Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto

Hola, gracias por entrar n.n

Y arrancamos con el plan de conquista, veremos cómo le va a Shikamaru en este primer intento. Algo me dice que Temari no se lo dejará fácil.

Quiero saludar a los anónimos Courtheyhime, me alegra que te haya gustado la propuesta, espero que sigas disfrutándolo. Muchas gracias por leer y comentar n.n Guest, jejeje, sí, tratándose de Shikamaru habrá que adentrarse en el mundo de los razonamientos. Muchas gracias por leer y comentar n.n bd, muchas gracias por leer mis historias, ya veremos qué sucederá en este shikatema. Gracias a vos por leer y comentar n.n

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


II

Será con… ¿rosas?


Había que reconocer que Ino llevaba con mucha eficacia su trabajo en la florería, pues ésta no hacía más que prosperar. Cuando Shikamaru entró, fue asaltado de inmediato por una mezcla de fragancias y colores que le embargaron los sentidos hasta la desorientación. ¿Qué diablos hacía un sujeto como él en un lugar como ése?

Debía estar muy enamorado –o ser muy tonto- para decidirse a intentarlo con flores. Todo el mundo sabía que Temari adoraba las plantas, por lo que después de meditarlo durante unos cuantos días concluyó que sería una muy buena forma de conquistarla. Podía ser un método trillado, antiguo e incluso poco fiable en la actualidad, pero nadie podría acusarlo de desconocer los gustos de la mujer que amaba.

Sólo por ella fue capaz de levantarse temprano con el único propósito de comprarle flores. Tenía que hacerlo a primera hora de la mañana si quería pasar desapercibido, por lo que gruñendo se levantó con el sol, gruñendo pellizcó restos de la cena del día anterior y gruñendo se dirigió a ese colorido comercio floral.

Que los demás estuviesen hasta el cuello por sus respectivas parejas vaya y pase, pero que él tuviera que hacer semejantes diligencias para satisfacer a la dama de sus aspiraciones lo ponía de malhumor. Más allá de sus expectativas y de su decisión, tenía que admitir que se sentía ridículo representando ese papel. Mientras más pronto lo asumiera, más llevadera se volvería esa insólita faena.

¿Y dónde diablos estaba Ino? Si no se aparecía rápido para atenderlo correría el riesgo de ser visto y de convertirse en el hazmerreír de sus compañeros.

-¿Shikamaru? –se extrañó ella, que emergió de entre un grupo de plantas floridas que al parecer había estado arreglando con una pequeña tijera.

-El mismo –profirió el ninja a modo de saludo y a modo de confirmación. Ni él podía creerse todavía su presencia allí.

-¿Se te perdió algo? –ironizó Ino, pues el tipo nunca pisaba su negocio a menos que la buscase para partir a una misión, y hacía tiempo que no tenían de ésas. No porque los ninjas ya no fuesen necesarios, desde luego, sino porque en el presente solían asignárselas a los novatos.

Shikamaru hizo una mueca.

-Qué, ¿ya no te resultan importantes los clientes?

La joven salió de entre las macetas y se acercó hasta él sin disimular su gran asombro.

-¿Vienes a comprar flores? –preguntó sin podérselo creer.

La forma como acentuó la palabra en cuestión hizo que Shikamaru comenzara a arrepentirse.

-No flores en el sentido estricto, sino la planta en cuestión –aclaró, como si establecer semejante diferenciación le fuese a valer en algo-. ¿Qué me recomiendas?

Entonces Ino compuso una enorme sonrisa, alborozada a más no poder.

-¿Le comprarás flores a una chica? –prorrumpió con emoción-. ¿De veras le comprarás flores a una chica, Shikamaru? ¡No puedo creerlo! –Y comenzó a emitir alaridos, palmaditas y saltitos, encantada con la tierna novedad.

Shikamaru la miró con una ceja levantada lo más pétrea y dignamente que le fue posible.

-¿Qué me recomiendas? –repitió sin hacerle caso.

-Lo harás, ¡le comprarás flores a una chica! –siguió festejando la otra sin dejar de proferir todo tipo de risas y sonidos guturales.

