Mil disculpas la demora. El colegio es la causa de mi retraso. Antes de continuar, quiero agradecer a todos los que leyeron la historia y a todos los que me dejaron sus adorables reviews. En serio, me hace feliz ver que a alguien le gusta lo que escribo :3 Ahora si, el final:
Merlín no podía describir la expresión de Arthur al ver a Nathaniel desafiándolo. E incluso declarándosele de cierta forma a Merlín.
-Es una guerra perdida – murmuro Arthur, apretando los dientes. – Sabes que llevo las de ganar. – No querría sonar egoísta, pero esa era la realidad.
-Lo sé –contesto para su sorpresa Nathaniel – Pero quiero demostrarte que algunos no somos tan egoístas como tú, y dejamos elegir.
-Tú has propuesto las ideas, ¿lo olvidas?
-Le mostré los caminos. – aclaro, apretando los puños En todo lo que llevaban, Merlín no había visto enojado a Nathaniel, y aquella podría ser la primera vez.
-Él no quiere seguirte a ti, entiéndelo. Él me quiere a mí.
-Oh vamos Arthur, deja de ser tan cruel. – pensó Merlín, mientras veía la expresión de dolor que ponía Nathaniel.
-Eso era antes. ¿Por qué no le planteas nuevamente la pregunta?
-No debo hacerlo. Yo no dudo de sus sentimientos.
-Tienes miedo de…- empezó Arthur, pero Merlín lo hizo callar:
-¡Parad ya con esto! ¡Es una locura! – Ambos lo miraron sorprendidos, mientras que Merlín decía todo lo que se le apetecía: - ¡He entendido que ambos están dispuestos a pelear por mí, pero yo no me quedare con ninguno de los dos! ¡Ambos son dos idiotas egocéntricos!
Nathaniel lo miro divertido, contento de que por primera vez lo escuchara decir algo para defenderse. Mientras, Arthur trataba de contener una carcajada: Merlín enojado era muy gracioso.
-Le hablas a un Rey Merlín. – le recordó Arthur.
-Me importa un rábano tu corona, Arthur. – El morocho se encontraba hiperventilando, tratando de calmar todos sus nervios. Aquello…le había sentado bien.
-Así se dice. – masculló Nathaniel, y tiempo después, los tres rieron. Esto…esta situación carecía de lógica.
-¿Qué haréis entonces? – pregunto Nath luego de un rato.
Merlín y Arthur se miraron, sin saber que responder.
-Te diré qué Merlín – Nathaniel se le acerco con la cabeza gacha, para luego levantarla y mirar directamente a los ojos de Merlín: quería acordarse de todo, de cómo era, de los sentimientos que albergaban sus ojos, de esa forma tan particular de ser…Quería acordarse para cuando ya no este con él, a su lado. Para cuando se halle en un reino muy lejano y difícil de entrar: - Sé que no estoy a tu altura, y ni siquiera tengo un trabajo y una vivienda; para decir verdad, no tengo nada, sólo a ti. Y por eso quiero que sepas una cosa: no importa el lugar, el tiempo ni las condiciones, yo siempre te….
Cuando iba a terminar la oración, una gran luz ilumino el túnel, dejando ver las siluetas de los hombres que los habían perseguido por todo el trayecto. Arthur reacciono al tiempo que una flecha pasaba zumbando por las orejas de su amigo.
-¡Agachaos!
Obligo a Merlín a tirarse cuerpo a tierra, y a cubrirse con lo que encontrara, del mismo modo que había hecho Nathaniel.
-¿Una salida? – pregunto rápidamente, mientras agarraba su espada.
Nathaniel asintió con la cabeza, al tiempo que se paraba y se dirigía hacia el fondo de la cueva, y corriendo una gran roca – que parecía pesada pero que en realidad no lo era- revelo una salida.
-¡Vamos, moveos!
Arthur ayudo a Merlín a levantarse, y lo obligo a salir primero. Con el ladrón volvieron a tapar la salida, y se encontraron completamente en la oscuridad.
-No tardaran en llegar. – admitió Nathaniel, al tiempo que los guiaba a través del largo y oscuro túnel.
-¿A dónde nos lleváis? - inquirió Merlín, palpando las paredes.
