Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto

Hola, gracias por entrar n.n

Comenzamos a transitar la segunda mitad del fic, esperemos que la cosa empiece a tomar color. Shikamaru tiene un ritmo muy particular para hacer las cosas, pero bueno, al menos se está tomando el trabajo de intentarlo XD

Saludo a los anónimos de Courtheyhime, Shikamaru se acerca, claro que sí, ya lo verás ;D Muchas gracias por tu compañía de siempre n.n ana, hoy también se viene un capítulo especial, muchas gracias por tus palabras n.n

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


VI

Será con… ¿amapolas?


Aquel día, Temari estaba hasta el cuello de trabajo atrasado. Por alguna u otra razón se había distraído demasiado últimamente, y ahora tendría que organizarse mejor para compensar lo que había dejado inconcluso.

Cuando llegó a su oficina y divisó la torre de documentos pendientes, maldijo cada una de las plantas que Shikamaru le obsequió y con las cuales se ensimismaba cada día, perdida en sus cavilaciones. Porque la causa de su distracción no podía ser otra, y porque ya iba siendo hora de tratar de ponerle punto final a ese problema.

-Hasta se me pega lo problemático –masculló para sí mientras dividía la torre en tres pilas más accesibles-. Debería pasar menos tiempo con ese perezoso.

Y mientras ordenaba las carpetas alfabéticamente, una costumbre adquirida con el tiempo y que había adoptado los modos de una cábala, siguió reprochándose la falta de habilidad para manejar aquella clase de asuntos. Ahí estaba ella, una jounin destacada y reconocida, una embajadora de talento y eficacia, reducida a una colegiala inexperta gracias a los subterfugios del ninja más vago y más inteligente que hubiese conocido. ¿Quién lo hubiera dicho?

Suspiró con resignación. Después tomó asiento y empezó a leer el primer documento, un nuevo tratado de intercambio comercial.

Nadie podría asegurar que los tiempos de paz fuesen más fáciles de sobrellevar. Cuando a pesar de los afanes conciliadores había animosidad, había animosidad y punto. Sin embargo, la amistad entre los kages de sus respectivas aldeas ayudaba mucho a mantener la armonía, contexto por demás propicio para favorecer y fomentar las relaciones. Y muchos aldeanos, gracias a ello, habían alcanzado gran prosperidad.

Por eso, en lugar de disminuir, el intercambio entre aldeas no hacía más que crecer y crecer, y ella era una de las principales encargadas de intermediar. No obstante, sus dilemas personales habían empezado a afectar su desempeño, y eso la fastidiaba enormemente. Bastante tenía ya con su incapacidad para ponerle un freno a Shikamaru para tener que vérselas ahora también con su incapacidad de trazar una línea entre lo íntimo y lo profesional.

Pero ése era tan sólo un síntoma más de la forma como el asunto la estaba afectando. Y no se trataba sólo de las flores, por supuesto que no, sino de la insistencia y la seguridad del ninja que pretendía conquistarla. Siempre había sido un flojo para todo, ¿por qué diablos tenía que ponerse en plan de empecinamiento justo con ella?

Recordó por milésima vez sus palabras de la última conversación: se necesita fuerza para aceptar el amor... Y vaya si ella la necesitaba. Podía ser la más fuerte en el campo de batalla, pero para ofrecerse y aceptar los sentimientos ajenos se veía completamente inerme y vulnerable. No quería depender de él, ¡no quería depender de nadie!

Trató de concentrarse en la lectura de sus papales, pero era tan difícil… Tan difícil como asimilar ese latido errático de su corazón y esa ansiedad que experimentaba con sólo evocarlo. ¿Y si ya era demasiado tarde? ¿Y si de algún modo ya había sido vencida y capturada?

Temari negó repetidamente con la cabeza. Por supuesto que no, ¡de ninguna manera! Todavía podía resistir, todavía podía detener los avances de ese chico tan testarudo.

Llamaron a la puerta.

-Adelante.

Como no podía ser de otra manera, el sujeto que venía reinando entre sus pensamientos desde hacía tres días saltó a la realidad y se materializó delante de ella.

-¿Puedo pasar? –preguntó, asomándose detrás de la puerta.

Temari masculló algo ininteligible con toda la intención de negarse terminantemente.

-Pasa –indicó, haciendo gala de coherencia.

