Capítulo 40: Golem

El joven Pancratios avanzó hasta la mesa y depositó en ella una taza con una de las infusiones que preparaban los monjes para ayudar a pasar la noche en vela. Observó, de reojo, al Sanador absorto en el estudio del viejo códice. No pudo evitar una mueca de desprecio al decir:

Escrituras del demonio. Tu Orden debe haber caído muy bajo para tener que recurrir a los delirios de una bruja.

Marcus alzó la vista y miró de arriba abajo al novicio.

Creo, Pancratios, que no deberías volcar tu amargura en cualquiera. Eso también es caer muy bajo para alguien que se dice cristiano, ¿no?

El chico le dio la espalda, ofendido, y se retiró. Marcus tomó la taza y sorbió la decocción de hierbas. De no ser por ella, ya haría horas que dormiría babeando sobre el códice. Ni siquiera lo fascinante del texto podía con su vejez y su debilidad.

Amargo sacrificio es el que una madre deba escoger entre sus hijos - leyó, pasando el dedo por el pergamino – a uno condenarlo, a otro traicionarlo, a otro salvarlo.

Suena muy extraño.

Nikos estaba de nuevo allí. No había manera de forzarlo a que descansara. Y seguía escuálido y débil, como si su cuerpo fuera incapaz de recuperar las energías que había perdido. Marcus estaba sinceramente preocupado, pero no pensaba en insistir más.

¿Te ha estado molestando? – dijo el abad, haciendo un gesto en dirección a la puerta – Nuestro Pancratios puede llegar a ser un tanto fastidioso a veces.

Debéis tener paciencia de santo con él.

El abad soltó una risa entre dientes.

De santo, no. ¡De mártir! Pero dime qué de nuevo has encontrado.

Poca cosa. Escucha lo que dice del Ángel:

Espada vengadora de punta inflamada

empuñas, con mano temblorosa,

tú, que jamás conociste la caricia de un beso,

cuyo corazón late enloquecido

enzarzado entre las espinas de tu angustia,

y sangra salpicando a los de tu alrededor.

Tu prole ha de acabar contigo,

porque habías nacido para el amor

pero sólo puedes ya engendrar odio."

Soltó un suspiro de satisfacción y se reclinó en el asiento cerrando los ojos. Nikos le observaba divertido.

Esta Sybilla era una mujer realmente fascinante.- apuntó el Sanador.

Hermano, esto no es un certamen de poesía. Hay vidas en juego.

Marcus parpadeó.

Lo sé. Pero tendría que ser inhumano para no dejarme cautivar por esto. No olvidemos que la Sibila clásica era una profetisa inspirada por la divinidad.

Por Satanás, en este caso.- farfulló el abad.

En cualquier caso, es un ser sobrenatural el que habla por su boca. Creo... creo que si estos versos no nos desnudan la profecía, nada ni nadie lo hará. Pero mis averiguaciones más concretas han venido con la figura del Sabio.

Carraspeó y se inclinó de nuevo sobre el códice.

"Tú que has venido a interpretar

lo que mi boca anunció hace siglos

tú, que eres último y estás solo

que cuentas los segundos veloces

que te acercan a hermana Muerte

tú, con todo tu saber, nada cambiarás,

pero sin ti nada cambiaría".

Se reclinó de nuevo y miró a Nikos. Éste estaba anonadado.

Bien, parece ser que habla de ti, hermano Sanador. Tú debes ser el Sabio.

Me aterra esa idea.

¿Por qué? Los otros dos candidatos quedaron descartados. La muchacha turca está moribunda y el erudito rumano fue asesinado. Y aquí, ahora mismo, sólo queda un Sabio interpretando lo que su boca ha anunciado.

Marcus sacudió la cabeza y cerró los ojos. Estaba tan cansado...

Notó la mano reconfortante del abad en su hombro:

Quizá por eso sobreviviste. Te mantuvieron con vida primero, te encarcelaron por algún motivo, todo para llegar a este día, a esta hora, en que estás interpretando el canto de una Sibila. Nada sucede por casualidad, Marcus.

Me cuesta creer que el motivo por el que primero Eckhardt, luego Karel y finalmente Boaz me dejaron con vida, fuese el convertirme en un obstáculo para los planes de Lilith.

