-Noche en vela-
Esa noche no la olvidaría en mucho tiempo. Intentaba estar pendiente de todos los enfermos, pero solo tenía ojos para el chico del parche. Su cama estaba cercana a una de las ventanas de la habitación y la luz de la luna bañaba sus rasgos en un blanco plateado. Su rostro estaba enmarcado por el naranja de su pelo, que le caía por los lados de la cara, y el flequillo lo tenía tan largo que le cubría casi por completo el parche. Mientras, yo le observaba el ojo que tenía descubierto, y me preguntaba de qué color sería. Su respiración era lenta, pero constante, y su pecho subía y bajaba de manera casi imperceptible. Y así llegó el amanecer. El sol arrancaba destellos dorados de su pelo y le iluminaba el rostro. Yo me encontraba sentada no demasiado cerca suya, al lado de uno de los escritorios en el que tenía esparcidos una serie de documentos que tenía que rellenar para entregar al supervisor de lo ocurrido durante el día.
Fue así como me encontró la jefa cuando llegó, medio adormilada, intentando rellenar los papeles. Tras ella llegaron otras enfermeras, Ámber, y su grupo de amigas, con las que no me llevo especialmente bien, y otras chicas de las plantas superiores, pero no tardaron en irse. La jefa se acercó a mí, y por detrás de ella pude ver cómo Ámber me fulminaba con la mirada antes de dirigirse a su paciente. Después de cruzar una serie de palabras con la jefa sobre cómo habían pasado la noche, entró en la habitación Garuna, otra de las enfermeras, y con las que más había congeniado tras la ida de Raisa. Llevaba un par de cafés, y uno de ellos me lo ofreció a mí, el cuál acepté encantada.
-¿Qué tal la noche? -me preguntó ella.
-Bien, sin contratiempos.
-¿Ya has averiguado cómo se llama tu chico? -me preguntó ella con un brillo especial en los ojos.
-¿Por qué me lo dices con ese tono? –pregunté de manera apresurada.
-Anda, no te hagas la tonta, que he visto perfectamente como le miras, y no te culpo, chica. Vaya suerte has tenido.
-No sé a qué te refieres… -repuse apartando la mirada.
-Lo sabes perfectamente. Además, es totalmente normal, sufres el conocido síndrome de la enfermera, es bastante común enamorarse de un paciente, y sobre todo si es tan mono.
No pude evitar ponerme colorada. No es que me viera, pero noté cómo me iba subiendo la temperatura de los mofletes. Entonces volví a ver a Ámber, y esta vez no fui la única que vio cómo me miraba, Garuna también se dio cuenta.
-Está celosa, simplemente. No le des muchas vueltas.
Entonces la puerta se abrió, y apareció un hombre bajito, mayor, con manchas negras alrededor de ambos ojos, y con un mechón de pelo hacia arriba. Echó un rápido vistazo a la habitación y, cuando sus ojos se posaron en el chico pelirrojo, noté cómo se le cambiaba la mirada, una mezcla de alivio y preocupación. Se acercó a él, hasta llegar a su lado, y sé quedó al borde de su cama, observándole en silencio. Yo me acerqué a él.
-¿Puedo ayudarle? ¿Le conoce?
-¿Cómo está? -fue lo primero que dijo.
-Está bien, sólo necesita descansar.
-Menos mal. ¿Me puedo quedar aquí?
-Claro, sin problemas.
Durante un momento pude ver como una lagrimilla asomaba de los ojos del anciano señor, y me pregunté si sería familia, pero pensé que lo mejor sería alejarme y dejarles solos. Y así lo hice. Poco después aparecieron Allen y Lenalee, me dedicaron un rápido saludo y enseguida se reunieron con el señor que estaba amparando al pelirrojo. A pesar de que me habían dicho su nombre, y por supuesto, no se me había olvidado, no me atrevía a utilizarlo. No sin que él me conociera.