Shikamaru entró llevando consigo el consabido presente del día. Temari puso los ojos en blanco.

-Veo que estás ocupada –comentó el joven mientras se aproximaba al escritorio. Una vez allí depositó la maceta delante de ella con la mayor naturalidad del mundo-. En la posada me dijeron que estabas aquí. Espero que sea de tu agrado.

El campo visual de Temari quedó subyugado por la contundente corola roja de la única amapola que se erguía en la maceta, y todas sus aprensiones anteriores se disolvieron en el aire. Era una flor demasiado bella, la intensidad de su color la fascinó y durante unos instantes se quedó sin habla, perdida en su contemplación.

Y como siempre que reaccionaba de ese modo, Shikamaru se perdió en su propia observación de la mujer. Era increíble que con algo tan sencillo pudiera doblegarla de ese modo, mientras que la confesión de su amor apenas parecía haberle afectado.

-En la próxima vida me aseguraré de ser una flor –murmuró, y recién entonces Temari reparó en su presencia y lo miró con interrogación-. Nada –dijo él.

-Es muy hermosa, gracias –se dignó a expresar ella por fin.

-Sigo sin entender por qué te gustan tanto las plantas.

Temari se cansó de esa pregunta repetida.

-Pues si te esforzaras un poco más en relacionar mi lugar de origen con esa clase de atracción, tal vez obtendrías la respuesta que buscas.

-Sí, supongo que sí –repuso él con indolencia. Acercó una silla y se sentó. Luego apartó una de las pilas de carpetas y también la maceta para poder verla mejor, se acodó en el escritorio y apoyó el mentón en el hueco de su mano-. Yendo a lo nuestro, debo decir que encontré tantos significados para las amapolas, y tan contradictorios entre sí, que la verdad se me hizo problemático elegirlas.

-No me digas –se mofó ella, que fingió volver a sus documentos hojeándolos esporádicamente.

-Pues así fue.

-Cuánto lo siento, Shikamaru.

-Seguro que sí.

-Te habrás dado cuenta entonces…

-Ajá…

-…de que esto que haces no te conducirá a ningún lado…

-Ajá…

-…y de que estás invirtiendo tus energías en el objetivo equivocado…

-Ajá…

-…y que deberías desistir de una buena vez por todas –concluyó Temari, simulando estar leyendo unas líneas muy complicadas de entender.

Shikamaru la observó en silencio, reflexivo, con su sempiterno gesto de cansancio. De ningún modo podía extrañarle su reacción, él tampoco podía olvidar lo conversado apenas unos días atrás, la última vez que se vieron. En esa ocasión había movido la ficha más lejos de lo habitual, había herido en donde debía y de seguro que por eso ella ahora intentaba ponerle coto a sus planes. Pero también se estaba replegando, aunque no pudiese darse cuenta.

No podía permitir que eso sucediera. Lo primero vaya y pase, la conocía de sobra, pero lo otro le preocupaba, porque llevaba la impronta de cierta psiquis femenina y ese era un territorio oscuro incluso para él. Conocía muy bien el cerebro de Temari, pero su costado femenino, lo usara o no, era otro asunto.

Si empezaba a cerrarse en sí misma, aún más de lo que pretendía estar, Shikamaru se vería en serios problemas. Podía lidiar con su testarudez, con su orgullo, con sus estrategias defensivas, pero dudaba de su capacidad para evitar que se aísle y se anule, y de ser así, de ir por ella adonde quiera que se oculte.

-Parece que las amapolas simbolizan diversión –comenzó él-, aunque también están relacionadas con el sueño y la muerte.

-Vaya –profirió ella, todavía "atenta" a su lectura.

-La parte de la diversión me pareció insustancial.

-Hum.

-En cambio, la parte del sueño y la muerte suena más interesante, ¿no crees?

-La muerte es parte de nuestro trabajo –comentó Temari con liviandad, sin levantar la vista aún.

Shikamaru se le quedó viendo fijamente.

-Si tú lo dices… De todas maneras no pensaba en la muerte como el final de la vida, sino en la muerte como idea de límite, de terminación.

Ahora Temari respiró hondo, compuso un mohín meditabundo y pasó otra hoja del tratado sin mirarlo a la cara todavía.

-Si tú lo dices… -repitió, burlona.

