Perdón por la demora, es que entre las cosas del colegio y demás, se hace difícil escribir. Por compensación, aquí tienen un capitulo bastante largo. Va dedicado especialmente para dos de mis amigas (Lu y Noe) y para lily-castle, a quien quiero decirle que sí no sube capitulo acabara muerta (?

Y también, como no, van dedicados a todos los que la leen, y quisieron matarme por no actualizar desde una semana :3

Merlín no se había imaginado el destierro de esa forma. No es que esperase un festín, cama caliente y chocolate todos los días, pero aquello tenía que ser una broma.

Volvía a estar perdido. Por cuarta vez. Luego de marcharse de Camelot, no se había detenido hasta encontrar a Kilgharrah, y cuando lo hizo, la única respuesta que le dio este fue que todo llegaría a su tiempo, que el Rey reconocería su error e iría en su búsqueda.

Y aquello exasperó al joven hechicero. Arthur era lo bastante orgulloso para ir en su búsqueda.

Luego de su encuentro, se permitió descansar en una taberna de una aldea escondida de la faz de la tierra. Le había costado dos monedas de oro, junto con una jarra de cerveza y un poco de pastel de carne. Y aunque sospechaba que la cama tenía unas cuantas pulgas, se sintió satisfecho. A la mañana siguiente, partió sin retraso, sin fijar rumbo, remarcando que no tenía su caballo, puesto que había desaparecido misteriosamente, junto con sus pertenencias.

Se limitaba a observar los paisajes, a la espera de sus amigos. Sabía que lo iban a encontrar, pero no sabía cuánto tiempo les iba a tomar.

Había pasado una semana de lo ocurrido, y a pesar de que tenía dado por sabido que se estaba alejando demasiado de Camelot, no se preocupó en lo absoluto. Quien te busca, te encuentra. Sin importar qué.

En esos momentos, seguía vagando por la orilla de un rio caudaloso, tratando de recordar el camino. Creía que tenía que cruzar el agua y luego tomar el camino izquierdo, pero no tenía idea de cómo cruzar; por lo que prefirió bordearlo, hasta encontrar un camino que lo cruce.

Pero claro, con su desgracia, ni bien camino veinte pasos, se tropezó con una raíz sobresaliente y cayo directamente al rio.

A pesar de que sabía nadar, se le dificulto un poco, pero trato de mantenerse a flote, y luchando contra la corriente, intento llegar al otro lado, pero fracaso: cuando trato de agarrarse del borde, las manos se le resbalaron, y perdiendo el equilibrio, choco las piernas con una roca sumergida, seguido a golpearse la cabeza, y cayendo dormido. Mejor suerte no podía tener.

Cuando se despertó, se encontró tendido en el suave pasto, escuchando el correr del agua. Sonrió felizmente, pero luego de que cayera en cuenta, se sobresaltó: alguien lo había salvado.

Se dio la vuelta rápidamente, y no encontró a nadie. Cuando volvió a girar la cabeza, su mirada se topó con unos ojos color miel, que lo escudriñaban atentamente.

Asustado y sorpresivo, se arrastró unos tres pasos hacia atrás, mientras que el desconocido le sonreía amablemente.

-¡Que alegría, estáis con vida! Ya pensé yo que no había llegado a tiempo.

Su voz tenía un tono dulce y suave que tranquilizo a Merlín, pero no lo suficiente para seguir mirándolo fijamente.

El color de su piel era bronceado. Era alto, aproximadamente un metro ochenta, de contextura flaca y atlética, por lo que se podía observar. Vestía con unas botas marrones viejas, en las cuales se metían unas calzas negras dos talles más grandes. La camisa era blanca, y los primeros tres botones estaban desabrochados. A la izquierda de su cintura portaba una larga espada, lista para ser usada.

Su rostro tenía facciones delicadas: nariz chica, mentón afeitado, ojos claros y una que otra peca dando vuelta por ahí. Su cabello era color marrón claro, y un flequillo le caía sobre la frente, pero lo mantenía respectivamente corto, llegándole unos pocos centímetros arriba de los hombros. Lo mantenía algo ondulado.

Seguía con su sonrisa grabada en el rostro, mientras que esperaba que Merlín dijera algo, pero impaciente, comenzó a hablar nuevamente:

-Te he encontrado en el rio, boca arriba, inconsciente, e inmediatamente fui al rescate. Te saque del agua sin ningún esfuerzo, pero no respirabas, por lo que te hice respiración boca a boca. ¿Ningún problema, verdad?

Merlín abrió la boca y los ojos al mismo tiempo que su salvador prorrumpía en carcajadas:

-¡Es mentira, hombre! Respirabas normalmente, solo tuve que ayudarte con el pecho, para que pudieras escupir la gran cantidad de agua que habías tragado.

