Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto
Hola, gracias por entrar n.n
Ya vamos por la mitad del fic, recuerden que tendrá diez capítulos en total. Les agradezco mucho a todos los que se engancharon con la propuesta.
Aprovecho para saludar a los anónimos Courtheyhime, me alegra que sigas disfrutando de la historia. Sí, hemos humanizado un poco a Shikamaru, debe ser difícil para un chico hallarse en esa situación. Gracias por seguir del otro lado n.n abby, muchas gracias por leer y comentar, me alegra saber que te ha gustado la propuesta, para mí es un gusto escribir sobre esta pareja n.n ana, coincido, terquedad y perseverancia se diferencian en las intenciones, entre otras cosas. La inexperiencia nos juega malas pasadas, se hace difícil tomar decisiones, además de que ambos son muy, demasiado racionales. Gracias por seguir ahí n.n Julia, jajaja ¡yo me hago la misma pregunta! Un vago no es el mejor de los candidatos, nunca, supongo que Shikamaru habrá sacado a relucir otras de sus cualidades, o estaba frito. Es que el naruhina no tiene nada de malo, ¡si ambos son personajes maravillosos!, pero hubiera sido lindo que Naruto se quedase con la chica que quería... En fin. Ok, en otras ocasiones me has comentado que tienes poco tiempo para pasarte por estos lares, así que gracias por tu esfuerzo y afecto de siempre n.n loveotaku17-ana, justamente aquí está la actualización, muchas gracias n.n
Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
V
Será con… ¿azaleas?
Antes de los abordajes de Shikamaru, Temari solía sentarse en los escalones de la entrada de la posada para contemplar la lenta y colorida caída del sol. Le encantaba observar el poniente en Konoha, que contrastaba en tonalidades con los secos y uniformes atardeceres de Suna. Allí sentada, se relajaba y hacía el balance de las vicisitudes del día hasta la llegada de la noche sin inmutarse por el trajín de los otros huéspedes o de los aldeanos en la calle.
Un día, ese rito se vio condimentado con la presencia del ninja, que sabía de su costumbre e iba a visitarla para sentarse en el otro extremo de la escalinata, taciturno y apático, hasta que alguno de los dos sentía la necesidad de decir algo por fin. A Temari le agradaban esos encuentros simples y amistosos, los disfrutaba, y ahora los echaba de menos gracias al tan mentado plan de conquista que había emprendido el tipo con tanta determinación. Era frustrante.
Esa tarde se sentó en los escalones con la esperanza de que se produjera un milagro y aquel nefasto conflicto ya no existiera, mágicamente borrado de la realidad por intervención de alguna beatífica divinidad suprema. Con frecuencia acontece que la persona confía en que el problema se haya solucionado solo, hasta que abre los ojos y comprueba el grado de ingenuidad al que se puede llegar.
Temari elevó la vista al cielo y le pidió a la brumosa nube que pasaba ante sus ojos que iluminara el cerebro de Shikamaru para que volviese a la realidad, para que cejase, para que deje de idear estrategias con flores que la pusiesen nerviosa. Quería que el juego terminase de una vez, que su amigo recuperase la compostura y volviese a ocupar precisamente ese rol, el de amigo.
Sin importar lo que ella sintiese o desease en verdad, rogó para que Shikamaru no viniera. Y no tuvo más que girar un poco el rostro para corroborar con amargura que su pedido no sería concedido, al menos no por ese día.
Shikamaru se dirigía a su encuentro con un nuevo paquete entre las manos. Temari suspiró como un enfermo aquejado por una interminable enfermedad. Ese ninja sería su perdición.
-Vaya, al fin te encuentro donde siempre –dijo él, dejándose caer a su lado como si hubiera descendido del Everest. Depositó el envoltorio a un costado y procedió a recostarse contra uno de los pilares de la galería con el evidente propósito de descansar.
