Advertencias: el eje principal de la trama es de carácter violento e implica muertes. Los personajes no me pertenecen. Creo que me he pasado de largo.

Gracias a AcSwarovski-chan por prestarse para ser mi Conejillo de Indias y corregir el fic, eres un sol!


Capítulo 3: La bala.


Pensaba.

Se estremecía al recordar.

Cerraba los ojos. Y él estaba ahí delante desvistiéndola como si fuera una muñeca. Mordiéndola en busca de su sangre. Internándose en su piel provocando aquel calor ajeno que no quería que existiera.

Haciéndole pensar en aquello que nunca se planteó.

Rompiéndola.

Despertándola.

Se mordió el labio al encogerse bajo aquellas sábanas de seda, no quería recordar cómo la había atrapado, no debía recordar nada de lo que había pasado. De lo que habían compartido. De lo que inundaba su pensamiento.

Una lágrima escapó de su ojo, pero quedó presa en la yema de su dedo. Notaba aquel leve contacto con su mejilla sin querer mirarle. Movió su rostro, sabía que la iba a besar. Otra vez.

Luego se fue dejándola sola en su cama. No se atrevía a moverse por miedo. Tampoco quería verse en aquel estado.

Lo había conseguido.

Gaara la había destruido por completo.

No bastaba con quitarle todo aquello que en algún punto lejano en el tiempo tenían importancia para ella; ni deshumanizarla; tampoco le bastó con hacerla un juguete; ni hacerlo con ella ni con todas las demás.

Ni siquiera había tenido consideración por su único deseo, internándose en su consciencia rota a través del deseo carnal y despertando el anhelo de tenerle cerca.

Un relámpago tímido de celos cruzó sus pensamientos.

¿Debía alegrarse entonces de que Sakura-san fallara?

Aquella a la que pronto se aferró como si fuera una hermana mayor. Entraron juntas por primera vez a las filas de marionetas que cada noche apretarían los gatillos de la vida, primero con la esperanza de volver a su mundo; después por salvar a las demás; luego se convirtió en cuestión de supervivencia; por último ya no eras más que una muñeca vacía. O, en el mejor de los casos, habías perdido.

Después de los cuatro primeros juegos encerradas en aquellas habitaciones, en los que se sirvieron de apoyo, tras los que Sakura-san siempre estaba ahí con palabras cálidas que intentaban limpiar sus manos ensangrentadas, se la llevaron.

Se la trajeron a él.

Estuvieron juntos tres años.

¿Él le había hecho lo mismo a Sakura-san?

Extendió la mano acariciando la suave y fría superficie en la que el amante no querido había yacido. Gaara y Sakura habían compartido aquellas mismas sábanas, y seguramente ella había sentido lo mismo que ahora Hinata sentía hacia su extraño captor.

Todo había terminado.

Maldecía a todos los dioses que se empeñaban en jugar con ella del mismo modo que Gaara había hecho.

Sonrió trémula, quizá... No. Estaba segura. En aquel mundo Gaara era Dios. Al menos en aquella ciudad.

Un dios al que debía odiar por en lo que la había convertido, y quitado. Por ensuciarla. Por llevarse a su único apoyo. Por haberla preferido.

Un dios en el que no podía dejar de pensar y al que sin querer siempre se había encomendado y rezado.

La puerta de la habitación volvió a abrirse, no podía escuchar sus pasos, sólo sintió su mano entre su cabello. Maldita caricia que la hacía sonrojar.

¿Debía decirle que ya no podría más?

Esta noche vuelves a jugar. —Su mano ahora acariciaba su piel desnuda.

Gaara. —Se encontró llamándole antes de que su pensamiento reaccionara.

Sus ojos verdes se fijaron en ella tan impasivos como siempre ante los suyos perturbados. Esperaba que ella hablara, la iba a dejar decir sus miedos entre suaves caricias en sus mejillas.

En un principio sólo quería volver a ver aquella tormenta de seguridad que la rodeaba en aquel tipo de celda frente a la muerte, quería que le dejara sin aire, ahogándolo como hacia con sus oponentes cuando el arma reposaba entre ambas, quería que ella representara a esa dama de la guadaña y le mirara a los ojos con frialdad cada vez que la tuviera bajo él entre las sábanas. Sin embargo, le fascinaba la capacidad que tenía para sentirse abochornada con su simple presencia, como su piel se teñía de un leve tono rojo bajo sus dedos. Se había dejado atrapar por aquella dulzura tan extraña para él, inusual en su mundo. Por cada sonrojo, por cada mirada, por cada suave sonido que aquellos labios sangre habían exclamado entrecortados por su culpa. Aquella muñeca estaría siempre a su lado, atada a él, y para ello primero tendría que ganar esa noche.

Este será tú último juego. —Gaara era consciente de lo que había hecho con ella desde el principio, y las consecuencias que ahora tendría—. No me importa cómo, pero debes ganar, Hinata.

Ella asintió sin más.

