Capítulo 28: Extorsión
Daniele Monteleone se sentó, satisfecho, en el amplio y mullido sofá de su enorme salón de estar. Era cerca de la una de la madrugada y ya había despedido a todos sus hombres para meditar un rato en silencio como era su costumbre. Ya había despedido a su esposa, a sus ocho hijos y sus respectivos nietos, en una larga y complicada ceremonia de besamanos más propia de la realeza borbónica que de un capo siciliano. Su mirada se había quedado prendada en la más pequeña de sus nietas, Ágata, que con sus cinco años aún no era consciente de en qué familia había nacido y el negro futuro que le esperaba.
Se reclinó en el sofá mientras pasaba su dedo entre las encías que Kurtis le había vaciado de un puñetazo. Siete dientes rotos, astillados, y uno arrancado de cuajo, entre arriba y abajo. Si no hubiera estado ya condenado, le habría dado un castigo ejemplar.
Tan concentrado estaba en sus pensamientos que no advirtió la sombra furtiva que se perfiló de repente en la sedosa cortina de su ventana. Para cuando se incorporó, alarmado, Lara Croft ya había salido de entre la oscuridad, apuntándole con una pistola, mientras avanzaba sonriente y silenciosa.
Quieto.- le ordenó – Saca esa pistola que ya sé que tienes en el forro de la chaqueta y déjala sobre la mesilla. Si mal no recuerdo, creo que no querías malgastar ni una bala de plata más en mi inmunda persona. Hagamos honor a esa decisión.
Con las mandíbulas apretadas, el mafioso obedeció, aunque dijo:
Tengo dos hombres vigilando ahí fuera...
¿Ah, ésos? Creo que ya puedes contratar servicios funerarios para ellos.
La mujer se inclinó, cogió la pistola de la mesa y se la guardó en el cinturón de los tejanos sin dejar de observarle con sorna.
¿Qué pasa, Monteleone? Parece que estés viendo un fantasma. Por cierto, noto que falta algo, ¿dónde está tu sempiterno Martini?
No bebo a estas horas de la noche.- contestó aquél con voz ronca, ceceando a causa de la falta de dientes. - ¿Cómo diablos...?
¿... he salido de ésta? Bueno, tú lo dijiste. Soy fuerte, y también orgullosa, y también me creo muy lista. Lo primero me sirve para sobrevivir, lo segundo, para que nadie como tú me toque las narices, y lo tercero para conseguir lo que quiero. Ahora vas a hablarme de los documentos.
¿Qué documentos? – farfulló Monteleone.
Los de tu tío el cardenal. Me enseñaste lo más irrelevante, sospecho, y te guardaste la mejor parte para ti. Entrégame esos documentos y quizá haga la vista gorda y salga de aquí sin matarte, a pesar de que es lo mínimo que te mereces ahora mismo.
Monteleone carraspeó, y trató de aflojarse el cuello de la camisa.
Llegas tarde, encanto. Ya no poseo esos documentos.
Sonó un disparo (amortiguado considerablemente por el silenciador) y una bala impactó en el terciopelo tojo del sillón, justo al lado de la cabeza del capo, arrancando una nube de astillas y espuma. Monteleone se contrajo como un conejo asustado.
No me cabrees, Daniele.
¡Estoy diciendo la verdad! Ya no los tengo. ¡Me los robaron! Esa puta de Maddalena los tiene. Hace unos días desapareció de mi campamento y se llevó mis documentos. Tengo hombres buscándola aún, pero nada por el momento.
Lara se había echado a reír.
De modo que ésa es tu fiel concubina. Me das pena, Monteleone. El problema es que ahora no tengo ningún motivo por el que respetarte la vida.
El otro apretó los dientes y siseó:
Si me matas, mis hombres y mis familiares están comprometidos por un juramento de sangre a vengar mi muerte dando su vida si es necesario. Te perseguirán adónde sea y te matarán.
Ella puso los ojos en blanco.
He oído eso cien mil veces. Ya me las he visto con la mafia italiana antes... y con la china, la japonesa, la rusa y todas las mafias que se te puedan ocurrir. Estoy curada de espanto, Monteleone. En todo caso, de nada te sirve bufonearte si dentro de tres segundos estás muerto. A menos que me ofrezcas una compensación mínima.
El mafioso había empezado a sudar. Sacó un pañuelo de seda del bolsillo, se secó el cuello con él y masculló:
Mi tío, el cardenal Ercole Monteleone, conoce el contenido de esos documentos como la palma de su mano. Los ha estudiado toda su vida, desde su juventud. No hay fragmento ni párrafo, por muy viejo que ya sea, que no logre recordar con precisión. En la actualidad reside en el Vaticano, pese a que hace tiempo que su salud no le permite ejercer sus tareas objetivamente, pero el nuevo Papa le tiene aprecio por servicios prestados en el pasado y por ello goza de los mismos derechos y honores que un cardenal en activo.
