Capitulo 36: Purificación
Cuando el valle de Meteora apareció por tercera vez ante sus ojos, Lara pensó que jamás hubiera sospechado que volvería tantas veces. Y sin embargo la belleza de aquel paraje seguía enmudeciéndola.
Muda estaba también Maddalena, que observaba impresionada aquellas enormes moles de piedra con los monasterios sobre ellas. Cuando el helicóptero tomó tierra cerca de Kalambaka, casi se mareó al descubrir que la única forma de acceder a Ayios Stefanos era trepar por aquella pared casi vertical, dado que la famosa red-ascensor iba a ser utilizada por el anciano Marcus.
Para sorpresa de Kurtis, Lara se giró hacia la pelirroja y dijo:
No es preciso que subas. El ascenso es agotador y apenas vamos a parar por una hora.
Maddalena iba a darle las gracias por su cortesía cuando Lara, dándole la espalda, añadió en voz bien alta:
De todos modos no creo que los monjes te permitieran el paso. Ya son quisquillosos con una mujer normal, de modo que montarán un escándalo por una prostituta.
La pelirroja enrojeció y se contuvo por no soltar una áspera réplica, sin embargo al fin dijo:
Tampoco creo que tú debieras subir, hermana, preñada como estás ya de tres meses.
Lara se giró violentamente, a tiempo de ver cómo los pocos monjes que habían acudido a recibirles intercambiaban una mirada escandalizada. La cosa no fue a más porque Kurtis agarró a Lara por el brazo (no con demasiada delicadeza, por cierto), y se la llevó aparte.
Haciendo amigos, ¿eh, milady? – masculló en voz baja.
Resulta gracioso ver cómo te pones de su parte.
Tú la has provocado, Lara. No hacía falta que dijeras delante de los monjes que era prostituta. Estás haciendo una montaña de un grano de arena.
Puede que no tengas ojos para ver lo evidente. Te advertí desde el primer momento que ella te rondaba, y puesto que tú no haces nada por cortar sanamente con sus tontas esperanzas, lo haré yo.
Kurtis la soltó, retrocedió unos pasos y se quedó mirándola. Al fin murmuró:
Te quiero, Lara, pero a veces te comportas como una cretina.
Sin darle ocasión a responder, se apartó de ella en dirección al monasterio. Lara le observó alejarse en silencio.
(…)
Toda la comunidad había salido a recibirlos. Al verlos aparecer juntos, Sanador y Luchador, los monjes hicieron algo que nunca habían hecho al ver sólo al Luchador: inclinaron la cabeza y se hincaron de rodillas.
Marcus extendió las manos agradecido, pero Kurtis dio un paso atrás, frunciendo el ceño. ¡Repugnante! ¡Aquello era repugnante! ¿Acaso eran dioses? ¿Mesías? Sintió asco.
En esta hora aciaga – afirmó el sacristán, que actuaba de portavoz – al fin vislumbramos algo de esperanza para nuestro agonizante abad. Que en vuestra Orden moribunda aún viviese el último Sanador es la respuesta de Dios a nuestras plegarias.
Marcus, que resplandecía como un Cristo transfigurado, ordenó:
Llevadme ante vuestro abad.
La celda permanecía oscura y mal ventilada. Al abrir la puerta, una oleada de fetidez golpeó a los dos Lux Veritatis. Kurtis retrocedió y se cubrió la boca y la nariz. Ante el gesto indignado de Marcus, el sacristán se apresuró a explicar:
Ha empeorado muchísimo. Se volvió salvaje e intratable, rompía las cuerdas y atacaba a nuestros hermanos cuando tratábamos de alimentarlo y lavarlo, de modo que tuvimos que encadenarlo al lecho. A nuestro Kyriakos le arrancó la oreja de un mordisco. De estar sucio y tumbado se le han hecho llagas en la espalda, pero no nos atrevemos a soltarlo. Creímos que moriría, pues no come desde hace días, pero ahora sabemos que el diablo le mantiene con vida para atormentarle. Tú que tienes el Don, ten piedad de él y cúrale.
Marcus entró con decisión en la hedionda celda y mandó que abrieran la ventana. El espectáculo que halló hubiera hecho huir al más valiente de los mortales.
Tendido y rígido, con las ropas desgarradas y envuelto en su propia suciedad, un flaco y ajado Nikos esperaba sin esperanza la muerte. Ya apenas tenía carne sobre los huesos, su cabeza parecía una calavera, pero tenía los ojos desorbitados, la mandíbula contraída, y por los dientes apretados se le escurría una espuma sanguinolenta. El hedor era tan repugnante como los gusanos que Kurtis alcanzó a ver deslizándose por las llagas purulentas que le producían las ataduras.
Cierra la puerta, hermano sacristán- ordenó Marcus – y retírate a orar por tu abad con los tuyos. Haré lo que esté en mi mano.
Cuando Kurtis fue a seguir al sacristán, el anciano le indicó:
Quédate. Necesito la fuerza de tu mente para someter a esta criatura.
Sin darse la vuelta, él respondió:
Yo no obedezco tus órdenes, Marcus. Creí que os había quedado claro a todos cuando me marché de la Orden.
¿Negarás el socorro a esta alma atormentada?
También te dije ya que no me gustan tus métodos.
No son los míos. Así se ha hecho desde que la Orden existe. Y si no quieres que te lo ordenes, te lo suplicaré pues. Sin ti me costará más, hijo.
Al fin él cedió y se dio la vuelta. Un escalofrío le recorrió la columna al ver que Nikos, con la cabeza torcida en una posición horrible y la boca babeante deformada en una mueca grotesca, tenía los ojos inyectados en sangre clavados en él. Empezó a removerse violentamente y, soltando una espantosa carcajada, exclamó:
¡Ay, pobre de ti!
Marcus se acercó al lecho, pese a que el hedor bastaba para echar a alguien hacia atrás, pero entonces el poseído empezó a gritar con más fuerza, sin apartar los ojos de Kurtis:
¡Ay de ti, hijo de una puta y amante de una puta! ¡Ay de ti, Luchador! ¡El abismo está ya abierto bajo tus pies, la muerte te tiende sus brazos, la tumba te aguarda! ¡Ay de ti, maldito antes de nacer, porque morirás en el terror y serás condenado por toda la eternidad...!
