Capítulo 18: La curandera

Lara perdió el conocimiento al poco tiempo. Había sangrado demasiado. La hemorragia se había reducido, pero Kurtis, que la sostenía contra el pecho, notaba su propia camisa empapada de la sangre que amaba. La manta estaba empapada y hasta tenía el brazo resbaladizo por la sangre.

No quería pensar. No quería darle vueltas. Sólo tenía que llevarla hasta allí. Era la única oportunidad. El único hospital estaba a más de sesenta kilómetros por una carretera llena de polvo, piedras y baches. No llegaría con vida. Tenía que llevarla allí.

El camino no era largo, ella no vivía tan lejos, pero se le hizo una eternidad. No sabía si acelerar, arriesgándose con ello a que ella le cayera de los brazos, o ir más lento, arriesgándose a que se le muriera allí. Si hubiera tenido fuerzas, habría llorado de rabia. Pero todas sus fuerzas estaban concentradas en llegar cuanto antes.

Y nunca se le hizo más larga ninguna otra travesía.

Marie oyó el ruido del motor desde lejos. Como siempre que hacía, salió para recibir a su hijo. Le sorprendió que la visitara tan pronto, cuando no hacía ni tres semanas que vivía allí. Pero cuando vio a la mujer herida en sus brazos, comprendió.

Salió corriendo hacia él, que había frenado, y apartó la manta para observar la herida con ojo crítico. No había esperado que fuera tan grave.

Rápido.- murmuró – Tiene el tiempo contado.

La llevaron adentro. Marie la hizo tender sobre su propia cama y durante unos momentos dudó, porque no sabía si atender primero el brazo herido, o pasar a aquel agujero de bala en el pecho, por el que se le estaba yendo la vida. Kurtis se inclinó sobre ella y le apartó el cabello de la frente, y entonces Marie la reconoció. ¡Era Lara Croft!

Está muy difícil. – murmuró - Ha perdido mucha sangre. Es probable que muera.

Sálvala. Salvaste a otros. Puedes hacerlo.

La anciana suspiró y se inclinó sobre la herida. En aquel momento, Lara abrió los ojos y la miró.

(…)

Pero en realidad, no veía. No podía ver. Lo único que había a su alrededor era un conjunto de sombras danzantes y alargadas que se inclinaban sobre ella. Y todo lo demás era penumbra.

Trató de aspirar aire, pero el esfuerzo era tan doloroso que se le humedecieron los ojos. Apenas podía respirar. Notaba la bala de plata, allí clavada, como un hueso afilado. Notaba el dolor del brazo, desde el hombro hasta la punta de los dedos, y no podía moverlo. Le dolía hasta la médula y no podía moverlo.

Había dos sombras en torno a ella. De algún modo le resultaban familiares. Pero no podían ser amigas, porque la estaban torturando. Una de ellas extendió sus flacos brazos y empezó a retorcerle el brazo, a meter los dedos en la herida, a tantear por dentro y por fuera. Quiso gritar, pero no le salió la voz. Tenía la boca seca. Cerró los ojos para no verlas, y entonces notó como una afilada punta ardiente que le atravesaba el pecho, justo allí donde la bala la estaba atormentando.

Y empezó a delirar. Sin saber por qué, su embotada mente la transportó de nuevo a un momento en que sufrió tanto que creyó que moriría, pero alguien se empeñó en salvarla...

(…)

Marie se secó el sudor de la frente con la mano ensangrentada. Se manchó el rostro de sangre, pero no le importó. Ella estaba habituada a la sangre. Sangre de las heridas, sangre de los partos, sangre de uno y mil enfermos y heridos que habían pasado por sus manos.

Había trabajado con destreza y rapidez. Con la ayuda de su hijo, había vendado y entablillado el brazo para cortar esa vía de sangre. Luego había tratado de extraer la pequeña bala con la aguja ardiente que solía usar. Pero sólo había logrado que ella gritara y se retorciera.

La hemorragia se había cortado completamente, pero la bala seguía dentro. Y ella se sentía muy cansada. A través de la neblina que empañaba sus ojos, vio a Kurtis rodear a la herida por

los hombros para levantarla levemente y acercarle un vaso de agua hasta los labios. Él también estaba manchado se sangre. Hasta los codos.

¿Por qué me la has traído a mí? – dijo ella.

Porque tú podías salvarla. Tú eres curandera.

Tienes que saber la verdad. Ha sangrado demasiado. Necesita una transfusión. De lo contrario, probablemente morirá.

