Capítulo 25: El don inesperado

¡Encontradla inmediatamente! ¡Maldita sea!

Monteleone, furibundo, había mandado alzar el campamento en cuestión de segundos. De repente, ya no tenía sentido permanecer en Turquía un momento más. El Cetro había desaparecido. Aquella zorra traicionera, Betsabé, se lo había llevado. Y desde hacía días, no dejaban de sufrir ataques de aquellas horribles criaturas, aquellas que sonreían desencajadamente y adoptaban el rostro de su víctima. Ya tenían suficiente.

Pero cuando se aprestaban a partir, el capo recibió una tremenda noticia: su joya más preciada, su adorable y sensual Maddalena, había desaparecido. Y lo peor de todo: se había llevado los valiosísimos documentos del Vaticano. Fue un golpe inesperado para él. Furioso, había mandado traer a Bay Li y la acosó a preguntas, pero la mujer permaneció con la vista baja y sólo dijo:

No sé dónde está, signore. La vi ayer de noche por última vez.

¡Maldita seas, mujer! ¡Tú eras su amiga! ¿No sabes nada?

Nada, signore.

Aquello sacaba de quicio al mafioso, porque ella había tenido la desfachatez de huir y robarle mientras dormía. Y eso era algo que no podía soportar. ¿Cómo iba a abandonarles su Maddalena? ¿Es posible que se hubiera tomado tan a la tremenda el castigo?

Reunió a sus hombres y les dijo:

Hasta el día de hoy sabéis que nadie me abandona, sino que yo prescindo de él. Maddalena no puede haber ido muy lejos. Lo único que ha conocido en vida es el puerto de Siracusa y la sombra de mi protección. No saldrá adelante sola, así que la encontraréis inmediatamente. ¿Entendido? Y si eso no os motiva lo bastante, sabed que los documentos que se ha llevado son mi vida entera.

Y ellos habían salido a buscarla. Rastrearon todos los alrededor. Incluso, haciendo un inaudito esfuerzo de valentía, habían osado acercarse a la necrópolis. Pero fue en vano. No había ni rastro de la guapa pelirroja.

Y por primera vez, Daniele Monteleone tuvo que darse por vencido. En un arranque de ira, mandó incendiar los restos del campamento de Selma y partió de nuevo hacia Sicilia, llevándose consigo sus hombres y su harén de prostitutas.

(…)

En realidad, Monteleone había subestimado la habilidad de Maddalena. Una mujer que desde muy pequeña malvive en un puerto aprende a perder el miedo a la oscuridad y a la soledad. Aprende a huir cuando la situación lo requiere y a esconderse donde sea, e incluso pasar desapercibida el tiempo necesario. Maddalena no sólo era inteligente sino también hábil, y había llegado al límite de sus fuerzas. Decidió abandonar a su protector y pese a que estaba en un ambiente inhóspito y en un país desconocido, tuvo suficiente valor para sacarse de encima las cadenas con que su amante hacía tiempo que la encadenaba.

Maddalena era mujer que sabía esperar. Había esperado con paciencia aquel momento. Ahora, jamás regresaría.

Abandonó el campamento de noche cerrada, no llevando consigo más que una bolsa con algo de ropa y sus documentos personales. Entró en silencio en la tienda de Monteleone, que dormía plácidamente, y se acercó al armario donde guardaba todos los documentos valiosos. Lo abrió y empezó a doblar todas las carpetas y a meterlas en su bolsa rápidamente. En ese momento, oyó al capo gruñir con voz soñolienta:

¿Eres tú, carissima... qué haces a estas horas aquí?

Oh Daniele... –musitó ella, temblando – Me siento tan desgraciada. No me arrebates de tu lado. Perdóname por mi falta.

Oculto en la oscuridad, el cincuentón había sonreído.

Ah, hermosa mía... no te atormentes. Hablaremos de eso por la mañana. Ahora duerme.

Y se había dado la vuelta en su lecho. Maddalena permaneció inmóvil hasta que le oyó roncar. Entonces se apoderó del resto de documentos y salió.

Atravesó el campamento con el corazón en un puño. En el fondo, le dolía abandonarle. Hubo un tiempo en que aún le amaba... pero eso ya había quedado atrás. Lamentó también tener que dejar a Bay Li sin despedirse... esperaba que al menos, debido a su partida, pasara ella a ser la líder de aquel harén particular. Por lo menos, ya no tendría que soportar al indeseable de Sciarra.