Entonces aquella mano desapareció dejando el frío. Seguido de unos pasos silenciosos y una puerta que se cerraba. Hinata suspiró hundiendo su rostro en la almohada.

Sin ganas, arropada por aquellas sábanas se encaminó hacia el baño donde intentaría limpiar toda la suciedad que, de pronto, se había acumulado en su piel. A la par que el agua hirviendo la calaba, sus palabras iban poco a poco tomando coherencia en su mente. Gaara sabía lo que había hecho con ella, y aún así, ella iba a sentarse en aquella celda, coger el arma y sentir el peso de la vida a su espalda esperando que la suerte estuviera de su lado porque él se lo había mandado. Hinata nunca había jugado así y era consciente que no podría hacerlo. Para jugar necesita saber que no había nada más, necesitaba sentirse libre para manipular la mente de su enemiga, no podía sentarse, contar hasta tres y cerrar los ojos, mientras temblorosa apretaba el gatillo.

Pero él le había dicho que sería el último juego.

Sólo necesitaba que la suerte estuviera de su parte una sola vez.

¿Qué debía hacer?

Sus palabras volvieron a su mente, le había dicho que no importaba cómo, pero debía ganar. Le había dicho que si era necesario, cogiera el arma y descargara todo el tambor contra su oponente. Se mordió el labio inferior entre dudas.

Le había pedido que pasara de suicida a asesina.

Hinata cerró la llave del agua quieta abrazándose mientras el vapor que recorría su cuerpo se desdibujaba dejando que poco a poco el frío la envolviera. Necesitaba ese aire otra vez para pensar con cordura.

¿Por qué no sería un juego más?

La voz de Gaara desde algún punto lejano de la casa la despertó amoratada y temblando aún en la misma posición dentro de la bañera. Cogió una toalla y se envolvió. Aún había una pregunta más a la que responder, pero tendría que esperar a verlo.

Una pregunta decisiva que necesitaba responder para saber qué hacer.


Otro vestido largo, otro vestido oscuro. Otra vez Gaara la llevaba del brazo pasando entre las gentes ilusas que les miraban entre susurros. Él era una figura conocida y poderosa, dentro y fuera de las celdas del apuestas, e incluso si no lo fuera, aquel talante que desprendía superioridad en cada paso, sus ojos afilados y el cabello rojo fiero eran suficientes para llamar la atención. Notó como ella se empequeñecía a su lado incapaz de si quiera igualarlo incluso cuando llegaron al reservado.

Entra en la sala y espera a que ella llegue.

Su aliento contra su piel la hizo estremecer olvidando lo extraña que resultaba esa orden y el hecho de que hubieran llegado los primeros. Sin embargo, asintió con la cabeza tras dejar que él la besara una última vez.

Una última vez, se repitió en su mente, y se giró hacia la sala.

Las paredes eran oscuras, siempre lo habían sido, sin ventanas, ni ventiladores, sólo una puerta para ahogar todo sonido. La silla era fría, la mesa metálica seguía en el mismo sitio, pulcra como si jamás hubiera presenciado una muerte, como ella cuando no estaba allí dentro. Acercó su mano para acariciar aquella caja de madera. Sacó el arma y la bala y los colocó en medio de la mesa observándolos fijamente.

Todo era culpa suya y de sus acciones que habían sembrado la duda dentro de ella. Hinata seguía notando el miedo, ese que siempre había amado y anhelado porque podría significar su escapatoria de aquella fría noria que nunca se detenía.

¿Por qué de pronto quería seguir a aquel hombre? Se podía ver dejando atrás un código no escrito de jugadoras, traicionándose a sí misma por él.

Ahogó un gemido con su mano rápida.

¿Tanto poder tenía sobre ella?

Maldijo dándose cuenta de que ése no era el momento adecuado para plantearse nada. Ahora debía jugar, y eso era lo que iba a hacer.

Momentos después, la puerta se abrió entrando su contrincante, no miró, la ruleta había comenzado a girar en su cabeza y con un poco de suerte pronto todo terminaría.

¿Hinata?

Levantó los ojos rápidas encontrándose con aquel fantasma de su pasado, ese esqueleto que había enterrado culpable de que ella conociera a Gaara.

—¿Sakura-san? —preguntó todavía incrédula.

¡Maldito hijo de perra! —exclamó la mujer golpeando con fuerza la puerta¡Abre la puta puerta! ¡Gaara eres hombre muerto!

Sakura-san. La otra mujer se levantó de la silla y se acercó a la otra intentando detenerla.

Ese malnacido te ha traido, será...

Esto es mi vida, Sakura, si no es aquí con él, sería en cualquier otro lugar.

¿Pero qué te han hecho?

Hinata negó con la cabeza sin querer mirarla a los ojos. El caos se había desatado en su mente, tantas preguntas inconclusas que necesitaba responder, y ahora Sakura aparecía viva. Volvió a su silla y elevó la mirada hacia la otra mujer invitándola a que la imitara.

Ella se mordió el labio inferior, pero aceptó, todavía llevaba el puño apretado, Hinata supuso que sería la moneda que dirían quién iba primero.

