No podía reaccionar. Sus ojos, abiertos por la impresión aún no daban crédito a lo que veían. Instintivamente dirigió su mano a su cuello, protegiéndolo. Sentía cómo su cuerpo temblaba por el miedo. Lo primero que su cerebro pudo notar con claridad era la sangre… Sangre en el piso, salpicando las baldosas de la mansión y luego… los colmillos de Connor, manchados del líquido escarlata.
Sus ojos perdían el color rojo hasta volverse ámbar de nuevo, gracias a la sangre recibida hace unos momentos. Sin embargo, Anju le miraba temerosa ante lo ocurrido, no podía ser que Connor, que él…
-Anju… san… –murmuró lentamente- yo… yo… perdone… no era mi intención…
Extendió su mano a ella, queriendo ayudarle a pararse del frío piso, pero la vampiresa no podía moverse. Comprendió que aún no reaccionaba, por lo que se limpió la sangre de la boca con el dorso de su mano.
-Connor…
Miró el brazo del chico, en donde aún se encontraban las marcas de los colmillos incrustados. Lentamente retiró su mano del cuello, cerciorándose de que estaba a salvo. Para no beber de su sangre, el vampiro le había empujado lejos en el último segundo y tomado de la suya. A ella le costaba mucho trabajo contener su apetito cerca de una chica celosa, por eso sabía del gran autocontrol que debió tener el adolescente para no morderla.
-Yo… lo mejor será que se vaya… –dijo atropelladamente, dándole la espalda- Mis instintos aún no se calman del todo y si permanece más tiempo aquí… no me podré controlar.
La chica comprendió: tenía razón, aún no era seguro. Porque, a pesar de beber la sangre de un vampiro, era la suya. Era engañar a su organismo, ya que en realidad nunca había probado alimento. Se paró del frío suelo, pasando muy cerca de él, oliendo el hierro de la sangre.
Sus pasos la condujeron hasta la entrada, meditando si permanecer o no allí. Abrió lentamente la puerta, produciendo un ruido metálico. Volvió su vista una vez más hasta donde el vampiro debía de encontrarse todavía, sin poder ver su silueta, luego simplemente salió.
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Olfateó el aire, cerciorándose de que ya no se encontraba en la mansión. Al comprender que así era mordió con fuerza su labio inferior, sangrando del mismo. Su lengua bebió del vital líquido, degustándolo lentamente.
-Eres un idiota.
Se giró para encontrarse con los ojos reprobatorios del resto de los Windsor, de pie en la escalera. Aline y Brigitte estaban una frente a la otra, creando un perfecto reflejo de sí mismas, mientras que Dylan sostenía un libro cerca de su rostro, no pudiendo contemplar más que sus ojos.
-Onii-san… ¿era delicioso? –preguntó pausadamente, sin mover el ejemplar.
-¿Qué cosa? –le miró confundido.
-El olor… de la sangre… de Anju-san… –fue su respuesta pausada.
-Ahhh… –contestó con pesadez, metiendo las manos en los bolsillos- Sí, realmente delicioso.
-Casi la muerdes –dijo amargamente Aline-. Eso arruinaría todo.
-Tranquila, todo va de acuerdo a mi plan. Déjame hacer las cosas a mi modo –respondió, subiendo lentamente los escalones hasta llegar a su lado.
-Connor… –le detuvo con llamarlo, sin mirarle- No tengo porqué recordarte las 5 Reglas, ¿verdad?
-Vamos, ¿en verdad me crees capaz de olvidarlas? –contraatacó, con la mirada altanera.
-Anju Marker es tu objetivo, compórtate como en las otras misiones, no juegues –habló ahora Brigitte.
-Si fui elegido para lograr su objetivo, es porque lo haría… ustedes bien saben que esto es sólo trabajo para mí.
-Onii-san… eres más indulgente… a pesar… de que morderla es un… bono extra… tus palabras… sonaban sinceras…
-Perdone… no era mi intención…
Se quedó quieto y en silencio, recordando lo dicho a la vampiresa. Una y otra vez podía escuchar esa frase en su mente, repitiéndose interminablemente. Si en cualquier otro trabajo hubiera mordido a su objetivo por error, simplemente le borraría la memoria y todo quedaría en el olvido, entonces, ¿por qué se detuvo? Las gemelas se tomaron de la mano, apretándose mutuamente. Dylan los observó a todos, leyendo sus reacciones.