Nadie dice que seas un obstáculo. Sybilla dice que nada cambiarías.

Sí, pero también que sin mí nada cambiaría.

Así son las Sibilas de contradictorias, o quizá son nuestras mentes cortas de entendimiento que no alcanzan el saber.- se rió Nikos.

De repente, se oyó un estallido en el silencio de la noche. Ambos se sobresaltaron. Acostumbrado a reaccionar ante el peligro, Marcus se puso en pie, apretando el códice contra su pecho.

¡Provenía del exterior! – exclamó Nikos dando la vuelta.

Sí- farfulló Marcus- ha sido un disparo.

(…)

Tengo que verla de nuevo.

¡Qué terca era, por la Luz!

Ya le oíste.- respondió Kurtis con calma – No quiere intrusos en su morada. Hemos hecho bien en retirarnos.

¡Vamos, señor Trent, no me vas a decir ahora que una brujita que no te llega al cinturón te asusta!

Se volvió hacia Lara, que le miraba expectante.

Ella no me asusta. Me asusta lo que podría ser capaz de hacer, y las fuerzas que están con ella y le amparan.

¿Has visto algo, verdad? ¿Crees que es cierto lo que nos ha contado?

Kurtis no respondió. Lara soltó un suspiro de exasperación.

De verdad, a veces no te entiendo.

Yo soy un hombre muy fácil de entender, Lara. Sencillamente, no juego con fuego, porque sé que voy a quemarme. Tú, aunque te quemes, sigues jugando con él.

Dando por zanjada la discusión, alzó la lona y salió de la tienda. Lara torció la boca. No era nada fácil lidiar con Kurtis cuando olía el peligro. Sin duda se trataba de un sentido de supervivencia desarrollado a fuerza de golpes, pero para Lara, si no se arriesgaba de vez en cuando, no se llegaba a ninguna parte.

¿Puedo pasar?

Era la voz de William.

Pasa.- dijo Lara, secándose el sudor de la frente.

El rubicundo arqueólogo la observaba ceñudo. Lara notaba que algo iba mal con él. Siempre había sido un buen compañero, pero ahora parecía tenerle desconfianza. Sin duda la conversación iba a versar sobre ello.

¿Qué hacemos aquí? – expresó con un gesto de desaliento – Por un momento albergué la esperanza de que podríamos reabrir la excavación y recuperar esta joya para el conocimiento. Pero ahora viene Wilbur y me dice que cuanto has hecho es colarte por un agujero y visitar a una supuesta bruja que vive bajo el templo. ¡Vamos, Lara! ¿Qué diablos está pasando?

Ella sonrió pacientemente.

Sé que es algo complejo, pero no te he mentido, William. Estamos buscando una entrada que pueda conducirnos a...

¡Demonios, Lara! ¡Te estás volviendo lunática! Dime, la verdad, ¿qué estáis tramando tú y ese amante tuyo? ¿O crees que no me he dado cuenta de que todas las noches le recibes en tu cama?

Lara se irguió como impulsada por un resorte.

¿Y a ti qué te importa, eh? ¡Cuando quiera a alguien que me investigue la vida recurriré a los paparazzis británicos!

Te advierto que no he venido para observar cómo te revuelcas con ese quien sea mientras te dedicas a...

Así que era eso. Lara no podía creerlo.

¡Sólo estás celoso! – susurró, sorprendida.

Aquella frase cortó en seco la verborrea de William, quien le lanzó una mirada de rencor. Pretendía disfrazarlo de algo que no era, pero se trataba de eso. Después de tanto tiempo...

William, creí que te había quedado claro...

¡Oh, pero si me quedó muy claro! La perfecta señorita Croft me rechazó muy regiamente después de que este pobre hijo de obreros se viera alentado por las falsas esperanzas de...

¡Yo no te di falsas esperanzas, William!

¡Oh, claro que no! Sólo te dedicas a tontear con todo bicho viviente, y cuando algún pobre desgraciado cree que puede aspirar a algo más que a tus miradas de reojo y tus interminables valses, le aplastas con tu tacón. ¡Como me aplastaste a mí! ¿También estás jugando con él, perra?

Aquello era surrealista. Pero debía cortar por lo sano.

Déjate de tonterías, William. Debió quedarte claro en su día que no me interesabas. Yo no juego con hombres que no me interesan. Tengo mis propias preocupaciones.