¿Quieres jugar? Le preguntó sorprendida.

Ella sólo asintió. Escuchó otra maldición salir de su enemiga.

Está bien, pero lo haremos a mi modo. —Con ello captó otra vez la atención de Hinata—. Primero vamos a hablar, hace mucho tiempo que no nos vemos. Y segundo tengo una petición especial.

Levantó el puño que llevaba cerrado y lo abrió a la altura de sus ojos dejando ver otra bala que con delicadeza colocó de pie sobre la mesa despertando la incertidumbre en su contrincante.

Si yo pierdo, eres libre de hacer lo que quieras con ella, pero si yo gano, luego me dispararé. Tú eres la que se empeña en jugar, por mi podíamos terminar esto mucho antes.

¿Por qué...? —susurró mirándola a sus ojos verdes.

Porque me cansé de ser una muñeca. Pero lo peor es que no puedo vivir como persona. —Levantó su brazo hasta señalar la puerta—. Hinata, no hay nada para nosotras más allá de esa puerta.

Lo sé susurró segura, consciente de la veracidad de esas palabras—, pero Gaara...

¿Tanta fe tienes en él? Terminará dejándote en la cuneta, como a mí. Eso si no mueres antes. —El peso de su sentencia caía en el ambiente—. Tienes una estrella especial, Hinata, esa que te mantiene inocente después de todo; pero algún día desaparecerá, ¿no quieres ser tú quien decida cuando? ¿Dejarás que Gaara también tome esa decisión por ti? Yo no quise darle tanto poder.

Pero estás aquí, Sakura, jugando otra vez.

También he decidido que hoy es mi última noche. ¿Qué quieres tú, Hinata?

Gaara... yo... no lo sé.

Sakura acercó su mano hasta coger la de Hinata. Sonreía.

Es curioso como, a pesar de todo, no queremos venganza, cómo Gaara te ha roto mientras te amaba. Qué estúpidas somos. —Un suspiro en el que dejó que sus palabras calaran—. Se acabó el juego. Haz lo que veas conveniente, Hinata-chan, yo ya tomé mi decisión.

Las manos rápida de la mujer cargando la pistola no le dejó tiempo para quitarle ninguna de las balas de la mano. Ahora era ella quién dejaba que una lágrima cayera al ver el cuerpo inerte de su único apoyo durante aquella vida.

¿Por qué de pronto se sentía como una asesina?

El llanto se agolpaba en su garganta incontrolable, dejando que todo aquello que en algún instante tres o cuatro años atrás se sellara, libre. No podía moverse de aquella silla, ni siquiera levantar la mirada. El revolver estaría en algún charco de sangre en el suelo y la bala que ella había traído seguía de pie sobre la mesa.

¿Qué quería ella? Ahora era el momento de saberlo.

Una trémula sonrisa rompía sus labios mientras se limpiaba todo rastro salado de las mejillas. Hinata sabía bien lo que quería, lo que siempre había querido. Sonreír.

Notaba como sus piernas temblaban cuando se puso de pie, cogió en silencio el arma y la cargó. Sostenía el peso insufrible del revolver en su mano derecha.

¿Qué había cambiado?

Recordaba. Su tacto cálido y la suavidad de sus sábanas. Él.

Salió de la celda llamando la atención de ambos hombres. No pudo evitar sonrojarse ante su sonrisa superior. Aquel hombre le había hecho mucho daño.

Gaara, ¿por qué querías que jugara? Se sorprendió, y le sorprendió en un susurro limpio y claro que atravesó la habitación.

Porque ganarías, aún a costa de la vida de otros.

Su respuesta fría era la que buscaba desde que encontró el sobre bajo su puerta. Ahora estaba segura de lo que iba a hacer, y parte de la culpa la tenía el fantasma del pasado que la había visitado minutos antes. Se olvidó de los espectadores no queridos, eso era algo entre Gaara y ella.

Elevó el arma apuntando a su corazón y apretó el gatillo sin apartar los ojos de él.

Podía escuchar como la bala rasgaba el cañón antes de estallar.

Y sonrió dejando que los dioses cargaran con la ira, ya le daba igual ser una suicida o una asesina.


N/A: Y se acabó! Definitivamente, sin posibilidad de continuación ni similares, más que nada porque nos faltaría un personaje principal.

Admito que ha sido estresante dar un final a la trama (escribirla, en general) siguiendo el experimento de querer llevar la personalidad de Hinata al extremo siempre contraponiéndola a Gaara. Así que definitivamente con esto, en este punto, ya no sé quien está más loco: yo por escribirlo o vosotros por haberos gustado tanta maldad y inhumanidad condensada.

Ahora, con vuestro permiso sólo quiero retomar a esta parejita de cuidado pero en su versión más light (?) lo antes posible para contar alguna historia del salvaje desierto o alguna historia salvaje del desierto XD. Espero contar con vuestro apoyo próximamente, muchísimas gracias por todo.

PL.