"Weeping Willow"

"Un extraño y pintoresco grupo se hospeda en la mansión de Weeping Willow, bajo el cuidado de un tenebroso artista; con el único fin de investigar los sucesos paranormales que, supuestamente, ocurren a medianoche".

(SebastianxCiel)

Nota para mi amiga LFL: me pediste que citara a Blake, y así lo he hecho.

Tienes una terrible obsesión con el romanticismo inglés.


I.

«Necrópolis en miniatura»

La muerte despide un olor a queroseno. Bóvedas sin tapa. Panteones solitarios. Figuras de piedra, con los ojos vacíos.

– ¿¡Quién le tiene miedo al lobo, eh!? – preguntó el misterioso personaje, enroscándose una bufanda en el cuello –.

Un grupo de marionetas se movía por el bosque. Guiando la marcha, iba un alegre señor.

Voir trente-six chandelles… – tarareaba Lizzy, pegando brinquitos en medio de los ataúdes –.

– Joder, a esta chica se le zafó una tuerca… –.

– ¡Cierra el pico, Bard! – susurró la pelirroja, ajustándose los lentes –… he escuchado que es un lince con la espada –.

– Wow, no me regañes a mí… – gruñó el cocinero, sacudiéndose los hombros – ¡me está salpicando tierra encima! –.

Tomándole por idiota, Sebastian le sopló al oído: – ¿No te das cuenta? Obsérvala bien… está contando… –.

– ¡¿Y a ti que rayos te sucede, cazafantasmas?! – tartamudeó el rubio, rascándose la nuca –.

El travieso Ciel lo agarró por el brazo izquierdo, guiñándole el ojo a su cómplice. Por su parte, el escritor se echó a reir. Lucían como dos niños de primaria, ocultos en un sótano, con una linterna, e inventando mentiras tenebrosas.

– Acaba de fugarse del manicomio… – murmuró el conde, poniendo la voz siniestra –.

Bardroy sintió como se le erizaban los vellos, bajo su abrigo de lana.

– ¿Ves los moretones en su piel? – añadió el profesor, siguiéndole la rima al reportero –… su doctor le colocaba una camisa de fuerza, por las noches. Elizabeth lleva una bestia adentro; ¿no te parece poseída, incluso ahora? Se retuerce en el lodo y pega unos gritos infernales. Nunca dejaba dormir a los otros pacientes. Pobre; está loca de remate… –.

Incluso Agni tragó en seco, al oír semejante descripción. Ciel tuvo que morderse la lengua para no estallar en carcajadas.

–… quatre, cinq, six, sept… – farfulló la joven, arrancando las hojas marchitas –.

– Le gusta ir por ahí enumerando las cosas… – señaló el travieso Phantomhive, abriéndose camino entre la niebla –.

– Huesos – parloteó Sebastian –.

– ¡Uñas! –.

– ¡Títeres! –.

– Oghhh, dientes… –.

– ¡Basta con la información, ya entendí! – se quejó la víctima, encajando sus manos en los bolsillos –.

Mei Rin le abrazó por la cintura, tornándose nerviosa.

– Y su entretenimiento favorito, son los epitafios… –.

De repente, un tío arrogante y melindroso, vistiendo su mejor traje de gala, intervino en la amena conversación.

– Phantomhive, Michaelis… – pronunció los nombres, con sorna –… tan adorables como siempre –.

– ¡William Britney T. Shakespeare Spears! – exclamó el aristócrata, fingiendo su contentura –.

– ¡Lucifer bendiga tu mala suerte! – aplaudió el maestro, que tampoco se tragaba al recién llegado –.

– Amigo del alma, te hemos echado tanto de menos… – se lamentó Ciel, cubriéndose el rostro con las manos –.

Sebastian fue a pellizcarle las mejillas, y tomó por accidente su oreja. Lo empujó hacia delante, en un gesto brusco.

– ¡¿Qué te trae por aquí, bastardo hijo de puta?! – le maldijo, frunciendo el entrecejo –… ten cuidado, y vigila mejor por dónde caminas. No creo que te importe asestarle un pisotón a la tumba de mi abuela… –.

Okay, con esa broma fue suficiente. Como todo buen hombre de negocios, Spears perdió la ecuanimidad en menos de lo que canta un gallo. La marcha se detuvo, sí, de forma abrupta. Will zarandeó al Undertaker con todas sus fuerzas, procurando que el funesto artista le prestara algo de atención. Elizabeth llevaba una corona de violetas en el cuello.

