-Nueve meses después-

Nueve meses habían pasado desde que había dejado el Cuartel General para irme a Asia a entrenar. Después de ese tiempo, ya pude considerarme una auténtica exorcista. Alguien que era capaz de derrotar akumas, salvar almas, y alguien en que los demás exorcistas podían confiar durante las batallas.

Era una mañana como otra cualquiera cuando recibí una llamada de Bak a través de Noda. Aquel golem que Komui me había dado antes de irme había crecido un poco, llegando a ser ahora como la palma de mi mano. Noda me despertó esa mañana poco antes de la hora a la que acostumbraba a levantarme, informándome de la llamada de Bak. Al parecer me esperaba en su despacho. Me puse unos pantalones que Raisa me había regalado y una camiseta de manga corta y me arreglé el pelo delante del espejo. El pelo que antes odiaba, y que solía levar corto, ahora era largo. Lo llevaba por la mitad de la espalda, y se ondulaba en las puntas. La verdad es que ahora no me disgusta tanto, al fin y al cabo, el azul es mi color, y se puede ver claramente por mi compatibilidad con el agua.

Salí corriendo de mi habitación, y casi me olvidé de echar la llave, de no ser por Noda, que me dio un suave tirón de pelo y me enseñó la llave del cuarto. De no ser por él, ya habría perdido la cabeza varias veces. Llegué al despacho sin aliento. Allí me esperaban Bak y Raisa, entre otros encargados del departamento de ciencias, y los exorcistas que me habían estado entrenando durante ese tiempo. Estaban todos alrededor de una mesa, con una maleta sobre ella. Aun quedaba un hueco en aquel círculo que habían formado, así que me situé ahí, entre Raisa y Bak. Todos estaban mirándome, pero yo no sabía qué decir. Fue Bak el primero en hablar.

-Bueno, Juvia, he estado hablando con tus instructores, y todos coinciden conmigo en que ya estás lista para salir de aquí, y hacer misiones. Ya eres oficialmente una exorcista, por lo que te podemos entregar esto –Bak abrió la maleta que había sobre la mesa, dejando al descubierto un traje negro, con el símbolo de la Orden.

Raisa se acercó más a mí, y me susurró al oído.

-Espero que te guste, lo he elegido yo misma.

El traje de cada exorcista está diseñado de acuerdo a sus capacidades y a su estilo de lucha, para que le sea lo más cómodo posible. Bak desplegó el traje sobre la maleta para que pudiera observarlo bien. Era un vestido como los que acostumbraba a llevar, negro, con el escudo de la Orden en lado izquierdo del pecho, y con detalles plateados y azules claros. Era estrecho hasta la cintura, y luego caía con vuelo hasta las rodillas. De tirantes anchos, y cuello abierto justo en el centro para que el collar que alojaba la Inocencia quedase a la vista. Bak sacó más cosas de la maleta. Sacó unas botas altas planas, negras, con los mismos decorados que el vestido, unos guantes del mismo estilo que el vestido y las botas y, por último, un abrigo para el inverno.

-Pues esto es todo –Bak procedió a guardar las cosas en la maleta, mientras los demás abandonaban la sala. Cuando nos quedamos solos Bak, Raisa y yo, Bak prosiguió-. Bueno, aun queda una cosa más. Ahora tienes que elegir el cuartel en el que te quieres quedar. Cuando un exorcista termina su formación, puede elegir el cuartel al que quiere servir. Pero no te voy a decir que me lo digas ahora mismo. Piénsatelo –me tendió la maleta-. Luego nos vemos.

Raisa me tomó de la mano y me llevó hasta nuestras habitaciones. Abrí la puerta de la mía, y entramos las dos. Raisa se sentó en la cama y perdió la mirada en el paisaje de la ventana.

-Raisa, hay una cosa que te quiero preguntar. ¿Tú elegiste quedarte en este cuartel?

Raisa seguía mirando por la ventana. Parecía que no iba a contestar, así que me metí en el baño para cambiarme de ropa.
Salí al rato, vestida completamente de negro. Nunca antes me había vestido tan oscura, y tenía curiosidad por saber cómo me quedaba el vestido, así que me acerqué al espejo. El color negro hacía resaltar mi piel pálida, mucho más que el blanco del que solía vestir. Los vestidos que llevaba eran en su mayoría anchos, pero este… Situé las manos en lo alto del torso, y las deslicé hasta la cadera. El vestido dejaba bien definidas mis curvas, y a partir de la cadera caía hasta un poco por encima de las rodillas. Las rodillas quedaban al descubierto, y las botas me llegaban hasta la mitad de las piernas. Luego me puse los guantes. Eran unos guantes largos, que me cubrían casi todo el brazo, dejando al descubierto el hombro y la zona inferior. Me probé el abrigo para ver qué tal me quedaba. Era del mismo largo que el vestido, estrecho hasta la cadera, y a partir de ahí, con vuelo, para no aplastar el vestido. Demasiado calor. Me lo quité y lo dejé sobre la cama, y volví al espejo. Entonces Raisa apareció a mi lado, me cogió del brazo, y me giró hasta quedar frente a ella. Me arregló el pelo, poniéndome el flequillo de lado, y luego me recogió el lado libre del pelo con un par de horquillas negras.

