichigo vio, consternado, cómo su huésped había comenzado a temblar, no sabía si de ira, miedo, frustración o cualquier otra cosa. No lo sabía y eso le carcomía por dentro. Quería ayudarla, no sabía porqué pero sentía que era su obligación hacerlo. Más que obligación, algo dentro de él lo instaba a protegerla. Quería protegerla. Tenía que hacerlo. Cuando estuvo a punto de poner una mano sobre su hombro, la mujer se alejó de él como si quemara. Ichigo le busco la mirada y, cuando la encontró, se paralizó.
Esa no era la enana que había conocido.
—No tienes… —tenía los dientes apretados—. No, de hecho, no vas a hablar de mí como si supieras quien soy. Tú no me conoces, yo no te conozco. Es mejor así, créeme y será solo por hoy. Gracias, chico zanahoria, por tu hospitalidad, pero mañana encontraré un lugar donde dormir. No te molestaré más.
Dicho esto, Rukia dio media vuelta, hacia la pequeña sala de estar y se sentó en el sillón sin casi nada de relleno. Abrió su maleta y metió el libro que había dejado tirado, el libro de M.K. Fue en ese momento en que sintió el agua salada correr por una mejilla, luego dos y después tres. Otra vez. Con sus manos comenzó a sacarse la debilidad del rostro, arañándose las mejillas, dejándolas sonrojadas en el proceso. Cerró los ojos y respiró fuertemente, sintiendo un espasmo recorrerle la espina dorsal. Tenía que calmarse, habían sido demasiadas emociones por un día, por una noche; lo último que quería era que un total extraño la observara llorar… por segunda vez. Ya había sido lo suficientemente malo la primera.
"Nunca muestres debilidad ante tus enemigos. Nunca les permitas ver tus emociones. Engaña con tu mirada, con tu cuerpo; pero nunca engañes a tus principios. Se fiel a ellos. Respeta las reglas y nunca traiciones a la familia. Miente, manipula y mata, eso es lo que hacen los Kuchiki."
Sentía que se hundía mientras recordaba el lema familiar. El mantra que todos los empleados y miembros de la familia tenían que repetirse a sí mismos para poder ser parte de esa mafia que traspasaba fronteras. Ella se la había aprendido de memoria a los diez años, después de la muerte de Hisana. Con esos pensamientos en mente, se acurrucó en el mueble, abrazando su cámara. No se quitó las botas, en caso de que necesitase correr en la noche. No supo cuánto tiempo se quedó así, mirando a la nada y sintiendo que su vida, todo lo que había conocido se hundía en un hoyo de agua negra que tragaba todo a su paso. Ella había querido libertad, sí, pero quería ser aceptada, no por la familia, sino por Byakuya. Él había sido lo único que le había mantenido a flote en tanta oscuridad y no podía soportar la idea que él la abandonara a su suerte. Ella podía soportar que todos la abandonaran… pero no él. Eso dolía demasiado.
Mientras tanto, Ichigo se quedó petrificado ante las palabras de la mujer y, cuando esta simplemente se acostó en su mueble y fingió dormir, decidió que había sido un idiota. Se sentó en el comedor y se frotó el rostro con ambas manos. Había sido un completo error traerla a su hogar, lo supo desde el momento en que la idea se había colado dentro de su mente, pero no pudo hacer mucho. Ella tenía algo que hacia sacar un lado de él que ni conocía, ni estaba dispuesto a aceptar. ¡Era una completa extraña, maldita sea! Una completa extraña a la que había escuchado llorar y que, al no soportar ese desconsolador sonido, había traído a su casa. Pero era más que eso y él lo sabía, sin embargo no podía darle ni forma ni nombre.
Se levantó rápidamente después de un tiempo. Giró su cabeza y al ser la una y media de la mañana agradeció que al día siguiente él tuviese cierre en el café, ya que al menos descansaría unas horas extra. Con premura, se dirigió a la habitación de invitados. Ese cuarto no era parte del costo de su alquiler, sino que Ryuuken, al haber tenido que mudarse, hizo un acuerdo con el casero para poder alquilar un pequeño cuarto que colindaba con el apartamento de los Kurosaki. Cuando Ichigo le preguntó la razón, él solo atinó a decir que, en caso de emergencias, ya tenían un lugar donde alojar invitados. Él jamás se imaginó traer a nadie a su hogar, luego apareció Inoue y esa habitación por fin tuvo uso. Y ahora le salvaba de tener que hacer dormir a una mujer en el suelo.
Abrió el armario y cogió unas sábanas para luego tender la pequeña cama puesta en medio de la habitación. Los edredones y mantas estaban algo viejos pero servirían para pasar la noche; sólo esperaba que a ella no le diese un ataque y decidiese irse a dormir a la calle porque si no, él tendría que regresar a buscarla y traerla a rastras. Sí, así de bueno se estaba dando cuenta que era. Cuando el dormitorio estuvo preparado, se dirigió a la sala y vio, con asombro, que la mujer de verdad se había quedado dormida. Su respiración ya no era errática, sino más bien pausada y calmada. Como si estuviese teniendo un buen sueño.
Ichigo suspiró, acercándose para poder despertarla. Se puso en cuclillas y la zarandeó un par de veces pero nada parecía sacarla de su duermevela. Bien, podía patearla pero, además de ser grosero, sería ruidoso. Ya demasiado habían hecho como para armar un escándalo a las dos de la mañana.
