Hola! He vuelto después de tantísimo tiempo. Muchas cosas han sucedido en estos meses que no me dejaban espacio para pasarme por aquí, sepan disculparme.

Respecto al fic, tengo escrito otro capítulo más y la mitad del sexto. Intentaré terminarlo pronto así puedo seguir actualizando. Espero que este capítulo les guste, verán a una Elena distinta a la que estamos acostumbrados. Aunque se habrán dado cuenta desde el principio de la historia que la personalidad de ella ha cambiado al convertirse en vampira...


DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a la fabulosa de L.J. Smith. La trama es de mi autoría.

ELECCIONES

CAPÍTULO 4

Elena abrió los ojos y tuvo que parpadear algunas veces para acostumbrarse al foco de luz blanca que iluminaba aquella descuidada habitación en la que se encontraba. Miró su cuerpo y afirmó que estaba encadenada a una silla de roble. Lo había sentido. Quien la había llevado hasta ese lugar creyó que con la verbena había logrado debilitarla. Pero no fue así. Sin embargo, a la morena le convenía que el inexperimentado vampiro siguiese pensando eso.

Rememoró en su mente lo que había sucedido hasta llegar a la casa desalineada en medio del bosque:

Sorpresa – murmuró una voz desconocida, detrás de ella.

Cuando Elena intentó girarse para descubrir de quién provenía la voz, sintió un cruel pinchazo en su cuello, y luego un líquido abrasador recorriendo sus venas. Verbena.

Algo en su interior la obligó a fingir debilidad. Y así lo hizo. Se dejó llevar al auto del extraño, quien la colocó con cuidado en el asiento trasero y cerró la puerta de un puñetazo. ¿Por qué aquel vampiro habría estado enfadado?

Durante el trayecto, procuró mantener los ojos cerrados y el cuerpo flojo. No tenía idea de lo que ocurría, pero prefería esperar a hallarse en el lugar al que la tenían que trasladar.

Sabía que era riesgoso lo que estaba haciendo, pero también sabía que eso podría estar relacionado con la desaparición de Damon y Stefan. Su instinto le decía que continuara con la farsa.

El coche frenó bruscamente, haciendo que el cuerpo de Elena tambalease sobre el asiento. « ¿Qué demonios habrá sucedido?», pensó, pero pronto se dio cuenta de que habían llegado a destino, y que el vampiro estaba aterrado.

La puerta trasera del auto se abrió y el sujeto cargó a Elena nuevamente entre sus brazos. Ella espió con un ojo en una fracción de segundo, tras la cual lo volvió a cerrar por temor a que el vampiro descubriese su trampa. El lugar se trataba de una vieja y destartalada casa rodeada de puro bosque, donde ni sendero había.

Elena salió de sus recuerdos al oír un gemido de dolor. Si no se desataba, no podría moverse. Para ello, aguzó su oído en búsqueda de algún indicio auditivo que le permitiera saber si había alguien más merodeando por la casa. Como en la mansión, no se escuchaba nada. Sólo el gemido agudo y doloroso inundó su oído. Sin pensarlo de nuevo, se quitó velozmente las cadenas, procurando hacer el menor ruido posible, e inspeccionó la habitación.

Descubrió que no se hallaba sola, aunque lo hubiera preferido. Katherine estaba maniatada contra una pared. La miraba fijamente con temor en los ojos. Definitivamente, algo no estaba bien. Y ese algo parecía ser muy peligroso, lo suficiente como para asustarla a ella.

Continuó el recorrido de la habitación con la mirada.

Sintió una feroz punzada de dolor en el corazón, creyendo, por un momento, que le habían clavado una estaca por la espalda. Levantó nuevamente la vista hacia esa otra pared y volvió a sentir lo mismo. No había sido una estaca, sino algo aún peor: Damon y Stefan estaban colgados del techo, como Katherine, con cuerdas impregnadas en verbena. Sus cuerpos mostraban escalofriantes heridas, producto de la flagelación y crueldad con las que era evidente que los habían tratado. Sin dudas, quien peor se encontraba era Damon, casi al borde de la inconsciencia.

Elena hubiera preferido que le clavasen la maldita estaca antes que tener que presenciar una situación como aquella. El dolor de su corazón y lo que veían sus ojos la enfurecieron, al borde de desconocerse a ella misma. Tenía deseos de torturar y matar al culpable de que los Salvatore se encontrasen en ese estado. ¿Y Katherine? Sus ropas estaban rasgadas en donde la habían herido, y tenía restos de sangre por todo el cuerpo. A ella también le habían causado sufrimiento, pero había logrado curarse rápidamente porque la verbena no la afectaba. En cambio, a Damon y Stefan esa florecilla les jugaba en contra.

