Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen...

Ángel Oscuro

(Dark Angel)

Un fic de Camaro

Traducción por Apolonia


Y así la batalla fue ganada, los vencedores mirándose en incredulidad uno al otro, todos los ojos pareciendo encontrar su lugar en Vegeta que permanecía brillando como una antorcha en el medio de la completa oscuridad, las nubes arriba girando de un lado a otro. Su concentración permanecía en Draco, su mano todavía empapada en la oscura sangre aunque a decir verdad, parecía ajeno a eso, mirando mientras la muerte superaba el hermoso rostro de su hermano, los negros ojos viendo nada en lo absoluto. Parecía por un momento que colapsaría sobre el cuerpo, sus brazos sacudiéndose como si estuviera débil y su pecho respirando en rápidos jadeos.

Pero en cambio se puso de pie, limpiando la sangre y sudor de su rostro, obligando a su mirada a alejarse de la fallecida criatura cerca de sus pies. Se inclinó solemnemente, arrancó el honor de la muerta garganta, cerrando sus ojos mientras ponía el artefacto alrededor de su cuello.

"Ganamos." Dijo en una voz baja, sus labios borgoña apenas moviéndose. "¿Pero cuál fue el costo de la victoria?"

En su mente vio a Gohan sonriendo una vez más, sus adentros sintiendo la enfermedad de la pérdida una vez más aunque se alejó de ella, en cambio mirando a Bulma quien, aunque débil y desordenada por la masiva pérdida de sangre, se movía hacia él, una brillante sonrisa con esperanza. En ella encontró la belleza vacía que había arrojado por venganza, en su sonrisa encontró su fuerza, en sus ojos se encontró a él mismo. Pero en ese día había encontrado algo que había perdido hace tanto tiempo y se había ido para siempre.

¿Entonces cuál fue el costo de la victoria? ¿Valió la pena el triunfo?

Radditz gimió miserablemente, Goku arrojando al gran Demonio sobre su hombro como a una bolsa de papas, la clásica sonrisa marcada en su rostro.

"Es hora que volvamos de nuevo al castillo muchachos." Dijo en una repugnante alegre manera, haciendo a la mirada de Vegeta dar un gesto de dolor aterrizada de alguna manera con odio sobre él. Y sin embargo los impíos ojos se aligeraron considerablemente mientras una pequeña sonrisa se formaba en los labios del Demonio, su rostro transformado mientras levantaba sus cejas.

"Está bien." Vegeta asintió. "Vuela con él con cuidado. Él..." El Demonio tragó, su concentración completamente en la masiva crin de cabello escondiendo el rostro del soldado. "Luchó bien hoy y yo... no sé que haría sin él."

Fue una declaración honesta, y Bulma le sonrió desde su posición junto al otro Ángel. Había habido un cambio en Vegeta, todo su comportamiento y actitud mutado en algo diferente. Algo más.

"Luchaste bien hoy." Goku sonrió, levantando su mano para agarrar el hombro del Demonio. Los azules ojos se encontraron con los suyos, tan extraños que parecían familiares. Pero el Ángel sólo pudo sonreír en respuesta, queriendo decir abiertamente que despreciaba a veces la sobrenatural belleza de Vegeta, era ahora en este estado, con el brillante cabello blanco y ojos turquesa con los que parecía más hermoso que nunca. Su piel estaba más pálida, más perfecta y suave, sus labios pareciendo incluso más oscuros que antes, el color de sangre seca. Con todo, se veía como un Dios, de pie en la forma de un poderoso hombre.

"No lo suficiente." Vegeta dijo con calma, intentando desesperadamente esconder la tristeza que rápidamente lo superó, drogando su sistema una vez más como una enfermedad reciclada. Pero su fuerza no fue lo suficiente incluso entonces, y su fachada se derritió mientras la mano del Ángel agarraba la parte de atrás de su cabeza, obligando al rostro de Vegeta en su cálida garganta en un fuerte abrazo. A pesar de su orgullo y arrogancia, el Rey Demonio se agarró firmemente a la espalda del Ángel, respirando un suspiro de completo dolor y una cantidad de alivio.

"Mantente fuerte Vegeta." El Ángel susurró a su oído, sosteniéndolo con fuerza mientras Bulma simplemente miraba. "Sé lo duro que es... Pero sobrevivirás. Sé que lo harás."

Se alejó levemente, moviendo su mano al lado del rostro de la oscura criatura, sintiendo la ardiente piel debajo de su palma, felicitándola en su suave superficie con su pulgar deslizándose sobre ella.

"Tu madre debe haber estado orgullosa hoy. Sabes eso, ¿no?"

Los labios de Vegeta se curvaron como si estuviera a punto de llorar, siendo aclarado mientras se detenía, incapaz de nada en lo absoluto.

