Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen...
Ángel Oscuro
(Dark Angel)
Un fic de Camaro
Traducción por Apolonia
Sus pesados párpados se abrieron, revelando nada del remolino de universo que abarcaba su mente. El mundo no era nada sino una borrosa niebla, un vacío horizonte de dolor sin espacio, por dentro y por fuera. El mundo era tan solitario como ella. Tan roto. Donde una vez había habido un fuerte latido de su salvaje corazón, ahora había nada más que un destrozado recuerdo de lo que una vez fue. Se preguntaba si todavía latía, o si estaba tan desgastado como ella, muriendo, ahogándose... en un mar de vacíos sueños.
Fue aplastada. Su cuerpo sintiéndose tan destrozado como su mente... abusado... destrozado... violado. Cerró sus ojos sin vista. Él la había tocado. De la manera que un hombre no debería tocar nada que no fuera suyo. En una manera que un hombre no toca a ninguna mujer sino a su esposa. La avergonzó. Y ahora ella estaba estancada, sola en su abismo de desgracia sin fin, obligada por su miserable deshonor.
Se atrevió a mirar de nuevo, sabiendo que eventualmente, sería descubierta de su soledad. Miró al techo avecinándose millas arriba... o así parecía. Tal vez no era el hecho de que estaba tan alto que la perturbaba. Tal vez lo que desgarraba a sus enrojecidos ojos... era eso... no era su techo. Era un shockeante reflejo de la caída del primer Ángel. Cubierto desde su brillante corona, hasta sus santos pies en sangre, había sido disparado en repetidas ocasiones por el agache de un Demonio. Las malvadas nubes manifestaban las lágrimas del Paraíso ante la caída de su salvador.
Pero el Ángel caído estaba todavía con ellos, ¿o no? En cada buena acción, él se reflejaba, en cada amor... él abundaba. Estaba cuidándolos por siempre, como un pastor que vigila su rebaño, cuidándolos, amándolos. Prometiéndoles estar por siempre. Pero... pero Él no estaba aquí. No en este reino sin Dios. Al menos esperaba que no. No era digno de Él. Ella ya no era más digna de Su amor. Oró en silencio. que en efecto Él no estaba aquí... no podía verla en su absoluta vergüenza.
Se había caído del sendero. La carretera llevando a la vida y al indecible amor. Había abandonado su corazón, cayendo por una criatura que no sabía nada de eso. Y aquí yacía ella. Dejada de lado por ambos su corazón... y el que lo poseía. Estaba avergonzada. Pero aún no tanto por él... se había avergonzado a sí misma. Y fue a recoger los beneficios de tal equivocado sendero... ¡Maldito su engañoso corazón! ¡Maldito su engañoso curso!
Y sin embargo aún, estaba recostada pensando en él... en la oscura, despiadada criatura que sostenía su cuerpo y su corazón esclavitud. Sabía mejor. Sabía mejor que engañarse en creer que él la había salvado. Pero la mirada estaba todavía allí... todo lo mismo. La mirada... la emoción. ¿Realmente había pasado ante sus ojos? ¿Su febril decencia se había convertido en una eterna muerte, cegada por tal falsedad?
Podía sentir las frías lágrimas fluyendo en sus ojos. No intentó detenerlas. Las merecía. Pero... no podía llorar realmente. No había tenido la fuerza. Emocional y físicamente estaba drenada. Y así dejó a las silenciosas cuentas fluir suavemente por ambas mejillas que esperaban, enfriándose considerablemente en su congelada, muerta y pálida pie. No las quitaría... no es que tuviera el poder de mover su brazo de todas modos.
Pero el pensamiento todavía plagaba su indigna alma. ¿Por qué se había detenido él? Tan simple pregunta, pensarían que la respuesta podría ser simple también. En eso... estarían equivocados... ¿Era sólo por el rescate que la había salvado? ¿O había habido algo más? ¡Malditos sus errantes pensamientos! ¿No la habían engañado lo suficiente ya? ¿Debían seguir blasfemándola más?
Extrañaba su hogar. Extrañaba las respuestas... la simplicidad de todo. Pero para ser más contundente... Extrañaba a Yamcha. El dulce, aniñado Yamcha con su somera mente y simples pensamientos, tan legible como el primer libro de un niño. No era que tales cualidades eran exactamente redentoras, pero después de las complejas situaciones y absoluta confusión, nada parecía más exquisito que una simple mente. Un amable corazón.