Merlín seguía tendido en el suelo, sin saber que decir. Se palpo el cuerpo, esperando encontrarse con alguna herida o lesión, pero todo estaba perfectamente en orden, salvo una cosa: su oro ya no estaba allí.

Miro inmediatamente al hombre, que seguía con su radiante sonrisa. Pero al notar que el ex ahogado lo mirada culpablemente, le acerco la bolsa de oro, que había estado detrás suyo todo este tiempo.

-Le he sacado el agua solamente. Si quieres cuéntalo, no hay problema.

El morocho agarro la bolsa dubitativo, y desconforme y avergonzado, se puso a contar las monedas. No era algo que le gustase, el desconfiar de la gente, pero era lo único que tenía para mantenerse con vida. Cuando termino su tarea, volvió a contarlas nuevamente: algún cálculo iba mal, las monedas sobraban en vez de faltar.

-Creo que has metido tu dinero en mi bolsa. – dijo hablando por primera vez. El desconocido lo miro sin importancia.

-Cortesía de la casa.

-No, en verdad no las quiero, toma… - comenzó a separarlas, pero el hombre joven lo paro de antemano.

-Las necesitas más que yo. No tienes pinta de estar acostumbrado a esta vida. – acoto amablemente.

Merlín se encogió de hombros, intimado.

-No soy un vagabundo, ni un ladrón. – agregó rápidamente. No quería que lo tilden de mala manera. – Lo juro.

-Os creo. – contesto angelicalmente.

El joven mago lo miro a la espera. Ahora… ¿Qué tenía que hacer?

-Gracias, me has salvado la vida. – murmuró, mientras se incorporaba con su ayuda.

-Ah, no es nada. Solo hice lo correcto.

-Muy poca gente se hubiese tirado al rio a rescatarme. – dijo de mala manera.

-Y muy poca gente me agradecería de algo. – acoto él, burlándose a sí mismo.

-¿Por qué lo dices? – pregunto luego de unos segundos, cuando recogía el chaleco marrón que había tendido el extraño para que se secara.

El otro se encogió de hombros.

-Nadie habla con gente como yo, ¿sabes? Nos tildan de….¿cómo se dice? Inadaptados podría ser.

El morocho le sonrió, para que se diera cuenta de que él no lo había hecho.

-De cualquier forma, gracias nuevamente…. – se percató de que no sabía su nombre, y quedaron las palabras suspendidas en el aire. Sin ningún problema, su rescatista se presentó:

-Los conocidos me llaman Niel, los cercanos, Nath, y los guardias, escoria.

Merlín retuvo una risa:

-¿Escoria?

-Escoria. – afirmo sin ningún problema. – Pero dudo que uses tú ese sobrenombre.

-Entonces, ¿Cómo debo llamarte? – preguntó Merlín.

-Me llamo Nathaniel, pero puedes decirme de la forma que te guste. ¿Y tú, cuál es tu nombre?

-Merlín.

-Bueno, Merlín, me alegra haberte salvado. – Agarro una cartera de cuero gastada cruzada, y saco de ella una manzana roja, que tendió al hechicero – Ten, come algo.

Se paró en medio del camino, mientras que Merlín devoraba en cuestión de segundos la preciada fruta. Al observar como acababa la comida, pregunto sonriente:

-¿Tienes hambre? – Y saco otra manzana, que Merlín atrapo en el acto.

Vagaron por el bosque toda la mañana, sin saber bien a donde se dirigían. Entablaron una conversación amena, y luego de tanto caminar, pararon en una taberna a comer y tomar algo.

-Yo invito. – dijo Merlín, pero Nathaniel lo paro en seco y se dirigió hacia la barra, donde saludo alegremente al tabernero.

-¡Bernie, viejo amigo! Tanto tiempo… ¿puede ser dos cervezas y una sopa de caldo? Agradecería mucho si viene con algo extra.

Peor, al parecer, Bernie no estaba en sus mejores días. Dejo a un lado el trapo y agarro por el cuello a Nathaniel, levantándolo unos centímetros del suelo.

Nathaniel no se asustó: para él, aquellas situaciones eran rutinarias.

-¿Dónde está el dinero que me debes? – ladró Bernie.

-Lo estoy juntando. Prometo que pagare temprano. – contesto, mientras trataba de tocar suelo.

Bernie lo soltó con un bufido y siguió atendiendo a los clientes. Nathaniel se acercó a Merlín, quien tenía la cara pálida por el susto.

-No ha sido nada – lo tranquilizo Nath - ¿Lo ves? Estoy ileso.

-¿Cuánto debes? – pregunto Merlín, para saber si podía ayudarlo. De alguna forma tenía que pagar su deuda.

Nathaniel, sin ser tonto, le prohibió su ayuda.