Fastidiado, Shikamaru se estiró de súbito y le arrebató los papeles. Temari exclamó con asombro ante semejante acometida, pero el otro volvió a sentarse sin hacerle caso y comenzó a leer sin pedir autorización. Lo hizo a tanta velocidad y tan concienzudamente que la joven no llegó a salir de su perplejidad antes de que terminase.

-Listo. Ajusta los porcentajes de las ganancias y los tiempos de fabricación, y suspende los pedidos de productos que no son de primera necesidad –indicó, arrojando el tratado sobre el escritorio como si fuera una minucia sin importancia-. Los comerciantes siempre quieren vender más de lo necesario.

Temari, boquiabierta, ni siquiera supo cómo reaccionar. Shikamaru se reclinó un poco, cruzó las manos detrás de la nuca y depositó las piernas sobre el escritorio lo más campante, como si le hubiera resuelto el trabajo del día. El muy desgraciado.

Lo peor era que no podía entender del todo a qué se refería, pues la lectura del documento sólo había sido una treta para evadirse lo más posible de la conversación. En realidad no había llegado a leer ni una maldita línea, y la agilidad mental para tratar el asunto sumada a la desfachatez con la que se había acomodado en su propio despacho sólo provocaron en ella una creciente irritación.

No obstante, también era lo suficientemente astuta para analizar la situación y comprender lo que el tipo se proponía en realidad. De nada valdría despotricar. Hizo acopio de dignidad, se cruzó de brazos y se limitó a aceptar su derrota en aquella batalla.

-Está bien, ¡ya entendí! –masculló-. Admito que desconocía ese simbolismo de las amapolas –concedió entonces, lanzándole puñales con los ojos.

Ahora Shikamaru pareció satisfecho. Con lentitud e indiferencia volvió a acomodarse en la silla de modo decente para poder conversar del asunto que en verdad le interesaba.

-Pues eso es lo que representan –señaló-. Me gustaría pensar que no tendré que esperar hasta ese momento de mi vida para saber si puedo contar contigo o no.

-Sabes muy bien que puedes contar conmigo para lo que sea.

-Y tú sabes muy bien que me refiero a otra cosa.

Temari se removió, incómoda.

-En eso no puedo ayudarte.

-¿Ves? Por eso mismo lo decía.

-Shikamaru, ¡no me enamoraré de ti porque me traigas flores! –dijo ella con obviedad-. Y ya me estoy cansando de este jueguito tonto.

-De este jueguito tonto depende nuestro futuro.

-Eso es lo que piensas tú –se irritó ella.

-Y tú también, sólo que no quieres reconocerlo –retrucó él, empezando a irritarse también. Era demasiado testaruda. Una cosa era que les mintiera a los demás y otra muy distinta era que se mintiese a sí misma-. Para mí esta amapola no sólo simboliza la muerte, sino también el tiempo. El tiempo nos atraviesa y fluye continuamente, no se detendrá a esperarnos, Temari.

-Por eso dije desde el principio que estabas perdiendo tu tiempo conmigo.

Shikamaru suspiró con cansancio. Lo dicho: era más terca que una mula. Por ese lado de su conciencia había elevado un nuevo muro para impedirle el paso, ahora tendría que desviarse o incluso retroceder.

-Entiendo. Sólo quería que conste una vez más que deseo pasar mi tiempo contigo –declaró, reclinándose contra el respaldo de la silla. Luego se tomó unos segundos, meditando acerca de la conveniencia de retomar ciertos puntos de interés-. Entonces se trata de un asunto de confianza –agregó por fin.

-Ya hemos hablado de eso. Y no, no desconfío de ti, al menos no todavía –se mofó ella.

-Me refiero a que tu desconfianza pasa por el hecho de que, más que comenzar, temes no poder mantener una relación estable conmigo.

La joven se impacientó. Por supuesto que ésa era una de las objeciones claves para resistirse a los intentos de Shikamaru, lo habían conversado en otras oportunidades, pero era un asunto tan espinoso que no supo qué decir para desentenderse. Más allá de que podía tratarse de un temor natural y comprensible, develaba una flaqueza en ella que le disgustaba, ya que exhibía con demasiada contundencia el verdadero tenor de sus inseguridades.

Para una jounin de su talla y de su orgullo, esa debilidad se le hacía terriblemente inconveniente, sobre todo delante de un pretendiente tan determinado. Era como si el enemigo le descubriera los puntos flacos en pleno combate.