Ahora Temari lo miró sin poder creerse tal descaro. Estaba acostumbrada a su pereza y a su desinterés, pero si venía con las intenciones de los últimos días, le parecía exasperante que asumiera esa desagradable actitud. Era como si a causa del plan que él mismo pergeñase se estuviera muriendo del agotamiento. Se preguntó qué haría el idiota si supiera la cantidad de puntos que su holgazanería le restaba en sus consideraciones.
Por supuesto, Shikamaru lo tenía todo calculado, así que sólo se tomó dos minutos para reponer fuerzas, dos minutos cuidadosamente establecidos en función de la costumbre y la tolerancia que Temari le tenía a su perezosa postura. Después abrió los ojos para toparse con los suyos, ceñudos, y se dignó a mostrarse conciente del lugar y la compañía.
-Es que hoy me costó trabajo elegir –explicó.
-¿Sabes cuánto me importa?
-Pues a mí me importa mucho.
-Vete al diablo.
-Me iré luego de que escuches lo que tengo para decir.
Y así fue como Temari supo que estaba bien despierto. Maldito mocoso…
En verdad ese día le había costado bastante a Shikamaru elegir entre las opciones florales que Ino le propuso, demasiado agobiado por una jornada laboral inusualmente intensa con el Hokage. Habían recibido numerosos pedidos con diversas misiones de las aldeas vecinas, y organizar los equipos con el personal disponible según las prioridades y la clase de misión le llevó unas cuantas horas de planificación.
Además, a varios equipos les había tocado lidiar con dos misiones y tuvo que soportar las quejas correspondientes y aconsejar estrategias para que pudieran sobrellevarlas con eficacia según los recursos y las técnicas de cada ninja asignado. Fue demoledor. Cuando llegó a la tienda de Ino, que estaba a punto de cerrar, se sentía como el artista de circo que trataba de mantener todas las pelotitas en el aire cuando ya no era necesario.
Podría haber dejado lo de las flores para otra ocasión, pero en la mañana había decidido que no dejaría pasar más días sin intentarlo de nuevo. A esas alturas comenzó a vislumbrar que su plan podría funcionar sólo si lo mantenía en el tiempo, y en ese sentido la constancia era una pieza fundamental. Sin importar el cansancio o las circunstancias, era hora de una nueva arremetida.
No obstante, debido a las tribulaciones cotidianas, esta vez le costó bastante elegir una flor según su significado y por eso llegó a la posada mentalmente agotado y deseoso de cerrar los ojos para despejarse de los asuntos pasados. Pero supo reponerse rápido. Había llegado el momento de enfocarse en Temari y sólo por ella debía seguir esforzándose.
-¿Entonces? –indagó la joven, viendo que se retraía.
Shikamaru se acomodó y asumió una postura más civilizada. Le acercó el envoltorio para que ella misma lo desenvolviera.
-Entonces elegí azaleas.
La kunoichi apartó el papel para corroborar que se trataba de esas flores rosadas tan peculiares. Al igual que en las anteriores ocasiones, permaneció estática mientras se sumía en la arrobada contemplación de las flores, como si el mundo se hubiese disuelto en ese mismo instante. Shikamaru la observó a su vez, en silencio y expectante.
Hasta parecía más humana… De entre los diversos pensamientos que lo atravesaban cuando la veía en ese éxtasis contemplativo, el más perturbador era sin dudas el de detectarle una blandura, una zona que la hacía cálida y cercana, e incluso, quizá, más accesible. Pero no quiso ilusionarse con cosas que ya sabía que todavía no iban a ocurrir.
Se cruzó de brazos y aguardó pacientemente que terminara su inspección. En esos momentos era como si él no existiera, pero confió en que pronto podría dar vuelta la situación en su favor.
-Son hermosas –dijo ella por fin-, son alegres y coloridas.
-No pensé que te gustarían tanto.
-Y yo pensé que a estas alturas habrías desarrollado la sensibilidad necesaria para admirarlas.
-Lo siento, te lo debo.
-Todavía estás a tiempo de echarte atrás –aprovechó para decir Temari, astuta-. Si esto se te está volviendo demasiado pesado…
-No te preocupes, puedo manejarlo.