-Un problema mío, no tuyo. Yo me arreglo solo. De igual manera, aprecio el gesto. – le palmeo la espalda y se sentó en la mesa más cercana a la salida, invitando al joven brujo.

Ni bien les sirvieron, comieron. Estaban muertos de hambre. Acompañaron la comida con diferentes charlas, para conocerse más aún. En eso, Merlín pudo descubrir que a Nathaniel no le caía bien la gente de la realeza, que tenía una hermana, por la cual, lo desterraron del reino en donde vivía, por defenderla de un asunto ligados con príncipes. Desde ahí, había conseguido oro haciendo múltiples trabajos, utilizando siempre la espada, y en apuestas, las cuales perdía casi siempre.

Merlín no contó nada de su vida, solo escucho lo poco que decía su nuevo compañero. Había tenido una vida como la de cualquier campesino: difícil de llevar, y con inviernos fríos; pero siempre se las arreglaba para tener una cama caliente al final del día. Y eso, en muchas ocasiones, incluía a rameras de las aldeas.

Al finalizar, sin tiempo para hacer bien la digestión, Nathaniel le susurró:

-Primero tú, y luego yo.

Merlín no había entendido el mensaje hasta que se encontró parado, dispuesto a irse sin pagar. Miro por encima de su hombro, y encontró a Nathaniel alentándolo, a que siguiera el camino, fingiendo que nada pasaba.

Merlín cerró los ojos y negó con la cabeza, ¿en serio estaba haciendo aquello? Él podía pagar sin problemas.

Ni bien traspaso la puerta, escucho un ruido dentro del a taberna que lo obligo a voltearse: Nathaniel venía corriendo – con su radiante sonrisa – seguido por varios hombres armados.

-¡Corre! ¡Corre! – le gritó, divertido.

Merlín corrió, pero no sabía hacia donde, por lo que redujo la marcha, a la espera de su compañero. Cuando se unieron los dos, Nathaniel lo empujó hacia la izquierda, para adentrarse en el bosque.

Uno de los hombres que los perseguía alcanzo el pañuelo de Merlín, y con algo de lastima, el morocho se lo desprendió del cuello, volviendo a seguir a Nathaniel, que ya se había adelantado.

No pararon ni siquiera cuando ya no había rastro de ellos. Siguieron corriendo, hasta que un rio los obligo a detenerse.

Miraron hacia atrás, y luego se observaron entre ellos, estallando a carcajadas. En un primer momento estaban comiendo y charlando entre ellos, y luego, en cuestión de segundos se encontraron corriendo en el bosque, huyendo del lio en el que se acababan de meter.

-Ha sido divertido. – admitió Merlín, que sentía su corazón palpitándole fuertemente.

Nathaniel suspiro y apoyo una mano sobre el hombro de Merlín.

-Y tú que querías pagar mi deuda. – negó con la cabeza, entre divertido y enfadado. – Merlín, ¿de qué cuento has salido?

Paso otra semana, en la cual, Merlín volvió a caerse al rio por un descuido suyo. Esta vez, perdió la bolsita de oro que contenía todos sus ahorros.

Nathaniel lo ayudo en el acto, pero Merlín insistía en volver al rio, para recuperar el oro.

-Es solo plata. El dinero va y viene. – comento Nathaniel, mientras le quitaba el chaleco para ponerlo al sol.

-Yo puedo hacerlo. – se defendió Merlín, avergonzado por aquel gesto.

-¿No te has roto el brazo? De lo que estoy contigo, eres propenso a cometer cagadas y terminar herido.

Merlín rio con ganas: era lo que siempre comentaba Arthur.

-No, estoy bien.

Agradeció con la cabeza y siguieron su camino, alejándose cada vez más de Camelot.

Los caballos no iban a detenerse fácilmente. No sí Arthur no le decía que paren. Y para hacerlo, estaba demasiado enojado. Su tío, Gaius y Gwaine le habían ocultado algo muy importante: Merlín había ido al bosque sin acordarse de nada porque estaba bajo los efectos de una planta, y él no sabía nada. Y por aquello lo había desterrado, sin ser su culpa…. Que idiota que fue.

Los caballeros lo acompañaban, guardando silencio. Sabía que si decían algo, todo iba a explotar. Y toda la culpa iba ir dirigida a Gwaine, que no había abierto la boca cuando fue el momento. Pero él ya tenía su defensa: Arthur no lo iba a escuchar, porque era lo que Merlín quiso decirle, y como siempre, no le había hecho caso.

Habían partido temprano a la mañana, y ya estaba anocheciendo. Habían pasado por varias aldeas, y en una sola les había informado que Merlín se había detenido a dormir, pero luego siguió su viaje, sin comentar a nadie a donde iba.

