Capítulo 24: Lo que Al puede hacer
Hay veces que no sé
si exprimir el sol
para sentir calor.
Y dudo que al nacer
llegara a creer
que hoy fuera a morir.
Mägo de Oz-Gaia
Ninguno de los cuatro puede apartar la vista de la casa. En ese momento, un hombre rubio, enorme, se asoma a la puerta. Sacude la cabeza y vuelve a entrar, pero los jóvenes lo reconocen: Ludwig.
—Así que es ahí.
Albus asiente.
Elijah no puede evitar pensar que a Minna le encantan los bosques. La casa en la que –en teoría– tienen a James, pese a estar casi en el borde mismo del acantilado –desde el que, por cierto, se alcanza a ver la costa francesa–, está rodeada por árboles. Igual que el Peón, situado en el corazón de la Selva Negra. Se pregunta si esa loca será ecologista en sus ratos libres.
—¿Cómo lo hacemos?—inquiere Louis, sin apartar la vista de la edificación.
—Tenemos que ver cuántos son—responde Elijah al instante—. Cómo se organizan y cuál es la mejor forma de burlar su vigilancia, para así…
El rubio lo interrumpe con un resoplido.
—¿Formas rápidas?—lo apoya Lily.
—No podemos dejar que nos cojan a nosotros también—replica Elijah—. No ayudaría a nadie.
—Entonces, ¿por qué entramos anoche en el Cuartel de Aurores? ¿Para vigilar?—le espeta Louis, mordaz.
—Si lo están haciendo como en Alemania…—empieza Albus. Todos se giran hacia él; no parece estar mucho mejor que ayer, con los ojos verdes apagados y sin iluminar un rostro más pálido que de costumbre—, a las cinco de la tarde habrá la mitad de gente dentro.
—Eso no es cierto—rebate Elijah—. James y yo estuvimos vigilando y…
—No salen por la puerta—lo interrumpe el joven. Su voz suena desapasionada, apática. Ninguno de los cuatro habla en un buen rato—. Aunque quizá lo más sensato fuera pedirles que nos devuelvan a James, ya que han conseguido robar la caja de nuevo—murmura, bajando la vista.
—Ni de coña—replica Lily—. Esa Minna se va a enterar—sus ojos castaños, iguales que los de James, brillan con decisión—. Entonces, ¿a las cinco lo tendremos más fácil?—inquiere. Su hermano se encoge de hombros.
—No quería decir eso—aclara—. Simplemente que, si aquí también salen a través de un pasadizo (y eso fue lo que Minna me insinuó), nosotros podemos entrar por él.
—Entonces…—Elijah medita la cuestión—. Entonces es hasta más fácil.
»Tenemos que vigilar los alrededores hasta encontrar la forma que tienen de salir que no sea por la puerta y utilizarla para entrar. Si todo va bien, encontramos a James y lo sacamos de ahí. Si nos encontramos con alguien…
—Lo machacamos—los ojos azules de Louis brillan con una mezcla entre rabia y entusiasmo. Es obvio que se muere de ganas por vengarse de las personas que estuvieron a punto de matarlo. Por una vez (y probablemente se trate de algo que no va a repetirse en varios siglos), Elijah le da la razón. Claro que no lo dice en voz alta.
—Bien—Lily asiente—. ¿Ponemos hechizos que adviertan de la presencia humana por toda la zona?—su hermano asiente—. Me pido el bosque.
—Yo iré a la playa—se apresura a decir Louis.
—Entonces, nosotros…—Elijah mira alrededor—podemos encargarnos de las casas más cercanas—están a unos dos kilómetros del escondrijo de Minna, pero son las más próximas. Y también cabe la posibilidad de que el pasadizo termine en algún sótano, para llamar menos la atención—. Nos vemos aquí en una hora.
Si ha de ser sincero consigo mismo, Albus no está prestando la menor atención a lo que hacen. Se limita a seguir a Elijah, que inspecciona cada lugar que le parece sospechoso. Supone que debería colaborar más, pero no está de humor.
Aún no se ha quitado el traje negro que llevó ayer al funeral de Lina. Lo ha limpiado con magia por la mañana –en parte para eliminar el olor a whisky de fuego–, pero por algún motivo se niega a quitárselo. Verlo ayuda a alimentar su odio por Minna y le da fuerzas para vengarse de la joven y tratar de evitar que su hermano corra la misma suerte.
—Albus—susurra Elijah. El joven es el opuesto a él: no puede quedarse quieto. Le está costando ir caminando y no corriendo. Al supone que la preocupación por James es lo mantiene en movimiento—. Mira.