Tuvo el impulso de acercarse a ellos y hacer algo que, sabía, no aceptarían por los buenos modos. Se mordió las venas de sus muñecas y arrimó los antebrazos a los labios de Damon y Stefan, quienes, por supuesto, se resistieron.

– Háganlo, confíen en mí – moduló Elena con los labios a modo de ruego y en señal de desesperación.

Los vampiros accedieron tras más presión por parte de ella y bebieron algunos sorbos de su sangre. Luego, Elena fue hacia Katherine y la obligó a lo mismo.

Echó un vistazo más a su alrededor, asegurándose de que no hubiera otra víctima por allí. Ya tenía demasiado con proteger a Damon, Stefan y Katherine. La pregunta del millón era: ¿protegerlos de quién?

Como si le hubiesen leído la mente, una niebla espesa apareció en la habitación, y con ella aquel hombre alto y espeluznante que los cuatro ya conocían.

– Klaus – murmuró Elena con sorpresa y enfado – eras el segundo de mi lista de posibles culpables.

– ¿Culpable? Yo no me identifico con esa palabra. Veo que no has dejado de ser la insoportable y cursi chica Salvatore. La que se cree heroína.

Los ojos de Elena llamearon al dirigirles una nueva mirada a los hermanos.

– ¿Por qué has vuelto? – le preguntó, intentando mantener la compostura.

– Interesante pregunta, pero creo que no es momento para responderla. ¿Te gustaron mis obras de arte? – dijo, señalando a los tres vampiros flagelados y heridos.

– No me provoques, Klaus. Las cosas han cambiado mucho desde la última vez que nos vimos, ¿sabes? Algún día de estos podríamos ir a tomar un café para ponerte al tanto de las novedades – propuso Elena con ironía.

– Dé-jala – balbuceó Damon, furioso. Elena valoró su esfuerzo, pero sabía que Damon no podría hacer nada en ese estado. Klaus se había ensañado hasta la médula con él.

El Original soltó una escalofriante y oscura carcajada que hizo estallar la ira de Elena. Stefan alzó la cabeza y pudo ver cómo los ojos de la morena adoptaban un color rojo sangriento, el cual desapareció casi al instante. Lo sabía, Elena había apagado su parte humana.

– ¿A qué quieres jugar? – espetó Klaus a la vez que cinco hombres fortachones y serios ingresaban en la habitación y se colocaban a los costados de los vampiros. Dos de ellos se posicionaron junto a Damon.

– ¿Híbridos? ¿Lo has logrado sin mí? – inquirió la vampira, observándolos detenidamente.

– Algo así, y ten por seguro que no dudarán ni un momento en quitarles el corazón a tus queridos amigos. Podríamos comenzar con Salvatore mayor, ¿cierto?

– Yo en su lugar no me atrevería a tocarlos – aconsejó Elena – a menos que quieran morir, claro.

– ¿Por qué lo dices? – curioseó el Original.

– No lo sé. Averígualo tú mismo – le desafió.

– No lo hagas – jadeó débilmente Stefan, mirándola.

Uno de los híbridos que se encontraba con Damon se avecinó hacia el hombro del vampiro. Él cerró los ojos a la espera del dolor fulminante de la mordida y su cercana muerte.

Elena, sin embargo, estaba confiada y tranquila, lo que impacientó al resto, incluido Klaus.

El híbrido le dio a Damon un feroz mordiscón que lo hizo gemir fuertemente por el dolor. Elena y él unieron sus miradas y la morena le dedicó una pequeña sonrisa reconfortante.

– ¿Qué es lo que has hecho? – gritó el Original con irritación al observar cómo el hombre que lo había mordido a Damon caía muerto en el suelo, con un hilo de sangre saliendo por su boca.

– Tú no has querido poner atención a mi advertencia. Ahí lo tienes, muerto – respondió Elena – ¿quieres otra prueba?

Klaus se abalanzó sobre ella, empotrándola con fuerza contra una de las paredes liberadas.

– Me explicarás ya mismo qué fue eso – exigió.

Elena clavó sus oscuros y ardientes ojos en los de él.

– Suéltame o tendrás el mismo final que tu amigo – le advirtió seriamente, demostrándole con su mirada que no mentía. Cuando dijo la última palabra, mordió su labio inferior hasta hacerlo sangrar y lo arrimó al rostro de Klaus, sin llegar a tocarlo aún.

– Una simple y pequeña gota que bebas de mi sangre, te matará en el acto, tanto a ti como a cualquier otro híbrido u hombre lobo. A su vez, una minúscula gotita que roce tu piel, te perforará como si de un ácido se tratase y, te aseguro, tardará días en sanar. Ahora, sabiendo eso, ¿sigues teniendo ganas de jugar o me soltarás? – murmuró peligrosamente la morena, ante el asombro de los tres vampiros maniatados.

