Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y a la Saga Crepúsculo, sólo me adjudico la historia y algunos personajes.
Capítulo VIII: "Secretos."
Capítulo beteado por Melina Aragon, Beta de Élite FanFiction (www facebook com / groups / elite . fanfiction)
"Uno se es fiel a sí mismo y se basta."
Jean Anouilh
La traición…
Es aquella falta que comete una persona que no cumple su palabra o que no guarda la fidelidad debida.
En mi caso, es este último el concepto perfecto. Carlisle no me ha guardado fidelidad, la ha roto una y otra vez sin pensar en cómo me hace sentir con eso. Quizás anteriormente había mantenido la compostura por no recaer en típicas revistas de chismes, pero ahora, que su período presidencial está por acabar, puedo tomar la decisión por mí misma y dejarlo ir. En cuanto el desayuno fluye por mi esófago, me doy cuenta de lo difícil que será el divorcio… con un niño en medio. Maldita sea.
Cierro la tapa del váter y me recuesto sobre la pared del baño.
¿Por qué ahora cuando las cosas estaban empezando a mejorar? Le digo a mi panza que ha comenzado a crecer. Muchos han tratado de evitar el tema, pero sé que ya se están dando cuenta del fruto que habita en mí. Mi pequeñito o pequeñita. ¿Ahora cómo decir que me divorciaré?
Bella, Marzo 2008
Las cosas en la Casa Blanca han estado tan atareadas que apenas he podido comer. Alice, la hermana de Carlisle, viene dando saltos de felicidad hacia mí.
Ann viene tras ella caminando tímidamente, cosa muy extraña en ella porque siempre desborda alegría.
—¿Adivina qué, Bella? —canturrea.
—¿Uhm?
—Ann te ha hecho un dibujo muy bonito. —Sonríe—. Muéstraselo a la tía B. —Le insta.
La pequeña me muestra el dibujo, son unos garabatos nada parecidos a Carl y a mí, pero arriba de ellos están escritos nuestros nombres y en medio de nosotros está ella sonriente.
Sonrío y la atraigo hacia mí para darle un fuerte abrazo.
—Gracias, Ann.
Esa niña a pesar de ser muy feliz, ha desarrollado cierta aversión hacia mí, quizás porque adora a Carlisle, es su figura paternal y se siente celosa cuando pasa tiempo conmigo y no con ella. Pero el dibujo que ha hecho es signo de aceptación.
—¿No tienes algo que decirle, Annalisse? —inquiere Alice.
Ella asiente y me sonríe abiertamente.
—Te quiero, tita.
Al fin.
La alzo en mis brazos y le doy muchos besos en ambas mejillas. Ann ríe dulcemente y me rodea el cuello con sus brazos.
Estoy sumamente feliz de que por fin me quiera. Ha sido difícil. Muchos regalos, cariño, insistencia y aquí estamos. Cuando menos lo espero, ya la tengo de mi lado.
Tras la muestra de amor de Ann decidimos ir por un café. Carlisle no se percata de nuestra ausencia al estar demasiado ocupado en sus asuntos. Debo admitir que estos dos años han sido duros para nosotros, toda la cosa de la presidencia, el matrimonio arreglado, nos han llevado a separarnos aún más, si es que eso es posible.
Al comienzo a penas nos quitábamos las manos de encima, decir que estábamos enamorados era una blasfemia, pero ¡sí que corría tensión sexual entre nosotros!Era todo lo que podíamos regalarnos el uno al otro: sexo. Con el pasar del tiempo todo el sexo convencional dejó de ser agradable y pasamos a ser salvajes en la cama, disfrutando de fetiches que yo creía imposible habitaran en mí.
Carlisle es un tipo duro con aversión hacia lo romántico. Sin embargo, en los dos aniversarios de boda que hemos tenido ha hecho acopio de todo lo que su corazón puede dar y me ha dado regalos fantásticos, dignos de una mujer amada.
Recordar todo esto me hace suspirar de pesar. Al menos la vida no era tan mierda como lo está siendo ahora. Es la peor etapa de nuestro matrimonio.
—Bella, ¿sucede algo? —pregunta mi cuñada con preocupación. Ann me mira atentamente.
Niego y sonrío vagamente.
Luego de comprarle un helado a Ann, paseamos por varias tiendas de ropa. Cuando pasamos por una joyería decido comprarle un reloj muy bonito a Carl. Su fascinación por los relojes es increíble, tiene colecciones de ellos en un sitio muy restringido de la Casa Blanca. Quizás el que le compre no sea su favorito, pero vale el intento. Alice me guiña un ojo cuando ve lo que estoy comprando y me arrastra hacia una pequeña tienda donde envuelven regalos.
Al atardecer nos regresamos a la Casa, contentas por tan lindo día juntas. Ann se ha pegado como una lapa a mí, eso después de los obsequios que le compré y unas cuantas historias que le conté, historias que me contaban cuando era pequeña y que por cierto, me encantaban.
—¿Dónde está Carl? —cuestiono al personal de seguridad.