– ¡¿No te das cuenta, pedazo de loco?! – le dijo al enterrador – ¿A quién demonios se le ocurre invitar a una pandilla de borrachines, entrada la medianoche, al salón privado de Weston College? ¡Hasta Lady Midford tiene pinta de chiflada! –.

Permítanme narrarles los acontecimientos, sin omitir detalle alguno. Recién finalizada la recepción científica, el siniestro Undertaker apareció en la fiesta, encapuchado y risueño como una parca en plena bacanal. Mientras Ciel se resistía a saludarle, y Sebastian apartaba el vino de la mesa, comenzaron a llegar –por arte de magia–, todos los viejos amigos que de una manera u otra, se habían involucrado en el aciago proyecto de Weeping Willow. De ahí en lo subsiguiente, el retorcido anfitrión se ocupó de hostigar al grupo de Phantomhive; dándoles una "cálida y siniestra bienvenida".

– ¡Aprieten el ritmo, ovejitas de papel…! – farfulló el muy sinvergüenza, bailoteando bajo los tenues faroles –… todavía faltan dos kilómetros –. Y terminando la frase, le lanzó un guiño a su obstinado compañero.

Sin un ápice de cordura, los cinco colegas de Sebastian daban vueltas aleatorias por toda la habitación; brincando por encima de los muebles, manoseando los adornos, y sufriendo las más pintorescas alucinaciones del mundo.

Lau, que estaba recostado en una esquina polvorienta del sótano, envuelto en humo y cenizas, se entretuvo fumándose todo un saco de marihuana. Lleno de ilusoria felicidad, apretaba los muslos de su diminuta hermana y repetía, en cuatro o cinco idiomas diferentes, las enseñanzas que el pobre Buda contó a sus discípulos. Grell, todo despeinado y con un chaleco de mujer encima, se paseaba por los sucios rincones con una sombrilla roja, blandiéndola por los aires; mientras imitaba el rugido sordo de una sierra eléctrica. Por último, Druitt, el extravagante noble que salía disfrazado a la calle, se las había ingeniado para secuestrar a "Ronald", –sea quien fuere–, y fregarle las nalgas en el baño de servicio.

– ¿Me puedes explicar por qué carajo estoy rodeado de psicópatas? – exclamaba William, tirándose los cabellos, a punto de explotar con tanta ira – …pagué un jodido pasaporte, desde Milán, para acudir a tu estúpida reunión, y me tropiezo nada más y nada menos que con un espectáculo de circo: ¡una banda de tipos celebrando Viernes con ninfetamina! –.

– Estoy viviendo una experiencia psicodélica… – hipaba el conde, trepando por una estantería – me largo de esta ciudad repleta de rascacielos; ¡voy a conquistar la Luna, y después regresaré para revolcarme en el pasillo, con Sebastian! –.

Tras tambalearse un poco, el enorme librero de caoba se vino al suelo.

– Dame una buena razón, una sola, para no demandarte por tráfico ilegal de narcóticos… –.

El sepulturero, tumbado en su sillón favorito, hojeaba perezosamente un tomo desgastado de poesía. Se interesó, de súbito, por una estrofa del perverso Blake, grabada en la contracubierta: "(…) el hombre justo siguió su camino, a través del valle de la muerte". Aquello le produjo un fatal ataque de risa; como si fuera la advertencia más simpática del milenio.

– Pongámoslo así, camarada… – eructó, para sorpresa de Spears, y acto seguido se limpió la comisura de los labios con una toallita antiséptica –… tuve la brillante idea de combinar, en el jarrón de vidrio que alguien colocó en el buffet, una serie de inofensivas y saludables sustancias, para levantarle el ánimo a tan aburrida fiesta… –.

– ¡¿Drogaste al hijo de tu benefactor?! – le recriminó el caballero del smoking, con la mandíbula desencajada –.

Unos pasos detrás, los cinco mayores toxicómanos se abrazaban de alegría, y lanzaban los objetos contra la pared.

– Y a otros veinte comensales, sin contar al gato de Tanaka… – rectificó, soplando las hebras de su cerquillo –.

Sobre la repisa a la izquierda, un felino taciturno hundía sus bigotes en un plato con leche.

– ¿De dónde has sacado ese frasquito, Bard? – inquirió la atolondrada Mei Rin, rodando entre cojines –.