El anciano se adelantó, indignado, y espetó:
¡Cierra la boca! Cien mil eternidades han pasado desde que los ángeles os arrojaran del Paraíso, con vuestro Señor y vuestra Señora, a beber de la Sombra y a penar en la oscuridad; y desde ese día os la gastáis del mismo del mismo modo para atormentar a los que somos puros y servidores de la Luz.
Pero la criatura que hablaba por boca de Nikos no atendió a sus reconveniencias y siguió aullando hacia Kurtis:
¡Ay de ti, desgraciado! ¡Has colmado la medida y tu hora se acerca!
Ignórale – terció Marcus – Siempre hacen esto. La Voz me vaticinó los más terribles tormentos. Todo es una sarta de mentiras.
La cabeza de Nikos se giró hacia el anciano con tanta brusquedad que les crujieron los huesos del cuello.
¡Mentiras! - graznó - ¡Cómo osas decir eso de la Voz En las Tinieblas! Ella no conoce la esencia de la mentira, que es invento de mortales, sino que habla con claridad de lo que la Gran Diosa ya ha visto en la lejanía. Y yo, que repito sus claras palabras, no miento tampoco.
¿Y qué más ha dicho esa diosa tuya?
Giró de nuevo la cabeza hacia Kurtis, que había hablado. Tenía éste los puños contraídos y los nudillos blancos, como si el vaticinio de un destino horrible le estuviera causando malestar. Sin embargo, no era por él, sino por otra persona, por quien se preocupaba.
Yo no hablaría tan a la ligera de Aquella que tiene tu vida en Sus Manos – se burló Nikos – Todo lo que has sufrido hasta ahora no es anda comparado con lo que te espera. Y no vas a ser el único en pagar su soberbia... ¡ja, ja, ja!
Acabemos de una vez.- masculló Kurtis, colocándose junto a Marcus.
(…)
Lara no estuvo ociosa. No iba con ella, por lo que saltó al suelo desde el helicóptero, anduvo hasta una roca y se sentó en ella, desplegó un mapa de Siria y empezó a telefonear a todos los contactos que tenía en la zona. No eran muchos, ya que en el pasado poco había estado allí, pero bastaría para alojarse.
Mientras le daba vueltas a esto, pensó que realmente aquello parecía una empresa de locos, puesto que no iban a ningún sitio concreto ni por nada en concreto. La idea era alejar el peligro de los que se habían quedado atrás.
Y ella ni siquiera podía sospechar que en aquellos momentos, la vida de todos ellos estaba en un grave peligro.
Sin embargo, Lara estaba lejos de sentirse perdida, como perdida se sentía Maddalena o incluso el propio Kurtis. Tenía muy claro qué pasos debía de dar a partir de aquel momento.
Lo primero era hablar con Betsabé.
La bella Nephilim se había mostrado bastante complaciente y aparecía en cuanto se la llamaba. Por supuesto, siempre que respondiera a sus propios intereses y pudiera sacar beneficio, pero carecía de ese ingrediente de perversidad que había tenido su padre. Y eso no la hacía mejor, pero le daba alguna posibilidad a Lara, que sospechaba que, siendo prácticamente recién nacida, podría manipular a Betsabé del modo en que nunca se hubiera atrevido a considerarlo con Karel.
Sin embargo, tampoco cabía hacerse ilusiones, no por ser joven era tonta. Era menester andarse con mil ojos.
Si a aquellas alturas la Nephilim ya se había hecho con los Fragmentos cuya ubicación ella había tenido que delatar, cosa que Lara no dudaba, entonces sería el momento perfecto para poner en marcha con ella el plan que tenía en mente. Y dado que Kurtis seguía protegiendo su mente y la propia de la aguda mirada de la Neph...
Una sombra le cubrió la luz solar que iluminaba el mapa y alzó la vista. Maddalena estaba frente a ella. Resultaba impresionante verla así a contraluz, puesto que si su cabello ya era de por sí muy rojo, ver el sol filtrándose a través de sus mechones daba la impresión de que su cabellera entera estaba en llamas.
¿Qué haces? – preguntó.
Lara estuvo a punto de echarle con cajas destempladas, pero respondió:
Trato de planificar dónde nos vamos a alojar.
La prostituta se rodeó la estrecha cintura con los blancos brazos. Daba una sensación absoluta de desamparo, aunque por orgullo trataba de ocultarlo ante Lara.
No tengo idea de qué estamos haciendo y a dónde vamos.- murmuró – Si tuvieras la cortesía de explicarme... todo el mundo parece saber qué nos llevamos entre manos excepto yo.
Eso es porque tú no deberías estar aquí.- contestó Lara sin tapujos – Debiste haberte quedado con los tuyos, porque te has metido en un asunto que te viene demasiado grande.
Maddalena le miró unos instantes, y entonces soltó:
Sé que no te gusto. Crees que he venido a interponerme entre Kurtis y tú.
No lo creo.- se burló Lara - Lo veo cada día.
Ella pareció bastante confundida, porque no se acostumbraba al tono enérgico y sarcástico con el que Lara se movía por el mundo, pero se obligó a resistir y dijo:
No me importa lo que creas o veas. Pero no estoy dispuesta a que me sigas hablando como si fuera un perro. Puede que yo no sea más que una puta, pero no sé quién te has creído que eres con tus aires de reina del mundo. No por haber nacido c...
... con el culo entre algodones soy superior a ti. Gracias, ya acabo yo la frase. Me la han dicho muchas veces. ¿Y sabes qué le contesto yo a la gente que me dice eso?
Maddalena guardó silencio.
Les contesto que antes deberían informarse de quién soy yo, para que descubrieran que no he vivido para otra cosa sino para despegarme esos algodones del culo, como tú dices tan soezmente. Yo ya no necesito a nadie que me mantenga ni que me dé vida de reina, me sobra con mis dos manos. En cambio tú has tenido que vivir a la sombra de gente facinerosa y despreciable para poder salir adelante, de modo que cierra la boca sino quieres seguir dando tumbos.