-Al bosque, para que puedan retomar el camino a casa. – aclaró.
Merlín se paró en seco, haciendo que Arthur se chocara con su espalda.
-¡Camina! – ordenó, tratando de no hacer caso al gran vacío que había sentido al notar que Merlín se detenía cuando entendió que volvía a Camelot.
-Ya voy, ya voy.
Al finalizar el túnel, salieron a la intemperie, donde le sol comenzaba a calentar. Los tres se detuvieron a recuperar el aire y renovarlo, pero eso solo duro unos segundos: en el túnel se escuchaban las voces de los cazadores.
-Andando. – balbuceo Arthur, al tiempo que se ponía a la carrera.
Nathaniel y Merlín se observaron en silencio durante unos minutos, y luego comenzaron a correr.
La marcha había sido larga y tediosa, y el no tener alimentos ni agua complicaba más las cosas. De minutos en minutos, Arthur paraba para poder ayudar a Merlín a seguir el camino: su amigo estaba mucho peor que él, su capacidad física había empeorado a causa de la falta de alimento de las dos semanas. Y Arthur había sido el culpable de eso, aunque su amigo no quería darlo a conocer.
A la décima octava vez de que Merlín se cayó de bruces al suelo, Arthur lo cargo en sus brazos, observado atentamente por Nathaniel.
-¿Qué tanto veis? – inquirió molesto. ¿Nunca había visto a alguien cargar con otro?
-Se nota que en verdad lo aprecias. – dijo lentamente.
Arthur resoplo.
-¿Ahora lo notáis?
Merlín estaba consiente, pero no tenía ánimos suficientes como para evitar que volvieran a empezar una larga y tediosa disputa. Pero sin embargo, insistió en que lo depositen en el suelo, para poder caminar por si solo: no quería que nadie se sintiera con la obligación de tener que cargarlo.
Cuando tuvieron recorrido un largo trecho, siguiendo siendo perseguidos, Nathaniel decidió que era mejor separarse:
-Así los despistaremos.
Arthur había asentido, pero no quería escuchar la respuesta de su amigo:
-Merlín, ¿hacia dónde vais a dirigiros?
El morocho miro a los dos hombres angustiados: Arthur estaba de espaldas a él, esperando una respuesta, seguramente con los labios fruncidos, mientras que Nathaniel seguía sonriendo.
-Yo…
Suspiro. Sabía que esa situación no era eterna, que tendría que elegir entre los dos. Pero hubiese preferido que tardara en llegar. Tenía que partir a Camelot, ese era su deber, su destino, y lo que más quería. Pero por el otro, también prefería hacer magia a su antojo, y estar con Nathaniel. La libertad ya la tenía: aunque no podía mostrarse como era, él ya tenía la libertad con Arthur.
Pero la verdad y el camino ya estaban marcados e incluso él, el mago más poderoso, tenía que rendirse ante estas simples cosas. Tenía que rendirse ante un Rey, y ante su amigo.
Pero no podía despedirse simplemente de Nathaniel. No como si fuera una persona a la cual no le tenía mucho aprecio. Era Nathaniel. Era su amigo.
Se acercó lenta y decididamente hacia Nathaniel, y pudo notar la tristeza que emanaban sus ojos. Entonces….ya sabía que no lo había elegido a él, por más que quisiera. Pero, obviamente, Arthur no lo sabía.
Al mismo tiempo que Merlín se paraba frente a su nuevo amigo, Arthur emprendió nuevamente la marcha, solo, con un paso lento y cansado, y con todas sus emociones y sentimientos destrozados. No se imaginó volver sin Merlín. Camelot no iba a ser lo mismo sin él.
No lograba entender como Merlín se marchaba con alguien que acababa de conocer hace poco. Él, Arthur, su amigo desde hacía unos años, que lo había salvado miles de veces, que había sufrido por él, que había sido tan cariñoso y bondadoso….puras estupideces. Eso era lo que había sucedido. Una estupidez y una gran confusión. Merlín era un sirviente, sólo eso. Entonces, ¿Por qué sentía ese gran vacío en su pecho? Ah, sí, claro: porque no era tan idiota como para contenerse con esa insignificante palabra. Sirviente…muchos sabían ya que esa palabra no definía el vínculo que los unía.
