Al morir el alba
Historias dentro de la Historia
Angie Velarde / Angie Jb
2010, editado 2015
PARTE 2
"ME DUELE MÁS IMAGINAR, QUE TÚ TE VAS Y DEJÁRAS,
DETRÁS DE TI, TU AUSENCIA EN MIS BRAZOS…
ME DUELE TANTO SOSPECHAR, QUE NI TU SOMBRA VOLVERÁ,
PARA CUIDAR MI ALMA EN PEDAZOS" 1
Albert despertó en un grito sofocado empapado de sudor, su corazón palpitando angustiado y su boca seca de espanto. Sentado en la oscuridad tardó unos segundos en comprender que se trataba de una espantosa pesadilla, tan tremendamente vívida que aún no podía controlar el temblor en sus manos…
El despertador empezó a repicar. Eran las 6:00 de la mañana en punto. Echó su cabello hacia atrás con una mano… ¡qué perversa y mezquina pesadilla!... todo había sido tan crudo que incluso sentía el sabor de la sangre de Candy en sus labios. Inhaló profundamente y luego exhaló poco a poco. No era un niño para huir a la cama de sus padres buscando refugio de los fantasmas nocturnos y de sus desvaríos. Unos golpes insistentes en la puerta lo volvieron a la realidad…
- ¿Te volviste loco por fin? – preguntó Archie abriendo la puerta, un tanto preocupado.
- ¿Cómo?… ¿Cómo dices? – contestó Albert intrigado por la pregunta de Archie.
- Escuché un grito Albert… ¿te encuentras bien?
- Si… Si Archie, creo que si… en un momento estoy contigo…
No muy convencido Archie se retiró. Albert se sentó en la orilla de la cama. Sus pies agradecieron el suave contacto de la alfombra mullida. El sol empezaba a asomarse y las sombras tornasoles aparecieron en su dormitorio. Era un día precioso y ninguna estúpida pesadilla le impediría disfrutarlo al máximo. Se incorporó y se dirigió a tomar una ducha para despejar su cabeza y eliminar esas imágenes de su mente.
Justo al cerrar la puerta del baño tras de sí, un ruiseñor se posó en el alfeizar de la ventana acicalando sus plumas con calma antes de emprender el vuelo en total silencio, al calor de los primeros rayos del sol.
Aún era temprano y podía gozar de un desayuno sin presiones. Un poco más tranquilo y de mejor humor, descendió las escaleras con pasos vigorosos hasta llegar al umbral del comedor de la casa, en dónde ya lo esperaba George señalando su reloj en un gesto cariñoso de censura.
- Vamos William, el tiempo vuela y un caballero respetable no llegaría tarde a su propia boda…
Albert permaneció parado frente a él en silencio, con expresión incrédula. ¿Sería esto lo que llamaban ahora un "deja vu"? Un estremecimiento recorrió su cuerpo y sintió frío. Su mirada denotaba una profunda confusión, más claramente, preocupación.
- ¿Te sucede algo…? – la voz de George se tornó seria
- No… no sé…, deben ser los nervios,… creo que finalmente debo aceptarlo…
- ¡Esto si que es nuevo!... Tranquilo ¿Qué puede pasar precisamente el día de tu boda?
- ¿Qué puede pasar…? Si George… es ridículo… ¡tienes razón! – Albert sonrió tratando de minimizar la ansiedad que no se cedía. En un tono que intentó ser más jovial preguntó - ¿Cuál es el menú para el día de hoy? ¡Tengo bastante apetito!
- Señor Andrew, tenemos para empezar una de las especialidades del chef, los riquísimos querelles de pescado blanco, jugo de toronja o ciruela a elegir, además de las natillas de zarzamora y…
Albert se había puesto de pie de repente, provocando que la silla en la que estaba sentado callera hacia atrás y golpeara sordamente el suelo. Su rostro mostraba miedo y su mano empezó a temblar… un momento después, cerró con fuerza el puño y luego añadió rápidamente.
- Gracias Kate, todo se escucha realmente delicioso, pero tendrá que esperar… debo revisar un asunto urgente con George… ya.
Sin hacer ningún comentario adicional, George se puso en pie inmediatamente, siguiendo a Albert al despacho. Archie atónito, no atinaba a decir nada. Una vez dentro del despacho George cerró la puerta, esperando con cierta impaciencia la explicación de Albert a su extraño comportamiento en el comedor.