—Eh, enana, despierta —susurró, acercando su rostro.
"Bonita…"
Fue el primer pensamiento que se le vino a la mente mientras observaba las delicadas facciones de Rukia de cerca. Largas pestañas, pómulos altos, finos labios y rostro ovalado. Sin embargo, lo que más le impresiono fueron sus pestañas, oscuras como las crines de un caballo negro. Ichigo se vio hipnotizado por el rostro de esa mujer y, sin mover un solo musculo, sólo se dignó a observar cómo ella tomaba una respiración sumamente larga que hacia relucir su pecho un poco más. Porque sí, él pudo darse cuenta que, bajo el saco negro y la gruesa cámara, existía algo delicado y acorde a su pequeña figura. Ichigo, totalmente sonrojado al tener esos pensamientos, cerró los ojos y se cogió la cabeza con ambas manos, intentando sacarse esa imagen mental. "¡Dios, que estúpido me debo de ver en este momento! ¡Tengo que darle un puñetero golpe para que se levante! ¡Sí, eso hare!" Y justo cuando se decidió a que golpearla era la mejor manera de levantarla, una suave caricia lo dejó perplejo. Abrió los ojos como platos y fijo su mirada en la pequeña chica que lo observaba a tan poca distancia.
Y nuevamente cayó.
"Es una maldita bruja…" Se dijo, mientras sus ojos y los de ella se encontraban otra vez, haciendo correr ese sentimiento extraño por sus venas. Él se sentía idiota a su lado y no era idiota, un poco despistado y tonto tal vez, pero sabía lo que hacía. La mano de Rukia había acariciado su mejilla y no se dio cuenta de cómo ni de cuándo pero una bofetada le fue dada con tanta fuerza que lo dejo K.O. por unos diez minutos mientras la mujer gritaba letanías acerca de la intromisión a su espacio personal, la caballerosidad en estos días y a ser un buen huésped. Mientras, el hombre sólo se había quedado mirando como ella cogía sus cosas y empezaba a ir a la puerta. Las alarmas en su cabeza sonaron a tiempo.
—¡Espera! —gritó.
—¡¿Qué espere qué?! ¡¿A qué que hagas algo sucio?! ¡Querías besarme, idiota! —Rukia se sonrojó cuando grito esto. ¡Era tan embarazoso!—. ¡Eres un maldito depravado!
—¡Que no soy así, mujer! —chilló. Bien, momentos desesperados, medidas desesperadas. Cogió la maleta de la mujer de nueva cuenta y se dirigió a la habitación de huéspedes.
—¡¿Acaso nuestra relación va a ser siempre tu llevándole la contra a mis deseos?! ¡Porque si es así, prefiero la calle, en serio! ¡Y no me importan tus menos dieciocho grados!
—¡Cállate! ¡Yo sólo te quería ofrecer un maldito cuarto donde no congelarte! ¡Y esta vez, ya me harté! ¡Lo tomas o lo dejas!
—¿Qué…?
Rukia cerró la boca cuando vio que el muchacho no le había mentido. Ingresó al pequeño cuarto y vio que la calefacción estaba encendida y que ahí helaba menos que en la sala de estar. Ella le echó un vistazo al hombre para ver cómo simplemente dejaba sus cosas sobre un pequeño mueble cerca de la ventana y la miraba con los brazos cruzados, esperando para el golpe. En ese momento recordó lo mal que le había hecho sentir, pero descartó ese sentimiento casi de inmediato porque sabía que él no tenía la culpa. Él solo había dicho la verdad. Ella sabía que su comportamiento no era el mejor en ese tipo de situaciones pero de que sólo se iba a quedar una noche, era cierto. Lo iba a cumplir, porque ella no quería ser el bulto de nadie y menos de una persona que recién acababa de conocer. Con esto en mente, suspiró y aligeró su mirada. Habían comenzado con el pie izquierdo, luego se lo habían pisado y después intentaron cortárselos. No era el mejor inicio para una relación saludable.
—Yo… gracias —susurró, mientras se sentaba en la cama y bajaba la mirada. Respiró hondo y sus ojos volvieron a cruzarse. No, el sentimiento extraño seguía ahí—. Sé que no tienes el mejor concepto de mi persona, pero gracias. Te prometo que mañana me iré.
Ichigo apretó sus puños en sus brazos y su rostro mostró preocupación. No, ella no podía irse. No le permitiría dormir en la calle si estaba en su poder evitarlo.
—No digas estupideces, te irás cuando tengas un lugar propio. Te lo dije, nadie vive conmigo —esto último lo dijo con algo de nostalgia en su voz. Extrañaba a Ryuuken y a Uryuu, a este no tanto pero igual hacia sus días menos aburridos—. Además, no me vendría mal algo de compañía.
Cuando Rukia sonrió, Ichigo tuvo que respirar hondo.
—Gracias, de verdad. Te lo compensare…
—No tienes que hacerlo.
—Tengo algo de dinero. —Se desabrochó el abrigo y metió su pequeña mano dentro de él para sacar un sobre que, evidentemente, contenía efectivo—. Ten, es el pago por mi estadía, no es mucho pero conseguiré más.
Ichigo sabía que tenía que coger los billetes y no decir nada. Maldita crianza de su madre que no le permitía aceptar ese tipo de cosas de personas en necesidad. Con un suspiro, se dirigió a la salida.
—No voy a aceptarlo. No vas a pagarme de esa manera.