Ellos me miran con seriedad y señalan hacia su despacho.
Me encamino sonriente y con la pequeña caja en mis manos, cuando uno de los grandotes me intercepta.
—Eh, señora, Carlisle pidió que nadie lo molestara —dice nervioso.
Entrecierro los ojos hacia él y presiento un mal rato. Carlisle nunca me impide entrar libremente a su despacho, esté con quien esté, soy su mujer y tengo todo el derecho. Él mismo me lo ha dicho, ¿qué le habrá hecho cambiar de opinión?
Ignoro lo que James me dice y sigo mi camino como la mujer terca que soy.
Toco la puerta repetidas veces hasta que oigo un bufido del otro lado.
Calma, Carl, al menos estoy siendo decente y toco. Pienso.
Una imagen muy distinta de un Carlisle trabajando me recibe. Está despeinado, sus pantalones a medio colocar y sin camisa. Lleva una expresión furiosa en el rostro hasta que me reconoce.
—B-Bella… —Titubea.
Luego la puerta se abre completamente dejando en descubierto a una mujer rubia de piernas largas y pechos operados.
—¿No habías dicho que nada de molestias, bebé? —La rubia suspira mientras me fulmina con la mirada.
Siento que voy a desmayarme o a vomitar. Y es lo que exactamente hago.
Derrapo todo el contenido de mi estómago en el pasillo y Carlisle intenta ayudarme pero se lo impido dando manotazos.
—¡Para, Bella! ¡Estás botando sangre por la boca, joder! —exclama con desespero.
Y es verdad, estoy rodeada y manchada de sangre. La visión me hace desmayarme inmediatamente y me olvido de lo que sea que haya pasado, quiero pensar que es un sueño. Lo último que veo antes del desmayo es a la rubia con una sonrisa triunfal y Carlisle peleando con alguien detrás de mí.
Cuando me despierto, estoy en lo que parece una habitación de hospital, con todo lo frío y silencioso que caracteriza a una. No distingo mucho, no puedo ver con claridad, siento punzadas en mi estómago y un pinchazo en el brazo. Cuando dirijo mi vista a un lado, veo una máquina que hace un ruido desesperante: Bip, bip, bip, bip…por lo menos sé que estoy viva, todo el dolor me lo indica. La imagen de Carl con esa mujer en su despacho, haciendo Dios sabe qué, me horroriza y acelera el corazón. Fui engañada como a una idiota. Unas lágrimas brotan de mis ojos y quiero morir. Lo deseo realmente.
Una enfermera rubia entra y me mira con preocupación.
—Tranquila, Isabella. Estás bien. Todo está bien —me dice con voz suave.
Revisa mi pulso y me coloca un medicamento a través de las agujas en mi brazo.
—¿Qué me ha pasado?
—Tienes gastritis. Por eso haz vomitado sangre. Pero no te preocupes, ¿vale? Con una buena dieta y los medicamentos necesarios, verás cómo te pones de bien. —Sonríe y me relajo—. Hay alguien afuera que quiere verte.
—Si es mi marido, no lo quiero aquí —sentencio.
La chica suspira y asiente.
—Deberían hablar. También está una niña, no ha parado de preguntarme por ti, es preciosa.
—Ann… —murmuro con un poco de alegría—. Dile que pase. Y gracias por todo, ¿cómo es tu nombre?
—Lucy Williams, a tu orden.
.
.
.
Amanda Williams…
Es el nombre de la rubia barata con la que Carl me ha engañado. No me costó mucho atar cabos y darme cuenta de que es hermana de la amable rubia que me atendió en el hospital. ¿Será posible que el pasado de Carlisle siempre me persiga? Al parecer, Amanda, fue una amante suya. Y lo sigue siendo.
El médico en guardia me recetó una dieta libre de grasas y unos medicamentos, además de reposo absoluto hasta que dejara de sentir náuseas, es decir, siete días aproximadamente.
Carlisle se ha deshecho en disculpas, flores y esas mierdas pero no las quiero. No he armado alboroto por miedo a lo que digan las noticias, hasta ahora sólo he visto que anuncian mi enfermedad y un posible embarazo, pero gracias al cielo, no es uno.
—Hola, tita.
—Hola, cariño. ¿Qué traes? —Atraigo a mi sobrina hacia mí.
Me entrega una pequeña cajita donde se encuentran unos diminutos pero relucientes zarcillos de plata, tienen forma de gota y son preciosos.
—Gracias, nena. —Le doy un beso en su cabecita—. ¿Me lo has comprado tú?
La niña ríe y asiente efusivamente. Ha de ser regalo de Carlisle, pero definitivamente no lo rechazaré en frente de ella.
.
.
.
Sorprendentemente siempre que Carl hace una de las suyas termino vomitando y es irritante tener un estómago tan delicado.
Alice entra hecha una furia en el baño, detrás de ella está Jacob observándome con preocupación. Ha estado enfermo desde que llegamos, hoy pudo salir de su habitación y con lo que se encuentra…
—Si no los hubiera encontrado besándose quizás qué estarían haciendo ahora… —escupe con rapidez a través de gritos.
