Capítulo 21: El poder de la Gran Diosa
Apenas pasadas unas horas, Kurtis decidió que ya habían descansado bastante.
¿Qué hacemos con el cadáver? – dijo Karen, compungida.
Dejarlo aquí. No podemos hacer más.
Atravesaron la ciudad en silencio. Kurtis les había ordenado que estuviesen callados como una tumba.
Por suerte, no tuvieron que volver por la fosa pútrida. En realidad, a Kurtis le daba igual tener que volver a vérselas con aquella cosa horrible. Lo que no quería era volver a pasar entre las cruces de los Lux Veritatis. No quería reconocerlo, pero cada vez que las veía, altas y esperpénticas, la sangre le bullía en las venas. No lo soportaba.
Eligió pues, una ruta alternativa, la que él y Lara habían usado para regresar con el Cetro. Era un túnel que ascendía desde la parte derecha de la ciudad hasta unirse, un par de kilómetros más adelante, con otro túnel que conducía al mismo y ancho pozo que llevaba a la necrópolis.
Había por delante varias horas de camino. Un camino que se hizo en el más mortal de los silencios. Selma marchaba junto a Kurtis, que portaba el Cetro en su mano. Aunque no acababa de confiar en él, lo cierto es que ningún monstruo les atacó.
Caminaron durante horas hasta llegar a las paredes circulares del gran pozo. Por suerte, había cuerdas colgando, que habían usado anteriormente tanto operarios como mafiosi para ascender y descender.
¿No podemos descansar? – se quejó Zip.
Id cogiendo una cuerda y trepad.- ordenó Kurtis, haciendo caso omiso del muchacho.
Selma frunció el ceño, observando las cuerdas.
¿Y tú?
Yo subiré el último. – dijo Kurtis - ¡Vamos!
Le obedecieron y empezaron a trepar. El hombre se agachó y dejó en el suelo la luz que les había servido para guiarse en la oscuridad: una botella de plástico llena de agua de Tenebra. Había sido un recurso excelente cuando las pilas de las linternas se habían agotado.
Observó en silencio mientras iban escalando. Al poco rato les perdió de vista, pero siguió oyendo los quejidos de Zip y el bufido de los demás. Fueron subiendo uno por uno, los veinte, hasta que perdió al último de vista. Se acercó entonces y cogió una cuerda.
De pronto, oyó un chasquido a sus espaldas. Se giró bruscamente y un segundo después ya tenía el Churigai extendido en la mano. No hacía falta más para reconocer qué le atacaba.
La mantícora avanzó tranquilamente hacia él, haciendo rechinar las tres hileras de dientes. Entonces Kurtis pensó, ¿por qué no?, y llevándose la mano a la espalda soltó el Cetro y se lo mostró a la criatura.
El efecto fue inmediato. Los ojos de la bestia se agrandaron y se paró en seco. Luego empezó a emitir un ruidito parecido a un gemido, y se le doblaron las patas delanteras. Otra, que había aparecido tras la primera, también se detuvo en seco.
¿Qué diablos veis en este chisme? – murmuró Kurtis, sorprendido.
Ven el poder de la Gran Diosa.- respondió una voz dulce y musical, desde la profunda oscuridad que había tras las mantícoras.
Kurtis entrecerró los ojos.
¿Quién eres? ¡Muéstrate!
Oyó una serie de pasos blandos sobre la arena del túnel, y entonces, teñida por la luz azulada de la botella, apareció ante sus ojos una mujer.
Vestía una larga túnica blanca, ceñida a la estrecha cintura con una tira de seda, cuya falda le cubría hasta los pies. Llevaba sobre ella una capa oscura, con la capucha caída hacia atrás, y los cabellos le caían a lo largo del cuerpo como un velo negro. Sonreía dulcemente.
La mujer estiró un brazo hacia las mantícoras:
Venid, pequeñas. Os hará daño si os acercáis más.
Y aquellas terribles bestias, convertidas de pronto en mansos cachorrillos, se acercaron a ella. Una se tumbó a sus pies y otra se frotó cariñosamente contra su pierna, mientras ella le acariciaba la cabeza con su blanca mano. Así, tan hermosa, parecía talmente una divinidad pagana, semejante a Hécate Triforme.
Las mantícoras sólo temen dos cosas.- dijo ella entonces – La ira de un Nephilim... y el Cetro que tú empuñas. Pero ha pasado tanto tiempo que no lo reconocían ya. Ha bastado con que una de ellas sintiera de nuevo su mordedura, sin embargo, para que recordaran. ¡Ah!, qué necios han sido mis antecesores, que olvidaron que un arma tan poderosa yacía aquí abajo. Pero al fin la he recuperado.
Eso lo veremos.- espetó Kurtis - ¿Eres Betsabé?
Ella sonrió de nuevo.
Sí, y tú eres Kurtis Trent. Te he buscado durante tanto tiempo... demasiado para mí, que veo más allá de mentes y corazones. Eres hábil y esquivo y te has sabido guardar de mi Visión... hasta ahora.
¿Por qué robaste el Orbe y maldeciste a un monje indefenso? ¿Por qué atacaste a dos mujeres que nada te habían hecho?
