Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen...

Ángel Oscuro

(Dark Angel)

Un fic de Camaro

Traducción por Apolonia


¿Cómo? Era la única pregunta que incluso podía formar en su mente. ¿Cómo? ¿Cómo pudo? El mundo le parecía falso. Nada más que una réplica de cera o algo. Falaz. Todas ellas mentiras. Mentiras, pesadillas. No estaba viendo esto. Era ridículo. Esto no estaba ocurriendo. Necesitaba despertarse.

Despierta Bulma. Despierta.

Por favor... Por favor Dios despiértala.

Sólo que no podía. Y creo que fue ese salto a la realidad lo que la desgarraba más. Esto no era un sueño. Esto no era una aparición o una cruel broma de sus ojos. Realmente habían estado allí, abrazándose, enardecidos de pasión, los dedos de Vegeta enredados en el grueso cabello negro de Akasha, enredados y jalando mientras sus cabezas moviéndose en sintonía con el otro, profundo y casi violento. Ella miró mientras la mujer Demonio comenzaba a moverse sexualmente contra el regazo de Vegeta, presionando sus pechos contra él y gimiendo su aprobación por las manos de él puestas sobre sus senos.

Ese era Vegeta. Ese era su mundo, su amor, su todo, entrelazado apasionadamente con otra. No alguna concubina, no alguna esclava o una aventura sin importancia. Este no era ningún accidente o error. Esta era la madre de su fallecido hijo, la cruel, despiadada demonio que había arrojado a su hijo como una piedra en el corazón de un ardiente averno sólo para infringir dolor sobre el único que más se preocupaba por ella. Y la estaba besando. Tocándola.

¿Qué si hubiera llegado unos momentos más tarde? ¿Qué entonces?

El sonido del jarrón rompiéndose la sorprendió tanto como lo hizo con ella, sus ensangrentados ojos, incrédulos deslizándose por los rotos pedazos del jarrón del padre de Vegeta, el que había significado para él y que ella había roto en ciega furia. Las horas que había pasado pegando cada pequeña pieza, cada pequeño fragmento de porcelana, sólo para mirarlo, tan inútil como antes, tan roto como su alma.

Alzó la vista en ese mismo momento que él se alejó de Akasha, ambos pares de ojos negros mirándola. Un par cruel y venenoso. El otro bombardeado con vergüenza e incredulidad.

De repente fue como si su cabeza fuera a explotar, golpes de calor en el interior de su cerebro, golpeando contra el interior de su frente mientras dejaba caer las lágrimas. Nada de llanto. Nada de llanto por él. Comenzó a entrar en pánico, su interior dando vuelta y girando con náuseas, su cerebro sintiéndose como si estuviera siendo golpeado por dos grandes manos a cada lado.

No. No. No ahora. No, no, no ahora. No podía lidiar con esto. El dolor era... era enorme. Demasiado. No ahora. Tenía que salir de allí. Tenía que estar... tenía que estar lejos.

Y así salió corriendo, rompiendo a través de las dos puertas de madera y corriendo. Sólo corriendo tan rápido como pudo. Parecía que había corrido por siempre. Ondeándose ciegamente a través de los pasillos y negros corredores, ni siquiera molestándose en sentir con sus manos a través de la oscuridad y sin embargo escapándose a través de ella, el frío del aire secando sus testarudas lágrimas mientras huía a través de ella. No llores, se dijo a sí misma una y otra vez. Lo escuchó a varios metros detrás de ella, corriendo increíblemente lento aunque pareciendo como si realmente estuviera intentándolo, demasiado cansado y agotado por su resaca para realmente atraparla tan fácilmente como hubiera sido normalmente.

"¡Bulma espera!" Gritó, su voz rajando y sonando desesperada como si llamara a través de sus oídos y cortara a través de la niebla e incredulidad que había tomado control de su mente.

"¡Bulma por favor!"

Pero no. Ella no tendría nada de eso, apresurando su ritmo y negando los sollozos que torcían su boca y entrañas. Simplemente corrió. Era todo lo que podía hacer. Al carajo con la realidad y sus duras verdades. No ahora. Y así salió corriendo de ella.