Atravesó el arroyo, estremeciéndose al recordar a Kurtis, con el torso desnudo, refrescándose la cara. Se prometió que le encontraría, estuviera donde estuviera. Pero primero tenía que desaparecer.

Nadie la vio marcharse. La mitad de los italianos dormía, y de la otra mitad, algunos estaban borrachos y otros con las prostitutas. Nadie se interesaba por ella.

Echó a andar por la carretera, cargada con la bolsa, mientras las hermosas formaciones rocosas la saludaban a su paso. El cielo estaba estrellado y soplaba una fresca brisa.

Y Maddalena se sentía bien y no tenía miedo. Era libre después de tantos años.

(…)

Anduvo toda la noche. Más de una vez deseó tumbarse a descansar, pero supo que no debía hacerlo. La podrían encontrar, así. Tenía que salir del desierto, No sabía muy bien hacia dónde iba... simplemente siguió la carretera.

Empezaba a despuntar el alba cuando halló la casita. Se había quitado los zapatos porque le magullaban los pies y estaba agotada. Vio una casa que estaba literalmente destrozada, puesta patas arriba por dentro y por fuera. Junto a ella había una camioneta. Entró y recorrió las habitaciones, pero no halló a nadie. Todo estaba destrozado.

Cogió un poco de comida y ropas (casi todo eran túnicas de piel y pantalones) y se dirigió, decidida, a la camioneta, mientras agradecía en voz baja a las santas de Sicilia el haberle propiciado un medio mejor de escape. Gracias a Dios, sabía conducir, pues Monteleone le había concedido el poder sacarse el carnet como mero capricho. Por supuesto, nunca había tenido ocasión de lucirlo. Ahora podría.

Al subir y ponerse al volante, notó que había un pequeño objeto en el asiento. Tanteó con los dedos y lo sacó. Para su sorpresa, encontró un colgante hecho de madera y trenzado con hilos, que tenía unas plumas colgando. La correa estaba rota.

Maddalena reconoció enseguida el objeto. Era un dreamcatcher, uno de esos amuletitos indígenas que se decía que servían para filtrar el Mal. Se lo enganchó al cuello y arrancó la camioneta.

(…)

El éxodo de La Cábala finalizó en las costas de Turquía, donde les esperaba un navío para trasladarlos a la Isla. Kurtis observó con indiferencia el imponente barco. De modo que aquellos asesinos aún tenían dinero para financiarse aquello. Increíble.

Desde que se entregara voluntariamente a sus perseguidores para liberar a Lara, Kurtis iba a todas partes esposado de manos y pies, como un malhechor, y escoltado por dos mercenarios armados hasta los dientes. Pero había jurado no volver a emplear sus capacidades mentales. Betsabé le había arrancado ese juramento. En el momento en que lo incumpliera, Marie Cornel recibiría el tiro en la frente que le quedaba pendiente.

Marie, a quince metros de él y también escoltada, miró angustiada a su hijo. No le habían dejado acercarse a él. Nada había podido decirle. Y ahora un mayor desconsuelo iba a añadirse a todo aquello... porque la segunda parte del trato iba a cumplirse.

Los hombres empezaron a subir y cargar el equipaje, mientras subían los vehículos a la bodega de carga. Kurtis se giró hacia Betsabé, que se había acercado silenciosa. Ya no llevaba velo, pero mantenía el rostro oculto en las profundidades de su capucha.

Cumple ahora con tu palabra.- le dijo – Suelta a mi madre.

Ella se giró e hizo una seña a los hombres que escoltaban a Marie. Éstos, en el acto, quitaron las esposas a la mujer, mientras Betsabé añadía:

Quedas libre, Marie Cornel. Con todo, seguirás en mis pensamientos. No ignoro que eres persona de gran valía y que sabes dónde se hallan los Fragmentos que busco. Pero todo esto lo pasaré por alto, como signo de mi gran benevolencia.

Omitió decir, por supuesto, que la búsqueda de los Fragmentos iba a proseguir y, que si era necesario, recurriría a cualquier medio por hallarlos.

Betsabé se había girado hacia los que escoltaban a Kurtis y les hizo otro gesto. Éstos le empujaron hacia la plataforma de acceso y le hicieron subir a cubierta. Luego le esposaron a la barandilla de la borda.

Entonces Marie se desesperó.

¡Kurtis! – tendió los temblorosos brazos hacia su hijo - ¡Kurtis!

¡Vamos, vieja, ya has oído! – refunfuñó uno de los mercenarios, empujándola hacia atrás - ¡Largo de aquí!