Dos personas salen por la puerta trasera de la casa en la que han detectado presencia humana. Albus los observa con desinterés, pero para su sorpresa Elijah palidece tanto que el joven se asusta un poco.
—¿Qué pasa?—inquiere, algo alarmado. Elijah sacude la cabeza y clava la vista en una de las personas, con los dedos apretados en torno a su varita.
—Tenía razón—murmura. Albus sigue la dirección de su mirada, pero el hombre no le recuerda a nada en especial. Elijah lo mira con una mezcla entre rabia y remordimiento.
—¿Quién es ése?—inquiere Al.
—Stuart—Elijah bufa—. Joder, James me dijo que no se fiaba de él, pero creí que era porque…
—…te lo tiraste—lo interrumpe Albus sin ánimo—. Mi hermano me lo contó. Precioso—no suena a reproche, sino como si fuese la primera palabra que se le ha ocurrido decir para rematar la frase. Elijah aparta la mirada—. La entrada debe de estar por ahí—comenta entonces.
Elijah parece alegrarse por el cambio de tema. Cuando Stuart Wright y su acompañante se alejan, Albus y él se acercan a la casa, varitas en ristre.
No hay nada fuera de lo común. Da la impresión de que ha estado habitada hasta hace relativamente poco; de hecho, al pasar junto a la puerta de la cocina Albus ve una barra de pan que ni siquiera parece estar duro.
Registran todo el lugar, sólo para asegurarse de que están solos. Cuando se saben a salvo, bajan al sótano, con una ligera idea de lo que van a encontrar.
Y, efectivamente, en el sótano hay una puerta que da a un oscuro túnel.
—Bien… Ahora sólo queda avisar a los otros—susurra Elijah, aunque es obvio que si por él fuera se adentraría en ese agujero ahora mismo.
El lugar elegido para hacerlo es la amplia habitación en que James Potter estaba encerrado durante los primeros días.
Minna se encarga personalmente de la supervisión de todos los detalles, junto con Ludwig y Augustus –para desagrado de Lud–; no debe fallar nada. Al Señor Tenebroso le llevará unas horas regresar por completo y tendrán que estar pendientes de que todo vaya sobre ruedas; un solo error y…
Lud se da cuenta entonces de que han dejado a su rehén ahí. Encadenado a una pared y amordazado para evitar que moleste, James observa los preparativos. Debe de hacerse una idea de lo que va a ocurrir, porque la caja, situada en el centro de la estancia, atrae su mirada una y otra vez.
—¿Tendremos un invitado?—inquiere.
Minna asiente.
—Sospecho que al Señor Tenebroso le alegrará tener al hijo del hombre que lo derrotó con él. Además, precisamente lo necesitamos por eso. Lleva la sangre del asesino del Señor Tenebroso, que es uno de los requisitos para traerlo.
Una parte de Ludwig compadece a James Potter.
—¿Y tú qué vas a hacer con…?
—No lo digas—lo corta Minna en voz baja. Parece turbada—. No sé si quiero pensarlo…—se vuelve hacia él—. Todo esto es por tu culpa—le reprocha—. Estaba perfectamente segura de lo que quería hasta que me besaste.
Ludwig no puede sino sonreír.
James sigue intentando discernir cómo diablos Minna ha conseguido apoderarse de nuevo de la caja. Ni siquiera está asustado; sólo espera, por el bien de Al, que su hermano no haya cedido al chantaje de esa loca. Porque como lo haya hecho, lo estrangulará en cuanto salga de ahí.
Si sale de ahí.
El joven no puede apartar la vista del centro de la habitación. Lo que quiera que haya que hacer para traer de vuelta a la gente ya ha comenzado; siete personas se han dispuesto en un círculo alrededor de la caja, y uno de ellos recita algo en latín. Incapaz de hablar, James intenta por enésima vez liberarse de las cadenas que lo mantienen inmóvil en la pared. El entrechocar del hierro contra el muro hace que el recitativo se interrumpa.
Minna lo mira y entorna los ojos, y James capta el mensaje: más le vale no hacer ruido. Suelta un bufido que se ahoga en el pedazo de tela que le tapa la boca y se golpea la cabeza contra la pared. Tiene que salir de ahí y encontrar una forma de evitar que hagan regresar a Voldemort.
Pero no puede hacer nada. James prueba a mover de nuevo las cadenas, pero esa especie de cántico sólo sube de volumen, como una suerte de canto eclesiástico que le pone el vello de punta. El hecho de que nadie se fije en él hace que James se dé cuenta de que va a tener que esforzarse más si quiere interrumpir esa locura.
Entonces, el joven ve cómo alguien –Ludwig, probablemente– echa algo en la caja. Algo que parece polvo… no, tierra. A la mente de James acude Elijah comentándole que en Schauinsland alguien había tocado la tumba de Voldemort.
