Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen...

Ángel Oscuro

(Dark Angel)

Un fic de Camaro

Traducción por Apolonia


La Princesa lo había rechazado. Era un hecho que no podía ni entender ni negar. Una sensación tan terrible, parecía revolcarse en su estómago, aleteando dolorosamente y quitándole fuerza. Se sentía tan vacío. Él la había dejado. Sólo la había dejado vagar por los aterradores pasillos hasta que encontrara tanto su camino o la luz llegara, de cualquier manera no le importaba. No lo había hecho para que fuera malvado, como ella había deducido mayormente. Simplemente no confiaba en él mismo con ella.

Suspiró. Había una desventaja en su línea familiar. Uno y sólo uno sino lo suficientemente poderoso para conquistar el portador de su peso. A un demonio que llevaba la línea de la familia, era lo suficientemente poderoso para ser el último aliado de un destructor supremo. Era él mismo. El verdadero ser yacía bajo la poderosa carne y servía solamente cuando lo necesitaba. Cuando la ira burbujeaba y el demonio dentro despertaba, tomando control. Era el monstruo dentro y cuando estaba en control, estaba simplemente fuera de control. Hacía al portador completamente desconocedor de las consecuencias o incluso acciones. La ira se hacía cargo de la multitud y cuando todo lo que necesitaba había sido adquirido, yacía aletargado una vez más, a pesar de las posibles nefastas consecuencias causadas. El monstruo no tenía consciencia o aliados cuando se desataba.

Para Vegeta, era un regalo. Una clase de arma secreta podrían decir. A menudo, podía sentir a la criatura dentro, arañando en su pecho, rogando ser liberada y apestar estragos en quien quiera que haya interrumpido su descanso. Sólo a veces cuando su ira despertaba, realmente casi se dejaba soltar por completo en la oscuridad que era el demonio puro.

Se lo permitió sólo un par de veces en su vida. Cuando todo estuvo dicho y hecho, ni una criatura existió que hubiera vivido para contar esa historia. Una vez, podía recordar despertar en una piscina de sangre, creyendo en principio que era la suya propia, sólo para encontrarse después que pertenecía a casi 35 ángeles y 27 de sus propios hombres. Ni siquiera podía recordar que había ocurrido sólo recordando la sensación de odio filtrándose en su estómago justo antes que la oscuridad se hinchara sobre sus negros ojos. Y con una sadística sonrisa se había levantado de la turbia corriente, quitándose los fragmentos de carne que se habían pegado a su armadura. Hasta el día de hoy toda la experiencia seguía siendo un misterio.

Pero ahora su otro lado estaba amenazando desatarse de nuevo. Ese nombre, ese temible nombre... Yamcha. la simple mención de esto, agitaba el dragón dentro, provocándolo con imaginaria presa. Podía sentir su afilada garra arañando en su interior, rogando por ser liberado...

'sólo por un momento'... alegó. 'Te prometo que no lo lamentarás'... pero él sabía mejor.

La criatura estaba tanto muerta como viva. Cuando superaba el poder del anfitrión a través de ciega ira, era una entidad que respiraba vivamente del ser habitado. Pero eso mismo lo hacía muerto, simplemente porque el anfitrión estaba incapacitado. No había manera de hablar con la criatura. Ninguna súplica. Sin piedad. Estaba vacío de emoción. Si hablaba o no, no podía estar seguro. De nuevo... no podía recordar nada. Pero algo le decía que él sí, confesando los más profundos sentimientos enterrados dentro. Era una miserable maldición... y una hermosa bendición. Podía salvarte o condenarte. Así que se lo negó.

Pero aún así se sacudía, el rechazo era sólo su fuerza impulsora. Tenía que liberar algo de su estancada energía que prosperaba de él.

Entrando lentamente a su enorme habitación, sonrió al encontrar sus canalizaciones acurrucadas juntas en su cama. Lo habían sentido venir y estaban abrazadas juntas, brazos y piernas unidas en un sensual enredo mientras exploraban obviamente la boca de la otra, fingiendo no haber notado a la oscura siniestra criatura que acababa de entrar en la habitación.

Sonrió mirando mientras una de las lenguas de las prostitutas se deslizaba alrededor de los labios de la otra, haciendo círculos. La otra cerró sus ojos y gimió, permitiendo a sus dedos deslizarse a lo largo de las grietas de la otra mujer. Abrieron sus ojos un poco en un rápido movimiento y le sonrieron seductoramente, haciéndole gestos con sus dedos para que participara. Él sonrió aún más, cruzando sus brazos y marcando su terreno. Alzó su mano y movió su dedo índice de un lado a otro.