– Cia… nu… ro… – tartamudeó el susodicho, entornando los ojos para leer la etiqueta con mayor nitidez –.

Agni se echó a llorar junto a la chimenea, rogándole a Shiva que protegiera a su irresponsable primo.

– ¿Por qué no me incluiste en tu sádico plan de embriaguez colectiva? – dudó Will, agradeciendo internamente tal insólito episodio de misericordia, y vigilando el reloj, como si tuviera algún sitio al que presentarse –.

– Traté, Will, de veras… – refunfuñó el lúgubre criminal, encongiéndose en las sombras –… pero tu copa quedaba lejos del mostrador, y eres un abstemio implacable –.

Ah, el chico se sonrojó. ¡Cuán adorable podía volverse, bajo tortura psicológica!

– Escucha, por una cuestión de mera cortesía… – gruñó el único ser cuerdo que quedaba en la sala –… ¿te molesta contarme de qué va ese ridículo plan tuyo; el capricho de hospedarte en Weeping Willow, junto a esta multitud? –.

Un par de ojazos, tan verdes como la esmeralda pulida, asomaron a través de los mechones cenicientos.

– ¿Te apetece unirte a mi pequeña expedición, vikingo? – ululó el temible artista, exhibiendo su filosa dentadura, al estilo Cheshire, y atreviéndose a usurpar el guión de Sutcliff por un momento –.

– Uhm, no me queda otra alternativa… – se quejó el desgraciado "voluntario" –.

¡Baaaam!, reverberaron los puños del sepulturero, al caer como granadas sobre los bordes del butacón. William retrocedió, asustado, y Ciel se escondió tras un sofá, haciéndole señas al profesor para que le acompañara.

– La policía se niega a desenterrar los registros – alegó el Undertaker, saboreando las palabras como si fueran veneno –.

Un escalofrío subió por la columna de Spears; que era cualquier cosa menos supersticioso.

– Hace más de doscientos años que nadie se preocupa por la leyenda de los gemelos Black y Smile… – masculló el gerente, anudando con precaución su deshecha corbata –… y si quieres ir más lejos; sumergirte más aún en la oscuridad; debes suponer que nadie se atreve a buscar el paradero de la bruja Trancy… –.

– Déjame corregirte; Hannafellows fue su apellido de soltera… – reveló el misterioso peligris, mirando fijamente hacia el techo –… las lenguas viperinas dicen que la tragedia familiar comenzó en 1889, abajo, en las cloacas de Londres –.

Señaló al piso, de pronto, con uno de sus largos y deformes dedos.

– A Michaelis le fascinaría la historia… – supuso el joven –… es una lástima que lo hayas puesto bajo trance etílico –.

– Jejeje, avoir le diable au corps… – graznóel macabro artista, apelando a su magnífico acento de búho –… ¡vaya hipster frustrado; y qué manías tan peligrosas tiene! Voy a someterlo a una ceremonia de exorcismo… –.

"Claro, porque tú eres un ejemplo de sensatez", meditó William, arqueando una ceja.

4:25 de la madrugada, y finalmente la tropa de desquiciados se fue a dormir; –si por ello se entiende "apilarnos semidesnudos, en el corredor, lo más lejos de Grell que sea posible"–. Ni en su época de estudiante habría cometido Ciel una desfachatez tan absurda; siempre fue un chico obediente, de los que estudian toda la noche para ganarse un diploma. No obstante: si has bebido en exceso, y tienes coca hasta en el ombligo; nada más lógico que rendirte acurrucado junto al profesor Sebastian, con tus resbalosas garras estrujándole el pene.

Las horas fueron muriendo, una tras una, hasta que llegó el inevitable amanecer. William se largó al hotel McPhiennes, pasó la mañana empacando sus maletas y escogiendo lo necesario para la travesía. Las condiciones no eran tan crudas como aquel verano en Shanghái, recién graduado de la escuela de marketing, cuando el idiota de Lau les compró un boleto a la tierra de las pesadillas. Will temblaba de espanto recordando aquella experiencia; ni un guión del propio Tarantino era capaz de reflejar la violencia, soledad y triste putrefacción de las calles, como entonces quedaron impregnadas en su memoria. El chico sabía lo que eran la maldad y el egoísmo humanos; capaces de atraer al más ruin de los demonios. Por ello, inmediatamente después de que la alarma sonó, Spears telefoneó a su viejo socio y exnovio, el canalla de Grell, con el fin de hablarle sobre Weeping Willow, y las consecuencias de tan descabellada empresa.