- No creo que haya una manera más simple de hablarte de esto George, así que iré al punto…
Albert parado frente a George, subió sus manos a la cintura y después de mirar sus pies con atención, dirigió su mirada por fin a George.
- Tuve una pesadilla, ¡una necia pesadilla que me está persiguiendo desde que desperté!... No son las mismas palabras, pero es la misma intención, la misma sensación… Archie, tú, ¡inclusive Kate con el menú! todo tan terriblemente parecido a lo que soñé… y en mi sueño, Candy es asesinada por Neil Legan con un arma de fuego frente al altar…
Albert dijo esto último con un temblor visible en su mandíbula y una turbación terrible en su mirada azul. George lo conocía de sobra y sin menospreciar la preocupación del joven, dijo con seriedad:
- Sugiero que tomemos medidas inmediatas…
- ¡Gracias George!...- contestó Albert aliviado. En el fondo temía que lo tachara de lunático - Justamente… debes apostar hombres de seguridad de toda tu confianza para que se mezclen entre los invitados, poniendo suma atención en Neil…
- Mejor aún, sugiero que interceptemos discretamente a Neil antes de llegar a la ceremonia,…
- Si, eso también. Has todo lo que consideres necesario… ¡me importa un rábano si es con decoro o a patadas!... ¡tenemos que reducir esta pesadilla a una locura momentánea producto de mis nervios!
- Tranquilízate William. Nada ocurrirá. Te lo puedo asegurar.
- Eso espero George,… Necesito hablar con alguien más ahora…
- Me retiro entonces.
Inmediatamente después Albert se dirigió al ala oeste de la mansión donde se habían trasladado Candy y la tía abuela desde el anuncio de su compromiso. En una hora habría demasiada gente para poder hablar con soltura del asunto, ya que Annie y Paty habían planeado terminar de arreglarse y vestirse en la mansión para ayudar a la novia con su ajuar. Albert caminaba con rapidez. Tenía que hablar con la tía Elroy. A Candy no podía decirle nada en absoluto, ¡ni pensarlo! Con uno de los dos novios torturándose era más que suficiente. Esperaba no toparse con la chica, cuando de pronto le cerró el paso la tía Elroy llamándole la atención
- ¡William!, ¿se puede saber qué haces aquí ahora?... apenas tienes tiempo para prepararte…
Albert tomó del antebrazo a la tía abuela y poniendo su índice sobre los labios, consiguió que guardara silencio. Luego la atrajo hacia la propia habitación de la señora y cerró la puerta.
- William ¿qué clase de broma es esta? – protestó la tía Elroy en voz baja
- Tía, escúcheme. Tengo razones para creer que puede ocurrir hoy un atentado contra la vida de Candy. No hay pruebas contundentes, pero no puedo explicarle más por ahora…
- ¡¿QUÉ?!... ¡¿De dónde sacas semejante barbaridad muchacho?!... ¡Estás trastornado!... – la tía Elroy elevó la voz con indignación, pero Albert volvió a insistirle con señas que bajara la voz. La mujer cuchicheó con angustia – ¡Espero que tengas una explicación convincente para todo esto William!
- No la tengo tía,…
- ¿No la tienes?... ¡Y te das el lujo de deambular por la mansión asustando ancianas!... ¡Hijo por favor!...
- Debe confiar en mí tía…
Elroy miró a su sobrino sin respirar por un instante. No era broma, no lo era… Pero…
- …¡Es que la mera idea es simplemente terrible! ¿qué vamos a hacer?
- Por el momento George me está apoyando con personal extra de seguridad. Candy no debe enterarse de nada, ¿estamos claros tía?, pero yo no puedo estar con ella hasta el momento de la ceremonia, así que usted se convertirá en mis ojos, en mi vigilante...
- Pero hijo ¿cómo la debo vigilar?..., ¿de quién la debo proteger?... ¡esto es una locura!
- De Neil Leegan tía…
La tía Elroy sostuvo su mirada frenética frente a Albert y luego soltó una risa nerviosa…
- Esa paranoia contra los Leegan otra vez... ¡Por favor William! Ni siquiera estoy segura de que asistan a la boda… y si asistieran no se atreverían a hacer algo como… ¡cómo eso!... no son malandrines… debes tratarlos con propiedad, ¡son de la familia aunque no te guste!...
