Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen...
Ángel Oscuro
(Dark Angel)
Un fic de Camaro
Traducción por Apolonia
"El Príncipe del Paraíso del Este ha llegado, su majestad." El guardia dijo en tono snob, su enorme nariz alta en el aire con notable arrogancia. Estaba de pie orgullosamente, sus cuadrados hombros echados hacia atrás en buena postura, su rostro medio atractivo pronunciando su alto rango. Por cualquier razón, era obvio que era nuevo en tal alto cargo de cuidar a la Angélica Princesa. Era muy pronto para ser humilde.
"¡Dile que estará lista en un momento!" Gritó Chi Chi, automáticamente yendo a un modo de combate ante la grosera interrupción. Algunos hombres... ¡hmph! ¿Cuán estúpidos pueden ser? El bastardo ni siquiera había tocado, interrumpiendo a la Princesa incluso cuando estaba sin ropa. Idiota.
El guardia de cabello marrón abrió su boca, proponiendo que intentaba resistirse a ser hablado de lleno de esa manera, pero fue silenciado incluso mientras las palabras amenazaban rodar de su lengua, cuando los oscuros ojos de Chi Chi se angostaron un poco, sacando una mirada que no podía rivalizar a ningún Ángel. Su objeción fue ahogada mientras ella arrojaba su dedo hacia la puerta, echándolo triunfante incluso mientras su dignidad yacía destrozada sobre el suelo.
Con un bufido indignado y unas pocas sordas palabras elegidas, él se fue impetuosamente por la puerta, grandes alas levantadas como si para expiar su falta de orgullo.
"Dios, ese hombre es duro..." Chi Chi señaló medio molesta, todavía mirando fijamente hacia el vacío marco de la puerta. Sacudiendo su cabeza en obvia desaprobación, rápidamente desestimó el calvario, centrándose en arreglar las cintas en el apretado corsé de Bulma.
"Él no está obligado a permanecer por tanto tiempo. Pronto será un cañón perdido con una mujer ladrándole órdenes." Bulma rió, tratando de fingir que no podía sentir los ojos de Chi Chi echando dagas a su espalda descubierta.
"Apriétalo más." Ordenó no muy amablemente, agarrando la parte superior de su vestido de color madera blanca. Tenía que estirar sus nudillos para que no se volvieran blancos, sabiendo muy bien que esto sería una no muy dolorosa experiencia.
"Pero... te dolerá." Chi Chi vaciló mirando las llagas y costras que decoraban morbosamente la espalda y los hombros de la Princesa. El encaje blanco sin duda rasguñaría y empeoraría con las heridas y Chi Chi detestaba ser obligada a alentar CUALQUIER cantidad de dolor sobre su devota líder y amiga de toda la vida. Bulma suspiró, bajando su cabeza.
"Olvídalo... ya estoy haciendo esperar a Yamcha. Lo menos que puedo hacer es recompensarlo viéndome decente." Chi Chi resopló, mirando con desdén a los lazos y las ballenas de madera que serían un tormento para el hermoso Ángel de cabello plateado. No quería... eso era aparente. Pero estaba obligada a escuchar al Ángel. El título real venía antes que la amiga y era traición incluso objetar a una orden de esta clase.
"Te ves hermosa así." Suspiró, posicionándose para jalar agarrando las suelas de sus zapatos en el duro suelo de baldosas y envolviendo las cintas alrededor de sus dedos. Tenía un agarre suficientemente bueno, pero eso no detuvo las silenciosas quejas que la plagaban mientras se alistaba.
Bulma miró al espejo puesto sobre su vestidor. Oh sí... se veía hermosa, bien... para la caparazón de una mujer, eso sí. Casi se veía tan vacía como se sentía, como alguna pequeña muñeca ridícula, toda arreglada y lista para ser usada. No se sentía o veía como la clase de mujer que consideraba respeto por su título. Se sentía sola. Como... que alguna extraña parte de ella estaba faltando por completo.