Clavó su mirada en ella y añadió:
Si quieres saber el contenido de esos archivos, acude a él. Yo sólo llegué a traducir una parte y no es mucho. Si quieres llegar a algo, acude a él.
Lara asintió en silencio.
Muy bien – admitió – es la primera vez que te portas como toca. Y todo eso sin derrochar formalismos ni cortesías. Y por lo tanto...
... y por lo tanto tú no vas a matarme.
Una sonrisa encantadora cruzó el rostro de la mujer.
¿Cuándo hemos llegado a ese acuerdo? – dijo alzando el arma.
Con un alarido, Monteleone saltó del sillón y se arrojó sobre ella. La reacción le pilló desprevenida y la derribó en el suelo. La pistola voló de su mano y de repente, un puñetazo atestado en el vientre le hizo doblarse en dos. Se sacó al hombre de encima de una patada y rodó hacia un lado, recuperando la pistola.
De nuevo él se arrojó sobre ella y la agarró del pelo. Con un codazo, ella se lo quitó de encima, pero se vio empujada brutalmente contra la pared. La cabeza le zumbaba y notó que un hilo cálido de sangre le corría por la comisura del labio.
Estupefacta, vio a Monteleone arrastrarse hasta una pared y desenganchar un arma de ella. Sintió que el mundo le daba vueltas cuando vio que era la Boran X de Kurtis, que hubiera reconocido entre todas las armas del mundo. Un golpe de vista le bastó para ver, enganchado al lado, el Churigai.
¡Cabrón! – gorgoteó en medio de la sangre que le llenaba la boca - ¡Ladrón! ¡Eso no es tuyo!
Será posible – Monteleone sonrió – Lara Croft, la expoliadora por excelencia, me llama a mí ladrón. Vamos, signorina, esto no fue un robo. Yo vi a su querido amigo aparcar su motocicleta frente a la entrada de la excavación al poco de haberse ido con usted. Así que me apresuré a comunicarle a Betsabé que estaba allí, y hasta me ofrecí a servírselo en bandeja...
¡Cabrón! – repitió Lara, avanzando hacia él.
... pero claro, ella quería hacerlo sola. No me imagino cómo lo hizo, con lo delicada que es y lo bruto que es él, pero en fin, no es mi asunto. El caso es que luego le pedí una compensación y me dijo: quédate con sus armas. ¡Y vaya que si lo agradezco! Esta pistola es preciosa, ¿no? Aunque no sé qué diablos es el disco ese...
Lara se arrojó de cabeza sobre él y volvieron a rodar por el suelo. Monteleone disparó pero sólo logró hacer volar fragmentos de cristales de lámparas y vidrieras. La Boran era un arma ruidosa y a buen seguro que ya les había oído alguien.
Empezó a forcejear mientras Monteleone seguía vaciando el cargador. El estruendo era horrible. Finalmente, Lara le clavó la rodilla en la entrepierna y se alzó con la Boran en la mano, mientras el hombre se retorcía de dolor en el suelo.
Como una exhalación, Lara corrió hasta el Churigai, lo desenganchó de la pared y se lo ajustó al cinturón, recuperó su propia pistola y se guardó la Boran.
¿Sabes? – dijo, girándose hacia el italiano, que seguía en el suelo – Nunca me tragué tu numerito de la cortesía y la amabilidad. Eres pésimo.
Ya te lo notaba. Tú también eres pésima en fingir.
Y de repente, se levantó y se arrojó de nuevo sobre ella, pero ya no le alcanzó. Lara disparó le acertó en la frente. Se desplomó en el acto.
Hasta nunca, cerdo.- siseó.
Y se apresuró a saltar por la ventana, porque ya se oían los gritos de los hombres y el ladrido de sus sabuesos.
(…)
Maddalena sintió que no tendría valor para hacerlo. No podía... ¡no podía!
Caminó con el corazón atascado en la garganta hacia la pasarela del navío fondeado en el puerto. Allí estaban los hombres de quienes había hablado Safie, cargando mercancías.
Ellos vienen a cargar y descargar, y contratarnos – le había dicho la pequeña prostituta – a veces, se llevan a gente. Yo lo he visto. Cogen a los desprevenidos y se los llevan. Y a veces aceptan hasta voluntarios. Pero jamás regresan. Creemos que los matan. En esa Isla mora un terror oculto. Nadie de los que van, voluntarios o no, regresan. Sólo esos soldados. Nunca vayas al puerto cuando su navío esté fondeado, Madda. Jamás.