Se levantó bruscamente. La pelirroja retrocedió instintivamente, pero Lara blandió el mapa ante ella y dijo:
Sin embargo, te negaste a quedarte con quien debías quedarte, para ir tras un hombre que no quiere nada contigo. Y he aquí que un demonio te ha escogido como vehículo para envenenarme, sonsacarme la única ventaja que teníamos respecto de nuestros enemigos, y ponernos en una situación aún peor. Voy a tener que aguantarte, pero no antes de que sepas en qué caldo te has metido.
(…)
El doctor no podía creer lo que estaba viendo. Había atravesado corriendo el pasillo, poniéndose, esterilizado a toda velocidad, y cuando vio el cuerpo que le esperaba en el quirófano soltó un grito de rabia:
¿Quién ha hecho esto?
Hemorragia severa por corte de un objeto metálico punzante – informó a toda velocidad la enfermera adjunta – Desgarro del peritoneo y fractura de las costillas flotantes...
¡Ya veo, ya veo! – gruñó, ajustándose los guantes a toda velocidad.
La mujer que yacía en la camilla (¿mujer? ¡muchacha!) tenía el vientre abierto de un tajo y se le habían desparramado los intestinos por fuera. Una enfermera de manos temblorosas trataba de introducírselo todo de nuevo en el tórax, mientras otro cirujano iba sellando los vasos sanguíneos que se derramaban a toda velocidad, pero había tanta sangre que ya ni veían lo que estaban viendo.
¿Cuántas bolsas lleva? – jadeó el cirujano.
Tres... nos estamos quedando sin sangre. Se nos va a ir.
¿Cuántos años?
Sobre los veinticinco. Turca. Selma Al-Jazira.
En medio de las salpicaduras rojas que le manchaban las gafas, el cirujano pensó... ¿Selma Al-Jazira? ¿No era aquella joven arqueóloga del yacimiento de Capadocia? Su hijo pequeño, que estudiaba Historia, le hablaba de ella a todas horas...
Se nos va, doctor...
¡Más bolsas!
(…)
En el pasillo del hospital, Zip se arrancó los cabellos, se rompió el cuello de la camisa, y se destrozó a dentelladas las uñas de los dedos, soltando un montón de juramentos, blasfemias, medio ciego por las lágrimas que le cegaban a los ojos, hasta que Marie, soltando un suspiro, se plantó ante él y le sacudió dos bofetadas, que cortaron en seco el ataque de histeria del pobre muchacho.
¡Deja de hacer el imbécil! – le escupió la anciana a la cara - ¡Estás avergonzando a tu compañera! ¡Sé digno de esta prueba que estás pasando!
Zip soltó un gemido y fue a desplomarse en un asiento. Por suerte, estaban solos en la sala, quitando a Vlad, que había observado la escena horrorizado, y Radha, que estaba plantada como una cariátide frente a la puerta que conducía a Quirófanos, mirando fijamente la juntura de las puertas.
¡Esa zorra... esa puta...! – siseó Zip entre dientes.
Había sido Giselle. No había duda. Él la había encontrado, colgando de unas cadenas, con el vientre abierto y colgándole las tripas. Había sido un corte limpio, elegante, un corte de cirujana. No había sido letal, estaba pensado para hacerla sufrir durante horas, y durante horas Selma debió de gritar clamando auxilio, y a cada grito las entrañas se le derramaban un poco más, con lo cual no se atrevía a moverse. Y la sangre chorreándole por las piernas. Para cuando Zip la encontró, ya había perdido el sentido.
¡Colgada y destripada como una ternera! – aulló, hundiendo la cabeza en las manos – Como en una carnicería... esa puta... esa puta...
Radha retrocedió unos pasos, se arrodilló en el suelo, y juntó las manos. Luego inclinó la cabeza y empezó a murmurar una letanía en su lengua.
Reza, hija, reza – murmuró Marie – Nos va a hacer falta a todos...
Sólo una tragedia de semejante calibre había podido hacer que saliera de su encierro. Se sentía debilitada por su particular huelga de hambre, pero había decidido que, con el cariz tan terrible que estaban tomando las cosas, era momento de dejar de hacer el tonto y entregarse a los suyos.
Una vez más.
(…)
Con calma, con decisión, Marcus y Kurtis unieron sus manos frente al lecho del abad. El demonio, que había visto realizar aquel signo muchas veces a lo largo de los siglos, supo qué le esperaba, pero con todo no mostró miedo ni decisión de abandonar aquel cuerpo, sino que sé rió y les insultó con una jerizonga medio en griego, medio en latín.
Como ya se ha dicho, era competencia de los Sanadores el expulsar un demonio que se ha atrincherado en un cuerpo humano. Las Ceremonias de Purificación, como solía llamar la Orden a estos particulares exorcismos, eran realizados por varios Sanadores que unían sus manos y al menos un Luchador que contuviera con la fuerza de su mente los ataques del demonio, ya que en plena ceremonia un Sanador quedaba desprotegido.
Y hete aquí que sólo quedaban un Sanador y un Luchador, un Sanador muy anciano por cierto, y un Luchador que no hubiera querido serlo, pero de proponérselo podía tener la fuerza de muchos Luchadores juntos. Y de eso era consciente el demonio que había atormentado a Nikos, que, viendo el riesgo que corría, mandó un mensaje a su Señora, diciendo:
¿Qué debo hacer? ¿Irme, resistir? ¿Hasta cuánto tiempo más deseas que me ocupe de este mortal?
A través del tiempo, la distancia y el vacío del silencio en que ellos se comunicaban, Betsabé escuchó el clamor de la criatura. Tras unos instantes de meditación, le ordenó:
Resiste hasta cuando puedas y luego márchate, pero asegúrate de que quedan agotados. Hiéreles cuanto puedas, mata al viejo si de ello eres capaz. Y luego, retírate, pues ya has hecho suficiente.
Aun insistió el espíritu maligno, diciendo: ¿Debo matar al abad?
Y Betsabé respondió: No es necesario. Morirá él sólo. Ahora retírate, estoy ocupada.