-¿Qué me recomiendas? –insistió el ninja entre dientes, tratando de reunir paciencia.

-Es demasiado, es demasiado, ¡es demasiado! Al fin te has decidido a ponerte de novio con Temari-san. ¡Tengo que contárselo a las chicas! –determinó la joven kunoichi, y siguió chillando y dando palmaditas.

De sólo pensarlo, Shikamaru se espantó.

-Primero que nada, no estoy de novio con nadie –se apresuró a aclarar-, y segundo que nada, ¿cómo sabes que se trata de Temari?

-Oh vamos, Shikamaru, creí que eras lento para reaccionar, no para entender.

-¿Y eso a qué viene?

-¿Crees que nadie es capaz de sumar dos más dos en esta aldea? El único que persistía en no darse cuenta de lo que sentías eras tú mismo.

El joven comprendió por fin por qué nadie nunca cuestionaba el hecho de que se visiten con tanta asiduidad a solas más allá de cualquier compromiso diplomático. No era que les pareciese natural, sino que habían visto por dónde venía la cosa mucho antes de que él mismo se lo hubiese planteado. Maldita sea, Temari había estado en lo cierto.

-¿Y para cuándo los confites? –lo aguijoneó Ino, guiñándole un ojo.

-¿Y para cuándo los tuyos? –retrucó él, que había notado que Sai la rondaba con frecuencia-. Hazme un favor y no saques conclusiones antes de tiempo. Ni las comentes.

-Puede que resulte una boda de cuatro –especuló ella, dispuesta a seguir hasta el final-. Aunque, si lo pensamos bien, puede que termine transformándose en una de seis o de ocho si incluimos a…

-Sólo dime qué me recomiendas –la cortó Shikamaru, irritado.

Ino sonrió con aire triunfal, pues aunque el ninja se hubiese desentendido del tema, para ella fue como si lo hubiera confirmado. Lo pensó unos instantes y le sugirió lo más sencillo en esos casos: obsequiarle rosas rojas. Lo guió hasta el sector correspondiente y le ofreció diversas opciones de presentación, pero él insistió en llevarse un rosal.

Como buena anfitriona, Ino lo condujo entonces hasta el sector de las macetas y allí le mostró los rosales que tenía. Shikamaru los observó detenidamente, hasta que se animó a elegir uno del cual emergía, solitario y enhiesto, un capullo cerrado. Ino sonrió con aprobación.

-Buena elección.

-o-

Ese día Temari también se levantó temprano, aunque por razones muy diferentes. En pocas horas más tendría una reunión de gran importancia en la oficina del Hokage y quería preparase de forma adecuada, porque a pesar de los años que llevaba como embajadora nunca dejaba nada librado al azar y continuaba asumiendo su cargo con el mismo nivel de responsabilidad del primer día.

Eran tiempos de paz, pero también de negociaciones, intercambios y pactos en demasía, por lo que los shinobis a cargo de las labores administrativas y diplomáticas terminaban cargados con tanto trabajo como cuando la pasada guerra se gestaba. Supuso que, en todo caso, debería sentir alivio ahora que el campo de batalla se había reducido a una modesta oficina.

En su cuarto de la posada se acicaló con esmero y bajó a desayunar llevando consigo unas cuantas carpetas con tratados cuyo contenido quería repasar. Luego, mientras comía, los leyó con gran aplicación, y aunque no fuese lo más correcto ni lo más sano a esa hora de la mañana, se concentró tanto en el estudio que olvidó terminar algunas de las viandas.

Cuando se sintió satisfecha recogió los papeles dispersos, los acomodó cuidadosamente bajo el brazo y salió de la posada murmurando sobre los puntos que quería aprenderse de memoria. En ese trance la encontró Shikamaru. Cuando Temari lo vio y vio lo que traía entre manos –hablando literalmente- el contenido de los documentos se le dispersó en el vacío.

Se le quedó mirando perpleja durante un incómodo e indefinido lapso, casi como si hubiese visto la imagen más espeluznante que podía ofrecerle el universo. Shikamaru transportaba un rosal, un rosal que de seguro era para ella... Insólito.