Corrió a través del laberinto de sombríos pasillos y salones de banquetes, deslizándose y arrastrándose para detenerse bruscamente mientras abría las puertas y chocaba contra las paredes de piedra. Él había caído varios pasos detrás, su angustiada voz sonando distante mientras ella se escapaba de ella. Su cabello azotaba sus lágrimas, golpeando y abofeteando sus mejillas. Pero lo ignoró, agarrando las manijas fuertemente de las dos enormes puertas de madera, viejas y crujientes mientras huía a través de ellas en un vuelo por la escalera en espiral.

"¡Bulma, NO! ¡No! ¡No vayas allí abajo!"

Apenas podía reconocer su voz.

Abajo, abajo, siguió bajando, más frío, más duro, más húmedo, más mojado.

Sus dedos se deslizaron contra la húmeda, gélida piedra, guiándola y llevándola hacia abajo en la envolvente oscuridad que adoraba. La escondía, la ocultaba, incluso de sus penetrantes ojos. Él estaba en las escaleras ahora y ella descendía más rápido, sin saber ni preocuparse a donde llevaba, sólo que era negra y oscura y la había salvado de la realidad. La abrazaba, la sostenía de cerca como un padre, calmando su alma rota.

Las escaleras se enderezaron, las paredes a su alrededor de su pie después de que el otro fuera colocado sobre un escalón. Más rápido y más rápido seguía, volando, medio cayendo mientras sus pies comenzaban a tambalearse, la frialdad de la oscuridad enfriándole hasta los huesos, sólo para que se diera cuenta que las angostas escaleras estaban cubiertas en una capa de hielo.

Se deslizó por ellas, aterrizando dolorosamente sobre sus rodillas en la parte inferior, mirando hacia arriba y viendo nada de la silueta que había esperado. Tal vez se había dado por vencido. Con suerte la dejaría ir. La dejaría escapar y dejarlo y a su mundo solo por el momento. Dejarla descansar.

Olvidando el miedo de la oscuridad o lo desconocido, se deslizó silenciosamente hacia las dos puertas más grandes que hubiera visto jamás, la madera negra y la luz de una vela parpadeando tenuemente junto a ella. Agarrando una, examinó cuidadosamente ls perillas, dos gárgolas como figuras de oro, ojos esculpidos y labios parecidos a los de Vegeta. De nuevo miró con temor detrás de ella, viendo nada más que las sombras a través de sus borrosas lágrimas que pronto se limpiaron con el dorso de una mano sucia.

Lentamente, y con una comprensible cantidad de esfuerzo, abrió la puerta izquierda, los ojos azotando ferozmente alrededor de la oscuridad que veía. Sus ojos fueron cegados temporalmente por la luz de la vela y tomó unos pocos momentos para ver algo en lo absoluto. Un paso tras otro caminó en la humedad, los charcos de la habitación, la fría agua empapándola hasta los tobillos.

Se escabulló. Voló su mano agarrando la vela hacia el sonido, escuchando la húmeda bofetada de una criatura arrastrándose por el agua. ¿Qué era? ¿Dónde estaba? Inhaló, lamentándose una vez arrepintiéndose moho y almizcle casi la dejaron inconsciente. Había podredumbre aquí. Como... no podía ubicarlo bien. Como carne podrida. Tal vez era un contenedor de almacenamiento, porque la temperatura solamente bastaría por sí sola.

Pero no. No, había algo aquí. Algo que sabía que no estaba bien. Algo que se suponía que no debía ver.

Era demasiado oscuro. El correteo sonó de nuevo y gritó, girando la vela en la mano. Estaba detrás de ella. Detrás de ella lo oyó, arrastrándose, gatear, esconderse. ¡Allí!