"Eres el hombre más valiente que he conocido." Goku continuó, moviendo su pulgar a lo largo del suave plano de la mejilla del Demonio una y otra vez. "Nos salvaste a todos hoy. Bulma, Radditz, yo... al mundo entero."

Los hombros de Vegeta se desplomaron mientras sólo podía ver a la persona que no pudo salvar. Gohan.

"Más importante Vegeta." Goku continuó. "Más importante, te salvaste a ti. Todo ese odio... Todo eso..." Sacudió su cabeza, incapaz de formar las palabras correctas en su enorme alivio. "Todo el dolor que habías ocultado y... tratado tan duro de olvidar. Liberaste todo eso. Se ha... ido."

Perdiendo sus pensamientos completamente, Goku simplemente asintió tranquilizándolo, mirando a las azules orbes sin fondo.

"Te estaré esperando cuando llegues al castillo."

"Gracias Kakarotto." Vegeta susurró, sosteniendo su mano sobre su pecho como si para detener sus dolorosos latidos.

Goku lo miró directamente a los ojos, su rostro nunca más serio como estaba en ese momento. Rápidamente tomó el cuello de Vegeta, abrazándolo una vez más y besándolo tiernamente en la mejilla.

"Te quiero Vegeta." Dijo suavemente contra la húmeda piel.

Con eso el Ángel se volteó, apretando su agarre en su mareado hermano y elevándose en el aire con gracia. Vegeta miró intensamente mientras los dos se disparaban en dirección al oscuro castillo, pronto volviéndose nada más que un punto en las nubes que giraban.

"Lo sé." Vegeta respondió suavemente.

Tristemente se volteó hacia Bulma que se limitaba a observar en silencio, sus brazos envueltos alrededor de su cuerpo de manera protectora como si un frío estuviera persistiendo en el caliente aire. Con cada paso que tomaba, parecía que ella se achicaba más y más de él, temerosa de su nueva forma, de sus nuevas habilidades, de todo su nuevo ser. Pero mientras sus brazos la cautivaban, se derritió en su agarre, suspirando en alivio y el dolor que puede contenerse en un suspiro.

"Pensé que te perdería hoy." Dijo, luchando contra las lágrimas que odiosamente hacían su camino fuera de sus cuencas. Parpadeó para sacarlas, negándose incluso entonces el dulce confort que le darían. No las necesitaba para ser fuerte ahora... Tenía a Vegeta. Él era lo fuerte suficiente para los dos. Además... había llorado suficientes lágrimas para toda una vida.

"Lo hiciste." Dijo en voz baja, su abrazo frío y severo como si sólo estuviera obligando a sus brazos a permanecer envueltos alrededor de ella. Con eso se alejó, sus ojos puestos en una tarea que ni lo haría más fuerte, o lo rompería por completo.

Tenía que enterrar a Gohan.

El pálido pequeño rostro miraba fijamente al cielo, la muerte borrando el último rastro del previo parecido a humanidad que acunaba las facciones del niño. En cambio, toda vida había fallecido en él y quedaba un cuerpo, un cadáver, vacío de toda característica humana. Vegeta se arrodilló a su lado, viendo la carnosa piel hinchada, los ojos brillantes y sin mirar, los labios secos y separados en asombro como si el cuerpo mismo estuviera viendo todavía esas gloriosas nubes.

"¿No son hermosas?" escuchó la joven voz susurrar, la dulce, aniñada voz sólo contenida ahora en los hermosos confines de su memoria. La calidez inundó sus párpados u tuvo que luchar para curvar sus labios mientras formaban un sollozo, su pecho levantándose por el doloroso movimiento.

"No llores." Gohan dijo con voz ronca en su mente, la familiar voz haciéndolo más fuerte y más débil al mismo tiempo.

"No llores... papá."

Vegeta arrojó un disparo de energía al suelo, la fuerza golpeando la arena y el polvo que casi los cubrían a ambos mientras el Demonio levantaba el liviano cuerpo en sus brazos, acariciando en su memoria los pequeños pies, las pequeñas manos con hoyuelos. Recordar. Tenía que recordar. Cada diminuto detalle estudió, odiando la inerte, muerta sensación de la alguna vez vivaz criatura que ahora estaba vacía en sus brazos.

Poniendo al niño en el suelo, casi lo rompió por la mitad arrojar la arena y polvo sobre el cuerpo, los ojos nunca parpadeando mientras eran lentamente cubiertos.

'Parpadea.' Susurró en su mente mientras la vidriosa superficie era enterrada en la mugre. Quería llorarlo, gritarle, liberar este... este dolor sin ningún límite o final. Pero en cambio bajó su cabeza, su mentón tocando su pecho mientras susurraba sus últimas palabras, demasiado suaves, demasiado amables para que Bulma las escuchara.