¡Una transfusión!, pensó Kurtis, desalentado. Si le hubieran pedido que se cortara una mano, o un pie, o que se abriera un tajo en el cuello hasta desangrarse como un cordero, lo hubiera hecho. Pero allí no se podía hacer una transfusión. Sólo en el hospital, donde quizá no llegaría viva.

Marie miró de nuevo a Lara. Estaba tendida en la cama sucia de sangre. Le habían cortado la camisa para atenderla, y ahora una venda le sujetaba el pecho, que de momento no había vuelto a sangrar. Estaba pálida y transpirada de sudor. Apenas bebió lo que Kurtis le ofrecía y siguió murmurando extrañas palabras en voz baja.

Delira.- indicó Marie. – Se inclinó de nuevo sobre ella y dijo - ¿Quién es Putai?

¿Cómo? – dijo Kurtis, confundido.

Está llamando a una persona llamada Putai. ¿La conoces?

Él frunció el ceño. Luego sacudió la cabeza, apenado.

Sí. Era una amiga suya. Pero murió.

(…)

¡Putai! ¡Putai, hermana mía!

¿Por qué no le oía? ¿Era que no gritaba demasiado fuerte, o que ella estaba sorda? Quiso tenderle los brazos, pero no podía alzarlos. El dolor era fuerte. Le corrieron las lágrimas.

¡Putai! ¿Por qué me haces esto?

Y de nuevo notó el aroma de la sal, el susurro de la arena, la calidez del sol de Egipto. Abrió los ojos y se vio allí tendida, en la jaima de la chamán de los beduinos. Estaba desnuda y tenía asco de mirarse, porque sabía que su cuerpo estaba destrozado, triturado, machacado tras haber caído bajo los cimientos de la Gran Pirámide. Tenía los huesos partidos y hasta algunos le sobresalían de la piel, y cada movimiento era una tortura.

Putai la miraba, sonriente. Siempre sonreía, porque era lo que ella necesitaba. Extendió los brazos y le cogió la pierna, tras lo cual le dio un brusco tirón. Ella volvió a gritar.

¡Mirad, mirad! – canturreó la etíope – ¡La gran Lara Croft se quiebra como la caña frágil que siempre pensamos que fue! ¿Dónde está ahora su valor, dónde su orgullo?

Ella no respondió. Apretó los dientes.

No, no hagas eso.- le recriminó con dulzura – El dolor nos vuelve locos. Acabarás seccionándote la lengua si aprietas así las mandíbulas. Te la pillarás con los dientes. Muerde el palo.

No voy a morder el palo. No soy un perro.

Entonces deja de gritar. Estás molestando a toda la tribu.

Pero cuando volvió a tocarle el hueso, gritó de nuevo. En realidad, Putai no entendía cómo podía resistir tanto. Prácticamente se lo había roto todo: brazos, piernas, costillas. Sabía que sufría atrozmente, pero no había otro modo de curarla. Tenía que ensamblar los huesos.

La chamán se giró hacia el hornillo que estaba encendido en un extremo de la jaima. Fue hasta él y tomó una cazoletilla, con la cual sirvió en un cuenco una mezcla líquida que se cocía en el fuego. Luego lo llevó hasta Lara y le indicó que bebiera.

¿Qué es? – farfulló ella.

Opio como para tumbar a un camello. Vamos, no me mires con esa cara. Es una droga, lo que significa que te ayudará a dormir. Por lo menos, no estarás gritando y destrozándome los oídos.

Putai sonrió, y los ojos le chispearon.

Voy a morirme.- dijo Lara entonces.

No seas dramática. Sólo tienes medio cuerpo aplastado. Te dejaré como nueva.

Prefiero morirme.

Sí. Nada menos que eso. Ahora bebe.

La droga era fuerte y la dejó completamente soporizada. Putai siguió, incansable, reparando y ensamblando los huesos, uniéndolos y vendándolos con maestría, usando las únicas herramientas que ella tenía: sabiduría, trabajo duro y sus fuertes manos.

No sabía por qué estaba empeñada en salvarle la vida a aquella europea. Su padre no lo aprobaba. El resto de la tribu, tampoco. Hubiera sido tan fácil dejarla morir... incluso le haría un favor, porque sabía provocar muertes sin dolor. Pero Putai la chamán no traía muerte, sólo vida, y no estaba dispuesta a cambiar de costumbres.

Pacientemente, fue reparando aquel cuerpo tan blanco, tan malherido. Ella sabía. Los bravos guerreros de su tribu, aquellos sementales que se vanagloriaban de ser hombres y ser fuertes, y que entonaban cánticos en honor a Alá con sus vozarrones, se convertían en chiquillos bajo las manos de Putai. Las heridas anulaban su virilidad. Lloraban, suplicaban, gritaban. Se retorcían llamando a sus madres. Se humillaban ante aquella mujer negra. Y ella sabía que entonces, ella era la fuerte, ella era la superior.