El auricular emitió los timbres, sin descanso. Al cabo de seis llamadas, se oyó un intento de descolgar…

Orghhhhhhh… – vibró del otro lado; era un sollozo gutural a lo Bela Lugosi –.

William rodó los ojos. Típico de Sutcliff, montar un numerito sobre "cuán fabulosa fue la parranda de ayer". Puro teatro.

– Hey, soy yo… despierta… – le aclaró Will, como si "yo" fuera un sello de credibilidad absoluta –.

Vete al carajo, estoy en coma… – rezongó el afeminado fotógrafo, pegando el celular contra su cachete –.

– Necesito que te pongas ropa interior, pidas un taxi en la avenida y me recojas acá, en McPhiennes… –.

Grell soltó un resoplido.

Follé con dos tipos anoche… – dijo el muy tarado –… me duelen el culo y el alma, no puedo caminar… –.

Jaja, pero qué farsa tan elegante. Como si Will no hubiera estado en el lugar preciso, de rodillas, tragándose la polla de Sutcliff, en el parqueo de edificio, hasta dejarlo seco. Como si la bestial y exquisita ronda en el ascensor no les tuviera bajando y subiendo los mismos niveles, mecánicamente, hasta que el vecino homofóbico llamó a la policía. Como si tener sexo furioso en el lobby, la ducha y el balcón, fuera un sueño lejano. Sí, dos tipos muy parecidos a William, ¿eh?

– Ya… ¿de casualidad uno de tus amantes llevaba gafas con aumento, y calcetines azules? –.

Silencio sepulcral; ni las moscas opinaron.

No me fijé, ¿sabes?… – gorjeó el mentiroso –… estaba muy ocupado metiéndole la lengua en el orto… –.

Anjá, en menos de un segundo, Spears estaba duro como un obelisco de granito.

– Hazme un favor, y levántate de la tina… – suplicó el ejecutivo, adoptando un tono más serio –… debo consultarte algo; no confío en nadie más. Tienes que desatar el nudo en tu muñeca derecha; yo tú saco las tijeritas del botiquín… –.

Movimiento brusco.

¡¿Cómo diablos…?! –.

– Fui yo quien te amarró, Sutcliff… – admitió Will, y empezó a toser compulsivamente –.

¡Oh, genial…! – vocifera el artista, dándole patadas al inodoro –… primero ese idiota de la capucha nos mete dos gramos de LSD en la champaña; más tarde recibo una queja de Scotland Yard por "desacato a la moral pública", ¡perfecto, como si ya mi sensible reputación no fuese ultrajada hasta el tope! – añade, forcejeando con la soga –.

– ¿¡Qué reputación ni que cojones, Grell?! le espeta el comerciante, castañeando los dientes ¡Has estado en la cárcel unas ocho veces! ¿Tan rápido se te olvidó nuestra luna de miel en Shanghai? –.

Eh, ¡¿con qué sacando los cadáveres del armario, verdad?!

¡Joder, William! ¿Cuántas veces te lo voy a repetir? – se defendió Sutcliff, iracundo – ¡¿cómo carajo iba a saber yo que aquel stripper cantonés que le vendía opio a Lau era biznieto del Papa Inocencio XII?! –.

– ¡Ronald tendría hoy sus dos putos riñones si no le hubieras pegado una bofetada al tipo! –.

¡Estaba flirteando descaradamente con mi esposo! ¡Dicha actitud era imperdonable! –.

– ¡¿Y te creíste en la obligación de partirle la nariz?! –.

Por un minuto, ninguno de los dos articuló palabra alguna.

Me importas demasiado, William… – le confesó Grell, casi en un suspiro –.

– ¿Hasta cuándo seguiremos así? – indagó el magnate, quitándose los anteojos –… ¿por qué actúas como un demente cuando estamos juntos? –. La línea pareció cortarse por un segundo; hasta que Sutcliff le contestó, lleno de sinceridad:

Por favor, no te vayas con el Undertaker – le rogó – hasta ahora, nadie ha regresado con vida de Weeping Willow… –.

Spears contuvo la respiración. Su temperatura corporal iba descendiendo, poco a poco.

–… ven para acá, anda… – respondió Will, sonriendo –… quiero hacer el amor contigo… –.

El rostro de Grell se convirtió en tomate; y casi le da un infarto.

