Capítulo 20: El precio amargo
Estaban cerca. Muy cerca. Ya lo podían vislumbrar, alzándose en medio de la orgullosa plaza, resplandeciente por el agua luminosa.
¡Ahí está el templo!- siseó Zip.
Selma, agazapada en la oscuridad y aferrando el cetro en la mano, sudaba la gota gorda. Sí, allí estaba, a una veintena de pasos. Pero la plaza estaba tranquila, demasiado tranquila... y tenía miedo de cruzar.
¿A qué esperamos? – protestó uno de los chicos... Selma nunca recordaba su nombre.
Zip le indicó por gestos que callara. Selma se esforzaba por oír el menor crujido, el menor silbido, el menor chasquido, en fin, el menor sonido que le indicara que ellas estaban cerca. Pero el silencio era denso.
Vamos a intentarlo.- dijo entonces – Saldré yo primero. Los otros detrás de mí, y Zip en la retaguardia.
Al hacker no le hacía ni puñetera gracia ser el último, pero no protestó.
Veis las puertas del templo.- dijo la turca, señalándolas con la vara – Correréis hacia ellas y no miraréis atrás. Quien llegue primero, que empuje con todas sus fuerzas para abrirlas... y quien llegue el último, que las cierre.
¿Y si no se abren? – susurró una muchacha que se llamaba Karen.
Si no se abren... que Alá se apiade.
Zip la observó. Estaba sucia y tenía la ropa rota. Horas antes se había caído rodando por un peñasco y un tremendo corte le cruzaba la mejilla, tiñéndola de sangre, pero para él estaba más bonita que nunca. Con todo, los veinte estaban igual de sucios y magullados.
Bueno, vamos allá.- susurró – Una... dos... ¡tres!
Salieron disparados. Corrieron con todo lo que les daba sus piernas hacia las anchas puertas de alabastro. Pero no habían llegado ni a la mitad de la plaza, cuando ellas hicieron acto de presencia.
Eran cinco mantícoras. Salieron de entre las esquinas, por las ventanas, y se abalanzaron sobre ellos. Una le cortó el paso a Selma. La otra derribó a otro chico, que empezó a gritar de terror.
Fue Zip el que, pese a ser el último, alcanzó antes las puertas. Se lanzó como loco contra la puerta y la emprendió a patadas y puñetazos.
¡Ábrete, jodida puerta del demonio!
Karen se unió a los chillidos del otro chico. Les rodeaban. Selma presenció, aterrada, cómo la mantícora que tenía agarrado a uno de ellos le clavaba las mandíbulas en la garganta y empezaba a sacudirlo como un pelele, de modo que volaban gotas de sangre por el aire.
¡Que te abras, coño! – seguía aullando Zip, que casi se había desollado las manos de tanto aporrear la puerta.
La turca dio un salto hacia delante y blandió el Cetro describiendo un arco, mientras gritaba con todas sus fuerzas. Karen y el otro chico se colocaron tras ella, mientras el resto se amontonaban junto a Zip, algunos cubriéndole la espalda, otros temblando de terror.
Pero las mantícoras no tenían prisa. A lo lejos, los gritos del cautivo se habían apagado. Estaba ya muerto. Arrojándolo a un lado, la mantícora, son las fauces tintadas de rojo, se unió a las otras en su lento avance hacia sus presas, que fueron retrocediendo en dirección a la puerta.
¡Atrás! – sollozó Selma, muerta de miedo, blandiendo de nuevo el Cetro - ¡Atrás!
En ese momento, las puertas se abrieron por fin, y Zip cayó de bruces sobre el marmóreo suelo del templo.
¡Lo conseguí! – jadeó.
Todos los jóvenes, presos del pánico, dieron media vuelta y se metieron en el templo, saltando por encima del pobre Zip. Selma quedó sola frente a las cinco mantícoras.
¡Selma!- gritó Zip - ¡Vamos!