Miró a su delicado rostro en el espejo, la somera criatura que la miraba en respuesta sin rumbo. Leve maquillaje. Todo lo que era. Sólo labial rosado y sombra de ojos plateada. Nada más que pintura en un bonito rostro, nada bajo la piel. Se preguntó por qué se había sentido tan vida en el Infierno y no sentía nada de eso aquí. Era sorprendente... totalmente inesperado pero tan más allá de la verdad.
Sentía como si hubiera algo dentro de ella que había muerto y se había vuelto otra cosa. Como si su alma estuviera simplemente pudriéndose debajo de la carne y un monstruo hubiera tomado su lugar, esperando por el momento indicado para ser liberado. Un monstruo como el de Vegeta, sin rival en asquerosa traición y dolor. Pero no era posible... Ella nunca podría ser controlada.
No por alguna criatura escondida. Ni siquiera por alguien. Parte de ella temblaba ante el pensamiento de ver a Yamcha, su vez en el Infierno siendo tensa y desconcertante. Él la había tratado increíblemente al principio, abrazándola en los momentos indicados, consolándola. Pero entonces en el frío del oscurecido abrazo de la noche, la había tratado de manera barata, tocándola en sugestivas maneras que eran completamente indigeribles, clamando que ella de alguna manera lo había permitido antes. Ella simplemente no tenía idea de qué estaba hablando, desestimando sus tácitas falsedades como vengativas proclamaciones de su aparente afecto por el Rey Demonio.
Mirando fijamente a la hermosa mujer que la miraba, vio los labios rosa platinados explotar con rojo brillo como sangre brotar como un vino sobre su triste boca. Cerró sus ojos, abriéndolos para ver los hermosos bordes de ceniza alrededor de sus ojos y toneladas de rímel fuera de sus pestañas... Dios mío... ¡era hermosa!
¿Cómo podía ser esto? ¡¿Era real?
Pero entonces la increíble aparición se desvaneció... revelando nada más que la natural belleza debajo. Ella... sus ojos apenas habían estado jugándole bromas... ¿verdad? Era enervante en su realidad. Había... había parecido tan real... demasiado real para ser sólo un hermoso brillo de esperanza que un día podría haber sentido esa cantidad de belleza una vez más. Pero no negaría que le había gustado la manera en que se había sentido ese día. Le había gustado. Pero su demostrado recordatorio estaba presentando oscuros pensamientos en su mente.
"Te gustó él Infierno Princesa." Una voz susurró profundo, muy profundo dentro. No venía de su mente... sino que hacía eco a través de su cuerpo, de algún lugar en su pecho. No podía ser... de ninguna manera. Pero aún así la voz desestimó su rechazo, pareciendo consolarla dentro de su tumultuosa piscina de emociones.
"Pertenecías allí." prometió. Ella ignoró la locura en esas vacías palabras. Era absurdo. Ella pertenecía aquí. Este era su lugar. ¡SU LUGAR, MALDITA SEA!... Lo había encontrado tal y como su madre había prometido que lo haría. Estaba con Yamcha... estaba feliz... tenía todo.
Pero ahora se sentía como que algo estaba faltando. Parte de ella se había ido. En algún otro lugar... era verdad. Algo faltaba. Y se preguntó, no por primera vez, qué estaba haciendo ese "algo" en ese momento...
Radditz subió nerviosamente las escaleras, escuchando a su ensordecedor latido de corazón palpitar en sus oídos ante el saqueante silencio. Incluso el mudo sonido parecía tocar sus oídos con un ruido no escuchado, saltando de las paredes a cada lado y filtrándose en su nerviosa carne.
Silencio. ¿Por qué silencio? La fría piedra se sentía dura y quieta bajo las suelas de sus botas de combate, el espeso material golpeando la roca debajo con malvada fuerza y penetrando sus pies. El tembloroso frío aire filtrándose en sus fosas nasales limpiando su cabeza y casi lastimándolo con su intensidad. Un frío frente se había asentado sobre el Infierno y parecía no tener intención de aligerar su abrazo sobre la desolada tierra. Se decía que incluso algunos de los ríos carmesí habían mostrado señales de hielo, aunque eso podría simplemente no ser así. El Infierno era, bueno, no exactamente el tipo de lugar donde se "congela".