De manera trémula sostuvo la vela hacia el suelo, sin ven nada al principio y luego notando la diminuta, gorda silueta de una rata corriendo a través de la turbia, negra agua. Suspiró con incomodidad, sin gustarle la idea de una rata mucho mejor que una misteriosa criatura. Siguió sus movimientos con su pequeña antorcha, viendo el gris cabello brillar con humedad, la gruesa, calva cola balanceándose.

Medió nadaba, medio caminaba más lejos de ella, como si no hubiera ninguna preocupación en lo absoluto por la rara luz que ella emitía. Y luego de repente se detuvo por completo, congelándose como si fuera en miedo. El cabello gris parecía levantarse en un ángulo y miró alrededor con miedo, olfateando el aire. Una vez. Dos veces.

Ella gritó mientras una mano bajó en picada y se apoderó de la rata, sus pies deslizándose hacia atrás mientras la pequeña criatura chillaba y chirriaba, su cuerpo retorciéndose dentro del duro agarre. Ella vaciló, casi cayendo en el agua mientras volaba hacia atrás, sin respirar mientras escuchaba un asqueroso crujido.

"¿¡Quién está allí!?" Demandó, su voz asustada y temblando. Silencio. Movió sus húmedos dedos a sus labios, sus hombros y espalda temblando violentamente por el miedo y el frío.

Algo se movió hacia ella, más y más cerca, ondeando a través del agua y los obstáculos que restringían sus movimientos. Ella simplemente se echó más para atrás, sus ojos nublados con miedo y su corazón latiendo mientras un blanco rostro aparecía tal vez a cincuenta pies de distancia de donde estaba de pie.

Era un niño. Las pálidas, carnosas mejillas la miraban, labios rojo sangre y negros ojos. Era todo lo que podía ver. Puso su mano en su pecho, el rápido latido debajo inquietándose mientras seguía caminando a través de la oscuridad hacia el pequeño niño.

"¿Qué estás haciendo aquí?" Preguntó temblorosa, moviéndose lenta pero seguramente a través de las heladas aguas. Algo grande y pesado como un viejo tronco tocó su pie y se acercó con cuidado, ignorando los golpes de las olas contra él. El niño apenas la miraba a través de muertos, invisibles ojos, quietos como una piedra. No había nada en esos ojos que la registraran. Nada que emitiera señal de alguna inteligencia o vida dentro de ellos. Estaban vacíos. Sin vida. Quietos.

Mientras se acercaba, la palidez de la piel se estancó en sus pies, golpeando con la brillante sangre roja que caía por su mentón.

"¿Estás...?" Tragó, demasiado asustada como para moverse. "¿Estás lastimado?"

El niño sólo la miró, sus mejillas carnosas y llenas como si hubiera habido algo en su boca. Su estómago parecía hundirse en la fría humedad de su vientre.

"¿Dónde...?" Dijo al pequeño niño, su voz temblando. "¿Dónde está la rata?"

En ese momento la vela parpadeó más brillante, sus rayos emitiendo luz sobre el niño desnudo, sus ojos viajando por la cerrada mano del niño mientras sostenía a la mutilada rata. Sólo que, su cabeza había sido masticada. Jadeó, alzando la vista en terror mientras al niño que abría su boca lentamente y mordía, el repugnante crujido de un cráneo siendo aplastado entre sus dientes.

Gritó, mirando la blanca sonrisa de satisfecho hambre iluminar el rostro del niño mientras la sangre salía de su boca y chorreaba por su barbilla. Se tropezó hacia atrás, sus pies torpemente moviéndose y tambaleándose en el agua.

De repente, sus talones se encontraron con el tronco y cayó sobre él, aterrizando sobre su trasero en la turbia, fétida agua. El frío líquido fluía sobre su cintura y alas, sus piernas quedaron levantadas sobre el gran tronco con el que se había tropezado. Sólo que, no era un tronco. No era un palo.

La vela reveló el deformado cuerpo de un Demonio, su caja torácica abierta y mordidas de carne sacadas de la carne. Sólo que ninguna curación de ningún tipo había tomado lugar, como hubiera sido aparente si las habilidades de rejuvenecimiento del Demonio hubieran estado intactas. Pero no estaban intactas. Sólo en la vida. No, el hombre había sido comido muerto.