Pero no sólo se había arruinado a sí misma, lo había violado a él por preocuparse por Vegeta, su opuesto en cada concebible manera. Era culpable. Su necio corazón la había traicionado, haciéndole sentir emociones que no debían estar allí. Amaba a Yamcha... ¡Por todas las estrellas en el Cielo lo amaba!
Pero entonces... aquí estaba ella... durmiendo en la cama del Diablo por sus perdidas emociones. Había deshonrado su amor puro. Había manchado su cristalina claridad por sentir lujuria por un hermoso monstruo. Una criatura despiadada del Infierno, impuros motivos cursando constantemente a través de sus hastiadas venas. Y ella había caído víctima de su presa, voluntariamente, corriendo como un pequeño animal en una trampa obvia.
Estaba demasiado débil como para detener las lágrimas ahora cayendo sin piedad de sus ojos sin emoción. Incluso si hubiera tenido la fuerza, se negaba a obstaculizarlas. Ellas eran su única prueba que profundo, un alma todavía existía aunque ella casi la había sacrificado por un hermoso rostro. Sus ojos estaban casi cegados por las empapadas lágrimas que encharcaban sus costados. Pero no necesitaba la visión para sentir al intruso que acechaba en las sobras de su propia habitación.
Él se avecinó sobre ella, una extraña... ilegible mirada en su rostro. Algo en su expresión casi representaba un sentido del horror antes de ser reemplazado por una calmada... resuelta tristeza.
Él había pensado que ella estaba muerta. Mirando fijamente al techo, ¿sabría alguna vez cuan enfermo tales pensamientos lo habían vuelto? ¿Sabría alguna vez cuantas veces había vomitado en preocupación que él ni siquiera podía entender o describir? ¿Sabría alguna vez cuantas horas la había mirado, alimentándola con su propia sangre para curar las heridas en su cuello y mantener su corazón latiendo? No era ningún misterio que el proceso de cura de un demonio era el doble que el de un Ángel, y él había usado tal poder para mantenerla viva. Pero aún así, sus ojos eran claros cristalinos, el tipo de claridad que sólo ves en esas personas cercanas a la muerte. Su tono de piel más encendido que la sensación del raro miedo. Estaba fantasmalmente pálida.
Se había sentado a su lado a a través de innumerables horas. Ni siquiera sabía cuanto tiempo había pasado, porque el sol se había puesto y levantado a la vez, y ahora estaba cayendo rápidamente desde el rojo cielo. Él simplemente la había mirado, temiendo que si alejaba sus ojos en cualquier momento dado, ella eligiera escaparse.
¿Lo odiaría para siempre? ¿No se merecía tal destino? Él la había lastimado física y mentalmente. Casi había asesinado su débil cuerpo. Y si eso no era suficiente casi había desolado a su fuerte mente. La había tratado rudamente y más fuerte de lo que hubiera sentido alguna vez, la culpa empapándolo repetidamente. Recordándole de la manera que la había tocado.
¿Cómo pudo hacer eso? ¡¿Cómo? Había tratado a la única, a quien había considerado digna de respeto, como a una prostituta común del palacio. Como si no fuera nada. La había lastimado profundamente en su violencia y ahora estaba cosechando las consecuencias de ese acto vergonzoso.
Pero a pesar de todo... casi deseó haberla matado. Porque su odio por la Princesa sólo se había propagado a través del aborrecimiento de tales débiles emociones que lo estaban bombardeando. Culpa... Tristeza. Esto no servía de nada para el Rey Demonio. Él nunca debería sufrir esas sensaciones de mal gusto que desgarraban el alma de un hombre. ¿Entonces por qué sentía tan fuertemente por ella? Como si... por algún hechizo mágico, estuviera siendo constantemente atraído a ella. Él estaba por sobre esos penosos afectos. Ellos no lo gobernarían a él o a su reino.