Pero ella tenía miedo de quitarles el ojo. Las veía avanzar, sonriendo con aquella descalabrada mueca que tenían, balanceando su letal aguijón a ambos lados, mientras reproducían en sus facciones el rostro moreno de la muchacha, con tal de asustarla más.
Zip estaba a su lado.
¡Selma, vamos, entremos dentro!
Entrad vosotros.- gimió ella – Yo...
De repente, una mantícora se lanzó sobre los dos. Soltando un chillido, Selma alzó el cetro y la golpeó en la cabeza. Y entonces ocurrió algo increíble.
La bestia aterrizó sobre sus cuatro patas, y empezó a retorcerse, soltando chillidos de dolor. Se revolcó sobre el suelo, frotándose la cabeza Finalmente, dio media vuelta y se alejó a toda velocidad.
Las otras cuatro se habían quedado paralizadas, mirando fijamente el Cetro, que Selma sujetaba con manos temblorosas. En ese momento, Zip tuvo una ocurrencia. Le quitó la vara de plata y, dando un grito, saltó hacia delante.
Las mantícoras dieron un chillido y huyeron.
¡Toma ya! – gritó el chico - ¡Esta cosa les asusta!
Y sin pensar, se lanzó tras ellas, blandiendo el Cetro, chillando con todas sus fuerzas.
Selma corrió hacia el chico que yacía en el suelo. Era aquel cuyo nombre nunca lograba recordar. Pero estaba muerto. Le había abierto la garganta en canal.
(…)
¡Ajajá! ¡Corred, corred, fétidos sacos de pulgas! ¡Moved vuestras patitas!
Zip estaba exultante mientras perseguía a las mantícoras, haciendo aspavientos con el Cetro como si sujetara una antorcha. Pero los demonios eran más rápidos que él y pronto desaparecieron de su vista. Pero no importaba. ¡Él les había ahuyentado! ¡Él había salvado a Selma! Y a los otros, claro, ¡pero a Selma también!
Dando un salto, se subió encima de una estatua de ángel que había allí, y alzando el Cetro, berreó:
¡Soy un Lux Veritatis!
¿Eres un qué? – dijo una voz burlona a su lado.
Casi se cayó del susto. Bajó la mirada y vio a Kurtis al pie de la estatua, de brazos cruzados y mirándole con una mueca en el rostro.
¡Joder, Kurt, qué susto me has dado! – bajó de un salto al suelo.
¿Se puede saber qué diablos hacías?- dijo él. - ¡Y me llamo Kurt-is!
El chico hinchó el pecho, orgulloso.
¡Las he ahuyentado! ¡Yo solito! Apuesto a que tú nunca has logrado...
Por supuesto que no. Yo no voy corriendo y berreando como un gilipollas en una ciudad antigua que puede estar plagada de enemigos, y jugueteando con un objeto antiguo como si fuera un cucharón de cocina. ¡Trae aquí!
Y le arrancó el Cetro de la mano.
Dirás lo que querrás.- insistió Zip – Pero esas cosas con dientes han salido pitando en cuanto han visto el... bueno, verlo no... cuando Selma le ha pegado a una, parece que le ha hecho daño y las otras se han...
Se han asustado y han huido. De modo que ha sido ella la que las ha ahuyentado. Y tú te has dedicado a montar un numerito que puede costarnos el cuello a todos. ¡Andando!
Soltando un gruñido, Zip obedeció. Al llegar el templo, vieron a los otros sentados al pie de la estatua de Lilith. Karen sujetaba el cadáver del chico muerto mientras Selma le vendaba el cuello para mantenerlo unido al cuerpo.
Al ver a Kurtis, la turca se levantó, corrió hacia él y le abrazó:
¡Gracias a Dios que estás aquí!- sollozó ella.
¿Cómo se os ha ocurrido bajar aquí? – dijo él, consternado - ¡Este lugar es peligroso!