-Vaya –murmuró, realmente impresionada.

El chico tomó nota mental del gesto que ponía. La había visto reaccionar así ya muchas veces ante la simple contemplación de una planta, pero que esta vez sea él quien provoque el embeleso lo llenó de sensaciones nuevas, algunas agradables, otras quizá no tanto. Estaba seguro de que jamás podría resistir su propia imagen con un rosal.

-Supongo que son buenos días, sí –se burló para disimular sus contrariedades.

-¿Eso es para mí?

-Depende.

-¿Depende de qué?

-De si lo aceptas o no.

Temari lo miró con interrogación durante unos instantes y luego sonrió con entendimiento. A pesar de todo, y contra todos los pronósticos, se veía muy guapo llevando consigo un rosal, incluso con su característica cara de pocos amigos.

-Dame eso –terminó por decir tomando la maceta en cuestión y dándole las carpetas para que las sostuviese. A continuación se dedicó a observar durante un largo rato, extasiada, el único capullo que la habitaba-. Es precioso.

A Shikamaru no le interesó tanto la rosa como la forma en que ella la miraba. Tal vez Temari no notase la pequeña arruga que se le formaba en la frente mientras examinaba una planta o la distensión posterior cuando decidía que era de su gusto, ni el suave atisbo de una sonrisa en sus labios, ni la luminosidad que adquirían sus ojos.

Había demorado mucho en ver con claridad lo que le pasaba con ella, pues lo había confundido con amistad, pero ahora podía tomarse todo el tiempo del mundo para desglosar cada gesto que advirtiera y lo que le provocaba al descubrirlo. Y no había gestos más hechiceros que aquellos que se generan en el rostro de una persona al toparse con el objeto de su predilección.

Jamás había sido capaz de imaginar qué tan comprometido se hallaba su corazón hasta que la realidad lo arrinconó y lo obligó a reparar en ello. Maldita realidad… Y esa mañana no hizo más que volver a verificarlo, porque al verle el rostro tan iluminado pensó que no sería tan mala idea empezar cada día con una mujer como ella.

-¿Te gusta? –preguntó.

-¿Así empieza tu plan de conquista? –replicó ella sin dejar de admirar el rosal.

-Tal vez.

-¿Así es como empieza o no? –insistió Temari.

-¿Te gusta? –volvió a preguntar Shikamaru.

La kunoichi se fijó en él por fin. Pocas veces se encontraban tan temprano. Más bien solían verse al finalizar el día, como si necesitasen de ese algo inefable que toda persona busca para cerrar la jornada en paz aunque haya sido estresante. Verle los párpados más caídos que de costumbre le hizo gracia y tuvo que hacer un gran esfuerzo para dominarse y reservar la broma.

Por otro lado, su visita le había sorprendido realmente. Si bien recordaba la última conversación sostenida, donde salió a relucir el malhadado punto cinco, había alimentado la esperanza de que el chico, con el correr de los días, lo olvidara y lo dejarse pasar. Esa determinación un poco la descolocó, tuvo que admitirlo, pero también la emocionó mucho más de lo esperado.

De modo que lo haría… Tendría que haberlo sabido, con Shikamaru no se podía jugar una broma así como así. Podía parecer una persona desinteresada la mayoría de las veces, pero cuando algo le importaba de verdad se enfocaba en eso al ciento por ciento y nada podría doblegarlo. Y precisamente por eso Temari se sentía emocionada, porque con ese detalle le daba a entender que era ella lo que le interesaba.

Aun así, con el orgullo que la caracteriza, se cuidó muy bien de exteriorizar esos sentimientos. A pesar de su postura negativa con respecto al plan de conquista quería ver algo más de Shikamaru, algo que todavía no podía detectar, pues muchas cosas dependían de eso. Por ejemplo, la decisión de dejar a su familia y su vida en Suna para radicarse definitivamente en Konoha. Y por mucho que la idea la tentase, por el momento no pensaba claudicar.