—Pero tengo que darte algo, no puedo simplemente estar en tu casa gratis, yo…
Él se giró en el marco de la puerta.
—Escucha, hagamos algo: yo te dejo quedarte en mi piso si tú, a cambio, lo limpias, ¿trato? —estiro su mano.
Rukia lo miró con resignación. Ya se imaginaba que iba a tener que hacer algo así.
—Vale, bien, trato —dijo a regañadientes.
Ambos se tomaron de la mano y nuevamente esa corriente les recorrió totalmente. Así que, para deshacerse de ese sentimiento, pusieron distancia. Ichigo desapareció por el rellano y Rukia escuchó como una puerta se cerraba. Ella suspiró y la cerró igualmente, dejando el piso en completo silencio.
10.-
Si a Rukia le hubiesen dicho que tendría que limpiar pisos para vivir, habría reído y luego golpeado a la persona que hubiese blasfemado de esa manera. En su situación actual, no se veía con la potestad de reclamarle nada a nadie. Tenía un techo, comida y al menos estaba intentando conseguir un empleo. Habían pasado aproximadamente cinco días desde que Byakuya la había desheredado por completo y su vida se había ido, literalmente, a la mierda. Primero porque Renji le gritó letanías sobre cómo usar un teléfono público para llamarlo y pedirle ayuda; Kaien Shiba lo secundó, pero agregó un manual sobre cómo perder el orgullo Kuchiki. Esto último la hizo golpearlos por idiotas.
Como era de esperarse, ningún medio se enteró de nada. Nadie sabía nada y, cuando Renji propuso ir al piso donde se estaba quedando, Rukia prácticamente huyó del restaurante, alegando locura temporal. El chico no podía enterarse de nada; suficientemente malo era que él creyese que era de una familia rica por sus modales a la hora de comer. Además, no sabía su nombre. Ella lo llamaba "chico zanahoria" y él "enana", no porque no hubiesen querido decirse sus nombres, sino porque no había tenido tiempo de entablar una conversación de más de dos minutos. Él tenía las mañanas ocupadas en la universidad para luego pasarse al café. Ella se la pasaba del instituto a oficinas, negocios que requerían fotógrafos o diseñadores, para luego regresar al departamento a limpiar las porquerías de otros. Su día se iba ahí, por lo que ella llegaba a las diez, mientras que el chico llegaba una hora después, cuando ella ya estaba durmiendo o encerrada en su alcoba. No se veían, no se hablaban más que en el desayuno y decían las palabras justas. Esa había sido su rutina durante cinco días.
Así que esa noche del viernes, ella entró sigilosamente al departamento. Era más de medianoche. Renji y Kaien no la habían dejado irse hasta contarle todos los pormenores de su nueva vida; el hombre de confianza de Byakuya le prometió hacerle llegar todas las noticias acerca de Vietnam, mientras que Shiba le juró hablar con su hermana para que arreglara la situación con Kuchiki. Ella sabía que no había nada más que decir. Caminó suavemente por el apartamento y se quedó mirando fijamente hacia el instrumento que había en una esquina del comedor. La primera vez no lo había notado bajo esa gran manta de colores rústicos, además que los libros de textos habían colaborado a su escondite. En su primera limpieza, lo descubrió, negro y grande. Un hermoso piano de salón empolvado y algo desvencijado. En su segunda limpieza, decidió estrenarlo, dándose con la sorpresa que aún estaba afinado, a pesar del tiempo. Fue en la cuarta limpieza que decidió tocar.
Era recordar momentos agradables, con Hisana en el apartamento de Byakuya, tocando ese viejo instrumento que había sido removido después de su muerte. Rukia, gracias a su hermana, había aprendido algunas canciones en su niñez; sin embargo, más de diez años después, se dio con la sorpresa que la falta de práctica le había pasado factura. No recordaba más que algunas notas y sus dedos se sentían torpes, ya no ligeros como antaño. Iba a tener que pedirle permiso al muchacho en cuanto terminase con la limpieza. Quería volver a tocar, volver a sentir las suaves notas crearse en el aire, hacerlas eternas a su oído. Con ese sentimiento, se encerró en su pequeña alcoba. Se puso un pijama que Renji le había llevado a su encuentro y se lanzó a la pequeña cama.
No supo por cuánto tiempo estuvo echada, pero sí supo el momento en que los ojos se le cerraron y el viento frío le hizo tiritar con un escalofrío. Se había olvidado de encender la calefacción, pero estaba demasiada cansada como para poder levantarse y encenderla. Giró su cabeza al pequeño reloj de pared. Las tres de la mañana. Se masajeó la sien, intentando llamar al sueño nuevamente. Fue en ese momento que comenzaron los gritos.
Rukia abrió los ojos y saltó de la cama al escuchar esos sonidos rotos, casi iguales a los suyos, provenientes de algún lugar del apartamento. No quería imaginarse que era el chico quien estaba gritando. Miles de imágenes pasaron por su cabeza, como que los Kuchiki la habían encontrado y ahora torturaban al muchacho. Deshizo esa idea tan pronto como llegó. Si fueran ellos, haría mucho que Rukia estaría muerta. La otra opción era un robo, pero no le cabía en la cabeza que un hombre tan grande como él no pudiese enfrentarse a unos cuantos ladrones. La última opción era que se hubiese lastimado… pero nadie gritaba de esa manera sólo por un golpe. Eso sonaba a como si lo estuviesen matando.
