-Raisa-
Después de perder a Komui de vista, me dispuse a salir de allí. Me dirigí rápidamente a la enfermería. Cuando llegué, la jefa no dejaba de hacerme preguntas mientras me perseguía de un lado para otro por todo el cuarto, pero no respondí ninguna. No me encontraba de humor como para hacerlo. Bastó una mirada mía para darle a entender que no era el mejor momento para aquellas preguntas. Entonces su gesto cambió, se puso más serio, pero no dio muestras de estar enfadada. Se dispuso en seguida a preparar la enfermería para los que fueran llegando, y yo también contribuí.
La relativa paz existente no duró demasiado. Pronto el tenso silencio de la enfermería se rompió por un fuerte estallido proveniente de las afueras del cuartel. Varias explosiones más siguieron a la primera. Cada vez sonaban más cercanas. Me asomé por la ventana. No me había dado cuenta de que la noche se nos había echado encima. El cielo era completamente negro, y casi no se veía nada en los alrededores del cuartel. Pero de repente, esa oscuridad se vio invadida por una gran luz, un rayo que dividió el cielo en dos. De esa brecha empezaron a surgir seres que flotaban en el cielo. A pesar de ser enfermera de la Orden, nunca antes había visto un akuma. Esos cuerpos, grandes, se acercaban lentamente al cuartel, disparando sobre el edificio. Entonces, todas nuestras fuerzas se abalanzaron sobre los akumas. Rastreadores lanzando escudos para proteger a sus compañeros y el cuartel. Exorcistas descargando sus armas sobre ellos. Luces verdes surcaban el cielo desde todos los ángulos, partiendo akumas por la mitad. Era la luz característica de la Inocencia. Me concentré en los haces de luz, para descubrir a quién pertenecía. La primera que divisé resultó pertenecer a una chica grácil que surcaba el cielo, saltando de akuma en akuma. La luz provenía de sus piernas. Esa joven era Lenalee, y parecía que le estaba yendo bien. De cerca la seguía un joven. El resplandor del joven salía de su brazo izquierdo. Ese joven era Allen. Más o menos cerca de ellos dos, estaba Kanda, con la katana rodeada de la luz verde. Y cerca de Kanda, un joven se elevó en el cielo, apoyado en un palo que se alargaba en dirección a los akumas. Era Lavi. Todos parecían estar bien, y estaban siendo respaldados por otros exorcistas que no conocía, pero que destrozaban akumas a una velocidad vertiginosa.
Cuando el número de akumas flotando en el cielo se vio claramente reducido, una gran grieta apareció en el horizonte. Era de color rosa, y de ella salió un hombre bajo, y redondo, con una sonrisa escalofriante dibujada en su rostro. Cuando le vi supe que algo malo iba a pasar. Komui comenzó a gritar órdenes, pero solo algunos lo oyeron. Los que le escucharon, formaron un círculo alrededor del recién llegado, pero este no se dejó amedrentar, más bien todo lo contrario. Ante esta reacción de los exorcistas, dejó caer un rayo proveniente de sus propios dedos sobre un exorcista que estaba cerca de él.
Un grito rasgó la noche. La voz de Lenalee había hecho que todos se girasen hacia el hombre, y una exclamación salió de las bocas que pudieron articularla, mientras que otros se quedaron mudos de la impresión. Las enfermeras se acercaron a mí, para ver qué era lo que había causado ese revuelo. Estábamos todas apretadas en la ventana, hasta que llegó la jefa. Algunas se apartaron para dejarla asomarse.
-El Conde… Así que ese era su verdadero objetivo…
El grito de Ámber sonó sobre el de todas las demás. Yo me alejé de la ventana, aún con los ojos abiertos como platos. ¿Por qué? ¿Es que acaso quería acabar con toda la Orden?