¡Venga ya! ¿Y de verdad crees que iba a olvidarlo tan fácilmente, como se te olvidó a ti? Claro, un pobre americano no está a la altura de una duquesa de Saint Bridget, y mucho menos de la perfecta Lara Croft.

Fuera de aquí.- masculló Lara, enrojeciendo. ¿Cómo se atrevía a llamarla por su título, aquél que tanto odiaba, pero que era necesario?

Pero William aún no había terminado.

Dime, ¿cómo se tomará la altísima y castísima aristocracia británica el que la hija de Lord Croft, esa rebelde bala perdida, se haya quedado preñada y soltera de un mercenario de vida oscura? ¡Será realmente apasionante!

Lara le miró boquiabierta. Se proponía hacerle daño en serio. Era perfectamente capaz de hacerlo.

¡Vamos, Lara! ¿De verdad crees que no lo había notado? No soy el maricón de mi hermano, que no se fija en una mujer más de lo que se fijaría en una mosca. ¡Pero yo no soy estúpido! ¿Por cuánto tiempo podrás ocultarlo, eh?

Ya era suficiente. Saltó del asiento y se plantó ante William, acercando tanto la cara a su rostro que éste retrocedió, sobresaltado.

Vete al infierno.- masculló. Y pasó a su lado, abandonando la tienda.

(…)

Kurtis hundió la mano en el barreño de agua y se refrescó el rostro. Atardecía y la temperatura ya iba refrescando, pero hasta un buen rato la piel le seguiría ardiendo. Tanto más cuando él siempre tenía el cuerpo a una temperatura superior a la del resto de los humanos, como si tuviera algo de fiebre. Lara se había mostrado preocupada al principio, hasta que él le había asegurado, riendo, que eso era propio de los Lux Veritatis, aunque ignoraba por qué. Probablemente fuera, como habían asegurado los sabios del Consejo, algo relacionado con el flujo del Don.

Fijó su vista en el horizonte. El templo de Astarté (o de Lilith, si había que referirse a la teoría de Lara) era, junto al pequeño campamento que habían montado, la única estructura que se veía en varios kilómetros a la redonda. Pero incluso a tanta distancia Kurtis creyó distinguir dos formas que venían andando por la carretera.

¿Puedo hablar contigo?

Se giró tan bruscamente que Maddalena soltó un grito y retrocedió.

Perdona, no quería asustarte.

No te preocupes.- sonrió ella, y le miró lánguidamente con aquellos ojos dorados.

Si al menos ella dejara de mirarle así. Como una persona sedienta mira un manantial de agua fresca recién encontrado. ¿Persona sedienta? Maddalena parecía a punto de morir de deshidratación, y él no debía parecerle un manantial, sino todo un lago. Le miraba como si quisiera bebérselo entero.

¿Qué querías decirme?

Pero ella alargó una mano y le tocó el brazo.

¡Estás ardiendo! – murmuró sobresaltada – Te has puesto enfermo.

¿Era preocupación real por su persona o la encantadora estratagema de una seductora nata? Probablemente ambas cosas, pensó él con desaliento. Le resultaba imposible rechazar tajantemente a quien le era tan leal y amable.

Es normal, no te preocupes.- respondió, no queriendo entrar en más detalles.

Ella no pareció muy convencida, pero retiró la mano.

Estoy preocupada. Creo que vamos a tener problemas muy pronto.

¿Problemas?

Creo que William desconfía de nosotros. Se ha pasado todo el rato acosándome con preguntas y ha acabado frenético. No he querido decirle nada aunque no ha parado de perseguirme.

Has hecho bien, Giulia.

Parecía sobretodo interesarle tu relación con Lara.- se iba retorciendo un bucle pelirrojo mientras hablaba. Era evidente que le resultaba penoso mencionarlo – Creo que sólo nos va a perjudicar. No debimos haber recurrido a ellos, y será mejor que nos deshagamos de ellos antes de que nos den auténticos problemas.

Cosa curiosa, Kurtis estaba totalmente de acuerdo con aquello. Pero había sido idea de Lara y cuando ella insistía en algo era imposible torcer su voluntad. Hasta Maddalena, de quien Lara pensaba que no era más que una ramera pegajosa, era lo bastante inteligente para haber captado aquello.

