Al morir el alba
Historias dentro de la Historia
Angie Velarde / Angie Jb
2010, editado 2015
Parte 3
"Me duele amarte tanto" 1
Albert despertó horrorizado envuelto en sudor y jadeando, como si se hubiera quedado de pronto sin aire en los pulmones.
- ¡Esto ya raya en la ridiculez! – se dijo alarmado.
En medio de la obscuridad, se encontró por varios segundos desorientado, perdido todavía entre el sueño y la realidad. Sin detenerse a pensar en nada más, se levantó y salió corriendo descalzo hacia el único lugar en donde quería estar, siguiendo las conocidas galerías sombrías de la mansión en esa madrugada cálida del mes de abril; con urgencia. Hacia ella…
Sin tocar, entró a la habitación de Candy y no se detuvo sino hasta llegar a los pies de su cama. Ella dormía profundamente. Su respiración se agitaba acompasadamente y su expresión placida tuvo la virtud de calmarlo poco a poco. Apoyado en uno de los pilares de la cama de Candy, Albert suspiró profundamente aliviado, sintiéndose un poco tonto sí, pero también alerta. No podía dejar la guardia, algo en su interior se lo prohibía terminantemente. Faltaban cerca de cuatro horas más para que amaneciera. Unas horas más tarde se llevaría a cabo su boda, no debería estar ahí, debería descansar, debía… pero esa recurrente pesadilla había sido cada vez más vívida y…
No dejaba de mirarla. La cascada de su cabello rubio sobre la almohada lo invitaba a hundirse en su textura, en su acariciable cercanía, en la fragancia que le enardecía los sentidos… Candy estaba bien, su calidez no era un recuerdo doloroso, era un hecho que podía alcanzar con solo extender su mano. Indeciso ante la tremenda tentación de acunarla entre sus brazos para protegerla y marcharse, decidió lo segundo y agradeciendo internamente el sueño tan pesado de la joven que no se había percatado de su asalto nocturno, caminó despacio hacia la puerta en silencio…, pero con el picaporte en la mano se detuvo. No había caso, no podía seguir durmiendo ni deseaba dejarla. En el umbral de la puerta, su espalda se relajó al tomar la decisión que realmente deseaba. Por ahora, solo podía calmarlo ella…
- Candy… querida… Candy despierta – murmuró Albert hincado al lado de la joven.
- ¿Albert?... – respondió adormilada Candy, abriendo sus ojos con un poco de esfuerzo - ¿Qué… qué haces aquí?... ¿qué sucede?
- Nada preciosa, todo está bien… solo… necesito proponerte algo…
- Mm… ¿Proponer algo?.. ¿ahora?... – aunque somnolienta Candy sonrió divertida ante semejantes palabras en plena madrugada. Recargada en su codo y recostada en la cama se deleitó unos segundos viéndolo con ternura, perdida en esa su mirada tan limpia y tan querida, antes de contestar - …Quizás no fui muy clara, así que te lo repetiré con mucho gusto… ¡Si deseo ser tu esposa Albert! – respondió sonriendo en voz baja… – Ahora, si me lo permites, quiero seguir soñando contigo…
El semblante de Albert se suavizó y al fin sonrió en esa larga noche. Se acercó lentamente y la besó con lentitud, probando sus labios que ya no dormían. Ella abrió los ojos un poco sorprendida y le correspondió rozando la mejilla de Albert con sus dedos… Él todavía sumido en su dulce aliento, sonrió y le dijo en un susurro…
- Es que,… deseo algo más. Tu novio obsesivo desea hacerte una nueva petición...
- La respuesta es sí, sea lo que sea – contestó Candy un poco intrigada.
Albert sonrió, y acto seguido se acostó junto a ella, sobre las sábanas que a ella la cubrían, y luego la abrazó contra su pecho con fuerza. Candy se quedó de una pieza, totalmente sorprendida. El por su parte, pudo respirar al fin con un poco de tranquilidad, sintiendo a través de las sábanas el calor que el cuerpo de la joven le transmitía, apaciguando sus temores. Haberla perdido en dos ocasiones, tan trágicamente aún en sueños y en la misma noche le causaba todavía una intensa desazón… En medio de su estupor, ella notó la inusual ansiedad de Albert, aún sin comprenderla. Estaba buscando consuelo… ¿de qué o por qué?... quizás después sabría la razón, quizás no, y realmente no importaba. Candy empezó a concentrarse solo en él, olvidando las formas, a las que nunca había sido muy afecta de todas maneras. Dejando a un lado todo rastro de prudencia, Candy sacó una mano de entre las cobijas y acarició el hombro de Albert, despacio, intentando tranquilizarlo.