Pero Maddalena no tenía nada que hacer ya en el puerto turco de Chipre. No quería quedarse allí ni volver atrás. En cualquiera de esos dos casos, Monteleone podía encontrarla. Sólo había una opción: ir adelante.
Caminó con pasos temblorosos hacía el grupo de soldados que custodiaban el acceso al navío. Había puesto buen cuidado en no ser reconocida, al fin y al cabo, Schäffer la había visto cuando negoció con Monteleone la liberación de Sciarra, y cómo no, el maldito Sciarra estaba ahora con ellos. De modo que la mujer que apareció ante ellos parecía más una muchacha bonita y desvalida que una prostituta. Dejando atrás los sensuales vestidos que Monteleone le había regalado (y que de todos modos poco pegaban con los tristes harapos que vestían la mayoría de las rameras turcas), había optado por ponerse unos sencillos pantalones vaqueros con un suéter suelto que disimulaba las bonitas curvas que la hacían tan deseable. Se había recortado la opulenta cabellera a la altura de los hombros y la llevaba anudada en un estirado moño. Aquello, junto a la completa ausencia de maquillaje, la convertía en una hermosa mujer, pero estaba lejos de aparentar ser una prostituta. Por eso, el grupo de tres soldados que la vio llegar no la consideró como a tal.
¡Vaya vaya, qué chica más mona! – exclamó uno - ¿Qué hace una bonita pelirroja como tú en un sitio tan sucio como éste?
Quiero ir en ese barco.- dijo ella.
Los militares se miraron entre ellos y de repente estallaron en carcajadas.
¡Quiere ir en ese barco! ¡Quiere ir en ese barco! Veamos, ¿de qué puede servir una belleza como tú al horrible lugar en que vamos?
Anda, cállate Martin – dijo otro soldado, y se giró hacia ella – Supongo que vienes en calidad de voluntaria. ¿Tienes conocimientos de ciencia o enfermería?
La mente de Maddalena trabajó a la velocidad de la luz. ¿Ciencia? ¿Enfermería? ¡Desde luego que le convenía bien!
Soy auxiliar médica de urgencias.- mintió descaradamente – Creo que mis servicios les pueden ser útiles.
El soldado la miró de arriba abajo.
¡Mírala, Martin! ¿Crees que es eso que dice?
Podría ser. A la doctora siempre le interesa tener nuevos voluntarios. Además, una chica tan guapa calmará a esos pacientes. Muy bien, bonita, ¿qué llevas en esa mochila?
¡Los documentos!, pensó Maddalena, aterrada. Apretó el tirante de la mochila con fuerza y enrojeció de tal modo que los hombres se echaron a reír.
¡Mira, mira! Venga, no le escarbemos la ropa interior. Puede que seamos unos animales, pero con la gente decente no jugamos. ¿Cómo te llamas, preciosa?
Giulia Manfredi.- contestó rápidamente, y entonces pensó: Dios, no puedo creerlo... ¡estoy usando mi auténtico nombre! Eso la alegró.
Italiana, ¿eh? Muy bien, puedes pasar.
Y se apartaron de la rampa, dejándola pasar. Maddalena accedió al puente y se quedó observando a los soldados que venían a seguir cargando mercancías en el barco. Algunos paquetes le parecieron más que sospechosos. No reconocía los símbolos, pero probablemente era material peligroso.
De modo que se necesitaban enfermeros o científicos. No sabía si sentirse prisionera o si acababa de hacer la jugada de su vida. Fuera lo que fuera, con toda probabilidad, aquello le llevaría hasta Kurtis.
El corazón empezó a laterle más deprisa.
(…)
Hijo... hijo, ¿estás bien?
Marcus trató de alcanzar a Kurtis a través de los barrotes, pero le habían arrojado al otro extremo de su celda, tan lejos que el tembloroso brazo del anciano no llegó ni a rozarle la piel. Y estaba tan oscuro que no podía ver nada. Sólo sabía que no se movía. No se movía. Aunque si estuviera muerto, no lo hubieran dejado de nuevo allí. Además, razonó el anciano, no puede estar muerto. Éste puede aguantar mucho. Muchísimo.
Kurtis... – intentó de nuevo – Kurtis, hijo, ¿me oyes?
Nada. A saber si estaba inconsciente, en estado de shock o incluso en coma. Qué cabrones, rechinó Marcus entre dientes, qué malditos cabrones.
Se arrastró contra los barrotes y se abrazó las rodillas, dispuesto a esperar hasta que el hombre se recuperara. Si es que se recuperaba. Pero era un Luchador, ¿no? A ésos les daban mucha caña cuando los formaban en la Orden. Sí, se recuperaría.