-Sólo lo digo por ti, porque sé que te cansas rápido.
-Es problemático, lo admito –concedió él, que se puso a mirar el cielo-. Sin embargo, nada de lo que digas me hará desistir.
Lejos de emocionarse por tan afectuosa determinación, Temari gruñó, molesta. ¿Qué clase de palabras debería emplear para doblegarlo?
Toda esa parafernalia florística que había desplegado Shikamaru para conquistarla le había generado un delicado conflicto, pues aunque se hallaba sobrevolando el quinto cielo gracias a las bellas y perfumadas flores que le obsequiaba tan asiduamente, el solo hecho de recordar el trasfondo de tanto regalo la ponía tensa y malhumorada, arruinando su felicidad. Le encantaba recibir flores, pero le exasperaba que se las dieran para seducirla.
Supuso que por eso nunca sonaba demasiado convincente cuando directa o indirectamente le pedía que desistiera de ese absurdo plan. ¿Cómo podría persuadirlo en serio de la inutilidad de sus esfuerzos si se moría de ganas de llenar su cuarto con flores que ni siquiera tenía que comprar? Y para peor, si lo pensaba con detenimiento, últimamente tampoco podía estar segura de llegar a persistir en su postura hasta el final.
Allí radicaba el verdadero problema, de nada le serviría negarlo o soslayarlo. Los sentimientos que había creído relegados, las viejas esperanzas adolescentes, habían sufrido una fuerte conmoción desde que el tipo demostró tener un interés real en ella, lo cual venía a empeorar el conflicto. Como si fuese fácil lidiar con él y su perseverancia, ahora también tenía que mantener a raya las removidas emociones de antaño.
Porque lo había logrado, Shikamaru había conseguido herir en donde Temari más se lo temía. Por creerse inmune se había descuidado, había dejado una ventana de su fortaleza entreabierta sin darse cuenta, y el ninja había sabido aprovecharlo. Y eso jamás podría perdonárselo a sí misma.
En el otro extremo de sus tribulaciones, además, la imagen de Shikamaru cargando macetas de un lado para otro empezó a generarle escalofríos. ¿Quién hubiera imaginado que un ninja tan flemático como él haría esa clase de obsequios? ¿Quién hubiera osado apostar que sería capaz de hacerlo? Pero sin importar lo que le dijera al respecto, él insistía. Y a veces esa insistencia, más que escalofríos, le parecía espeluznante.
Su propia película de terror… La persona más insospechada de su entorno, de forma siniestra, se erguía como la verdadera amenaza para su independencia y su estabilidad espiritual.
-Ojalá que alguien te vea acarreando flores de aquí para allá y que ese alguien sea Naruto, para que se burle de ti hasta el agotamiento –terminó por decir, disgustada.
-Eres la bondad personificada –ironizó él, que había apoyado la cabeza en el pilar y había cerrado los ojos-. Para tu información, eso ya no me interesa.
-¿Qué cosa?
-Lo que puedan decir los demás.
-Creí que tenías una imagen que cuidar.
-Pues no. En realidad me gustaría compartirlo con mis amigos.
A Temari se le pusieron los pelos de punta.
-Ni se te ocurra –lo amenazó.
Shikamaru abrió los ojos, la miró y sonrió de lado.
-Vaya, parece que tú también tienes una imagen que cuidar –se burló.
La joven lo taladró con la mirada. Y ahí va de nuevo con las competencias verbales, pensó. Él quizás estuviera tratando de recuperar algo de normalidad entre ambos, pero ella, orgullosa hasta la médula, no se dejaría conmover. En cambio, decidió tomar el toro por las astas.
-¿Y qué significado tienen las azaleas?
Al ninja le divirtió que reaccionase de esa manera.
-Por lo que pude averiguar, varios –contestó-: paciencia, romance, fragilidad, pasión… paciencia –repitió adrede.
Temari hizo una mueca. Shikamaru no había impreso ningún tono en particular en las primeras palabras, pero el contenido bastaba para ponerla desagradablemente incómoda.