"¿Cómo se supone que voy a seguir sin ti?" dijo, tomando un aliento mientras un sollozo casi escapaba. Inhaló en profundidad a través de su nariz, esperando morir en ese momento.

"¿Cómo voy a vivir esta vida sin ti Gohan?" Inclinó su cabeza hacia atrás, alzando la vista al triste cielo, cubriendo su boca con sus manos, exasperado. "Eras... todo bueno y..." tragó las lágrimas. "Todo puro y verdadero dentro de mí. Eras mi alma... ¿Cómo se supone que voy a continuar?"

"Vive." Escuchó una voz decir, mirando al casi cubierto rostro en el suelo. Su corazón se congeló dentro de él, su cuerpo sintiéndose a punto de romperse.

"Vive... por mí."

Y sintió la calidez de nuevo, la radiante luz dentro de Bulma, derritiendo la fealdad, ese punzante dolor, y abrazándolo fuertemente. En esa calidez encontró su fuerza, su cordura, su alma una vez más. Una esperanza y una promesa. Un nuevo comienzo y una vida llena con un amor que nunca había sabido que podía existir.

Cerrando sus ojos sonrió, dejando el calor arder a su alrededor, girando como nubes del Paraíso. Y dejó su mano cubrir al pequeño cuerpo completamente, la tierra y el suelo tragándose al cadáver hasta que sólo una masa de tierra movida permaneció como prueba.

Besando sus dedos, los puso en el suelo, dejando las pequeñas gotas de sangre caer de sus ojos sobre el destrozado suelo.

*"¿Es a tu hijo al que extrañas?"*

Sonriendo asintió, dejando la joven voz penetrar en su mente, sostenida por siempre dentro de su memoria, en un lugar más cercano a su corazón.

"Nunca te olvidaré." Susurró, agarrando su rodilla mientras se encaramaba para arrodillarse.

Girando con una sonrisa, alzó su brazo a Bulma que parecía rápidamente llenarlo, poniendo un profundo beso en sus labios y alistándose para el despegue. Aunque el mundo todavía parecía desigual y mareado, mucho se había aclarado mientras arrojaba sus brazos alrededor de su cuello, sabiendo que la batalla realmente había sido ganada como debía ser.

"¡Vegeta!" Vino un desgarrador jadeo, ambos pares de ojos aterrizando severamente sobre la arrugada Reina Demonio que yacía en ruinas sobre el suelo. La suave carne de su cuerpo se había arrugado, la presencia de la vida de Dracola en ella ausente, devolviéndole su cuerpo a la forma que era. Muerto.

Bulma jadeó en horror ante la escena, pequeñas escamas en el impresionante rostro de Akasha, cayendo y siendo azotadas por el viento, sus ojos hundidos y el cuerpo adelgazado hasta los huesos que estaban comenzando a perforar. Vegeta sólo contuvo su aliento, mirando mientras el hundido cuerpo todavía se retorcía con vida, los inquietantes ojos amplios y abiertos, la boca abierta como si intentando aspirar aire.

"No me dejes aquí." Akasha rogó, sus hombros intentando dejar el suelo aunque no tenía la fuerza para hacerlo. "No me dejes morir así."

Vegeta parecía inmutable, caminando hacia ella hasta que la arena de sus manchadas botas estaba soplando en su rostro, sus ojos descansando sobre ella sin piedad. Por un momento Bulma se preparó para cualquier cosa, el comportamiento de Vegeta peligroso e impredecible. Pero en cambio se arrodilló junto a su agonizante pasado, alejando una mecha de negro cabello.

"Y Dios sacó su ira contra Dracola una cuarta vez." Akasha dijo aturdida, mirando a Vegeta mientras un rayo golpeaba en la distancia, partes de luz y sombras de su rostro al mismo tiempo. Vegeta asintió tiernamente, sus cejas levantadas en compasión.

"Por última vez."

"Me hubiera quedado contigo, sabes." Dijo, su voz suave y joven incluso mientras su cuerpo lentamente se derretía. Suavemente levantó su mano al rostro de él, dejando a sus arrugados dedos rozar contra su brillante piel, recordando todo.

"Caí del Paraíso por un monstruo," rió. "Y caí enamorada de un hombre. Entonces al final Vegeta, ¿por quién caí verdaderamente?"

El Demonio no dijo nada en lo absoluto, su pecho sintiéndose pesado mientras la veía morir físicamente, cada segundo trayendo a esta criatura más y más cerca a la nada. Muerte. Ni siquiera podía deseársela. Había visto demasiado de ella hoy.