Pasó toda la mañana sin sobresaltos, papeleo, y más papeleo. Fue más o menos a la hora de la comida cuando sucedió. Cuando la habitación estaba casi vacía porque las enfermeras se habían ido a comer, se escuchó el susurro de la voz de Lenalee, suave, como si temiera despertar a los que allí reposaban.
-Juvia, ven rápido.
De inmediato dejé de lado lo que estaba haciendo y me apresuré a acercarme a la cama que rodeaban Allen, Lenalee y el anciano. Los cuatro nos quedamos en silencio, y rígidos como estatuas, hasta que el chico del parche abrió los ojos.
-Verdes... -susurré de manera inaudible.
Eran mucho más bonitos de lo que me había imaginado. Noté que esa mirada, de un verde claro y brillante, se posaba en mí. Por un momento sentí cómo el tiempo se paraba. Poco a poco, el chico fue girando la cabeza en dirección opuesta, hasta quedarse de frente a sus cuidadores. Una lágrima cayó de los cansados ojos del señor mayor.
-Idiota -le dijo-, no vuelvas a darme estos sustos. Mi corazón ya no lo aguanta.
-Abuelo… -la voz del joven era suave, y quedó pronto ahogada por el abrazo de Lenalee.
-Menos mal Lavi, nos tenías preocupados.
-Lo siento -fue casi un susurro, pero se escuchó claramente.
En ese momento entró la jefa de enfermeras, y se asomó por un hueco que quedaba alrededor de la cama.
-Vaya, por fin una buena noticia. Bueno, sintiéndolo mucho, vais a tener que dejarle descansar, volver dentro de un rato.
Allen y Lenalee se levantaron en silencio. El señor se quedó un rato más mirando a su nieto, pero finalmente le dio un pequeño apretón en la mano que tenía sobre las sábanas, y acompañó a los demás a la puerta. La jefa intercambió unas palabras con ellos, pero yo no le presté atención, todavía estaba mirando al chico.
-¿Cómo te sientes?
El chico giró la cabeza lentamente hacia mí.
-Bien, creo.
-Bueno, te dejaré descansar.
-Espera Juvia -la jefa había vuelto tras cerrar la puerta de la habitación y estaba a mi lado-, antes de eso, hay que cambiarle los vendajes.
Durante el rato que le estuve limpiando las heridas permanecimos en silencio. Entonces, cuando hube terminado, me di la vuelta, dispuesta a irme y dejarle descansar.
-Espera, aún no te lo he agradecido.
-No tienes porqué -dije sin darme la vuelta.
-Soy Lavi.
Entonces sí me di la vuelta, y le miré.
-Ju-Juvia -no pude evitar sonreír.
Después cerró los ojos, y se quedó dormido.
Lavi permaneció en la enfermería varios días más bajo mis cuidados, y los de la jefa. Principalmente era ella la que cuidaba de él. Yo me encargaba de los vendajes, y de pasar los ratos muertos hablando con él. Lavi insistía en moverse, en salir a que le diese el aire. Yo le veía en buenas condiciones como para hacerlo, pero la jefa no le dejaba ni moverse de la cama. Y con los humos que se gastaba, cualquiera la llevaba la contraria… Al final terminábamos los dos resignados, hablando en la habitación.
Después de unos días de absoluto reposo, la jefa nos dejó salir a dar una vuelta por los alrededores del cuartel. A Lavi le costaba caminar, y en muchas veces se tenía que apoyar en mí para no caerse. Después de un rato, nos sentamos en el césped, a la sombra de un gran árbol, más o menos alejado de la puerta principal.
-¿Estás bien? Si no, podemos volver ya… -mi cara reflejaba claramente mi preocupación.
-Tranquila, es solo que llevaba mucho tiempo sin salir, llevaba muchos días tumbado en esa cama.
-No te fuerces, la herida no está cerrada del todo.