Me giré y salí disparada fuera de la enfermería. Los pasillos del cuartel estaban completamente vacíos. Nunca los había visto así, y nunca habría imaginado que lo haría. Pronto llegué a la puerta principal. Cuando me asomé quedé cegada por un gran rayo. Pasaron varios segundos hasta que recuperé la visión. En cuanto dejé de ver manchitas blancas miré afuera, buscando el origen de ese rayo. Me quedé helada. Los rastreadores estaban tendidos en el suelo, junto con varios exorcistas, los que no habían sido capaces de esquivar el rayo disparado por el Conde. Los exorcistas que quedaban de pie se pusieron en seguida a lanzar sus ataques sobre el Conde, pero ninguno llegó a golpear a su objetivo. De entre la maraña de ataques, pude descubrir a Lavi, que cargaba con un gran martillo. Se dirigió corriendo hacia su oponente y lo descargó sobre él, pero en lugar de golpearle, el Conde realizó un ágil movimiento, esquivando el golpe y descargando un rayo sobre Lavi. Un grito se escapó de mis labios. Sin siquiera pensar en mis acciones, o que si me metía de lleno en la batalla me convertiría en un estorbo, comencé a correr en dirección a Lavi. Por más que corriese, la distancia no parecía menguar. Lo único que podía hacer era ver como el Conde se acercaba a él, dispuesto a lazar otro rayo. Cuando ya lo creía perdido, Kanda le atacó por detrás, distrayéndolo el tiempo suficiente como para permitirme llegar hasta Lavi. El Conde, después de haberse quitado de encima a Kanda, lanzándolo lo más lejos que pudo de un golpe, se giró hacia Lavi, dispuesto a terminar su hazaña. Pero se encontró con mi cuerpo, intentando protegerle. Sabía que si volvía a disparar, acabaría con los dos, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Le miré directamente, con la mirada seria y sin mostrar miedo, a pesar de que mis manos temblasen más que en toda mi vida. Pero el movimiento que esperaba por parte de sus manos nunca se llevó a cabo, sino que echó mano de un paraguas que llevaba y que, ante mis ojos, se convirtió en una espada ancha blanca. La levantó dispuesto a descargarla sobre mí. Como acto reflejo levanté las manos, cubriéndome la cabeza, y esperé a recibir el impacto.
Pero nunca llegó.
Poco a poco, empecé a bajar las manos y a abrir los ojos. Para mi sorpresa, descubrí que un remolino de agua nos había envuelto a Lavi y a mí. ¿Qué había pasado? ¿Algún exorcista había acudido en mi ayuda? Entonces noté un resplandor verde que brillaba por debajo de mis ojos. Bajé la mirada y descubrí que ese resplandor salía de un collar que llevaba puesto. Ese collar fue un regalo de Raisa antes de irse. Dentro llevaba una gota de agua de unas cascadas que, según una leyenda, tenían poderes curativos. El collar flotaba sobre mi pecho, envuelto en esa luz verde que había bañado el campo de batalla poco antes de la llegada del Conde. Enseguida dejé de prestarle atención al collar, y me giré hacia Lavi. El chico respiraba lentamente, y de manera entrecortada. La sangre salía de la herida que tenía en la cabeza, y que unos días antes había curado yo misma pero que, por el impacto, se había vuelto a abrir. Sin embargo, no presentaba las quemaduras que había visto en los rastreadores alcanzados por el rayo. Eso me hizo respirar un poco más aliviada. Posiblemente Lavi había esquivado el rayo, pero la fuerza que había originado lo había lanzado hacia atrás, y puede que en la caída sólo recibiera un golpe. Seguramente por eso el Conde había intentado volver a darle, porque se había dado cuenta de que lo había esquivado.
Le retiré el pañuelo de la cabeza, para limpiarle la herida, a pesar de no tener allí el material necesario para ello. Me paré a pensar un momento, y como por instinto, coloqué una mano sobre la herida. Parte del agua del remolino se separó de la masa que giraba a nuestro alrededor y se situó alrededor de mis manos. Como si estuviera siguiendo los deseos de mi cabeza, el agua pasó rozando la piel de Lavi, deteniendo la hemorragia, pero sin llegar a cerrar la herida. Después, mis fuerzas flaquearon, y toda la masa de agua cayó sobre nosotros, empapándonos por completo. Me temí lo peor. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que se había formado el remolino. No sabía si había sido el suficiente como para que el Conde se hubiese ido a buscar a otro exorcista contra el que luchar, aburrido de esperar a que nosotros apareciéramos.
Cuando miré, buscándole por todos lados, le vi cerca de la puerta por la que había aparecido, rodeado por unos brazos de mujer. Esa mujer llevaba también traje de exorcista. Y tenía una mano puesta sobre la piel del Conde. Poco después le soltó, y el Conde, con la mirada perdida, se dio la vuelta y desapareció por la puerta que había detrás de él.
Me quedé mirando la puerta, viendo como desaparecía lentamente. ¿Qué había pasado? ¿Se había marchado por su propio pie?
Aun con Lavi entre mis brazos, busqué con la mirada a la recién llegada. Descubrí que se acercaba a mí lentamente, con una gran sonrisa dibujada en la cara. Cuando la reconocí, mis ojos se me llevaron de lágrimas. Pero esas lágrimas se quedaron atrapadas en mis ojos sin llegar a caer. El enfado era mucho mayor que la alegría de volver a verla.
-Hola Juvia, ha pasado mucho tiempo, ¿verdad?
