Capítulo 19: El castigo

Sciarra anduvo con el mentón alzado hasta el lugar donde Monteleone le esperaba, sentado en su sillón. El capo ya no resultaba tan atractivo, faltándole toda la hilera delantera de dientes. Claro que eso ya estaba solucionado, había concertado con su dentista el arreglar ese problemilla. Pero estaba furioso y de haber podido cargarse a Kurtis, lo habría hecho. Pero había asuntos más importantes que atender y Kurtis no era para él.

¿Me has llamado, signore?

Tráeme a Maddalena.

No esperaba otra cosa. Con una sonrisa taimada pintada en el rostro, Sciarra fue hasta la zona de tiendas de las prostitutas, agarró a la pelirroja por el brazo y la llevó hasta allí. Al verlo Maddalena, se soltó de la garra del matón y dijo:

No necesito que me lleves a rastras.

Un grupo de hombres y prostitutas se congregaron alrededor, interesados por la escena. Monteleone dijo entonces:

Sciarra, ¿qué dirías que deberíamos hacer con los muchachos que cogimos de la excavación?

Yo los mataría a todos. – sonrió él.

¡No! – se oyó una voz entre la multitud - ¿Es que no habéis visto esos monstruos que nos atacaron? ¡Soltadles! ¡Que se los coman ellos!

Monteleone sacudió la cabeza.

Los soltaremos. Los dejaremos a su suerte. Pero ahora me interesa lo concerniente a ti, Maddalena.

Ella miraba al suelo. Los mechones de su cabello rojizo le ocultaban en parte el rostro.

Maddalena, se te acusa de traición. – dijo el mafioso – Te saqué del puerto de Siracusa, donde llevabas una vida sucia e indigna. Te di un hogar y un futuro, te honré como a ninguna, te hice mi favorita. Y veo que, en la adversidad, te pones de parte del enemigo y ayudas a escapar a quien debía ser entregado a sus perseguidores.

¡Ah! – dijo Sciarra – Pero pregúntale,signore, por qué lo hizo. La verdad es que Maddalena lleva prendada de ese tal Kurtis Trent desde la primera vez que lo vio. Es fuerte y atractivo, ¿no? La oí hablando con esa perra china acerca de entregarse a él sin ni siquiera cobrarle un precio.

Maddalena palideció. A pocos metros de ella, Bay Li había palidecido también.

¿Es eso verdad? – dijo Monteleone – Entonces, Bay Li, también te has burlado de mí. Sabéis que podéis hacer lo que os venga en gana mientras percibáis un precio. ¿Acaso no os mantengo? ¡Pero tú, Maddalena, debías serme fiel!

¡Yo no hice nada! – gimió Bay Li - ¡Sólo hablaba y reía con ella! ¡Y Maddalena no ha faltado a su juramento, me consta!

Sciarra se acercó a ella, la miró un momento, sonriendo, y luego le cruzó la cara de una bofetada.

¡Putas! – escupió – Sois todas arteras y mentirosas. Os abrís de piernas con el primero que se os pone por delante. No tenéis honor ni dignidad, estáis inmundas y la inmundicia os rebosa por cada poro de la piel.

Bay Li se llevó la mano a la mejilla enrojecida, y bajó los ojos, que estaban llenos de lágrimas. A su alrededor, las otras prostitutas guardaban silencio, aterradas.

¿Porquédejaquelaabofetee? pensó Maddalena, mirando furiosa a Monteleone, que había observado la escena sin alterarse. ¡Somosputas,peronoanimales!

De modo que me traicionas porque te has encaprichado con ese hombre de los ojos azules.- dijo entonces el capo, calmadamente – Te diré entonces una cosa, caramia. Ese hombre está sentenciado a muerte. Tiene enemigos poderosos, por lo que parece. La bella mujer que nos visitó el otro día me hizo un gran favor al revelarme lo que ya sabes. Pues bien, es asunto ahora de ella el que ese hombre viva o muera, y me temo que morirá. Así que ya puedes ir olvidándolo.

Se levantó, sin perder su porte elegante y sereno.

En cuanto a mí, sigo estando aquí, caramia, y estoy muy ofendido por tu actitud. Demasiada paciencia he tenido contigo. Vas a recibir castigo, y reza a las tres santas de Sicilia para que cuando acabe, yo esté demasiado agotado para ordenar tu muerte.