Lavi se llevó la mano de manera automática al costado izquierdo, y se quedó en silencio. Yo mientras me dediqué a observarle. Su cara, antes pálida, estaba recobrando su color gracias al sol y al aire. Pero aún así se le veía cansado. Demasiado. Tal vez nos habíamos precipitado al salir a la calle. Me acerqué a él, y le apoyé la espalda con suavidad sobre el tronco del árbol. Tenía los ojos cerrados. Poco después los abrió, y me miró, pero se quedó en silencio. Noté como me subía el color a las mejillas.
-¿Q-qué? No me asustes. ¿Estás bien? ¿Quieres que volvamos?
Sonrió, y lentamente empezó a dejarse deslizar por el tronco, hasta quedarse tumbado en el césped.
-Aquí se está muy bien y no me apetece volver con esa vieja bruja.
-¡No la digas vieja bruja! Ella sólo se preocupa por sus pacientes, aunque sean unos desagradecidos…
-Perdón, perdón. Sólo bromeaba –dijo el chico con una sonrisa-. Echaba de menos el sol.
-Tienes mejor cara, parece que te ha venido bien.
El silencio volvió a reinar, pero pronto se vio interrumpido por la voz de Lavi.
-Viene alguien… Ese es… ¡Yuu!
Lavi intentó levantarse, pero sólo pudo incorporarse. Se quedó sentado hasta que el chico llegó frente a nosotros. Era alto, con el pelo largo azul recogido en una coleta. Llevaba un abrigo largo de exorcista y una katana.
-Baka usagi, te he dicho que no me llames así.
-Vamos Yuu, ¿así es cómo saludas a un amigo después de volver de un largo viaje?
El joven no respondió. Se quedó con los ojos cerrados con gesto amargo. Lavi suspiró y se volvió hacia mí, pero yo no me di cuenta de ello. Me encontraba mirando al recién llegado con ojo crítico, y con admiración a la vez.
-Tsk. Me voy, tengo cosas más importantes que hacer –dijo el joven, dando media vuelta.
Lavi se quedó mirándole, sin decir nada hasta que desapareció por la puerta del cuartel. Entonces se giró hacia mí.
-Ese era Yuu, bueno, prefiere que le llamen Kanda, odia su nombre, o escucharlo, nadie sabe porqué. Y no te preocupes, él siempre es así. ¿Volvemos?
Me incorporé, y luego ayudé a Lavi a levantarse. Entonces nos encaminamos con paso lento a la puerta principal. Una vez dentro nos dirigimos a la enfermería. Dejé a Lavi en su cama, y yo me dirigí a mi mesa, dispuesta a sumergirme en los documentos que me había encargado la jefa a cambio de dejar salir a Lavi a tomar el aire. Pero la tranquilidad duró poco. Por delante de la puerta pasaba gente corriendo en todas direcciones, y en el piso de arriba se escuchaba como la gente arrastraba cosas, muebles probablemente. La jefa, desaparecida durante todo el día, apareció corriendo por la puerta, y nos miró a todas con la cara roja, y medio asfixiada. Nos hizo una señal para que nos reuniéramos en torno a ella.
-Chicas, malas noticias. Parece que nos van a volver a atacar. Lo del otro día fue solo un señuelo para que bajasen nuestras defensas. Komui ha ordenado que nos desplacemos al cuartel de Asia a través del arca, y que nos llevemos a los heridos. ¡Venga, no tenemos mucho tiempo!
Todas se pusieron manos a la obra en seguida. Todas menos Garuna, que se quedó al lado de la jefa. Yo también me quedé a su lado.
-Jefa, ¿y si es un truco? Puede que el Conde solo quiera que cunda el pánico, para que estemos más desprotegidos, o que haya hecho esto para que el cuartel se quede vacío y así poder quedarse con él.
-El supervisor lo ha pensado también, pero prefiere correr ese riesgo, antes que ponernos a todos nosotros en peligro.