"Todos esos años que estuve en el suelo, sintiendo mi cuerpo lentamente sanar, no fue Dracola el que me sacó. Fuiste tú." Sonrió débilmente. "Fuiste tú Vegeta. Mi hijo, mi padre, mi amor. Con cada generación, cada reencarnación, sólo te amé más. Siempre más fuerte, siempre más inteligente, siempre más hermoso que antes, eras como una rara joya entre las rocas en el mundo, brillando como un tesoro en una cueva antes que ella te manchara, te arruinara." Sus ojos volaron con odio hacia la dirección de Bulma que simplemente miraba en respuesta, su renovada fuerza en carácter aparente en su postura.

"Éramos tan parecidos mi amor." Akasha continuó. "Sólo, morí por ti... hace mucho tiempo."

"¿Morir?" Vegeta inclinó su cabeza a un lado, sus cejas levantadas. "Akasha, tú nunca-"

"La guerra." Se ahogó, cerrando sus ojos ante una fresca ola de dolor. "El Armagedón, yo estuve al lado de Draco, nunca estando de acuerdo con su causa pero luchando con él, no obstante. Y luego," Tosió. "Y luego te vi mi amor. Mi salvador, mi precioso, luchando por todo lo que te preocupaba, todo lo que querías con cada latido de tu corazón. Y supe... supe que no podía dejarte perecer así. Y así te salvé, luchando con tus Demonios, luchando contra los vampiros, incluso esos que yo misma había creado, mostrándote cómo y sanando tus heridas hasta que casi eras fuerte como yo y Dracola."

Vegeta sólo pudo mirarla en sorpresa, finalmente dándose cuenta que esta agonizante criatura, este monstruo, asesina de su hijo no era la misma que había sido una vez, todo su mal un resultado de la demoníaca influencia de Dracola sobre su robado cuerpo.

"Y luego la guerra terminó, sólo tú y unos pocos otros quedaron mientras eras llevado al Paraíso y yo, yo fui dejada atrás para soñar contigo hasta el día que tu propia enferma curiosidad te guiaran a mi lado una vez más, recuerdos que ni siquiera Dios podían borrar plagando tu mente. Y allí..." Jadeó por aire. "allí nos encontró, Dracola, finalmente entendiendo lo que había sido tan obvio por tanto tiempo. Que te amaba... más que amar. Más de lo que cualquier palabra pudiera ser usada para explicar. Y lo enfureció, dándole suficiente poder para someterte, aplastarte, casi desgarrarte en pedazos en su ira. Pero la vida quedó y una vez más te curé, ocultando tu cuerpo en una cueva hasta el fatídico día que me encontrara una vez más, esta vez terminando mi vida al aplastar mi cráneo en el lado de la pared de la cueva."

Bulma cubrió su boca con sus dedos, sacudiendo su cabeza aturdida.

"En tu ira tuviste la fuerza para matarlo, robar su honor en el proceso y pisotear su malvada existencia en nuestro universo. Pero mientras su alma, su esencia dejaba el demolido cuerpo, vino al mío e incluso al tuyo, cautivándonos, controlándonos hasta este día. Soy libre Vegeta. Susurró. "Tan libre como puedo recordar serlo alguna vez."

Tragó duro, levantando su muñeca del suelo como si sola sostuviera el peso del mundo.

"Y ahora..." Hizo un gesto de dolor, sus finos, huesudos dedos trazando a lo largo del metal decorando su frente. "Ahora, tengo que liberarte."

Bulma sintió el grito erosionar antes que pudiera liberarse a sí mismo, demasiado débil, demasiado tarde. La daga fue arrancada de la corona de metal de Akasha, las delgadas placas que prodigaban su agrietada frente, embebida directamente en el pecho de Vegeta, profundo y penetrante como el tacto de un amante. Él vaciló hacia atrás, sólo para ser sostenido en un mareo por la otra mano de Akasha, agarrando su hombro y manteniéndolo firme en sus brazos.

"Te he amado por siglos Vegeta," El caído Demonio susurró en dolor. "Haz que sea como era destinado a ser. Muramos juntos."

Con el resto de su fuerza, todo lo que le quedaba, Akasha hundió sus blancos, huesudos dedos en el hombro de Vegeta, sosteniéndolo en un lugar mientras giraba el cuchillo, abriendo la herida alrededor de la hoja. Aunque sus ojos hablaban horrores de lo que sentía, ni un grito escapó mientras tragaba y se ahogaba en la sangre que brotaba en su boca, revolviéndose en su estómago y bombeando entre sus labios. Akasha sonrió, dejando su mano empapada de sangre suavizarse lejos de las arrugas de dolor en el rostro de Vegeta, marcando carmesíes líneas a lo largo de sus mejillas mientras cerraba sus propios ojos en la muerte.