Varios cañones se giraron hacia ella y Marie retrocedió, gritando:

¡Malditos seáis, todos vosotros! ¡Estáis tan sedientos de sangre, que os ahogaréis en ella! ¡Malditos, malditos todos vosotros!

Extendió el dedo y señaló a Betsabé, que la observaba con serenidad.

¡Impura diablesa! ¡Ya te llegará la hora, como llegó para todos los tuyos! ¡Monstruo! ¡No venceréis! ¡Nunca, nunca tendréis paz!

Sacadla de aquí.- ordenó ella con gesto cansado.

Entre gritos e insultos, arrastraron a Marie más allá del embarcadero y la dejaron encerrada en una cabaña de pescadores. Luego, el navío soltó amarras.

Kurtis había asistido a la escena en silencio. Nada quedaba por decir. Sencillamente, no se explicaba como él podía haber llegado a aquella situación. Pero no era invulnerable. Le habían derrotado muchas veces. Esta vez sería la peor.

(…)

Navegaron hacia el sur y el segundo día giraron hacia el Este. Durante todo este tiempo, Kurtis permaneció en la cubierta, esposado a la barandilla. Schäffer había pensado en que sería capaz de arrojarse al mar.

En contra de todo lo esperado, Sciarra aún no había sido castigado por haber intentado violar a Lara. Al cuarto día, muy ufano, empezó a jactarse de las bellas formas de la exploradora, asegurándose de que Kurtis lo oyera. Sin duda esperaba que tuviera un acceso de ira, que intentaría lanzarse sobre él y golpearle. Sería muy divertido ver cómo tironeaba de su atadura.

Sin embargo, se llevó una decepción. Kurtis no estaba dispuesto a entrar en el juego. A sus provocaciones respondió con una mirada de desprecio, cosa que enfureció aún más al italiano. Se prometió bajarle los humos a aquel orgulloso en cuanto los otros no miraran.

Seis días duró la travesía. Betsabé rara vez durmió. Paseaba por la cubierta bebiendo el sol y la brisa con deleite. El mar lograba encantar su frío corazón. Incluso le hacía relajarse y dejar caer la capucha para recibir el sol en la blanca cara, ajena a las voraces miradas masculinas que la consumían en silencio.

Kurtis no era en absoluto insensible a su hermosura. Desde el primer momento se había quedado confundido por aquel rostro. Había algo en él que le resultaba familiar. Aquella hermosura fresca y joven, que tenía a la vez una madurez extraña, como antigua. No ya sus facciones, su cabello negro y sus ojos verdes, sino por la sensación que transmitía. Parecía ser una mujer que hubiera vivido siglos y siglos sobre la Tierra, pero su cuerpo, su rostro, su encanto absoluto era joven.

Ah, ¿ya lo has adivinado?

Alzó la vista. Ella estaba allí, a su lado. Tenía el cabello revuelto. Se lo había soltado y le llegaba más allá de la cintura. Tenía las mejillas arreboladas por el sol.

Al principio creía que estabas ciego. Que nunca me reconocerías. – Sonrió.- Pero ahora sé que era difícil que me reconocieras. Tus instintos te prevenían de un Nephilim puro, nacido de la Gran Diosa y yo... yo no he nacido directamente de Ella.

Le miró unos instantes en silencio, y luego sacudió la cabeza.

¿Cómo puedes mantenerte tan sereno, ahora que tienes de nuevo a tu mortal enemigo ante ti? No te turbas, no te alteras. Eres un témpano de hielo. ¿No te preguntas cómo es posible que, pese a que hace dos años condenaras al No Ser al último Nephilim, tienes ante ti a una hembra Nephilim, a una doncella cuyo rostro recuerda a Kristina Boaz, tal y como ella debió ser antes de que el ácido y Eckhardt la arrasaran en cuerpo y mente, pero cuya aura y esencia te traen sin duda el nombre de Joachim Karel?

Se acercó mas a él, y extendiendo su blanca mano, la puso sobre su brazo.

Ni siquiera tiemblas a mi contacto. ¿Quizá porque soy hermosa? Es fácil odiar lo horrible. Es fácil matar demonios. Tu mano no vaciló cuando dio muerte a mi padre. Pues yo soy la hija de Karel. ¿Vacilaría ahora si tuvieras que aniquilar a esta bella mujer? ¿Me apuñalarías cómo lo apuñalaste a él?

La mano de ella ascendió hasta alcanzar su hombro. Sus esbeltos dedos, de largas uñas, engancharon el borde de la manga de la camiseta y la alzó, descubriendo su hombro quemado.