- Todo está bien amor…
- Ahora lo sé Candy. Y así seguirá. Te sonará raro y más que eso atrevido pero no me importa. Quiero dormir contigo el tiempo que resta de esta madrugada. Te aseguro que no te tocaré,… no más de lo necesario linda… Solo… necesito sentirte cerca…
- Quédate Albert,… pero… - su mirada, su olor, su voz vibrante y ronca musitada a su oído, la habían desarmado de antemano. Estaba a sus pies sin mediar más palabras incluso si él la tocara "más de lo necesario"… La chica sonrió sin dejar de mirarlo, y añadió finalmente con un tono de importancia y seriedad- … ¿sabes que a veces pateo?...
Albert dejó escapar una discreta carcajada en el silencio de la alcoba. Candy tembló. Le encantó escucharlo reír tan cerca de su piel, sobre la cama, en la intimidad de un momento que no le pertenecía a nadie más que a ellos dos. Se estremeció sonriendo en la obscuridad, sintiéndose absolutamente afortunada. Él le reviró:
- ¿Y sabes que yo ronco?...
- ¿Y que yo a veces hablo dormida?..
- ¿A veces?... ¡No sé cuántas personalidades tuyas discuten mientras duermes!... ¡Si lo sabré yo!... – confesó cuchicheando las palabras en su oído. Luego abrazándola protectoramente le dijo-… ¡Ven linda! Duerme conmigo. Mañana será un día espléndido y ajetreado, y luego la noche…, la noche será nuestra y será eterna… pero por ahora, vamos a dormir…- terminó, apretándose a ella y depositando un beso en su frente.
Albert recibió el amanecer sentado en el cómodo sillón que tenía en su recámara. La ventajosa orientación de su ventanal hacia el oriente, le trajo los primeros rayos de luz y él, los aceptó agradecido. Poco a poco las sombras de la noche fueron desdibujándose en su alcoba, recorriendo lentamente el suelo y las paredes, cubriendo de luz los pequeños escondrijos sumidos en el silencio, que iban despertando a la par del día.
Cálida, la vida entraba de nuevo en su pecho. Suspiró tranquilo por fin. Por lo menos estaba seguro de algo. Se encontraba totalmente despierto "esta vez".
Candy ni siquiera notó cuando él se levantó y besó su frente antes de marcharse con sigilo hacia su propio cuarto. Dormir junto a ella las últimas horas de la madrugada había calmado su espíritu lo suficiente para pensar con claridad. Ahora debía enfrentar sus pesadillas y tratar de entender el porqué de esa súbita obsesión con Neil Leegan, esos oscuros presagios sobre la boda y la invariable muerte de Candy, que habían desquiciado su sueño. Dos veces durante la misma noche, murió lentamente su espíritu junto a ella… ¿Por qué?... ¡Porqué!...
Esta fijación por Neil Leegan debía tener una explicación. No podía permitir que lo persiguiera en lo más profundo de sus pensamientos, justo donde no lo deseaba ni de casualidad… ¿Qué cabos sueltos quedaban pendientes con Neil para traerlo una y otra vez a su vida, y de esta forma? Necesitaba eliminar el mal presagio que personificaba Neil, o mejor aún, entender si Neil era solo un mal pretexto para encubrir sus miedos más profundos.
El despertador sonó rompiendo la concentración de Albert así como el silencio encantado del alba. El lo dejó sonar con molestia, hasta que no pudo más y de un almohadazo certero lo mandó al suelo, terminando en un montón de añicos su fastidiosa presencia. No era para nada afecto a esos aparatos, él siempre se levantaba temprano gracias a su propio reloj biológico, pero la tía Elroy insistió.Bueno, ese infeliz despertador ya se había colado en sus más espantosas pesadillas, ¡estaba condenado de antemano!
Con semblante grave, volvió la vista al horizonte que entraba por el amplio ventanal. El azul límpido y puro del cielo. Tras una palmada enérgica sobre el brazo del sillón, Albert se levantó y se introdujo al vestidor, preparándose para esa por demás activa mañana.