-Así, ya estás. Te queda bien el traje. Me alegro de habértelo elegido así –entonces me puso frente al espejo, y ella se situó detrás, asomando la cabeza sobre uno de mis hombros. Sus manos se dirigieron a mi pelo-. Por fin has decidido dejártelo crecer. Tienes un pelo precioso, Juvia. Como te lo vuelvas a cortar, no lo cuentas – me dijo con una sonrisilla diabólica.

-Vale, vale, no me lo cortaré –me quedé un rato en silencio. Luego seguí-. Si te ha molestado la pregunta de antes, lo siento…

-Juvia, yo no elegí este cuartel. En realidad aun no lo he elegido. ¿Te acuerdas de cuando atacaron el Cuartel General? Yo no era exorcista aun. Me habían dejado ir porque era una emergencia, y no había más gente que pudiera ir. Fue cuando volvimos cuando Bak consideró que ya podía ser exorcista. Y fue entonces cuando me preguntó. Pero decidí aplazarlo, hasta que tú eligieras –iba a hablar, pero siguió-. Ya fue muy duro el tiempo que estuvimos separadas, así que no quería que nos volviese a pasar. Iba a elegir el General cuando me dejaran, pero resultó que tú eras compatible, y que te iban a entrenar aquí. Entonces le pregunté a Bak si me podía quedar aquí hasta que estuvieses lista. Por supuesto, él no tuvo ningún problema. Así que aquí estamos. ¿Qué cuartel quieres tú?

Me quedé en silencio. Si la decisión de Raisa dependía de la mía, no podía decidirlo yo sola.

-Pero Raisa, tú también tienes que decidirlo. Al fin y al cabo has estado aquí mucho tiempo y has conocido mucha gente a la que echarás de menos si te vas.

-El único con el que más he congeniado ha sido Bak. La verdad es que lo hice a posta, ya que sabía desde el principio que tendría que volver al General, donde tú estabas esperándome –agaché la cabeza-. Además tú tienes allí gente que te espera. Están Lenalee, Allen, Garuna, y aunque no lo parezca, la jefa y Komui también estarán esperando que vuelvas, por no hablar de cierto chico pelirrojo…

Subí la cabeza tan rápido que hasta me hice daño en el cuello. Me llevé una mano a la zona dolorida cuando se me encendió la bombilla.

-Pues no se hable más, al Cuartel General, en busca del príncipe de la katana peliazul -dije mientras levantaba un dedo hacia el cielo.

De repente recibí un almohadonazo. Raisa se había puesto colorada, y esperaba con otro cojín en las manos, lista para mi posible ataque.

-Serás… -dije mientras me agachaba a por la almohada caída y me lanzaba sobre Raisa.

-¿Qué? Te lo merecías.

-¡Has empezado tú!

-Pero es la verdad. Me dirás que no hay nada entre el pelirrojo y tú.

-¡No eres la más indicada para hablar, sabiendo como miras al peliazul!

Después de la pelea de almohadas, y de terminar llenas de plumas, nos tumbamos Raisa en la cama, y yo en el suelo. Noda, que había permanecido toda la batalla en lo alto del armario, se acercó temeroso a mí, y se posó sobre mi pecho, que subía y bajaba, intentando recuperar el aliento.

-De... acuerdo… estamos… en… paz…

-Vale, será mejor que vayamos a decírselo a Bak.

-¿El qué? ¿Que nos vamos para buscar a tu príncipe de la reluciente katana?

Raisa me miró desde lo alto de la cama con los ojos entrecerrados, amenazante. Levanté las manos en son de paz, y me incorporé como pude. Una vez levantada, le tendí la mano a Raisa, y las dos juntas, con Noda apoyado en mi hombro, nos fuimos a buscar a Bak.
Le encontramos en su despacho rodeado de una montaña de papeles, acompañado de un café. Cuando nos paramos delante de él, levantó la cabeza del escritorio, y nos miró, a la espera de nuestras palabras.

-Bak –empezó Raisa-, ya hemos tomado una decisión. Nos vamos a ir al Cuartel General.

-Era de esperarse. Las dos venís de allí, y tenéis allí a todos vuestros conocidos. Avisaré a Komui. Id preparando el equipaje.

-¿Así, tan fácil? -pregunté yo extrañada.

