Capítulo 2 – Betsabé
El valle de Meteora estaba sumido en el silencio. Era invierno y el frío raspaba las rocas. En la cima de una de ellas, el monasterio de Ayios Stefanos se alzaba majestuoso y coronado de nieve.
El abad salió a la entrada para contemplar la vastedad del valle y recibir los copos de nieve sobre su oscuro hábito. Sin embargo, se quedó petrificado al ver otra figura, vestida de negro, sentada pacientemente al borde del precipicio.
¿Quién es usted y a qué ha venido? – inquirió.
Una voz suave y cálida le contestó desde las profundidades de la capucha.
Geiá sou, patéras. He venido en peregrinación desde muy lejos y ansío encontrar reposo.
El abad frunció el ceño. El hecho de vivir en celibato no le impidió reconocer en aquella voz el timbre de una mujer.
Te equivocas, hija. Ayios Stefanos no es un centro de peregrinación. No admitimos turistas ni visitantes, ni tampoco a mujeres.
Sí admitisteis a una.- la voz parecía sonreír – Hace dos años, abristeis las puertas a una mujer. ¿Dónde está Minos Axiotis?
El abad se quedó helado. ¿Cómo podía saber...?
Nuestro amado padre falleció hace tres meses en olor de santidad. Ahora soy yo el nuevo abad. Mi nombre es Nikos Kavafis. ¿Cuál es el tuyo, hija?
La figura se levantó lentamente y retiró el capuchón que le cubría el rostro. Entonces el abad sintió una extraña sensación ardiente en el centro de su pecho, porque ante sus ojos apareció la mujer más bella que había visto jamás.
Betsabé.- respondió ella, bajando sus largas y espesas pestañas – Mi nombre es Betsabé.
Al abad aquel nombre, el nombre de la tentadora que había hecho caer en el pecado al rey David, no le trajo muy buenos augurios. Pero se sentía incapaz de dejar a la interperie a aquella hermosa criatura en una noche tan fría y tan agotada como parecía estar.
Mientras la conducía a una celda libre, no paró de echar miradas escrutadoras a su rostro angelical. Hacía dos años, habían acogido, en efecto, a Lara Croft. La exploradora británica era una mujer hermosa y fascinante, cuyo descaro y lengua viperina habían traído de cabeza a los monjes desde su llegada hasta su partida. Pero aquella Betsabé la superaba con creces, resultaba tan sensual y turbadora que de ningún modo consentiría que fuera vista por ninguno de los hermanos. Nikos no era tan permisivo como el difunto Minos y le anunció que partiría al amanecer, sin darle ocasión a hablar. Cerró la puerta de la celda con llave y se retiró a orar a la capilla, por tratar de calmar el ardor que le consumía con la simple visión de aquella mujer.
Pero no pudo concentrarse. Al intentar concentrar su mirada en el dorado icono de la Virgen, su beatífico rostro se descomponía y era sustituido por la aturdidora imagen de límpidos ojos verdes de Betsabé, y una fragancia muy poco cristiana, el dulce aroma del espliego, le envolvía hasta anegarle los pulmones.
(…)
El objeto de sus deseos permanecía aún en la celda. La mujer se incorporó lentamente del lecho y se acercó a la puerta. Hacía rato que los pasos del abad se habían esfumado por el corredor.
Tendió una mano y tocó el pomo de la puerta. En efecto, el abad la había encerrado, pero eso no la detuvo. Rozó con la yema de sus dedos la cerradura y ésta se fundió como si fuese queso caliente. Abrió la puerta y se dirigió al patio. La oscura cabellera le ondeaba libre y suelta a la espalda. No necesitaba cubrirse, ya que no temía que la descubrieran. Por mucho que alguien mirase en su dirección, no la vería, ya que ahora era etérea y transparente como el mismo aire.
Descendió a las tinieblas de la cripta sin acompañarse de luz alguna. La oscuridad era su aliada. Recorrió los pasillos llenos de viejos cráneos sin aminalarse por la presencia de aquellas cuencas vacías que la observaban por doquier.
El Oráculo de los Ángeles estaba silencioso y polvoriento. Nadie había entrado allí desde que la Amazona invocara a los seres celestiales. Pero no estaba a oscuras: el tenue resplandor azulado del Orbe teñía de plata el fresco abovedado que ocupaba el severo arcángel.
Betsabé acarició levemente el Orbe. Por un instante, sintió una furia indescriptible hacia la Amazona, hacia aquella Lara Croft que, no siendo más que una mortal corriente y moliente, por designios del destino había sido digna de hablar con los ángeles. ¡Y ella, ella que había nacido de la misma simiente de un ángel, no podía hablar con los que eran sus iguales!
Se mordió el labio inferior, pero luego se obligó a serenarse. Había venido a por el Orbe. Lo tomó entre sus manos, lo envolvió en un pliegue de su vestido y salió apresuradamente.
¡Alto!