Suelto un bufido de frustración y comienzo a llorar desconsoladamente.
Cuando Edward y yo terminamos nuestra sesión de besos, me acompañó a descansar un poco. En la mañana, estuve utilizando sus grandiosas habilidades como besador para aligerar la presión que sentía en el pecho. Quizás porque Edward me calma. Y la manera tan perfecta en que encajamos, no deja dudas de que es a quien tanto tiempo estuve esperando. Lastimosamente, ya mi vida está jodida y no tengo ninguna esperanza de rehacerla, sólo me preocupa mi bebé… Mi niño. Y la escena de los besos se jodió aún más cuando Alice nos encontró en pleno apogeo, yo respondí como normalmente lo hago, vomitando.
Unos cortos y flacuchos brazos me rodean la cintura y me acarician el cabello.
—Lo siento, Bella. —Suspira—. No quería gritarte así. Sé que estás muy hormonal pero no debes hacerle esto a Carlisle porque…
—¿Porque, qué? —le interrumpo—. ¿Porque ha vuelto a engañarme? ¿Debo seguir con él como si yo valiera nada?
Alice se sorprende ante mi respuesta y en sus ojos distingo confusión.
—Sí, está de nuevo con la famosa Amanda —digo y sollozo derrumbándome de nuevo.
Siento a Jacob gruñir detrás de nosotras.
Alice me ayuda a levantarme, mientras Jacob prepara un té, dejándonos a solas. Le explico brevemente lo sucedido y noto tristeza en ella. Sabe cómo irán las cosas de ahora en adelante. Desde su último engaño le advertí que no toleraría otro más, incluso, preparé documentos legales en caso de que quisiera divorciarme. Y es justo lo que haré. No sin antes hablar con Carlisle, claro está. Pero estoy segura de que lo que escuché fue justamente lo que sucedió.
A la vez me siento aliviada. No quiero seguir siendo parte de las mentiras de Carlisle.
Jacob vuelve con el té de manzanilla y me tiende una taza.
Hoy noté que la tensión entre Edward y Alice había disminuido un poco. Sin embargo, hay algo que me siguen ocultando. Lo sé por las miradas que se lanzan, como si supieran algo que yo no.
El último día de conferencia pasa volando, es sólo un agradable almuerzo en agradecimiento por nuestro trabajo, nos llevan a ciertos hogares de acogida para conocer a las mujeres afectadas y estoy encantada con poder compartir con ellas. Muchas me reconocen y saludan.
Al terminar, Alice se me acerca y Jasper viene detrás de ella con una expresión neutra en su rostro.
—Carlisle quiere hablar contigo, está en la línea. —Decido coger el móvil, es hora de enfrentarlo.
Jasper me mira con pena y suspira, llevándose a Alice para dejarme a solas.
—Hola.
—¿Bella? ¡Bella! Maldita sea… ¿Qué le ha sucedido a tu móvil? ¿Por qué no me contestas?
—Quiero el divorcio —digo con firmeza, ignorando sus palabras.
—¿Qué? ¿Estás loca? De ninguna jodida manera —exclama furioso.
—Mira, si estás mejor con Amanda, vete con ella. Y no te preocupes, podrás ver a tu queridísimo hijo —inquiero sarcásticamente.
¿Qué clase de padre es para destruir de esta manera lo que comenzábamos a llamar "familia"?
Edward me observa desde su lugar con los brazos cruzados y frunciendo el ceño. Ha estado muy al pendiente de mí desde que se enteró de lo sucedido. A su lado, Jacob mantiene la misma postura.
—Oye, puedo explicártelo, Bella. No permitas que un desliz nos arruine… —explica calmado.
Maldito Carlisle.
—¿Un desliz? —Río falsamente—. Si así lo llamas bien por ti, pero se llama engaño.
—Bella, ¡no nos divorciaremos! ¿Te quedó claro? No me interesa si es lo que quieres… —vocifera.
—Adiós, Carl. Hablaremos cuando llegue a América. —Corto la llamada sin esperar respuesta de su parte.
Edward se acerca a mí y me tiende su mano.
Dudo unos segundos antes de cogerla y cuando lo hago, me lleva en silencio afuera. Recorremos varias calles y plazas así, pensando, disfrutando del agradable clima que hace. Me pregunto, ¿cómo se habrá librado de Alice para llevarme con él? Aún no me ha dicho siquiera adónde vamos.
Carraspeo soltando su mano cuando estamos en un parque lleno de niños.
—Quería distraerte un poco. Sé que no lo llevas bien. —Acaricia mi cabello y deja su mano en mi mejilla—. Y debemos hablar de lo ocurrido, si no te molesta. —Sonríe débilmente.
¿Qué carajos le sucede? ¿Es nostalgia lo que veo en sus ojos?
Asiento y vamos hasta un carrito de helados donde Edward compra una paleta para cada uno. Está deliciosa y refrescante. Es de limón.
Nos sentamos en una de las bancas más alejadas de todo el ruido.