-Sólo eres rápido cuando te conviene –masculló.
El ninja suspiró, fingiendo indiferencia.
-¿Qué puedo hacer si las flores tienen ese tipo de significado?
Él, desde luego, se percató de su crispación, y durante algunos instantes guardó silencio dándole tiempo para acusar el golpe así como para reforzar la contundencia de cada uno de los términos enumerados. No tenía ninguna intención de ser piadoso con Temari, no tenía por qué serlo ni le haría justicia a su carácter si así lo hiciera. Ella era perfectamente capaz de soportar la estocada, viniera de donde viniese y golpeara como golpease.
Shikamaru podía ser paciente y tolerante, pero de ninguna manera considerado, al menos no en esas circunstancias. Si llegaba a mostrar ese tipo de flaqueza, la kunoichi se serviría de ello para menospreciar sus sentimientos y de ese modo nunca podría obtener su aceptación. Si llegaba a traslucir inseguridad o condescendencia, lo único que conseguiría de ella sería subestimación y un rechazo definitivo.
Por eso, cada vez que podía se daba el lujo de marcar el ritmo de la conversación, y esta vez era tiempo de hacer silencio y dejar que Temari rumiase la carga con la que venía el obsequio. Lo había pensado con mucho cuidado y las azaleas le parecieron de lo más apropiado para abordar determinados aspectos de una posible relación.
Era ella la que tenía que romper el hielo ahora, y así ocurrió.
-Y qué, ¿las azaleas encubren algún tipo de reclamo?
-¿Qué debería reclamar?
-Que sigo rechazándote.
-Por si no lo sabes, no soy de los que reclaman cosas –comentó Shikamaru con aspereza-. Y aún no me has rechazado.
-¿No?
-No.
-Entonces retiro lo de "rápido" –masculló ella.
-El hecho de que no te decidas, de que me evadas, de que discutas y cuestiones mi decisión de conquistarte no significa que me hayas rechazado –indicó el ninja ante la irónica mirada de la chica-. Pero admito que lo hace todo más problemático.
-Eres tan testarudo que no lo entenderías ni aunque te lo deletrease –porfió Temari, que odió la seguridad con la que se pronunció al respecto-. ¿Y qué debería hacer una mujer para rechazarte, entonces? Ilústrame, sabiondo.
-No será necesario. Llegado el caso, lo averiguarás por tu propia cuenta, pero no creo que pase.
-Te tienes demasiada confianza.
-Tengo paciencia, que es distinto –señaló él-. Por eso las azaleas. Cuando intentas formar una pareja, la paciencia es un atributo fundamental.
-Y ahí vas otra vez…
-La paciencia nunca ha sido un problema entre nosotros –siguió diciendo Shikamaru sin hacerle caso-. He podido ser paciente contigo y sigo siéndolo, no me cuesta y lo sabes.
-No es que seas paciente, es que eres perezoso para discutir –corrigió Temari.
-Tú también has sido y sigues siendo paciente conmigo –continuó el otro-. Y sé muy bien que tampoco te cuesta.
La joven lo midió con la mirada durante unos instantes, ceñuda.
-¿Y? ¿Acaso debería concluir que tu paciencia nace del intenso afecto que sientes por mí? Sería como admitir que yo también siento lo mismo.
-Tú sabrás –dijo él por lo bajo, insinuante.
Por supuesto, Temari lo negó de plano, se cruzó de brazos y dio vuelta la cara, enfurruñada. Sabía que se estaba comportando como una niña caprichosa, pero en ese momento fue más fuerte su empeño por evitar ceder terreno que por mantener la compostura.
A Shikamaru de nuevo le divirtió su reacción, conocía perfectamente lo orgullosa que era y hacía mucho que había aprendido a medir la magnitud de su empecinamiento. Paciencia era en realidad una palabra que quedaba muy corta para definir debidamente la clase de templanza que había que desarrollar para lidiar con alguien como ella.
