-¿Amiga?-
Ya había pasado el tiempo suficiente con Raisa como para saber lo que eso significaba. Sonreí y la miré con tranquilidad.
-Raisa, ¿te puedes ocupar de Kanda? Tengo que ayudar a la jefa, que parece estar bastante atareada.
Al segundo se puso roja hasta las orejas. Me acerqué a ella, tirando de Kanda y, tras sentarlo en una cama, Raisa se puso manos a la obra. Entonces, tras guiñarle el ojo a la joven, me alejé de allí y fui a buscar a la jefa. La encontré rodeada de enfermeras y pacientes. Me hice un hueco entre todos ellos, y me situé a su lado. Ella notó mi presencia sin ni siquiera girarse.
-Eres una temeraria, y debería castigarte por ello. ¿No llegaste a pensar en que te convertirías en un estorbo? –ante mi silencio, continuó-. Por suerte todo acabó bien y, además –se giró, y me miró directamente a los ojos-, le salvaste la vida a ese chico.
Yo seguí callada. No sabía que decir. Lo único que se me ocurrió fue:
-Lo siento…
-Qué tonta, no tienes que disculparte. Ya te he dicho que acabó todo bien. Pero para otra vez tienes que pensar más las cosas. Pensar antes de actuar. Sé que es difícil -me miró con los ojos brillantes, y con una sonrisilla llena de picardía-, y más siendo ese chico. Seguro que si hubiese sido otro, no habrías actuado así. Divina juventud.
Me puse roja hasta la raíz del pelo. Puede que se me notase más de lo que quería…
-Imagino que Komui vendrá a buscarte pronto. Descansa mientras tanto. Vete con los demás, y relájate. Nos vemos luego.
Tras decir eso, dio media vuelta, y salió por la puerta de la enfermería. Yo seguí su consejo, y me fui con Raisa y los demás. Raisa aun seguía tratando las heridas de Kanda. Estaba roja como un tomate, pero casi no se le veía la cara. La tenía escondida por su largo pelo rosa. Lo tenía mucho más largo desde la última vez que la vi. Cuando me acerqué, pude escuchar algo de lo que estaban diciendo.
-Vamos, Kanda –dijo Allen-, cuéntanos algo de tu última misión. Komui lo ha mantenido en secreto, y han estado surgiendo rumores en todo el cuartel, ¿de verdad es tan privado?
-Métete en tus asuntos, Moyashi.
-¡Es Allen, Bakanda!
-Vamos Kanda, es normal que nos interesemos. Al fin y al cabo, el que solicitó tu ayuda no parecía muy normal –Lenalee sonaba contenta.
Me acerqué a ellos, tomé una silla, y me senté al lado de Raisa. Todos me dirigieron una mirada rápida, pero en seguida se volvieron a Kanda, esperando su respuesta.
-Tsk –fue la única respuesta que obtuvimos mientras el joven giraba la cabeza rápidamente en la dirección contraria a la que nos encontrábamos todos nosotros.
-Jeje, parece que no cambiará nunca.
Esa voz… Todos nos giramos a la vez. Debimos asustarle, porque el chico se encogió en la cama.
-Hala, ¿qué pasa? ¿Por qué me miráis así?
Lavi se había sentado en la cama, y nos miraba a todos, sonriente, con una mano en la parte posterior de la cabeza. Lenalee, que estaba sentada cerca de él, se lanzó a sus brazos y le dio un fuerte abrazo, que estuvo a punto de dejar al chico sin respiración. Allen sonrió aún más. El "Tsk" de Kanda sonó aun más fuerte que antes. Raisa se quedó sentada, sonriendo, y yo… Yo me quedé sentada, mientras que una lágrima caía desde mis ojos, y mi boca se iba girando para formar una pequeña y tonta sonrisilla.
Poco después empezó a amanecer. Nos habíamos tirado toda la noche en vela por la batalla y los trabajos en la enfermería. La jefa echó a Allen. Luego se llevó a Kanda, bueno, más bien tiró de él, hasta la cama que había al lado de la de Lavi, pero el chico se quedó de pie, mirándola con su acostumbrado gesto agrio y los labios torcidos en un gesto de ligera molestia. Y a Lenalee la llevó a otra libre, un poco más alejada, ayudada de Raisa. Yo me quedé sentada, al lado de Lavi. Pero me encontraba ausente. Las imágenes de lo que había pasado esa noche se apelotonaban en mi mente, pasaban rápidamente frente a mis ojos. Cuando llegó a mi mente el momento en que el Conde atacó a Lavi, su voz me llamó.
-Juvia, yo… lo siento. No sé qué ha pasado ahí fuera. Lo último que recuerdo es que el Conde intentó darme con uno de esos dichosos rayos, pero poco más.
Como había pensado, no me había llegado a ver. Pero no sabía qué pensar. ¿Era bueno, o malo? Antes de que pudiese hallar la respuesta, Lavi continuó.
-Espera, sí que recuerdo algo más. Recuerdo mucha agua y… -entonces levantó la cabeza, y me miró, parecía confundido-. No sé, es muy raro, pero creo que tú estabas allí, conmigo, con todo esa agua rodeándonos a los dos –me miró, como si estuviera esperando que le dijera algo.
Mierda. ¿Qué se supone que debo decir? ¿La verdad? Bueno…
-La verdad es que… sí que estuve allí.