-¿Y bien? –insistió Shikamaru, que notó su retraimiento.

Temari no quería hacérselo sencillo, sobre todo porque se trataba de él.

-Me gusta, sí, pero no entiendo qué pretendes con esto –dijo por fin, y a continuación depositó la maceta en el piso, a su lado, y recuperó las carpetas.

Shikamaru la miró sin comprender.

-¿No lo entiendes?

-No lo entiendo.

-¿Estás de broma?

-Al contrario, he renunciado a las bromas de por vida –comentó ella con sarcasmo-. Aunque, si de aquí en adelante me esperan este tipo de regalos, estaré de parabienes.

-¿Entonces?

Temari se lo pensó antes de responder. Si le decía que con una rosa roja no alcanzaba mentiría, porque le gustaban de verdad y por menos que eso se hubiera lanzado a su cuello para no dejarlo ir jamás. Por otro lado, si le decía que así sería demasiado fácil, expondría cuánto le había agradado el detalle y le daría falsas expectativas, y ella no pretendía ser tan desconsiderada.

¿Qué decirle, entonces? Maldita sea la hora en que se le ocurrió bromear de aquel modo cuando lo último que buscaba era que le declarase su amor.

-Es que es muy obvio –improvisó.

Shikamaru parecía más perdido que antes.

-¿Obvio? ¿Qué cosa?

-Regalar una rosa roja es obvio –explicó ella, que empezó a confiarse-. Todo el mundo sabe lo que significa, Shikamaru, no es ninguna novedad y con eso no demuestras tus sentimientos.

El tipo la miró con el ceño fruncido, evidentemente disgustado. Era lo único que le faltaba.

-Me levanté temprano –comenzó a enumerar-, apenas desayuné, corrí el riesgo de que mis amigos me vieran llevando de aquí para allá una rosa y tuve que soportar las carantoñas de Ino mientras hacía la compra.

-¿Y?

-¡Que fue problemático!

-Por eso digo: así no es como demuestras tu amor.

De haber sido posible, Shikamaru hubiese preferido retroceder en el tiempo. ¿Qué diablos tenía que hacer él en la entrada de una posada a esas horas de la mañana obsequiándole una rosa roja a la mujer más anti-femenina del universo? Debería de habérselo imaginado.

Evidentemente la chica tenía planes para él, unos siniestros, fatídicos y muy retorcidos planes. Aun así se esforzó por ser cauteloso, reunir paciencia y escuchar mientras intentaba interpretar lo que se esperaba de él. Era como cuando se equivocaba en el colegio y la maestra lo enviaba a rehacer el trabajo.

Mujeres, ¡quién lo mandaba a tratar de enamorar a una! Nadie, por supuesto, se había metido en la cabeza del lobo por voluntad propia y ahora tendría que aprender a lidiar con ello. Tarea nada fácil, por cierto, pues hasta para el ninja más inteligente de la nación las mujeres eran un verdadero, complejo e inmarcesible misterio.

Respiró hondo y se lanzó a la piscina.

-¿Y se puede saber por qué? –preguntó resignado.

-Primero que nada, porque esto de regalar flores es un cliché.

-Pensé que te gustaban las plantas.

-Pues pensaste bien, adoro las plantas.

-¿Entonces?

-Segundo que nada –prosiguió ella sorteando la pregunta-, las rosas rojas significan amor y pasión, y eso está más que sabido.

-¿Las flores tienen un significado?

-¿Acaso lo ignoras, sabelotodo?

-Creo que alguna vez escuché algo al respecto –murmuró Shikamaru, pensativo. Empezó a darse cuenta de lo que Temari pretendía.

-Aunque me resulta muy divertido verte haciéndolo –se regodeó Temari-, creo que esto de que me regales flores no es lo tuyo.

-Eso está por verse –repuso él-. Ya sé adónde apuntas.

-Y en tercer lugar –prosiguió Temari ignorándolo olímpicamente-, esta rosa no demuestra nada porque enumeraste todas las "proezas" que tuviste que realizar para regalármela. Eso no tiene nada de romántico, Shikamaru, sino todo lo contrario.