Un olor suave, dulce, llegó hasta sus fosas nasales. Y no era nada común. La celda olía, sobre todo, a humedad, a sal, a agua de mar. Olía también a podredumbre, al pus de sus heridas y a excrementos. Olía a herrumbre y a cerrado, y el aire era denso y caliente, pero cuando la marea subía, el frío se le calaba en los huesos. Marcus se preguntó cómo no había muerto aún en aquel antro inmundo.
El perfume se intensificó y entonces vislumbró una luminosidad clara. El anciano sonrió.
De modo que aquí estás, Señora. ¿Has venido a contemplar el sufrimiento y la derrota de tus enemigos?
Vislumbró a Betsabé en la celda de Kurtis, inclinándose sobre su cuerpo exánime. Ahora que la tenía claridad que el cuerpo de la mujer parecía despedir (demonios, ¿es que los Nephilim también eran lámparas andantes?) podía ver a Kurtis, yaciendo boca abajo, desnudo completamente, y con extrañas quemaduras en el reverso de los brazos, las piernas y la nuca.
Eran las marcas del Trono.
Betsabé apoyó dos dedos en la garganta de Kurtis y musitó:
El latido es muy débil. Se han ensañado con él.
¿Qué finges, Señora? ¿Que no estuviste presente en la tortura, regodeándote con el espectáculo?
La mujer se giró hacia él. Sonreía tristemente.
No. No estuve presente, ni deseo estarlo. A diferencia de los mortales, mi gente jamás gozó con el sufrimiento ajeno.
Se desató la capa oscura que llevaba en torno a sus hombros y cubrió con ella el cuerpo de Kurtis. Luego atravesó los barrotes como si estuviesen hechos de aire y entró en la celda de Marcus. Él no se movió, pero la miraba de reojo.
No gozáis con el sufrimiento ajeno, es verdad. Pero hacéis algo mucho peor. Os es indiferente el sufrimiento ajeno. Os es indiferente todo: la alegría, el dolor, el amor, el odio, todos los sentimientos que experimentamos los seres humanos. Y como os es indiferente todo, tenéis mayor culpa y sois depositarios de una mayor crueldad. Es tu indiferencia la culpable del sufrimiento de este hombre. Aunque no le hayas dañado, tu indiferencia le causará la muerte. Porque sé que podrías salvarle, salvarnos a todos, ya que nadie en esta Isla tiene poder sobre ti. Pero como te es indiferente, todos moriremos.
Betsabé le observaba tranquila. Ya no sonreía.
¿A qué has venido entonces, Señora mía? ¿A burlarte de este pobre anciano, de este desdichado, al que destrozarán como destrozaron a aquel pobre chico?
Vengo a oír tus poemas, Marcus.- dijo ella sonriendo.
Desde hacía meses, Betsabé bajaba a la celda para conversar con Marcus. Había algo en aquel anciano, en su ácido sarcasmo, que la divertía. Al principio el anciano la había recibido a insultos y arrojándole piedras. Cuando mataron a aquel chico, el otro Sanador, se volvió loco y trató de atacarla repetidas veces. Pero con el tiempo Marcus se había resignado a ser visitado por ella. Al fin y al cabo, cuando ella estaba allí, su perfume cubría el asfixiante hedor de la cárcel, y su belleza le hacía olvidar el horror que le rodeaba. Aunque fuera la ancestral enemiga, Marcus había tenido que tolerar su presencia.
Para entretenerla, Marcus, que era aficionado a la literatura, le dedicaba poemas en los que a la vez que la ensalzaba, la criticaba severamente. Y Betsabé notaba aquel doble sentido y se divertía con él. Cuanto antes la hiciese enfadar, antes se iría, y Marcus trabajaba en ellos.
¿Quieres un poema? Bien, tengo uno que te define perfectamente, Señora mía. Es el de la Belleza, de Charles Baudelaire, de su hermosa obra Las Flores del Mal.
Y recitó de memoria:
Bella soy, ¡oh mortales!, como un sueño de piedra,
y mi seno, que a todos siempre ha martirizado,
para inspirar amor a los poetas medra
a la materia igual, inmortal y callado.
En el azul impero, incomprendida esfinge;
al blancor de los cisnes uno un corazón frío;
detesto el movimiento que a las líneas refringe,
y nunca lloro como jamás tampoco río.
Los poetas, al ver mis grandes ademanes,
que parecen prestados de altivos edificios,
consumirán sus días en austeros afanes;
pues, para fascinar a amantes tan propicios,
tengo puros espejos que hacen las cosas bellas:
¡mis ojos, tan profundos, como eternas centellas!
Betsabé se echó a reír.
Hoy has estado especialmente fino, Marcus. No sé si tomarme este poema como un halago o una crítica.
Tómatelo como quieras, Señora mía.- refunfuñó el anciano por lo bajo – Pero lárgate y déjanos en paz.
