Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen...
Ángel Oscuro
(Dark Angel)
Un fic de Camaro
Traducción por Apolonia
Yamcha se volvió invisible inmediatamente, saliendo de encima de ella como una ráfaga de viento. Pero ella no había pasado por alto el desolado miedo que yacía en su lechosa mirada. Tenía miedo. Estaba desapareciendo tan rápido como podía, dejándola con la ira del Rey Demonio. Tal vez ayudaría. Pero Bulma sabía que había venido demasiado tarde. Sabía que Vegeta había visto a Yamcha tan claro como el día y nunca sería convencido de lo contrario.
El caliente aire la invadió a su alrededor, tan caliente que sintió que estaba sofocándose lentamente en su caliente abrazo. Se atrevió a mirarlo. Los ojos de él la asustaron. Honesstamente la asustaban más allá de la creencia. Estaban completamente rojos. Sangre... rojos. No había blanco a los lados e incluso sus pupilas estaban manchadas. Humo carmesí salía demoníacamente de entre sus párpados y quemaba frente a su rostro antes de desaparecer.
Lo había perdido. Vegeta se había ido y todo lo que quedaba ahora era el verdadero Demonio que siempre había yacido dentro de él. A pesar del calor hinchándose en la gran habitación, sintió frío. Increíblemente frío desde adentro hacia afuera. Como un feroz mordaz viento desgarrando su interior en pedazos en su furia.
Vio su horrible mirada, sintiendo el odio golpear como piedras contra ella. Si alguna vez escucharon las palabras... "Dagas de Mirar" los ojos de Vegeta les dieron un nuevo significado. Su perforadora mirada era absoluto veneno en su más venenoso poder. Sólo por un momento se preguntó cuanto había visto pero decidió que no importaba. Había sido suficiente.
Iba a matar a Yamcha. Y luego, iba a matarla a ella.
De repente, pareció calmarse, la hinchada temperatura disminuyendo ligeramente mientras recuperaba el control. Casi jadeó en voz alta, aunque se contuvo antes de lo impensable. Pero esto era imprevisible. Él nunca había derrotado al monstruo tan pronto después que había cautivado a su cuerpo. Era como una droga que se hundía en su sistema y devoraba todo aunque lo procesaba hasta que había corrido su curso destructivo. Era muy probable que ni siquiera recordara las batallas de locura que el dragón había causado. Pero parecía estar bien, considerando que sus dientes permanecieron crecidos y sus ojos rojos. La miró largo y duro, aparentemente considerando sus opciones.
Bulma supuso que era una batalla mental sobre cómo deshacerse de ella y de su amante en la forma más dolorosa. Intentó no considerar las opciones, sabiendo que con su violenta y salvaje naturaleza a su entera disposición y convocatoria, sin duda él tendría una idea mucho mejor de cómo inculcar la mayor cantidad de tortura en un cuerpo mientras lo mantiene respirando.
Ni siquiera se atrevía a creer en su misericordia. No tenía ninguna. Él había matado a su padre como había matado a millones y millon es de otras malditas almas. Ella y Yamcha no serían diferentes.
Se sintió convulsionar, sintiendo como si ni siquiera estuviera en su propio cuerpo, apenas observando una malvada escena tomando lugar ante ella. Casi quería vomitar, deshacer su estómago de las repugnantes mariposas que la acechaban por dentro. No había sentido esta clase de miedo desde la primera vez que lo había conocido, mirando en sus muertos ojos sin expresión y viendo nada más sino el monstruo que realmente era. Sólo que esta vez, estaba viendo al monstruo de nuevo sólo que ahora que estaba demasiado obviamente enfurecido con ella.
Pero sabía por qué. No debía intentar un juego inocentemente de olvidar. Se había entregado libremente a Yamcha. Lo había besado sin ningún arrepentimiento. Lo había disfrutado sin ningun vestigio de dolor o de auto aborrecimiento. Había querido estar con él. Lo había elegido.