-En ese caso… debo de ser un excelente actor –finalizó, rumbo a su habitación.
Cerró la puerta detrás de sí, recargándose en ella. Ajustó su visión para observar detenidamente que todo estuviera en su sitio. Una cama matrimonial en el centro, cuya colcha era color perla; un pequeño armario enfrente, hecho de caoba; una mesita de noche a un costado, encima de la cual había un retrato; un espejo plateado colgado en la pared; una silla cuyo asiento era de terciopelo rojo y un sofá que hacía juego, y una araña en el techo, aunque nunca era prendida.
Caminó despacio hasta sentarse en el borde de la cama, siendo iluminado por la pálida luz de luna que entraba en ese instante por su balcón. Tomó entre sus manos la fotografía colocada en el inmueble, contemplándola detenidamente. Llegó hasta el ventanal, aún con el retrato en mano, recargándose en él. El peliplata dejó que sus pensamientos inundaran su mente.
-¡Connor!
No podía evitarlo, cada vez que le recordaba podía escuchar claramente su voz llamándole y luego de ello el chocar de dos espadas. Llevó sus manos hasta su cabeza, tratando de detenerse, no quería seguir lastimándose con el pasado. De pronto, un murciélago llegó a su lado, con un pequeño papel amarrado a su pata. Esto le extrañó y más al darse cuenta de que era un sirviente de Anju.
-¿Qué ocurre, Isu-kun? ¿Tu ama te envió? –sonrió de medio lado- Parece que esa niña no entiende que juega con fuego…
Acarició la cabeza del animal, viendo cuán fácil sería cumplir con lo requerido. En un principio creyó que le estaba costando más, pero al parecer la vampiresa estaba cegada ante la realidad de sus actos. Quitó con cuidado el pequeño papel, desenrollándolo y leyendo lo allí escrito. Cuando acabó de hacerlo una sonrisa se incrustó en su rostro.
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Cinco, diez, quince… ya habían pasado varios minutos desde que el murciélago se perdiera de vista en el firmamento y aún no regresaba. Anju se estaba impacientando. Para aclarar sus ideas comenzó a mecerse lentamente en el columpio, ocupando su cuerpo para impulsarse. Arriba y abajo, adelante y detrás… no sabía con exactitud qué palabras podía emplear para describir la trayectoria del juego, puesto que era un péndulo. Repentinamente, se detuvo.
Podía sentir que alguien había tomado la cadena por detrás, parando el movimiento que ella misma había causado. Y no necesitaba voltearse para saber de quién se trataba; aunque no hablara podía identificar su aroma, era tan… particular.
Continuó con la vista clavada en el suelo, sin saber exactamente qué decir. De pronto, el brazo de él le rodeó, colocando su mano derecha frente a sí, mostrándole el papel que le enviara hace unos instantes.
-¿Tan impaciente está de verme? –preguntó seductoramente en su oído.
-¿Tan necesario era acudir? –contrarrestó, seriamente.
-Odiaría dejarle esperando –sonrió, viendo cuán inteligente era.
-No se preocupe por mí, no soy impaciente…
-Eso sería grosero de mi parte…
El vampiro se sentó en el columpio a la izquierda de ella, contemplando la luna. Lentamente comenzó a balancearse como ella lo hiciera antes, sin dirigirle una palabra más. Anju le miró de soslayo, intentando adivinar el porqué de su comportamiento. Al hacerlo, se dio cuenta de que el chico se había cambiado, pues su ropa no tenía manchas de sangre.
-Le espero en el parque. Si no sabe cómo llegar, Isu-kun le conducirá. Quiero hablar con usted. Anju –recitó de memoria el contenido del mensaje.
-Acudió sin preguntar el porqué –le miró desconfiada.
-No tenía –dijo, sin dirigir su vista a ella.
-¿Por qué no me mordió? –preguntó suavemente.
-¿Dejaría que cualquier vampiro tomara su sangre? –cuestionó impasible.
-Usted no es "cualquier vampiro"…
-Entonces… debo sentirme halagado de que me considere especial…
-N-No dije eso –tartamudeó, contemplándolo.
Permanecieron en silencio un corto espacio de tiempo, el único sonido era el que producían las cadenas al moverse, ya que el peliplata continuaba meciéndose. Anju sabía que algo no estaba bien con esa familia, ellos escondían demasiadas cosas, sin saber el porqué. Toda su vida había querido conocer a más de su especie y ahora que lo hacía, debía de andar con cautela.