¡Escúchame, demonio! – exclamó entonces Marcus – Te ordeno que abandones este cuerpo mortal que atormentas y regreses a la Sombra de la que provienes. Si no obedeces, te echaré a la fuerza, purgándote como se purga una herida, y te ha de ser bien amargo que haga esto, e incluso te destruiré si es necesario.
Por toda respuesta el espíritu emitió una grotesca carcajada, que no tenía otro fin que provocar al Sanador, que de inmediato dio por iniciada la ceremonia.
De lo que ocurrió allí dentro nunca supieron nada los monjes, que oyeron tal cual como si estuviesen descuartizando vivo al pobre abad durante casi tres horas. Por supuesto, no hubo la menor agresión física, todo estaba en la mente del propio poseído y de los dos Lux Veritatis, pero fue una lucha encarnizada y dificultosa. El espíritu retorció tanto el cuerpo de Nikos que acabó soltándolo de las ligaduras que lo ceñían al lecho y se arrojó contra Marcus, al que derribó en el suelo e hubiera estrangulado de no ser porque Kurtis lo arrancó de allí y lo envió de cabeza a la otra punta de la habitación, usando la telequinesia que le libró de tener que tocar aquel cuerpo repugnante y torturado.
Joder, le he matado.- masculló malhumorado, ayudando a levantarse a Marcus, al cual le sangraba un labio.
Esperemos que no.- dijo el anciano entre toses, dejándose caer en una silla.
Kurtis se apresuró a inclinarse sobre el desmadejado cuerpo del abad, que de repente caracoleó como si le hubieran dado una descarga y se le echó al cuello, tratando de ahogarle. Al arrancarse las manos del abad del cuello, las uñas le arañaron la piel, dejándole surcos de sangre, y con un último intento le obligó a someterse, pero el espíritu ya estaba agotado y se marchó lanzando un gran grito. El cuerpo del abad dejó de sacudirse y se desplomó sobre Kurtis, que lo apartó y tendió en el suelo.
Marcus se acercó a él y lo examinó. Estaba, por supuesto, inconsciente, y respiraba muy débilmente. Mientras le atendía, Kurtis se levantó rascándose los arañazos del cuello y miró a su alrededor. Finalmente dijo:
Se ha ido. No volverá.
En buena hora, hijo. Llama a los monjes, necesita atención.
Los hermanos se deshicieron en alabanzas hacia los dos Lux Veritatis mientras se apresuraban a atender al abad, a quien lavaron y adecentaron, haciendo lo mismo con aquella inmunda habitación. A Kurtis no se le escapó que alguno le lanzaba una mirada de reproche, como diciéndole: tú no fuiste capaz, pero él lo ha hecho. Él le daba lo mismo lo que pensaran, sin su ayuda Marcus tampoco lo hubiera logrado. Les dio la espalda a todos y se dirigió hacia la entrada del monasterio.
El fuerte sol le hirió los ojos, después de haberlos habituados a la oscuridad de la hedionda celda del monje. Se volvió a frotar los arañazos del cuello, pensando en lo que el espíritu le había dicho. No creía que fueran mentiras. Para Marcus era muy fácil concluir eso, pero no en vano un Luchador, a lo largo de su vida, aprende a conocer si cabe aún más a los demonios que un Sanador.
En aquel momento Marcus, que le había seguido, le alcanzó y dijo:
¿A dónde vas, hijo?
Lara y Giulia me esperan. Nos vamos, Marcus, aquí ya hemos acabado.
Yo me quedaré. Quizá Nikos no sobreviva y aquí me necesitan. Que la Luz te acompañe, hijo.
Y a ti, Marcus.
(…)
El comisario se inclinó y examinó las fotografías que habían tomado del lugar del crimen. Luego suspiró y las arrojó sobre la mesa, y examinó a las dos mujeres que tenía enfrente. Una joven y otra ya anciana aunque nada achacosa. Dos indias, una de la misma India y otra que debía ser una piel-roja o algo así.
Soy navaja, inspector.- murmuró Marie – Así que deje de mirarme con esa cara.
Disculpe. Son sin duda un grupo bastante pintoresco. He hablado con el cirujano y parece coincidir conmigo en que esa herida la provocó una persona experta en medicina... no buscaba matar de inmediato a la señorita Al-Jazira. Si ustedes pueden...
Ya se lo he dicho. – insistió la anciana – Es una mujer joven y atractiva, se llama Giselle Boaz y es médico o algo así.
¿Y de dónde se saca usted las pautas para hacer tal afirmación?
Marie calló. ¿Cómo iba a decírselo? ¿Cómo empezar desde el principio, desde los Nephilim, la Cábala, la Lux Veritatis y toda una vida de desgracias y sufrimientos?
Es nuestra enemiga. Creo que ha actuado por venganza.
Debe ponerme al corriente de tales relaciones o no podré confiar en usted, ni menos permitir que salga a la calle.
No puede retenerme en mi contra. ¿Qué acusaciones tiene contra mí?
Es menester que...
Deje de perder el tiempo. Esa loca asesina está suelta por aquí. Más vale que la encuentren antes de que haya otra desgracia.
Señora...
Ahí tienen la escena del crimen, una inmunda cabaña de herramientas donde han colgado a una joven inocente y la han destripado como a un cochino. Podemos facilitarle la información referente a esa mujer, y a qué actividades se dedica...
De repente, se hizo la luz en la mente de Marie. Inclinándose hacia el agente, le dijo:
Hace dos años se cometieron una serie de crímenes en el recinto Strahov de Praga y luego, en los arrabales de Munich, en un lugar conocido como el Laboratorio. ¿Le suenan esos hechos?
No señora.
Pues póngase en contacto con la policía checa y la alemana, y ellos les dirán de Giselle Boaz lo que ya le digo yo: que fue de los pocos implicados que escapó.
(…)
Zip, con la frente y las manos pegadas al frío cristal, observaba fijamente el líquido incoloro que se vertía por la sonda hasta el brazo de Selma, quien, cubierta por una sábana hasta el cuello, bailaba entre el límite de la vida y la muerte, sin haber recobrado la consciencia.