Gritando de manera incoherente, Bulma cayó a su lado, su cuerpo sintiéndose tan frío como la muerte, sosteniéndolo mientas se hundía directamente al suelo, su pecho levantándose violentamente alrededor de la hoja que nunca sería quitada. Parecía estar sacudiendo su cabeza en incredulidad, aunque el shock era el único culpable de esta reacción, su piel temblando mientras se enfriaba gradualmente alrededor de su alma. Su cuerpo estaba muriendo rápidamente y sólo el perforado miembro parecía luchar contra el inevitable saludo del último aliento.

"Oh Dios... Oh dios..." Era todo lo que brotaba de sus labios mientras Bulma temblaba, sin saber qué hacer, dónde tocar, qué decir, qué sentir. Pánico ardió a su alrededor, manteniéndola en su lugar, haciéndola estúpida, y lenta, y todo a lo que se negaba a sucumbir. Lentamente, como si mil hormigas ascendieran sobre él, el cabello de Vegeta volvió a su estado natural, la negrura pululando sobre el inmaculado rubio, borrando el tinte parecido a Dios de su piel y su cabello.

Jadeó y balbuceó, quedando inmóvil en sus brazos mientras sus propias lágrimas abandonadas por Dios goteaban en su hermoso, pálido rostro. La debilidad lo abrazó fuertemente, la oscuridad entibiándolo, invitándolo.

Violentamente se arrancó el honor de su cuello, el dolor y la presión ni siquiera registrándose nunca en su mente mientras simplemente miraba al negro, brillante metal. La visión manchada de sangre mientras se hinchaba con la muerte, recordando el hermoso brillo del honor como se mostraba en el cuello de su padre. Como se mostraba sobre su garganta con tanto orgullo.

"¡Dale esto a él!" gritó dolorosamente, poniéndolo en la mano de Bulma, el caliente metal hundiéndose en su palma.

"No..." jadeó en horror, ahogándose en su pánico y confusión. "No, Dios Vegeta... no me pidas hacer esto."

"¡Carajo, dale esto a él!" Gritó, sangre goteando de su mentón. "¡Prométemelo!..." Ella sólo sacudió su cabeza, aterrorizada de él, aterrorizada de lo que dijo. Aterrorizada de su propia confusión.

"¡Maldita sea, prométemelo!" gritó, llorando las palabras mientras la sangre goteaba de su boca, sus ojos frenéticos. Las negras orbes le suplicaban, le rogaban mientras sólo sus dedos se movían por su propia cuenta, cerrándose alrededor del caliente metal que sacudía su inestable control.

"Oh Dios." lloró ella, jadeando por respirar, mirando al cielo mientras ya no podía mirarlo más. Ver sus ojos, su súplica, la sangre haciendo un charco a lo largo de su espalda y juntándose en su pecho. Era demasiado.

"¿A quién?"

"Lo sabrás." suspiró en alivio, como si cada pregunta en el universo hubieran sido respondidas en su acuerdo, dejando su cabeza descansar hacia atrás mientras la inconsciencia lo rodeaba.

"...Lo sabrás..." asintió para sí mismo, abriendo su boca y cerrándola mientras su rostro se arrugaba, lágrimas de sangre hundiéndose en sus ojos.

"Prométeme que no te detendrás, ¿está bien?" dijo temblando, abriendo sus ojos a través de la sangre, los labios trémulos mientras agarraba su pecho. El dolor era indecible mientras arrancaba su honor, su dignidad y su orgullo, finalmente permitiéndole, finalmente dándole la fuerza para llorar. "Que no te vas a rendir... Que..." se ahogó, la sangre juntada en su boca en un ataque de tos. "Que siempre serás fuerte."

"Vive Bulma." dijo en su viento, su cabeza descansando contra el suelo. "Prométeme que vivirás... por mí."

Ella asintió, llorando en su mano, absorta por el dolor que no podía dejarla. Sus lágrimas salpicadas en la palma de su mano mientras las limpiaba, queriendo por toda su vida gritar en terror. Sintió el dolor, verdadero dolor físico, su corazón desgarrando las vetas mientras cada hilo de su vida era lentamente arrancado, sabiendo que lo estaba perdiendo gradualmente. Perdiéndose mientras cada latido de su corazón aminoraba.

"Y que vivirás por él."

"Vegeta." dijo rudamente, sin reconocer su propia voz. "¿Quién?"

"A la misma persona que le vas a dar esto." Tocó el honor levemente sin mirarlo, mirando directamente al negro y rojo cielo.

"Y..." tragó sangre, mirando en sus ojos. "Y prométeme que lo amarás... muchísimo." Lloró, sus labios torcidos en angustia mientras lloraba.