Balbuceó a la vida mientras el niño desaparecía, arrastrándose para ponerse de pie y corriendo a ciegas hacia donde había rezado que hubiera una puerta, su corazón latía con fuerza y el bombeo de la sangre estaba en sus oídos. Por favor, que estuviera allí.

Se dio vuelta, sus ojos moviéndose y girando a través de la oscuridad. El niño se había ido y había movimiento en todas partes a su alrededor. No. No, tenía que estar allí. Arrojó la vela de un lado a otro, ¿dónde estaba? ¿Dónde estaba? Escuchó gruñidos a su alrededor, tal vez a sólo treinta pies de donde estaba, y todavía no veía nada, lágrimas cegándola mientras temblaba incontrolablemente, girando en círculos y llorando.

"¿¡Quién está allí!?" Gritó. "¡Muéstrate! POR FAVOR."

El miedo era demasiado. La sostenía fuertemente, su cuerpo roto por el llanto mientras giraba ciegamente en la oscuridad, la luz de la vela apenas soportándolo.

"¡No te lastimaré!" Lloró, yéndose hacia atrás y luego hacia adelante mientras gateaba y gemidos sonaban detrás de ella. "¡Por favor Dios! ¡¿Quién eres?!"

Escuchó arañar, como si uñas estuvieran corriendo a lo largo de la pared más cercana y rápidamente se volteó hacia ella, viendo una gran antorcha apoyada sobre la piedra. Corrió en esa dirección, casi tropezándose sobre las invisibles cosas que bloqueaban su camino a través del agua. Los movimientos nunca tomaban ritmo, aunque los seres que se arrastraban como arañas hacia ellas no tenían ningún apuro, ninguna prisa. Ningún peligro.

Agarró la manija de madera de la antigua antorcha, rezando a su Dios que estuviera lo suficientemente seca como para iluminar. Con un toque de su vela en su base de tela se iluminó, la flama encendiendo toda la habitación.

Sangre. Todo era sangre. Y cayó de rodillas, la humedad hundiéndose y tirando la parte de atrás de sus piernas y tobillos, se dio cuenta que incluso el agua no era agua. Sangre. Húmeda, fría, empapada sangre levantándose sobre su vestido y manchando su carne de carmesí. Podía sentir su picazón en sus poros, gélida sangre. Estaba en su vestido, toda sobre sus alas de pluma blanca. Sintió su rostro, odiándose por ser tan tonta mientras limpiaba cuatro rayas de sangre de sus dos mejillas.

"No. No." era todo lo que podía susurrar mientras miraba en horror al lago de sangre y cadáveres. En el calabozo de niños y castigados guerreros. Y los niños la miraban con sus muertos ojos, sombras rodeando su pálida, desnuda carne mientras se movían como si no estuvieran muertos hacia ella, caminando sobre los cadáveres que habían consumido antes como bestias feroces.

El terror de ellos se fue de su mente, incluso mientras se acercaban, la oscuridad derritiéndose para revelar sus pequeños, hambrientos e hinchados cuerpos. Sólo vio el horror del calabozo. Porque era el calabozo de ÉL. ¿Y estos cuerpos? ¿Estos niños? Eran por él.

Y luego comenzó a gritar como una criatura demente, su voz alzándose a perforadores niveles, el tono horrible y satánico en su volumen. Gritó como ningún ser que hubieran conocido alguna vez había gritado, sus alaridos como esos de un animal siendo asesinado, sin entender por qué estaba siendo torturado, sólo registrando el dolor que era ser privado de la vida. Y sólo podía gritar y gritar mientras los niños se acercaban, sólo los niños hombres que habían sobrevivido los abortos después de nacer de sus madres.

Esto era todo. Lo que él había retenido de ella, incluso cuando le había mostrado sus recuerdos, dejado entrar en su mente. Este era quien era. Un monstruo. Un monstruo.

