El reloj de la torre norte dio ocho campanadas, despertándole de inmediato. Se sentó en la cama y esperó pacientemente. Apenas hecho lo anterior tocaron quedamente a su cuarto, la puerta se abrió y por ella entró un joven alto y delgado. Reverenció una vez antes de acercarse, llegando a su lado, le ayudó a levantarse y empezó a cambiarle, colocándole la ropa que se encontraba en una silla de terciopelo a su lado. Terminó de vestirle y colocó los zapatos negros, se dirigió al tocador a la derecha de la cama y tomó un cepillo, esperando a que ella se sentara para comenzar a peinarle. La acción volvió a suceder en silencio, sin que ninguno dijera palabra alguna. Apenas terminó ello hizo una última reverencia antes de salir del cuarto. La puerta no tardó en abrirse nuevamente.

-Señorita –le llamó una joven de larga cabellera rubia.

-¿Qué ocurre? –preguntó calmadamente.

-El automóvil nos espera en la planta baja –avisó–, quería saber si estaba lista.

-Qué molesta… –se quejó, parándose de su asiento y colocándose una mano en la cadera.

-Lo siento, Señorita, sabe que debemos ser puntuales –se disculpó, reverenciando.

-Bajaré cuando me dé la gana… –se acomodó el cabello, luego le miró con autosuficiencia– ¿Algún problema con ello?

-Ninguno… –volvió a reverenciar– Con su permiso.

Salió del cuarto, dejándole a solas. La chica corrió las cortinas de la ventana y miró a través del cristal, fuera contempló la luna casi llena de una débil tonalidad rosa. Su corazón trabajó más rápido de lo usual, como si un magnetismo inexplicable actuara sobre ella, sus ojos se iluminaron y sonrió de medio lado.

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-¿Y bien? –preguntó un joven en cuanto hubo llegado.

-Se comportó como una niña caprichosa… –fue su respuesta, sentándose frente a él.

-Se supone que eso es… –le restó importancia, encogiéndose de hombros.

-Eso no me hace gracia… –le dedicó una mirada fulminante.

-Tranquila, pronto acabará todo –avisó, dirigiendo la mirada al techo.

-Lo sé, lo sé. Aún así, no estoy acostumbrada a recibir órdenes de alguien más que no sea Él –explicó, contemplando un florero a la mitad de la mesa donde se hallaban unas rosas rojas.

-Esta misión es un poco diferente a las habituales, normalmente nunca pasamos tiempo juntos, ha sido interesante… –contestó.

-¿Interesante? Podría verse así… pero no sé cuánto tiempo más podré soportar esto… –apretó una flor, arrancándole los pétalos.

-El que se enoja pierde –sonrió.

La puerta se abrió y por ella entró una figura alta y delgada, miró a los presentes de manera sumisa y comentó a media voz:

-¿He de llevarle el desayuno a la Señorita?

-No dio órdenes de ello… –recibió de respuesta por parte de una rubia sentada en un rincón.

-Si se te necesita, te llamaremos… –dijo la otra.

-Sí –inclinó la cabeza antes de salir.

-¿Cuánto tiempo más le tendrás así? –preguntó el chico.

-Deja de cuestionarme, Dylan –espetó molesta, sin despegar la mirada del sitio por el cual saliera.

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Entró en el pequeño cuarto ubicado detrás de la mansión, en él apenas había una pobre cama de madera, una ventana a su izquierda, una mesita y una silla. Se sentó en la cama, fijando la mirada en el piso polvoriento. Soltó un suave suspiro y miró a través de la ventana, un murciélago pasó volando y luego se perdió en la negrura de la noche.

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Fue hasta la cabecera de su cama donde se hallaba una pequeña cuerda de la cual tiró, sonando una campanilla en el cuarto de servicio. Sólo segundos después se aparecía un muchacho rubio en la habitación, quien reverenció y dijo con voz suave:

-¿Sí, Señorita?

-¿Cómo te atreves a entrar sin tocar antes? ¡Te lo he dicho muchas veces antes! –le miró molesta la chica peliplata frente a él.