No la dije nada, ni siquiera me moví. Esperé a que se acercara más. Entonces ella se sentó a mi lado, y me cogió un mechón de pelo.
-Te lo has vuelto a cortar… Nunca te ha gustado tu pelo, a pesar de que tiene un color precioso. ¿Toda esa agua era tuya? –ante mi silencio, su mirada cambió. Se hizo más triste, y finalmente agachó la cabeza-. Lo siento, puedo imaginar cómo te sientes. Habría venido a verte, pero no me dejaban. Decían que podía ponerte en peligro. Lo siento…
Entonces levanté la mirada, y me encontré con la suya. Parecía sincera. Además, ¿no estaba yo esperando ese momento? Raisa se acercó un poco más, y cuando estuvo pegada a mí, me abrazó con fuerza. Tras dudar unos segundos, le devolví el abrazo con el brazo que me quedaba libre. Ya no pude controlar más las lágrimas. Llevaba tanto tiempo esperando esto…
Cuando Raisa se separó, descubrí que ella también tenía los ojos llorosos. Nos quedamos así un rato, llorando en silencio, mientras Lavi descansaba en mis brazos. Cuando ya nos hubimos tranquilizado, un hombre joven y rubio se nos acercó. Tenía el pelo corto, y el flequillo más o menos largo, y llevaba una boina blanca.
-Vaya, esto sí que es sorprendente. No creía que te fuese a ver así nunca, Raisa. Quién lo iba a decir, con los humos que te gastas –dijo con gesto divertido.
-Cállate, Bak –dijo Raisa, secándose las lágrimas. Aunque su voz intentó sonar enfadada, su sonrisa la delató-. Es una larga historia.
-Bueno, pues si es tan larga, ya me la contarás en otro momento. Ahora tenemos que ayudar con este desastre -tras decir esto último se giró y se fue por dónde había venido.
-Ese –dijo Raisa, mirándome- es Bak, el jefe del cuartel de Asia, donde he estado entrenándome. Es un buen hombre, aunque un poco raro. Nunca sabes por dónde te puede salir.
-Me recuerda a alguien… -en mi mente apareció la imagen de Komui, primero llorando, gritando el nombre de Lenalee, y después serio, en alguna de sus charlas.
Como si Raisa hubiese leído mi mente, me miró, y nos reímos a la vez. Echaba de menos esos momentos con Raisa. Las dos habíamos estado muy unidas, incluso antes de unirnos a la orden. Me moría de ganas de preguntarle un montón de cosas, pero eso tendría que esperar. La miré con intriga, y la pregunté:
-¿Qué haces aquí?
-Jo, no me esperaba ese tipo de reacción –dijo aun sonriendo.
-No, es sólo que habéis llegado en el mejor momento. ¿Cómo lo habéis sabido?
-Todos los miembros que evacuasteis fueron mandados a nuestro cuartel. Nos pareció una mala señal, y decidimos venir. Hemos venido todos los exorcistas que hemos podido. No hemos vencido, pero nos ha dado un poco de tiempo, hasta que el Conde planee otra estrategia.
El Conde… Era increíble lo que ese hombre podía hacer él solo. Nos estábamos apañando bien con los akumas, hasta que llegó él. Mirase donde mirase, había cuerpos de mis compañeros caídos. Algunos ya estaban siendo llevados a dentro por los que se podían mover, y por las enfermeras que iban llegando, acompañadas de camillas.
Garuna no tardó en aparecer. Vino corriendo, tirando de una camilla, a donde nos encontrábamos con Lavi. Entre las tres pudimos levantarle y tumbarle. Entonces Garuna me miró, entre preocupada y enfadada.
-¿¡Estás loca!? ¿Cómo se te ocurre hacer eso? –dijo mientras levantaba la mano y me daba un capón.
-¡Ay! ¿Qué haces? -me llevé una mano a la cabeza, y fue a replicar, pero me encontré con sus ojos llorosos-. Lo siento.
-Eres tonta –me dijo justo antes de abrazarme con fuerza. Luego se giró a Raisa-. ¡Raisa! ¡Cuánto tiempo! Ya era hora de que te dejases ver. Nos tienes que poner al día de todo lo que te ha pasado, nosotras también tenemos cosas que contarte.
-Chicas –dije yo-, siento cortaros, pero eso va a tener que esperar a que la situación se calme un poco.