¡No sabíamos que hacer! – repitió ella – La mafia se nos echó encima y la única salida era bajar aquí. Pero me arrepiento. Han muerto muchos... y esas cosas casi nos matan. Se me ocurrió venir al templo, pero casi no lo contamos...
¿Qué has hecho con esto? – dijo Kurtis, mostrándole el Cetro.
Selma se encogió los hombros.
Estaba muerta de miedo y se me ocurrió pegarle a una mantícora. Pero casi no la he tocado, ¡tenía la cabeza dura como la piedra!
¿Y le hiciste daño?
Chilló como si la hubiera quemado con algo al rojo vivo. Luego, las otras huyeron en cuanto Zip les amenazó con ellas.
El hombre había quedado en silencio, mirando fijamente la vara de plata. Luego dijo:
Cerrad las puertas. Pasaremos la noche aquí y mañana trataremos de salir. Los italianos han soltado al resto de la gente que cogieron y han levantando el campamento.
¿Se han ido?
Eso puede ser buena o mala señal. Siguen queriendo el Cetro, así que tenemos que seguir contando con que pueden dar problemas.
Se tumbaron al pie de la estatua. Los excavadores y Zip no tardaron en dormirse, pero Selma y Kurtis permanecieron despiertos largo rato. La turca quería saber qué había pasado y cómo estaba Lara. Cuando toda pregunta tuvo respuesta, ella murmuró:
¿Qué hacemos? ¿Deberíamos devolver el Cetro a su lugar?
Kurtis alzó la vista. Lilith seguía, cómo no, a punto de alzar el vuelo, y no parecía notar que le faltaba su vara.
No lo haremos.- decidió por fin – El Cetro ya no estará seguro en ningún lugar, ya que tanta gente lo busca. Yo tampoco sé a ciencia cierta lo que hay que hacer, pero sé que ha hecho daño a unas bestias a las que difícilmente se les hace daño... sólo puedes matarlas de golpe para librarte de ellas. Y si dañó a unos demonios tan fuertes, es que es algo más que una vara de plata.
Permaneció un momento en silencio. Selma murmuró:
Monteleone quería el Cetro. Y Betsabé te busca a ti. Ella también tiene el Orbe y quiere los Fragmentos, de modo que no sería raro que quisiese también el Cetro.
El Orbe y sus Fragmentos. El Cetro.- Kurtis se secó el sudor de la frente – Están tratando de reunir armas muy poderosas.
Y de capturar a un hombre muy poderoso.- susurró Selma, mirándolo de reojo.
Él no respondió. Tenía la mirada perdida.
Están preparando algo gordo.- continuó Selma - ¿No tienes idea de quiénes pueden ser, y de qué quieren?
De quiénes, sí.- dijo Kurtis – No quería decirlo, pero lo he sospechado desde el primer momento. Monteleone no es más que un codicioso que colecciona objetos raros. Ni él mismo se cree las tonterías que atesora sobre el Cetro. Pero esa Betsabé y los suyos saben lo que se hacen... pondría la mano en el fuego a que son de la Cábala.
Los ojos de Selma se empañaron, y se estremeció de la cabeza a los pies.
¡La Cábala! – jadeó – Pero... pero... ¡les detuvieron! La policía... ¡los metió entre rejas a todos! ¿No es así?
La mala hierba nunca muere.- bufó Kurtis – Además, no los detuvieron a todos... algunos escaparon... como Giselle Boaz.
La muchacha alzó de nuevo la vista hacia la hermosa estatua. Volvió a estremecerse.
Dios... ¿en qué lío nos hemos metido?
Kurtis pasó la mano por el Cetro, acariciando los arabescos con que estaba decorado.
Si este chisme estaba aquí, ¿por qué diablos no han venido a por él hasta ahora? ¿Y qué es lo que hace que les interesa tanto?
¿Aparte de asustar demonios?
Él alzó la vista una vez más, y una vez más miró a Lilith. La faz de la diosa, que era hermosísima, miraba serena al cielo, con los labios ligeramente entreabiertos.