—Me gustas. —Suelto, luego de tanto silencio por mi parte.
Él alza las cejas con sorpresa ante mi declaración.
—Pero estoy en un mal momento —prosigo—. No quiero perder contacto contigo. —Él asiente de acuerdo—. Por muchos años, creí que nunca encontraría a ése alguien que verdaderamente encajara conmigo y algo me dice que ya lo encontré. No sé si es por la situación que vivo, por mis hormonas, no lo sé… Es lo que siento. ¡No te asustes!
Edward estaba consciente de todos mis problemas con Carlisle. Yo misma me encargué de contárselos, y él, agradablemente, me aconsejó para aliviarme. No sin estar muy furioso por todo lo que me había hecho pasar mi marido.
—También me gustas, Isabella. Pero te irás en un par de días y esto quedará así.
Suelto el aire que había estado conteniendo y me entristezco aún más. Cuando por fin me atrae un hombre, vivimos a kilómetros de distancia, estoy casada, jodida y embarazada. Aunque sé que a Edward no le importaría lo del embarazo.
—Mientras tanto, podemos seguir conociéndonos —digo esperanzada.
—Sí, iremos a cenar hoy si no tienes nada que hacer. ¿Te apetece? —Realiza la última pregunta por cortesía, pero casi, casi, lo afirma.
Ahora, en vez de nostalgia, veo un brillo en sus ojos.
—Por supuesto —acepto.
Pasamos un rato contándonos anécdotas. Así como en nuestra primera conferencia. Esta vez es distinto porque no podemos evitar el cogernos las manos, y Edward de vez en cuando me deja un tierno beso en la cabeza.
—¿Qué hay sobre tus padres? —pregunta.
Me tenso al oír semejante pregunta.
—Eh… Están bien, supongo —sentencio. No me gusta hablar de ellos y Edward coge la seña porque decide no profundizar en el tema. Ni siquiera Carlisle sabe bien acerca de ellos.
Despeja la tensión del momento regalándome un tímido toque en mis labios. Pero luego de ser tímido, pasa a ser fogoso. Y se convierte en una batalla entre nuestras lenguas, invade mi boca y la recorre, mientras toma mi nuca para pegarme más hacia él. Enredo mis dedos en su cabello, dando caricias en su cuello.
Edward me sienta en su regazo y acaricia mi cabello, arreglando el desastre y corta el beso, cuando comienzo a sentir algo abultado en sus pantalones. Sonrío contra sus labios. Juntamos nuestras frentes para normalizar la respiración. Cuando abro los ojos, los suyos tienen un matiz de pasión y está divertido por alguna situación.
—¿Qué? —pregunto frunciendo el ceño.
—Nada. —Se separa de mí y se encoge de hombros—. Es sólo que te ves preciosa.
Me ruborizo aún más.
—Y acalorada —añade.
—¿Ahora me describes? —Bromeo.
Se lleva una mano a su mentón, fingiendo pensar.
—Uhmm… —Muerde su labio inferior e inmediatamente mi vista va hacia allí.
Al notar mi reacción, se remueve y me baja para ponerse de pie enfrente de mí. Tengo que levantar la cabeza para poder verlo.
Tiene una sonrisa divertida en su rostro.
—Quieres besarme —afirma.
De nuevo, no hace preguntas. Aunque debo decir que sus preguntas siempre terminan siendo muy personales.
—Tienes los labios muy hinchados. —Roza mis labios con sus dedos—. Estás ruborizada cual tomate, tu cabello está hecho un lío y tus ojos brillan de deseo. Deseo de más… deseo de inconformidad con lo sucedido. —Ahora mi cara debe ser un poema porque se ríe—. Sin embargo, Isabella, creo que podría acostumbrarme a verte así. Te ves jodidamente provocativa y hermosa. —Soltamos una carcajada al unísono.
Creo que podría acostumbrarme a verte así
Madre mía. ¡Qué frase! ¿Será de Shakespeare? ¿De Neruda? ¿Homero? ¡Vaya si no me ha gustado un gramo más después de esto!
No ha pasado desapercibida la manera en la que pronuncia mi nombre. Casi como si lo saboreara y fuera de su gusto. No suena de la misma manera en que Carlisle lo pronuncia. Y ahora me golpeo mentalmente sólo por evocar a ese idiota.
—¿Has pensado en escribir una novela? Serías bueno… —digo luego de que paramos de reír.
—De hecho, tengo algunos escritos. —Sonríe—. Podría mostrártelos algún día, Isabella.
Y ahí está de nuevo. Saboreando mi nombre.
—Si gustas. —Le sonrío cálidamente.
Me levanto y le doy un fuerte abrazo, que él me regresa sorprendido. Me rodea la cintura y deja un corto beso en mi cabello. Su olor invade mis sentidos. Es tan perfecto. Me siento como una adolescente ahora. Encontrándose con su amor. Y sé que es precisamente lo que sucede. El amor debería ser así desde un principio. No estar cometiendo error tras error.