Las afiladas negras uñas de Radditz arañaban sin piedad sobre las arenosas paredes de piedra a cada lado de él mientras viajaba en las desconocidas superficies de las habitaciones de Vegeta. ¿Siempre había tomado tanto tiempo? Los enervantes minutos pasaban como temblorosas horas, hastiando al Guardia Demonio. La escalera en espiral envuelta a la gran torre parecía cerrarse alrededor de él, el espacio más apretado que antes incluso. Cuando debería haber habido velas agraciando la oscuridad con impenetrables rayos, todo estaba oscuro. Incluso tan oscuro como para ensayar al Demonio de 27 años ser ciego inintencionalmente.
Era una enervante clase de oscuridad. La clase de oscuridad que no es natural para este plano virtual. Parecía hundirse en sus ojos y crear temibles imágenes que podría haber jurado estaban justo frente a él. Era la clase de oscuridad que pueden casi tocar y sentir. Casi oler y probar. Era un augurio de fatalidad que sin duda yacía por delante.
¿Han sido obligados alguna vez a viajar a través de su casa o algún otro lugar donde la ausencia de luz es casi enloquecedora? Abren sus ojos, engañando a su subconsciente en creer que tal vez si pudieras abrirlos un poco más, todo sería evidentemente claro. Y repentinamente ven objetos y formas que no están allí, creaciones de demente negro. Rostros que gritan y sonríen ante sus ojos, sus sádicas apariencias temblando incluso el cartílago en sus huesos. Terribles apariciones tal vez... pero podrían jurar que fueron casi tocados. ¿Verdad? Bueno entonces... tengan pena de Radditz.
Porque no siempre había sido tan tranquilo. No... de hecho no lo había sido. Y este hecho sacudió al Guardia Demonio fuertemente. El silencio no era una buena señal en el Infierno. Y más que en cualquier otro lugar, el silencio era rechazado en la torre personal de Vegeta.
Radditz había escuchado los desesperados, fuertes gritos de las mujeres que aullaban, los silenciosos correteos de pies que eran silenciados instantáneamente. Como si miles de pies hubieran comenzado a apresurarse y despiadadas maratones y lieno en un gran barrido hubieran sido tomados desde el suelo. Los horribles gritos habían llegado a un sonido ensordecedor, saqueando sus tímpanos... y luego se detuvo.
Simplemente se detuvo.
Y así viajó subiendo hacia el posible culpable de la aurora, un extraño miedo causando frío sudor juntarse sobre su frente alta. Esto era peligroso. Algo le dijo que se diera vuelta. Bajar tan rápido como su cuerpo lo permitiera y olvidarse de la locura que yacía adelante, burlándose de su curiosidad y flagrante preocupación.
Su mano se aferró al final de la pared y siguió ciegamente sus instintos al pasillo, agraciado con la tenue luz de velas de la habitación de Vegeta. ¡Bendita la hermosa luz que se filtraba en el pasillo envuelto de oscuridad! Casi entibiaba su piel en su agraciado toque, suavizando los cabellos que se levantaban como resultado del desmantelamiento de la piel de gallina que se había juntado en su brazo. Estaba tentado en cerrar sus ojos y decir un silencioso gracias al Dios que había proveído tal piadoso regalo, cuando el aire se atrapó en sus pulmones.
Una fina cinta de sangre se filtraba desde abajo del marco de la puerta, reptando como serpiente entre las lineas de las baldosas, viniendo lentamente hacia él en personificado interés. Pero su hedor no era de Vegeta, porque el sabor que impregnaba la sangre del Rey Demonio era dulce y crujiente... pero esto era de una mujer... de mujeres...
De concubinas.