Apenas volvían a estar sanos, hinchaban de nuevo el pecho, levantando sus barbillas. ¡Hombres!

Putai... – oyó gemir a Lara, medio obnubilada por la droga.

Duerme, hermana mía.- susurró la chamán, acariciando su húmeda mejilla.- Duerme.

(…)

Es culpa mía.- murmuró Kurtis, sujetándose la cabeza entre las manos, con los codos apoyados sobre la mesa de la cocina.

Marie estaba sentada enfrente. Aún empapados de sangre, los dos.

No es tu culpa. ¿Por qué te echas la culpa?

Yo lo vi antes de que ocurriera. Tuve la premonición.

Pero no lo viste con claridad. El Don no es claro, no es preciso. A veces muestra cosas que han pasado. Otras veces, cosas que pasarán. ¡Y a menudo muestra cosas que nunca llegan a ocurrir! ¡No es tu culpa!

Él alzó la vista. Tenía los ojos vidriosos.

¿De qué me sirve entonces ser clarividente si no puedo interpretar con exactitud lo que veo? ¡Yo podría haberle evitado esto!

¡Tú se lo has evitado! – saltó Marie - ¡Tú le advertiste, le dijiste que tenía que cubrirse el pecho! ¡Le indicaste el lugar por donde entraría la bala! ¡Eso es clarividencia, Kurtis! Y en el momento en que vio venir el disparo, estoy segura de que ella recordó tus palabras, y se protegió allí donde tú le habías indicado. ¿Entiendes? ¡Si ella sigue todavía viva, es gracias a ti! Si el brazo, el hueso y la carne del brazo, no hubieran frenado la trayectoria de la bala, se hubiera hundido más profundamente en el pecho. Le habría atravesado el corazón. La habría matado en el acto. Sigue viva gracias a ti. ¡Basta de culparte!

Tomó un vaso de café de la mesa y la apuró de un trago. Luego le miró enternecida y dijo:

Deberías descansar. Tienes un aspecto terrible.

No descansaré hasta que ella esté bien. Y aún entonces tendría algo que hacer. La gente del campamento está a merced de esos cabrones.

No puedes salvar a todo el mundo. Si no descansas no podrás resistir.

Pero él se levantó, volvió al cuarto donde yacía Lara y se sentó junto a ella. La herida dormía y había dejado de delirar, pero seguía muy débil. Soñaba.

(…)

Quiero contarte mi historia.- dijo Putai sonriendo – Quiero contarte mi historia porque veo que te aburres tanto tiempo ahí tendida. Pero no te levantarás hasta que yo diga.

Lara sonrió. Seguía teniendo medio cuerpo vendado y entablillado. Putai se burlaba de ella, diciendo que parecía una de esas momias a los que gente como ella les gustaba tanto desenterrar. "No hay que desenterrar a los muertos, Lara" le dijo "No tienes que abrir las tumbas. Mira lo que te ha pasado por abrir tumbas". Y ella se echaba a reír.

Yo nací en Abisinia.- comenzó la chamán - ¿Sabes que es Abisinia? Vosotros la llamáis Etiopía. Es un hermoso país. La gente es negra como yo, negra como la madera del baobab. Hay muchos cristianos, pero yo nací musulmana. Yo tenía un marido y un niño, allá en Etiopía.

¿Tenías un hijo? – dijo Lara.

Un niño pequeño. Me lo arrebataron.- suspiró – Los beduinos toman esclavos de los negros. Nos consideran inferiores, pese a que todos somos musulmanes, pese a que en el Islam no hay clases sociales ni castas inferiores ni superiores.

"Un día nos atacaron. Atacaron el poblado. Mataron a los hombres, tomaron mujeres y niños como esclavos. Yo fui violada repetidamente por los beduinos. Me arrebataron a mi hijo. Jamás lo he vuelto a ver. Debería haberles odiado porque destruyeron cuanto amaba. Pero ya no les odio. El odio corroe el corazón... y lo que importa es seguir viviendo."

No logro entenderte.- dijo Lara- Yo, en cuanto hubiera podido, hubiera cogido un arma, y cuantos más cabrones de esos me hubiera cargado, tanto mejor.

Eso es por que tú no tenías un hijo. – dijo Putai – Tú no soportarías ser violada. ¿A cuántos podrías haber matado? ¿Diez, veinte? Y cuando te hubieran sometido, te habrían matado. Pero yo no hice como tú dices. Y por eso estoy viva.