De todos modos él no precisaba esos calificativos, lo único que sabía era que podría producir esa sustancia mientras tuviese la certeza de que lograba remover cosas dentro de su alma, mientras supiese que no le era indiferente. Su crispación, su enfado, incluso su sarcasmo no hacían más que confirmarle que la alteraba, que trastornaba algo dentro de sus murallas y que por eso podía entender que nunca, en ningún momento, Temari lo había rechazado.
Por lo general ella era más bien centrada, solemne, seria, incluso fría si la situación lo requería. Nadie, jamás, por ningún motivo, logró sacarla de su eje, él mismo lo había podido observar en numerosas ocasiones y hasta había llegado a preguntarse si esa mujer era humana. Los hermanos Sabaku tenían un temple de acero y muy difícilmente habría alguien capaz de vencer esa resistencia, inverosímil incluso tratándose de un shinobi.
Y sin embargo, en el pasado, Naruto lo había hecho con Gaara. ¿Por qué no iba a poder hacerlo él con Temari? Podía verlo, podía ver que cada vez que se metían en el tema ella se ponía más que nerviosa, más que enfadada, más que sarcástica. No podría jurar que se trataba de amor, eso sólo podría saberlo ella, pero podía asegurar que su tentativa calaba hondo en su interior, la agitaba por dentro, y eso lo llenaba de esperanza.
Aunque, sin duda, faltaba mucho para llegar a la meta.
-Parece que las azaleas fueron una buena idea –concluyó él reclinándose de nuevo contra el pilar con las manos entrelazadas en la nuca-. Si hay algo que hemos sabido producir para ser amigos, ese algo ha sido paciencia.
Temari lo miró de reojo, todavía disgustada.
-Eso no quiere decir que seamos capaces de seguir produciéndola en el supuesto caso de que formemos una pareja.
-¿Por qué no?
-Ya hemos hablado de esto.
-Cierto, una pareja tiene otros intereses –dijo Shikamaru, evocando uno de los argumentos que ella enunciase tiempo atrás-. Insisto en que seremos una buena pareja precisamente porque somos buenos amigos.
Temari se impacientó.
-¿Tanto te cuesta aceptar que no me interesa pensar en nosotros de ese modo?
-¿Tanto te horroriza la sola idea de que pueda funcionar?
Era como hablar con una pared, concluyó Temari, mortificada. Aunque si lo pensaba desde su perspectiva, seguramente él sentiría lo mismo. De algún modo ese día el ninja estaba logrando desbordarla, y eso era lo que con mayor empeño debía impedir.
Ahí radicaba la diferencia entre ellos. Mientras que Shikamaru tenía una meta muy concreta y trabajaba -¡quién lo diría!- por alcanzarla, Temari tenía como único fin esquivarlo, eludirlo, según lo que aconteciera cada vez que lo veía. Por primera vez reparó en el hecho de que el juego, el tablero e incluso las piezas las había establecido él, y ella, absurdamente, lo había aceptado sin advertir que lo hacía. Y por eso, lamentablemente, se hallaba siempre en desventaja.
No obstante, tal conocimiento no podía explicar por sí solo la frustración que experimentaba. Lo que más la estaba perjudicando no era el haber quedado atrapada en un terreno trazado por él, sino que ella había prescindido del propio, había olvidado fabricar la trinchera donde refugiarse o desde la cual contraatacar. En pocas palabras, Shikamaru tenía un propósito claro, en cambio ella no tenía ninguno.
Mejor dicho, el ninja tenía una finalidad positiva: conquistarla. Ella, por el contrario, iba por la negativa, y eso no constituía un propósito real. ¿Cómo podría luchar contra su perseverancia si ni siquiera podía ser contundente en su rechazo? ¿Cómo podría pretender mostrarse desinteresada si en lugar de estar tranquila se alteraba, si recibía las flores con la misma cara de boba de siempre y seguía aceptando su compañía sin más?
¿Y cómo se sigue relegando a alguien de quien se gusta sin quedar como una estúpida?
