Capítulo 1

Mi nombre es Ann Dragendreperen, y esta… es mi historia.

Nací hace doce años, en un pequeño pueblo del norte de Europa, me crie pasando frío y disfrutando de unas puestas de sol impresionantes. En mi tierra, las leyendas de dragones siempre han sido una pieza central de nuestra cultura, como un eje en torno al que gira nuestro carácter y nuestra historia. La mayoría de la gente piensa hoy en día que no son reales, o que confundimos lagartos con murciélagos grandes… pero yo sé que eran reales. Tan reales como tú o como yo.

Lo sé porque soy un chamán. Soy la primera en mi familia y nunca les he contado mi secreto, pero a estas alturas, no creo que nada los sorprendiese. Me consideran una loca de remate, de esas excéntricas que hablan con duendes y toman té con las hadas. Qué culpa tengo yo si los duendes me roban los calcetines y las hadas son tan amables? Algo tenía que hacer así que me informé y conocí a gente que estaba muy puesta en el tema.

El primero fue Kai, un chico mucho mayor que yo al que le divertía ver lo desesperada que estaba porque alguien me entendiera. O al menos no me mirara como a una loca. Me enseñó que los espíritus y los chamanes son capaces de muchas cosas juntos, gobiernan sociedades, curan enfermos y todo eso que hacían los gurús de antes. La verdad, no me gusta pensar que me he equivocado de época, pero si hubiera nacido unos siglos atrás, sería la persona más importante de mi tribu… y no la rara de la clase.

En fin, los años pasan y poco a poco me doy cuenta de que no estaré plana para siempre y que las burlas dejan de tener sentido cuando empiezas a valorarte por tu propio valor y no por el valor que otros te puedan dar. Kai me habló de la lucha de chamanes, un torneo en el que el ganador se convierte en el rey de los chamanes! Imaginaos! Podría hacer todo lo que siempre he querido! Y les callaría la boca a los idiotas de mi clase…! Me contó que para participar, hace falta un espíritu acompañante, así que me puse manos a la obra en la caza y captura de espíritu.

La idea de colgar carteles por todo el pueblo de 'se busca, espíritu acompañante, fuerte, y con asuntos pendientes' no me resultó más que cómica y la desestimé en cuanto mis padres me dejaron claro que nadie iba a entenderlo. Ellos los primeros.

Cada tarde salía a dar un paseo por las islas. Aquí en Noruega, tenemos islotes gigantes llenos de árboles gigantes y paisajes que quitan el aliento. Los bosques que rodean mi hogar son tan impresionantes como los acantilados, los riscos y los fuertes vientos. A mi madre le daba un pitango cada vez que llegaba tarde…! No encontré nada en meses! Y eso que iba hablando en voz alta, avisando de mi pura y noble condición de chamán…! Quizás por eso me gané el apodo de dragendreperen, significa cazadora de dragones. Desde que empezaron a llamarme así, me sentí tan auténtica como la vida misma.

A los cuatro meses, cuando ya había decidido que participaría en el Shaman Fight sí o sí, lo encontré. Al principio fue duro de seguir, entre que es un espíritu y que es un dragón, me costó la vida entablar contacto con el ente! Pero al final encontré su punto débil y conseguí que me aceptara como amiga. Cuando Kai vio que mi espíritu acompañante era un dragón, no dejó de reír en media hora, siempre tan exagerado…! Me contó que para entrar al torneo había que viajar hasta Japón, donde se llevan a cabo las eliminatorias. No sabía nada más así que decidí buscar un compañero de intercambio para tener coartada. Fue duro esquivar a todos los pervertidos, pero al final encontré a un chico llamado Manta, que vivía en Tokio y me hice su amiga. Al principio me sentí mal por usarlo como un medio para lograr mi objetivo, pero cuando nos hicimos amigos vi que no estaba mal, porque no era mentira que me caía bien.

Total, que en menos de un año tenía espíritu acompañante, y estaba en Japón, lista para unas eliminatorias en un torneo fantasma! Todo me resultaba tan emocionante que disfruté cada segundo… hasta que conocimos a Yoh Asakura y a su prometida, Anna… ella hizo que mi idealismo y mi fe en mi misma se quebrantara muchas veces, pero nunca me rendí, tenía a Yoh y a Manta para reírme y pasar buenos ratos mientras entrenábamos.