Mientras, Merlín se tomó su tiempo para poder despedirse de Nathaniel. No hubieron palabras, ni lágrimas, ni abrazos: solo miradas, que lo decían todo.
A lo último, Nathaniel se encogió de hombros, y con los ojos vidriosos, musitó:
-Venga ya, después de todo me lo venía venir.
Agarro a Merlín del brazo y lo abrazo, lo único que podía sentirse capaz de hacer. Pero…no iba despedirse sin antes hacer lo que tanto hubo querido hacer desde el principio: luego de separarse, lo mantuvo cerca de él, y de forma impredecible para el morocho, Nathaniel en un abrir y cerrar de ojos poso sus labios quedamente en los del mago.
No hubo nada más que eso: solo un roce. Un roce que hizo sentir a Merlín una gran descarga eléctrica, un roce que lo hizo sentirse la persona más estúpida del mundo por no saber cómo actuar; pero de todas maneras, antes de que pudiera reaccionar, Nathaniel se había separado, mirándolo directamente a los ojos. Y sintiéndose pleno y satisfecho a ver la cara de sorpresa y felicidad de Merlín, volvió a formar su ya conocida sonrisa.
-Recordaré: Camelot, aprendiz del mago de la corte, Gaius.
-¿Para qué…? – pudo formular Merlín, quedamente.
-Para enviarte cartas.
Le revolvió el pelo una vez más, y antes de que se arrepienta del todo, volvió a regalarle una de sus más tiernas sonrisas y emprendió el viaje, hacia el reino donde vivía su tío, para poder al fin establecerse en un lugar.
Merlín miro nostálgico el sendero por donde acababa de desaparecer Nathaniel. Todavía quedaban las ramas de los arbustos moviéndose lentamente, como signo de su despedida.
Inspiro aire bruscamente y se obligó a sí mismo a seguir: busco a Arthur con la mirada, y lo diviso ya siendo un punto lejano, perdido entre el bosque.
Corrió para alcanzarlo, y cuando estuvo cerca de él, volvió a caminar. Se puso a su lado en pocos minutos, y cuando Arthur noto su presencia, se sobresaltó más de lo esperado:
-¿Merlín…? – quiso preguntarle que hacía aquí, con él, por qué lo había elegido; sí minutos atrás estaba con Nathaniel.
Merlín lo miro de mala manera, pero luego se apiado de él y cambio su mirada por una más cálida y bondadosa:
-Venga, se nos hace tarde.
Arthur le sonrió tiernamente y le apretó cariñosamente el hombro, como solía hacer siempre.
El viaje de regreso duro hasta el anochecer, y cuando llegaron a las puertas de Camelot, los caballeros venían detrás suyo, con caballos. Arthur no comprendió como los habían conseguido, y ni como habían sabido que estaban ya en Camelot.
-Los hemos visto, pero no quisimos interrumpirlos. – aclaro Sir Leon, sonrojándose un poco.
Arthur asintió con la cabeza. En realidad, ninguno de los dos había hablado en todo el trayecto, así que no sabía a qué se refería Sir Leon con eso, pero lo dejo estar, de todas maneras.
Merlín les sonrió también, y se dirigió hacia el castillo, donde el ultimo recuerdo que tenía era de él abandonándolo, siendo juzgado de traidor.
Diviso a Agravaine en una de las ventanas reales, pero no le importo en lo absoluto. Ahora que ya sabía que la confianza de Arthur seguía estable, sabía que ninguna palabra de Agravaine podría hacerlo cambiar de opinión.
Arthur lo alcanzo en seguida, y poniéndole las dos manos en los hombros, lo guío hacia dentro, riéndose torpemente. Pero Merlín no tenía ganas de jugar, estaba cansado, y deprimido, y lo único que quería hacer era irse a la cama.
-Arthur… - se quejó, pero su amigo lo hizo callar.
Lo guio hasta sus habitaciones, y una vez dentro, Merlín volvió a sentirse como en casa. Pero no dejo que la sonrisa que tenía pensada hacer asomara en sus labios.