-Un futuro juntos me resulta… desconcertante –admitió, midiendo sus palabras.

Shikamaru se sorprendió por ese inusual rapto de honestidad.

-Nos conocemos perfectamente, sabemos que muy pocas personas pueden lidiar con nuestros defectos más que nosotros mismos –dijo él-. ¿De verdad crees que no resultaría?

Temari apretó los puños sobre su falda.

-Tú lo has dicho. Desconfío absolutamente de nuestra capacidad para sostener una pareja.

El ninja compuso un mohín reflexivo. El cerebro le bullía de posibles subterfugios para rebatir esa suposición, sin embargo sus emociones se habían removido y también tuvo que esforzarse por mantenerlas bajo control. En una pelea entre shinobis, el autodominio se hacía mucho más fácil que frente a la mujer deseada. ¿Pero qué decirle de nuevo, si ya le había dicho lo fundamental y aun así las palabras resultaron insuficientes?

Finalmente se levantó de la silla, rodeó el escritorio y la tomó de la muñeca para obligarla a levantarse también. Temari lo miró con asombro y profirió algunas exclamaciones de protesta, pero finalmente se dejó conducir hasta la parte más despejada de su oficina, sin comprender lo que se proponía. Shikamaru se colocó frente a ella tomándola de ambas manos.

-Mírame a los ojos y dime que de verdad piensas que seremos un fiasco.

Temari casi se quedó sin aire. A pesar de su resolución, no pudo ir tan lejos.

-Trabar amistad ha sido sencillo incluso con nuestros caracteres –señaló con cierta vacilación-, pero una pareja es otra cosa. No creo que podamos pasar por alto ciertos asuntos con la misma facilidad, con la misma naturalidad…

-Todo el tiempo que llevamos como amigos tiene que servir para algo.

-¿Algo como qué, por ejemplo? ¿Para conocernos?

-¿Te parece poco?

-Me parece exiguo.

Ahora Shikamaru la miró ceñudo.

-¿Qué diablos crees tú que es una pareja? Ilústrame al respecto, porque a veces siento que me estoy perdiendo de algo.

La joven se crispó. Intentó soltarse de sus manos para eludir tanto mental como físicamente la pregunta, pero él las retuvo con la misma eficacia que si hubiera aplicado su ninjutsu. Entonces optó por enojarse, pero tampoco le funcionó. La mirada del tipo era demasiado intensa y su planteo había alborotado irremisiblemente sus sentimientos, sumiéndola en gran contrariedad.

Tuvo que darse tiempo para recuperar cierto grado de autocontrol. Estaban calando muy hondo en el asunto y ese giro tan explícito en el tema la alteraba profundamente, exponiéndola ante la realidad de lo que sentía. Expuesta, ésa era la palabra, se veía cada vez más expuesta ante los inteligentes ojos de Shikamaru.

¿Qué podría decirle que no delatara aún más cuán vulnerable se había tornado en esa situación? Nunca, nunca jamás en la vida volvería a bromear con un sujeto como él. Sus manos persistían en sujetarla, le parecieron garras, y de pronto cayó en la cuenta de que había hecho tantos esfuerzos por soltarse y alejarse de él que finalmente terminó enredándose, quedando a su merced.

Recordó que ese día se había propuesto ponerle un punto final a sus tentativas, pero lo cierto era que iba perdiendo, perdía cada vez más terreno en esa batalla. Era él el que la tenía, era él el que la había atrapado.

-¿Y bien? –insistió Shikamaru al notar que demoraba en su respuesta.

Temari lo miró a los ojos sin poder entender a qué se refería. Entonces el ninja lo advirtió. Vio las dudas, los temores, las aprensiones que la embargaban. Y destellando desde lo profundo, advirtió también el amor.

Del mismo modo, percibió su desesperante necesidad de ser comprendida entremezclada con la certeza de que ella lo comprendía a él, de que sabía lo que eran juntos más allá de las palabras con las que se esmeraba por definir su relación. Temari lo sabía, sabía perfectamente todo lo que latía entre ellos, aunque insistiera en alejarlo de sí.

Shikamaru vislumbró que jamás podría responder a su pregunta con sinceridad, sino con más y más excusas superfluas. Se trataba de amor, ¡ahí había visto amor por fin!, y eso lo desbarató por completo. Temari estaba luchando contra la fuerza más arrolladora del universo y eso lo desarmó.