—Pero qué… —susurró, mientras escuchaba como un llanto inhumano recorría el apartamento. Bajó su mirada a sus brazos y vio que tenía la piel erizada.
Se levantó lentamente y abrió la puerta. Los ruidos no menguaban y seguían la dirección del cuarto del hombre que vivía en ese lugar. Ella comenzó a temer por la salud del muchacho así que, con todo su valor, se dirigió rápidamente hacia el pasillo y tocó la puerta varias veces.
—¡Oye! ¡¿Estás bien?! ¡Hey!
"Maldita la hora en que no le pregunte el nombre, joder".
Él abrió los ojos ante unos fuertes golpes sobre su puerta.
Con la respiración errática y un sentimiento de angustia en el pecho, Ichigo se levantó rápidamente de la cama, intentando que las imágenes de su cabeza se despejaran. Mala idea. Las fuertes nauseas acudieron a su cuerpo, tumbándolo nuevamente sobre la destartalada cama y, como la primera vez, se tocó la cicatriz que tenía en el pecho. Esa que le daba nombre a toda su mala suerte. Cerró los ojos y, a una velocidad intensa, los recuerdos de la muerte de su madre estallaron en su cerebro como si de una fuerte explosión se tratase. Todo. Desde sus estúpidos deseos de niño, los últimos días antes del cumpleaños y supuestamente muerte de su padre; hasta los dientes de león embadurnados de sangre, la suya. La de su madre. Las arcadas comenzaron cuando las palabras del asesino regresaron a su cabeza y esta vez, tuvo que coger una pequeña cubeta detrás de la cama para calmar los deseos de su estómago. Sabía que esa noche no había cenado, pero el terror invadió sus sentidos cuando vio que no había expectorado nada más que un líquido transparente con rastros de rojo.
Sus miedos más profundos salieron a flote y fueron tan fáciles de leer sobre su rostro. Ansiedad. Tortura. Terror. ¿Por qué? ¿Por qué habían vuelto las pesadillas? ¡Joder, eso no le pasaba desde hacía años! Tuvo que controlar sus espasmos luego de haber devuelto su almuerzo para levantarse, lentamente esta vez. Respiró profundamente varias veces y notó como la camisa que llevaba para dormir estaba totalmente empapada de sudor. Al parecer la pesadilla había sido más vivida que antes. Los golpes sobre su puerta no se calmaban, de hecho, parecían cada vez más desesperados.
"¡Joder! ¿Quién rayos es? ¿Acaso Uryuu ya regresó de su maldita expedición?" Pensó, recordando que su primo se había largado hace más de un mes para un proyecto del que no sabía absolutamente nada. No lo extrañaba, a decir verdad. Era a su padre al que de verdad le tenía cariño.
Con esos pensamientos, se sacó la camiseta mojada y la lanzó hacia un lado de la habitación, quedándose solo en boxers. Mientras se ponía otra camiseta, llegó a la esquina donde se encontraba el espejo de cuerpo entero ya sin la sabana negra y pudo verse en su totalidad otra vez. Con horror y asco, vio cómo de esas cicatrices un líquido blanco hueso comenzaba a salir de ellas. Su respiración se agito y se tocó el pecho, viendo a esa cosa cubrirle la mano como si fuese un guante y avanzaba por lo largo de sus brazos. Desde las cicatrices, este líquido se extendía como una segunda piel por todo su cuerpo pero, en sus cuartos traseros, se alargaba, como si fuese una cola recubierta de pelaje blanco. De pronto, el líquido se comenzó a poner duro sobre su piel y la quemaba, partiéndole los músculos y desollándolo de afuera hacia adentro. Era como una armadura de hueso viva que lo devoraba.
Cuando llegó a su rostro, abrió la boca para poder gritar, pero ella no salió más que un rugido animal.
—¡Oye! ¡Abre la maldita puerta o la tumbaré! ¡Joder, abre!
Ichigo dio un respingo ante esa voz y notó, con sorpresa, que nada salía de las cicatrices. La palabra "Hollow" seguía escrita en su pecho, sin ninguna modificación. Se tocó en todos lados para ver si eso que había vivido era solo una ilusión. Los remanentes de la pesadilla. Cuando estuvo de acuerdo en que su cerebro le había jugado una mala broma, se colocó de inmediato la camiseta que había tenido cogida en una mano y que ahora mostraba varias arrugas. Intentando componer su rostro, sin éxito alguno, fue a abrir la puerta.
Unos ojos asustados y rostro compungido le dieron la bienvenida al mundo de los vivos, donde su pesadilla no duraba solo una noche, sino toda la vida.
Ichigo tuvo que hacer acopio de toda su capacidad mental para recordar quién demonios era la persona que estaba frente a él. Y eso que él nunca olvidaba nada pero en ese momento, después de lo que había vivido, sabía que le iba a ser difícil captar algunas cosas. Se pasó ambas manos por el rostro intentando que algo se le viniese a la mente. Cualquier cosa. Cuando sintió una patada de lleno sobre su delicado estómago, todo le vino a la memoria. Sobre todo el hecho que esa pequeña mujer pateara como si fuese profesional.
—¡¿Qué crees que estás haciendo a las tres de la mañana gritando como niña?! ¡Pensé que estaban asaltando, joder! ¡Me has dado un susto de muerte!
Y claro, sus palabras alentadoras eran difíciles de olvidar.