Se quitó el cinturón de un tirón y lo asió por la punta, de modo que la hebilla quedó colgando. Sciarra, que estaba exultante, avanzó hasta Maddalena y, de un tirón, le rasgó el vestido. Iba desnuda debajo.

¡Arrodíllate! – le ordenó entonces Monteleone.

Ella se arrodilló y apoyó la frente en el suelo, descubriendo la espalda. La hermosa cabellera se desparramó sobre el suelo. El mafioso levantó la correa para dar el primer golpe, pero entonces se paró.

La espalda blanca, los tiernos costados de la mujer, estaban cubiertos de arañazos y moratones. La cogió por la nuca y la hizo incorporarse, quedándose arrodillada, y observó atónito los mordiscos en el cuello, los arañazos y cortes sobre los senos y el vientre suave, los hematomas de los muslos.

¿Qué es esto? – farfulló Monteleone - ¿Quién te ha golpeado sin mi permiso?

Sciarra no estaba ya tan exultante. La sonrisa se borró de su rostro. Retrocedió dos pasos.

Maddalena abrió los ojos. Mechones de cabello rojizo aún cubrían su rostro, pero a través de ellos vio Monteleone cómo sus ojos dorados se clavaban en Sciarra.

Fue él.- dijo señalándole – Él nos violó, a mí y a Bay Li.

¡Grandísima puta! – gritó Sciarra - ¡Puta tirada y jodedora! ¿Habéis visto las mentiras que suelta por su asquerosa boca?

Monteleone se dio la vuelta y miró a Bay Li.

¿Es eso cierto? ¿Dice la verdad?

La china dudó unos instantes, atemorizada. Luego dijo:

Sí, es verdad.

¡Mentira! – aulló Sciarra.

Dijo que si no le obedecíamos – continuó Maddalena – le dirías que yo tenía atracción por Kurtis Trent. Me violó a mí y luego la violó a ella.

¡Qué salvajada! – Sciarra se estaba quedando afónico - ¿Desde cuándo se viola a una puta? ¡Las putas aceptan cualquier cosa que les eches! ¿Acaso no tenía yo derecho a tirarme a esa china, si me daba la gana?

Sí.- dijo con calma Monteleone – Para eso están nuestras chicas. Para que todos estéis contentos. Y para que nadie le ponga la mano encima a Maddalena, que es sólo mía, como todo el mundo sabe desde que entra a trabajar para mí.

La voz del mafioso se había vuelto terriblemente serena.

¡Que se me seque la polla si yo he tocado a esa guarra pelirroja!

Dime entonces quién le ha hecho esas marcas.

¡A saber!- se burló el otro – Quizá después de todo si ha llegado a ponerle la mano encima ese Kurtis Trent.

Monteleone suspiró.

Te conozco demasiado bien, amigo mío. Sé las huellas que dejas en las mujeres. Sé cómo las tratas. Podías tocar a la que quisieras, a la que te viniera en gana, excepto a ella. – girándose hacia sus hombres, les indicó – Lleváoslo.

Sciarra empezó a gritar cuando se tiraron encima de él. Lo agarraron entre cinco, y pese a que se debatía con todas sus fuerzas, le ataron las manos y los pies y se lo llevaron a rastras. Sus gritos fueron alejándose.

Maddalena seguía desnuda en el suelo, de rodillas. El capo se giró hacia ella.

Tu castigo sigue en pie, caramia. Aquí se castiga a todos, a cada uno por su falta. Inclínate.

Se inclinó y entonces él descargó el golpe. Y otro, y otro. Maddalena sólo había sentido un par de veces la mordedura de la hebilla de aquel cinturón, pero ya se había conminado a resistirla. Sólo que los golpes caían sobre una carne ya magullada y pronto empezó a gemir y luego, cuando ya le saltó la piel y tuvo la carne viva al descubierto, empezó a gritar con cada golpe.

Nadie se movió a su alrededor. Todos permanecieron en silencio, hombres y mujeres. Nadie disfrutaba con el espectáculo. No era la primera vez que veían un castigo como aquél, en público, pero sí la primera en que veían castigarse a alguien tan importante, tan supuestamente querido por el jefe. Aquello les hizo sentir más inseguros.

Cuando al fin le dolió el brazo de tanto golpear, Monteleone le había dado ciento diez azotes. La espalda de Maddalena daba horror, surcada de cortes y regueros de sangre. El capo volvió a ajustarse el cinturón sin ni siquiera limpiarlo y dijo:

Parece que Ágata, Lucía y Rosalía se han compadecido de ti. No te golpearé más. Pero aún estoy disgustado contigo, así que no quiero verte durante un tiempo.