Dejó caer la antorcha en el sangriento lago, el líquido consumiéndola y la oscuridad cayendo a su alrededor, ocultando una vez más los muertos, comidos cuerpos que colgaban de las paredes, todavía encadenados a las máquinas de tortura. Sintió sangre gotear en su cabeza, alzando la vista y viendo, con el pequeño parpadeo de su vela, los muertos soldados colgando sobre ella, balanceándose por las cuerdas que sostenían sus gargantas, los pies distorsionados y comidos por los niños que roían a cualquier carne que pudieran alcanzar.

Alejó sus ojos de ellos, mirando mientras los niños muertos se acercaban más, tal vez a diez pies de distancia, carmesí empapándolos desde los pies hasta sus cuellos como si hubieran estado recostados en el lago, sólo con sus cabezas arriba. Entonces así es como no había visto al niño. Se habían escondido hasta sus cuellos en el alto líquido, arrastrándose a través de la turbia sangre, moviéndose a través de los rasgados pedazos de carne que flotaban en la superficie.

Gritó como si su voz sola los fuera a alejar, mirando mientras satánicas sonrisas estallaban en sus rostros de querubín. Sus ojos brillaban con hambre y locura, sus afilados, blancos dientes mostrándose debajo de sus labios manchados de sangre. Estaban sonriendo, todos ellos mientras se acercaban a ella, pequeñas caras gordas todas en una fila, mientras ella simplemente se arrodillaba en horror.

Una ráfaga de energía los envió al suelo, la sangre salpicando sobre su rostro mientras sus cuerpos golpeaban la superficie. Salpicó en sus ojos, cegándola hasta que todo lo que pudo ver fue un mundo bordó a su alrededor, negro en algunas partes donde las sombras eran más espesas.

Frotando sus ojos dolorosamente, pudo divisar la figura de Vegeta, haciendo volar a los pequeños monstruos sin preocupación hasta la muerte, sus rayos de energía estallando a través de sus desnudos pechos y salpicando sangre de sus espaldas. Observó como los jóvenes, frescos cuerpos flotaban en la parte superior de la piscina, sabiendo que incluso mientras sus hermanos fueron asesinados, cientos más de zombies tipo niños simplemente esperaban en silencio por el cálido festín, acechando en las sombras con paciencia.

De repente un estruendo estalló alrededor de ellos, el sonido de sangre y agua salpicando mientras pequeñas criaturas se movían por él. Mil gordas, grises ratas se arrojaron al cuerpo de un niño, sus ojos abriéndose por última vez mientras las miraba devorando su muerta carne. Él gritó y gritó, el sonido siendo consumido por el correteo y mascado de los hambrientos roedores.

"Bulma." Vegeta ordenó frenéticamente, llevando su mano hacia ella mientras el último niño visible era decapitado por su disparo, las ratas buceando por su cuerpo sin cabeza. "¡Salgamos de aquí ahora!"

Aturdida tomó su mano, sintiendo su cordura irse mientras él la llevaba a través de la oscuridad, sus dedos soltando la vera y dejándola caer en la sangre. La oscuridad los tragó, y sin embargo él conocía el camino, como esperaba. Sostuvo su mano fuertemente, casi aplastando su palma mientras se apresuraba a través del mundo negro azabache que los sostenía en la habitación, la figura de dos puertas dando sólo una pequeña cantidad de luz en la pared cercana.

Se precipitó a través de las puertas, tirando de ella y tirándola al suelo rápidamente. Cerró las puertas de un golpe, apoyándose contra una cansadamente y escuchando el arañazo de los dedos de los niños contra la madera del otro lado. Eso había estado cerca. Demasiado cerca.

Bajó la vista hacia ella, temblando con sollozos y terror, todo su cuerpo empapado de sangre, cuatro rayas de ella corriendo por ambas de sus mejillas e incluso tocando su labio inferior. Se había salpicado sobre su cabello blanco, morboso e inquietante. Quería acercarse a ella, confortarla, ponerla junto a él y susurrarle que estaba bien, que estaba tranquilo. Pero se quedó de pie, deteniendo su deseo de abrazar su tembloroso cuerpo. Había más en esto que miedo.