Ichigo, que sabía que ese no era el momento indicado para pelear, simplemente le dirigió su mejor mirada de "jódete" que pudo encontrar. Esto no le pasó desapercibido a Rukia que, sin entender nada, vio como el chico se doblaba en dos y se tapaba la boca. Él, para conservar la poca dignidad que sabía que le quedaba, fue corriendo a la cocina y vació su estómago nuevamente en la regadera. Cuando creía que ya nada podía asustarle más, vio que esta vez, lo que había vomitado era más sangre que líquido transparente. Bien, eran dos opciones, o las pesadillas le habían afectado más de la cuenta y estaba alucinando, o tenía una severa enfermedad de la que no se había percatado antes. Prefería pensar que estaba alucinando. Con una lentitud impasible, abrió el grifo y dejó que el agua se llevara lo último que había desayunado. También dejó que limpiara su rostro y parte de su cabello; se sentía realmente fatal y desarmado. Y realmente no creía posible que pudiese mantener la compostura si la mujer con la que compartía piso desde hace días viniese de nuevo gritándole impertinencias. Esta vez, la echaría y al diablo con su conciencia.
Rukia le había seguido a la cocina para intentar encontrarle lógica a lo que estaba pasando y, cuando vio como el cuerpo del chico convulsionó sobre la regadera una ola de culpabilidad la asaltó. ¿Era posible que le hubiese pateando tan fuerte hasta el punto de vomitar? Cerró sus manos y contuvo las ganas de preguntarle porque sabía que no le contestaría, no al menos ahora que estaba completamente débil. Cuando escuchó el ruido del grifo y vio que su cuerpo había dejado de sufrir esos horribles espasmos, supo que podía decir algo pero, ¿qué? ¿Qué iba a decir para resolver las cosas? Ella sólo se pasó las manos por el rostro intentando preguntarse porque demonios no se había quedado encerrada en el cuarto de huéspedes. Era obvio que lo que tenía el hombre estaba fuera de su control, algo que tenía que resolver él mismo, y ella lo entendía. Lo sabía, porque había algunas cosas que sólo ella misma podría resolver. Pero había algo…
No podía dejarlo así. No cuando aún podía hacer algo por él, por mínimo que fuese. No iba a abandonarlo.
No como se lo habían hecho a ella.
—Oye, ¿estás bien?
"Perfecto, Rukia, te darán el premio a la pregunta más estúpida de todos los tiempos".
Ichigo, sin girarse siquiera, dio unos pasos, lentos y débiles para el gusto de Rukia, hacia la despensa. Ella observó con parsimonia cómo cogía la tetera llena de agua hirviendo y vertía el líquido sobre una taza para luego colocar lo que había sacado. Un pequeño filtrante. Realmente estaba siendo paciente, pero ver como el hombre simplemente la ignoraba y decidía que era bueno taparse el rostro con su cabello insoportablemente naranja, le estaba haciendo perder los estribos. Necesitaba que le dijese algo, lo que fuese. Ichigo sólo necesitaba que no lo viese de esa manera. No podía romper la promesa de su madre.
—¿Sabes que es de mala educación no responder cuando te están hablando, chico zanahoria?
El muchacho soltó una carcajada seca, sin emoción alguna.
—Primero, no te pedí que me hablaras. Segundo, mi nombre es Ichigo.
Rukia abrió los ojos. Bien, al menos era un comienzo. Ya sabía su nombre. Suponía que podía devolverle el favor; además, no era ley que se dijesen sus apellidos. Esa era la razón por la que le parecía más cómodo llamarle por el apodo que habían acordado: él la trataría como a los demás y no como la maldita heredera de inversiones Kuchiki. Bueno, la ya no era heredera.
—Ichigo… —el hombre sufrió un pequeño espasmo sobre su columna vertebral al escuchar el susurro de la mujer. Un espasmo diferente a los otros, algo que no sabía que se podía sentir entre tanto dolor—. Sé qué no es de mi incumbencia pero quisiera ayudarte, en lo que fuera.
El muchacho tensó su cuerpo nuevamente al sentir la presencia de Rukia cerca de él. Alarmas, totalmente diferentes a las anteriores, sonaron en su cabeza y en su corazón. De nueva cuenta, las palabras de su madre retumbaron en su memoria, haciéndole eco. Nunca dejes que nadie te vea llorar. Nunca, jamás, ¿me oíste?
—Sí, tienes razón, no es de tu maldita incumbencia —sus palabras sonaron tan rudas y secas que la mujer detuvo su andar. Él nunca giró su rostro, nunca se lo mostro y tenía curiosidad de que vería en esos ojos que antes le habían parecido tan hermosos. Quizá desolación… lo mismo que se ven en los míos—. Así que lárgate de una jodida vez…
Pero Rukia no se movió.
Ella sabía reconocer el dolor en las personas.
Porque su hermana y Byakuya lo habían mostrado tantas veces que era sencillo dejarse llevar por esas emociones.
Avanzó un poco más y logró cogerle el brazo. Lo sintió tensarse pero no dijo nada.
—Insúltame todo lo que quieras, si eso hace que te sientas mejor. Pero déjame ayudarte, por favor, sólo dime que es lo que puedo…
—¡Nada! ¡No puedes hacer nada!