Aquí él te hirió. Borró la insignia de tu Orden antes de que le mataras. Ah, yo lo sé todo. Lo he visto. Sé muchas cosas. Pero sigue habiendo un gran misterio, y eres tú. No entiendo cómo has cumplido tu juramento. Me dijeron que eras ladino, que eras traicionero y mentiroso. Me dijeron que no conocías el honor. Y si no es honor esto que has hecho... ¿qué es el honor entonces? Vas camino del matadero. Y sé que ahora podrías hundir este barco si quisieras, con el Don que te ampara. Te hundirías con todos nosotros dentro. ¿Por qué no lo haces?

Él la observó un momento, y luego giró la cara hacia el océano. Ella deslizó de nuevo su mano, y él se estremeció... de dolor.

¿Dejarías que te curara estas heridas, Kurtis Trent? – dijo, refiriéndose a los brazos desollados, a la pierna herida. – Los Nephilim siempre hemos sido grandes sanadores. Un roce de nuestros dedos, un soplo de nuestro aliento, y no había daño, por grave que fuera, que no quedara reparado...

¿Gran paradoja, no crees, señora mía? – dijo él de repente, con sarcasmo – Teníais poder para curar... pero sólo sabíais matar y destruir.

El encanto se había roto. Betsabé retrocedió, con los labios apretados, furibunda.

Debías amar mucho a esa mujer para entregarte a cambio de su libertad, ¿verdad? Pero ahora el mundo ya no será seguro para ella, ni para nadie. Quizá acabe destruida, si se inmiscuye de nuevo en nuestro camino. ¡Aunque tú no lo verás!

Se dio media vuelta y se alejó. El viento agitaba sus vestiduras y cabellos.

¡Señora! – gritó entonces Schäffer - ¡Ya avistamos la Isla!

(…)

Lara... ¿cómo te encuentras? La médico dice que no puede creerse que hayas aguantado tantos días con esa pérdida de sangre a cuestas... le he dicho que eras dura, muy dura, que ya habías recibido varios tiros. Ya verás, tienes revolucionado a medio hospital, en cuanto estés mejor vendrán a pedirte autógrafos...

Pero ella no le escuchaba. No se sentía con fuerzas para responderle. Y no era nada físico, ya que se había recuperado completamente tras las transfusiones y la semana que llevaba ingresada, sin exceptuaba aquellas náuseas y vómitos continuos tan molestos. Pero no tenía fuerza ni ganas para seguir luchando.

...compréndeles, ¡no todos los días podrán tener a Lara Croft ingresada en la planta! – seguía diciendo Selma, sentada junto a su cama – Zip se pasa los días entreteniendo a la gente y hasta ha llegado a falsificar tu firma y vender algunos autógrafos por su parte...

¿Qué hacer ahora? Tenía que pensar en algo. No podía quedarse parada. No debía volver a Inglaterra aún. Pero en Turquía ya no había nada que hacer.

Selma – murmuró, interrumpiendo la alegre cháchara de la turca – agradezco tu interés en levantarme los ánimos, pero te recuerdo que acaba de llevarse a Kurtis la organización que lleva deseando matarle desde que era un crío, que su madre aún no ha aparecido, y que Radha ha sido raptada de Surrey, como me han comunicado recientemente. ¿De verdad crees que puede pasar algo todavía peor?

La muchacha entrecerró sus bonitos ojos negros y masculló:

Rendirnos. Eso sería peor.

Lara sonrió, pero su sonrisa era amarga. De repente, dio un puñetazo contra el colchón:

¡Se han creído que soy idiota! ¿No? Me liberan amablemente, ¡pero luego secuestran a Radha, una adolescente que está en un país extraño y que no ha tenido una vida precisamente idílica! Lo cual sería secundario de no ser porque ella estaba bajo mi custodia. ¿Qué pretenden? ¿Que ignore que se la han llevado sólo porque ellos me han perdonado la vida? ¿Que deje de perseguirles porque esa Doña Perfecta ha decidido hacer la vista gorda conmigo, ya que tienen a Kurtis para cebarse con él? ¡Y una mierda!

Se detuvo, alterada. Selma la observaba en silencio, con el rostro solemne.

Seguimos siendo las portadoras de los Fragmentos.- susurró ella – Marie, tú y yo. Vendrán a por nosotras, tarde o temprano.

Desde luego – siseó Lara - ¡pero no voy a esperar a que vengan a por mí! ¿Cuándo me darán el alta?