-Lo siento, lo he olvidado… –sonrió sin que lo notara.

-Di que quiero el transporte listo en dos minutos frente a la entrada. Y que alguien me acompañe, el resto viajará detrás de nosotros, ¿comprendido? –ordenó.

-Sí, Señorita –contestó sumisamente–. ¿Quién debería acompañarle?

-El más capaz de ustedes, si eso te dice algo… –se cruzó de brazos.

-Sí, Señorita, ¿se le ofrece algo más?

-Que lleven algo para el viaje –dio media vuelta, dando por terminada la conversación.

-Enseguida –se retiró.

Dylan reverenció una vez más antes de salir, cerró con suavidad la puerta, sus ojos se pusieron rojos y comunicó telepáticamente al resto de los Windsor que debían reunirse en la cocina. En sólo un parpadeo se encontraba allí, las gemelas se hallaban sentadas a la mesa e instantes después Connor apareció.

-La Señorita ha dado órdenes para el viaje. Debemos partir en dos minutos y alguien deberá viajar con ella, el resto iremos aparte –notificó.

-¿Iremos? –preguntó Brigitte.

-Bueno, luego de mi "pequeña" entrada en su habitación, dudo que le agrade la idea de que sea yo el que le acompañe –sonrió de medio lado.

-Tampoco lo haré yo –se cruzó de brazos Aline, luego volteó a ver al peliplata–. Creo que es una buena oportunidad para que Connor pruebe su utilidad.

Se escuchó una risa profunda en el cuarto, los vampiros voltearon al sitio del cual provenía, topándose con el peluche en forma de conejo, el cual se hallaba sentado en la alacena. Alzó la cabeza contemplándoles con sus ojos bicolores y luego señaló al de mirada ámbar.

-¿Recuerdan lo que pasó la última vez? ¿Realmente quieres arriesgarte, Aline?

La rubia se mordió el labio y dijo con voz autoritaria:

-Connor, prepara los automóviles y ten lista la comida de la Señorita. Avísale después.

-Sí –reverenció antes de desaparecer.

La risa ahogada del conejo volvió a escucharse, lentamente se puso de pie y acercó hasta ellos en un sólo salto, quedando a la mitad de la mesa. Los tres pares de ojos azules le contemplaron detenidamente.

-Si Él no se hubiese confiado, si ella no hubiese convivido tanto con Caden y si Caden no hubiese olvidado que era la Doncella de su Señor, entonces nada hubiera pasado, entonces esa tragedia no hubiera ocurrido… ¿quieres perder a otro hermano, Aline? –le contempló burlonamente– ¿Podrías soportarlo?

La rubia le miró impotente.

-Él fue muy amable al permitir tu propuesta, pero eso no significa que haya olvidado la ofensa, es imposible olvidar cuando un arma se rompe porque… tu sabes… se vuelve inservible… Jejejejeje… –soltó otra carcajada y luego, calló de pronto, su voz se hizo grave– Te lo pondré de esta manera para que lo entiendas, chiquilla: Fallen en esta misión, cometan otro pequeño error y pueden olvidarse de Connor.

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Terminó de ultimar los detalles que Aline le había encomendado. Dio órdenes a los dos conductores de la limosina y un pequeño coche para no dejar ningún cabo suelto y fue inmediatamente a la puerta de la joven vampiresa, tocando quedamente. Esperó unos segundos hasta que le fue permitido entrar. La chica estaba contemplando la luna, dándole la espalda, el vidrio reflejaba su rostro.

-Llegas tarde… –avisó molesta.

-Perdone, Señorita.

-¿Está todo listo?

-Sí, Señorita.

-Bien, vayamos.

Descendieron lentamente por las escaleras, las puertas fueron cerradas detrás de ellos con simplemente una mirada. La peliplata se colocó unos guantes blancos mientras caminaba, llegando hasta la entrada de la impecable mansión. Connor mantenía la mirada gacha en todo momento, andando sumiso detrás de ella.