"Prométeme que... que lo amarás lo suficiente por nosotros dos, ¿está bien?" lloró, perdiendo fuerza mientras se tranquilizaba. La muerte cerrándose en él rápido y su corazón latiendo dolorosamente alrededor de la hoja, dándole menos y menos tiempo con cada tembloroso movimiento que hacía.

"Ámalo Bulma..." Susurró lentamente, mirando en sus ojos. "Ámalo... por mí."

"Vegeta." gritó mientras sus ojos comenzaban a apagarse, su cabeza girando a un lado. Quería golpearlo, golpear su pecho, gritar en frustración y liberar el dolor que la sostenía tan fuertemente como era y del que nunca hubiera escapado.

"Es extraño..." susurró en un sueño, la pérdida de sangre acompañándolo. Matándolo. "Nunca me di cuenta cuan hermosa eras."

Bulma arrancó su cabello en furia, sacudiendo su cabeza mientras lo agarraba del cuello, levantándolo para mirar en su rostro empapado de lágrimas.

"¡No!" lloró, su odio tan fuerte como su amor por él. "¡No me digas tus despedidas!" Luchó para no golpearlo, su frustración cegándola con dolor.

"¡NUNCA carajo digas adiós!"

Todo pensamiento y todo sentido se perdió mientras enterraba su rostro en su cuello, llorando incontrolablemente mientras él simplemente miraba al cielo, las nubes aclarándose. Su dolor fue liberado en sus lágrimas mientras las lloraba todas, su corazón latiendo dolorosamente en su pecho.

Más tiempo. Por favor. Sólo un poco más de tiempo.

Calidez brilló en el rostro de Vegeta, una calmada calidez como si Dios mismo hubiera levantado su mentón y estuviera mirando al caído Demonio que era su hijo tanto como cualquier Ángel. Abriendo sus ojos débilmente, era como si el rojo lentamente estuviera siendo borrado del cielo que giraba, las oscuras nubes abriéndose. Ahogando un sollozo, Vegeta parpadeó sus lágrimas de roja sangre, un brillo de luz azul centelleando desde el Paraíso, brillando directamente hacia él, envolviéndolos. Y en un segundo, en ese momento, la calidez llegó a su corazón.

Todo se volvió claro como la luz que se filtraba en sus ojos, inundando su cuerpo y su alma. Era el último regalo de Dios a su amado, oscuro hijo. La criatura que Dios creó y era tan preciosa en Sus ojos como el primer día que Vegeta había respirado el aroma de su madre. En ese segundo, el Paraíso se abrió en toda su gloriosa luz, envuelto en suaves, rechonchas nubes.

"Sé ahora de lo que... de lo que Gohan estaba hablando." Vegeta susurró, el viento alejando sus palabras mientras real, verdadera luz llenaba sus ojos y la realización del amor de Dios caía sobre él. "Nunca he visto nada tan hermos... en toda mi vida."

Obligando a su desgarrada muñeca contra sus pálidos labios, Bulma le gritó con odio.

"¡Bebe!" ordenó, casi empujando la sangre que esperaba la vida en su boca. "¡Bebe y vive bastardo!"

Pero el Demonio sólo rió, vagos ojos descansando sobre las nubes, haciéndola dar cuenta de su evidente locura pos su último esfuerzo.

"Apenas tienes para mantenerte tú." Suspiró. "Déjalo amor. No servirá de nada."

Las lágrimas de Bulma se deslizaron por sus mejillas mientras lo miraba. Podía ver en sus ojos que su corazón se estaba rompiendo, justo allí y entonces.

"Nunca llegué a mostrarte el Paraíso." Dijo ella, las palabras apenas dejando sus labios antes que se rompiera de nuevo.

"¿Quieres decir que esto no es el Paraíso?" Sonrió, no mirando al cielo, sino a ella. Y fue entonces que ella se dio cuenta, sabía con toda su alma que cada día... Cada día cuando él miraba en sus ojos, veía el Paraíso. Ese Paraíso no era un lugar... sino un sentimiento dentro. Y que toda la esperanza, toda la fe y todo el amor que nunca había querido para su vida había sido encontrado dentro de los momentos que había mirado a sus ojos. Vegeta había encontrado el Paraíso. Y ella lo estaba abrazando.

"Por favor, no." gritó, sus cejas juntándose en ira. "No... No me digas que vas a estar conmigo... no." Sacudió su cabeza ferozmente, llorando las palabras que odiaba tanto.

"No me digas adiós... que me extrañarás... ¡que nunca me olvidarás!" Gritó al cielo, arrojando sus puños en la tierra en furia. Hundiendo sus nudillos en la arena. "¡No me digas cuan estúpida soy por amarte! ¡Por amarte tan malditamente tanto!"