Dentro de dos días.

En dos días tenemos que estar preparados, Zip, tú y yo. Contactaremos con Ivanoff y con Charles. Hay que encontrar a Marie. Luego... ya veremos qué hacer.

¿La habrán liberado?

Esperemos que sí, pensó Lara, desalentada, esperemos que sí.

(…)

¿Puedo pasar? – dijo la sonriente doctora, golpeando levemente la puerta.

Por supuesto.

Selma se había retirado a descansar y al fin Lara tenía unos momentos de paz. Una paz que no iba a durar demasiado.

No sé si tenía conocimiento de esto – empezó a decir la licenciada, hojeando unos documentos que llevaba en la mano – pero de todos modos es mi obligación decírselo.

¿Decirme el qué? ¿Hay algo malo?

La médico sonrió.

¿Malo? En absoluto. Es realmente increíble que usted se haya podido restablecer tanto. Esa bala, de no haber tenido que frenar su velocidad atravesándole el brazo, le hubiera atravesado el corazón o, como mínimo, dañado seriamente el pulmón. Pero usted reaccionó como... como si ya supiera que le iban a disparar justo ahí.

En cierto modo, lo sabía.- sonrió Lara - ¿Qué ocurre entonces?

Bueno, seguramente ya lo sabrá, pero como tuvo ese período de náuseas y vómitos que tanto nos dificultó el intervenirle adecuadamente, me tomé la molestia de encargar un análisis para descartar males mayores, y en fin, esto es lo que obtuvimos.

Y le pasó una hoja mecanografiada. Lara la cogió y la examinó atentamente. Luego, palideció al ver aquello, y alzó su rostro anonadado hacia la sonriente doctora.

Pero... ¡esto es imposible! ¿Está segura de que...?

Somos profesionales, señorita Croft. Perfectamente capaces de distinguir un embarazo de una gastritis.

¡Pero... es que...!

Ya veo que no lo esperaba. Alégrese. Teniendo en cuenta lo grave que llegó a estar, que no se haya malogrado es más que suerte. Es casi un milagro. Otro milagro más.

Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Al abrirla, se giró para despedirse, y al mirarla de nuevo se echó a reír.

¡Mujer, no ponga esa cara! Esperar un bebé no es lo mismo que recibir el diagnóstico de un cáncer terminal. Y usted está poniendo cara de cáncer terminal.

Cerró la puerta, sin dejar de reír, y se alejó por el pasillo. Lara permaneció un buen rato rígida, inmóvil, con la mirada fija en el positivo de la hoja.

¿Lara? ¿Estás despierta?

Al oír la voz de Selma, hizo una bola con la hoja, la metió bajo la almohada y la aplastó sentándose sobre ella. La incansable turca estaba de nuevo allí, para hacerle compañía.

Pero Lara ya no escuchó nada de lo que le dijo. La cabeza le daba vueltas y tenía ganas de vomitar otra vez. ¡Embarazada! ¡Estaba embarazada!

¿Cómo es posible?, se dijo, desesperada. Tomaste precaución. Lo tenías todo bajo control. Pensabas que no fallaría. ¡Y ha fallado! ¿Ahora qué? ¿Qué hacer?

Era como si el mundo se le estuviera abriendo bajo los pies. Nunca, jamás de los jamases, habría querido ni esperado aquello. Entonces supo que había fallado... y aquel único error le había bastado para lamentarlo ahora. ¡Genial! ¡La hija de Lord Croft, mujer adulta y cabal, acababa de meter la pata como una adolescente inexperta!

¿Lara, te encuentras bien?

Selma la miraba, preocupada. ¿Por qué nunca la dejaba en paz? ¿Por qué se preocupaban tanto? ¿Por un tiro de bala? ¿Por un brazo roto? ¿Porque casi había muerto desangrada? ¿O porque su gran amor estaba ahora en manos de sus enemigos y quizá no le volviera a ver nunca? ¿O porque...?

No debían saberlo. No debía saberlo nadie jamás. En silencio, Lara consideró la posibilidad de deshacer el entuerto. De librarse de aquella nueva carga, de aquel don inesperado. Pero si lo hacía, debía darse prisa. Y nadie tenía que notarlo. En el fondo, sabía que no podía ir adelante. Tenía que librarse de él. Tenía que encontrar a Kurtis.

Selma, estoy agotada. Necesito descansar.

De acuerdo. Pero llámame si me necesitas, ¿vale?

Apenas se cerró la puerta, Lara saltó hacia el cuarto de baño, para vomitar.