La hermosa dama dio media vuelta y atravesó de nuevo los barrotes. Su hermoso cuerpo empezó a difuminarse con las tinieblas de la celda.
¿Por qué crees que aún sigues con vida, si no es que me entretienes con hermosas palabras?
Cuando su perfume desapareció, momentos después, del ambiente, Kurtis empezó a recobrar el conocimiento, lenta y trabajosamente.
(…)
¿Estás segura de esto? – susurró el padre Dunstan, dubitativo, mientras cruzaban la amplísima plaza de San Pedro.
Por supuesto.- dijo Lara, ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz.
Pero... Lara, no podemos amenazar a un cardenal de la Santa Igles...
Tranquilo. Confía en mí.
Tras haber "liquidado" los problemas con Monteleone, a Lara le había faltado tiempo para dirigirse a Roma con la intención de entrevistarse con el tío del mafioso.
Y probablemente otro mafioso más, aunque con sotana, pensó Lara.
Sin embargo, y aunque tenía excelentes relaciones con la Santa Sede debido a numerosos servicios prestados en el pasado, Lara no tenía el menor deseo de ser reconocida, debido al oscuro asunto que la ocupaba. Además, sus favores habían sido con el anterior Papa. No sabía cómo podría tomarse Ratzinger su presencia allí.
Por ello, había requerido la presencia de Dunstan, que al ser sacerdote y además católico (todo un mérito en la anglicana Inglaterra) tenía visto bueno para campar con más libertad por el Vaticano que por ejemplo una exploradora de ropas ajustadas. Por supuesto, Lara había decidido hacerse pasar por una "devota acompañante" del padre... de ahí su horrible blusa de mangas abullonadas, una falda a cuadros que le llegaba hasta los tobillos, el pelo bien apretado en un moño en la nuca y unas enormes gafas del año de la pera.
Por supuesto, debieron pasar por el control de la Guardia Suiza. Uno de aquellos hombres embutidos en su colorido uniforme les interpeló al poco de que superaran el umbral que limitaba el acceso de los turistas.
Tenemos audiencia con el cardenal Ercole Monteleone.- anunció solemnemente Dunstan, sintiendo que tal mentira debería ser severamente expiada. – Yo soy el sacerdote Abraham Patrick Dunstan. Provengo de la diócesis de Inglaterra.
¿Y esta mujer? – preguntó el guardia, clavando una mirada desconfiada en Lara, que tenía los ojos castamente dirigidos hacia el suelo.
Es una virgen seglar que me acompaña en mis tareas. Ha prestado grandes servicios a la causa de Cristo.
El guardia arqueó las cejas y les dejó pasar, pero les mandó una escolta que les rodeó mientras avanzaban por los hermosos bloques de edificios rodeados de jardines que eran las dependencias de los purpurados.
El cardenal Monteleone es anciano y está enfermo – les indicaron cuando llegaron a la puerta de la habitación donde les iba a recibir – les rogamos que sean breves y no fatiguen a Su Ilustrísima.
Y les abrieron la puerta, revelando un maravilloso aposento forrado de telas caras y terciopelos, candelabros de oro y auténticas obras de arte decorando paredes y rincones.
El hogar de un buitre, pensó Lara estremeciéndose.
Sentado en un amplísimo sillón, un anciano enjuto y encorvado, cuyas arrugas testimoniaban un largo paso por este mundo, les observaba con sus ojillos afilados a través de unas gafas redondas. Iba envuelto en la púrpura cardenalicia y acariciaba el borde de una taza de té que tenía en una mesilla al lado. Lara sonrió, preguntándose por qué había esperado que hubiera un Martini en lugar de una taza de té.
La puerta se cerró y quedaron a solas con el cardenal. Dunstan se colocó custodiando la puerta, tal y como ella había indicado, y Lara avanzó hasta sentarse en una silla enfrente del anciano.
¿Y bien? – carraspeó Monteleone, con una voz cascada - ¿Se puede saber qué insulto es éste? Saben muy bien que no tienen permiso de audiencia conmigo. Si les he permitido llegar hasta aquí, es porque últimamente me aburro en estas dependencias y tenía curiosidad de saber qué podían querer unos insolentes tan atrevidos.
Lara se quitó las gafas y las enganchó en la parte superior de la cabeza mientras le observaba con suspicacia.
Cardenal, mejor no andarnos con rodeos: hemos venido a que nos hable de los documentos que usted entregó a su sobrino Daniele.
El anciano palideció y clavó en ella una mirada dura e inquisitiva.
¿Usted no es una virgen seglar, verdad? ¡Y ese hombre no es sacerdote!
El padre Dunstan ya era sacerdote desde mucho antes que yo naciera – sonrió Lara – aunque debo admitir que yo llego tarde para eso de ser virgen.
Monteleone se sacudió en su silla.