Sintió como si estuvieran encontrándose por primera vez. Yamcha su amante perdido de tiempo atrás y Vegeta su hermoso captor. Hermoso y mortal.
Sorprendido por el sorpresivo grito de Bulma al ver a Vegeta, Radditz corrió a la habitación, otros cuatro guardias entraron tras él. Observaron al enfurecido Rey Demonio de pie a metros de la Angélica Princesa que estaba realmente recostada sobre su espalda en una torcida cama, mirando como si hubiera visto un fantasma. Sus ojos estaban llenos de puro miedo y su puel había palidecido mientras jadeaba desesperadamente aterrada.
Aunque los cuatro guardias del palacio optaron por hacer sus propias hipótesis, Radditz estaba confundido.
"Mi Rey." Tartamudeó a la espalda de Vegeta, sintiendo el aire caliente brotar de él y observar sus puños con blancos nudillos.
"¿Hay algún problema?" Miró de Bulma a su enfurecido Rey, tratando de descifrar qué había podido salir mal. Vegeta no hubiera intentado forzarse en ella, pero por el aspecto de la situación... Bien. Sólo podía mirar en hosca vergüenza a su aplastado cabello y vestido que estaba alzado casi sobre sus muslos.
Vegeta no había hecho esto. De ninguna manera. Se negaba a creer eso.
Vegeta parecía que podía matarla. Bulma buscó en sus ojos, rogando por una respuesta a lo que él pretendía hacer. Y ese era el problema, él podia hacer cualquier cosa. Cualquier cosa y nadie lo culparía por ello, y aunque sabía que Yamcha estaba de pie en el otro lado de la habitación, este hecho traía poca o ninguna comodidad.
Bulma estaba herida por dentro. No podia morir... no así. No por el hombre que amaba. Suspiró... No podía morir a manos de Vegeta. No así, por favor cualquier cosa menos así. ¡¿No sabía lo mucho que se preocupaba por él? Incluso ahora mientras miraba a sus hirvientes ojos se maravillaba por la brillante criatura que era. Creado tan hermosamente.
Tal vez no la mataría. Al menos no por sí mismo, porque parecía estar considerando su respuesta a Radditz. El bastardo. Sería tan fácil para él eliminarla llevándola a pudrirse a los calabozos. Pero parte de ella gritaba que se lo merecía.
"No Radditz." Susurró él, todavía mirando con una gélida mirada en los ojos de ella, notando la vergüenza que se achicaba por un momento y luego se disipaba en confusión. Estaba temblando sin cesar y por la razón que fuera le dolía verla de desa manera. La fuerte criatura implacable temblando y sacudiéndose de miedo por él. Por el monstruo que era. Pero no era nada. NADA comparado al dolor que había sentido al verla con ese idiota... estúpido, patético... ¡AHH! Ni siquiera podía pensar en una palabra para describir al Príncipe.
Y no... No había visto todo, sólo entró par aver al maldito alfeñique alejar su mano de entre sus expuestos muslos y besarla. Vegeta no era ningún tonto, sin embargo. Su imaginación podía rellenar fácilmente los insultantes detalles. ¡Había querido gritar en voz alta! Matar al hijo de puta que había puesto una mano sobre el objeto de su deseo. Había llegado suficientemente lejos. Casi lo había perdido... casi. La negrura se había trazado en sus ojos y sus colmillos habían crecido tan rápidamente que casi perforaban sus encías. Pero lo había detenido... solo apenas en el último segundo, recordando lo mucho que él... ¡lo mucho que malditamente se preocupaba por ella!
¡Lo odiaba! ¿ME OYEN? ¡LO ODIABA! Deseaba haber tenido el coraje de romperla en pedazos y torturer a su amante hasta que suplicara por la muerte con sus lágrimas. Rezaba por cualquier pedazo de misericordia que ella había infligido en él con el que ser quemado a la nada con él. Pero la semilla de perdón y recuerdos todavía florecía dentro de su pecho y no podía parecer olvidar el sacrificio que ella había hecho por él.