Tienes razón. Lo cierto es que he tratado de hablarlo con ella pero es muy cabezota. Aunque me siento más intranquilo con la Sybilla.

La pelirroja le escuchaba con total interés. ¿Cuántas veces Lara le había escuchado de ese modo, le había pedido la opinión, había valorado lo que él pensaba? No demasiadas, la verdad. Su personalidad era tan fuerte y arrolladora que incluso arrollaba con él mismo, que en ningún caso era un hombre débil. Pero allí estaba, confiándose a una desconocida que se había enamorado perdidamente de él y que le escuchaba con total adoración. Quizá fuera la diferencia entre su amor y el de Lara.

Luego pensó que aquello no iba a traer más que complicaciones. Dedició dejar la conversación ahí, de modo que se disculpó y dio media vuelta. Ella, ofendida, se dispuso a decir algo, pero entonces enmudeció al ver dos formas acercarse por la carretera.

Kurtis sonrió, aunque parecía sorprendido.

¿Qué hacéis aquí?

La silueta de Marie Cornel, alta y nervuda, era inconfundible. A su lado, la esbelta Radha sonreía tímidamente.

¡No tienes idea de qué viaje nos hemos dado! En día y medio, de Rumanía a Siria. Y luego hemos tenido que caminar desde Damasco.

En eso reconozco perfectamente a mi madre.- se burló Kurtis, abrazándola.

¡Uf! – la mujer se echó atrás - ¡Se me había olvidado que a veces eres un horno! Quita, me vas a prender fuego como a una antorcha. Hola, Giulia – dijo cortésmente, inclinando la cabeza en dirección a la pelirroja.

Ella devolvió el saludo, cautelosa. Aquella mujer inteligente debía estar al tanto de que era una tercera que sobraba, pero aún así no daba muestras de saberlo.

¿Por qué habéis venido? – preguntó entonces Kurtis – Ahora mismo las cosas están un poco en calma, pero eso no significa...

¿No os ha llamado Marcus? – le cortó Marie, sobresaltada.

¿Marcus? No. Pero de todos modos, llevamos varios días incomunicados. El sitio no es idóneo.

Ella sacudió la cabeza y se cubrió el rostro con las manos.

¿Qué ha sucedido?

Hubiera querido evitarlo, pero la clarividencia acudió a él por puro instinto. Le asaltaron imágenes veloces que se sucedían una detrás de otra.

Un gancho ensangrentado. El pasillo de un hospital. Una navaja suiza tirada en el suelo. Sangre en la alfombra. Los intestinos le asomaban por la herida. Carne desgarrada. El cráneo le ha reventado con el golpe. ¡Gritos de dolor! No respira, no respira. Si no respira sola no despertará. Pobre hombre, sólo quería defenderse. La colgaron como si fuera carne de vacuno. Le han esparcido los sesos por el suelo. Ahora duerme bajo tierra. Ella tiene tubos en la garganta. No respira sola. Zip llora. Venganza. Carne inocente. Carne que clama. Gritan. Venganza. Venganza. Ellos han pagado por ti. Ha muerto por ti. Agoniza por ti. Ese odio va por ti, pero lo han sufrido ellos.

La sangre se le agolpó en el cerebro. La presión aumentó en sus sienes. Iba a estallarle la cabeza. Lanzó un grito horrible.

¡Kurtis!

Había sucedido otra vez. El sueño de Lara. Selma gritaba, pero no tenía voz. Selma... Ivanoff... Selma... Ivanoff... el dolor era insoportable. Una luz roja le cegó los ojos. La boca le sabía a sangre. La piel le iba a estallar en llamas.

¡Kurtis, respira!

¿Por qué? Él ya no respira, ella no puede hacerlo sola. ¿Crees que tienes derecho a respirar, a vivir, cuando ellos ya no pueden? Qué estúpido has sido. Querías salvarles, protegerles, pero estás tan maldito que la maldición lo mismo va contigo que se queda para destrozar a los inocentes que creías amar. Era más fácil morir, dejar que se extinguiera contigo. Lo intentaste, pero eres demasiado fuerte, incluso para ellos. De modo que ellos morirán por ti, hasta que quedes solo, hasta que no quede nadie que ames, y sólo entonces sucumbirás... serás suyo...