Sin muchas opciones, el Original la liberó de su presa y se alejó unos cuantos pasos.

– ¿Cómo puede haber ocurrido? – se preguntó.

– El último intento de sacrificio fallido – sintetizó ella –. No ha podido matarme, pero ha fortalecido mi sangre a tal punto que puede resultar letal para seres como tú.

– Pero, ¿cómo ha podido morir si no le habías dado tu sangre? – insistió, señalando al híbrido muerto, la incredulidad en sus ojos.

– ¿Quién dijo que no? Le di mi sangre a Damon, Stefan y Katherine. El híbrido que los hiera morirá al instante. Pero eso ya lo has visto, ¿no?

Klaus se tomó un momento para pensar, tras el cual aprisionó el brazo de Elena con una de sus manos. La morena lo miró y rió con ironía.

– ¿No te han quedado las cosas claras ya? ¿Necesitas más?

– Te pudrirás en verbena hasta que decida qué hacer contigo – la amenazó, utilizando su voz más intimidante.

– Inténtalo. Ya veremos quién se pudre y quién decide – le aseguró, confiada.

Esa confianza terminó por irritarlo. La arrojó a un costado de Katherine y, luego de colocarse guantes, la maniató con las cuerdas de verbena. Elena soltó una carcajada.

Los ojos de Klaus se desorbitaron cuando acabó. Fue hacia una mesa, ubicada en uno de los rincones de aquella sucia y extensa habitación, y tomó de ella un vaso con un líquido rojo y espeso: sangre.

– ¡Qué bueno! – exclamó la morena –. Muero de sed.

– No puedo ser tan malvado, ¿no? Bebe tranquila – le dijo el Original, acercando el vaso a la boca de la muchacha y haciéndola beber todo el contenido.

Elena saboreó hasta la última gota.

– Sangre de Damon, fresca. Y verbena – delató con una sonrisa cínica.

– ¿Cómo… cómo puede ser esto? ¿No te hace daño?

Con dos tirones, Elena se soltó de las cuerdas de verbena y le mostró a Klaus que sus brazos estaban intactos, muy contrariamente a las quemadura que debían poseer por la acción de la hierba.

– He pasado los últimos meses bebiendo infusiones de verbena, ¿en verdad piensas que me detendrás con eso? Tendrás que esforzarte un poco más.

– A ti no te hace daño, pero apuesto a que a él sí.

Klaus rió luego de arrojarle un vaso de verbena a Damon en el torso. El grito del vampiro fue ensordecedor y totalmente lastimero.

Elena no pudo contenerse más. Se lanzó sobre el Original, dejándolo a este bajo su cuerpo. Aprisionó un brazo en el cuello de Klaus y el otro en su pecho, a la altura del corazón.

– Sé que algo así no te matará, pero te dañará por unos días, ¿cierto? – se mofó ella –. No consigas que centre en ti toda la furia y ganas de desgarrar y matar que siento en estos momentos.

– ¿Tú no amabas a Stefan? ¿Por qué defiendes tanto al otro? Ah, claro. Eres la doble de Katherine. Igualitas – el vampiro sonrió triunfante –. Ya sé a quién tengo que atacar de ahora en más.

La morena lo miró realmente cabreada e iracunda. Mordió otra vez su labio inferior y, cuando la sangre comenzó a brotar, lo posó sobre el cuello del vampiro, quien soltó un alarido estremecedor.

– ¿Te gusta mi obra de arte? – masculló con rabia Elena mientras observaba cómo la piel de la zona afectada del vampiro se desgarraba, ardía y comenzaba a abrir una herida profunda – aléjate de aquí porque volveré por ti y no dudaré en darte a probar mi sangre, ¿entendido?

No esperó una respuesta del Original. A velocidad vampírica, desamarró a Katherine.

– Gracias – musitó ella - es mejor que nos vayamos ahora mismo. Tú encárgate de Damon, y yo de Stefan.

Elena asintió con la cabeza. Cortó las cuerdas que sujetaban a Damon, y pasó uno de los brazos de él por su cuello para que se sostenga, a la vez que ella lo mantenía en pie tomándolo por la cintura.

– Te pondrás bien. Lo prometo – susurró en su oído.

Cuando salieron, se percataron de que los esperaba allí el vampiro novato.

– Es mi turno ahora – dijo Katherine con seguridad. Ayudó a Stefan a sentarse en el césped y corrió tras el vampiro. Como una experta, partió una gruesa rama y se la clavó, sin más miramientos, en el corazón.


Ojalá les haya gustado :) Dejen sus Reviews! Y gracias por los anteriores, estimulan mucho a la hora de escribir, pero eso ya lo he dicho alguna que otra vez jajaj.

Nos leemos pronto!