¡Váyanse de aquí inmediatamente! ¡Ustedes han cometido pecado!
No nos vamos a ir, Ercole... ¿puedo llamarte Ercole? Me aburre estar repitiendo siempre el mismo apellido.
Se inclinó hacia el rostro contraído del anciano y al hacerlo se le soltaron algunos mechones de cabello.
Usted entregó a su sobrino Daniele unos documentos... manuscritos antiguos de la Edad Media, escritos de puño y letra por diversos caballeros de la Orden Lux Veritatis... documentos en los que se decía algo importantísimo acerca de artefactos conocidos como el Orbe o el Cetro de Lilith...
El anciano siseó, como si el nombre de la diosa le hubiera atravesado el pecho como lo haría un hierro ardiente.
... usted los robó de la Biblioteca Vaticana... y los dio a su sobrino... ¿me equivoco?
¡Papelajos sin valor! – jadeó el anciano - ¡A nadie interesan esos relatos fantásticos y absurdos! ¡Nadie cree ya en ello!
Pues según me dijo su sobrino, usted los estudió con pasión durante años y ahora podría recitármelos de memoria... ¿no es así?
Un violento acceso de tos hizo que el cardenal se doblara y se le enrojeciera el rostro. Dunstan se adelantó dos pasos, preocupado, pero Lara le hizo un gesto con la mano, conminándole a detenerse.
¡Usted no tiene nada que hacer aquí! – carraspeó el anciano en cuanto pudo hablar - ¡Esos archivos son asunto de la Santa Sede y de sus gentes! ¿A qué ha venido, esclava de Satanás?
A que usted me diga absolutamente todo sobre lo que hay en esos documentos. La vida de muchas personas, pero sobre todo la de un hombre inocente, depende de lo que usted me revele ahora.
¡Jamás! – se atragantó el anciano - ¡Largo de aquí, ramera! ¡Vete a expiar tu soberbia!
Lara se alzó de un salto, con una expresión terrible en el rostro. Durante un momento, Dusntan temió que fuera a golpear al viejo, pero de repente dio media vuelta y se lanzó velozmente hacia la puerta.
Muy bien, Ercole.- siseó – Usted lo ha querido.
¿Qué va a hacer? – saltó el cardenal cuando la mano de la mujer ya rozaba el pomo.
Lara se volvió. Los ojos le echaban chispas.
Voy a solicitar ahora mismo una audiencia con Su Santidad Benedicto XVI. Aunque es Papa desde hace muy poco tiempo, seguro que recordará el gran afecto que su antecesor, Juan Pablo II, tenía a la arqueóloga y exploradora Lara Croft, que tantos artefactos valiosos y obras de arte recuperó para él y para el Vaticano. ¡Pues yo soy esa mujer!
Lara... – murmuró Dunstan con voz ahogada.
Ella no le escuchó y siguió gritando:
¡Voy a ir ahora mismo al Papa a decirle que uno de sus cardenales tiene contacto con la mafia siciliana y ha estado durante años vaciando la Biblioteca Vaticana y entregando archivos y manuscritos confidenciales de gran valor a una panda de matarifes y asesinos! ¡Que esos archivos, debido a tu corrupción e incompetencia, Ercole, ahora andan en manos de una puta italiana perdida en la inmensidad del Mediterráneo! ¿Crees que al Santo Padre le interesará oír eso? ¡Yo creo que sí!
Se hizo el silencio. Por la cara que ponía el cardenal, se hallaba próximo a tener un infarto. Se llevó la mano al pecho con gesto de dolor. Pero en el momento en que Lara aferraba el pomo y lo hacía girar graznó:
¡No! ¡Está bien, tú ganas, mala pécora! Eres una mujer perversa, sin duda inspirada por Satanás.
Lara soltó el pomo y volvió lentamente hacia él.
Hay vidas en juego, como ya le he dicho.- dijo, recuperando los buenos modales – Como usted comprenderá, no puedo permitirme el lujo de ser buena cristiana.
El cardenal soltó un bufido y tendió una mano temblorosa hacia la taza de té. Dunstan, que estaba rojo como la grana, corrió hacia él y le entregó la taza en mano.
¿Qué sabes de la Lux Veritatis? – dijo entonces el cardenal, tras echar un buen trago.
Soy yo quien hace las preguntas.- Lara se había sentado de nuevo. – Da por supuesto que lo sé absolutamente todo sobre esa Orden.
Ercole Monteleone sacudió la cabeza y soltó una risa cascada.
No, mujer, no lo sabrías todo ni aunque hubieras nacido en esa Orden y hubieras estado con ella hasta el final de esos días. Yo mismo durante años estudié esa fascinante comunidad y aún no sé lo suficiente... yo, que soy (y puedo garantizártelo) el hombre vivo que más sabe sobre la Orden en estos momentos... quitando a los propios integrantes, por supuesto.