Si sólo hubiera podido detenerla de ver todo eso. De ver lo que él había creado, las monstruosidades que existían dentro de un mundo del que él la había protegido. Si sólo la debilidad no lo hubiera frenado de seguir siguiéndola, no lo había hecho fracasar en la persecución que la había llevado hasta aquí. Si sólo no hubiera besado a Akasha. Si solamente. Si solamente.

"Monstruo." La escuchó susurrar a través de su llanto que rompía su pequeño cuerpo. "Monstruo."

Un nudo se formó en su garganta y sintió su estómago ponerse más nervioso y con náuseas.

"Ángel." Dijo. "Sabes lo que soy."

Sintió más que ver su mirada deslizarse lentamente sobre él, la mirada tan poderosa que hizo a su piel temblar cuando la tocó.

"Eres un monstruo. Debería haberte matado cuando tuve la oportunidad."

Él tragó duro, apartando la mirada de ella, vergüenza y culpa frustrándolo.

"Actúas sorprendida Bulma." escupió en tono de reproche. "¡Actúas como si nunca supiste esto! ¡Una inocente espectadora! ¡Completamente ajea a todo!"

Se volteó a ella, odiándose, odiándola por hacerlo odiar tanto.

"¡Despierta Princesa!" Gritó, tan avergonzado incluso entonces. "¡Lo has sabido todo el tiempo! No soy esa perfecta débil versión que has creado en tu propia mente."

Se arrodilló, sacudiendo los hombros de ella bruscamente.

"¡Sabes lo que soy! ¡Sabes lo que soy!"

Se veía como si ella misma hubiera muerto, su piel la más pálida que hubiera visto jamás, todo su color completamente apagado. Incluso sus ojos parecían vidriosos por miedo y tristeza.

"¡Soy un asesino Bulma! ¡Un asesino! Nunca te mentí y lo sabes."

Su voz no era nada más que una brisa de sus labios, el más bajo de los susurros y fue obligado a acercarse a ella.

"Lo ocultaste de mí." Susurró, sus ojos apagados con odio. "Lo escondiste de mí."

Lentamente se arrastró para ponerse de pie, sus ojos nublados con lágrimas, el cuerpo empapado con sangre, y las rodillas débiles y pequeñas.

"Su sangre está en mis manos." Sollozó levemente, como si estuviera demasiado cansada y mareada para seguir llorando. Miró a sus manos como si no tuviera idea lo que eran, rojo manchando las grietas y hendiduras de su palma.

"¡Está en mis manos!" gritó, su rostro retorcido con increíble agonía.

"¡Bulma!" gritó él, agarrándola de los hombros para sostenerla firme, manteniéndola lejos mientras parecía estar al borde de la histeria.

"¡Está toda sobre mí! ¡Yo los maté!"

"¡Bulma!" gritó. "¡Tranquilízate! Tú... ¡tú no tienes nada que ver con esto!"

"¡¿NO?!" Gritó con locura, sus ojos llenos de frescas lágrimas. "¡Es MI sangre lo que te mantuvo vivo después de la guerra! Mi sangre lo que te dio sustento esas horas que pasaste al borde de la misma muerte. Mi sangre la que te dio fuerza para seguir viviendo y tomar la vida de soldados... ¡las vidas de niños!" Su voz se rompió en la última palabra y cubrió su rostro en sus ensangrentadas manos.

"Sus vidas están en mí." Susurró, mirando al suelo.

"No." dijo suavemente, acercándola a él. "No, no digas esas cosas. Tú eres... eres pura y santa y... todo lo bueno. Tú no tienes nada-"

"Y tú," escupió ella, alejándose de él violentamente. "¡no me toques! ¡Mugriento! ¡Hijo de perra! ¡Vil y traicionero como una serpiente! ¡Venenoso y mortal como una espina de Rosa de Sangre!"

Se alejó de él, su dedo señalándolo acusadoramente.