Lilith – dijo él entonces – era muy venerada por los Nephilim. La llamaban con muchos nombres: La Primera En Nacer, La Que Se Hace A Sí Misma, La Madre De Todos. Era un símbolo para ellos. No sé si existió una mujer, diosa o demonio, llamada Lilith, que diera a luz a esa abyecta raza... pero está claro que ellos la veneraban. Y los demonios sólo temían a los Nephilim, de modo que si identificaban a la diosa con los Nephilim...
... ¡Es probable que la temieran! – a Selma le brillaban los ojos - ¡Por eso se me ocurrió en venir aquí para protegernos!
Kurtis asintió en silencio, sin dejar de mirar a la estatua.
Es probable, pero no seguro. Y el Cetro que portaba Lilith ha herido a un demonio con sólo rozarlo. – suspiró – No tengo ni idea de qué significa todo esto. Sólo hay algo claro: no tenemos que separarnos de esta cosa... al menos de momento.
(…)
Marie pasó toda la noche en vela.
Deambuló de la cocina al patio, volvió a la cocina, y recorrió el pasillo de arriba abajo, como un alma en pena. Al cabo de dos horas, cuando ya era más de medianoche, se sentó junto al lecho de Lara. Ella estaba despierta, despejada de tanto permanecer inmóvil, y sonrió a la mujer india mientras señalaba el amuleto colgado del cuello:
Ese dreamcatcher es ya famoso.
Ha pertenecido a mi familia durante generaciones.- sonrió Marie – Lo tejió mi tatarabuela con sus propias manos y desde siempre ha estado con nosotros. Mi gente creía que filtraba los malos espíritus, alejando las desgracias de nuestros hijos. Pero estuvo colgado sobre mi cuna mientras fui niña y luego yo misma lo colgué sobre la cuna de mi hijo, y jamás nos ha evitado mal ni desgracia alguna. Todo lo hemos sufrido. Con todo, sigo teniéndole gran cariño.
Sacó un peine del bolsillo y empezó a cepillarse la cabellera.
Quisiera preguntarle...
Pregunta. Una vieja como yo ya se aburre si no le preguntan.
... ¿cómo conoció a Konstantin? Usted es india y él, por lo que sé, era griego.
Los ojos de Marie se empañaron al oír aquello. Lara temió haber hurgado en una herida profunda, pero entonces ella empezó:
Sí, era hijo de madre griega y padre alemán. Su padre se llamaba Gerhardt... y era un Lux Veritatis. Pero cuando le conocí, hacía mucho tiempo que le habían asesinado... y Konstantin sólo vivía con la obsesión de vengar a su padre y sobrevivir él mismo.
"Le conocí en 1966. Tenía 33 años y yo le salvé la vida. Me encontraba en Europa junto a mi padre, que era oficial y trabajaba con el código navajo, la lengua de nuestra tribu, que tan útil había resultado a los americanos en la Segunda Guerra Mundial. Le vi arrastrándose por el suelo, ensangrentado. Yo no sabía qué pasaba, pero oí tiros a lo lejos y sin pensarlo, le cogí del brazo, lo levanté y nos escondimos en un callejón. Entonces le vi pasar... a Pieter Van Eckhardt. Pasó cerca de nosotros y no nos vio. Se alejó y con él se alejaron todos sus secuaces. Estábamos a salvo.
"Yo le llevé a casa y entre mi padre y yo le curamos. Quisimos saber quién le perseguía y por qué, pero él nunca nos respondió. Yo me enamoré, pero era demasiado fría e inexpresiva para decir nada. Además, no valía la pena... mi padre y yo volveríamos en breve a EEUU y perdería su rastro... siempre recordaré lo que me dijo al despedirse de mí:
Gracias, Marie Cornel. Pero quizá no me hayas hecho un favor al salvarme.