Lentamente, como si de propio acuerdo, sus pesados pies se movieron hacia adelante a la luz que se filtraba que se mostraba en una piadosa línea, a veces brillando en sus ojos. No quería entrar. Tanto era aparente mientras su respiración se volvía más y más apretada y su corazón comenzaba a apretar debajo de su caja torácica. Cuanto más se acercaba, más fuerte se volvía el rango del olor a muerte, penetrando sus tiernas fosas nasales en su horrible hedor hasta que podía casi probarlo.
Aunque sus pies tocaban suavemente el mosaico de mármol, hacía estragos sobre sus oídos, cada diminuto clic asaltando su cabeza como un tambor de acero, tocando, tocando... tocando.
Su mano se cerró irresoluta sobre el frío de la dorada perilla de la puerta, gélidos dedos envueltos flojos en una incertidumbre. El mundo era una incertidumbre. Las cosas habían cambiado y el futuro era ahora tan impredecible como había sido el día que el antiguo Rey Demonio había sido asesinado. Algo había salido mal.
Vegeta no había sido él mismo... no realmente. O tal vez tal declaración era mojigata. Tal vez todo el tiempo el verdadero ser de Vegeta había estado encarcelado por su fuerte exterior, el venenoso ser dentro eclipsado debajo del fabricado semblante. Pero siempre había estado allí, constantemente recordando y burlándose del Demonio que permanecía su captor, manteniéndolo a raya. Pero era la maldición de Vegeta... la maldición de su familia Y si estas presunciones eran correctas, Vegeta de hecho se había convertido en un monstruo... Una anomalía animalística. Una criatura despiadada como sus antepasados.
Incluso mientras sus dedos entrelazaban el frío metal, girando contra su propia voluntad, Radditz cerró sus ojos, apretando sus dientes ante el recuerdo de Gohan siendo lanzado violentamente contra la pared. No sabía cómo había ocurrido, e incluso menos por qué. Pero todavía podía ver la horrorizada mirada que había sido puesta instantáneamente en el rostro del niño mientras su cabeza chocaba contra la gruesa piedra. El repugnante sonido casi había revuelto a Radditz por completo, y el hecho que fuera obligado a esperar para atender a la pequeña criatura era repugnante. Vegeta miró niño con montón de cabello negro inconsciente como recordatorio, con desprecio aparente en sus rojos ojos. Radditz había querido nada más que envolver al indefenso niño y consolarlo, pero sabía que sólo tentaría a la criatura que se sacudía dentro del pecho del hermoso Demonio.
Y luego los ojos del monstruo se habían puesto sobre él, y él simplemente había mirado pacientemente mientras Vegeta lo estudiaba con resuelta curiosidad, como si nunca hubiera visto a Radditz antes. Pero la Ceniza hacía eso a una persona, borrando los hechos y creando creíbles ilusiones. Y era tan obvio como cualquier cosa que el predicamento de vergüenza estaba lejos de la mente de la criatura. Sabía que de ninguna creación, exceptuando sólo el odio y la ira como resistencia y fuerza.
Vegeta había arrojado a la joven criatura contra una pared sin ningún razonamiento o justificación detrás de eso. Simplemente mirando al niño que se había acobardado a sus pies como si fuera un insecto. Una hormiga arrastrándose indefensa por el suelo. Una termita que desafiaba la autoridad del Rey Demonio. Tal odio había oscurecido sus ojos, casi totalmente envolviendo su conducta como si el niño hubiera intentado borrar a Vegeta de la existencia. Odiaba al niño por razones desconocidas al guardia, y aunque no se atrevió a decir en voz alta tales deducciones, supuso que tenía algo que ver con ella...
Bulma.
La hermosa seductora que había abandonado al Rey y lo había abandonado por el Paraíso, siguiendo detrás de su prometido esposo. Acechaba los constantes pensamientos del Demonio, tocándolo incluso en sus sueños, como Vegeta había admitido a Radditz después de 10 botellas de Lava.