Betsabé se volvió bruscamente. Con la alteración que había experimentado, su transparencia se había disuelto y era perfectamente visible a los ojos del furioso Nikos, que le cortó el paso.
¿Cómo te atreves, hija de Satán, a robar esta preciada reliquia? ¡A esto venías! Devuélvela porque no te pertenece.
Tendió los brazos hacia el Orbe pero Betsabé se apartó sin perder la calma. Pero Nikos aún era joven y fuerte, y fuera de sí, agarró violentamente a la mujer. Casi experimentó una oleada de satisfacción al ver entreabrirse sus labios por la sorpresa que le había producido su brutalidad. Un extraño perfume lo envolvió y casi perdió la cabeza, olvidando que era un monje y debatiéndose entre la furia que le producía el robo del Orbe y la poderosa atracción que sentía hacia ella.
Suéltame.- ordenó ella, con voz suave pero firme.
El abad, fuera de sí, asió el jirón de tela donde ella tenía el Orbe y lo rasgó brutalmente, no sabiendo si lo que quería ver aparecer era el preciado objeto o la cristalina piel de la joven.
Ella reaccionó pronunciando una palabra extraña. De repente, Nikos soltó un alarido desgarrador que retumbó en todo el cenobio. Prácticamente todos los monjes saltaron de sus lechos. El primero que llegó al patio se encontró con un espectáculo dantesco.
Nikos se retorcía en el suelo a los pies de una mujer, vomitando bilis por la boca, gritando en un lenguaje que nadie lograba entender pero que les helaba la sangre. La mujer, alta y de una belleza avasalladora, sostenía entre sus manos el Orbe y tenía su largo vestido ligeramente desgarrado.
Ellos no se atrevieron a traspasar el umbral, paralizados por aquellos ojos verdes y anegados por un extraño aroma a espliego que flotaba en el aire. Pero no podía oler a flores... estaban en pleno invierno.
La mujer habló entonces, con una voz tan dulce y mágica que embotaba los sentidos:
Ha recibido el castigo por su lujuria. No morirá, pero sólo hay un hombre que puede sanar a vuestro abad. Lo conocéis. Estuvo aquí y fue quien dio muerte a mi padre. Decidle que su lucha no ha terminado.
Dando media vuelta, se alejó lentamente y desapareció entre las columnas, portando el Orbe con sumo cuidado. Nadie pudo moverse hasta que la perdieron de vista por completo.
(…)
Ahora que por fin la policía europea había dejado de buscarla, Giselle por fin podía retornar al Viejo Mundo. Y dado que las bases de Praga y Munich habían sido desmanteladas y cerradas, los escasos restos de La Cábala se instalaron en la única base que aún no había sido localizada: la de Moscú.
Quedaban tan pocos... la vieja Gertrude, sacerdotisa que había sido íntima de Eckhardt en su juventud, y rechazada por él en cuanto envejeció; Adolf Schäffer, ex -mercenario del difunto Gunderson, uno de los pocos supervivientes al descalabro de Munich que había asumido el liderazgo y reunido un nuevo equipo de sicarios; el hombrecillo calvo, Hugh, que hacía las veces de espía.
Ellos eran los líderes, con unas cuantas decenas de adeptos. Sí, eran muy pocos en comparación a lo que habían sido bajo la égida de Eckhardt, pero tenían a Betsabé, su Señora (el apelativo "Maestra" había sido descartado por considerarse poco apropiado para una criatura tan bella).
A los demás cabalísticos les costaba creer que Giselle hubiese podido crear algo tan hermoso a partir de su propio material genético mezclado con unas muestras tomadas del propio Karel para sus experimentos. Nadie hubiera dicho que un embrión así pudiera salir adelante, y nadie hubiera sido tan temerario como Giselle al implantarlo en su propio útero. ¿Quién le decía que el resultado no podría haber sido un abominable monstruo como el Proto Nephilim de su hermana Kristina?
Pero no. Betsabé era todo lo contrario. En dos años se había convertido en una mujer de apariencia perfecta y todavía mejor inteligencia. Junto a Giselle, que más que madre e hija parecían hermanas. Giselle siempre había sido una mujer guapa pero la belleza de su hija la ensombrecía. Sin embargo, eso la colmaba de orgullo y, al igual que el resto de los cabalísticos, no podía dejar de mirarla con adoración. Sabía que su hija, más inocente de lo que parecía, despertaba involuntariamente un brutal instinto sexual en los hombres, pero afortunadamente le sobraban medios para protegerse de cualquier agresión.
¡Y ella, Giselle, era la creadora de aquella maravilla, de aquella Nephilim más perfecta que cualquier ángel de pura raza!
¡Ah, si Karel te hubiera podido ver!...
Si Karel la hubiera podido ver, no habría malgastado su tiempo en busca de una quimérica profecía. Ella, y no la Amazona, iba a ser la madre de la Alta Raza.