"Tardaría mucho tiempo en comprender sus palabras. Él desapareció de mi vida y yo volví a mi tierra... pero en el 69, justo cuatro años después, volví a verle, en el Colorado. Él vino a buscarme. Había estado buscándome durante todo aquel tiempo."
Suspiró y se detuvo un momento, con la mirada fija en su regazo.
Él me contó quién era y quiénes eran sus enemigos, y por qué le buscaban. Me enseñó de lo que era capaz... el poder que le había sido otorgado... y me dijo si yo era capaz de vivir con él sabiendo que el mañana no era seguro y que podía morir en cualquier momento, él se casaría conmigo, porque ya no soportaba estar solo y se había enamorado de mí. Yo dije que sí sin dudarlo... y nos casamos.
Sonrió entonces.
Lo demás creo que puedes imaginártelo. Aprendí a pelear junto con él y a perder el miedo a sus enemigos. Sufrimos mucho, pero todo lo soportábamos porque estábamos juntos. Pero en el 72 nació Kurtis... y tuve que renunciar a estar con él. Eckhardt enseguida supo que teníamos un hijo. Ese viejo monstruo era recondenadamente listo. No contento con asediar a mi marido, puso un precio a la cabeza de mi hijo, que sólo era un bebé. Konstantin seguía siendo su objetivo, pero se obsesionó con matar a Kurtis. Y aún no sabíamos si tenía el Don... recé todas y cada una de las noches de mi embarazo a los espíritus de mi pueblo, rogando que no manifestara el Don... pero ellos no me escucharon. A los diez años, Kurtis hizo algo increíble, y tuve que renunciar a mis esperanzas.
Sacudió la cabeza de nuevo.
Perdona, hija. Te estoy aburriendo.
Desde luego que no.- afirmó Lara – Kurtis nunca habla de sí mismo, de modo que me estoy muriendo de la intriga.
Marie sonrió de nuevo, y le chispearon los oscuros ojos.
¿Sabes qué hizo? No fue ninguna tontería. Tenía diez años... sólo era un niño. Pero lo que hizo no fue para bromear.
¿Qué hizo? – dijo Lara.
Los ojos de la india se oscurecieron.
(…)
¡Marie! ¡Marie Cornel!
La mujer salió al porche inmediatamente. Cuatro hombres se acercaban corriendo a la casa... y perseguían a otro, que estaba herido. Ella le reconoció.
¡Stevens! – gritó.
¡Marie, ayúdame!
No necesitó más. Dio media vuelta, corrió hacia el arcón donde guardaban las armas y rebuscó frenéticamente, tratando de encontrar el rifle. Pero no estaba. ¡No estaba!
Se oyeron unos tiros, y luego, un golpe sordo contra el suelo. Se giró y vio al pobre Stevens, que les había ocultado durante meses, exánime en el suelo, con la cabeza cosida a tiros. Tres de los cuatro mercenarios entraron entonces.
¡Vaya, vaya! – canturreó uno de ellos - ¿Pero qué ven mis ojos? ¡Si es la mujer de Konstantin!
¡Fuera de mi casa! – gritó ella.
¿Dónde se ha metido tu maridito? ¿No debía estar protegiéndote?
El tercero se abalanzó sobre ella, pero Marie le propinó un rodillazo en el estómago que lo hizo doblarse en dos. Saltó hacia la puerta del salón y la cerró del golpe, mientras atrancaba uno detrás de otro los pestillos con manos temblorosas. Luego echó a correr entre las habitaciones.
¡Kurtis! ¡Kurtis! – gritó con voz angustiada - ¿Dónde estás?
Está aquí.- contestó otra voz.
Marie se frenó en seco y soltó un grito de horror. El cuarto hombre, al que no había visto entrar por la puerta principal, estaba allí, sujetando a su hijo de diez años, y poniéndole el cañón de la pistola en la sien.
Por favor, déjalo ir.- suplicó Marie – Sólo es un niño…
El Alquimista ha mandado que muera. No seré yo quien le desafíe.