Arthur maldijo por lo bajo. Rogaba que estuviera con vida.

A la decimocuarta vez que pararon en una aldea, todo estaba convulsionado. Arthur no tuvo tiempo de fijarse por qué, y tampoco de preocuparse: ya estaba lejos de su tierra, por lo cual, aquel no era su reino, y no le importo en nada lo que pasaba allí. Él buscaba a Merlín, y nada ni nadie lo iba a detener. Solo rogaba con que estuviera vivo, y que lo perdonara.

Describió a su amigo tal y como lo había hecho en las demás aldeas, y el posadero lo escucho atentamente. Luego, hizo una mueca de desagrado.

-¿Orejudo y morocho? – preguntó, para estar seguro.

Arthur y los caballeros asintieron con la cabeza.

-¿Y por qué un Rey busca a un ladrón como ese? – inquirió, intrigado.

Gwaine y Arthur se miraron entre sí, sin comprender. Elyan carraspeo y Percival rio bajito, pero al final fue Sir Leon el que acotó:

-Merlín no es un ladrón.

Bernie rio por lo bajo, malvadamente. Saco de debajo de un mueble una prenda roja, que mostro al Rey.

-¿Esto era de tu amigo?

Arthur la tomo entre los dedos, y la acaricio lentamente. Sí, eso inevitablemente era de Merlín.

Asintió con al cabeza.

-Su preciado amigo anda con un ladrón que debe más oro del que puedo recordar. Hace apenas un día, vinieron a comer y descansar aquí, y se fueron sin pagar. Huyeron, se internaron en el bosque. Hemos enviado una patrulla para que los cacen vivos o muertos. Me da igual. Sólo los quiero a ambos.

Arthur trato de serenarse y no mandar al diablo al tabernero, pero le fue imposible: Merlín no era ningún ladrón. Lo conocía bastante bien.

Con la furia a flor de piel, agarro por las solapas al sucio Bernie, y sin darle tiempo a responder, apretó los dientes mientras murmuraba:

-En cuanto pongas un dedo encima de él, juro que la pasaras mal.

Percival y Gwaine trataron de que Arthur soltara al sorpresivo posadero, y cuando lo lograron, Elyan y Sir Leon agradecieron su ayuda y se marcharon rápidamente de allí.

-¿Estáis demente? – pregunto Gwaine, ya cansado.

Arthur lo fulmino con la mirada.

-¡Contesta! Así no hallaremos a Merlín. – agregó.

-Sí es que lo hallamos con vida. – murmuro negativamente Elyan.

-Pero ¿Qué os pasa? – Gwaine negó con la cabeza, enojado, y volvió a subirse al caballo. Sí querían pelear y retrasarse más, allá ellos. Pero él no se iba a detener.

Arthur lo siguió sin acotar ni una palabra más, y como había indicado Bernie, se internaron en el sombrío bosque.

La noche había pasado y la mañana había llegado, llena de murmullos. Las copas de los arboles no permitían que la luz pase en cantidad, y Merlín empezaba a tener frío.

Nathaniel había estado en guardia toda la noche, y en eso, había tratado de conseguir algo de comida, pero lo único que consiguió fueron dos conejos jóvenes, que devoraron sin rechistar.

Habían prendido un fuego para mantenerse caliente, pero la mañana comenzaba a irse, y con ella, venían los guardias.

Los habían escuchado durante toda la noche, pero Nathaniel tranquilizo a su compañero diciéndole que, debajo de ellos había otro camino, que era por donde estaban yendo los guardias, y que era imposible cruzarlo sin demorarse algunas horas, más si era de noche, ya que presentaba diversas colinas.

Merlín, intranquilo, fue a reunirse con Nathaniel.

-Deberíamos partir. – sugirió.

Nathaniel lo miro, y luego asintió con la cabeza, apagando el diminuto fuego que se había conservado.

-¿Hacia dónde? – inquirió.

El morocho miro hacia la dirección de Camelot, y negando con la cabeza, señalo lo contrario.

-Lo más lejos posible.

Habían dormido mal durante toda la noche. Arthur todavía sentía las ramas clavadas en su espalda. Ansiaba hallar a Merlín y volver a Camelot, lo más pronto posible.

El camino que tomaban ahora serpenteaba bastante, y arriba había otro camino, pero les era imposible subir. Tenían que bordearlo todo, y eso les iba a costar trabajo.

En un momento dado del día, en que todos los caballeros parecieron haber recuperado el ánimo de hablar, Arthur les pidió groseramente que se callen. Y cuando Gwaine le iba a discutir, un murmullo proveniente de arriba le hizo cerrar la oca.