"ah ah ah. Tendrán que convencerme más que eso." Y luego bajó sus brillantes ojos a ellas.

"Tendrán que hacerme querer ir."

Ella finalmente encontró su camino. Se había preocupado que estuviera perdida para siempre en semejante confuso lugar, pero había estado increíblemente aliviada en notar las familiares provocativas pinturas y estatuas desnudas. ¿Quién hubiera pensado que una cruda imagen desnuda de un hombre y una mujer atraídos en la fornicación pudiera entibiar tanto el corazón de alguien?

Todavía no podía creer que el bastardo la hubiera dejado. Simplemente dejarla para viajar al gélido frío de los pasillos durante toda la noche. Asqueroso.

Pero entonces. ¿A quién podía culpar? ¡SÍ! Pero sin embargo... parte de ella sabía cuan enojado debía haber estado él. Para ser honesto... que mencionara a Yamcha probablemente la había sorprendido más a ella que a él. Ni siquiera había pensado en él antes de decirlo. Y secretamente, sabía que no había estado pensando en él en lo absoluto esa noche. Había sido la primera vez desde su secuestro ue su constante seguimiento, no hubiera sido consumido por sus recuerdos de amor por él. Y el hecho de que tal distracción hubiera sido Vegeta, la asustaba.

Debió haber sabido mejor que besarlo. ¿En qué estaba pensando? Era una historia tan vieja como el mismo tiempo. El prohibido hechicero capturando el corazón del más negado. Una especie de metáfora de Romeo y Julieta retorcida.

La presa cayendo por el cazador. Era una historia hermosamente irónica... ¿pero terminaba bien alguna vez? No podía recordar ninguna que lo hiciera.

Allí estaba Cyprus, la poderosa Reina Ángelica de la antigüedad, que se decía que se había enamorado de un humilde sirviente llamado Brolli. Pero al final, él había sido asesinado por el padre de ella y ella, a su vez, se clavó una espada a través de su corazón sobre la tumba de él.

Además, había aprendido una antigua leyenda que había mencionado algo de la amplitud de un ángel enamorándose de un poderoso demonio... pero nada concluyente. Recordó la vez en la vieja polvorienta biblioteca, donde había ido fervientemente a través de una fase de querer ser una sabia y maravillosa erudita. Había pasado por el mito por simple accidente pero lo encontró fascinante. Se decía que los Ángeles y Demonios eran creados para ser una sola raza... una perfecta. Pero algo había salido mal y dividió a la creación por la mitad, ambos lados tan diferentes como la noche y el día. Uno bendecido con un piadoso corazón y bella apariencia, el otro cruelmente marcado por los paraísos para habitar en la vergüenza de su traicionero, frío corazón de piedra. Pero mientras ella seguía leyendo, había sido atrapada por otra leyenda.

Esa del tratado. El tratado de todos los tiempos, para poner fin a todas las guerras, para terminar con la separación de las dos creaciones. Por amor y sacrificio, se ganaría.

Se dijo para sí misma que estaba hablando de ella y Vegeta. Pero él no la amaba, y ella tampoco a él. Él no sacrificaría su orgullo lo suficiente para hacer a un lado sus diferencias. Él era un orgulloso, arrogante Rey, y no hacía ningún intento de ocultar de lo que estaba tan orgulloso. Sabía que él nunca se doblaría ante ella. No realmente. Había tenido razón, saben. Sobre su no sinceridad. Había tenido motivos ocultos todo el tiempo. ¿Pero cómo alguien tan malvado podía haberla hecho sentir tan maravillosa? Había querido decir lo que dijo. Nadie le había dado semejante regalo alguna vez. Y se negaba a borrar el hecho que él había hecho algo por ella que nadie pudiera duplicar o superar alguna vez. Por una fracción de segundo, podría haber jurado que ella significaba algo para él.

Y ahora tenía que saber... ¡AHORA!.....

"¿Cansadas tan rápidamente?" Le dijo a la jadeante mujer, yaciendo en la cama casi inconsciente en su gozo. Estaba envuelta en una pequeña sábana, apenas cubriendo algo. Él volteó una deliciosa mirada a la mujer a su derecha, que se estaba recuperando ahora y lista para otra ronda.