-Vamos, Merlín. – insistió Arthur, dejándolo parado en medio de la habitación, mientras él iba en busca de algo.
Merlín observo toda la habitación, y se permitió sonreír y reír al mismo tiempo: la habitación era un completo desastre.
Había pilas de ropa sucia por doquier, documentos tirados y esparcidos por todo el suelo e incluso en la cama, su armadura no estaba pulida, había manchas de barro…en fin, todo era un desastre.
-¿Qué ha pasado aquí? – quiso saber Merlín, divertido.
Arthur lo miro con una gran sonrisa en sus labios:
-Ha pasado lo que yo llamo Arthur Pendragon Sin Sirviente.
Merlín siguió sonriendo, y esta vez negó con la cabeza.
-¿No pudiste conseguirte uno por un periodo corto? ¡Mira este desastre! – y se acercó a las pilas de ropa, donde las empezó a revolver. – Arthur, eres un desastre.
-Lo sé, y por eso estáis aquí. - Agarró un trapo y una cubeta y se la entrego, con la cara fingiendo seriedad: - vamos, sirviente, empieza tu trabajo.
-De ninguna manera, primero dormiré. – Se acercó a la puerta y la abrió, listo para marcharse, pero una pregunta formulada por Arthur lo hizo detenerse para responder.
-Entonces, ¿Volverás a ser mi sirviente?
-Sí Arthur, volveré a ser tu sirviente.
Las semanas en Camelot pasaron más rápido de lo que Merlín podía imaginar. La noche que se fue de los aposentos de Arthur, Gaius lo recibió con un gran abrazo y unas cuantas frases paternales. Merlín sonrió para sus adentros y abrazo al viejo, pensando en cuanto lo había extrañado. La relación entre Merlín y su rey se había mantenido igual que antes, nada había cambiado. Excepto una cosa: ambos sabían que era lo que sentían por el otro, pero no dejaban sacarlo a la luz.
Ahora, luego de que pasaran cuatro semanas tranquilas, Merlín y Arthur se encontraban subiendo los escalones de la entrada de Camelot, cuando fueron sacados de su entretenida charla por el mensajero:
-Alteza - saludó a Arthur haciendo una reverencia y luego se dirigió al morocho- Os traigo una carta, dirigida para el Señor Merlín.
Arthur alzo las cejas, intrigado, mientras que Merlín se ponía todo colorado y recibía la carta con un balbuceado Gracias.
-¿Quién es el admirador secreto? – pregunto Arthur, con un deje de broma en su voz.
Merlín negó con la cabeza al tiempo que leía el revés de la carta. Y cuando leyó el nombre, sintió que iba a desfallecerse.
-¿Quién es? – volvió a preguntar Arthur, notando el cambio en Merlín.
El morocho guardo la carta y negó con la cabeza.
-Mi madre, luego la contestaré. – contesto sin darle mucha importancia, mientras que por adentro temblaba como una hoja en otoño.
Y, vamos, había que ser muy idiota para no saber de quién era la carta. Merlín no era buen mentiroso, eso Arthur ya lo sabía, por lo que intento creerle, aunque en el fondo sabía de quien era la carta.
Subieron hasta sus aposentos, donde el Rey se concentró en leer documentos y hacer otros, mientras que su criado limpiaba todo a su alrededor.
Como sabía que el rubio no le estaba prestando la mínima atención, Merlín, desde el toro extremo de la habitación, se atrevió a leer la carta:
Querido Merlín:
Antes que nada, sí puedes leer esta carta, me sentiría el hombre más afortunado del mundo. Sé que tal vez no sea buena opción enviártela con mi nombre, estando Arthur merodeando por allí, por lo que la hare corta y breve, y te pediré que contestes a la dirección que figura en su revés.
Os quiero decir que los momentos que pase contigo van a ser, para mí, inolvidables. Quiero darte las gracias por haberte atrevido a pasar ese tiempo conmigo.
Os quiero decir también que, por todo lo que más ames en el mundo, no te sientas culpable con tu decisión: has hecho lo correcto. Grábatelo en tu memoria. Porque, después de todo, algún día ibas a marcharte: estimas a Arthur mucho más de lo que crees.