Tras decir eso, la expresión dura de Garuna se suavizó, y se puso manos a la obra. En poco tiempo, le enfermería se quedó casi vacía. Casi todos los enfermos, los que se encontraban en peores condiciones, habían sido evacuados.
Mi siguiente objetivo fue Lavi. Me dirigí a su cama, pero estaba vacía. ¿Cómo? ¿Cuándo? Seguro que habría aprovechado el revuelo para salir, pero ¿por qué? Las dudas me asaltaban una tras otra, y no encontraba respuesta para ninguna de ellas. Sin ser consciente de lo que hacía, salí corriendo de allí, pero ¿dónde podía estar? Corriendo sin guiar mis pasos, acabé delante del departamento científico. Incluso desde fuera se escuchaba la voz de Komui, pero era seria. Nunca le había escuchado así. No pude evitar ponerme nerviosa. La risueña voz de Komui se había transformado en una voz dura, y no paraba de dar órdenes.
Me asusté.
¿Era un ataque de akumas como el de la otra noche? No, no era posible. Komui parecía bastante agobiado. En ese momento atravesé la puerta del departamento. Allí estaban los científicos que vi en mi anterior visita, incluido Reever, que hablaba por un golem de manera apresurada. También estaban Allen y Lenalee formando un corro alrededor de Komui. Entre las sombras me pareció ver al chico de la katana que nos encontramos en la entrada, y detrás de Komui había alguien más… ¡Lavi! ¿Qué estaba haciendo? ¿Quería conocer la situación del cuartel? ¿O acaso…? No, imposible, eso no podía ser posible… Me fui acercando poco a poco al grupo que estaba alrededor de Komui escuchando sus instrucciones, y cuando estaba a unos pocos pasos, una mano me tomó del brazo y me impidió seguir avanzando. Me giré hasta quedarme frente a la persona que me había detenido.
-¡Señor Reever!
-¿Tú no eres la enfermera del otro día? ¿Qué haces aquí? Deberías estar en el cuartel asiático.
Sin responder a las preguntas de Reever me giré en dirección a Lavi y me quedé mirándole. El chico pareció darse cuenta, me sostuvo la mirada durante un rato y, cuando Komui dejó de hablar y disolvió el grupo, se acercó a mí.
-¿Qué haces aquí? ¿No te deberías haber ido con las demás?
-¿Por qué te has ido sin avisar? Estás a mi cuidado, si algo te pasa, la culpa será mía… y nunca lo soportaría… -el tono de mi voz fue bajando, hasta que quedó completamente ahogado por las demás voces del departamento.
-Vaya, lo siento, no lo había pensado así. Pensaba que si te lo decía, te sentirías responsable, y no querrías dejar el cuartel.
-¿Quién ha dicho que lo vaya a hacer? Aunque hayan ordenado evacuarlo, yo ya puedo tomar mis propias decisiones, y me puedo quedar aquí para proporcionar ayuda médica a los que vayan cayendo. Pero de todas formas, eso no es por lo que he venido. Eres tú quién debería ser evacuado. Estás herido y… -no pude terminar la frase. Lavi habló antes de dejarme terminar.
-Como bien has dicho, puedes tomar tus propias decisiones, y yo también, así que me quedo. Estamos faltos de exorcistas, y tampoco estoy tan mal, puedo pelear perfectamente.
-Supongo que lo que yo te diga te dará igual. Pero por favor, escucha a tus superiores, seguro que Komui no te deja pelear, ¿no es así?
Su cara cambió, reflejó disgusto, y la giró rápidamente en dirección a Komui. El supervisor parecía haber estado atento a nuestra conversación, porque tras escuchar su nombre se acercó a nosotros.
-Tienes razón, joven, he intentado disuadirle, pero no ha habido manera, y parece que tu tampoco has podido -dijo Komui señalando en la dirección en la que Lavi se alejaba.