"¡Los mataste sin piedad! ¡NIÑOS!... ¡MALDITOS NIÑOS!" su tono estaba en un nivel peligroso, las criaturas viviendo dentro del calabozo agitándose ante el volumen.

"Dios huye de ti por una razón Vegeta." Susurró, su voz un áspero seseo. "Como lo haré yo."

Se volteó de repente y huyó por las escaleras, su velocidad digna de mención mientras él luchaba para mantener el ritmo. Subió, sumergiéndose en la oscuridad de la escalera en caracol y mirando su blanco cabello ondear como una flama en la oscuridad del pasillo. Se movía en un ritmo anormal, volando hacia arriba y alejándose de él rápidamente, haciéndolo ir más rápido de lo que debería haber ido.

"¡Bulma detente!" gritó, llegando a su brazo mientras ella se arrojaba por la puerta de la escalera. La luz picó a sus ojos y encontró a su mano sosteniendo nada más sino aire mientras se quedaba mirando el veneno en el marco de la puerta.

"No me dejes." Dijo en voz baja, su interior girando por la odiada declaración. "Puedo cambiar. Puedo cambiar, tú misma lo dijiste."

Sabía que estaba desesperado pero también sabía esto. Ella lo dejaría. Ella se iría al desierto y nunca volvería y prácticamente, no había nada que pudiera hacer para detenerla. Ella encontraría una manera o morir y ambos lo sabían.

"Esos niños no son por mí." Suplicó, señalando hacia abajo. "Y... y esos cuerpos... ¡maté a esos hombres antes de conocerte! ¡Créeme! Confía en mí. ¡HE CAMBIADO!"

Sus ojos cambiaron lentamente, las cejas aflojándose y leves brillos donde las lágrimas habían estado una vez. La esperanza parpadeó en su pecho y sintió su confianza remplazar la súplica que sus palabras habían hecho una vez.

"Tú me cambiaste Bulma. Tú. Soy un mejor hombre de lo que fui. Te prometo esto." Se acercó lo cerca suficiente para tocarla, aunque contuvo el impulso, en cambio bajó la vista a su cabello.

"No soy el mismo hombre que conociste ese día hace tanto tiempo. Soy más fuerte y seré aún más con el tiempo."

Una diminuta sonrisa tocó los labios de ella, aunque vacía de cualquier calidez o entendimiento que había esperado que estuviera allí.

"¿Has cambiado?" Dijo suavemente, acercándose un paso a él. Toda su conducta lo ponía nervioso y se encontró alejándose lentamente de ella.

"Eres un hombre diferente, ¿no?" dijo, cerca de sus labios, su calor corporal juntándose en un choque como si fuera uno solo.

"Entonces dime que me amas." Dijo, visiblemente empujando las lágrimas. "Dime que me amas y me quedaré."

El mundo se detuvo.

Fue como si el mundo del Paraíso y el Infierno dejaran de girar, el ciclo del Universo deteniéndose bruscamente e incluso el aire detuvo su constante agitación.

La miró. Ella lo miró fijamente.

Silencio.

"Dime que me amas." Rogó, al borde de perder el control una vez más. Dejó escapar un sollozo como si de frustración.

"¡CARAJO DIME QUE ME AMAS... Por favor!"

"¡NO ME PIDAS ESO!" Gritó él, sintiendo como si pronto lo perdería también. Su voz era trémula e insegura, sus manos frías y temblorosas.

"¡Si te preocuparas por mí en lo absoluto no me pedirías estas cosas! ¡SABES que no puedo sentir lo que sientes tú! ¡Dios no me dio el corazón que puede soportar esas emociones! ¡Bulma por favor! ¡NO me pidas que te mienta!"

Fue como si cada parte de ella que todavía funcionaba se hubiera rendido, sus ojos bajándose, su cabeza cayendo y cada expresión en su rostro volviéndose apagada y sin vida.

"No me detengas esta vez Vegeta." Dijo suavemente, alejándose de él.


Bueno, con suerte verán por qué ese fue uno de mis capítulos favoritos de escribir. ¡Gracias por los comentarios!

Amor Camaro