Sólo podía verla así, a través del cristal, ya que del quirófano la habían trasladado a la UCI tras recomponer el destrozo de su vientre. Y llevaba horas pegado al cristal sin moverse.
Hijo...
Le costó apartar la mirada de ella, pero lo hizo. El cirujano que había operado a Selma estaba junto a él, y a juzgar por la lástima con que lo miraba, debía tener un aspecto horrible.
Hijo, esto está en manos de Dios, como solía decirme mi abuela. Se ha hecho lo que se ha podido, pero está muy débil y depende de ella. La atenderemos día y noche y velaremos por ella, pero no quiero darte ilusiones. Depende de ella...
Zip ya no le escuchaba. Le zumbaban los oídos. Menudo imbécil estaba hecho, ella gritando y desangrándose, indefensa ante sus verdugos, y él enganchado a un maldito ordenador. Así se había pasado toda su puta vida, y ahora por culpa de ello la estaba perdiendo, a ella, que era lo único que le había hecho sentir, en mucho tiempo, que la vida valía la pena vivirla.
El cirujano, al no recibir respuesta, le palmeó la espalda y se alejó, lamentándose, qué lastima, tan joven y tan guapa, esas cosas no deberían pasar, qué desgracia... y se preparó para otra noche de insomnio.
Entonces sonó el móvil de Zip. Al principio no reconoció la melodía cantarina, pero entonces lo descolgó:
Zip, cariño, soy yo, Marie...
...
Mira, hemos llegado a un consenso con la policía. Esa maldita no se quedará sin castigo, pero ahora estamos en peligro, Zip, tenemos que ocultarn...
Yo no me voy a ningún lado, Marie. Mi sitio está aquí con ella.
Hijo, corremos serio peligro, tenemos que..
¡Por qué todo el mundo se empeña en llamarme "hijo"! ¡No soy hijo de nadie, y no me voy a mover de aquí!
De acuerdo, como tú quieras... pero espero que seas consciente de...
Soy consciente de que Selma se está muriendo, eso es lo único de lo que tengo que ser consciente ahora mismo.
Llevas razón. Vlad va a volver al castillo pese a todo, no ha habido manera de convencerle, y yo por mi parte me voy a ocupar de la seguridad de Radha y de tratar de contactar con mi hijo y con Lara.
Toda la suerte del mundo, Marie. Por mí ya no os preocupéis.
Colgó, y siguió mirando a través del cristal.
(…)
Al llegar a la explanada donde les esperaba pacientemente el helicóptero, vio a Lara sentada, examinando un mapa, y a Maddalena a su lado. La exploradora para variar tenía expresión de seguridad y confianza en sí misma, como si aquello no fuera más que otra aventura, y eso que estaba embarazada de tres meses y le esperaba la muerte, si había que poner oídos a lo que había vaticinado el demonio, y era de estúpidos no poner oídos a la advertencia de semejantes criaturas.
Kurtis suspiró. Qué hubiera dado por tener la fe que ella tenía, en sí misma y en sus posibilidades, y que todo iba a salir bien y la suerte les iba a acompañar. Por eso ella había triunfado en casi todo lo que se había propuesto y él fracasado una y otra vez.
Al verle, Maddalena se levantó. Si ya le había extrañado ver a las dos mujeres juntas y en silencio (no le hubiera sorprendido verlas gritándose y tirándose del pelo, aunque por lo visto no era cosa que fuera con ellas), se extrañó aún más por la forma en que ella le miró, como si fuera la primera vez que le viera. No tanto, se corrigió, ya que la primera vez que le miró lo hizo con una especie de ansia sexual, y ahora lo miraba como a un bicho raro, como a una criatura extraña pero admirable.
¡Tienes sangre en el cuello! – exclamó la pelirroja.
Él se había olvidado de los rasguños del cuello, que se volvió a rascar, y farfulló lo típico, que aquello no era nada.
Debe haber sido horrible.- comentó Lara sagazmente, que con una ojeada ya se podía hacer una idea de lo ocurrido.
He visto cosas peores.- dictaminó él – Siento haber tardado tanto. ¿Has averiguado algo?
Lara se levantó y plegó con rapidez el enorme mapa.
El tema de Siria está complicado. En principio pararemos en Beirut y luego seguiremos hacia Damasco. Tengo algunos contactos en la zona.
Pero Siria es muy grande.- terció entonces Maddalena, para sorpresa de Kurtis – Y no hay lugar al que nos podamos dirigir, según lo que me has contado.
No. Pero tengo una pista.
Sonriendo, Lara se encaminó hacia el helicóptero y se subió de un salto, indicándole al piloto que volara hacia el Líbano.
Maddalena miró de reojo a Kurtis con una cándida mirada y se dirigió sin prisas hacia el vehículo. Todo aquello era muy extraño.
¿Qué le has contado, Lara?
(…)
Nikos Kavafis, abad sucesor del inefable Minos Axiotis, del que todos decían que había muerto en olor de santidad, recuperó el sentido y abriendo los ojos, miró estupefacto a la multitud de hermanos que le rodeaban, y entre ellos, a un anciano levemente encorvado y con largo cabello cano, pero con una expresión de fiereza en el rostro.
¿Cómo estás, Nikos?
¿Quién eres?
Marcus, hermano Sanador.
Se llevó las manos a las sienes, aturdido, y entre dos hermanos le incorporaron del lecho, ya limpio y curado de sus llagas, sin dejar de mirar al anciano. Éste, por fin, se arremangó el hábito negro y le mostró el tatuaje del hombro.
¡Un Lux Veritatis Sanador! – exclamó Nikos.
Sobreviví cuando la Orden desapareció, a excepción del hermano Kurtis, a quien ya conoces. Sin embargo, tiempo habrá de hablar de esto. ¿Cómo te encuentras?
No muy bien... ¿qué me ha pasado?
¿No lo recuerdas?
Nikos se pasó las manos por el rostro, agotado, y se miró las manos vendadas.
Una mujer... con unos grandes ojos verdes...
¿Es ése tu último recuerdo? Patér, han pasado casi cinco meses desde que la Nephilim Betsabé...