Un desgarrador sollozo escapó de ella, y gritó una sola vez, su áspero grito haciendo eco en las distantes montañas.

"No me digas que podrías haberme amado Vegeta. No... no..." No podía terminar, su voz nada más que un áspero aliento mientras cerraba sus ojos, dejando más lágrimas caer, sus labios torcidos en un sollozo.

"Estúpido Ángel..." susurró él, sus ojos mirándola por última vez antes de mirar a la nada mientras se apagaban. Una pequeña, distante sonrisa tocó sus labios, su cabeza cayendo a un lado inerte mientras moría.

"Sabes que siempre te he

...amado."

Una lágrima de cristal cayó de su ojo, una sola, una pequeña. Su primera y última verdadera lágrima, disolviéndose como una gota de agua por su mejilla, diluyéndose con su claridad, sin machas, sin maldad. Bella. Brillaba en la luz del Paraíso, resplandeciente mientras se deslizaba por el plano de su sien, goteando sobre la arena en la que había muerto.

Y junto con esa lágrima cayó una joya, liberada de sus inertes dedos sobre el suelo debajo, un collar engarzado, un cristal tratado con amor, creado con amor, y dado sólo con eso. Brillando mientras su alma la dejaba, yendo a un lugar donde el amor de un padre que nunca había conocido lo abrazaba y lo sostenía como su hijo que lo esperaba. Gohan.

Se acostó junto a él, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello y llorando hasta la última de sus lágrimas secas sobre su garganta, su carne enfriándose con el tiempo mientras simplemente yacía allí, diciéndole a su cuerpo cuanto lo amaba. Susurrando palabras que nunca había dicho. Recordándole la primera vez que se habían besado, abrazándose tan fuerte el uno al otro en la oscuridad de un pasillo después de su travesura nocturna. Rogándole que viviera sólo un día más. Que la amara como lo había hecho en esos momentos cuando se encontraron una vez más, mientras el Demonio había entregado sus lágrimas a un Ángel, arrodillándose en la arena del desierto y enterrando su rostro en su estómago, rogándole que lo liberara de una atadura que nunca podría negar verdaderamente. Amarla de nuevo como lo había hecho cuando se volvieron uno por primera vez.

Amor.

¿Qué es el amor?

Nunca verdaderamente se puede conocer el amor. No se lo puede capturar. Pero se lo puede sentir. Un gran hombre una vez dijo, que la cosa más grande en el mundo era amar, y ser amado en respuesta. Yo no estoy de acuerdo. El mayor sacrificio, la mayor creación es amar. Sólo amar. Dar tu alma a ese amor sin importar las consecuencias o las repercusiones.

Amar... para siempre.

No podía recordar dejar su lado, o si Goku había vuelto y había llevado su inconsciente cuerpo lejos de él, enterrando al gran Rey Demonio al lado de su hijo, su precioso Gohan. Lo que importaba, lo que realmente importaba, fue que ella nunca lo había dejado. No realmente.

Porque en su corazón era donde él estaba. Donde siempre lo mantendría. A su lado, abrazándolo fuertemente y susurrando palabras de ese amor mientras la abrazaba tan fuertemente, ambos mirando al cielo azul arriba.

Su alma lo mantenía por siempre, su corazón recordando el día que el mayor hombre que hubiera conocido alguna vez, la más hermosa criatura en la existencia, se sacrificó por un amor que siempre había negado. Por ella. Por su hijo. Por un futuro que no vería nunca.

Ya no más un despiadado Demonio... Sólo un Ángel Oscuro.


Su corazón en su garganta. Su respiración entrecortada en rápidos jadeos.

La nueva Reina miraba a su alrededor, sus ojos buscando las hordas de alas blancas, manchadas, teñidas y hastiadas por el infinito negro que se encontraba directamente en el centro. La Luz chocaba con la Oscuridad por tercera vez, las dos razas juntándose a lo largo del borde, en los negros bosques. Tan lejos como sus ojos contemplaban estaba la oscuridad en la distancia, cada Demonio en el conocido Infierno presente, agraciando la tierra como interminables sombras. Y a su derecha estaba su propia clase, como un cegador, creciente grupo de nubes, alas batiendo el aire y arrojando el ya tumultuoso viento.

Y en sus brazos, envuelto muy fuerte, sostenido contra su corazón, descansaba la curiosa promesa de ojos azules y cabello lavanda. El amor de su vida. Una vida de respirar un Tratado, el mayor sueño de la madre de Bulma.