En la entrada ya se encontraba el resto de los Windsor, quienes reverenciaron cuando le vieron llegar, Anju descendió las escaleras con lentitud hasta la limosina que le tenían preparada, el chofer mantenía la puerta trasera abierta, permitiendo su entrada. La vampiresa miró al resto.

-¿Quién vendrá conmigo? –preguntó.

-Yo, Señorita –indicó Brigitte.

-Bien, encárgate de mis cosas, no quiero falla alguna, ¿entendido? –se subió.

-Sí, Señorita –asintió, entrando detrás de ella.

El chofer cerró la puerta y subió al lugar del conductor. Los Windsor vieron cómo se alejaba, subieron en un pequeño carro donde otro hombre conduciría, aunque no hubo protocolo alguno antes de su arribo. Cuando ya los tres se hallaban allí e incluso el peluche ocupaba un puesto, Aline dijo:

-Ha habido un pequeño cambio de planes, Connor.

-Escucho –musitó quedamente.

-No volverás a hacerte cargo de la Señorita, Dylan se encargará de ello, tú preocúpate únicamente de tener lista su comida, el hospedaje y el transporte.

-Pensé que eso era trabajo de Zorok… –comentó.

-Zorok tiene otras órdenes ahora –comunicó cortantemente.

-De acuerdo.

-Por eso mismo, no vale la pena que nos acompañes, parte al aeropuerto a conseguir un vuelo privado para la Señorita, encárgate del arribo en Londres y de todo lo relacionado –notificó de brazos cruzados.

-Entendido… –reverenció antes de partir.

-Jejeje… –se oyó la risa burlona del conejo– Niña lista, muy lista, pero… ¿Crees que con borrarle la memoria y mantenerlo lejos de Anju sea suficiente? Aún cuando ninguno recuerde nada del otro y crean que siempre han sido ama y sirviente sin ningún trato personal, nada te asegura que Él le permita vivir. Y si sus órdenes fuesen otras… ¿te atreverías a ser tú la que deba destruir el arma rota? ¿Te atreverías a hacerlo con tus propias manos?

Los ojos bicolores se posaron en la rubia, cuya mirada se hallaba ausente, sin prestarle atención (o al menos eso fingía) al muñeco frente a sí. Dylan contempló en silencio sin entrometerse, después de todo, era posible que le pidieran a él asesinar a Connor, como hace tiempo hubo de hacerse con Caden.

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Llegó del trabajo un poco más cansada de lo habitual, no había entendido porqué su novio se había comportado tan extraño o dicho cosas sin sentido, incluso su mejor amiga le había preguntado si se hallaba bien o tenía un problema en casa con su familia. No sabía a qué se refería con ello, sus padres no le prestaban mucha atención, Elda se había marchado por un tiempo y Ren tenía mucho sin ir a la casa, todo estaba bien. Continuó subiendo los escalones a su cuarto cuando escuchó un pequeño golpeteo del cuarto de limpieza. Abrió la puerta con mano temblorosa y encendió la luz para darse cuenta que no había nada fuera de sitio. Iba a marcharse cuando volvió a escuchar lo mismo, dio media vuelta notando que un baúl era la fuente del sonido. Con miedo y tragando grueso tomó una escoba y acercó al objeto, lentamente llevó su mano hasta él y, al abrirle, se topó con algo inesperado.

-¡Karin! ¡Cabeza hueca! ¿Cuánto tiempo más me tendrías allí dentro?

Abrió los ojos y quedó muda de la impresión. Frente a ella estaba un muñeco, de eso estaba segura (o quería creerlo), el cabello azul y cuchillo en mano llamó su atención, pero para lo que no estaba preparada era para que le hablara y no sólo eso, sino que además supiera su nombre.

-¿Q-Qué es… esto? –logró articular.

-¡No hay tiempo para detalles, debemos apurarnos!

-¿Apurarnos para qué? –respondió automáticamente.

-¡Apurarnos en rescatar a Anju! –gritó, saliendo del muñeco el espíritu de un hombre.