Dios u vida por ti...
"No hay ningún problema. Déjanos." Apenas podia reconocer su propia voz, aunque sentía las vibraciones tartamudear en su garganta. Estaba lazada con espeo odio y palpitante rabia. Era perversa y decrepit, escupiendo fuego de su propia lengua. Podía verla temblar debajo de su espesa cubierta y sentir la resistencia en Radditz mientras se reverenciaba y vacilantemente partía.
Vegeta sintió el aire moverse levemente mientras la puerta de la habitación era cerrada y él se quedaba a solas con Bulma y su Príncipe oculto. Su oculto Príncipe. Qué característico. Vegeta quería reír de furia por la cobardía del muchacho. Un Demonio nunca se escondería en las sombras dejando su pertenencia a merced de otro. Vegeta nunca la hubiera dejado sola de esa manera. ¡Si ese BASTARDO tenía honor en lo absolute, la hubiera protegido! ¡Debería haberlo hecho! ¡No debería estar escondiéndose en el otro lado de la habitación! Pero Vegeta supuso que Bulma ni siquiera había considerado esa pequeña noción, tan absorta en su ciego enamoramiento con el tonto.
No podía decidir qué hacer. ¿No era el Rey? ¿No debería estar siempre dispuesto para tomar decisiones firmes? A los momentos de una noticia, debería haber estado preparado con fuertes y tajantes decisiones, listo para clamar orden y destruir.
Pero no lo estaba. Su interior estaba rogándole matar a los dos.
'Que los preciosos amantes sean desolados juntos. Asesínalos en la sangre del otro. Sabes que lo quieren.' Prometió la voz adentro. Él quería escuchar. Quería lastimarla tanto por el dolor y la emoción que había infundido dentro de su retorcido corazón. ¡Maldita sea por hacerlo sentir de esta manera! ¡¿No lo había atormentado lo suficiente? Tenía que hacerlo decidir sobre su destino tanto como el suyo.
Pero no podía hacerlo... No lo haría.
No podía matarla. Ella significaba mucho para él. Entonces sólo tenía que corregir al insolente muchacho que se escondía detrás de las sombras de la oscura habitación. ¿Verdad?
Pero algo le gritaba que perdonara al Príncipe, recordándole que si realmente destruía la vida del niño, estaba sellando su destino para siempre en el odio de ella. Ella nunca lo perdonaría. Nunca. Y no podía tenerla odiándolo así.
Miró con fiereza a la esquina lejana, recibiendo un enfermo deleite al escuchar los vacilantes pasos del otro homre moverse nerviosamente hacia atrás. Incluso podía escuchar el estruendo de las alas del Ántel golpeando contra la pared mientras se deslizaba tan lejos como la piedra lo permitía. Cobarde. ¿El bastardo sabía lo mucho que quería matarlo? Con cada puta fibra de su cuerpo, anhelaba arrancar la lengua del hombre de su boca, haciéndose una auto pronunciada promesa que el pequeño bastardo nunca pudiera besar a la Princesa de nuevo.
Mirando de nuevo a la hermosa criatura que ahora estaba de pie a sólo tres metros de él, se acercó, escuchando mientras su respiración se aceleraba y el frío aire golpeaba contra su pecho mientras se acercaba a su temblorosa figura. Sin duda esperaba que la matara. Bien. No debería esperar menos aunque él sabía sólo con humor que nunca lo haría. Ella significaba más para él de lo que ella pudiera entender. Más de lo que incluso él podía comprender. Y sin embargo, siendo una típica mujer, se olvidó y pasó por alto lo bueno que había hecho y sólo se centró en lo más que podría haber hecho. Nunca se dio cuenta lo mucho que le había llegado en el tiempo que habían pasado juntos.