El abad se retorció al oír aquel nombre y soltó un grito.
He pecado contra la castidad. Esa diablesa me movió a la lujuria. Ella vino y nos robó el Orbe, y aún me tentó... he pecado...
Cualquier pecado que creas que hayas cometido está purgado de sobra. Has sido purificado y el espíritu maligno no volverá a atormentarte.
No recuerdo nada...
Tanto mejor. Patér, debo solicitar una reunión inmediata con toda la comunidad. Aún estás débil y no deberías levantarte, pero es necesario que convoque dicha reunión. Algo grave está sucediendo.
Sea. Pancratios acudirá en representación mía.
El novicio se inclinó, halagado por ser distinguido con tal honor.
(…)
La reunión se efectuó en el refectorio. No eran ya muchos los monjes que habitaban en Ayios Stefanos, unos treinta, entre los que habían muerto y que no acudían nuevos novicios, si se exceptuaba a Pancratios que, como sabría Marcus más tarde, había sido abandonado de niño al pie de la inmensa roca y sus lloros atrajeron la atención los monjes, que le adoptaron. Eso condicionaba el agrio carácter que le era propio, y el llevar una vida ascética y dura entre hombres adultos y ancianos. Repasando con la mirada los monjes que se habían reunido en torno a él, el Sanador dictaminó que en cuestión de generaciones el monasterio quedaría vacío y pasaría a ser otro lugar de visita turística.
Y así era. Las antiguas órdenes históricas y monacales estaban condenadas a desaparecer. Unos por que morían y envejecían, otros porque los habían exterminado.
Desechando aquel oscuro pensamiento, Marcus tomó la palabra:
Hermanos, he venido a vosotros no sólo para sanar a vuestro abad, cuyo restablecimiento me es grato. Un gran peligro se cierne sobre el mundo. Dos años ha que el último nacido de la Alta Raza murió a manos del que entonces era considerado el último Lux Veritatis, a quien podemos seguir considerando el último de los Luchadores. Pero ello no ha hecho sino abocarnos a un peligro mayor. Todos sabéis ya de la existencia de una mujer de turbadora belleza, en cuya presencia los seres mortales quedan onnubilados por su encanto.
Se detuvo un instante, y entonces oyó que Pancratios decía:
¡Una bruja de Satanás!
Una Nephilim, hermano. Una criatura nacida a partir de los experimentos científicos de Giselle Boaz, una desdichada que sin duda debe haber perdido el juicio, porque ella misma se arriesgó sobremanera al gestar y parir una criatura que podría haber sido monstruosa, pero que resultó ser magnífica para sus intenciones.
Se levantó un murmullo entre los monjes, y al fin Marcus retomó el hilo del discurso:
A esta criatura se le ha dado el nombre de Betsabé. Ya la habéis visto, pues vino a robaros el Sagrado Orbe y maldijo a vuestro abad cuando éste trató de detenerla. No tiene más de dos años de vida y por lo tanto está prácticamente recién nacida, pero su inteligencia y maldad la capacitan de sobra para convertirse en un auténtico peligro. Máxime, porque a juzgar por lo que hemos estado investigando, ha logrado ponerse en contacto con la Reina de la Vorágine.
Aquel comentario causó verdadero espanto, porque de repente se oyeron gritos y los monjes empezaron a gesticular muy violentamente, hablando entre unos y otros. El sacristán pidió silencio y a continuación dijo:
Hermano Marcus, nosotros somos cristianos. No creemos en divinidades paganas.
Te aseguro, hermano sacristán, que Lilith es tan real como lo somos tú y yo. Tan real como lo es Betsabé y como lo fue el que se hacía llamar Joachim Karel, su padre genético. Tan real como que existe un lugar donde esa divinidad habita, acompañada de su Esposo, el ángel Sama...
¡El Diablo! – estalló Pancratios, indignado - ¡Estás mentando a Satanás en este santo recinto!
Tú lo has hecho antes – siseó Marcus, pero el novicio no les oyó, sino que añadió:
¡Hablas de Satanás como un ángel, cuando no es sino un abyecto diablo, el padre de todas las aberraciones de la Tierra!
Personalmente, hermano Pancratios, ahora mismo me preocupa más su Esposa que Él mismo. Y esperaría poder hablar sin interrupciones.
El novicio calló, malhumorado, y entonces Marcus prosiguió:
No voy a entrar en largos detalles acerca de los últimos acontecimientos. Lo haré próximamente. Ahora es importante que sepáis que Betsabé está apoderándose de los Objetos Sagrados de la Orden: robó el Orbe y creemos que sus Tres Fragmentos ya deben estar en su poder. Y creemos saber por qué los robó.
El sacristán, que había estado meditando con el ceño fruncido, susurró:
El abad Minos, Dios lo tenga con Él, me habló un tiempo de esto. Dijo que el cristal de que estaban hechos tales objetos no se podía romper, pero que una antigua tradición decía que sólo podía romperlos la impura Lilith, diosa de los infiernos.
¡Eso es una atrocidad! – gritó un monje de las últimas filas - ¡Estás llamando diosa a una diablesa! ¡Eso es politeísmo, blasfemia!
No tenemos tiempo para perderlo en consideraciones místicas.- gruñó Marcus – Y bien, sacristán, eso creemos. Creemos que la Nephilim lo llevará a su Madre para que los destruya, con lo cual ella misma será indestructible. Pero esto no es todo, puesto que Betsabé también robó el Cetro de Lilith de la antigua ciudad de Tenebra, pese a que la señorita Croft y el hermano Kurtis trataron de recuperarlo antes.
Se hizo el silencio.
¿No conocéis el Cetro de Lilith? Trajo muchas amarguras a la Orden en tiempos del medievo. Parece un bastón de mando, pero es un arma. Dicen que la diosa se levantó blandiéndolo y que con un solo golpe podía aniquilar a cientos de mortales.
Indignado, el monje que había protestado se levantó y abandonó la sala, no sin antes escupir por la boca en dirección a Marcus:
¡Blasfemo!