Una mujer sensata, al recibir semejante flirteo de alguien a quien sólo podría ver como amigo, hablaría con seriedad para dejar en claro cuál era el rol de cada uno en la relación. Tal vez, incluso, intentaría tomar distancia para evitar más confusiones hasta que el asunto se resolviera. Pero ella, contra toda lógica, estaba lejos de llevar esa conducta, y eso también la estaba perjudicando.
Y sabía perfectamente por qué razón no podía terminar de rechazarlo. Se resistía a decidir entre Suna y él, pero cada día que pasaba y con cada flor que recibía, de lo que no tenía dudas era de lo importante que era para ella saber que contaba con esa admiración. Aun así no quería, no quería sucumbir a los sentimientos que tanto le había costado dejar atrás. Si aceptaba a Shikamaru, sería como aceptar que ya no podía estar sola, y eso para ella era un rasgo de debilidad.
-Ya estoy cansada, me voy –anunció, agobiada por devanarse los sesos en busca de razones imposibles-. Tu jueguito me está importunando y empieza a dolerme la cabeza.
Se puso de pie y Shikamaru la imitó.
-¿No quieres que hablemos de los otros significados?
Temari tomó la maceta y se quedó observando las pequeñas y rosadas flores durante unos instantes, ensimismada.
-¿Temari? –insistió él.
-Lo del romance y la pasión están más que claros –repuso ella-. Te diré lo mismo que el día que me trajiste las rosas rojas: es demasiado obvio.
-Me interesaba lo de la fragilidad.
-¿Y qué sería lo frágil?
-Muchas cosas –contestó Shikamaru mirándola a los ojos-. No creo que esté mal que algo sea frágil, o que nosotros seamos frágiles.
-Somos shinobis, Shikamaru.
-Por eso mismo. Que seamos shinobis no nos asegura inmortalidad ni insensibilidad. Al contrario: porque existen cosas y personas frágiles nos hacemos fuertes para protegerlas, y es porque somos frágiles que nos apoyamos entre nosotros para resistir lo que venga.
Temari, olvidando su cansancio, se le quedó mirando con cierto asombro, obnubilada con su ternura. Durante el instante que siguió ninguno de los dos se movió ni dijo palabra, perdidos en la contemplación de la persona que tenían enfrente. El sol había caído y el cielo aparecía cada vez más oscuro, más frío.
La joven pensó, con amarga ironía, que no tendría que sorprenderle tanto que el tipo sepa qué decir en el momento exacto casi como si hubiera estado leyendo entre sus pensamientos, pues así de inteligente había sido siempre. Entonces tampoco tendría que sorprenderle, quizá, que su corazón se hubiese acelerado tanto que pareciese a punto de estallar.
Por eso nunca podía rechazarlo, precisamente por esas cosas sabía que corría con desventaja, y eran esas cosas las que le recordaban por qué un día se había enamorado de él. Y por esas cosas supo, además, que estaba en peligro de reincidir.
Si es que ya no era demasiado tarde...
-El amor nos vuelve débiles –dijo por fin, reconociendo lo que más le inquietaba-. Sabes que no me gusta la debilidad.
-Lo sé.
-Entonces también sabrás que no me convencerás con eso.
Shikamaru se llevó las manos a los bolsillos, asintió con la cabeza y miró a un costado, meditando en ello durante unos minutos.
-Pues no comprendo por qué –terminó por decir-. No creo que el amor esté hecho para los débiles, sino todo lo contrario –comentó, volviendo el rostro hacia ella-: se necesita fuerza para aceptar el amor.
Temari volvió a quedarse tildada, callada y desconcertada. En su fuero interno, no obstante, lo maldijo al menos una docena de veces, indignada con la inspiración que tenía ese día para hablar. Porque Shikamaru era, probablemente, el único hombre sobre la tierra que sabía cómo hablarle.
Él le sostuvo la mirada por unos breves instantes, se dio la vuelta y se marchó, dejándola sumida en su ensimismamiento. La kunoichi, embargada de sentimientos inapelables, observó su habitual paso cansino y su espalda al alejarse, más ancha de lo que recordaba.