Y a través de todos los conflictivos sentimientos, allí estaba la siempre presente furia... Furia de sí mismo, sí. Obviamente. Porque odiaba haber sido reducido a tomar a una mujer contra su voluntad. Tal flagrante deshonra para sí mismo y su trono. Estaba en tal furia que había arrancado su collar de metal de su garganta y lo había arrojado a través de la habitación. No tenía honor alguno y por lo tanto no debería usarlo, el orgulloso símbolo de su familia. Pero a través de todo el auto desprecio... estaba enojado con ella.
Una pregunta de inimaginable magnitud plagó su podrida mente. ¿Por qué había protegido a Akasha? ¡¿No sabía la tonta lo que la despiadada perra le había hecho a él? Y ahí fue cuando se había golpeado ridículamente fuerte. Por que ella no lo sabía. ¿Cómo podría? Sólo porque una miserable historia era conocida a través del Infierno... no significaba en absoluto que sugiriera que criaturas de Luz hubieran sido informadas. Y así colgó su cabeza y la miró, sintiéndose como un idiota más grande de lo que jamás se hubiera encontrado.
Miró fijamente en sus ojos sin vida y se despreció tanto más. Porque las mágicas orbes, constantemente ardiendo con furiosa reserva, estaban vacías ahora. Todavía hermosa con la pálida pie, y el marfil cabello... no podía evitar sino sentir que ahora... ella no era nada más que la sombra de la orgullosa criatura que fue antes.
'Entonces Vegeta,' se dijo a sí mismo en una voz hostil, 'Tuviste lo que deseabas. ¡La rompiste idiota! ¡¿Estás contento ahora?'
Quería derrumbarse en el suelo y dormir, olvidarse del alocado mundo que había infectado con su ira. Dejar de tener que mirar en esos vacíos ojos que desgarraban su pecho. Pero tanto como deseara poder borrar esa escena de su mente, no podía alejar su mirada. Y así apenas se asomó sobre ella. Nunca moviéndose. Nunca hablando. Ya que las únicas señales de vida... se deslizaban silenciosamente por sus húmedas mejillas.
Sintió dolor. Verdadero dolor en su cuerpo que dudaba que alguna cuchilla mortal pudiera infligir. Golpeaba una y otra vez en su pecho, torciendo el invisible cuchillo montado en su corazón. Nunca había sentido nada igual. Y se preguntó... sólo en silencio... si estaba viniendo de hecho de ella. ¿Estaba ella sintiendo dolor? Si era así... sólo podía maldecir más su propia miserable existencia. Sentía que la había matado. Arrancado el siempre presente fuego en sus ojos, dejándole nada más que un vacío recuerdo de lo que fue una vez.
Lentamente, extendió su fría mano para tocar su frente. Ella hizo un gesto de dolor por su tacto, causando que una profunda furia se encienda en su vientre, aunque no contra ella... sino él mismo.
"Tienes fiebre." Comentó simplemente porque no podía encontrar nada mejor qué decir... ¿Porque cómo hablarías exactamente con alguien que casi había violado y asesinado el día anterior? No es exactamente el tipo de conversación que comenzarían con el usual... tema de "cómo está tu día".
Ella susurró algo tan tranquilamente, ni siquiera sus sobre sensibles oídos lo habían escuchado. Y así, vacilantemente, se inclinó hacia adelante, indicándole que repitiera.
"...Máta... me." dijo en el aire. Pero había sido suficiente... había escuchado cada sílaba mientras lo llenaba de dolor. Retrocedió como una serpiente quemada por una antorcha aceitada. Cómo podía ella. ¡¿Cómo podía pedirle eso? Casi había gritado en su desprecio por su pedido. ¿Cómo se atrevía a pedirle una cosa así a él?
"N-no..." respondió temblorosamente, ni siquiera notando el débil temblar de su tono, mientras procesaba en su mente giratoria qué le acababa de pedir. Por una vez... se dio cuenta... el rescate no significaba nada para él. No lo hubiera hecho por nada. No podría haberlo hecho por nada. Sabía que el rescate no era consuelo alguno en este momento... se negaba a intentar siquiera pretender que lo era. Estaba cansado de mentirle. Pero sobre todo... estaba mintiéndose a sí mismo.