Sin esperar su respuesta, me di la vuelta y arrastré la camilla en dirección a la puerta principal. Cuando llegamos a la enfermería me encontré con la seria mirada de la jefa, pero se controló y siguió con su trabajo. Yo trasladé a Lavi, con ayuda de Raisa, a su cama habitual. Una vez tumbado, me dispuse a tratarle las heridas. Raisa se quedó conmigo para ayudarme, ya que, como antigua enfermera, estaba capacitada para ello. Garuna se llevó la camilla para traer más gente. Por suerte, Lavi estaba bien, todo lo bien que se puede estar tras un ataque así. La herida de la cabeza se le había vuelto a abrir, pero gracias a lo que antes había hecho (aún me preguntaba cómo), ya no sangraba. La herida del costado, por el contrario, sí sangraba, no demasiado, pero el esfuerzo hecho por Lavi durante la batalla había abierto esa herida también. Todo el reposo para nada.
-No le va a gustar la idea de empezarlo de nuevo –pensé en voz alta.
Aparte de esas antiguas heridas, no había mucho más, algún corte y golpe, pero nada por lo que preocuparse. Pronto terminé con él. Le dirigí una última mirada, y me alejé de la cama. Raisa me tomó por el brazo.
-¿Tú estás bien? ¿No tienes ninguna herida?
-No, estoy bien. ¿Y tú?
-También bien, y es raro después de ver cómo han terminado algunos.
Agaché la cabeza, y en ese momento me acordé Allen y los demás. ¿Estarían bien? Salí corriendo, seguida Raisa. Justo en la salida de la enfermería me encontré con Allen, que llevaba a Lenalee en brazos.
-¡Allen! ¡Lenalee! ¿Estáis bien? Pasad rápido, yo me encargo de vosotros.
Me había asustado al ver a Lenalee en sus brazos, pero estaba consciente. La tumbamos en una cama cercana a la de Lavi, y empecé a revisarla. Las piernas eran las que más daño habían sufrido, tenían golpes, y algún arañazo. Me giré a Raisa.
-¿Te puedes encargar de Allen?
-Claro –incluso antes de decírselo, ya había empezado a revisar las heridas del chico.
Poco después se hallaban Lenalee con las piernas vendadas, y Allen con tiritas por la cara y poco más. Solo echaba en falta a uno más. Hacía tiempo que no veía esa mirada agria.
-¿Y Kanda?
-Estaba fuera, con Komui –Allen fue el primero en responder.
-Ese cabezón –dijo Lenalee-, seguro que se ha quedado fuera para aparentar, a pesar de estar herido.
-Voy a buscarle. Raisa, ¿te quedas aquí? Ahora vuelvo.
Tras un leve asentimiento de Raisa, salí escopetada por la puerta. Al llegar a la principal, me quedé mirando, intentando divisar a Kanda. No muy lejos había un grupo de personas. Me acerqué a ellos, y descubrí que eran Komui y Bak y, camuflado entre las sombras, Kanda. Los dos jefes de cuartel estaban cambiando unas palabras sobre la situación en la que nos encontrábamos, mientras Kanda escuchaba todo con los ojos cerrados. En seguida me descubrieron.
-H-hola, ¿está algunos de ustedes herido?
-Vaya, si es la jovencita de antes –dijo Bak, sonriéndome.
-Es Juvia, de nuestro cuerpo de enfermeras –dijo mirando a Bak, luego se giró en mi dirección-. Estamos bien, gracias Juvia.
-¿Kanda? –le miré esperando su respuesta.
-Tsk – fue lo único que obtuve como respuesta, y un rápido giro de cabeza. Pero un hilito de sangre asomando por debajo de su manga le delató.
-Vamos, acompáñame –me acerqué, dispuesta a tomarle del brazo que parecía tener bien, pero se apartó. Komui vio el movimiento, y se acercó para ayudarme.
-Vamos Kanda, deja a Juvia hacer su trabajo –entre él y Bak consiguieron cogerle, y me tendieron a mí uno de sus brazos, el cuál tomé y tiré de él. Pero nada, ni un movimiento. Finalmente, Komui le dio un empujón, que yo aproveché para salir medio corriendo de allí, y llegar lo más lejos posible hasta que Kanda se volviese a frenar. Para mi sorpresa, no opuso demasiada resistencia. Cuando estábamos a punto de llegar a la enfermería me paré, me giré, y le dije:
-Gracias… -ante su silencio, continué-. Gracias a ti, pude llegar hasta Lavi. No sé qué habría pasado si no hubieses hecho lo que has hecho -Kanda siguió en silencio, pero su expresión se relajó un poco.
Aprovechando ese momento de confusión, tiré de Kanda un poco más, hasta llegar a la puerta de la enfermería. Raisa estaba dónde la había dejado, hablando con Allen y Lenalee, pero cuando aparecí, se quedó callada. Sus ojos se abrieron como platos y apuntaban en dirección a… Kanda.