Cualquier vestigio de nervios de la boda se había esfumado. Solo tenía una prioridad. Apenas salió de su habitación, mando llamar a George que dadas las circunstancias había pernoctado en la mansión esos días. En menos de diez minutos, escuchó la voz moderada y segura de su amigo.
- A tus órdenes William…
La pronta respuesta de George hizo sonreír a Albert. George confiaba en Albert pero también era uno de sus más férreos cuestionadores, si algo no le parecía congruente. George siempre le decía lo que pensaba… Pero, en esta ocasión Albert dependía únicamente de su propia perspicacia, algo que había desarrollado en gran medida gracias a la influencia del mismo George, así que se limitó a solicitarle un encargo de suma, ¡de toda importancia!…
- George, me urge una entrevista con Neil Leegan…
Automáticamente la ceja de George se arqueó mirando por un instante a los ojos del joven. Esperaba una explicación, pero al ver que Albert no decía nada, George no discutió.
- Ahora mismo daré instrucciones para que lo busquen y se presente contigo…
- Gracias George… avísame inmediatamente cuando el llegue… no quiero a Elisa ni a sus padres por aquí. Solo a Neil. Tú estarás presente también, solo que en el privado anexo a la biblioteca. Quiero que escuches cada palabra…
- Perfectamente William…
Una vez encargado ese asunto, Albert se dirigió al comedor con ánimo más jovial. Archie lo recibió con un ademán alegre. Albert lo miró sonriendo y se sentó frente a él. Kate, el ama de llaves se acercó a la mesa y se dirigió a Albert
- Señor William, el menú del Chef es especial el día de hoy… tenemos…
- ¡No me diga por favor, no me lo diga!...
La señora calló sorprendida por la abrupta interrupción del señor de la casa. Archie lo miraba estupefacto, sosteniendo con el tenedor una nueva porción de su platillo a escasos centímetros de su boca. Albert sonrió de buena gana y añadió:
- Le agradezco sobre manera el Chef Jean Pierre el que haya elaborado un menú especial para este día, que seguramente quedó exquisito, pero… estoy un poco nervioso ¿sabe?
La señora Kate sonrió aliviada al atribuir todo el exabrupto del patrón, a los nervios naturales del momento, y asintió con suspiro cargado de comprensión y sabiduría añeja.
- Dígale al Chef que sólo deseo tomar fruta… nada más que fruta… ¡pero un muy especial platón de frutas!
- Lo que usted diga señor William.
Una vez solos, Archie intervino
- ¡Caray Albert!... ¡Vivir para ver el día en que los nervios se apoderen de ti en esa forma!...
- ¡Y no has visto nada!... – terminó Albert divertido ante su turbación.
Después de su frugal desayuno y casi por terminar la breve plática de sobremesa con Archie, George llegó.
- William, la persona que citaste te espera en la biblioteca.
- Gracias George, iré inmediatamente…
- ¡¿QUÉ?!... ¡Cualquiera que sea el asunto que te llama a la biblioteca podrá esperar a después de tu boda!... ¡o después de tu luna de miel! – reclamó Archie alarmado.
- Mm… No te lo había querido decir Archie, pero… cada vez te pareces más a la tía Elroy… – se burló Albert
- ¡Eso sí que no te lo admito! – contestó Archie ofendido en un tono sarcástico señalándolo con el índice en un gesto que pretendía ser amenazante, y terminó siendo un remedo de los ademanes de la tía. Archie soltó la carcajada, al sentirse totalmente pillado, pero se repuso y cambiando de tema le preguntó a Albert – Y… ¿a quién tienes que ver precisamente ahora, si no es mucha impertinencia de mi parte preguntar?
- A Neil…
Luego de unos segundos de mudo asombro, Archie espetó
- ¡Los nervios te fundieron el entendimiento Albert!... menos mal que te casas con una enfermera titulada, ¡así podrán atenderte en casa y no en el siquiátrico del Santa Juana!
Albert se llevó a los labios una rebanada de jugoso melocotón, divertido con las reacciones de Archie, y finalmente sentenció.
- Una ventaja más a mi favor…
Enviando de nuevo sus felicitaciones al Chef, se levantó de la mesa despidiéndose de Archie con un gesto rápido.
Continúa...
P.D. (Había pensado dejarlo en tres partes, pero no pude terminar de revisar la última así que... ¡pasemos a la catafixia! XD Gracias por leer)