Edward me voltea y vuelve a rodear mi cintura con sus brazos, apegándome a su pecho y descansando su barbilla en mi cabeza. Suelta un suspiro y sonrío. Es agradable estar en sus brazos. No se sienten fríos ni desconocidos. Se sienten… bien. Se siente como si fuera lo correcto.
—¿Ves esas aves? —Señala hacia unas palomas que están siendo alimentadas por un mendigo.
Asiento.
—Deben estar felices. ¿Sabes cómo lo sé? —Niego y sigo sonriendo—. Porque a pesar de no tener nada, en algún momento, llega alguien que, aunque tampoco tenga mucho, comparte con ellas y eso las hace felices. Reciben poco. Pero ese poco viene cargado de tanto, Isabella, porque fíjate… ¿Qué tanta comida podría recibir un mendigo para estarla compartiendo? Casi nada. Para él, es mucho lo que da. Así debemos tomar las cosas en nuestra vida. Ver lo mucho que nos dan otras personas desde su pobreza y mirar desde la nuestra, qué podemos ofrecerle. Esas aves, tal vez no le den nada en agradecimiento pero él se siente satisfecho con saber que pudo alimentar a alguien más que lo necesitaba tanto como él.
Me sorprendo. Es una reflexión hermosa. ¿Cómo pudo llegar a semejante conclusión con el simple hecho de mirar a unas aves siendo alimentadas? ¿A qué se referirá? Como no sigue hablando, supongo que ya no quiere decir nada más. Y nos quedamos en silencio, disfrutando de la brisa. Yo decido no opinar nada acerca de lo que ha dicho y quizás así lo quiera él porque se mantiene relajado.
Miro mi regazo, notando mi panza algo abultada, debe ser un alivio para el bebé que yo esté tan relajada después de tanto llanto. He sido una irresponsable al no pensar en las consecuencias que podría traerle. Y es cuando decido contarle a Edward de la existencia de La Cosita.
—Hay algo que no te he dicho.
Edward me sonríe.
—Adelante, señora misterios. —Bromea.
—Estoy… uhm… —No sé cómo decírselo.
El hombre más lindo del mundo borra su perfecta sonrisa y me coge las manos con preocupación.
—¿Estás qué, Bella? —curiosea.
—Embarazada —susurro con la mirada fija en la unión de nuestras manos.
—Alice debe estar preocupada —murmura y desaparece, arrastrándome. Cual vampiro con extrema rapidez.
Edward es un hombre muy misterioso, definitivamente no soy yo la señora misterios.
.
.
Ignorando el suceso del parque, paso toda la tarde dándome una relajante y purificadora ducha. La llamo "Anti-Carlisle", hecha a base de aceites florales y esponjas ultra suaves, sumergida bajo las espumas de una gigante bañera. Río para mí misma al tener este extraño pensamiento.
Acaricio mi poco abultada barriga y suspiro. Es todo lo que he sabido hacer. Pensar en mi bebé. ¿Cómo será? ¿Se parecerá a mí o al imbécil de mi marido? Definitivamente será Swan. Aunque, no podría negarle a su padre, por mucho que quisiera. Después de todo, la criatura no tiene por qué pagar por mis malas decisiones. Y es que, es mi jodida culpa el hecho de que Carl se haya comportado así, desde un principio ignoré sus "deslices" y sólo reclamé cuando empecé a sentirme apegada a él. Quizás para ese entonces, ya él se había desligado de mí y sólo seguía conmigo por formalidades.
Una lágrima se desliza por mi mejilla. Dos… Tres… ¿Qué he hecho con mi vida? He estado con un hombre por el simple hecho de conseguir objetivos, pero no porque me hiciera plenamente feliz. ¿Cómo podía poner toda mi fe en alguien a quien apenas conocía?
Ni decir que él me quería. Sólo sentía atracción física y poco a poco fue dejándola a un lado debido a mi indiferencia. En ese momento mi único objetivo era graduarme. ¿Y si hubiera seguido en mi casa? ¿En medio de más sufrimiento? ¡Ah! ¡Pero al menos era sufrimiento familiar! ¿No es peor sufrir a manos de alguien que no lleva tu sangre, ni tú la de él? ¿Alguien unido a ti por embellecer una imagen y no porque tú eres su imagen perfecta?
Definitivamente no valió la pena. Lo único que me queda es lo que he dado, la ayuda que he brindado. No es como si no tuviera beneficios. Pero sentimental y espiritualmente, sólo tengo satisfacción por el servicio. Yo sólo quiero a alguien que me ame. Y sé que, pase lo que pase con Edward, hay alguien que sí me va a amar y ése es el niño que está en mi vientre. No tengo nada más. Sólo él o ella. Y ya lo amo.
Otra cosa es Edward, lleno de secretos y disturbios emocionales. ¿En qué me estaré sumergiendo ahora?