Tal vez el niño le recordaba a ella, subscribiendo visiones y recuerdos en su mente, sin saber acariciando la esencia de su malvado ser. O tal vez era las repugnantes cantidades de droga en las que se había encerrado desde que ella se fue, que había abandonado su reino y su vida en un desesperado intento de no tener en cuenta el hecho de que él la extrañaba. Abusaba su cuerpo y se olvidaba de lo obvio, drenando su dolor con sobredosis y orgías. Vegeta no quería tales emociones... despreciaba lo que sentía por ella. Amor. Era una imperdonable debilidad.
Radditz frunció el ceño. A pesar que el joven Rey había escuchado rechazar las palabras de su malicioso padre, él había sido permanentemente germinado por tales barbáricas creencias, como debió haber sido. Los Demonios no tenían que sentir emociones... no tenían que saber de esta Celestial criatura que era el amor. Era una debilidad, una detestable deformación del orgullo de un guerrero, que tenía que ser desgarrada y olvidada. Era la acostumbrada manera de vivir de los Demonios, nunca mostrar sentimientos y abandonar la honestidad que era inculcada en sus corazones. Muy profundo, Radditz detestaba la ley no escrita. Era malditamente enferma si le preguntaban. Él sentiría lo que quisiera... aunque en secreto debiera.
Tomando una bocanada de aire que prácticamente lo congeló por dentro, abrió las puertas, escuchando nada sino el siseante arroyo de obstinadas bisagras que parecían llenar sus oídos. Podía escucharse tragar en mudo horror ante las vistas que habían encontrado sus resistentes ojos y el regurgitado olor que implementaba el espeso aire.
Sangre. Sangre... era todo sangre. Las paredes una casi mera capa de carmesí que estaba repartida y comenzada por atroces huellas de manos de mujer intentando trepar por las paredes. Era una desesperada e infructuosa situación, inhibida por el bestial Rey por quien están hechos para servir.
La puerta de madera estaba arañada y desgarrada por rotas uñas de mujer intentando huir, sin duda siendo empujada lejos violentamente.
Los apestosos cuerpos colgaban casi por todos lados, algunos yacían decapitados sobre la húmeda cama, otros molidos contra el suelo, sus cabezas desparramadas en los azulejos. El rostro de una muchacha yacía a varios metros de su destrozado cuerpo, algunos fragmentos y listones todavía agarrados sin vida a los restos de carne amontonados sobre las venas y terribles músculos.
Tuvo que darse vuelta mientras la bilis corría hacia la parte de atrás de su garganta, su espeso agrio sabor dando escozor a su boca. Podía sentir sus dientes quemar por los ácidos del estómago y antes que pudiera prohibir su llegada, se encontró acurrucado en una esquina con grueso vómito rociándose en el suelo y salpicando peligrosamente cerca de su rostro. Mientras más humedad salía, más propenso estaba a liberar, su estómago contrayéndose junto con los músculos de su garganta con cada rejurgitación.
El mundo estaba girando mientras él se acercaba por aire y destellantes estrellas envolvieron su visión, aunque cuando las miraba directamente tendían a desaparecer como si fueran una mera aparición.
Se ahogó en el infeccioso aire, saboreando el sucio hedor que permeaba desde los adentros de los cadáveres. Quería vomitar más, huir de la escena y su rango de peste que lo desgarraba por dentro. ¿No se suponía que los cuerpos que habían estado muertos por algo de tiempo debían oler así? No era ningún extraño en caos y problemas pero esto era sin dura trabajo de terrible demencia.
Porque había pasado incontables horas en la terrible presencia del calabozo, una vista que podía acechar al débil por la eternidad y él ahora podía reconocer la vista del trabajo de Vegeta. Imágenes y el olor de carne podrida del calabozo ni siquiera podrían ser explicadas así que no me atreveré a intentarlo, porque hacerlo sólo deshonraría mis pobres habilidades de escritura aún más. Pero algo sobre esta habitación llena de asquerosidad congeló más el interior de Radditz que miles de calabozos.