Dando media vuelta, se internó en su tienda. Maddalena no se movió. Parecía que se hubiera desmayado. Poco a poco, el grupo fue disolviéndose. Tenían miedo de ayudarla.

Sólo quedó Bay Li, que tras escrutar a su alrededor, se acercó y se inclinó sobre su amiga. Pero Maddalena estaba consciente. Tenía los ojos muy abiertos.

Con suavidad, la china la incorporó.

Voy a curarte.- murmuró – Tengo un ungüento de mi tierra que te dejará como nueva, ya verás.

Ella soltó un gemido y hundió la cabeza en su hombro. Se estremeció, temblando de frío y de dolor.

Llora, Maddalena.- dijo entonces Bay Li – Te sentirás mejor.

No quiero llorar.- musitó ella – Quiero reír. Reírme de ese cabrón de Sciarra, a quien acabamos de hundir.

Bay Li sonrió.

Sólo somos putas, pero tenemos poder. Tenemos medios. Le hemos hundido.

Permanecieron en silencio, abrazadas, en medio del campamento.

¿Crees que el jefe le matará? – musitó entonces la china – Es su favorito. Nadie dispara como él. Creo que le tiene demasiado aprecio.

Si él no le mata, le mataré yo.- juró Maddalena entre dientes.

(…)

Marie logró extraer la bala al día siguiente, usando de nuevo la afilada y candente aguja. Eso la hizo sangrar un poco más, pero ya fue fácil cortar la hemorragia.

Enhorabuena.- dijo la anciana, sonriendo – Has resistido, pero no estás fuera de peligro. Debes quedarte aquí durante un tiempo aún.

¿Y qué va a ser de mis amigos? – dijo ella, y se giró hacia Kurtis - ¡Selma, Zip y los otros!

Y no sólo ellos.- dijo él – Este refugio no será seguro por mucho tiempo.

La mujer india hizo un gesto de contrariedad.

¡Imposible! Ya me has oído. Ella necesita reposo para recuperarse. No saldré huyendo otra vez. Al menos, mientras ella no pueda levantarse.

No tendrás que preocuparte por eso.- replicó Kurtis, y esbozó una mueca amarga. – La solución es fácil. ¿Me buscan a mí, no? Pues soy yo el que tengo que desaparecer.

Lara alzó la vista y la clavó en él.

¿En qué estás pensando? ¿En atraerlos? ¿En alejarlos de aquí?

Él asintió.

¡No me gusta la idea! – estalló entonces Lara.

¡A mí tampoco! – estalló a su vez Marie.

Tú misma lo has dicho.- Kurtis no perdía la calma – Esa Betsabé me busca. Pues me va a encontrar. Pero cuando me encuentre, no será aquí. Lara necesita recuperarse y te necesita a ti para ello. Yo soy el que os pone en peligro, así que sería estúpido, ahora que Lara está mejor, que me quedara aquí un solo momento más.

Se hizo el silencio. Marie suspiró:

Bien. Nací para sufrir por mis seres queridos, ahora lo sé. Haz lo que creas necesario, pero no te arriesgues demasiado. No quiero perderte, ¡malditos sean todos ellos!

Dio media vuelta y abandonó la habitación bruscamente. Lara seguía mirándole, y era una mirada de reproche.

Voy a buscar a Selma, a Zip y a los otros.- dijo Kurtis – Y luego trataré de averiguar qué quiere esa Betsabé. ¡Ya se puede ir cuidando!

Es peligroso.

Lo sé. Pero, ¿desde cuándo algo no ha sido peligroso en mi vida?

Ella le cogió por la nuca y le besó. Luego dijo:

No creas que voy a estar esperándote. En cuanto me encuentre mejor, voy a ir contigo. Y no trates de impedírmelo porque...

Lo sé, lo sé. – la volvió besar – No seas cabezota y haz lo que mi madre te diga. Parece buena mujer, pero en realidad es idéntica a ti: si le llevas la contraria, se vuelve imposible.

¡Gracias! – gruñó ella.

Dio media vuelta y salió del cuarto. Al pasar por la cocina, Kurtis oyó un suave sonido que provenía de la cocina.

Con la cabeza reclinada, Marie lloraba.