-Sí claro, ¿qué esperabas, que os tuviéramos aquí varias semanas más? No mujer, esto es rápido, tan rápido como avisar a la otra parte implicada y abrir la puerta. Es sencillo. Voy a avisar a Komui, venga, daos prisa.

Yo iba a salir por la puerta, pero Raisa se quedó rezagada, mirando a Bak. Dudó durante unos segundos, pero después se dio la vuelta, me cogió de la muñeca y empezó a correr. Yo empecé también a correr para que no me tirara al suelo, y cuando Raisa vio que seguía su ritmo me soltó, y continuamos corriendo, con una sonrisa en la cara, hacia nuestras habitaciones. Cuando llegamos, Raisa se paró frente a la mía.

-Bueno, me voy a cambiar, ahora paso a recogerte. Asegúrate de no dejar nada.

Tras decir esto se metió en su cuarto. En ese momento llegó Noda. Con la carrera le habíamos dejado detrás. Me dio un tirón del pelo mientras yo abría la puerta.

-Sí, sí, lo siento.

Le dejé pasar antes de cerrar la puerta, y me dirigí al armario. Saqué del fondo la maleta que utilicé el día que llegué, y la puse encima de la cama para empezar a meter mis cosas. Lo primero que metí fue la ropa, luego todos mis trastos, como las cosas del baño, y algunos libros que había ido consiguiendo durante mi estancia allí. Por último me dirigí a la mesa. Cogí mis papales, y los metí en una carpeta. Desde donde estaba, lancé la carpeta a la maleta, y me senté en la silla. Justo en frente, a la altura de los ojos, tenía colgada una foto que Lenalee me había mandado. Era una foto suya con Allen, Kanda, Komui Reever, la jefa, Garuna y Lavi. A pesar de que les había dicho que estaríamos en contacto, casi no había hablado con ellos. Siempre que llamaba estaban fuera, en alguna misión. Con el que más hablé fue con Komui, y con Lenalee un par de veces.
Un día me llegó un paquete con una diadema, como una sutil metáfora de Lenalee para que me dejase crecer el pelo, y la foto. La diadema no me la había puesto nunca antes, la tenía colgada al lado de la foto. Pero la foto… Me he pasado varias noches en vela observando esa foto, memorizando cada detalle, sus gestos, sus miradas. Allen, Lenalee, Kanda y Lavi llevaban sus trajes de exorcistas. El de Lenalee era una chaqueta y una falda corta, con unos zapatos bajos, y medias altas, justo por debajo de la falda, todo negro. Allen y Kanda llevaban un abrigo de exorcista largo, que les cubría hasta las rodillas, y Kanda llevaba la katana a la espalda. Y Lavi… Lavi llevaba un pañuelo verde y negro que le sujetaba el pelo, un abrigo más o menos largo, no tanto como el de Allen y Kanda, pero tampoco era de los cortos por la cintura. Cubriéndole el cuello, una bufanda larga naranja, unos pantalones blancos estrechos, y unas botas altas negras.
Me quedé un rato observando la fotografía, con Noda apoyado en mi cabeza, cuando alguien llamó a la puerta. Con la foto aún en una mano, y la diadema en la otra, fui a abrir, y me encontré con Raisa, que se había puesto su traje de exorcista. Su traje era de una sola pieza. La chaqueta y el pantalón iban unidos, y la cremallera le llegaba desde el cuello hasta la cintura, pero ella la llevaba abierta dejando ver un poco de escote. De calzado llevaba unas botas altas de tacón, que le llegaban hasta la rodilla, ensanchándose en esa zona, y quedando un poco abiertas por la zona superior. Me saludó con una mano enguantada. Es cierto, nunca había visto a Raisa sin guantes. Los tenía de todos los colores, para combinárselos con la ropa. En esta ocasión era de cuero negro. La invité a pasar con la mano en la que llevaba la foto. Ella pasó, y cuando fui a cerrar la puerta, me la quitó de las manos, quedándome solo con la diadema.

-¿Qué llevas ahí? –dijo mientras la miraba y se sentaba en la cama-. ¿Desde cuándo tienes esto? ¡Has sido capaz de tener una foto de Kanda y no decirme nada!

-Me la mandó Lenalee –dije mientras me dirigía al baño con la diadema aun en la mano. Me situé frente al espejo y procedí a ponérmela. La diadema era de tela, larga, para hacerle un nudo por la parte posterior, pero nunca me había puesto algo parecido, así que tuve que improvisar.

-¡Qué guarra eres! La querías para ti sola. Pues ahora me la quedo.

Me lancé sobre ella con una mano sosteniéndome el pelo en una coleta, y la diadema agarrada con la boca. Al final pude quitarle la foto, y me la guardé en el bolsillo del vestido.

-Está bien, está bien, no te la quito, pero déjamela un rato.