-…cuando vivía en el reino, era herrero. No iba mal en mi trabajo, y mi familia tenía una vida respetable. Pero todo eso se fue al diablo cuando mi hermana se enamoró del príncipe. Él la trataba mal, y yo era el único que lo sabía. Pero el amor enfermizo de mi hermana fue tan grande que no se daba cuenta. Un día, cansado de verla sufrir, tome el valor y el coraje y lo rete a un duelo: sí él ganaba podía estar con mi hermana para toda la eternidad, pero si perdía, yo mismo en persona me iba a tomar la molestia de separarlos. El príncipe era un completo idiota en duelo, por lo que obtuve ventajas. Tenía todas las de ganar, pero él jugo sucio: hizo estocadas que no estaban permitidas, y con mi guardia baja, un golpe termino llevándome al suelo. El príncipe gano, y como condena por retar a un miembro de la realeza, me desterraron. – La voz era proveniente de un hombre, eso estaba claro, al igual que iba dirigido a alguien. Y cuando Arthur lo escucho hablar, sentía que todos los nervios que había cargado durante esas dos semanas se disipaban lentamente.

-Eso no es justo. –Era Merlín. Su tonto y fiel Merlín.

-Ve a decírselo a él.

-¿Dónde se encuentra tu hermana ahora?

-Casada felizmente con él, gobernando el Reino. Y odiándome, cabe aclarar.

-Pero ¿ella no se dio cuenta de que la maltrataba?

-Para ella, los golpes eran un signo de amor verdadero de parte de él. Puras idioteces. – El tono de la voz era dulce, pero se podía notar un gran grado de enojo en él.

-¿Y tus padres? ¿No te hablas con ellos?

-No he vuelto a pisar el reino y sus cercanías hace diez años. Y no tengo un hogar estable para enviarles cartas.

-Eso es triste. – remarco Merlín. Arthur podía imaginarlo con los ojos vidriosos, típico de él.

-Concuerdo contigo. – Hubo una pausa de unos segundos – Entonces, ¿Cuál es tu historia?

-¿Mi historia? – pregunto incrédulo.

-¿De dónde provienes?

Los caballeros escucharon atentamente, y siguieron caminando a la misma vez, para tratar de hallar a Merlín. Gritaron su nombre varias veces, pero era en vano: Merlín no podía oírlos.

-De Ealdor, una aldea pequeña.

-Oh sí, la conozco. La gente de ahí es muy amable.

-Pero en estos últimos años he vivido en un reino.

-¿Y de allí has obtenido el oro?

-Así es.

-¿Cómo lo has conseguido, si se puede saber?

-Trabajando. – Arthur y los caballeros siguieron buscando desesperados un camino que los lleve, mientras escuchaban las voces cada vez más cerca.

-Dudo que te dedicaras al saqueo y contrabando.

-Era sirviente. – Fue al grano.

-¿Sirviente? Vaya, deberás haber tenido varios señores a tu cargo para conseguir todo ese oro.

-Sirviente único del Rey de Camelot, Arthur Pendragon. – Dijo con cierto orgullo y tristeza. Sí Nathaniel lo notó, callo.

-¿Y porque te fuiste? ¿Tan malo era el trato?

-No me fui. Fui desterrado.

Arthur paro en seco, escuchando dolido como acababa de decir aquello su amigo. Gwaine lo animo a seguir.

-¿Por hacer…?

-Por vagar en el bosque inconscientemente en épocas de guerra. Al encontrarme, me declararon culpable, ya que no sabía porque estaba allí. De igual manera, soy inocente.

-Claro, sí, inocente. – comento en modo irónico.

-De veras.- insistió Merlín.

-Pregúntale a cualquier fugitivo y te dirá que es inocente.

-Yo no tengo toda la culpa: él también carga con algo. Debería haber confiado en mí y escuchado.

-Es un Rey, y tú un sirviente, ¿Qué esperabas?

-Él no es como todos los reyes: era mi amigo.

-Tú lo has dicho: era. Y aquí tienes una prueba de que es como los demás: sí fuera diferente, y si te considerada realmente tu amigo, no te hubiera declarado culpable y desterrado.

-Sé que es diferente.

-Merlín, reyes y sirvientes no tienen lazos de amistad.

-Sólo…pensé que iba a venir en mi búsqueda.

-¿Y porque habría de hacerlo? Fue él quien te desterró. ¿No tienes amigos en Camelot?

Guardo silencio. No se escuchó nada más. Los caballeros apuraron el paso.

-Eran cercanos al rey, ¿Verdad? – la otra voz hablo primero.

-Son los caballeros reales. – admitió Merlín.

-Con que gente te codeas, Merlín… ¿Y ellos tampoco trataron de que el destierro no ocurra?

-No, no podían hacer nada.

-¿Hablas en serio? ¡Ellos podrían haberte apoyado y evitar que te desterraran! ¡Si sabían que pasaba podrían haberles dicho…!