"Te odio." Comenzó ella a sollozar, su roto cuerpo convulsionando de arriba a abajo, aunque trató de ocultarlo. Sus ojos lo traicionaron... porque confesaron abiertamente los sentimientos de pena y de dolor que amenazaron con robarle su orgullo. Sus cejas se levantaron subconscientemente. Estaba entristecido y no hizo intento en ocultar las pruebas. Hubiera estado allí a pesar de sus débiles intentos.
"Te odio." Repitió ella, rodeando su cuerpo con sus brazos.
"Amo a Yamcha... ¡y tú me robaste de él!" acusó, escupiendo las palabras tan fuerte como su áspera voz sin usar le permitía. Para ser honesto, aunque si se lo preguntaran una vez... probablemente serían volados a la otra vida, las palabras de ella realmente lo picaron. ¡Maldito ese patético prometido de ella! Se enderezó, pretendiendo estar en control... aunque se sentía como un niño... acobardado en la misericordia de ella.
"Serás devuelta a él. Lo prometo." Le dijo... aunque en verdad despreciaba hacer tales sugerencias, simplemente por que sabía que debía honrarlas. Estaba en contra del orgullo de su familia hacer una promesa y no mantenerla. Aunque en secreto... él detestaba el código de honor.
"No lo ves idiota..." sacudió ella su cabeza, tratando de cubrir su rostro en sus manos. Él odiaba su tono y la mayoría de todas sus palabras, pero no hizo mención mientras se sentaba suavemente junto a ella, notando cómo se alejaba de su repugnante presencia.
"Nunca podré estar con él. Tú. Tú me has deshonrado Vegeta. Me arruinaste. ¡QUIÉN VA A QUERERME AHORA!" ¡Gritó! El tono dolía pero menos que esas palabras. ¿Realmente se sentía de esa manera? ¿Como si no fuera nada por culpa de él? Él maldijo las acciones del dragón por milésima vez. ¿Por qué la tocó así? Nunca hubiera hecho eso si no hubiera perdido el control. ¡Maldita esa Akasha! ¡Maldito él de nuevo porque no sacó cada pedazo de furia tapada en su miserable pequeño cuerpo!
"Princesa... yo..." tartamudeó. Pero su sollozo cubrió cada palabra, haciéndolo inescuchable mientras ella berreaba incoherentemente.
"No lo entiendes Vegeta..." dijo, arrastrándose a su lado y abrazando su cuerpo sin vida.
"Nunca podré volver a casa. Simplemente nunca podré volver. No lo ves... se fue... mi vida... yo..." ni siquiera podía hablar a través de las lágrimas. Y así se quedaron en silencio, él, esperando su respuesta, y ella, esperando que volviera la cordura. Lo que parecían como horas sólo fueron unos pocos minutos hasta que los histéricos gemidos y sollozos fueron reducidos a un filtrante líquido de dolor de pecho.
"Nada podrá ser alguna vez lo mismo Vegeta. Me he... me he convertido en otra persona. Yo... no soy quien era antes. He sido manchada. ¿Cómo podría posiblemente volver a él siendo solamente un disfraz superficial de la oscura criatura que acecha dentro? Estoy harta Vegeta. No soy una Princesa... ni siquiera soy un Ángel..." su cuerpo comenzó a ser azotado con silenciosos sollozos una vez más. "No soy nada."
¿Cómo podría posiblemente convencerla de cuan equivocada estaba?
"Princesa. Yo... ¿no lo ves?" Dijo lentamente, aunque soltando cada palabra con sinceridad. Quería asegurarle de tales falsedades. Ella significaba mucho más para él de lo que incluso podía imaginar. ¿Era eso nada? Quería abrazarla con fuerza... dejarla llorar su dolor sobre su hombro. Entibiar su tierna alma con la falta de la suya propia.
"Tú no eres nada. Pero tienes razón... has cambiado... eres diferente." Repitió, casi sonriéndole.
"Tú eres algo más."
Ella lo miró en silenciosa incredulidad por sus amables palabras. Sacudió su cabeza, cerrando sus adoloridos ojos.
"¿Cómo puede ser eso? Soy mala por dentro Vegeta. Un demonio... por siempre atrapado en el cuerpo de un Ángel. No soy nada." Susurró. ¿Alguna vez saldría de esta auto destructiva trampa? No era consolar a una mujer en duelo fuera algo común cada día fuera una ocurrencia para él. Lo estaba encontrando realmente bastante inquietante.
