Advertencias: el eje principal de la trama es de carácter violento e implica muertes. Los personajes no me pertenecen.

Gracias a AcSwarovski-chan por ser mi Conejillo de Indias y ayudarme con todo.


Capítulo 2: El juego.


El coche se paró justo en la entrada de la casa, levantaría sospechas de no ser por la hora, que más bien llamaba a dejar las calles desiertas y esconderse bajo las mantas; porque ahora la calle era de él, no, la ciudad entera era suya. Y pronto su poder se extendería mucho más allá de unas líneas y punto en el mapa. Sólo tenía que ganar.

Con su paso seguro franqueó la puerta y llegó hasta el vehículo. Abrió la puerta de atrás, tras comprobar de un vistazo que ella estaba allí, la cerró y se sentó en el asiento del copiloto.

Sabía que llevaba el vestido morado que la ocasión aconsejaba, pero algo en ella, en ese segundo que había usado para comprobar las posibilidades de la noche, no le satisfacían. Elevó la mirada hasta el espejo que había sobre su visera clavando la mirada en ella. Nada más notarlo, se encogió de hombros haciéndose más pequeña. Bajó la mirada perlácea, ya esquiva desde el principio y sus dedos nerviosos juguetearon en su regazo.

¿Era lo mejor que le podían asegurar? Casi podía creerse que era una infiltrada de su enemigo.

¿Por qué algo así querría arriesgar su vida?

Frunció el ceño, lo único que debía tener en mente era conseguir su objetivo. Aunque ello dependiera de ella.

¿Sabes jugar?

Sus hombros volvieron a encogerse ante su profunda voz, y en un susurro respondió. Él repitió la pregunta, ella no pudo evitar tartamudear.

Tres juego en este último mes.

Asintió sin apartar la mirada del espejo. Era una respuesta muy contundente, no sólo no había perdido en sus últimos juegos, sino que llevaba jugando el tiempo suficiente como para saber responder según las supersticiones, nunca diciendo toda la verdad para ahuyentar una posible mala suerte.

¿Cuánto tiempo llevaría ganando para él?

Otra vez sus dedos se entrelazaban con la tela del vestido, y mordía nerviosa su tentador labio.

¿Sería ella una apuesta segura?

Se bajó del coche y abrió su puerta cual caballero que no era. Por un segundo dudó en aceptar su brazo, pero tampoco le quedaban más opciones. Acercó sus dedos níveos a la mano del improvisado caballero, pero en cuanto hicieron contacto los retiró en un acto reflejo al notar como su piel helada se quemaba bajo el tacto de la suya. Pero a él le gustó aquel contacto electrizante por lo que aventuró su mano hasta rozar su piel de nuevo incomodándola a propósito.

No tienes dónde escapar. —Se encontró susurrándole sobre su mejilla, atrapado por aquel cuerpo que olía a lavanda.

Notó como un escalofrío la atravesó, y su piel se erizaba. Le gustaba esa sensación de poder sobre sus juguetes. Aunque ahora lo que más quería era que todo saliera como tenía planeado.

Atravesaron ajenos a la gente y el ruido de la sala principal de aquel local. Su destino estaba escondido de los ojos inocentes, de los oídos puros. Más allá de lo prohibido donde todo estaba listo para que las apuestas comenzaran.

Habían llegado tarde a propósito. Y podía ver el enfado pintado en los rasgos de aquel hombre que les estaba esperando sentado en un sillón de cuero negro bien acompañado, por una muñeca rubia de mirada perdida.

Quizá la suerte sonreiría a su acompañante de esa noche. La observó de reojo, seguía cabizbaja, temblando. En ningún momento queriendo ver a su adversario. Como si el juego ya hubiera comenzado.

Me honra con su presencia Sabaku-san.