"Cuando llegué a esta tribu, no era para ellos sino una esclava. Mas pronto descubrieron mi habilidad para curar. Quedaron maravillados. Nada habían visto así entre sus mujeres. Con el tiempo, llegaron a temerme. Me llaman hechicera. Creen que tengo poder, que curo con magia. No hay magia, Lara, sólo trabajo duro y buen corazón. Con el tiempo, perdí el estatus de esclava y me convertí en la mujer más venerada, más respetada que las viejas madres. El jefe de la tribu, a quien yo llamo padre, me adoptó como hija. Me dijo, pídeme lo que quieras, Putai, y yo te lo daré. Yo le pedí a mi hijo, pero no me lo podía devolver. Quién sabe dónde estaba ahora, en qué tribu había ido a parar. Entonces le pedí que jamás volviera a tocarme hombre alguno. Y ésa ha sido mi recompensa."

Los ojos verdes de la negra brillaron con vitalidad. Lara la observaba, silenciosa.

¿Entiendes esto, mujer occidental? El odio no es la respuesta. Tú habrías matado, tú habrías muerto. Yo elegí amar y curar a los que me habían hecho daño, y vivo.

Tú y yo – dijo Lara – no vivimos en el mismo mundo.

Abrió los ojos. El dolor había disminuido. Podía respirar.

¿Kurtis?

Él alzó la cabeza. Se había lavado y afeitado, pero seguía teniendo un aspecto terrible, con marcadas ojeras, agotado de no dormir, de velarla a ella.

Bienvenida al mundo, milady.

Lara levantó la mano y se tocó el pecho, cubierto por una gruesa capa de vendajes. Luego se tocó el brazo herido, rígido y entablillado.

¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?

Tres días.

Ella le miró atónita. No podía creerlo.

Te hemos mantenido dormida. Estabas sufriendo demasiado.

He soñado... – murmuró – Creía que...

Putai. Le había parecido verla tan claramente. Le había parecido que le hablaba, que le susurraba al oído mientras sonreía, mientras le contaba su terrible historia. Pero no podía ser. Putai estaba muerta. Había muerto asesinada, acribillada bajo el sol de Egipto. El sol y la tierra que ella amaba, como había amado antes Etiopía.

Has tenido fiebre.- dijo él – Por suerte te ha durado poco.

¿Dónde estoy?

¡En mi casa! – dijo una voz entonces - ¡Al menos, es mi casa de momento!

Lara desvió la mirada hacia la puerta. La mujer que acababa de entrar era alta y fuerte, y tenía aspecto de haber sido hermosa. La reconoció inmediatamente. La había visto en sus visiones, sólo que el cabello que ella había visto negro ahora estaba tiznado de blanco, y la suave piel rojiza, surcada por algunas arrugas. Vestía una larga túnica de piel y pantalones vaqueros, y se ataba el cabello en la nuca con un adorno de plumas. El dreamcatcher le colgaba del cuello.

Esta vieja que aquí ves se llama Marie Cornel.- dijo sonriendo – Soy la madre de Kurtis, y también tu benefactora. Aunque por lo que veo, te acuerdas más de tu benefactora anterior.

Te agradezco muchísimo lo que has hecho por mí. – dijo Lara.

En realidad, sin tu fortaleza no hubieras pasado. Pero no hables tan pronto, aún no he extraído la bala. Tenía miedo de tocarla, porque has pasado unos días ardiendo. Aunque soy buena curandera, no tan buena, por lo visto, como esa Putai a la que llamabas. Me hubiera gustado conocerla.

Se giró entonces hacia Kurtis y le reprendió:

¿Vas a dormir por fin? ¿O tendré que darte un garrotazo para que caigas redondo?

Dormiré.- dijo él.

Cuando se hubo marchado, Marie se sentó al lado de Lara y susurró:

Él me ha contado en qué circunstancias fuiste herida. Rara vez tenemos secretos, así que conozco todo lo que concierne al Cetro. ¿Quién os delató?

Fue Betsabé. ¿Has oído hablar de ella?

Marie asintió.

Sí... una mujer de apariencia angelical, hermosa como un sol de mañana... y va y en menos de un mes, echa una maldición al abad de Meteora, logra que un demonio le posea, roba el Orbe, trata de obtener los Fragmentos, me ataca en mi rancho y me hace huir hacia Turquía, y os delata exponiéndoos a la ira de la mafia. ¡Menudo ejemplar!

Espera... - murmuró Lara - ¿Te atacó?

Sí. Bajo la forma de un ser de bruma. Una mujer albina envuelta en niebla.

Los ojos de Lara se desorbitaron al oír aquello. Trató de incorporarse pero una punzada de dolor le hizo desistir.