- Tía, ser de la familia no les ha impedido en el pasado levantar calumnias e improperios contra Candy y contra mi mismo, por no decir algo más... Se lo suplico, no menosprecie mis palabras. Espero que después de todo, esto sea solamente una pésima anécdota que podamos olvidar…
- Sigo pensando que estás perdiendo la cabeza... pero no me lo tienes que pedir nuevamente… sabes que yo la cuidaré…
- ¡Gracias Tía!
Albert abrazó a su tía con fuerza y luego se dirigió en silencio hacia las escaleras, para huir a toda prisa hacia su propia habitación. La anciana se quedó mirando al joven hasta que éste se perdió en el pasillo y el sonido de sus pisadas se amortiguó a lo lejos… esperaba con fe que por primera vez, sus corazonadas estuvieran equivocadas.
La tía Elroy se las ingenió para permanecer junto a Candy a partir de entonces, tal como si fuera su sombra…, y todo iba a pedir de boca, hasta que Annie y Paty llegaron y empezaron a parlotear con Candy acerca del vestido, del ajuar, del viaje, de la fiesta, de los ojos de Albert, del colegio, de caballos y ¡hasta del clima!… tal algarabía terminó por marear a Elroy, ¿Cómo podían hablar las tres alocadas chicas sin descanso y al mismo tiempo? ¡Cómo podían entenderse!... Estaba segura que ninguna ponía atención a la plática de las otras dos. Seguramente ya estaban tan acostumbradas que ni siquiera lo habían notado. Pese a todo, la tía permaneció cercana a Candy haciendo gala de una paciencia que incluso ella no se conocía,… y que no subsistió más de veinte eternos minutos.
Las chicas no se dieron cuenta cuando la tía se disculpó y se retiró unos instantes para ir a descansar a su habitación… al cerrar la puerta y ver el pasillo solo y tranquilo, la señora se calmó inmediatamente y agitó su mano en el aire, como si pudiera espantar los fantasmas y la preocupación constante que sembró Albert en su mente, tan solo momentos antes… Después de todo, las chicas acompañaban a Candy ¿qué podría pasar?...
Media hora después, la novia estaba lista. Annie y Paty partieron entre risas, dejándola en su habitación. Candy les había pedido un momento a solas para serenarse un poco. La joven se acercó al balcón de su habitación minutos después, mirando todo tras las cortinas traslúcidas. Contempló el jardín de la residencia. Aunque no lo veía desde su recámara, podía cerrar los ojos ver claramente y hasta tocar el portal de las rosas que lucía espléndido, y era el marco ideal para su boda con Albert.
En los días anteriores, el bullicioso trajín de la servidumbre ordenando los jardines, la larga calzada de entrada y cada salón de la mansión en Lakewood habría vuelto loco a cualquiera. Sin embargo, Candy no se había sentido nerviosa sino al contrario. Inclusive había supervisado con toda apacibilidad los detalles más importantes de la fiesta y la ceremonia. Durante días y días pudo permanecer fresca y jovial, sorprendiendo a todos con su serenidad.
Pero al amanecer de ese día tan esperado, las piernas le temblaban tanto que con dificultad pudo dar los primeros pasos al saltar de la cama. No había salido de su habitación desde entonces. Uno tras otro se sucedieron rápidamente el desayuno, su baño, el maquillaje, el peinado y las atenciones de Dorothy que la había asistido antes del arribo de Annie y Paty, quienes finalmente la ayudaron a vestirse. No había parado de hablar un solo momento en todo el día con cualquiera que pudiera escucharla.
Ahora, necesitaba estar a solas y tranquilizarse, si no era capaz de desmayarse en cuanto viera a Albert… Ahora, en silencio esperaba volver a encontrar el sosiego del que había gozado en días pasados. O por lo menos algo cercano.
La chica parecía un ángel… su cabello libre, lozano y abundante rozaba su media espalda en ondas suaves. Minúsculas flores de azar formaban una diadema enmarcando su rostro. El velo ligerísimo y delicado formaba una insignificante barrera rasa que no conseguía ocultar su ansiedad… el anhelo que reflejaba también la mirada de él.