Se había ido sin que me diese cuenta. Me adelanté rápidamente a él, y le tomé por el brazo. Tenía la cabeza agachada, porque sabía que si la levantaba y le miraba a los ojos, me temblaría la voz.
-Está bien, no seguiré intentando convencerte. Me voy a ganar una buena de la jefa…
Lavi intentó seguir avanzando, pero le apreté el brazo con más fuerza. Se giró y se quedó mirándome. Entonces sí levanté la cabeza, y me encontré con su mirada verde.
-Sólo te voy a pedir una cosa… Te cuidado… ten cuidado, por favor –mi voz era un susurro, y lo siguiente lo dije tan bajo que no sé si lo escuchó, y creo que nunca lo sabré-. Y vuelve…
Mis fuerzas habían desaparecido. Le solté el brazo y agaché la cabeza. La sensación de después no me gustó nada. Sentí un vacío apoderándose de mí. Las piernas me fallaron y estuve a punto de caerme, pero unos brazos seguros me sujetaron. Lavi me abrazó con fuerza, y una lágrima cayó de mis ojos.
-Tranquila –la voz de Lavi era suave, un susurro, pero tranquilizante, y reconfortante-. Cuando vuelva se lo explicaré todo a esa vieja bruja.
Iba a replicar, pero él me abrazó más fuerte. Poco a poco fui subiendo los brazos, y le devolví el abrazo. Entonces se alejó de mí. Se fue, dándome la espalda, y sin girarse. Me quedé petrificada. Sentí una mano cálida en el hombro, me giré y me encontré con la sonrisa de Allen.
-Tranquila, no dejaremos que le pase nada.
Allen se adelantó, y delante de mí apareció Lenalee, que me dio un abrazo. Luego ambos se alejaron, hacia la puerta del departamento, y antes de que desparecieran de mi vista les dije:
-Tened mucho cuidado.
Los dos me saludaron con la mano y desaparecieron como poco antes lo había hecho Lavi. Una silueta alta les seguía de cerca, era Kanda. Komui se situó a mi lado.
-Así que te quedas. Bueno, no puedo hacer nada, es tu decisión. Pero yo te voy a decir lo mismo. Ten cuidado, que te quedes en el cuartel no significa que estés a salvo. Y confía en ellos. A pesar de ser tan jóvenes, son buenos en lo que hacen -de repente su tono de voz cambió a uno más jovial, uno que me hizo sentir mejor-. Vaya, lo siento, pero no me he presentado como es debido. Es normal que me conozcas, pero a mí también me gusta conocer a todos los que tengo a mi cargo. Soy Komui -me dijo tendiéndome la mano.
-Ju-juvia -dije mientras me secaba las lágrimas con el dorso de una mano mientras le estrechaba la suya con la que me quedaba libre.
-Un placer, Juvia –me dijo Komui con una gran sonrisa, aunque en sus ojos se podía ver el miedo y preocupación.
Entonces me acordé del momento en que vi a Komui en el despacho unos días atrás. Ese día había dicho mi nombre, pero en esta ocasión había optado por preguntármelo. ¿Por qué? ¿Por cortesía? Seguramente, pero yo seguía sin saber de qué me conocía el supervisor general. Me giré hacia él.
-El otro día, sin embargo, usted utilizó mi nombre.
-Sí, bueno, la verdad es que yo sí te conocía. Me he dado cuenta de que has venido a todas mis charlas, a pesar de que eran para los exorcistas.
-Sí, bueno, la verdad es que me interesan. Me gusta conocer cosas, y más aún después de que mi amiga se convirtiera en uno de ellos.
-Es cierto, la joven Raisa. Habrá pasado mucho tiempo desde la última vez que la viste.
Komui se giró y se quedó mirándome. Me dirigió una ligera sonrisa, giró sobre sus talones y salió por dónde habían salido poco antes los jóvenes exorcistas.