¿Pero donde estaba Vegeta? En un momento en el que la mayoría de los hombres, incluso los más fuertes guerreros hubieran inhalado en desdén y pegado la vuelta, la lealtad de Radditz estaba de nuevo sin rival. Odiaba lo que Vegeta había hecho, pero tenía que encontrarlo de todas maneras.
Entró en la ofensiva escena, una o dos veces apretando sus dientes para callar el sonido de movimiento que se podía escuchar de sus pies tocando el húmedo, resbaloso suelo.
No bajes la vista... no bajes la vista... Sólo encuentra a Vegeta.
Su interior le estaba gritando darse la vuelta de esta desagradable vista. Escapar de la posibilidad de ver a su amo drogado y vacío como esperaba. Y no quería saberlo... no quería aceptar que Vegeta era el monstruo responsable de esta masacre. Pero no podía hacerlo. No podía. Vegeta significaba demasiado para él para que lo abandone... y como siempre... su morbosa curiosidad estaba plagando todo pensamiento consciente.
Podía oler el agua saliendo del baño... su fresco fuerte perfume tentando a su nariz y lenta pero seguramente, sus pies con botas se permitieron proceder hacia el bienvenido olor que parecía disipar el bombardeante hedor de los fallecidos. La puerta se abrió y luz salió, tentando a su portador a entrar voluntariamente en su amable boca. Y así... Radditz lentamente empujó la puerta para abrirla.
¡Quería gritar! Quería gritar en horror. Gritar y vomitar y odiar y morir y matar y... Quería correr.
Tomó todo su valor, toda su enfrascada fuerza ahogar el grito que arrancó salvajemente hacia afuera, rogando por liberarse. Sus pies se movieron espantosamente hacia él, gritando para que los liberara y saliera de la decrépita habitación. Sus rodillas casi se doblaron bajo él, y todo su cuerpo comenzó a temblar práctica y completamente de pies a cabeza. Era casi como si cada músculo en su bien construido cuerpo hubiera elegido este momento para vacilar y tener espasmos, retorciéndose más allá de su último control.
Las paredes color borgoña estaban salpicadas en sangre, una espesa sábana de ella recubriendo el suelo de mármol, decorado con esbeltos y desgarrados cuerpos. Una mujer desnuda yacía rota del abdomen a la garganta, bañada en sus propios jugos. La solitaria cabeza de una hermosa mujer miraba fijamente hacia arriba a él, claros ojos observando su despeinada apariencia.
Ella ya no estaba viendo... Ella ya no estaba viendo. Se había ido...
Y allí yacía Videl, la joven mujer que había conocido desde la infancia, con el cuerpo todo roto y golpeado y temblando y tratando de levantarse en vano intentando sincronizar sus miembros. Todavía estaba muy viva, yaciendo con la cabeza hacia abajo mientras sus destrozados huesos se estiraban contra sus contraídos músculos. Su espalda estaba rota y era un milagro que ella estuviera incluso viva. Incoherentes ruidos de gorgoteo se podían escuchar mientras se levantaba y bajaba, hundiéndose en un charco de la sangre de otra mujer. Estaba inhalando la sangre y muriendo lentamente.
Cerrando sus ojos, y deseando que el sonido familiar se fuera, dio un paso sobre la parte de atrás de su cuello, rompiendo fácilmente los frágiles huesos hasta que su cuerpo dejó de temblar y yacía muerto y libre. Sintió humedad subir a sus ojos, encegueciéndolo si miraba hacia abajo.
Había conocido a esa muchacha toda su vida. Tan llena de espíritu y vida había estado, y ahora nada más que un acurrucado montón de rotos huesos. Ella había pertenecido a una familia que había perecido, obligada a la esclavitud para equiparar su falta de dinero. Había lidiado con duras situaciones de esta salvaje vida, y aún así su voluntad la había obligado a seguir, esa llama de poder todavía brillando fuertemente dentro de su alma.