¡A mí me atacó una criatura semejante en Surrey, en mi hogar! ¿Era Betsabé?

Debía serlo.

Pero aquello...

Escucha, hija.- Marie bajó la voz – He sido la esposa de un Lux Veritatis y he parido a otro. A estas alturas es difícil que me engañe... esa Betsabé no es un ser humano. Una persona corriente no echa maldiciones, no da órdenes a los demonios y éstos le obedecen. Es un ser, una criatura sobrenatural. Probablemente no sea más que otro demonio, otro jodido monstruo bajo la apariencia de una hermosa jovencita.

Lara permaneció unos momentos en silencio. Luego dijo:

Pues ese demonio, ese monstruo con piel de princesa, no quiere sólo el Orbe y los Fragmentos. Ha exigido la cabeza de tu hijo.

La anciana se reclinó en el asiento, ensimismada. Luego siseó:

¿Quién diablos es esa criatura? Los demonios no tienen jerarquía, no se obedecen entre sí. Sólo los Nephilim podían controlarles. ¿Quién es esa Betsabé, a quien los demonios obedecen?

(…)

¡Sssht! ¡Calla, calla!

Selma se acurrucó en el rincón. A su lado, Zip era un manojo de nervios.

¡Les estoy oyendo! – jadeó el muchacho.

Llevaban tres días vagando en la oscuridad. Habían descendido a Tenebra. Al principio, habían sido muchos. A algunos les habían cogido los italianos. Selma no quería pensar en qué podía haberles sucedido. Cuando estaban en los túneles, de repente, habían aparecido las mantícoras. ¿Cuántas eran, veinte, treinta? Selma no lo sabía. Sólo sabía que había gritado:

¡Corred! ¡Corred y no les miréis a la cara!

Y habían corrido. Algunos, llenos de terror, habían caído al suelo. Otros habían cometido el error de mirarles... y ver en sus fauces sus propios rostros reflejados. Ellas habían dado cuenta de aquellos pobres desgraciados. Pero el grupo principal, entre ellos Selma y Zip, habían llegado hasta el pozo, descendiendo por las cuerdas. Pero las mantícoras les habían seguido. Descendieron por las paredes del pozo deslizándose y frenándose con sus garras, y les habían hecho correr hasta la fosa pútrida.

Podría haber sido peor. Podría haber sido una trampa mortal. Pero el monstruo estaba saciado... no abrió sus fauces para devorarlos. Pasaron corriendo sobre sus dientes y éstos no se abrieron.

Selma se preguntaba por qué.

Y al fin, estaban allí, en Tenebra. Quedaban unos veinte, de treinta y cinco que habían sido, aparte de Selma y Zip. Los más rápidos, los más fuertes. No había vuelta atrás.

¡Apaga esa linterna! – ordenó Selma a una muchacha, que la obedeció temblorosa.

Guardaron silencio. De lejos, oían los chasquidos, los silbidos de las mandíbulas de las mantícoras, que merodeaban cerca. No querían matarles. Estaban saciadas. Se contentaban con acecharles, con hacerles sufrir.

Selma apretó con fuerza el Cetro contra sí. Se sentía culpable. Su exultante momento de oratoria les había conducido a aquello. ¿Qué era peor, morir a balazos por los italianos o triturado en los múltiples dientes de aquellos diablos? ¡Ella sólo había querido salvarles!

Al cabo de un rato, volvió el chico que habían enviado a inspeccionar.

¡Hay gente muerta allí! - siseó, aterrado - ¡Hay gente clavada en cruces!

Son los Lux Veritatis. – murmuró Selma.

De nuevo se hizo silencio.

¿Qué vamos a hacer, princesa? – dijo entonces Zip.

Ella reflexionó durante un momento, dándole vueltas al cetro de plata en las manos. Miró a su alrededor, y vio los rostros agotados y aterrorizados de todos los jóvenes que se habían ofrecido a colaborar, voluntariamente, en la excavación. Ahora ella era la única responsable de sus vidas.

Este cetro fue hallado en el templo. Tenemos que buscar el templo y entrar.

¿Eso nos salvará de las mantícoras? – gimió otra chica.

No lo sé.- Selma frunció el ceño – Kurtis conoce a los demonios, sabe cómo actúan. Pero yo no soy Kurtis. Sólo soy una arqueóloga y lo único en que puedo pensar ahora es en buscar refugio junto a la estatua de la diosa a la que los Nephilim veneraban, y las mantícoras temían a los Nephilim.

"Quizá ella nos dé protección. Quizá no. Pero tenemos que llegar hasta Lilith".