-Arthur nunca escucha. Es muy orgulloso.- cortó Merlín, defendiendo a sus amigos.

-Pero en tal caso….Dioses, trato de entenderte, pero la verdad es que no sé cómo hacerlo. Llamas amigo a alguien que no te ha defendido en tu juicio. La verdad es que no sé qué definición tienes de amigo. Tenemos términos diferentes.

Merlín no dijo nada.

-Sí yo fuera ellos, de verdad te hubiese defendido. Alguien como tu es difícil de encontrar en estos tiempos. Eres un amigo excepcional, Merlín. Tiene suerte de que ellos te tengan.

Arthur podía imaginarse a Merlín sonriendo como un idiota.

-Entonces, tú también tienes suerte.

-¿Estas llamándome amigo?

-Pues, me he quedado contigo y te he seguido en las mil y un locuras que se te ocurrieron, y no te he delatado. A eso considero también amigo, ¿verdad?

-Eres una personita muy misteriosa.

-Lo sé.

-Entonces, ¿Qué planeas hacer? No puedes vagar por el bosque el resto de tu vida.

-No lo sé, supongo que esperare un rato más.

-¿Esperar? ¿Sigues pensando que vendrán?

-¿Tu no lo harías?

Hubo un silencio. Mientras, caballeros y Rey encontraron un modo de subir, que los hacia observar la escena: pero del otro lado. ¡Habían tomado el camino del otro lado! Bueno, pero al menos, ahora Arthur podía observar a Merlín: hacía dos semanas que no lo veía, y aquello era más del o que podía soportar.

Merlín estaba despeinado, más zaparrastroso que nunca, y tenía la cara y la ropa sucia. Su compañero tenía el mismo corte. Iban los dos a la par, y mientras hablaban, se miraban fijamente.

-He hecho una pregunta. –esta vez, Arthur escucho mejor su voz. Grito nuevamente su nombre, pero no lo escucho. Maldición, si él lo escuchaba, ¿Por qué Merlín no?

-Sí, lo haría. Pero también pensaría en una alternativa por si no aparecen.

-Sí, la he estado pensando, pero no me convence. Para lo único que soy bueno es siendo sirviente. Y dudo que me quieran tomar en una aldea.

-Puedes ser herrero. – sugirió el desconocido, encogiéndose de hombros.

Pero antes de que Merlín pudiera contestar, una gran sonrisa –mostrando todos sus perfectos dientes blancos- ilumino su rostro.

-¡Tengo una idea! –exclamo.

-¿Es normal que tenga miedo de oírla? – bromeo.

El extraño lo empujo juguetonamente y luego se puso serio.

-Yo puedo conseguir trabajo, mientras que tú puedes ser aprendiz de algo.

-Claro, ¿y dejar que pagues todo tú? Además, ¿de qué trabajarías?

-Hay muchos trabajos para los que estoy capacitado. Herrero, leñador, guerrero….

-¿Y renunciarías a la vida que tanto aprecias, a la libertad, sólo por mí? No, paso. No quiero cargar con el saber que he arruinado todos tus sueños. No quiero que estés bajo órdenes sabiendo que es lo que más detestas.

-No lo detestaría. No sí es por una buena causa. Además, estaría contigo. Con mi amigo. Ya es hora que vaya buscando mi lugar en el mundo.

-Tú lugar es este. – insistió Merlín, quien de pronto se paró, extendiendo los brazos, tratando de abarcar todo el bosque.

El extraño se volteó y lo miro divertido.

-Merlín, yo no tengo lugar propio. Nadie lo tiene. Déjate de quejas y camina, ¿quieres? No quiero ser carne molida para el anochecer.

-Vamos, no puedes hablar en serio.- Merlín emprendió la marcha, igual que los caballeros.

-¿Por qué no? No tengo muchas posibilidades con esta vida: lo más probable es que pronto acabe muerto. Y sí hay una probabilidad de éxito, una pequeña esperanza, la tomaré.

-¿Estarás feliz viviendo conmigo y trabajando?

El extraño sonrió.

-¿Lo ves? Ya vas considerando la idea.

-Pues, no tengo que hacerme tantas ilusiones, ¿Verdad?

Su acompañante se encogió de hombros y lo miro apenado:

-Cuanto lo siento.

-¿De verdad?

Hizo una mueca y luego se hecho a reír.

-No, lo dije para hacer que te sientas mejor. Soy muy torpe con los sentimientos. Vamos, camina, que se me congela el trasero.

-Conozco un buen método para calentarlo. – bromeo el morocho, rompiendo en carcajadas.

-A que sí. Y serás tú el que me lo caliente si de verdad no empiezas a mover las piernas.

-Ya voy, ya voy.- se excusó, tomando aliento.