Ichigo intentó deshacerse de su agarre sin lograrlo por completo. Rukia quería una explicación que él no iba a dar bajo ningún concepto, así que ya podía ir olvidando esa idea estúpida de servirle de ayuda porque él simplemente no iba a dejar que nadie se colase dentro de su pasado. No podía sentir la mirada de decepción de otras personas; no otra vez. Ya era demasiado. Él escuchaba cómo ella repetía letanías acerca de apoyarle, en lo más mínimo, sobre cualquier cosa, y lo único que de verdad quería era que se callara de una vez, que lo dejara solo para poder volver a ponerse su máscara. Porque no le miraba. Ichigo no tenía el coraje de verle a los ojos, no cuando ni el mismo se soportaba ver en esos momentos. Así que, contra su maldito buen juicio, la golpeó. Le asestó una fuerte bofetada y no le importó que ella cayese al suelo, que su pequeño cuerpo fuese contra la silla y ambas golpearan la loseta. No, por supuesto que no le importó el quejido de dolor que soltó la muchacha. Tampoco le importó que, a pesar de todo, ella siguiese repitiendo sus estúpidas palabras.
—¡Ya cállate! —le volvió a gritar, sintiendo que sus emociones salían a flote.
Sí, maldición, le importaba. Y mucho.
—¡No lo haré! ¡Yo sé lo que es sentir eso que estas sintiendo ahora mismo! ¡No harías mal en compartirlo…!
—¡Ya basta! ¡No hables como si supieras…! ¡Tú misma lo has dicho! ¡No nos conocemos y es mejor así! ¡Así que largo! ¡Lárgate de mi casa! —espetó duramente y fue en ese momento, en el que se arrepintió.
No supo que pasó hasta que vio el amarillento líquido ensuciar el suelo de la cocina y trozos de losa pintada sobre este. La taza que había estado sosteniendo con tanta fuerza se había hecho pedazos en sus manos, dejándole algunos trozos de vidrios sobre la palma, haciéndole daño. Había tocado fondo y lo supo en el minuto en que las imágenes de su pesadilla pasaban lentamente como una película en repetición continua dentro de su cabeza. No quería mirarle a la cara; se sentía tan avergonzado, tan poco hombre porque la había utilizado para desfogar la ira que sentía hacia el mundo, hacia sí mismo. ¡La había golpeado, maldita sea! Ese no era él, esa no era la persona que él sabía que era. Ichigo Kurosaki tenía honor y orgullo y jamás, nunca, pensaría en golpear a una mujer.
Pero lo había hecho.
Y dolía más al ser alguien a quien quería proteger con tanto ahínco.
Se encogió para recoger los trozos de vidrio regados por el suelo y no retuvo los espasmos involuntarios que volvieron a su cuerpo. Ni tampoco esas cosas horrendas que salieron de sus ojos y le hicieron pensar que parecía una maldita niña llorando por su mamá. Pudo sentir la presencia cálida de aquella pequeña mujer detrás de él pero no tuvo el valor de mirarla ¡Cómo hacerlo después de como actuó! Ella definitivamente lo odiaba y, si no lo hacía, él se encargaría de que lo hiciese. La muchacha tenía razón: había cometido un grave error al traerla a su casa, sobre todo cuando él era tan inestable en esos momentos. Ichigo esta vez no la perseguiría, porque era lo mejor. Ella debía irse a un lugar donde no le hicieran daño; quizá le pudiese preguntar a Inoue si ella podría alojarle. Esperó que la menuda chica aceptara porque, maldita sea, mentiría si dijese que no había disfrutado esos desayunos entre peleas y charlas extrañas. Y que, ahora que lo pensaba detenidamente, no sabía su nombre. Él la llamaba simplemente enana.
Y esa enana estaba mirándolo con detenimiento desde hacía un buen rato.
Rukia se tocó la mejilla y la descubrió herida. El cabrón la había golpeado.
Nunca, ni en sus años de escapada, alguien le había puesto la mano encima y tuvo que contener su letanía de insultos e, inclusive, de coger sus malditas cosas y largarse de ese mugroso lugar. Detuvo todos sus impulsos de mujer y sólo quedó lo que mejor sabía hacer: actuar con la cabeza fría. Claramente no se lo perdonaría, en cuanto él se hubiese calmado, ella huiría a la calle y esta vez le golpearía las bolas si intentaba detenerla. O podría llamar a la policía. Negó su cabeza ante esto. No, si Byakuya se enteraba que alguien le había dado una bofetada así de fuerte, cuando ni él mismo lo había hecho… bueno, era mejor ahorrarle sufrimiento a Ichigo. Fue ahí, pensando en darle la mejor estocada de su vida con la marca Kuchiki que lo vio sacudirse fuertemente y supo, por los pequeños sollozos ahogados en su garganta, que estaba llorando.
Ella sólo había visto llorar a Byakuya una vez, y a escondidas. Lo detestaba. Odiaba ver a personas fuertes, con porte, debilitarse con algo tan banal como el llanto. Era peor si ella lo hacía, pero escucharlo en Ichigo, en ese idiota que lo primero que había hecho fue insultarle y devolverle los golpes sin afán de hacerle daño… la destrozaba. Rukia se cogió el pecho y arrugó su camiseta de conejos que llevaba. Algo dentro de ella se sintió estúpidamente culpable. Porque ella le había presionado a esto, le había dicho que le contase lo que le pasaba aún cuando sabía que no era de su incumbencia. Él había respetado su silencio esa noche, hace cinco días en el Café de París, y ella se lo pagó con su curiosidad. Si lo pensaba con la cabeza fría, se merecía ese golpe.