Cuando la puerta se cerró bruscamente, el Sanador prosiguió calmadamente:
Si Lilith se levanta, y el Cetro llega a sus manos, no sólo los enemigos directos de los Nephilim, sino la humanidad entera, correrá un gran peligro. Hay que detener a Betsabé como sea. Por desgracia, sólo contamos con una difusa profecía balbuceada por la boca de un demonio servidor de Lilith, que se hace llamar Voz En Las Tinieblas, en la cual selecciona a un grupo de personas para que recorran una Senda Amarga que les ha de llevar al dolor y a la muerte como sacrificio para la diosa, que se compadecerá de algunos y a otros los condenará. Y ni siquiera sabemos quiénes están llamados a padecer semejante destino, a excepción del hermano Kurtis y de la señorita Croft.
¿Y qué podemos hacer nosotros, hermano, contra semejante maldad? Nuestros rezos servirán de poco, no somos más que monjes humildes.
No quiero rezos por vuestra parte. Quiero que me dejéis acceder a la biblioteca.
Se levantó un murmullo escandalizado. Lo que acababa de pedir Marcus no era ninguna banalidad. Las bibliotecas de los monasterios de Meteora eran absolutamente privadas y nadie que no fuera monje podía acceder a ellos, ni siquiera los novicios podían ni mirar la puerta que conducía allá. Las penas por acceder a la biblioteca sin un permiso especializado incluían los doscientos latigazos, lo que daba muestra de que se trataba de una regla no reformada desde la Edad Media, ya que no se habían dado casos de novicios o monjes que intentaran violar la formativa.
Y hete aquí que un laico ajeno al monasterio, por muy Lux Veritatis que fuera, pedía acceso a la biblioteca. Pero Marcus sabía qué se decía. Durante semanas había investigado junto con Vlad, Lara y Kurtis, todos los recursos documentales que tenía el castillo de Bran, y todos los escritos, textos y manuscritos que el erudito había logrado reunir, y todos los recursos informáticos ayudados por Zip. Todo para no averiguar lo suficiente acerca de la Profecía, de la propia Lilita, o de cualquier dato que les ayudara. Si la respuesta no estaba allí, en una de las bibliotecas más antiguas de Europa, es que no estaba en ningún otro lado.
Eso debemos debatirlo con el padre abad .- murmuró el sacristán – Lo lamento, pero no podemos prometerte nada más. Ahora, si procede...
¡Un momento!- exclamó Marcus. – Hay otra cosa muy importante que debéis saber...
(…)
Ivanoff ordenaba los montones de papeles a toda velocidad. Su despacho era un desastre, había hojas hasta por lo suelos, y mientras clasificaba este o aquél documento, daba vueltas a su mente con lo poco que había obtenido hasta el momento. Él, que se tenía por tan erudito, no había podido hacer gran cosa referente a lo de la Profecía lo que les podía esperar.
Se sacó los anteojos y se secó el sudor de la frente, lamentando el desatino que le envolvía, que con Selma moribunda, Zip enajenado, Marie y Radha a vueltas con la policía y Lara y Kurtis dando tumbos por Oriente Próximo sin la menor idea de a dónde ir (o al menos eso creía), y él sin dar una a derechas, estaba que rabiaba.
Acabó de ordenador tres montones de documentos y ya se dirigía al siguiente cuando reparó que había una sombra en una esquina oscura del despacho, iluminado por poco más que una lamparilla y el fuego de la chimenea, pues que era de noche.
¿Quién eres? – exclamó Ivanoff sin que le temblara la voz, ya que a aquellas alturas ya no era aquel hombrecillo asustado que trató de retar a Lara y a Kurtis con una navaja suiza.
La figura salió de las sombras y se mostró a la luz. A simple vista, el erudito vio a una mujer joven y guapa, de cabello corto y muy rubio y ojos verdes. Supo de inmediato quién era y las manos se le quedaron rígidas sobre los documentos.
Vladimir Ivanoff.- susurró ella – Me he tomado la molestia de averiguar sobre ti. Eres licenciado en Filosofía y Letras, y desde hace ya muchos años, demasiados creo yo, te dedicas a la investigación histórica centrada en este viejo castillo que señoreas como si fuera de tu propiedad. Lo que me pregunto es cómo ayudas a quienes incurrieron en su daño.
Eso es lo que le pregunto yo a usted, señora, ya que fueron los de la Cábala quienes prendieron fuego a mi castillo.
No había acabado de decir esto cuando otra sombra, mucho más corpulenta, salió de la oscuridad. Se le heló la sangre en las venas al ver a un fornido matón, rubicundo como un alemán, que le miraba con expresión severa.
Giselle, por su parte, ya se había aproximado a la mesa y, tomando una hoja, la examinó levemente, luego la arrojó al suelo.
Estoy harta de papeles y letras... mi hija se ha pasado meses dándole vueltas a supersticiones sacadas de papeles como éstos, y tu amiga la exploradora se ha estado matando por un asqueroso fajo de documentos, que atesoraba una red mafiosa y cuya ramera se llevó allende al mar y coló en mis dominios... sí, he acabado por averiguarlo todo, tengo buenos contactos. Me tiene harta este asunto ya.
Schäffer, mientras tanto, se había acercado a la mesa y, a una indicación de Giselle, barrió con un golpe de brazo todos los montones ordenados de papeles que le habían costado a Vlad horas de trabajo en clasificar. Éstos se alzaron en una nube y fueron cayendo esparcidos por toda la habitación. El erudito no se inmutó.
Nadie debería hacer caso de supersticiones, ¿verdad, profesor? – dijo Giselle, sentándose elegantemente en una butaca frente a él – Embotan la mente y hacen que la gente pierda tiempo, cuando el mañana pertenece a la ciencia y al progreso. Usted debió considerar eso antes de colaborar con quienes ha colaborado.
Por el rabillo de ojo vio que el mercenario se acercaba a examinar una estantería, y cogió entonces una estatuilla de bronce muy pesada que representaba, curiosamente, a un ángel a punto de alzar el vuelo. Volvió junto a Vlad y a Giselle asiendo la estatuilla por la cabeza.