No es broma cuando digo que me gusta. Somos adultos y creo que podemos reconocer nuestros sentimientos. Y él, desde un principio, me deslumbró. Todo de él. Algo en mí me dice que voy a terminar enamorada. Sí,en tres días. Pero, tres días en los que toda su cosa misteriosa me calaría hasta los huesos. Ese algo en mí, terminó de consumarse cuando nos besamos. La manera en que nuestras bocas encajaron, esa electricidad que compartimos al estar tan unidos. Ni siquiera el sexo podría hacernos sentir más unidos. Sólo el roce de nuestras manos me da la sensación de que en realidad, me gusta. Somos energía pura. Y todas las conversaciones que tuvimos hoy, ese momento especial en el parque… Dios, sería difícil olvidarlo.
Me salgo de la bañera y me seco. Me decido por un vestido hasta las rodillas color negro, muy holgado y sólo descubierto en los pechos. Parece como si estuviera ocultando mi barriga, pero no es así. Arreglo lo mejor que puedo mi cabello y me coloco unas zapatillas.
Rose entra apresurada.
—¿Estás bien? —cuestiona.
—Claro que sí, Rose —respondo confundida—. ¿Qué pasa?
Ella se muerde el labio con nerviosismo.
—He oído unos ruidos bastante extraños desde la habitación de Emmett —susurra apenada. Yo sonrío. Sabía que estaban juntos, al fin—. Y pensaba que sería aquí.
Se acerca y me evalúa.
—¿Vas a salir?
Carraspeo.
—Con Edward. —Ella asiente—. ¿Has visto a Alice?
—Salió con Jasper después de la conferencia. Estaba muy enojada.
Ruedo los ojos. Es un comportamiento muy común en Alice, especialmente en estos días se ha vuelto recurrente.
Nuestra conversación se ve interrumpida por unos golpes en el pasillo.
—De eso hablaba —exclama asustada.
Corro a abrir la puerta para asomarme, como la chismosa que soy. Y Rose me sigue.
Cuando abro una figura pesada cae sobre mí haciéndome tambalear.
—¡Dios mío! —grito horrorizada. Mis piernas flaquean y caigo.
El, que ahora sé es un hombre, rueda y se acuesta sobre su espalda. Respiro y Rose me ayuda a levantarme con una expresión de sorpresa en su rostro. Miro en la misma dirección y me encuentro a Edward, completamente borracho sobre el piso de mi habitación.
—¿Edward? ¿Qué te pasó?
—Tú no vas a tener un bebé de él. —Me señala acusatoriamente.
—¿Qué? ¿Qué insinuas? —pregunto ahora molesta. Bueno… con un borracho no tiene mucho sentido. Pero dicen que tanto los niños como los ebrios siempre dicen la verdad.
—No debes. No lo merece… —balbucea.
Entre Rose y yo lo ponemos en pie haciendo caso omiso a sus maldiciones hacia Carlisle y lo llevamos hasta mi cama, logrando que se siente. Veo ahora una herida en su ceja y otra en su labio.
—¿Qué sucedió, Edward?
—Me peleé. —Se ríe escandalosamente y se tira hacia atrás, acostándose sobre mis almohadas.
—Chis —susurro—. Rose, tráeme el botiquín.
—Enseguida. —Sale disparada hacia el baño.
Observo a Edward que ahora me sonríe.
—No tengas a ese niño. Te arrepentirás —advierte.
¿Es que se ha vuelto loco?
Rose se encarga de curar las pequeñas heridas mientras Edward hace muecas de dolor.
—¿Qué podemos darle para que se le pase un poco? —pregunto pensativa.
—Voy a tratar de preparar algo, B —dice y se retira.
Edward está mirándome fijamente.
—¿Qué?
—Eres hermosa, Isabella —balbucea.
Ruedo los ojos con fastidio.
No me gustan los borrachos. Aunque debo admitir que se ve adorable.
—¿Por qué estás en este estado?
—Lo siento, yo no quería… —Suspira—. No tenías que verme así.
Y hace lo que menos pienso que haría…
Llora. Solloza. Muchas lágrimas brotan de sus ojos.
Rosalie regresa con una sustancia extraña en un vaso. Es color verde moho.
Logra que Edward la ingiera en medio de su llanto. Y se despide ofreciéndose para cualquier cosa que necesitemos.
Decido no hacerle más preguntas al hombre que ahora veo tan devastado. No vale la pena, pero dado que ha hablado cosas sobre mí, mañana si me tocará investigarlo.
—Descansa, Edward —me despido.
Me encamino al sillón que está a un lado de la cama y Edward sólo me observa con los ojos entrecerrados.
—¿Tú también te irás? ¡Te irás! ¡Él también te arrancará de mi lado! —vocifera furioso, y yo no comprendo una sola palabra de lo que está diciendo—. Mi morenita… Yo sólo la quiero a ella, devuélvanmela. Yo sólo la quiero a ella… —solloza.
Estoy en shock. Ni siquiera puedo pensar acerca de qué o a quién se refiere.
Me siento rápidamente a su lado secando sus lágrimas. A pesar de no entender lo que dice me da un profundo dolor el enterarme de lo jodido que está este hombre. Sea lo que sea lo tiene hasta el culo de sufrimiento. Esa coraza que he creído ver estos días ha sido derrumbada esta noche por el alcohol. Me pregunto ¿qué lo llevaría a embriagarse de tal forma? ¿Quién lo golpearía? Queda claro que tiene un pasado atroz.