"Pero esa criatura dentro tuyo te hace más fuerte Ángel. Úsala." Antes de haber terminado su respuesta se arrepintió de ella. Un profundo ceño fruncido cruzó las facciones de ella.
"¿Usarla como tú Vegeta?" Él sintió el escozor de la bofetada por su áspero comentario.
"¿Usarla para intimidar mujeres indefensas? ¡¿Para casi matarlas?" Con cada palabra que ella escupía, él sentía su cuerpo hundiéndose más y más.
"¡Eres un monstruo! ¡Te odio incluso ahora! Imagina cómo crecerá eso cuando tomes control del Paraíso." Los ojos de él se ampliaron, desconocido para él. Ella sonrió, aunque era tan increíblemente obvio que no encontraba nada ni remotamente de humor en esta situación.
"¿Qué? ¿Creíste que una cabeza hueca, ingenua criatura como yo nunca reflexionó en tales cosas?" Hirvió a través de dientes fuertemente apretados. "Estúpido Ángel." Se burló ella... "Tan fácilmente engañado... tan rápidamente manipulado... tan tonta que ni siquiera se pregunta sobre el futuro." Lo miró duramente, él podía haber jurado por una fracción de segundo que ella se había convertido en alguien más.
"¿Crees que no sé que sucederá si tienes éxito? ¿Crees que no sé que todos por los que me he preocupado alguna vez serán llevados a la nada a tu paso? ¿Tendré incluso un hogar Vegeta? ¿O eso también será reducido a botín en tu triunfo?"
Él la miró... ni siquiera atreviéndose a responder. ¿Qué podría decir posiblemente para disuadirla de tal razonamiento, cuando él sabía que era correcto? Podía mentir... decir que estaba equivocada y que sus seres queridos serían perdonados por su piedad. Pero no lo haría. Ella habría sabido la diferencia de ambas maneras.
"Mi corazón está tan destrozado como mis sueños. ¿O debería decir mi futuro? Tu clase destruirá generaciones de lo que los Ángeles han adquirido. El equilibrio será arrojado a los vientos. Y tú gobernarás como siempre lo has hecho. Corporeizado en tus propias demandas despiadadas, el universo olvidado por el conocido Dios. Y con tu asenso... estoy destinada a mi caída." El fondo de sus rojos desgarrados ojos se estaban lastimando de nuevo, pero ella los negó notablemente.
"Nada puede ser lo que fue una vez. Nunca estaré con mi padre. Nunca me casaré con Yamcha..." dijo las palabras con esa calma de finalidad, era como si estuviera firmando su propia garantía de muerte.
"Nunca tendré mi propio hogar... y yo... yo..." las atrapadas lágrimas navegaron de nuevo, haciendo cascada en su usual manera por sus húmedas mejillas, como si su suministro fuera ilimitado.
"Nunca tendré una familia... nunca seré una mamá..." La sugerencia cortó más profundo a Vegeta de lo que ella sería capaz de saber. Antes que pudiera contenerse, la había alzado en sus brazos, abrazando su temblorosa forma y entibiándola con su cuerpo. Podría importarle menos en qué débil había sido reducido. Sabía que ella tenía razón en sus sospechas. Como si él no le hubiera causado suficiente rigor en este momento... ella sabía que con el tiempo sólo empeoraría. Y así él la abrazó en un abrazo de oso, calmando su temblorosa espalda y susurrando una y otra vez palabras que hace mucho tiempo había jurado que nunca le permitiría a sus labios pronunciar.
"Lo siento..." susurró en su cabello... "Lo siento mucho."
Pero aún no la había liberado en su prisión de soledad, cuando ella respondió en una muertafría furia. Palabras que lo acecharían por siempre.
"Es por eso que espero que mueras mañana."
Bien. Ahí lo tienen. Vegeta finalmente se disculpó. Bueno... Tengo algunos FABULOSOS fanarts para mostrarles chicos de algunos de mis asombrosos lectores. Si les gustaría ver más... mándenme su dirección de correo electrónico y me aseguraré de enviárselos directamente. Bueno... ¡hablaría más pero me voy de nuevo a otra entrevista y voy a llegar tarde! Amor Camaro