Cuando la charla pareció finalizada, los caballeros se miraron entre sí, y luego Arthur, mas furioso y enfadado que nunca con Merlín, hallo un sendero que los llevaba cuesta arriba. Lo tomaron inmediatamente, y luego de unos minutos, se encontraban nuevamente arriba, en el mismo lugar que había estado poco antes Merlín.

Corrieron por entre las malezas, y cuando los divisaron, gracias al aviso de Percival, se tuvieron que esconder detrás de unos arbustos: una cantidad de guardias pasaba por el sendero, y Arthur no quería problemas.

A los pocos segundos, escucharon nuevamente el murmullo de Merlín:

-Deja las bromas, hablo en serio.

-Yo también. No quiero desvestirme solo porque no quiero violar tus ojos vírgenes.

-Eres un….

-¡Cuidado!

Los guardias que habían pasado ahora atacaban a Nathaniel y a Merlín. Eran los mismos de las aldeas.

-Escóndete Merlín. – exclamo, blandiendo su espada.

Merlín se quedó entre el medio de los guardias, sin ser divisados por estos: solamente tenían prisa en atacar a Nathaniel, quien se defendía muy bien y lanzaba varias estocadas certeras y mortíferas.

Sin saber muy bien que hacer, y por el segundo escóndete de Nathaniel, se echó hacia atrás, procurando pasar desapercibido. Pero claro, no se hallaba muy bien allí: no se hallaba cómodo dejando solo a su amigo. Pero ¿Qué podría hacer? Usar la magia era una de las muchas posibilidades pero, ¿Realmente quería que se enterara? ¿Y si tenía algún problema con los magos, y eso hacia quebrar su relación? No, claro que no. No dejaría que eso pase, al igual que dejarlo solo.

El grupo de hombres estaba formado por cinco personas, de las cuales ahora quedaba en pie una, pero faltaba otra. Merlín salió de detrás de los árboles y trato de encontrar al ausente, cosa que no le fue difícil: venía corriendo, dispuesto a matar a su amigo, quien no se daba cuenta.

Rápidamente, agarro la espada de un caído y fue en su ayuda. Muy pocas veces había matado a alguien con una espada en mano: las pocas veces que lo hizo fueron en situaciones extremas, y otras con magia. A él no le gustaban las guerras, y mucho menos las espadas y cosas así. Pero no le quedaba opción. No esta vez.

Cuando Nathaniel termino con su oponente busco a Merlín con la mirada, y gracias al grito de este, pudo correrse lo justo para que la espada del enemigo no diera en el blanco.

Sin llegar a tiempo a acabar con su vida, Merlín ocupó su trabajo: hundió la punta de la espada en el abdomen del hombre, que luego cayó con peso muerto en el suelo.

Nathaniel no dijo nada: solo miro al hombre y a Merlín. Luego, le arrebato la espada de las manos y lo obligo a que lo mirase.

Merlín no podía dejar de observar al hombre muerto, volviendo a sentir aquella horrible experiencia, pero una mano fuerte, ubica por debajo de su mandíbula, lo hizo volver en sí.

Se encontró mirando fijamente los ojos color miel de su amigo, a quien acababa de pagarle la deuda.

-Acabo de…. – trato de explicar, tartamudeando.

Nathaniel lo zarandeo para que salga del shock.

-Merlín, siéntate. – ordeno, con su voz dulce. Parecía que estaba hablando con un animal herido.

El morocho obedeció rápidamente, desplomándose en el suelo, contrayendo la cara para no llorar.

-Deja caer las lágrimas. – Susurro Nath – Te sentirás mejor.

-Acabo de matar a alguien. – murmuro, dolido.

-¿Nunca lo has hecho? – pregunto, sentándose a su lado y acariciando su espalda, tratando de consolarlo.

-Sí pero… no lo entenderías. – Merlín volvió a levantar la cabeza, con las mejillas mojadas por las últimas lágrimas. – Estoy bien. – mintió.

-Estoy cada vez más seguro que nuestro se cumplirá. No puedes seguir así. Esta vida no es para ti.

-Y la otra tampoco lo es para vos. – contra ataco.

Nathaniel rio, con esa particular risa suya.

-Merlín, Merlín, tú tampoco lo comprenderías. – volvió a zarandearlo por última vez y se puso de pie, obligándolo a hacer lo mismo. – La gente hace cosas inesperadas, locas y muchas veces, peligrosas. Pero siempre hay un motivo para ello.

-¿Cuál es tu motivo? – preguntó.

Nathaniel se encogió de hombros.

-Creo que el mismo de los que nos están espiando ahora. – contesto con toda la naturaleza del mundo, dándose vuelta y mirando detrás de unos arbustos. Señalo con la espada a ellos y continuó- : Vamos, los he descubierto. Salgan, sé que son más de uno.