Porque eran los guardianes de aquello que yo quería. Tu monje indefenso trató de violentarme, pero eso ya no importa. El Orbe es mío y ahora tú y el Cetro también lo sois.
¿De verdad? – Kurtis hizo una mueca - ¿Y qué vas a hacerme? ¿Atarme las manos y amordazarme? ¿O quizá dejarme inconsciente de un puñetazo?
Ella sonrió todavía más.
Dices eso para provocarme. Lo dices porque tú eres un hombre fuerte y yo una doncella de aspecto frágil y delicado. Pero eres más listo que eso, sabes que yo mandé a un demonio que entrara dentro del cuerpo del monje y ves que las mantícoras besan mis manos y lamen mis pies. No me provoques, puedo fulminarte con un solo gesto. Vendrás conmigo.
¡Ven, entonces! – dijo Kurtis - ¡Ven a por mí!
Y soltando el Cetro, alzó el Churigai, mostrándole las afiladas cuchillas. Ella se quedó mirando fijamente el filo de aquella arma múltiple, sin decir una sola palabra. La mantícora que estaba a los pies se levantó y, erizando su pelaje, empezó a gruñir.
De modo que éste es el Churigai.- dijo al fin – He oído hablar de esta arma casi tanto como he oído hablar de ti. Es una pieza legendaria... se dice que ninguna de las heridas que provoca cicatriza jamás ¿Lo sabías acaso? No lo creo, ya que no te limitas a herir con ella. Lo que haces es destrozar. Y bien, ¿vas a trocearme con ella?
Acércate – murmuró Kurtis – y lo sabrás.
De pronto, la mantícora saltó sobre él. No lo había esperado y, sin embargo, reaccionó de inmediato. La cabeza de la criatura rodó por el suelo y Kurtis se sacó su cuerpo de encima de una patada. La otra mantícora soltó un chirrido, pero Betsabé la detuvo cogiéndola por el pescuezo.
Quieta, chica. – le dijo.
Al lanzar el Churigai, éste se había clavado en la pared, donde aún vibraba mientras por el filo resbalaba la sangre de la mantícora. La mujer la observó con interés pero sin miedo.
Vendrás conmigo – volvió a repetir – te guste o no. Puedes venir de buen grado o puedo obligarte a hacerlo. Sé donde se ocultan tu madre y la exploradora herida... no querrías que les sucediera nada malo, ¿verdad?
No te atrevas a amenazarme. – extendió la mano y el Churigai volvió hacia él.
Entonces, basta de chácharas.- dijo ella, y extendió los brazos hacia delante.
Kurtis saltó hacia atrás, previniendo un posible ataque, pero ella se quedó en aquella postura, con los puños cerrados, mientras la mantícora retrocedía lentamente. Entonces, abrió las manos, y de ellas cayeron unos cuantos pétalos de rosa, al tiempo que pronunciaba cuatro extrañas palabras.
Antes de que pudiese siquiera protegerse, una ola de oscuridad golpeó a Kurtis y lo lanzó hacia atrás. Se golpeó la nuca contra la pared y ya no supo más.
(…)
Sciarra permaneció atado a un poste de luz un día y una noche. Mientras tanto, maldijo, blasfemó, insultó y se cagó en la madre que había parido a todas las putas de todo el planeta Tierra desde los albores de la humanidad.
A mediodía, Monteleone se dignó a visitarle.
Querido amigo – le dijo con su fría cortesía – eres mi favorito y siempre te he tenido en alta estima. Pero tu actitud no contribuye a mejorar tu situación. ¿Sabes lo que hago con los que se comportan como tú?
Y él ya se veía castrado y colgando aquel poste de luz, o rodando por algún acantilado de aquel rocoso desierto, o cosido a tiros.
Sí que lo sabes. Pero has tenido mucha, mucha suerte.- susurró entonces el capo.
Vio acercarse a alguien detrás de él. Sciarra observó a un hombre alto, blanco, con una mandíbula cuadrada y un bigote corto.
Éste es Adolf Schäffer.- indicó el mafioso – Es jefe de un escuadrón de mercenarios que trabaja para Betsabé.
Para la Señora, si no le importa.- contestó Schäffer con acritud.
Monteleone se encogió de hombros.
Te dejo con él. Tienes suerte, amigo. Hasta nunca.
El italiano dio media vuelta y se alejó. Schäffer se quedó un rato observándole, y tenía la típica expresión de dureza que se podía ver en algunos oficiales alemanes en tiempos del nazismo.
¿Cómo te llamas? – dijo entonces.
Giacomo Sciarra. ¿Qué diablos quieres de mí?
Yo en tu lugar sería más educado. He sido yo quien te ha salvado el culo. Estoy muy interesado en que pases a formar parte de mis mercenarios. Posees información relativa a los archivos de Monteleone que me interesa. Y ya de paso, te diré que he pagado una suma ingente de dinero a tu jefe para que se olvide de ti.
¿Y si no quiero?
Tu jefe me devolverá el dinero y como compensación, tendrá el gusto de ahorcarte. Tú eliges.
Sciarra permaneció callado, mientras estudiaba a aquel sujeto con desconfianza.