Dio otro trago y suspiró:
Usted me dice que hay vidas en juego. No sé de qué vidas me habla.
Gente inocente que va a ser masacrada. Eso debería bastar.
El anciano empezó a retorcerse los nudillos y entonces musitó:
Sólo dígame una cosa... ¿ha sido ese Cetro hallado?
Sí. Y le aseguro que está en las manos equivocadas.
Monteleone soltó un gemido y sacudió la cabeza.
Malas nuevas... verá, yo hallé esos archivos cuando era obispo, hace mucho tiempo. Me fascinó la historia de la Orden y la tomé en serio. Durante años dediqué mi vida a encontrar aunque fuera uno solo de los Lux Veritatis... pero si conocí a alguno, jamás lo supe. Se protegían con fiereza, como si desearan ser invisibles. Luego supe qué terrible amenaza suponía para ellos la existencia del Alquimista Oscuro, un hombre de longevidad antinatural y corazón impío. Pero aún más tembló mi alma cuando supe la peor de las amenazas: los Nephilim... y su nefasta Madre, la impura Lilith.
Se detuvo un momento y suspiró de nuevo. Parecía haber envejecido muchos años en pocos segundos.
¿Qué quieres saber, Lara Croft? ¿Qué puede decirte este anciano?
Háblame de Lilith y del Cetro, sobre todo. ¿Para qué pueden quererlo mis enemigos?
El cardenal se arregló los pliegues de la túnica y sentenció:
El Cetro es un arma de gran maldad y poder. Cuenta la leyenda que Lilith, quien dio a luz la Alta Raza de los Nephilim, concebida con la simiente de Lucifer, entró en disputa con sus Hijos y se enemistó con ellos. Los motivos no se saben, pero al parecer esos malditos cometieron pecado de soberbia contra su Madre, que enfurecida, creó un arma terrible que podía llevarlos a la victoria... o destruirlos.
Se pasó la lengua por los labios mientras reflexionaba y dijo:
Desde hacía siglos, los monjes ortodoxos de la comunidad griega de Meteora guardaban un objeto esférico y tallado conocido como el Orbe. Un objeto arcano, entregado por los ángeles según dicen, que fue reflejando como por arte de magia, uno tras otro, todos los símbolos de los cultos cristianos y paganos que han existido sobre la Tierra. Lilith les robó el Orbe y lo destruyó, dividiéndolo en cuatro fragmentos.
Pero el Orbe es indestructible. – objetó Lara.
El purpurado soltó una seca risa.
Para esa divinidad de los Infiernos no hay nada indestructible. Ella puede borrar la vida de la faz de la Tierra con un solo golpe de mano. Rompió el Orbe y lo dividió en Cuatro Fragmentos, luego lo regeneró y lo hizo indestructible para todo ser mortal e inmortal... excepto para Ella. Y luego, con esos Cuatro Fragmentos que también se volvieron indestructibles, talló tres puñales y una vara que recubrió con plata.
Lara le observaba, boquiabierta. Jadeó sorprendida:
¡Los Tres Fragmentos del Orbe y el Cetro! Luego ella fue su creadora... pero, ¡no tiene sentido!
Sí que lo tiene. Lilith es ladina y cruel. Es madre pero no alberga sentimientos maternales. Odia a sus Hijos casi tanto como los ama, como los amó, y cuando ellos la decepcionaron, ideó un castigo sin límites.
Los ojos del anciano se cubrieron de una sombra sarcástica.
¿Entiendes esto, mujer? El Cetro es un artefacto capaz de controlar a todos los demonios de la Tierra. Quien lo esgrima, tendrá el poder de dominar la voluntad de esas criaturas. Tiene otras propiedades, como abrir el corazón de las personas y mezclar los sueños para causar tanto bien como mal a quien osa tocarlo, pero su mayor poder es éste: con el Cetro en tus manos, controlarás las huestes del Infierno.
Esto me suena a película de terror.- bufó Lara.
El cardenal se encogió de hombros.
Puedes creerlo o no. Pero es así. Ella entregó el Cetro a sus Hijos, que desde aquel momento fueron los inmortales más poderosos y sometieron a los demonios a su yugo. Pero no sospecharon que la astuta Lilith había creado tres puñales que, empuñados por un Lux Veritatis, darían muerte a cualquier Nephilim que se les pusiera por delante. Y, no contenta con su crueldad, ella misma en persona regaló estos puñales a la Orden.
Se dobló en dos y empezó a reír, como si todo aquello fuera la mar de gracioso.