El pelirrojo asintió, no quería perder el tiempo en tonterías prescindibles. Con una mirada al resto de personas reunidas en la sala, les dijo que él sería el encargado de preparar la sala. Acarició con el dorso de la mano a su muñeca, cuando vio como aquel otro hombre posaba sus ojos en ella, y esbozó esa mueca de irónico desagrado.

Comencemos.

El adversario tan sólo indicó a la mujer que se levantara, mientras, su pequeño juguete hizo el amago de soltarse de su brazo, pero la retuvo indicándole que él al llevaría hasta su silla.

La puerta chirrió cual cárcel, aunque esta celda terminaría siendo una tumba. Las paredes oscuras, lisas, impersonales ocultando las manchas del tiempo. Un tablero con cuatro patas y dos sillas. El aroma a sangre infectaba la atmósfera, y sobre la mesa una caja de madera oscurecida. La mujer rubia se sentó golpeando con una moneda la mesa. Luego, ella, su pequeña diosa fortuna, delicadamente sin hacer ruido.

Cara. —Murmuró claramente olvidando una timidez que hasta hace unos segundos le había mostrado.

El ambiente de la sala estaba cambiando. La rubia levantó la mano mostrando cruz, y sonrió.

Él frunció el ceño, por un segundo algo oprimió su pecho, Gaara sabía bien lo importante que era ser la primera. Abrió la caja y extrajo el pesado revolver. Y la bala. No pasó desapercibido el cambio en los ojos de ella, ni la sed que envolvía a su contrincante.

Parecía que el juego sí había comenzado tiempo atrás.

Cargó el arma sin prisas, deleitándose en cada segundo de nervios y miedo que atrapaba a las jugadoras. Puso el seguro antes de girar el tambor. El ruido metálico desacelerando como su pulso en una inmersión era el único sonido que inundaba la habitación.

Dejó el arma sobre la tabla, entre ambas mujeres, sin evitar una sonrisa cuando las manos de la rubia se lanzaron temblando hacia ella.

Se inclinó hacia su muñeca obviando a la otra.

Recuerda que juegas para ganar. —Le miró a los ojos haciéndola estremecer.

Sin embargo, algo sí cambió, aquellos ojos blancos mostraron por un segundo un matiz de seguridad. Comenzó a notar como la sala se hacia más pequeña a la par que ella se movía.

Juego para mí.

Y sonrió ante aquel extraño signo de orgullo por parte de la chica que antes no era más que sonrojos, como si ese fuera su hábitat natural.

Gaara giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta, las normas del juego no le permitían quedarse a disfrutar del espectáculo. Pronto tendría que saciar su sed de sangre también.

Sin embargo, antes de salir tuvo que sonreír al notar como ese peso extraño desaparecía por completo con sus palabras hacia la contrincante.

No hay prisa, tenemos toda la noche.

Ella ganaría para él una vez más.

Ahora sólo tendría que esperar pacientemente junto a su enemigo y los testigos hasta que el atroz sonido de la muerte fueran campanadas para su negocio.

La puerta se cerró aislando la burbuja del mundo.

Hinata observó con ojo crítico a su adversaria. Sus ojos le decían que no llevaba demasiado juegos a la espalda. Y que pertenecía al otro bando iluso, el que creía que se podía jugar pensando en la victoria, o al menos, en algún momento antes de perder la cordura lo hizo.

Soltó el seguro y llevó el dedo índice hasta el gatillo.

Cerró los ojos con fuerza a la par que disparaba el arma.

Nada.

Y el revolver cayó pesado sobre la mesa.

Ella sonrió. Un suspiro y el anhelo pintado en sus ojos. Alzó la mano pálida hacia el arma y la cogió con fuerzas, sin titubeos. La acercó a su temple y clavó los ojos sobre su adversaria.

Sonrió con calidez. Apretó el gatillo sin apartar la mirada feroz.

Maldijo su suerte.