Sus ojos se levantaron maliciosamente hacia el baño, a varios metros de distancia, donde estaba seguro que encontraría a la oscura criatura que había dejado tan divino sufrimiento en impronunciable horror. Ella había muerto... ella había muerto sola sabiendo lo que era. La mayoría de las mujeres sin duda no lo hubieran visto venir, y si lo habían hecho, benditas con el privilegio de una rápida muerte, sangrienta como era. Videl había sabido, e incluso cuando su destruido cuerpo había desobedecido, todavía el espíritu luchador permanecía.
Quería levantar su cuerpo en sus brazos y rezar para que su alma sea llevada a algún lugar mejor que este. Que se libere esa valiente alma de esta vida de esclavitud y dolor.
"Eres libre ahora, mi Videl. Ve con los Ángeles, mi preciosa."
Sus dientes se apretaron juntos mientras él se dirigía hacia la habitación, su corazón tronando sonoramente mientras su sangre golpeaba feroz y libre, cursando a través de sus venas como fuego líquido. Una variedad de emociones estaban bombardeando su alma, odio filtrándose como un mal sabor en su calma resolución, y miedo del desconocido desconcertante de su espíritu guerrero. Deseó haber tenido el poder para matar a Vegeta, poner a la desolada alma fuera de su miseria y liberar a la criatura atrapada que alguna vez fue. Pero incluso si sí poseyera tal poder, nada en el Paraíso o el Infierno podría haberlo aventurado a usarlo. Amaba a la malvada criatura y aunque supiera mejor, apenas podía negarlo.
Sacrificaría el Paraíso y el Infierno por Vegeta... y ambos seguramente lo sabían.
El olor del agua era más fuerte que nunca y sus dedos rozaron la humedad de la pared de vidrio que lo separaba de lo que había adelante. Podía hacer esto. Vegeta nunca lo lastimaría, drogado o no. Ningún monstruo era lo fuerte suficiente para traicionar los lazos que unían a los dos amigos.
Mientras empujaba suavemente, sus dedos chirriaron, frotándose contra la sólida pared de invisible vidrio.
Su corazón se salteó un latido y esta vez el grito escapó sus golpeados labios mientras Vegeta yacía empapado en su enorme, profunda bañera de sangre. Sus ojos estaban vidriosos sobre su hermoso rostro y miraba fija y estáticamente a la lejana esquina de la habitación de ónice.
Sus muñecas colgaban sin vida sobre los bordes de la tina de porcelana negra, las palmas hacia arriba, profundas aberturas liberando más carmesí en la suntuosa piscina. Había cometido suicidio.
Dios... ¿esa última oración no los hizo sentir a su sangre correr fría? Ugh... sólo escribirla hizo caer a mi estómago. Está bien... aquí está un pequeño trato que tengo para ustedes... he realmente escuchado la canción más hermosa que realmente creo haber oído alguna vez. Wow... realmente no es relativo a Ángel Oscuro... pero si les gusta la idea entonces tendría que decir que combina mucho con cómo Bulma se está sintiendo sin duda ahora... Piensen que las letras son homosexuales si quieren... pero supongo que cada uno de nosotros podría sin duda comparar esta canción a nuestras vidas de una manera u otra. Sólo confíen en mí.
Es por Jane Arden llamada Cherry Popsicle y seriamente les recomiendo escucharla si tienen Mp3s. No soy realmente el tipo de personas que leen todos esos songfics... pero honestamente... este es realmente bueno... así que escúchenlo... me hizo llorar. Es tan hermoso. Todos estarán de acuerdo...
Y no... no voy a empezar a recomendar patéticas canciones, para que lo sepan. Esto es mayormente una cosa de única vez.
Oh. Y si no les gusta lo sanguinario, ¿entonces por qué carajo están leyendo? ¿NO lo puse en clasificación R? Sí... eso es lo que pensé. Supérenlo. Amor Camaro
PD... ¡ESCUCHEN LA MALDITA CANCIÓN! ¡LO DIGO EN SERIO!