Mechas de terciopelo del brillante cabello lila acariciaban a lo largo de la frente del bebé, sobresalientes de su cremosa piel bronceada, perfecta y suave como la de su padre. Amplios, oscuros azules ojos estudiaban a todos los presentes que parecían obsesionados con mirar a su futuro gobernante, una pequeña gota aferrándose a su adorable regordete mentón.

Los pies de Bulma descansaron firmes sobre la roca debajo de sus pies mientras se levantaba con orgullo ante los innumerables seres que la miraban y la promesa que se aferraba con necesidad a su pecho, diminutos, gordos dedos agarrándose al brillante cristal que colgaba alrededor de su pecho, un recuerdo de un amor sacrificado por el futuro que estaba de pie alrededor de ellos.

Y aunque sus dedos temblaban por su creciente nerviosismo, encontró la fuerza para sonreír, mirando a la epítome de lo que le importaba ahora. Su hijo. Su esperanza. Su futuro. Y un sueño hecho realidad.

Un gran sonido se escuchó mientras todos los seres a su alrededor, así de luz o de oscuridad, se arrodillaban, inclinándose a la primera criatura de ambas clases. Poniendo sus manos sobre sus corazones, los Ángeles y Demonios miraban en esperanza, en sorpresa, en promesa de un futuro que era sostenido en estas pequeñas manos de este ser. Un futuro de paz, y de aceptación, de aprender y de amar lo que nunca había sido aceptado entre los dos.

Bulma le sonrió a Trunks, rozando su pulgar debajo de su ojo, sintiendo el corazón que hacía tanto tiempo había pensado roto, latir ferozmente... sólo por él.

De repente el viento azotó fuertemente alrededor de ellos, tiritando de frío como si fueran apenas dos fuertes brazos, abrazándolos fuertemente. Y mientras cerraba sus ojos, una lágrima escapó de sus pestañas, cayendo lentamente por su mejilla siendo besada por el viento y la fría, invisible presencia que la sostenía fuertemente. Sintió al viento abrazarla, y curiosamente cepillar a lo largo de las sedosas mechas del cabello de su hijo.

"Lirto a muy tarte mi faulto embracio agape." Susurró el viento.


Y así termina mi épica historia de un amor prohibido y negado. ¿Me odiarán por eso? ¿Me amarán por eso? ¿Tuve éxito en cambiar su percepción de nuestro mundo, aunque sea sólo un poquito? ¿Me recordarán?

Tantas preguntas. Y sin embargo me encuentro escuchando la rara tormenta afuera en las Vegas, preguntándome si alguno de ellos son importantes a largo plazo. Pienso que comencé a preocuparme demasiado por lo que la gente piensa y de alguna manera me perdí en las opiniones. Y ahora me doy cuenta que sólo una verdad importa al final. Que de alguna manera... una joven niña de 16 años con un sueño y una idea comenzó a escribir una historia... y una fuerte mujer de 18 años la terminó.

Creo en lo que dije sobre el amor. No es si se devuelve lo que importa. Sólo si se da. Con un corazón libre, una mente libre... Y con puras intenciones. Sólo una persona fuerte amar. Creo eso. E incluso una persona más fuerte puede dejarlo ir.

Tanto de mí quiere nunca liberar este capítulo. Pasé un duro momento escribiéndolo. No porque no sabía el contenido, o lo que sucedería, o el resultado. Todavía lo estoy. Pero tenía miedo de dejarlo ir. Es como una parte de mí que se ha ido ahora. Agonizante. Una importante parte que estoy reluctante a dejar ir. ¿Mi niñez? ¿Mi inocencia si alguna vez hubo alguna cosa así en mí? O tal vez... Tal vez estoy triste de ver un sueño llegar a ser verdaderamente terminado.

Nunca creí que los sueños se volvieran realidad. Demonios, tal vez todavía no lo hago en su mayor parte. ¿Pero Ángel Oscuro? ¿Ustedes? ¿Yo?... en una manera, todos nuestros sueños se vuelven realidad. Somos hoy. Seremos siempre.

Y así esta mujer da una reverencia, agradeciéndoles por leer una larga historia desde las más profundas regiones de su corazón. Sabiendo que mientras se despide de este capítulo de su vida, sólo comienza uno nuevo. Una nueva aventura.

¡Así que cuidado las Vegas! ¡Cuidado mundo! ¿Y Anne Rice? ¡Mejor cuida tu espalda! ¡Nunca sabrás cuando estoy viniendo!

*Suspiro* ¿No odiamos todos los finales tristes?... ¿Qué es eso? Una pequeña atrevida, ¿no? ¡Tengan un poco de fe gente! ¡hahahaha!

Por qué, quien quiera que lo dijo... ¿no había Esferas del Dragón en el Infierno?

¿El final?

Los amo siempre,

Camaro