-Pues claro que no lo soy, y lo sabes –arguyó el joven.

-No me importa eso, sino tus motivos. Todo lo que tuviste que hacer es absolutamente accesorio en comparación con por qué razón lo has hecho.

Aquí Shikamaru tuvo que reconocer que la kunoichi tenía un punto. Podía ser muy bueno en el territorio shinobi, pero todavía era un principiante en el ámbito amoroso. Si quería progresar, tendría que adaptarse rápido y anticipar sus movimientos.

Nunca se había visto en la necesidad de enamorar a una mujer. De niño no le interesaban, de adolescente le resultaban indiferentes y ahora que estaba entrando en la edad adulta apenas si registraba que, al parecer, revestían una importancia bastante significativa en la vida de un hombre. En síntesis, hasta el momento siempre había creído que más bien eran una molestia y a veces no hacía más que corroborar esa teoría.

Lógicamente, el casamiento figuraba entre sus planes para el futuro, pero en su ingenuidad no había contemplado el aspecto más importante del asunto: para casarse tenía que enamorarse y, en la medida de lo posible, ese amor debía ser correspondido. Que prefiriese una mujer simple o una problemática no era una cuestión fundamental para ser feliz como sí lo era el hecho de que el amor fuese mutuo y parejo.

Para lograrlo tenía que conquistarla, y para conquistar a Temari tenía que conocer más a fondo los recovecos de su carácter.

De modo que cada flor poseía un significado y ella, por alguna razón, quería que reparase en el detalle y que lo utilice para hacerle saber la calidad de sus sentimientos. No, de sus sentimientos no. Si la conocía un poco, lo que Temari quería saber era si una relación así valía la pena, si aceptar sus sentimientos le daría algo bueno o mejor de lo que ella ya tenía.

Se trataba de una jounin hecha y derecha, con una buena vida y dos hermanos para protegerla. Era fuerte, independiente y siempre se las había apañado perfectamente por sí misma, por lo que ¿qué podría aportarle él? ¿En qué la beneficiaría una relación amorosa si se volvía un estorbo o una carga en lugar de un compañero confiable y leal?

Shikamaru había llegado por fin al meollo del asunto. No se trataba de que Temari lo amase o no lo amase, sino del escaso interés que tenía en los asuntos amorosos sin importar la índole del candidato. La cuestión no se reducía exclusivamente a enamorarse, sino más bien a preguntarse qué razones tendría ella, además del amor, para aceptar quedarse a vivir con él.

Porque ella era una mujer perfectamente capaz de renunciar a las relaciones de ese tipo. Si quería figurar entre sus planes de vida, Shikamaru tendría que esforzarse al máximo en la estrategia o dejarla partir en paz para siempre.

Temari tenía razón: una rosa roja, por más hermosa que fuese, era demasiado explícita y su simbolismo estaba más que explotado, por lo que no transmitía nada en especial. Y lo que ella quería medir era cuán especial podía volverse lo que él se esforzaba por construir.

-Entiendo –dijo por fin. Que el diablo se lo lleve por encarar esa clase de proyectos, pero estaba demasiado enamorado para desistir-. Te parece bien lo de las flores, pero no cualquiera ni por cualquier razón. Lo que esperas es creatividad. Además, por lo que has dicho antes, las flores poseen un significado y aspiras a que lo note y lo utilice.

Como toda respuesta, Temari le dirigió una sutil mirada de aprobación. Shikamaru suspiró con cansancio y se llevó las manos a los bolsillos para luego mirarla como si en ella ya no hubiera ningún verdadero misterio.

-Eres de no creer.

-¿A qué te refieres?

-Me gustabas más cuando parecías carecer de femineidad.

Temari lo miró con sorna.

-Lo que te gusta de mí es que te represento un desafío.

Shikamaru compuso una enigmática semisonrisa.

-¿Sabes qué, señorita engreía?: nunca sabrás lo que realmente me gusta de ti.