La menuda morena se agachó para ayudarle a recoger los pedazos de vidrio y el muchacho se sorprendió de verla aun ahí. Ichigo vio la mejilla sonrojada de Rukia y giró su cabeza. No quería ver eso y si la mujer lo estaba haciendo para recriminarle sus actos, no se lo iba a negar. Lo aceptaría porque tenía razón. Rukia, por otro lado, observó de reojo cómo el muchacho ocultaba su rostro tras esa mata de cabello naranja, y aún así, podía ver con claridad como esas gotas saladas resbalaban por su puntiaguda barbilla. La mujer apretó sus dientes, intentando contener las ganas de mandar todo al carajo cuando, de pronto, sus manos se tocaron, las de ella sobre las de él. Y el fuego, caliente y poderoso, se extendió por sus cuerpos, haciendo que Ichigo abriera los ojos como platos, sintiendo un remolino en su interior y casi cortándose de nueva cuenta la otra mano ante las emociones.
Pero seguía sin querer mirarle; de hecho, pensó, sería de mucha ayuda que ella simplemente retirase su mano y se largara. De esa manera, él tendría una miserablemente buena vida, sin roces accidentales que lo calentaban como el infierno.
Ella sintió cómo él comenzaba a retroceder, como si le temiese. Una risa irónica sonó dentro de su mente: ella debería ser la asustada pero, por alguna razón, era Ichigo quien le rehuía. Rukia le sostuvo aún más fuerte la mano, esta vez tomándolo de la muñeca.
—¡Maldita, déjame ir! —Se sentía irracionalmente desesperado.
—En primer lugar, mi nombre no es ni maldita ni enana —tomó una fuerte respiración y afianzó más el agarre—. Soy Rukia… —tragó saliva, dándose cuenta de los hechos que había tenido que afrontar y que ya estaba asumiendo de nueva cuenta. No más Kuchiki. Ya no más—. En segundo lugar, ya deberías saber que es así como funciona esto, tu llevándole la contra a mis deseos, estúpido.
—Te dije que me llamo Ichigo...
—En estos momentos, para mi eres un estúpido, un idiota, un cretino y un bastardo que no puede defenderse de la realidad. —Ella vio como él apretó con fuerza la mano que estaba aprisionada entre su palma, sus nudillos se volvieron blancos—. ¿Qué? ¿Te cuesta escuchar verdades? Pues que te den… Eso es lo que eres.
El muchacho soltó una risa seca. Las lágrimas ya habían parado.
—Touché.
Ichigo sintió el peso de las palabras caer sobre sus hombros. Luego se dio cuenta que le había dicho su nombre. Rukia. "Maldita seas, mujer…" Reaccionó el muchacho al pensar cosas que no venían al caso, como que, aparte de tener un rostro bonito, tenía un nombre bonito. Excelente, Kurosaki, ahora ponte a escribir poemas de amor y la habrás cagado para cuando la semana termine. Él realmente no pensaba en esos momentos, lo único que quería hacer era… ¿qué? ¿Volver a dormir? Jamás volvía a conciliar el sueño después de haber tenido ese tipo de pesadillas; era como un miedo infantil de saber que, si regresaba a la escena del crimen, los hombres con agujeros negros en sus pechos se levantarían e irían por él. Así que sí, aparentemente, iba a pasar la noche con una mujer extraña. Nunca mejor dicho.
—¿Es lo único que vas a decir?
La pregunta de Rukia era directa. Ella quería saber si valía la pena seguir agachada para darle apoyo a alguien que no quería ser ayudado, alguien que prefería hacer las cosas solo, sin preocuparle a los demás. Alguien que estaba dispuesto a sacrificarse para poder ayudar a los demás, a veces sin pensar en sí mismo, aunque lo negase. Alguien como ella. Y era por eso que Rukia, con todo su temple Kuchiki, tuvo que hacer algo que nunca había hecho en toda su vida porque siempre le enseñaron a ser fría, a ser calculadora, a saber tomar acciones con la cabeza y nunca con las emociones. Porque las emociones podían destruirte, decía Byakuya; calaban hondo en tu cerebro y lo devoraban rápidamente, dejándote sin opciones; sólo con la real certeza que estas jodido y que lo vas a perder todo. Incluyéndote a ti mismo.
Entonces, no supo porqué, comenzó a acariciar con su pulgar la muñeca de Ichigo. Ni tampoco supo que significaba la mirada completamente asustada e intrigada del muchacho. No quiso saberlo, prefería ser ignorante.
—Escucha. Sólo cállate y escúchame, ¿vale? —Se relamió los labios, resecos—. No te pido que me cuentes qué diablos te ha sucedido, porque es obvio que solo tú vas a poder lidiar con ello. Y, por lo que imagino, es algo más complejo y doloroso, algo que escapa totalmente de cualquier persona. Lo único que te pido es que, cuando necesites a alguien para lo que sea, puedes contar conmigo. —Ella vio como los ojos de Ichigo se suavizaron y el rictus en sus labios se apretó con más fuerza—. Y, cuando estés listo para hablar, yo te escucharé. No lo dudes.