-Pero si le vas a ver dentro de un rato. ¿No puedes esperarte a verle en persona?

Raisa arrugó la nariz. Interpreté eso como un no. Aún peleándome con el pelo, y mirándome al espejo, hice un movimiento con la cadera, dándole a entender que podía cogerla. Ella se acercó, metió la mano en el bolsillo y se volvió hacia la cama, con la mirada perdida en la imagen. Estaba tan embobada que, cuando volvía, se dio con esquina de la cama y casi se cayó de bruces al suelo. No pude evitar reírme. Ella me miró, con los mofletes hinchados y la nariz arrugada. Yo proseguí con mi labor.

-Por cierto, Raisa, nunca te he visto pelear. ¿En qué consiste tu Inocencia?

Ella levantó la cabeza de la foto, y me mostró una mano enguantada.

-Tacto Hypnosis. Puedo manejar la conciencia del que toque a placer. Por eso suelo llevar guantes, sólo me los quito cuando la ocasión lo requiere. Pero sólo sirve para piel humana, no sirve para la cubierta de los akumas, ya lo he probado.

-Amm… -en ese momento me acordé de cómo había visto a Raisa aquella noche del ataque del Conde. Ella rodeaba al Conde con sus brazos, y tenía una mano sobre su cara. Ahora todo tenía más sentido, pero es un poder peligroso, de eso no cabe duda.

Pasaron varios minutos hasta que logré ponerme la cinta en la cabeza, pero Raisa no se quejó, seguro que no sabía el tiempo que había pasado. "Claro, está absorta mirando a su príncipe" pensé.

-Ya está –la cinta, de color negro con ribetes blancos me rodeaba la parte superior de la cabeza, se perdía por los lado, entre el pelo, y volvía a aparecer una de las tiras por el lado izquierdo del cuello, mientras que la otra se me quedó en la espalda, asomándose por debajo del pelo ondulado azul. Raisa levantó la mirada de la foto y se me quedó mirando-. Tus horquillas las he guardado en la maleta, las iré alternando con la diadema. Ha sido un regalo de Lenalee, y no había tenido ocasión de ponérmela antes.

Raisa se acercó, y me pasó un mechón de pelo por delante del hombro derecho.

-Te queda muy bien. ¿Estás lista?

Asentí, y me acerqué a la cama para cerrar la maleta. Le di unos toquecitos a Noda, que se había quedado dormido sobre la almohada, y le quité la foto a Raisa, guardándomela en el bolsillo. Entonces empujé a Raisa fuera de la habitación, y me di la vuelta para dirigir una última mirada al que había sido mi cuarto durante aquellos meses. Noda se posó en mi hombro, y miró la habitación conmigo.

-Tú sólo has conocido este lugar. Ahora conocerás tu nuevo hogar. Espero que tu guste tanto como yo lo he echado de menos.

Cerré la puerta, y esperé a que Raisa saliera de la suya con su maleta acuestas. Era una maleta el triple que la mía.

-¿Adónde vas con eso mujer? ¿Tantas cosas tenías?

-Bueno, yo no tengo tantos problemas como tienes tú con la ropa. Un día iremos tú y yo de compras.

Dicho esto, Raisa se acercó a mí, le dio con el dedo a Noda en la gota que tenía dibujada como gesto cariñoso, y me cogió de la mano.
Fuimos con paso apresurado hasta el despacho de Bak. Allí estaba él esperándonos.

-¿Ya estáis listas, chicas? Vamos, por aquí.

Nos llevó a la habitación a la que llegamos el primer día a través de la puerta. Ya estaba abierta, y chisporroteando, lista para ser atravesada. Rápidamente nos despedimos de todos los allí presentes.
Bak nos esperaba en la base de la puerta. Nos dio un abrazo a las dos, y se apartó un poco, pero Raisa le cogió del brazo. Estaba llorando.

-Bak, yo…

-Raisa, no tienes que decir nada, es tu decisión, y yo no entro en nada.

-Pero llevaba tanto tiempo aquí, trabajando contigo que… irme, ahora…

-Bueno, pero si te vas a quedar aquí por mí, y no vas a ser feliz, no vamos a ganar nada, lo mejor es que te vayas. De todas formas, puedes venir aquí siempre que quieras.

Los dos se fundieron en un abrazo, y Bak aprovechó para darle un beso en la mejilla. Un rato después se separaron. Raisa seguía llorando, con la mirada clavada en el suelo.

-Cuídala mucho. Cuidaos las dos. Y bueno, para lo que necesitéis, no dudéis en preguntarme. Me tenéis para lo que queráis –me dijo Bak, intentado aguantar las lágrimas. Me puso una mano sobre la cabeza, y luego nos empujó a las dos hacia la puerta. Antes de desaparece por ella, nos dimos la vuelta y nos despedimos con la mano.