-¿Qué era lo que quería hablar conmigo? –rompió por fin el silencio.
-¿Acaso no lo adivina? –inquirió lentamente.
-Bien… creo saber la respuesta… –contestó sin dejar de mecerse.
-¿Y cuál es esa? –le miró curiosa.
-Que… –se detuvo, volteando a verla- se ha enamorado de mí.
Claramente sintió cómo su cara se volvía completamente roja, presa de la pena. Apretó más fuerte las cadenas que sostenían al columpio, tratando de descargar su enojo de alguna manera. Los penetrantes ojos de él estaban posados en sus facciones, esperando una respuesta, sin embargo, no pudo aguantar por más tiempo y soltó una carcajada.
-Era una broma –aclaró, colocándose el dorso de la mano en la boca.
-No haga bromas de ese tipo –murmuró, mirando al piso.
-En ese caso… no se sonroje cada vez que las hago.
-¡Usted es…!
No pudo terminar la frase hecha ya que sintió cómo su boca era callada. Abrió los ojos por la sorpresa, sin poder ordenar sus ideas. Los labios de Connor estaban sobre los suyos, dándole un suave beso. Lo siguiente que pudo coordinar fue cómo le empujaba lejos de sí y luego escuchó un golpe seco: Connor tenía sus dedos marcados en la mejilla izquierda, producto de la cachetada que acababa de recibir.
El vampiro desviaba la mirada, contemplando el piso. Estaba ofendida, nunca se esperó que él hiciera algo como eso. Notó que él sonreía de medio lado, luego de lo cual volteó a verla.
-Creo que en verdad me lo merezco… –comentó, refiriéndose al golpe.
Anju se paró, dispuesta a irse a casa, había sido un error muy grande el intentar solucionar todo por su cuenta. Definitivamente iría con Elda y contaría todo, estaba segura de que su abuela sabía mucho más acerca de los Windsor y todo aquello que tramaban. Sin embargo, en un segundo el vampiro estaba frente a ella, impidiéndole avanzar.
-Anju Maaka…
No dijo nada, intentando rodearle, sin conseguirlo. Estaba a punto de llamar a sus murciélagos para que la llevasen a casa volando cuando notó que no podía hacerlo. El poder de Connor estaba interfiriendo, bloqueando el control que tenía sobre sus sirvientes. Se molestó aún más con esto, ya que el vampiro era un insolente.
Por su parte, Connor estaba realmente sorprendido. Era la primera vampiresa a quien besaba y no le correspondía. Quizás tenían razón y Dylan hubiera sido más apto para el trabajo; pero lo hecho, hecho estaba y ahora sólo debía asegurarse de no perderla o la misión habría fallado. Entonces debería borrar su memoria y comenzar de cero. Pero hacerlo… era admitir con los Windsor que se había equivocado respecto a ella.
-Perdone… no debí… yo…
-¿Por qué lo hizo? –preguntó sin mirarle.
-¿A qué se… refiere?
Se quedó en silencio, no esperando una respuesta de ese tipo. Connor notó que en realidad no debió preguntarle lo anterior. Debía ganarse su confianza antes de continuar. A pesar de que la peliplata se comportaba segura y maduramente, incluso más que su hermana mayor, comprendía que era muy sensible. Eso era obvio luego de recordar cuánto se sacrificaba por la felicidad de la otra vampiresa y ese humano, porque para poder llegar a ella hubo de investigar al resto de su familia.
Tenía que ser paciente y delicado para poder acercarse más. Lentamente le abrazó, rodeando su cintura, espantándola con ello. Era tan pequeña, sentía que se trataba de una muñeca por la delicadeza con que debía tratarle. Hace mucho que no conocía a alguien tan… noble. Lentamente recargó su cabeza en el hombro izquierdo.
-Yo… en verdad… lo siento… –murmuró lentamente en su oído.
-¿Aún tiene hambre? –preguntó de repente.
-¿Por qué lo dice?
-Si quiere morderme… sólo hágalo, no tiene porqué comportarse así conmigo…
-No… no quiero morderla… y aunque quisiera… no puedo –admitió.
Se sorprendió por lo confesado. De todo lo que él le había dicho en el tiempo que se conocían, era la primera vez que lo sentía sincero. Lentamente se separó de ella, quedando a centímetros de su rostro. Bajo esa noche estrellada sus labios volvieron a encontrarse, con el permiso de ambos.