Devolvió el revolver al centro de la mesa con asco, pero aquello ya no tenía sentido. Ella había caído presa del miedo, en las garras profundas del juego. Había perdido una de las dos cualidades esenciales para sobrevivir: la suerte y la nada. Nada, en el momento que tenías algo, ya la muerte se hacía pesada, se hacía una posibilidad real y podías caer en los juegos mentales de tu contrincante. Con mala suerte apretabas dos veces el gatillo y la bala terminaba con tu vida incluso cuando no llevaba tu nombre grabado.

Miró a los restos de la mujer ante ella consciente que tenía la vida pendiente de su dedo, casi podía ver cómo su mente se nublaba, ambas sabían que el final había llegado. Y un disparo sonó.

Aquella lágrima antes de abrazar la muerte sólo le daba envidia.

Algunas gotas cálidas salpicaron su mejilla. Retiró la silla y recogió la falda del vestido.

Abrió la puerta de la burbuja y buscó con la mirada a su jefe, quien con una corta señal de la cabeza la obligó a sentarse a su lado. Ya no había nada más en la sala, supuso que eso era lo normal dentro de la escala de juegos en la que ahora se encontraba. Acató la orden con pausa, volviendo a aquella timidez primaria frente al poder de ese hombre.

¿Cómo te llamas?

Hinata.

Era una muñequita linda, extraña, destilaba dulzura en cada movimiento que se mezclaba con la timidez que otra vez la rodeaba; no como el momento en el que puso el revolver sobre la mesa, ante sus ojos. Recordaba esa chispa especial que surgió y se excitó deseando volver a sentirla.

Pasó su brazo por su hombro atrayéndola contra él, bajó su rostro embriagándose de ese misterioso olor a lavanda. Veía como se sonrojaba con ese halo de inocencia y tan sólo quería mancillarla más. Bajó el brazo trazando a través de la tela su talle, hasta depositar su mano posesiva en su cadera. Su espalda se arqueó nerviosa y decidió probar suerte, una vez más, recorriendo con sus labios su mentón.

Sonrió, era la respuesta que se esperaba, sus manos apretaban con temor la tela del vestido mientras un ligero temblor la envolvía. Parece que había encontrado la respuesta a cómo romper a alguien que se encontraba, en cierta medida, por encima del bien y del mal: con el deseo. Y estaba dispuesto a llevarla hasta el límite de su cordura.

Pero ahora, había llegado el único instante de respiro que le permitiría.

¿Hay algo que deseas por esta victoria, Hinata? Estaba acostumbrado a las extravagancias de su antiguo juguete, pero ¿qué querría su nueva muñeca?

Otra oportunidad para morir. —Fue un susurro, contundente y claro.

Una atractiva voz de notas graves con una cadencia igual de delicada que sus gestos. Quizá una pequeña conversación para abrir el apetito no vendría mal.

¿Cuándo fue la última vez que jugaste?

Ayer. —Era extraño que se sometiera a ese estrés emocional con tanta frecuencia, la siguiente pregunta no necesitó formularla—. En tres años he participado en diecisiete juegos sin contar este.

Tres años, el mismo tiempo que su antigua muñeca, ¿comenzarían a la par o todo era una coincidencia? Pero esa era una pregunta que debía quedarse sin respuesta. Apartó su mano para servirse un poco de licor en el vaso bajo que tenía delante, en la mesa de cristal, con un gesto la invitó, pero ella declinó negando la cabeza.

Cuán diferente eran las dos.

¿Y no quieres dejarlo? —susurró a su oído haciéndola temblar.

Entonces ella elevó sus ojos perláceos hacia él, fue solo un instante, pero suficiente para comunicarle la única respuesta que había en su mente.

Yo sólo quiero morir.

Entonces te daré una razón para vivir.


N/A: Todo el juego resuelto, no pensaba que fuera a causar tanta intriga, al fin y al cabo la imagen tenía algún sentido. Con el siguiente capítulo este experimento termina ya veremos cómo, pero recordad: "Lo que empieza mal, acaba mal".

Espero que les haya gustado y si no, dejen un review.

PL.