¡Es tan típico! – se carcajeó - ¿Qué saben esos seres infernales del amor de Dios? Ella es cruel y artera y al mismo tiempo que les dio el mayor don, les condenó a la peor maldición. Por haber enojado a su Madre, Ella les entregó a sus enemigos las armas que podían destruirles. ¡Es tan típico!
Siguió riendo mientras Lara pensaba aceleradamente.
De modo que con el Cetro, puedes dominar a los demonios... y claro, los Fragmentos siguen pudiendo matar a un Nephilim.
¡No! ¡Sólo si lo empuña un guerrero de la Luz! – graznó el viejo - ¡Y ya no quedan guerreros de la Luz... ay, ya no quedan!
Lara frunció el ceño y siseó:
Eso es lo que tú te crees, vejestorio. La Orden aún no ha desaparecido del todo, y tampoco sus ancestrales enemigos.
¡Cuéntame lo que sabes! – jadeó el cardenal, mirándole con los ojos desorbitados - ¡El Cetro ha sido hallado! ¿Quién lo halló? ¿Fue mi amado sobrino, a quien entregué los documentos para facilitarle la búsqueda?
Fui yo.- sentenció Lara – pero me fue robado y ahora tratan de robarnos también los Fragmentos. ¿No sabes nada más?
¿Quién te lo robó? ¡Quién!
El cardenal estaba cada vez más alterado. Dunstan espió por el pasillo, temiendo que los gritos del anciano atrajeran a la Guardia.
Quien me lo robó es una criatura Nephilim hembra. Hace dos años, creímos liquidar al último de su raza, pero parece que no contamos con que podía procrearse... y en fin, ahora esa criatura es lo bastante adulta como para plantarnos cara. Tiene el Orbe y el Cetro... y ahora quiere los Fragmentos, que están en mi poder. También están destruyendo al último Lux Veritatis... para que su venganza sea completa.
Lara tomó aire después de soltar la parrafada. Necesitaba controlarse. No tenía que mostrar cuánta pena le estaba causando decir aquello. Kurtis.
¿Puedes decirme qué trama esa criatura, Ercole? ¿Dicen tus documentos algo de eso?
El cardenal se había quedado pensativo.
No... y sí. En fin... está claro que el Cetro le dará el dominio completo de todos los demonios. También está claro que pretende asesinar al único en la Tierra que puede darle muerte. Pero también quiere los puñales... quizá para destruirlos.
Lara soltó un suspiro de cansancio.
Pero los Fragmentos no se pueden destruir...
¡Sí que se puede! ¡Ella puede destruirlos! ¡La que los creó, los destruirá!
Dunstan carraspeó educadamente.
Disculpe, Ilustrísima, sólo soy un sacerdote ignorante que, no obstante, ha tenido contacto con algunos de esos... seres infernales. La criatura de la que usted habla, Lilith, probablemente sólo sea un ser mitológico. La prueba es las diferentes caras que tenemos de ella. Para nuestra tradición cristiana, fue la primera esposa de Adán, que por su rebeldía fue entregada a Lucifer y cuando éste cayó a los Infiernos, se convirtió en diablesa junto a él. Pero para la antigua civilización babilonia, fue una diosa de gran poder, no necesariamente relacionada con el Mal, pero... igual de peligrosa. Es probable que sólo sea un mito.
El cardenal sonrió y miró a Lara.
¿Un mito? ¿Crees tú eso, mujer exploradora? Veo en tus ojos la verdad. Si tus ojos han visto el Orbe inmortal, habrás visto cómo es imposible que se rompa. Cómo puede ser que no dure fragmentado lo que dura un suspiro... ¿es acaso eso un mito? ¿Has visto esa magia? Si esa magia es real... ¡la Bruja que la creó también lo es!
Dunstan guardó silencio, frunciendo el ceño. Lara sacudió la cabeza y dijo:
¿Quieres decir que... que es posible que esa Nephilim esté tratando de reencontrarse con su Madre para que ella le destruya los artefactos?
Y así eliminar su última posibilidad de muerte. – siseó el cardenal – Cuando haya sido destruido... será plenamente inmortal. Ni la fuerza más potente de la Tierra podrá detenerla.
Dunstan volvió a carraspear.
Creo que estáis deduciendo demasiado. Aunque eso fuera cierto, ¿no está enfadada esa Madre con sus Hijos? ¿Qué te dice que va a hacerle ese favor?
Estaba enfadada hace siglos. Desde entonces, Ella ha dormido en la oscuridad de su morada. No sabemos qué rondará ahora en su mente.
Lara sacudió la cabeza y dijo:
Creo que esto se está embrollando. Demasiado complejo. ¿Debo considerar que Lilith es una persona real, que vive en un sitio real? ¿Dónde mora, pues, esa diosa de las tinieblas?
Ercole Monteleone entrecerró los ojos.
Yo te lo diré... pues también aparecía en los documentos.