Ahora me concentro en sus últimas palabras. ¿Su morenita? Quiere que se la devuelvan. ¿Quién la tiene? Mejor dicho, ¿quién es ella? OhDios, que no sea divorciado. Ruego.
Supongo que la cena de hoy está arruinada. Y sigo vestida. Parece que él también estaba preparado, trae unos jeans oscuros y una camisa a cuadros, luce bastante guapo.
Pasa un rato sin decir ninguna palabra y creo que se ha dormido, dado que su respiración se vuelve lenta y pesada. Me pongo de pie para cambiarme el molesto vestido, quedándome en pantuflas y una ajustada bata de algodón, he subido de peso al parecer.
Me río por el pensamiento. A veces hasta olvido cosas que normalmente suceden con el embarazo. Y me sorprendo a mí misma percatándome de esos detalles que sé que deben suceder tarde o temprano.
Voy hasta la cocina y preparo un sándwich de pavo con lechuga y tomate, lo dejo tostar un poco en el horno y me lo como. No tengo mucha hambre pero debo obligarme a comer por el bienestar del bebé.
Miro el reloj que marca las diez de la noche. ¡Cómo corre rápido el tiempo!
Cuando termino de lavar el plato, llaman a la puerta.
Es Alice.
Entra observando todo detalladamente. Su mirada choca con el cuerpo de Edward durmiendo plácidamente en mi cama y me fulmina, queriendo ahorcarme. Me encojo de hombros y así mantenemos una conversación silenciosa.
—¿Qué hace él aquí? —espeta en un susurro.
—Teniendo sexo, ya sabes —digo sarcásticamente.
Ella rueda los ojos con fastidio y bufa, cruzándose de brazos. Es la pose que adopta cuando espera una explicación.
Y le cuento brevemente lo sucedido. Desde que llegó borracho hasta cada dolorosa palabra que soltó.
Alice está sorprendida y mira a Edward con preocupación. Cosa que me deja descolocada, a penas parece importarle y de pronto le preocupa.
—¿No dijo nada más? —cuestiona con voz neutra.
—No, Alice. —Ella asiente con alivio y me frustro, finalmente—. ¿Qué demonios sabes tú que yo no?
Alice me mira horrorizada y frunce el ceño.
—Dime, Mary Alice, quiero que dejen ya sus putos secretos. Me creen una jodida niña que nunca puede enterarse de nada, ¿no es así? —Me altero. Estoy respirando agitadamente y mi corazón está a punto de estallar. Sé que es la presión de tantas cosas estos últimos días lo que me ha hecho colapsar.
—Cálmate, Bella, por favor.
—¿Que me calme? —Río falsamente—. ¡Ni te imaginas lo pasiva que he sido todo este tiempo! —exclamo furiosa.
Ya no queda una gota de paciencia en mí. Sé que si alguien llega a tocarme ahora mismo podría estrangularlo.
—¿Qué sucede? —pregunta Edward con voz grave, masajeando sus sienes. Está a un lado de nosotras.
Creo que ahora Alice está más frustrada que yo, porque se abalanza sobre él y comienza a golpearlo llamándolo idiota, imbécil, hijo de puta, entre otros apodos no muy lindos.
—¡Alice, basta! —Le halo uno de sus brazos mientras Edward le saca la lengua infantilmente, parece divertido con la situación.
—¿Qué te pasa, duende? ¿Jasper no te lo dio bien hoy? —Bromea. Pero hace una mueca de dolor cuando intenta reírse.
Alice intenta abalanzarse sobre él nuevamente pero la detengo.
Toda esta situación ha logrado calmarme por un lado, pero por otro me llena de más y más preguntas. Claramente estos dos se conocen hace mucho, tanto como para que Edward le llame duende. Tanto como para que Alice lo llame con nombres despectivos y lo golpee con libertad. Casi tanto como para poder bromear entre sí, pero Alice no es de las que bromea.
—Espera, ¿por qué estás tan lúcido? —curioseo.
Hasta hace una hora estaba por los suelos, una borrachera no pasa así como así ni con esos mejunjes que hace Rose.
Edward me mira apenado y muerde su labio con nerviosismo, incluso desvía la mirada.
Alice sonríe maliciosamente y se dispone a hablar pero Edward le golpea levemente la cabeza haciéndola callar.
—No más mentiras —advierto, mirándolos a ambos.
Ellos suspiran al mismo tiempo y caminan hacia el área living. Tomamos asiento y espero por sus explicaciones. Aunque a Edward tengo mucho más que preguntarle.
—Estaba levemente drogado —confiesa Edward.
Alice lo mira acusatoriamente y él se encoge en su lugar.
—¿Se puede saber por qué jodidos hiciste eso? Es decir, Edward, estaba muy preocupada —admito.
—Nunca lo entenderías —zanja.