"Tu amiga 12 es una débil, ¿qué tal tu número 18?" Se mofó, sudor goteando de su frente, su respiración saliendo rápida. Pero ella era una fuerte y ambos lo sabían.

"Dá tu mejor tiro." Coqueteó, moviéndose tenazmente hacia él.

Aceptando su tentadora propuesta, él envolvió sus brazos a su alrededor, nunca besando sus labios pero sí tomando su esencia. Corrió sus colmillos a lo largo de su garganta, lastimándola más. Se tumbaron alrededor de la enorme cama, sin molestarse siquiera en evitar a la otra concubina y tirándola al suelo. Vegeta no podía importarle más. ¿De qué le servía ella ahora? Podría también exterminarla. Era inútil. 18 sin embargo, se presentaba a sí misma como la delicadeza, mucho menos frágil que las otras mujeres de su harén. Y así apenas podía liberar toda su previamente atascada furia en ella.

Mordió en su garganta, solo lo suavemente suficiente para no romper la piel, pero lo suficiente para sentir el grito de placer que salió a través de su esófago. Enredándose en las sábanas rojas de satén, apenas notó ser levantada en el aire hasta que su espalda estaba presionada fuertemente contra el techo y él estaba sonriendo diabólicamente.

"Vegeta... yo-" Se detuvo. Miró fijamente con amplios ojos al techo. Envuelta en las sedosas sábanas rojas estaba el Rey Demonio, y agarrado sobre él estaba una demonio rubia, apretada entre él y el techo, como si ella nunca hubiera estado antes. Ella estaba... siendo lastimada. Gritando y gimiendo en obvio terror mientras tenía sus dientes apretados y ojos cerrados mientras parecía estar besando el hombro de él. Cada tendón en el cuerpo de él estaba moviéndose y su respiración salió en filosos guturales ráfagas. Podría haber jurado que vio cada vena en sus rocosos duros brazos y los músculos abultados mucho más grandes de lo que ella los hubiera visto alguna vez. Su fuerte espalda y hombros se tensionaban y relajaban una y otra vez mientra sostenía a su víctima.

Bajando la mirada en vergüenza vio a la otra mujer, acurrucada inconsciente en el suelo. Cubrió su boca y sus mejillas se ruborizaron en un profundo rojo. Ahora sabía. Y ahora lo odiaba más que nunca. Ni siquiera se atrevía a echar otro vistazo. Rompió en furia y corrió abriendo las puertas, corriendo afuera. Pero él la había escuchado. Y la otra mujer había visto.

Golpeando la puerta, Bulma corrió a su cama, ambos avergonzada y herida. Él estaba... él estaba... con alguien más. Ella... ella ni siquiera podía justificar estar tan molesta. ¿Por qué debería importarle? Ella había sabido todo el tiempo. Él nunca negó que mantenía a sus concubinas en su habitación a la noche. Pero... de alguna manera... ni siquiera había relacionado las dos cosas. Enterró su rostro en sus manos, desesperada por lágrimas que habían sido secadas. Había llorado demasiado hoy. Así que se sentó amontonada en la esquina de su habitación, avergonzada de sí misma por estar avergonzada de él.

¿Cómo demonios iba a explicarle esto? Ahora lo había hecho. Ella nunca le hablaría de nuevo... ¡Por todas las estrellas en el cielo! Probablemente la había traumatizado. ¡¿Y qué se suponía que tenía que hacer ahora exactamente?! ¿Hm? ¡¿Explicarle sobre las aves y las abejas?! ¿Y por qué se llamaban así? ¿Qué mierda tenían que ver las aves y las abejas con algo de eso? Una astuta sonrisa agració su húmedo rostro mientras caminaba por el pasillo hacia su habitación, completa y absolutamente oscura. Suspiró, inseguro de cómo exactamente iba a ir con respecto a esto. No realmente seguro de por qué iba a explicarle en lo absoluto. Ella sabía que él dormía con concubinas. Qué... ¡¿pensaba que solamente las usaba para mantenerse tibio?!... bueno... en realidad era una bastante triste posibilidad. Maldijo al paraíso por soportar tal inocente e ignorante criatura. Dejarle a los Ángeles producir tal insolente raza, sin siquiera explicarles el acto del coito. Malditos Ángeles. ¿Ahora qué iba a hacer? ¿Importaba siquiera? Una parte de él clamaba que sí lo hacía y que mejor moviera su trasero ahí dentro y le diera una buena maldita explicación. Y así... vestido en sus boxers de seda negra, se cargó con seguridad a la habitación de ella.