Arthur suspiro y se mostró: preferiría no hacerlo delante de aquel imbécil. Para su sorpresa, los caballeros lo siguieron, desenvainando sus espadas.

Merlín cerró los ojos y suspiró: sabía que iba a haber conflicto.

-¿Nombres? – pregunto Nathaniel, manteniendo su espada dirigida al rubio.

-Arthur. –respondió Merlín. Todos lo observaron, y luego, su amigo sonrió.

-Vaya, con que este es el Rey de Camelot. No tengo el honor de conocer vuestro reinado.

-Y nunca lo tendrás. – declaro Arthur.

-Ea, ¿Qué problemas tienes conmigo? – pregunto divertido e irónico Nathaniel, mientras se acercaba a él.

Arthur no se quedó atrás y dio cinco pasos más, para quedar enfrentado a él.

-Os pregunto lo mismo.

Nathaniel volvió a sonreír, y mirando a merlín, levanto las cejas y negó con la cabeza.

-Merlín – llamó antes Arthur. Merlín levanto la vista y lo miro, a la espera. Su mirada desbordaba sentimientos: por parte de Arthur, podía ver la pena, el dolor y el arrepentimiento que sentía. Por parte de Merlín….era difícil saberlo. – Toma mi caballo. Volverás a Camelot.

Merlín lo miro sorprendido, pero no se atrevió a moverse. No quería dejar a Nathaniel.

-Merlín. – insto Arthur, fulminándolo con la mirada.

Gwaine dio un paso adelante y lo animo, formando una sonrisa.

-Vamos amigo. – murmuró, haciendo caso omiso a la expresión burlona de Nathaniel.

-Ahora es su amigo, ¿Verdad? Cuando descubren que no ha tenido la culpa. O cuando descubren que puede encajar en otro lugar, pero ustedes son tan engreídos y posesivos que no piensan dejarlo ir. – declaró Nathaniel, enojado. Había querido decir eso desde antes.

-No son asuntos tuyos. – Arthur apretó los dientes.

-¿De verdad piensas eso?- Esta vez no sonrió. Levanto la espada a la misma vez que el rubio hacia lo mismo, chocándolas frente a frente. – Eres rápido. – admitió, no sorprendido.

-Y tú un idiota. – no pensaba elogiar a un ladrón.

-¿Qué piensas hacer? ¿Matarme? ¿Repartir justicia?

-Te llevare de nuevo a la aldea, y allí decidirán que hacer contigo. – sentenció Arthur.

Merlín protesto:

-No es asunto vuestro.

Los caballeros lo miraron sorprendido. Aquella respuesta no era típica de Merlín.

-Parece que el aire del bosque ha hecho olvidar a quien te diriges. – murmuró Arthur, sin quitar la vista de Nathaniel.

-O tal vez le ha abierto los ojos. – sugirió Nath. – No eres un Rey. No aquí, Pendragon. Estas no son tus tierras, y no puedes hacer en ellas lo que se te plazca. Por lo cual, no puedes repartir justicia.

-Tienes el discurso bien armado, como si esperaras que alguna vez te cazaran.

-Admito que he cometido delitos, pero tú también lo has hecho. Tú y tu padre. Por venir del otro lado del mundo no significa que no me entere de la Gran Purga, o de las estúpidas leyes que rigen Camelot.

Entonces….Nathaniel estaba a favor de la magia y en contra de los Pendragon. Merlín no sabía si eso era bueno o malo.

-No tengo por qué discutir eso con un ladrón. – Arthur hizo girar las espadas, dejándolas debajo de sus cinturas. Nathaniel se acercó más a él, y con asco, comento:

-Y Merlín no tiene porqué obedecer tus órdenes. Es libre.

El morocho carraspeo, para que volvieran la vista a él, pero no lo hicieron: estaban lo bastante ocupados compitiendo entre ellos.

-Tú tampoco tienes que decidir su vida.

-Yo no decido sobre ella: yo lo dejo elegir.

Se alejó de Arthur, extendiendo los brazos y sonriendo nuevamente.

-Vamos Merlín, escoge. – comentó, mientras Arthur lo fulminaba con la mirada. – Tú preciada vida en Camelot como sirviente, o la libertad, conmigo.

Dos propuestas tentadoras. Dos personas que apreciaba. Dos caminos a elegir. ¿Qué iba a hacer? ¿A quién iba a escoger? ¿A Arthur, su leal amigo, y compañero de destino? ¿O a Nathaniel, el chico del bosque y compañero de aventuras?

Necesitaba pensar. Necesitaba estar solo por unos momentos.

Merlín se encogió de hombros, dio media vuelta, y dándole la espalda a todos, se marchó cabizbajo, analizando la situación.

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