Ahora Temari se crispó. Dejó las carpetas en el suelo junto a la maceta y lo encaró con los brazos en jarra, ceñuda.

-¿Fue eso un sarcasmo?

-Jamás me lo permitiría.

-¿Me estás tomando el pelo?

-¿Qué son todas esas carpetas que llevas? –indagó él para esquivar el asunto, agachándose para echarles un vistazo.

La joven se mordió el labio para contenerse, demasiado acostumbrada a sus evasivas. Por nada del mundo caería en la espiral de la discusión absurda, incluso aunque creyese que llevaba razón, sobre todo si se había percatado de que se estaba sulfurando sin sentido. Y el primero que se daba cuenta de ello siempre era Shikamaru, quien se lo hacía notar ignorándola.

El maldito mocoso, pese a todo, sabía muy bien cómo tratarla.

-Es trabajo –masculló.

-Parece pesado.

-Así es el trabajo –repitió Temari con obviedad.

-¿Quieres que te ayude?

-Puedo hacerlo perfectamente sin tu ayuda –repuso ella, demostrando sin saberlo la teoría que el joven había formulado sobre su personalidad. Después de haberse quedado con la palabra en la boca en el medio de una discusión, conservaba el encono apropiado para no mostrarse agradecida ni educada con su amable propuesta.

El ninja lo entendió, pero no le hizo caso. Tomó las carpetas y se dispuso a acompañarla hasta el edificio del Hokage para ayudarle a memorizar los puntos más importantes. Así se lo hizo saber, y aunque Temari porfió que podía hacerlo sola, el tipo simplemente se plantó y le sugirió que al menos guardase el rosal en su cuarto.

Cuando cayó en la cuenta de que todavía tenía la maceta allí y que se le hacía tarde, Temari se apresuró a llevarla a su habitación. Shikamaru la esperó afuera hojeando las carpetas y cuando ella bajó emprendieron el camino.

-De todos modos creo que es estúpido –dijo él de pronto.

-¿A qué te refieres?

-Al desafío del significado de las flores.

-Pues fue tu idea, niñato, yo simplemente la mejoré. Aunque, para tu información, yo también pienso que es estúpido, además de una completa pérdida de tiempo –señaló la joven sin piedad.

Él la miró como si no le importara. A Temari le disgustó esa actitud de superado y se lo reclamó con el ceño fruncido, pero el otro ni siquiera se mosqueó. ¿Se creía tan atractivo para andar provocándola con esa pose de "nada de lo que me digas me afecta"? ¿Acaso está creyéndose que, después de todo, podrá enamorarla?

-Deja de aparentar superioridad y empieza a averiguar qué tipo de flores deberías obsequiarme –le reprochó-. Soy una mujer exigente y, como ves, ocupada.

-Mira quién habla de superioridad –se burló Shikamaru. Y luego, reparando en ello, no se privó de señalar-: Entonces lo aceptas, aceptas que lo intente.

-No acepté nada, sólo me intereso por las flores.

-Sí, claro.

-Eres un vago.

-Y tú una enrevesada.

-Apuesto a que la próxima vez volverás a equivocarte de flor.

-Apuesto a que la próxima vez tendrás que tragarte tus palabras.

Ya estaba. Más allá de las idas y vueltas, para bien o para mal, el desafío había quedado sellado oficialmente con esas clásicas bravuconadas. Así es como se entendían, o quizás esa no fuese más que una de las diferentes formas que tenían de interactuar.

Entre picados y expectantes, intercambiaron algunas frases más de provocación hasta que se sintieron satisfechos. Ninguno de los dos podía estar seguro del panorama que se les abriría por delante, pero cierta ansiedad comenzaba a aguijonearlos por dentro y eran demasiado testarudos como para dar el brazo a torcer. Él por enamorado y ella por desafiante, cada uno tenía muy en claro los motivos para aceptar participar en ese juego.

De camino hacia el edificio del Hokage se cruzaron con varias caras conocidas que los saludaron con naturalidad. Y aunque a sus amigos les llamó la atención que fueran a trabajar tan temprano, nadie se sorprendió mucho de verlos andar juntos.