James tiene ganas de vomitar.
Y cuando Minna sale del círculo y se acerca a él con una daga en la mano, el joven no puede sino pegarse todo lo que puede a la pared, en un vano intento de alejarse de ella. La mujer dirige la daga a su cuello, y James intenta apartarse.
Minna sonríe.
—No tocaré ninguna vena importante, te lo prometo. Pero si te mueves, a lo mejor me tiembla el pulso.
James aprieta los dientes y trata de evitarlo; no quiere que Voldemort vuelva. No obstante, un golpe en uno de los pisos superiores de la casa hace que todos miren al techo y se olviden por un momento de lo que está ocurriendo.
—Ya vamos—murmura Ludwig, y él y dos más salen de la habitación.
Un dolor agudo en el cuello hace que a James se le escape un gemido, que se pierde en la mordaza. Inmediatamente nota la sangre brotando del corte que le ha hecho Minna. Ella sigue sonriendo.
—Se me ha ido la mano un poco. Espero que no te importe.
Antes de que James pueda dirigirle una mirada de odio, un rayo de luz impacta en la pared, pasando a unos centímetros de Minna. Todos miran al mismo tiempo hacia la puerta, y sólo la mordaza silencia la carcajada de James.
En la entrada se encuentran Louis Weasley y Albus Potter. Cuesta discernir cuál de los dos mira con más odio todo lo que hay en esa habitación.
James observa, con los ojos como platos, a su primo y a su hermano, que ya empiezan a despachar a los compañeros de Minna. Al aturde al hombre que tiene más cerca, y la risa de Louis llega a los oídos de James cuando unos extraños tentáculos brotan del rostro del individuo del que se está encargando. El joven sospecha que en otras condiciones Al y Louis lo hubieran tenido más difícil, pero el factor sorpresa juega a su favor.
Las muñecas y los tobillos de James brillan entonces con una luz anaranjada, y los grilletes se desvanecen, liberándolo. No obstante, antes siquiera de dar un paso, el joven nota el filo de la daga de Minna en el cuello.
—¡VALE YA!—vocifera la mujer. El último de sus compañeros cae bajo un maleficio de Albus, y él y Louis se giran hacia ella, abriendo los ojos horrorizados al ver lo que acaba de ocurrir. James, inmóvil, contempla por el rabillo del ojo la sonrisa de Minna al saber que los tiene a los tres a su merced, y también la expresión atónita de su hermano y su primo—.
»Bien, bien… ¿Qué tenemos aquí? ¿También veníais a ver el renacer del Señor Tenebroso?
Albus clava la vista en la caja, situada en el centro de la habitación, a la misma distancia de él y Louis que de Minna y James. Luego la observa a ella de nuevo. James se estremece al percatarse de las ojeras que adornan el rostro de su hermano.
—Suelta a James—ordena Louis. Minna suelta una risita cantarina—. O…
—¿O qué, querido? ¿Me matarás? Te aseguro que soy más rápida con la daga que tú con la varita… James nota un hilillo de sangre resbalando desde el lugar donde Minna presiona su cuello con el filo del arma, uniéndose a la que brota de la otra herida y empapando el cuello de su camiseta.
Albus alza su varita. Por un momento, James cree ver un destello rojo en sus ojos. Luego se percata de que es un odio frío, cruel; un odio inhumano, propio de quien quiere destruir de todas las formas posibles a quien está al otro lado de su mirada.
—Deja a mi hermano—gruñe.
Minna sonríe de lado.
—Soltad las varitas en el suelo y me lo pensaré. De lo contrario…
James no escucha la sentencia de muerte de la mujer que lo está amenazando. Sólo ve cómo Albus mueve los labios y un rayo de luz verde y letal brota de su varita, justo cuando la daga presiona más en su garganta…
James cierra los ojos, sabiendo lo que le espera, pero antes de que el dolor aumente escucha un ruido sordo junto a él, y la presión de la daga se desvanece. Aguza el oído, pero no percibe nada más que silencio. Sin saber si quiere averiguar lo ocurrido o no, el joven abre los ojos y mira a su alrededor.
A sus pies, los ojos vacíos de Minna Lestrange le devuelven la mirada.
Notas de la autora: Os creeréis que no, pero me ha costado un montón matar a Minna. Y sobre todo decidir quién sería su asesino. Finalmente, creo que Al era el que más derecho tenía a hacerlo.
Aviso a navegantes: Quedan tres capítulos para que termine el fic. No sé si haré o no epílogo, pero en cualquier caso aviso para que no os sorprendáis luego.
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