Y creo que con eso me vale por ahora. No quiero ser entrometida en su vida. Tampoco pedirle explicaciones por todo cual novia celosa.
Creo que está bastante grande como para asumir las consecuencias de sus actos. No es como si tuviera quince años.
—Quiero pedirte disculpas por el estado en el que llegué aquí. No sabía adónde dirigirme —dice, ahora muy apenado.
Yo me limito a asentir y luego fijo mi mirada en Alice quien luce realmente nerviosa por primera vez en su vida.
—Edward, Bella quiere saber la verdad de cómo nos conocemos tú y yo —murmura.
Edward empalidece y se niega rotundamente.
—Es personal —sentencia con incomodidad.
De verdad que lo entiendo, son sus cosas, pero no puedo aguantarme esos comportamientos extraños sin saber absolutamente nada.
No quiero más secretos. Los odio. Y siempre me veo entrometida en ellos.
—No es como si fuera a decirle a alguien, lo sabes, Alice —susurro sin ánimos.
Ambos intercambian miradas por unos minutos. Finalmente se toman de las manos y exhalan todo el aire contenido.
Aquí vienen mis respuestas… ¡Gracias al cielo!
—No quiero que lo que ahora digamos interfiera en nuestra amistad, Bella —pide Alice con lágrimas en los ojos. ¡Vaya, nunca la había visto así!
Asiento de acuerdo. No cambiaría con ella ni en mil años. Ni siquiera con todo lo que me hace pasar a veces con esa actitud de mierda que tiene para ocultarme todo.
—Sabes lo que siento por ti, Isabella, si de ahora en adelante decides que no quieres seguir conmigo, lo entenderé —dice Edward.
—Bueno, chicos, ya me están asustando. Les prometo no alterarme.
Alice se ríe.
—No prometas lo que no podrás cumplir.
Se levanta y me abraza con fuerza. Deja un beso en mi cabeza y me mira a los ojos como disculpándose.
Siempre he sentido una fuerte conexión con Alice y estoy segura que lo que sea que me van a contar me va a doler o algún cambio tendrá en mí. Sino, ella no tendría problemas en decírmelo. Estoy convenciéndome a mí misma de que quiero saberlo, porque como dicen, la curiosidad mató al gato.
Edward también se acerca a mí y Alice va hacia la cocina regalándonos un poco de privacidad, al menos. Toma mis manos y deja cortos besos en ellas. Luego deposita un suave beso en mis labios y va dejando un camino de besos hasta mi cuello, donde se detiene y respira mi olor, provocándome escalos fríos.
—¿Me permites una cena luego de tu última entrevista? ¿Antes de irte a América? —pregunta sin despegarse de mi cuello.
Asiento aturdida.
—Bien —dice sonriente, se levanta y vuelve a su sillón, Alice ha presenciado la escena pero no dice ni una palabra. Su rostro está en blanco.
Me tiende una taza de té recién hecho y nerviosos comienzan a relatarme toda la verdad.
.
.
.
N/A: Hola, chicas. Este capítulo me ha costado horrores escribirlo, le he cambiado una y otra vez muchas cosas, no sabía ni cómo terminarlo, ni cómo empezarlo. De verdad espero que les guste porque a mí no me ha dejado convencida. Se vienen partes reveladoras y fuertes, necesito que tengan mente abierta. ¿Qué les ha parecido? ¿Les ha gustado el momento E/B? ¿O le faltó chispa? ¿Y Carlisle? Ya no se ve tan apuesto como antes, jajajaja. Agradezco que me lean, me escriban para saber cómo voy y me comenten, que es muy importante para mí. Creo que mi recompensa es cuando me comentan y me hacen saber sus inquietudes, háganlo más seguido. Cualquier duda, ya saben, y si tienen alguna idea para la historia, las recibo toditas. ¡Felices Vacaciones! Nos estaremos leyendo más seguido.
¡Gracias a Melina Aragon por ser partícipe de mi locura y betearla!
Acá les dejo algo que escribí, espero les guste. Sólo es una reflexión:
"Sinceramente no entiendo a las personas que creen amar pero no saben el significado de una palabra tan compleja. Mucho menos, entiendo a las personas que creen saber el significado de amar, pero no saben cómo se siente. Por eso, entre hipócritas y estúpidos que creen saberlo y sentirlo todo, nos encontramos. Amar es más que saber lo que significa, amar va más allá de cualquier sentimiento. Ni siquiera una persona muy lista ha podido definirlo, ni una muy humilde ha podido sentirlo. El amor es el privilegio de sentir que das todo por alguien en quien crees y confías. Es perfección y lucha. Es dar sin esperar recibir. Es gritar sin miedo a no recibir un eco como respuesta. La libertad es amar. Muchas cosas en nuestra vida significan amor y, ¡qué pobres somos para reconocerlas! No vale la pena encontrar el amor cuando no sabemos que está allí y que ha estado todo el tiempo desde el momento de nuestra concepción. Ámate. Ama. '¿A caso no destruimos a nuestros enemigos cuando los hacemos amigos nuestros?' Complejidad, pero no indiferencia."