Con calma se paseó frente al espejo de cuerpo completo al centro de su habitación. El vestido blanco strapless se ceñía a ella perfectamente, y la caída de la falda, dibujaba sus caderas, su vientre y su derriere de forma armoniosa hasta terminar en una pequeña cola que arrastraba apenas. Una cadena sencilla y exquisita de bordados en el ruedo de su amplia falda de seda completaba el cuadro sin ningún otro adorno, además del collar doble de perlas cultivadas y los pequeños pendientes del juego, que le había regalado Albert en la fiesta de compromiso. Los guantes blancos eran suaves y delicados, y el ramo enorme de rosas de tonos tenues en rosa, blanco y marfil descansaba sobre una pequeña mesa, esperando el momento oportuno para entrar a escena…
En quince minutos de acuerdo al plan establecido, vendría a buscarla su hermano Tom, para entregarla al hombre que desde hace tiempo era dueño de sus pensamientos y del pulso de su corazón.
- "La señora de Andrew"… no, no… mejor "la señora de Albert"… de Albert… ¡si! – dijo Candy expresando sus pensamientos en voz alta… y sonrió
Se sentía linda, poderosa, fuerte… Desde el espejo se descubrió en una mirada orgullosa, sensual y apasionada que la sorprendió de pronto… un poco… ansiaba ver su reacción, deseaba leer en su mirada el reflejo de su propia impaciencia por estar por fin juntos… saber que no podían hacer nada sino amarse…
Involuntariamente se cubrió la cara con las manos enguantadas. Los nervios aumentaban por segundos, apenas le permitían sonreír de forma natural. Lo que más deseaba era terminar con todo el protocolo y salir corriendo con él, dejando todo atrás.
- Candy… te ves deliciosa
La conocida voz ronca y temblorosa, la alertó inmediatamente. Candy se giró hacia la puerta de su recámara. El estaba bajo el marco de la puerta, con las manos en sus bolsillos y las piernas algo separadas, mirándola fijamente
- ¡Neil!… ¿qué haces aquí?
Neil contestó con una carcajada grosera
- ¡Apestas a licor!... – gritó Candy
- …En un rato eso no te importará, "querida"…
La malicia de su mirada era evidente. No se detendría por nada. Neil se introdujo a la habitación y cerró la puerta con llave. Candy lo miró fijamente.
- Neil será mejor que te vayas ahora que puedes, y no vuelvas a poner un pie en esta casa… Estás por atacar a la esposa del heredero de los Andrew,… ¡¿Crees que saldrás bien librado de ello?!… ¡¿Cuántos años piensas pasar en la cárcel Neil?!... ¡¿De verdad eres tan estúpido?!
Candy caminaba lentamente hacia el balcón de su habitación mientras le gritaba a Neil. Probablemente nadie la escucharía. El portal de las rosas se encontraba al otro lado de la casa y la mayoría de los invitados estarían allá, esperándola… con Albert…
- ¡Cállate recogida!... todavía no eres "la esposa" de nadie… Desde que llegaste a nuestras vidas solo nos has traído desgracias y vergüenza… ¡Vamos a ver si el tío William te quiere como plato de segunda mesa!… después de mí, claro…
- …Tendrás que matarme primero, Neil…
El se pasó el antebrazo por la boca, y sin decir más se abalanzó sobre ella. Candy corrió hacia el balcón dispuesta a saltar al vacío cuando Neil le dio alcance tomando la falda del traje de novia tirándola al piso… Candy se giró de inmediato y lanzó un puntapié certero al estómago de Neil, quién embriagado como estaba no pudo mantener el equilibrio y trastabilló cayendo sentado en el suelo, lo cual lo enfureció más…
Sin pensarlo un momento, la joven se incorporó y saltó hacia las ramas del árbol próximo en dónde quedó colgando por unos momentos. Un último grito ahogado resonó con angustia por el jardín, cuando sus manos enguantadas resbalaron lentamente, sin poderla sostener, cayendo al vacío en un trágico vuelo de tul y seda blanca envolviendo su cuerpo, al tiempo que la música lejana de las gaitas inundaba el lugar…
La imagen de la joven postrada, pálida e inerte con su maltrecho vestido de novia envolviéndola como una nube irreal, volvía a su mente una y otra vez. Albert se mecía los cabellos con desesperación. Habían pasado semanas desde aquel fatídico día.
Todavía encontraron a Neil gangueando incoherencias en la habitación de Candy, minutos después del accidente. Ahora estaba refundido en la cárcel por intento de homicidio. Y Albert parecía preso en vida, padeciendo como un condenando a muerte a sabiendas que todo el dinero del mundo era inútil para regresar a Candy del coma en el que estaba sumida desde el día de su caída. El coma que la debilitaba progresivamente…
No se había separado de ella ni un momento. Día y noche, le hablaba incansablemente, esperando una reacción, una señal. Dormía a su lado, mal comía a su lado… Los extensos monólogos que mantenía imperturbablemente en la habitación de Candy, se extendían por horas mientras sostenía su lánguida mano con fuerza entre los dedos… No quería ceder ni perder la esperanza, pero la desesperación lo iba desarmando poco a poco… Tenía que intentar algo más.