El muchacho tuvo que contener sus pensamientos y un gemido ante las palabras de la chica. Las emociones en su rostro eran palpables, y podía jurar que ella se había dado cuenta de todo sólo con ver su expresión, posiblemente la más idiota de todas, al verla. Era estúpido, sí; pero sabía reconocer que en ese momento ya no había nada más que hacer. Ella se iba a enterar porque lo había dicho, dio por hecho. Y él no pensaba negarse a darle el gusto. Ichigo le contaría, no hoy, ni mañana ni probablemente en un futuro cercano, pero lo haría porque Rukia le inspiraba confianza y necesidad de protección. Así que bajó la mirada y, sin lucha contra el agarre de Rukia, dejó caer su cabeza sobre su hombro, sintiendo el débil olor de la mujer. A glicerina y lavanda. No lo reconoció en ese momento, sólo pudo notar la tela de su camiseta horrenda siendo humedecida por él mismo. No iba a decirlo en voz alta porque ya era bastante mortificante haber hecho lo que hizo, no quiso agregar más cosas al saco de mierda que traía consigo. Ahí, recostado en el hombro de Rukia, se dejó vencer por las emociones. Por una noche, ellas habían ganado.
Rukia sólo abrió los ojos estupefacta ante la poderosa ola de calor que el hombre dejo caer sobre su diminuto cuerpo y se tuvo que morder los labios para no soltar suspiros de mujer enamorada. Porque ella solo quería ayudar, no había pensado que él se sentiría así de frágil para necesitar contacto humano… ¡Ella no sabía nada de eso! Su hermana le enseño que el contacto era solo para las personas cercanas. Byakuya le enseñó que sí, había ocasiones en las que el roce era necesario para los negocios pero que a ella, específicamente a ella, no le tocaría hacer ese tipo de trabajos sucios. Eso era para otras. Ella debía, por el contrario, evitarlo a toda costa. Sólo con Renji, sólo con Byakuya, sólo con Kiyone. Y sólo lo necesario. Pero ahí estaba, con un hombre totalmente extraño llorando en su hombro (porque se había dado cuenta de la humedad en su camiseta), mientras ella aún sostenía su muñeca, dándole pequeñas caricias, imperceptibles, para intentar calmarlo. Pudo sentir su pulso, acelerado y errático, calmarse conforme los débiles espasmos menguaban. También saboreó el tacto rudo de su piel, aunque eso no lo quiso admitir en su totalidad porque, ¡vamos! ¡Ella era Rukia! No podía comenzar a pensar en cosas banales como esas. Sin saber que más hacer, se hidrató los labios con la poca saliva que le quedaba. Necesitaba agua urgentemente, pero no quería cortar el pequeño momento de entendimiento mutuo que tenían.
—Lamento haberte presionado.
—Y yo lamento lo de tu mejilla.
Ella se tocó la pequeña hinchazón que había comenzado a crecer.
—Te las hare pagar, no creas que lo he olvidado.
Él removió su frente sobre la suave tela de la mujer, haciendo que un estremecimiento le recorriera el cuerpo a ella. Rukia se sentía tan fuera de lugar pero a la vez tan bien. Y odiaba esa sensación de confusión completa.
—Lo aceptaré.
—Daba igual si aceptabas o no, te pateare el culo de todas formas.
—No esperaba menos.
Por un minuto, el silencio recorrió la cocina. La losa seguía desperdigada por el suelo y té manchaba las rodillas de ambos que seguían en esa posición. No sabía exactamente qué hora era y ni a Ichigo ni a ella le importaban. En ese momento, nada importaba. Ni siquiera ellos. Ichigo, que había dejado de botar esas horribles gotas de agua salada, entre abrió sus labios y murmuró.
—¿Puedo…?
Ella sabía a lo que se refería, así que solo cerró sus ojos.
—Sí.
Horas después, el amanecer se abrió paso en el destartalado apartamento de la Quinta Avenida, haciendo que la rosácea luz iluminase el recinto. Desde la pequeña y oscura sala, hasta el pasadizo largo que había en una esquina y, dentro de la cocina, los reflejos entraron sin permiso por ambas ventanas, resaltando dos bultos en un rincón. Uno de cabello naranja y otro negro como el carbón. Ambos muchachos yacían dormidos sobre el suelo de la cocina, ella con la cabeza girada hacia el lado derecho y él con su frente recostada en el hombro de la mujer, dándole un peso extra que ella parecía ni sentía. Esa sería la primera de muchas noches sin pesadillas por parte de Ichigo y la última en ese pesado mutismo en el que se habían sumido esos últimos días.
Desde afuera, se podía ver con claridad que ambos seguían tomados de las manos.
Continuará…
Notas de Autor:
Y asi, finalizamos el segundo capitulo! Oh, dios, mi mounstruo toma forma cada dia (¿?). La excusa de la tardanza es más simple de lo que se pueden imaginar y todo se puede resumir en una palabra magica: MARVEL. La fijación que tengo con Iron Man y Captain America es enferma (?), de hecho, no se porque no vienen a cerrarnos el fandom de Stony en Fanfiction (¿?) (No, dios, no permitas eso ;O;). Eeeeen fin, eso sumado a mis clases, igual al retraso.
Un agradecimiento colosal a todos los que llegaron a estas notas de pie, solo por eso les mando muchos hitsugayas y Ulquiorras (?). Ellos igual me sirven de inspiración (¿?). Esta vez no dire para cuando estará el capitulo porque será fecha sorpresa! (No una larga espera, no se preocupen C:) Sin mas que decir... ¡Me despido!
Ya saben, apoyenme con un hermoso review en el recuadro aqui abajito C: De eso me alimento... de Teen Wolf y del Stony (?).
-se va bailando single ladies-