¿Por qué lo hacía? ¿Por qué no redireccionaba esa energía en fortalecer el vínculo que los unía? ¿Por qué te dañas de este modo, Temari?

Entonces, sopesándolo en relación a su pregunta, consideró que quizá no hubiese diferencia, que quizá la amistad que tenían ya había fundado a la pareja y trazar una línea divisoria sería caer en el absurdo. ¿Qué podría haber de distinto entre ellos más allá de un mero cambio de clasificación?

Era lo que él venía diciéndole desde hacía semanas y Temari, por más que lo negase, por dentro sabía que así era. Shikamaru no lo había pretendido ni lo había planeado, pero en ese momento por fin logró entrever con claridad los intersticios de su defensa.

-Jamás podrías responder con honestidad –murmuró, más para sí mismo que para ella.

-¿De qué hablas ahora?

-Jamás lo reconocerás.

-Mira, mocoso –intentó la kunoichi para acabar de una buena vez con esa incómoda sensación-, no creas que porque me presionas con esas pregunt…

Shikamaru le cortó la queja con un súbito beso. Por una vez, por una maldita vez en la vida, sin pensarlo demasiado. Había visto más de lo que ella había querido dejar traslucir y allí distinguió el espacio por donde podría seguir avanzando, pasara lo que pasase.

La joven lo recibió perpleja, anonadada con esa inesperada reacción. Apenas lo pudo soportar. El contacto duró unos segundos y de inmediato se echó para atrás, encarándolo con gran estupor.

-¿Pero qué diablos te pasa?

-Lo siento –repuso él.

-Pues nunca más vuelv…

Shikamaru arremetió una vez más abrazándola por la cintura. Para Temari fue tan abrupto que durante unos instantes no supo cómo reaccionar. Él maniobraba sobre su boca, se había pegado a ella, y en poco tiempo la kunoichi empezó a perder la noción de la realidad y a agitarse al compás de su exigencia. Quería zafarse pero era cálido, demasiado cálido…

Y demandante, y apoteósico, y subyugante. Quién lo hubiera dicho. De pronto sintió el frío de la pared en su espalda y por fin cayó en la cuenta de que la había arrinconado mientras la distraía con ese beso demoledor. Y ella no había podido resistirse.

Tal vez intentó deshacerse de él incluso así de acorralada, o tal vez le correspondió, fue tan abrumador que ni siquiera supo diferenciar entre una acción y la otra. Lo que sí supo con certeza, porque se lo gritaron cada una de las células de su cuerpo, era cuánto lo deseaba como hombre y durante cuánto tiempo se lo había negado a sí misma.

En otra época se había sentido atraída por él y creyó que esos sentimientos se habían esfumado. Sin embargo, se había equivocado por completo. Su atracción por Shikamaru no surgió de la nada a lo largo de esos días, ni por causa de sus flores o de su insistencia, sino porque simplemente había retoñado, había encontrado un nuevo y mejor momento para renacer y volver a expandirse.

Mientras lo besaba casi con desesperación, incluso mientras trataba de apartarlo con torpes manoteos sin objetivo, descubrió lo peligrosamente dulce que podía ser la rendición. Por dentro sintió derretirse, tuvo que invocar toda la sensatez que le fue posible para hallar un asidero.

¿Cuán ingenua podía ser una mujer enamorada consigo misma? ¿Hasta cuándo podría haber seguido engañándose si aquel plan de locos jamás hubiese sido iniciado? De sólo pensarlo se sintió disgustada y avergonzada. Sosteniéndose de esa idea, el orgullo de los Sabaku logró reflotar y así encontró la fuerza para detener el ímpetu de Shikamaru.

Cuando lo apartó, el ninja al principio se sintió frustrado, bruscamente sustraído de ese deleite. Pero cuando se recompuso, cuando logró recuperar el control de sus emociones, comprendió que hasta ahí podía llegar.

Había sido demasiado intenso, demasiado nuevo, más tarde tendría muchas cosas que pensar. Por ejemplo, en el hecho de que debería haber explorado la faceta del deseo físico mucho antes. Hubiera querido prolongarlo un poco más.

-No debiste haber hecho eso –dijo ella, ceñuda.