La puerta trasera se vino abajo y los otros tres entraron y sujetaron a Marie, que de pronto parecía haber perdido todas las fuerzas.
Bueno, ¿a qué esperas? – gritó uno - ¡Ya tienes al crío! ¡Cárgatelo de una vez!
Sí, ¿y qué haréis mientras con la mujer? ¿Quedárosla, no?
¡A ti qué te importa!
¿Que qué me importa? ¡Pues mucho, pasmarote! Ese mamón de Konstantin se la eligió bien guapa, ¿no creéis? ¿Qué tal si nos entretenemos con ella?
Vale, ¡pero cárgate al mocoso primero!
Marie empezó a llorar mientras los otros tres se la llevaban arrastrando hacia el cuarto contiguo. Y entonces, Kurtis, que se había mostrado pálido y aterrado, murmuró:
Soltad a mi madre.
El tono en que lo dijo hizo que todos se detuvieran.
¿Qué ha dicho?
Que dejemos a su madre.
¡No te fastidia! ¡Mocoso del demonio, mátalo de una…!
Dejad a mi madre.
Era la segunda vez que lo repetía, y lo decía con una seriedad terrible para su corta edad. Entonces, el hombre que le sostenía lo tumbó de una bofetada.
¿Sabéis qué? ¡Que no nos vamos al otro cuarto! ¡Nos divertiremos con su madre aquí, para que lo vea todo!
¡Hijos de puta! – gritó Marie - ¡Es un niño!
Un cachorro que puede convertirse en león. – susurró el otro – Vamos, acabad con esto de una vez. El Alquimista puede llegar en cualquier momento.
Arrojaron a la mujer contra la pared y se abalanzaron sobre ella para arrancarle la ropa. Todo sucedió muy deprisa.
Las cuatro ventanas de la habitación estallaron en pedazos, una detrás de otra. Ellos gritaron y soltaron a Marie.
¡Qué ha sido eso! – chilló uno - ¿Hay un Lux Veritatis por aquí?
¡Imbécil! – dijo el otro - ¿No lo ves? ¡Ha sido el crío!
Kurtis se mantenía en pie en el medio de la habitación, con la cara enrojecida y respirando agitadamente.
¡Acabemos con esto! – concluyó uno, y apuntándole con el arma, disparó.
Marie lanzó un grito que podría haberse oído en los confines de la Tierra. Pero aquel día Kurtis no murió. La bala que iba dirigida a su cabeza se quedó suspendida en el aire, a pocos metros de su cara. Miró el proyectil fijamente… y de pronto cayó al suelo.
Los otros no tuvieron tiempo a reaccionar, de lo azorados que estaban. De pronto, los cristales de las ventanas se alzaron del suelo y, como flechas lanzadas a precisión, se clavaron en sus cuerpos, atravesándolos de lado a lado. Gritaron, dejaron caer las armas, trataron de huir. Pero antes de alcanzar la puerta, ya estaban muertos. Acuchillados.
Marie cerró los ojos y se echó a temblar en su rincón. Oyó un crujido y vio acercarse a su hijo, que avanzó sobre los cristales, pasando por encima de los cadáveres. Al llegar junto a ella, sonrió, le tendió la mano y dijo:
Vámonos de aquí, mamá.
(…)
No sé por qué te cuento esto.- dijo entonces Marie estremeciéndose. – Podrías creer que es un monstruo.
Bueno – dijo Lara riendo - si hubiera sabido que a los diez años era capaz de hacer esas cosas, habría sido menos borde con él.
Marie rió quedamente y ocultó el rostro entre las manos.
Mi hijo no es un monstruo. Un niño de diez años no debería estar sometido a la tensión a la que se le sometió. El Don estaba allí, agazapado dentro de él, esperando el momento adecuado. Y saltó en cuanto mi vida y la de él estuvieron en peligro. Jamás corrimos tanto peligro como aquel día… el día en que perdió su infancia. Konstantin se mostró orgulloso al saberlo, pero yo siempre tuve terror de aquel día, y él también. No soporta que se lo recuerden. No soporta saber lo que es capaz de hacer. Pero no es un monstruo. Sólo quería proteger a su madre. No es un asesino.