Esa tarde, recostado a su lado, empezó a desahogarse con voz cansada, quizás por última vez.
- Me dicen que debo resignarme a lo inevitable. Lo inevitable…
- ¡Candy, mi amor!...
- Necesito entender lo que me está pasando, porque ya no sé si en realidad te quieres marchar pero yo no te dejo… Por primera vez no sé cómo encontrarte, cómo traerte conmigo… ¡Estás junto a mí y no sé dónde estás!...
Dos solitarias lágrimas surcaron la cansada faz de Albert, llena de soledad. Besando las yemas de los dedos de Candy y acariciando sus pálidas mejillas, continuó hablando sin llorar, para escuchar por lo menos el sonido de su propia voz…
- Candy… esta vez no dejaré que suceda… preciosa, tengo todo mi abrazo para ti, toda mi vida y mi beso solo para ti… ahora ¿qué hago? Yo no sé olvidarte… Y tampoco estoy dispuesto a hacerlo…
Albert se incorporó sobre sus codos y se quedó un rato mirando a la chica que permanecía tendida sin mostrar reacción alguna. Exhausto, se recostó junto a ella nuevamente y empezó a depositar besos breves en el cabello de la joven, cerrando los ojos con fuerza. Desesperado gritó apenas.
- ¡Basta Candy!... ¡Debes despertar!
Albert tomó entre sus brazos el cuerpo exánime de Candy y lo meció con profundo cariño. Luego beso sus labios vivos y tibios, y salió de la habitación con ella en vilo.
- ¡¿A dónde vas William?!
- Tía, apártese por favor… sé lo que hago
Albert depositó el cuerpo de la joven con extremo cuidado en el asiento trasero de su automóvil, protegiéndola con una gruesa manta del fresco de la tarde que llegaba… Parecía un loco, pero no importaba. A estas alturas ningún comportamiento suyo podía considerarse normal. Los pronósticos médicos eran inciertos. Las palabras de apoyo de los más allegados se habían vuelto presagios de tormenta, de resignación… lo único que le quedaba a Albert eran sus propios recursos, su intuición…
Condujo decidido por el camino polvoriento por horas, hasta que el vehículo no pudo avanzar más por el agreste terreno. Entonces descendió y con el cuerpo de Candy pegado a su pecho, siguió a pie, con pasos firmes cruzando zanjas y zacatales. Con las mejillas coloradas y el rostro cubierto de sudor y tierra, llegó por fin a su destino. El pequeño llano cubierto de musgo parecía estarlo esperando al pie de la cascada. Albert calló hincado y exhausto con el cuerpo de su amada en brazos. Tomando su rostro, la separó un momento de sí y miró fijamente su expresión impasible…
- Candy… ¡escúchame!... en este lugar nos reencontramos… viniste a mí por segunda vez, escuchando mi pensamiento, empujada por el destino bendiciendo mi camino… a partir de ese día no me volví a separar de ti jamás… jamás… y debes entender que no lo haré… el que tú estés dormida, no me separará de ti ¿lo entiendes?
- No te estoy rogando, no estoy demente, ni siquiera estoy llorando… ¡te estoy ordenando que vuelvas a mi porque tu sigues con vida por una razón y esa razón somos los dos! Y ya es tiempo de que lo admitas. No puedes morir sin haber vivido conmigo, sin haber criado a nuestros hijos… sin haberme visto envejecer junto a ti…
El ocaso iba cediendo paso a la noche en un concierto de fulgor de colores atenuados, que acarició a la pareja de lleno. Las aves empezaron a saturar los árboles más frondosos, en su ruidoso ritual previo al descanso nocturno… el agua corría como siempre por el arroyo que los había visto tantas veces juntos. Los sonidos del lugar, recreaban años y años de paciente espera, profunda y recíproca…
En el último instante del esbozo del último rayo de sol… una breve sonrisa apareció en el rostro de Candy, antes de sucumbir calladamente entre los brazos desolados de Albert mientras la sombra de la noche se posaba sobre ella y un intenso olor a rosas colmaba el aire…
Continúa…