-¿De veras? Pues me pareció que se nos daba bastante bien para llevar tantos años de amistad.

-¡No seas cínico!

-Y tú no seas boba.

Temari lo apuntó con un dedo en gesto de advertencia.

-Esto no cambia nada.

-Pues ahí está, ¡ahí lo tienes! Ni siquiera te permites pensar en lo que ha sucedido –rezongó él, acercándose peligrosamente otra vez. Temari tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantener los pocos centímetros de distancia que los separaban, ya que la maldita pared no ayudaba-. El beso acaba de probarlo y ya no lo puedes negar: nada cambiará entre nosotros, sino que mejorará.

La joven no se dejó amilanar por su cercanía y empezó a pujar con su propio cuerpo para que se hiciera a un lado. Shikamaru se mantuvo incólume durante algunos instantes resistiendo sus pueriles embates, pero al final cedió a sus esfuerzos y dio un paso atrás.

-Deja de portarte como un pandillero conmigo, jovencito –reclamó ella cuando logró salir de la inconveniente encerrona lo más dignamente que le fue posible-. Sabes que no te temo y que no me convencerás de nada con un simple beso.

-Pues podría intentarlo de nuevo –se burló él, que en el fondo se moría por hacerlo.

-Ni lo pienses –le advirtió ella, asumiendo una graciosa postura defensiva detrás del escritorio, adonde había vuelto a ubicarse.

Shikamaru recompuso su habitual apostura perezosa. Mujeres… La miró con cansancio, se llevó las manos a los bolsillos y suspiró con resignación.

-Pues ahí te dejo la amapola, para que lo pienses.

-No tengo nada que pensar.

-Pues yo sí, y mucho –dijo él. Luego, resignado, se dirigió hasta la puerta.

A Temari se le hizo raro que se marchara así como así después de todo lo que había pasado. La desconcertó bastante, un poco la irritó y otro poco… la decepcionó, había creído que insistiría en su posición de galán enamorado. El muy condenado la tenía acostumbrada a ello. Sin embargo, parecía tan tranquilo en comparación a lo desestabilizada que se hallaba ella que al final optó por empezar a odiarlo.

Tal vez fuese exactamente eso lo que el sujeto se propusiese: desestabilizarla. Y lo había logrado.

Antes de abrir la puerta para marcharse, Shikamaru se volvió hacia ella. Si esa testaruda supiera lo que le generaba con solo verla… Ese día había ganado una gran batalla, besándola le demostró lo que en verdad sentían ambos. El corazón se le había sosegado, pero todavía latía con la fuerza suficiente para ofrecerle lo que siempre necesitaba dejarle en claro.

-Sabes, esa amapola me recordó que en todos estos años hemos visto demasiadas muertes –comentó mirándola a los ojos-. Hemos visto morir a muchos de los que amábamos.

Ahora Temari se sintió conmocionada. Luchó para no dejarse ganar por las emociones que esas palabras le provocaban y lo odió todavía más por haber cambiado tan abruptamente el tipo de atmósfera que los envolvía.

-¿Qué crees que piensen ellos acerca del tiempo que nos estamos tomando? –prosiguió él sin esperar una respuesta-. ¿Crees que esa amapola seguirá viviendo el día en que nos encontremos frente a frente dispuestos a aceptar por fin que nos hemos enamorado?

En el silencio que siguió, la mirada que intercambiaron vino cargada de significados mucho más elocuentes que los contenidos en la flor. Después Shikamaru abrió la puerta y salió de allí sin decir ninguna palabra más. Había hecho un gran movimiento, lo sabía, y aunque por dentro se sintiese dichoso por el avance, era conciente de que había depositado mucha responsabilidad sobre los hombros de Temari.

Sin embargo, guardaba la esperanza de que ella lo notase y comprendiese cuánta fe le tenía. Si la confianza en sostener una relación amorosa futura era el problema, él haría todo lo posible para demostrarle que confiaba plenamente en su predisposición para darse una oportunidad.

Por su parte, Temari se dejó caer en la silla pesadamente y liberó a su corazón para que rebotase de un lado a otro dentro de su pecho tanto como quisiera. Todavía podía sentir la calidez ajena en su boca, pero lo que más le preocupaba entonces, y la anonadaba, era la que se había expandido con tanto desahogo en cada rincón de su ser. Para su desazón, fue como si se hubiese liberado.