Por cierto.- dijo entonces Giselle, viendo que el erudito le sostenía la mirada sin decir palabra - Se me olvidó preguntar, ¿cómo está la chica turca? ¡Sería descortés por mi parte no interesarme por su salud!
Señora – suspiró Vlad, agotado – usted sabrá mejor que yo cómo está, ya que le hizo tal aberración con sus propias manos. Debo decirle que sus insinuaciones y discursos me tienen ya cansado, de modo que haga lo que ha venido a hacer y márchese.
En aquel momento sonó el teléfono. Schäffer arqueó las cejas, pero Giselle le hizo un gesto con la mano e indicó al erudito:
Tenga la bondad de atender esa llamada, profesor.
Alargando una mano que le temblaba ligeramente, Ivanoff descolgó:
¡Vlad! ¿Eres tú?
Tenía la garganta seca. Tras carraspear, balbuceó:
Sí, soy yo...
Era Lara. En aquel momento Giselle se inclinó por encima de la mesa para oír mejor y Schäffer aplicó el oído al auricular:
Vlad, estamos en el Líbano. Tomaremos el camino hacia Damasco en una semana, pero... recuerdo que dijiste algo sobre un templo en las inmediaciones...
Pese a que se había quedado sin voz de puro terror, Giselle le indicó con un movimiento brusco que respondiera.
Sí, Lara, querida, hay... hay un templo en Siria... cerca de Damasco... un te-templo antiguo...
¿Te pasa algo? ¡Parece que hayas visto un fantasma!
Le hubiera querido gritar, pedirle auxilio, decirle que estaba en peligro, que habían herido de muerte a Selma, pero sólo podía responder...
Tranquila, estoy hecho polvo. Ya sabes, dándole vueltas a todo esto... en fin – carraspeó – hay un templo semienterrado cerca de Damasco. Ese templo empezó a excavarse en los años 50, pero dado a las inestabilidades, guerras, conflictos y eso, que ya sabes cómo es la gente de allá, echaron a los arqueólogos y desde entonces está abandonado...
El templo estaba consagrado a Lilith, Vlad, de modo que pienso dirigirme allí.
¿E...estás segura? Mira que un templo medio en ruinas es poca cosa...
Déjame a mí, soy buena en esto. Dile a Zip que me pase las coordenadas en cuanto pueda obtenerlas. Debo irme, Vlad, hasta luego.
Y colgó. La mano de Ivanoff se dirigió con lentitud a depositar el auricular en la base, pero Schäffer se lo arrebató de la mano y lo estrelló contra la pared, haciéndolo añicos.
De modo que en el Líbano y camino de Damasco, ¿eh? – sonrió Giselle – Vaya, que no ha hecho falta que le destripe a usted también para saber lo que esa chica tonta no quiso decirme. Ha tenido usted suerte. No sabe cuánta.
Deje a mis amigos en paz. Usted ha dicho que las supersticiones no van consigo... ¿qué saca con esto? ¿Qué daño pueden hacerle?
El daño ya me lo hicieron. Sólo me estoy vengando. Dígame, profesor, ¿usted también cree en esas tonterías? ¿Cree en esa profecía?
Vlad no respondió. Guardó silencio y siguió mirándola, cuando de repente, Dios, una idea loca, absurda, pasó por su mente, en los últimos instantes de su vida, y le pasó cuando, al tantearse accidentalmente el bolsillo, notó que tenía allí su pequeña navaja suiza, con la que intentó defenderse años atrás...
¿Profesor?
Señora, yo no sé si creo o no en estas cosas. Pero sé que los Nephilim creían en ello, y por tanto el último de ellos, a quien usted debió conocer, también creía en ello. Si seres tan altos y sobrenaturales, que nos exceden, por desgracia, en sabiduría e inteligencia casi tanto como nos exceden en maldad y crueldad, creían en ello, es que debe ser cierto. Por mi parte no debo decir nada más.
Y de súbito, sin previo aviso, Vlad saltó de la silla y se arrojó sobre Giselle, enarbolando la navaja, cuya afilada hoja dirigió directamente al rostro de la mujer, en un intento desesperado, insensato quizá, pero valiente, de herir a aquella asesina, de vengar el daño que había hecho a Selma, y de vengarse a sí mismo, puesto que ya se daba por muerto.
Pero fue un intento vano. De haber estado sola, quizá, hubiera logrado herirla, rasgándole la piel de la cara, cortándole los labios, o incluso sacándole un ojo, en fin, desfigurándola gravemente, pero no estaba sola. No llegó a tocarla, en razón de que primero ella se apartó con un grito, de modo que la navaja se hundió en donde antes había reposado su cabeza, en el terciopelo de la butaca, y segundo, que Schäffer acudió en su ayuda, blandiendo con tal fuerza la estatua de bronce que, tras describir un arco en el aire, se estrelló contra el cráneo del erudito con tanta violencia que lo alzó del suelo y lo tiró al otro lado de la mesa, rebotando contra la pared y quedando por fin inerte en el suelo.
Jadeante, Giselle se levantó, aún pálida por el sobresalto sufrido, pues no había esperado que un hombrecillo al que juzgaba enclenque y cobarde reaccionara de aquel modo.
¿Está muerto? – preguntó a su compañero, quien en ese momento se inclinaba sobre el cuerpo yacente.
Compruébalo tú misma.- dijo aquél, y le enseñó con sorna la estatuilla.
En la superficie de bronce habían pegados restos de sangre, sesos y cabellos. Al mirar al erudito, se le despejó toda duda: una parte de su cráneo estaba totalmente aplastada y la cabeza estaba abierta, bajo la cual se extendía un gran charco de sangre.
El alemán arrojó la estatuilla al suelo y dijo:
Aquí hemos acabado, bonita. Nos vamos.
Pero Giselle, que estaba mirando fijamente los innumerables papeles esparcidos, dijo:
Aún no. Recoge todo esto y arrójalo a la chimenea. Que se queme todo. Quema también sus libros, sus cuadernos y sus apuntes. Y luego destruiremos el ordenador del chico. No les dejemos ni un recurso que les pueda servir.
Tus deseos son órdenes para mí, preciosa.