Hmm…. amanezco tirado en el piso, lleno de moretones, con una resaca de los mil demonios, y; cuéntame, William; ¿el problema es conmigo solamente, o andas por ahí atando personas a los lavabos como si nada? –.

Spears estalló en carcajadas.

– Oh, en primera instancia, tengo una especie de fetiche erótico con el tema – admitió el empresario –… luego, supe que si me atrevía a marcharme, te ibas a reventar contra el pavimento, y todos los periodistas del London Times se apilarían junto a tu casa, al día siguiente, como moscas, anotando los detalles escabrosos en sus libreticas de clase… –.

Espera… ¡¿te amenacé con suicidarme si te ibas?! –.

– Pfff, lo haces todo el tiempo… –.

Un meeeeek; o lo que pareció un beso a través de la radio.

Tú eres un cínico inmoral… aprovechándote de una dama cuando está indefensa… –.

– Esa dama me arrancó los pezones a mordidas; ¡vístete de una cabrona vez, y pasa por la pizzería antes de verme! –.

De un golpe, asestó el auricular contra la base. Así de tierno y virtuoso era el romance de los dos. Sutcliff no tardó en aparecerse; y cuando Will salió a la puerta, su marido le recibió con una senda bofetada. El eco resonó por el espacio.

– ¡Ooouchh! – se quejó el gerente, lastimado – ¿qué hay del "mon amour, estoy en casa"? –.

Haciéndole una mueca de despecho, Grell lo asió por la cintura y le pegó un francés a lo Marilyn Monroe.

Se apartaron de súbito; como para evitar una respuesta física. Will trató de recomponerse; le faltaba el aire.

– Compré tu estúpida pizza, por cierto… – anunció el pelirrojo, lanzando una caja de cartón sobre la cama –.

– ¿Atún, cebolla y pimienta? – inquirió Spears, echando un vistazo por la hendidura del paquete –.

Grell se dedicó a vagar por el cuarto, en lo que Will se atragantaba con el queso. Se le notaba nervioso, como distraído, y acabó por derrumbarse, de bruces, sobre la cama. Abrió la laptop de su exnovio y conectó un dispositivo USB.

– ¿Qué sabes de Weeping Willow? – planteó Sutcliff, sin darle muchos rodeos al asunto –.

Spears le observó, callado; y meneó la cabeza.

– No mucho, a decir verdad… – le reveló, tratando de hacer memoria –… salvo lo que publican los emos en sus blogs de Tumblr; aunque creo que hay uno o dos artículos dispersos por ahí sobre el incendio de 1947, pero los rumores… –.

– Entonces; ¿ni la más remota idea sobre quiénes fueron Black y Smile? – masculla Grell, temiéndose un caos –.

Will frunció el entrecejo; no estaba de humor para las divagaciones michaelianas de su colega.

– Creí que estábamos hablando seriamente, en plan "adulto"… registros criminales, veracidad científica… si el interés aquí era leer un fanfic para canalizar tus fantasías, avísame y me retiro de… –.

Se oyó un click. Tres fotos aparecieron ante la incrédula expresión de William.

Entornando los ojos, el escéptico gerente se acercó a la computadora.

– ¿De dónde sacaste semejante material? – se asombró Spears –.

– Yo tomé las instantáneas, Will… yo estaba en la morgue, de casualidad, cuando trajeron los cuerpos…–.

Consumido por el asco, el joven de los espejuelos desvió la mirada. Tenía delante el fotograma más tétrico que alguien pudo mostrarle. Grell era un genio incomprendido, y los curadores guardaban ciertas reservas a la hora de manipular sus trabajos. El hecho de conocer los orígenes de una imagen, por muy descabellados que resulten, ya trastocan por completo la interpretación del público. Aquello, por muy irreverente que sonara, era real.

– Es la novena víctima, esta semana… lo encontraron en el sótano de la gran mansión… –.

– Por el amor de los cielos, hay un asesino en serie vagando por esos lugares, y ustedes preocupándose por una estúpida historia de fantasmas… ¿¡en qué clase de investigación escolar me he metido?!–.

Grell se le acercó, lentamente…

– ¿Sabes, Will, cuál es uno de los preceptos teóricos más importantes del satanismo? –.

Para el Undertaker, no hay un sitio tan hermoso en todo el mundo; tan sagrado, como el cementerio.

– La resurrección. No importa cómo, ni cuándo… las almas regresan de la muerte.

… es una lástima que todo lo que duerme bajo tierra, acabe despertando...