Podría haberse olvidado rápidamente el momento que había pasado a su lado, yaciendo cerca de él y manteniéndolo cálido. Sí... de hecho ya podría haberse olvidado, pero él no. Nunca lo haría.
Estaba cerca de enfurecido mientras escuchaba a los pies del otro hombre protestar y moverse levemente hacia adelante, como si el tonto pudiera honestamente protegerla. Sin querer decir que Vegeta no estaba siendo lastimado, ¡claro que no! El dolor era un recordatorio constante de su creciente mortalidad. Pero no lo hacía menos seguro que con una uña ágilmente aterrizada podía terminar la vida de la criatura en un instante. Rebanar la cabeza del idiota de sus hombros. Ah... sólo la imagen mental enviaba montones de alegría pentrando en su cuerpo y filtrándose en sus venas.
"¡Esa es tu última advertencia muchacho!" gruñó él, amando el sondio de una espalda chocando en la pared por miedo mientras el aire se volvía caliente y humeaba a su alrededor. Incluso afiladas chispas de electricidad danzaban a través de la habitación, separando su cabello.
"Defiende. Tu. Posición." Dijo cada palabra como si fuera su propia oración separada, completamente serio. Cada palabra era una promesa de muerte que si era ignorada sabía que el hombre escucharía con atención o sería decapitado, lo que fuera que eligiera.
Bulma parecía como si estuviera congelada, porque incluso en el intenso calor seguía temblando y abrazándose, incapaz de encontrarse con su monstruosa mirada. Se calmó más por eso, retrocediendo de la espesa cantidad de vasos sanguíneos que lo estudiaban con una apariencia fantásticamente malvada. No quería asustarla, aunque sabía que era demasiado tarde.
"Por favor..." Susurró ella, sus dientes comenzando a castañear debajo de sus temblorosos labios. Su súplica sonó tan suavemente que apenas la escuchó, teniendo que leer sus labios hermosamente borgoña. Miró mientras las regordetas y llenas creaciones se movían de arriba a abajo, sacudiéndose de miedo y temblando. Odiaba a verla así.
Alzó su mentón suavemente mirando con gentileza a su rostro, admirando sus siempre atractivas facciones que sin duda ella no era siquiera consciente que poseía. Podía haber pasado la eternidad mostrándole la belleza que tenía. Pero eso era antes.
Entonces y sólo entonces decidió que era tiempo para revelarle la verdadera tristeza que sentía. Y entonces lo soltó todo. Alejó el frente que había entrenado en él desde la infancia para retener y dejó a su verdadera emoción mostrarse en el exterior. Era difícil, porque tal honestidad era ajena a la forma que él había sido entrenado y criado. Con cada pequeña expresión en su rostro, le estaba mostrando lo mucho que se preocupaba por ella... lo mucho que la necesitaba. Lo mucho que quería que se quedara con él. Pero entonces sólo él se dio cuenta que debía liberarla.
Tenía que dejarla ir.
Cubrió sus crecientes emociones con su calmada e irrelevante fachada que no mostraba nada que estuviera enfureciéndose por dentro. Tenía que dejarla ir... y lo estaba desgarrando.
"¿No sabes?" susurró suavemente, sabiendo que sólo ella podía escucharlo.
"Nunca podría lastimarte." Tiró de ella con fuerza en su abrazo, envolviéndola en ese abrazo de oso que sabía que ella necesitaba. Ella tomó aire, aparentemente vertiendo cada cantidad de alivio den su aliento. Derrumbó su cabeza en la cuenca de su cuello, sujetándose a su abrazo y sin preocuparse en lo tonto que pensaba que eran sus pensamientos. Vegeta escuchó los pies deslizarse una vez más, pero esta vez no acercándose sino alejándose como si fuera en incredulidad a lo que los ocultos ojos presenciaban. El Príncipe fue sorprendido por la exhibición de afecto por la mujer que él amaba.