Le conté lo que había pasado desde el ataque del Conde. Cómo él lo había esquivado, cómo Kanda había frenado al Conde, y cómo yo había llegado hasta él y levantado, supuestamente, toda esa agua. A medida que iba avanzando en la historia, su cara iba cambiando, y su boca se iba abriendo, de incredulidad, seguramente.
-¿Que Yuu hizo quéeeee? Espera, ¿tú saliste corriendo? ¿E hiciste salir esa agua así como si nada? Ay, creo que me he perdido…
-En realidad, creo que lo has pillado todo muy bien.
-¿Entonces Yuu se encargó del Conde, hasta que llegó Raisa?
-Sí más o menos…
-No me llames así, baka usagi –Kanda estaba sentado en una cama cercana, mirándome, con gesto interrogador-. Y eso no es cierto del todo. Es cierto que yo paré el primer golpe del Conde. Estuve un rato con él, pero en seguida se deshizo de mí. Entonces se dio la vuelta, para intentarlo por segunda vez, pero se encontró con Juvia delante de sus narices, y cuando estuvo a punto de darle a ella con la espada que se había sacado de la manga, el muy tramposo, salió de la nada una gran masa de agua que os protegió a los dos. Al principio pensé que fue algún exorcista, pero ahora… No sé. Buenas noches.
Kanda se tumbó, dándonos la espalda. Entonces Lavi me miró.
-¿Por qué habías ocultado eso?
-Porque no estaba muy segura de esa parte, no sabía qué era verdad y qué no.
En realidad no mentía. No sabía lo que había pasado, pero lo que Kanda había contado se asemejaba bastante a mi versión. Me levanté para irme, pero Lavi me llamó.
-Juvia, gracias. Me has vuelto a salvar.
-No digas tonterías. Se podría decir que es solo la primera vez, y además, ¿qué esperabas? ¿Que me quedase mirando desde la ventana cómo te herían?
Sentí que había hablado más de la cuenta. Lavi negó con la cabeza.
-Ya ha habido otras veces. Me has curado varias veces aquí, me has tratado como tu paciente, y has estado muy pendiente de mí.
Dios, que no se haya dado cuenta… Lavi siguió hablando.
-Y ahora encima esto, sales corriendo, sin pensar, y te pones delante de mí como un escudo.
Ya está, se ha dado cuenta.
-Intentaré recompensarte –continuó-. Gracias Juvia, eres una buena amiga.
Amiga, ha dicho… ¿amiga? Espera, ¿entonces no se ha dado cuenta? Es cierto que los tíos no se enteran de nada, ni diciéndoselo a la cara… Bueno, entonces estoy a salvo… Espera… ¿AMIGA? Y eso es bueno o es malo. Amiga… ¿de Lavi? ¿Es eso lo que quiero? No lo sé…
Lavi se había quedado mirándome.
-N-no tienes que recompensarme de ninguna manera. Bueno, te dejo, será mejor que descanses. Mañana me paso a ver qué tal estás.
Le dejé con cara de atontado, como preguntándose qué había pasado. Eso fue lo último que vi antes de cerrar la puerta de la enfermería.
Llegué a mi habitación sin darme cuenta. Por el camino había ido pensando en todo lo que había ocurrido aquel día. Mi habitación, como todas las demás, está en el edificio central del cuartel. Es un gran edificio hueco por el centro, con un gran ascensor que lleva hasta el fondo, por debajo incluso de los cimientos. Alguna vez he visto a Komui utilizarlo, pero rara vez va a acompañado de alguien, y cuando va con alguien, es un exorcista. No sé que habrá abajo, pero tampoco me interesa demasiado. Creo que soy un poco pasota, a veces…
Entré en la habitación, aquella minúscula habitación. Claro que no necesitaba nada más, se utiliza para dormir y poco más. Tampoco tengo gran cosa en ella, una mesita, una cama y un ropero. Sobre el ropero tenía un espejo, pero no lo utilizo demasiado, más que nada porque no me mi gusta mi aspecto. Tengo la piel muy clarita, casi blanca, unos ojos grandes azules oscuros, y el pelo… Era lo que menos me gustaba de todo. De color azul claro, y corto sobre los hombros. En realidad el color azul me gusta, pero no en el pelo. De pequeña me dio algunos problemas. Los niños no se dan cuenta de esas cosas, pero no saben controlarse, y dicen todo lo que piensan, y la verdad es que mi pelo no era lo más halagado. La gente suele tener colores más normales, negro, marrón, amarillo, e incluso naranja. ¿Pero azul?
Cuando conocí a Raisa, durante el instituto, dejé de odiar tanto mi pelo (aun lo odio, así que te puedes imaginar lo que lo odiaba en aquellos tiempos). La gente ya no decía nada de mi pelo. Además, aquí hay gente con muchos colores de pelo distintos. Raisa lo tiene rosa, Lenalee verde, Komui morado, Kanda azul, un poco más oscuro que el mío, e incluso Allen, que lo tiene blanco. Pero aun así no me terminaba de convencer, por eso lo suelo llevar corto, para que no destaque demasiado. Pero aun llevándolo corto, lo primero que me dijo Raisa cuando se acercó a mí por primera vez fue "¡Qué pelo tan bonito!". La miré extrañada. No sabía si tomármelo con ironía o en el sentido literal. Pero iba en serio. Ha sido la única persona que ha elogiado mi pelo alguna vez…
Volví en mí. Estaba delante del espejo, mirándome fijamente, y sujetándome con la mano un mechón de pelo. Suspiré, me cambié de ropa rápidamente y me tumbé en la cama. No desperté hasta el día siguiente de madrugada.