Y estaba durmiendo. ¿Cómo demonios se había quedado dormida tan rápido? ¿Estaba fingiendo? Tenía que estarlo. Se inclinó hacia su pequeña figura, enterrada bajo las sábanas.

"Sé que estás despierta Ángel." Susurró a pulgadas de su expuesto oído.

"Vete Vegeta." Murmuró, sacudiendo más su cabeza dentro del escudo de cubiertas. Él suspiró tratando en vano de encontrarla debajo del gran cubrecama negro.

"Mujer... yo-... Bulma..." Encontró un mechó de cabello azulado plateado sobre su cabeza.

"Sobre eso... yo-" Fue interrumpido bruscamente.

"Vegeta... Hueles como una prostituta." Sus ojos se ampliaron. ¡¿REALMENTE acababa de decirle eso a él?! ¿El gobernante del Infierno? ¡¿El hombre que sostenía su vida en su mano?! ¿Decirle que se fuera, como a un lindo noviecito que pudiera ignorar cuando decidiera? Encontrando su brazo bajo las sábanas, la sacó violentamente de la cama.

"¡¿Estás loca?!" Escupió entre sus apretados dientes. Podía sentir la ira filtrándose en sus venas, golpeando en su pecho. La sangre comenzaba a filtrarse en sus ojos, cubriendo el blando. Ella gritó y trató de soltarte, no en obstinación si no en verdadero terror.

"¡Vegeta tus ojos!" Gritó. El temor se adueñó de cada parte de su cuerpo... Él nunca se había visto así antes. Había visto sus ojos volverse rojos antes, pero esto era completamente diferente. Las venas en sus ojos se juntaban tan apretadas, parecía como si sus ojos estuvieran hechos de sangre. Justo cuando lo último de blanco estaba siendo cubierto, se calmó, la temperatura de la habitación cayendo rápidamente de casi hirviente calor, a la fría temperatura que tenía antes. Aún así su corazón latía rápidamente en su pecho y estaba segura que con su sensible audición, él estaba consciente. ¿Qué había ocurrido?

"Vegeta... yo-"

"No sé por qué carajo te importa. Sólo espera a que te devuelva a tu precioso Principito. Entonces no importará a quien me estoy fornicando, sólo mientras estés tan lejos mío como puedas estar." Realmente parecía herido... si era posible para él verse de esa manera. Pero esto era genuino, pobremente escondido dolor.

"Vegeta... yo... no sé que quieres que diga..." tartamudeó mirándolo a sus oscuros ojos.

"Di que tengo un corazón." Sus ojos rogaron. "Di que te preocupas por mí."

¿Era eso realmente lo que él quería? Ella nunca había conocido la vida que él había tenido. Ella había sido amada y valorada desde niña. Pero sabía que no había sido así para él. Sabía que nadie le había dicho esas cosas en su vida. Pero... ¿podía?

"¡Dí que te preocupas por mí!" exigió... luchó para que su voz no se partiera, una tensa sensación empujándolo. ¿Por qué no podía decirlo? ¿Por qué no podía mentirle? Una eternidad pasó antes que pudiera mirarlo orgullosamente.

"No Vegeta." Sentenció duramente... Él estaba shockeado... Los ojos de ella se oscurecieron y miró más duro en los muertos ojos de él.

"Tú me lo dices primero." El pedido era sencillo. ¿Pero dejaría él de lado su orgullo para decirle lo que ella sabía que en algún punto él debería haber sentido? Habían pasado demasiado tiempo juntos para negar los lazos que los unían. Habían estado cerca del otro por 3 semanas. Seguramente él había desarrollado algo por ella. Pero sólo si tenía un corazón. Otra de sus preguntas que ella no podía responder. Porque simplemente... no lo sabía.

Su dura mirada fría la examinó bruscamente, cortando a través de su alma como un cuchillo. ¿Era así cómo se había sentido la primera vez que lo había visto? ¿Tan fría y atemorizada? ¿Tan completamente desamparada?

"Nunca.." susurró. "Nunca te diré tales cosas."

Comenzó a caminar de la habitación, moviéndose con ira hacia las grandes puertas de madera.

"No soy un mentiroso." Declaró, volteándose a las puertas y dejándola.