Vegeta se agachó, presionando su mejilla contra la de ella, susurrando suavemente en su oído.
"Yo hubiera dado el Paraíso y el Infierno Princesa, y aún así correrías a él." Dijo las palabras tan suavemente que ella supo que sólo ellos podían escuchar. Sus palabras contenían una finalidad y dolor que nunca supo que él pudiera expresar. Sus grandes manos frotaron su pequeña espalda, calmándola sólo con puras intenciones en su corazón. La estaba consolando... Y aún así lloró.
"Daría mi vida por ti Ángel. Sabes eso, ¿verdad?" la besó suavemente en la mejilla, sus largas pestañas rozando como alas de mariposas contra su húmeda piel. Él ni siquiera había notado que ella estaba llorando hasta que las lágrimas se habían infiltrado sobre sus labios mientras las sostenía tiernamente contra su carne.
"Daría mi vida por ti... pero no te quiero a menos que seas verdaderamente mía." Y luego tragó, preguntándose si realmente tenía la fuerza para decir las palabras en voz alta. Sería muy posible que fuera lo más furo que tuviera que hacer. Decirle que se fuera... mentirle y fingir que no se estaba rompiendo por dentro. Pero rezó para que esa fuerza que una vez había poseído, sabiendo que era sólo de esa forma. Tenía que dejarla ir a donde pertenecía. No era justo mantenerla aquí. Pertenecía al Paraíso. Pertenecía lejos de criaturas como él. Se preguntó si ella podia sentir la tristeza y el dolor cayendo como cenizas de él. Se preguntó si podia escuchar su corazón partirse en miles de pezados y destrozarse sobre el suelo.
"Por lo tanto yo." Hazlo Vegeta. Sabes que tienes que hacerlo. Lo harías si... la amaras.
"Te estoy liberando." No podía elaborar más sabiendo que su voz se rompería con el dolor. Alejó su rostro del de ella mirando a sus hermosos ojos una vez más, tranado muy duro de memorizar cada facción que ardía dentro de las orbes de plata de precioso mármol. ¿Sabrá algún día lo hermosa que era? Y no lo decía sólo por el exterior. Nunca sabría lo increíblemente hermosa que era por dentro. No podría. Sólo él podía verlo. Y sabía que recordaría eso para siempre.
"Espero que algún día olvides todo esto." Susurró suavemente, el aire agitando las lágrimas que se deslizaban por sus frías mejillas. Cerró sus ojos, empujando más de sus párpados y derramándolas por su mentón.
"No lo haré." Sollozó en silencio.
Ante sus palabras, algo poderoso se movió dentro de su pecho. Era tan fuerte que hizo un gesto de dolor por la fuerza del dolor que fue enviado directamente a sus ojos.
Bulma jadeó mientras una gota de sangre se deslizaba por la mejilla de Vegeta, cayendo de su ojo como una gota de lágrima. La tomó antes de que cayera al suelo, sosteniéndola en su mano. Era sangre. Su mentón se arrugó por los sollozos que trataba de arrancar de su garganta.
Él cubrió su mano con la suya, levantando los fragile dedos hacia sus labios y besándolos tiernamente.
"Adiós... Mi Ángel."
Y con eso... la dejó ir.
Déjala volver a donde pertenece. Donde había encontrado su lugar. Donde merecía estar con el hombre que amaba. Sintió su presencia irse del castillo, su calidez y verdad llevando una parte de él. Él estaría con ella para siempre.
Se retiró a su habitación, sentándose en el borde de la cama que ella había dormido a su lado. Todavía podía sentir su calidez envolverlo como si todavía estuviera abrazándolo en sus brazos. Todavía podía sentir su amor fresco y verdadero como sólo entonces se dio cuenta que había sido siempre. Y se dio cuenta entonces que la amaba, incluso mientras enterraba su rostro en sus manos mientras que por primera vez... Sus hombros comenzaron a temblar.
Fin
- -(