Me lo temía. Adiós.- dijo aquél, dando media vuelta.
¡Eh, no, no, espera! ¡A-acepto el trato! ¡Te digo que acepto, coño!
Schäffer se giró, exhibiendo una cruel sonrisa.
¿Matarás a quien yo diga sin preguntarte quién es ni por qué?
¡Sí!
¿Tendrás algún reparo en revelarme cosas que sólo tu anterior jefe sabe?
¡No, no! ¡Diré lo que haga falta!
Perfecto.
Sacó un cuchillo, lo abrió y le cortó las ataduras. Luego dio media vuelta y se alejó. Sciarra fue tras él. Cruzaron el campamento, pero nadie les miró. Excepto una persona.
Por el rabillo del ojo, distinguió un brillo rojizo. Giró la cabeza y vio a Maddalena allí plantada, mirándolo en silencio.
Sciarra sonrió e hizo el gesto de cortar el cuello.
Volveré a encontrarte, putita.
Ella dio media vuelta y regresó a la tienda.
(…)
¡Kurtis! ¡Kurtis!
Inclinada sobre el pozo, Selma no se cansaba de gritar. Zip, aterrado, miraba a su alrededor, esperando ver aparecer a algún italiano. Pero no había ya nadie allí. Los otros se habían marchado. Selma les había autorizado a irse, desalentada.
¡Princesa, no puedes tirarte la vida ahí!
¡Entonces bajaré a buscarle!
¿Qué? ¡No, no, no!
La turca ya había cogido de nuevo la cuerda, pero Zip se la arrebató.
Estooo… bajaré yo.
Y empezó a descender. Selma aguardó, temblando, al borde del pozo. Al cabo de un rato, se oyó un chillido en el fondo. Algo que sonó más o menos así:
¡Mieeeeeerrrdaaaaa!
¿Zip? ¡Zip!
La cuerda empezó a agitarse brutalmente, y al poco apareció el muchacho que trepaba como si el diablo le persiguiera… lo cual no era del todo falso, ya que tras él, Selma pudo ver una mantícora que le perseguía trepando por la pared.
¡Agárrate! – gritó Selma, tendiéndole la mano.
Le ayudó a subir y entonces él la empujó hacia el pasillo.
¡Vamos, corre!
Atravesaron corriendo los túneles mientras oían a la mantícora ir tras ellos. Al salir al exterior tras cuatro días, la luz les hirió en los ojos, pero no se detuvieron.
¿Dios, qué hacemos?
¡Al jeep, princesa!
¡Claro! El maldito jeep. Se arrojaron prácticamente sobre el vehículo, saltando por encima de las puertas, y Zip agarró con nerviosismo el volante.
¿Sabes conducir? – dijo Selma.
¡Eso será si encuentro las llaves de este trasto!
¡Maldición!
¿Qué?
¡Está en la tienda, con los mapas!
¿QUÉ?
Se oyó un ¡bum! que les hizo girarse. En la parte trasera vieron trepar lentamente por el maletero a la mantícora, que sonreía con crueldad.
Selma saltó del jeep y echó a correr en dirección a las tiendas. El demonio no lo dudó y se lanzó tras ella, olvidando momentáneamente a Zip.
¡Eeeeh! – gritó el muchacho a Selma.- ¡Si te da tiempo, coge mi portátil!
La chica llegó corriendo a la tienda en el momento en que la mantícora la alcanzaba. Por suerte, el monstruo chocó contra la lona y se le engancharon las zarpas, por lo que tardó un momento en hacer trizas la tienda. Selma, con el corazón en un puño, revolvió frenéticamente los mapas, buscando las llaves del vehículo. Al fin las encontró… enganchadas en la esquina de la pantalla del portátil de Zip. Dio un tirón, pero no se soltaron. Dio otro, y tampoco. Histérica, cerró el portátil de un golpe y se lo puso bajo el brazo en el momento en que la mantícora lograba al fin destrozar la tela, entrando en la tienda. Se arrojó sobre Selma y sus zarpas llegaron a arañarle el hombro, pero ella ya salía corriendo de nuevo hacia el jeep.
¡Eh! – gritó Zip al ver el portátil - ¡Gracias!
¡Arranca de una vez! - gritó ella, cayendo sentada en el asiento del copiloto. - ¿Con qué demonios has pegado estas llaves?
Con chicle.- dijo Zip, que en una fracción de segundo extrajo una llave, la metió en la cerradura y arrancó el motor. - ¡Vamos allá!
La mantícora se había quedado liada en la tienda medio destrozada, pero al oír rugir el motor, se lanzó de nuevo hacia el vehículo.
¡Agárrate fuerte, princesa! – gritó Zip, y pisó el acelerador… en dirección a la mantícora.
Selma chilló y se tapó la cara al ver el monstruo acercarse hacia ellos… pero luego desapareció y oyó un golpeteo brutal bajo la carrocería.
Tardó un momento en comprender lo que pasaba. Se giró y vio al monstruo aplastado contra el suelo.
¡La… la has atropellado!
Ya me estaba tocando los huevos.- gruñó Zip, dando un volantazo.