No tienes que justificarle, Marie.- dijo Lara, reclinándose en la almohada.- Yo también mato a los que tratan de hacerme daño, y tampoco soy un monstruo.
La india alzó la vista. Tenía una expresión de dolor en el rostro, como si algo la estuviera devorando por dentro.
¡Qué vida hemos vivido! – suspiró – Lo que hubiera dado por ser una madre feliz… ¡lo que hubiera dado por tener un hijo normal!
Para ello, tendrías que haberle dicho que no a Konstantin.
Jamás le hubiera dicho que no. Le amaba. Puede que haya lamentado mi vida, pero jamás me he arrepentido de aceptarle. Pero sí que lamento que Kurtis heredara el poder de su padre. Konstantin era feliz siendo lo que era. Luchaba por una causa que él sentía que valía la pena. Pero Kurtis no. Kurtis ha sido muy desgraciado.
Se retorcía el dreamcatcher, haciéndolo girar sobre su pecho.
Marie – dijo Lara entonces – si no quieres seguir hablando de esto, puedes dejarlo.
¡No! – exclamó ella - ¡No! Jamás le he hablado de esto a nadie. Estoy harta de llevar el sufrimiento dentro. Si quieres escucharme, deja que me libere. Déjame encontrar, al fin, algo de alivio.
Lara nunca se había sentido tan intrigada. Aquella mujer anciana tenía consigo el yugo de toda una vida de padecimientos, y también era la única que le hablaría del hombre que amaba, ya que él mismo (y ahora lo sabía) no soportaba hablar de su propia vida.
Volví a ver a Konstantin cuando Kurtis tenía diecisiete años. Llevaba todo ese tiempo sin verle. Estaba tan cambiado… había soportado mucho. Casi no me hizo caso. Su atención estaba concentrado en el chico, en su precioso hijo que manifestaba unos poderes que, según el Gran Maestre, eran superiores a los de su padre, que en aquel momento era el Lux Veritatis más respetado y temido. – sonrió con amargura – Pobre Konstantin. Pobre. Qué grande fue su decepción al saber que su hijo no quería saber nada de la Orden, ni de la Guerra de las Sombras, ni de sus poderes, a los que consideraba como una enfermedad difícil de soportar.
"Durante tres años, se dejó adiestrar y entrenar. Pero a los diecinueve ya estaba harto. Le habían tatuado el Símbolo en el hombro y le habían presentado a la Orden. Pero él no quería saber nada. Huyó. Y huyó al único sitio donde su habilidad de luchador le serviría de algo y donde nadie le preguntaría sobre su pasado… también donde nunca pudimos encontrarle: la Legión Extranjera. Fue muy listo. Se cambió el apellido (Trent es un nombre falso) y obtuvo la nacionalidad francesa. Lo que pasó en aquellos años sólo lo sabe él. Tuvo que salir de allí porque ellos habían ido a por él…"
¿Quiénes? – interrumpió Lara.
Los demonios. El Don les atrae como un imán. Supongo que, para defenderse, Kurtis se vio obligado a hacer cosas que aterraron a sus superiores. Le echaron de la Legión. Él nunca me ha hablado de ello, es lo único que sé.
" Luego tuvo la ocurrencia de alistarse en el escuadrón de mercenarios de Marten Gunderson."
Ah.- dijo Lara, torciendo la boca – El viejo Gunderson.
Había sido amigo suyo en la Legión, y allí se convirtió en su jefe. Jamás he aprobado que matara por dinero… en aquel momento sí puedo decir que se convirtió en un asesino. Pero todo acabó muy abruptamente en cuanto Gunderson aceptó trabajar para La Cábala. En cuanto Kurtis vio a Eckhardt, desapareció. ¡Imagínate cómo debió sentirse el Alquimista cuando supo que su ansiado objetivo había estado tan cerca… en sus propias tropas… y le había perdido! ¡Viejo inútil!