Sí Merlín, antes de que frunzas el ceño y niegues esto, ponte a pensar. Y sí no quieres hacerlo, te lo diré yo mismo: "El y tu tienen algo con lo que nunca podré competir: su relación va más allá de lo que imagináis, lo he visto. Ambos se quieren más de lo que creen. Además, también tiene algo que nunca será mío, por más que pelee por el: Tiene tu lealtad, tu respeto y tu amor. Y siempre lo escogerás a él, siempre, dado que ese es tu destino. Se tendría que considerar el hombre más envidiado del reino. Haz que lo sepa.
Pero si alguna vez quieres hablar, estar en compañía de otro, o solo recordar viejos momentos, puedes encontrarme en este reino. Siempre esperare por ti.
Mis más sinceros abrazos y sonrisas.
Nathaniel.
Y Nathaniel tenía razón, pensó Merlín. Arthur tenía algo suyo que nunca iba a ser de nadie más: su corazón.
Levanto la mirada, para observar a su tonto Rey, quien estaba leyendo algunos viejos pergaminos que tenía que firmar. Lo observo atentamente, como si fuera la única oportunidad que tendría de hacerlo. Un gran alivio le invadió todo su cuerpo, junto con la nostalgia. Le sonrió tonta y dulcemente en el momento que Arthur levantaba la vista, encontrándose con la mirada de Merlín.
-Sire. - susurro él, mientras inclinaba la cabeza y salía de sus aposentos, dispuesto a hacer una pequeña visita a un viejo amigo.
Arthur frunció las cejas, y se levantó, para ir tras él.
Irlo a visitar no tenía nada de malo. Al fin y al cabo, él sabía que lo suyo con Arthur tampoco nunca iba a poder ser. Él se tendría que cansar con una mujer, y convertirla en su reina, para así tener herederos. Y Merlín no podía darle todo aquello, ni siquiera aunque fuera un mago.
Por lo que…irlo a visitar no implicaba traicionarlo. No le había dispuesto ninguna orden de no ir a verlo, ni de acercarse a él. Además, era su vida, y no podía entrometerse. Sí él quería ir a visitar a Nathaniel, iría a visitar a Nathaniel.
No podía considerarse traición, pensó Merlín. Ni tampoco infidelidad. Porque Merlín no estaba con Arthur, y tampoco él iba a hacer algo con Nathaniel. Sólo a visitarlo. Sólo a eso.
O al menos, era lo que se repetía Merlín para convencerse a sí mismo.
Llego al establo y ensillo rápidamente su caballo, al tiempo que el rubio se apoyaba al marco de la puerta, observándolo asustado.
-¿A dónde te marchas? - inquirió, pensando que ya había solucionado todo, y que Merlín no tenía que sentirse culpable.
-Volveré. - prometió el morocho, mientras daba los últimos toques a su silla de montar.
-¿Volverás? - preguntó, para estar seguro.
Merlín lo miro dubitativo. Pensó que le estaba haciendo una broma, que lo estaba tratando de hacer parecer un tonto, pero cuando comprendió realmente su miedo, le sonrió para tranquilízalo.
-Lo visitaré, y luego vendré a Camelot. - explicó, dando por sabido que se refería a Nathaniel.
Parecía como si Arthur estuviese debatiendo una lucha en su interior, tratando de hacer y decir algo que ni él sabía cómo hacerlo.
-No me refiero a que si volverás a Camelot - trato de explicar, mientras respiraba entrecortadamente. - Me refiero a que sí volverás a mí.
Merlín ensancho su sonrisa, y negando divertidamente con la cabeza, se subió al caballo, dispuesto a marcharse.
-Contesta. - suplico Arthur, acercándose a él. ¿Qué le pasaba? Esa reacción no era de él. Suplicarle a su sirviente no era algo que hacia todos los días.
Merlín trato de reprimir una risa. Aquella situación era divertida.
Miro a Arthur, antes de partir, y haciéndolo sentir mejor, le comento:
-Nunca me he ido.
Bueno, quiero agradecerles nuevamente a todas las que me han seguido y han dejado sus comentarios. Desgraciadamente, esta historia ha llegado a su fin ¡Gracias por su buena onda siempre! Nos estamos leyendo :3