Se echó a reír, pero la risa le duró poco. Enmudeció al cabo de un momento.
Entonces, Konstantin murió, ¿verdad? – aventuró Lara.
Marie asintió débilmente.
Fue una represalia. Cuando Eckhardt supo que Kurtis se le había escapado, reanudó la caza y captura de mi marido con una virulencia jamás antes vista. Lo… lo encontró al final. Lo mató y con él mató a todos los Lux Veritatis que quedaban, excepto mi hijo. Me contaron que los hizo crucificar en las puertas de Tenebra… dime… ¿les has visto?
Lara permaneció en silencio durante un momento. Luego dijo suavemente:
¿Qué es lo que quieres oír, Marie?
Ella ocultó el rostro entre las manos.
Querría oír que no es verdad… que no les has visto… que no hay cruces… que mi marido no murió allí, que no murió de ese modo tan horrible…
Lara guardó silencio. Marie sollozó quedamente, y entonces alzó la vista de nuevo. Tenía el rostro húmedo de lágrimas.
¿Sabes una cosa, Lara? Hay personas con las que vives muy poco tiempo… y te llenan para toda la vida. A otras en cambio, no querrías ni verlas, y están siempre junto a ti. Yo vi a Konstantin cuatro veces… cuatro veces en treinta largos años. Pero le amé hasta el final, y aún de noche, mis manos le buscan en la oscuridad. Konstantin fue como una breve primavera, como un sueño que entrara y saliera de mi vida como una exhalación. Vivió muy poco tiempo, pero me dejó lo más valioso que podía darme: a Kurtis.
Se levantó, enjugándose las lágrimas, mientras decía:
No sé si entiendes lo que te digo. Sé que mi hijo te ama. No lo ha dicho. Él jamás dice nada de lo que lleva dentro. Pero lo he notado en su mirada. No quiero que sufra ni un solo día más. No quiero verle crucificado como hicieron con su padre. Tampoco quiero que tú sufras como sufrí yo, aunque es cierto que eres más fuerte que yo. Yo ya estoy cansada…
Se acercó a la ventana mientras trataba de ahogar el llanto. Lara no sabía qué decirle.
Escúchame, Lara. Esto tiene que acabar. No podemos estar así. Tienes que ayudarle a liberarse de esto. Yo estoy vieja y cansada, cansada de tanto luchar. La Cábala me arrebató todo lo que yo amaba. Y aún quieren más. Siguen queriendo a Kurtis, y no descansarán hasta que le vean colgando de un madero. Tú eres la Amazona. Mataste a Eckhardt y diste con la clave para acabar con Karel. Tú puedes librarnos de esta maldición.
Lara le miró, estupefacta. Trató de decir algo, pero Marie la interrumpió:
He oído hablar mucho de ti. Algunos te consideran la mujer más inteligente del planeta… también la más fuerte. Yo no creo en los rumores. Creo en lo que he visto… y en lo que mi hijo me ha contado de ti. Kurtis sobrevivió a Eckhardt. Sobrevivió a Karel. Pero no sobrevivirá a Betsabé… acuérdate del día en que te lo digo.
Se inclinó sobre ella y le aferró el brazo herido. Lara dio un respingo.
¡Júrame que le ayudarás a librarse de esto! ¡Él nunca debió ser lo que es! ¡Júrame que le ayudarás!
Yo no creo en juramentos.
Pero yo sí.
Muy bien. Lo juro.
El rostro de la india se fue relajando. Soltó a Lara, que jadeó de dolor, y se apartó lentamente.
Perdóname. No debí hablarte así. Sólo soy una vieja loca. Éste es el precio amargo que yo… que todos hemos pagado.
Dio media vuelta y abandonó la habitación.