La cabeza le estalló en un fuego líquido, y después vino la nada.

(…)

Tranquilos, ya despierta.

Las punzadas no remitían. Eran como martillos que le aplastaran la cabeza, como clavos que le hundían en las sienes. Un líquido caliente le subió por la garganta y lo escupió en un intento de poder respirar.

Las imágenes eran borrosas, pero distinguió a Lara y a Marie junto a él. Por detrás, Maddalena y Radha observaban asustadas la escena. No se veía a los gemelos por ningún lado.

¿Es esto normal? – oyó que decía Lara. Parecía muy preocupada.

Hasta cierto punto sí. La clarividencia es una capacidad muy difícil de controlar, y debió asaltarle con la guardia bajada. Podría haber muerto, pero por suerte ha vomitado la sangre que estaba haciendo presión en...

¿Podría haber muerto? – cortó Lara, mirando a Marie horrorizada. Ella sonrió.

Estas cosas son así, Lara. El Don es un poder que se paga con la mente y con el cuerpo. No te preocupes. Está muy familiarizado con la muerte. Todos lo estábamos.- agregó con voz siniestra.

Madre, deja de asustarla.- gorgoteó Kurtis, tratando de incorporarse. Dos pares de manos se apoyaron en su pecho y le forzaron a acostarse.

¡Estáte quieto! –chilló Marie – Y ahora, ¡todas fuera! ¡Esto no es un espectáculo!

Aquello significaba que tanto Maddalena como Radha debían abandonar la tienda, pero tras hacerlas salir, ella misma las imitó y le dejó con Lara. Estaba seguro de que ella también se había asegurado de que los gemelos no vieran aquello.

Me has dado un susto de muerte.- comentó Lara, pasándole un pañuelo por la boca. Observó cómo la tela se enrojecía.

No me esperaba esto.- comentó él – Lo siento, debo de haber dado un lamentable espectáculo.

No te preocupes. Le he dicho a los gemelos que eres epiléptico y ya está.- al ver la mirada resentida de Kurtis, se echó a reír - ¡Vamos! ¿Qué otra cosa esperabas que dijera?

No, es cierto. Muy inteligente por tu parte. – se incorporó a duras penas y reclinó los hombros en la almohada que Lara le recolocaba. La miró con ternura – Estás apañada, amor, con dos niños encima.

Lara volvió a reír.

Me las arreglaré. Soy buena improvisando.

Al observarla, notó que parecía preocupada por algo, pero no exhibía la amargura evidente que le hubiera provocado la triste noticia. Frunció el ceño.

¿No te ha dicho mi madre qué me ha pasado?

Ha sido una visión que has tenido. El Don ha ejercido demasiada presión sobre ti y lo ha hecho cuando tenías las defensas bajadas.

¿Pero no te ha dicho qué he visto?

Bueno, ¿cómo iba ella a saberlo?

Kurtis soltó una maldición.

Ella lo sabía ya. Y yo he sido tan estúpido al concentrarme en otras cosas que pude haberlo visto antes y no ha sido hasta ahora. ¡Ahora! – cerró los puños y hundió la frente en ellos, frustrado - ¡Ahora, que no puedo hacer nada por ellos!

¿Por quién? – saltó Lara, alarmada.

No tenía sentido ocultárselo por más tiempo.

Ivanoff ha muerto y Selma está en coma desde poco después que abandonáramos Rumanía.

¿Qué? – gritó Lara, aturdida.

Kurtis cerró los ojos.

No habían pasado ni dos días. Esa diablesa de Giselle Boaz llegó con sus matones a Brasov. Venía siguiéndonos la pista y al no encontrarnos cebó su malsano odio con ellos. Mandó atrapar a Selma y colgarla y destriparla con un gancho – trató de ignorar el jadeo entrecortado de Lara – Casi murió, pero la salvaron en el hospital, aunque se ha quedado sumida en un coma vegetativo. Y luego, no contentos con ello, atacaron a Vlad y le reventaron la cabeza de un golpe, prendieron fuego al despacho, a todos los documentos y destruyeron el ordenador de Zip.

Hubiera querido estar en cualquier otro lugar. Sabía aquello como si hubiera estado allí, ¡pero había llegado demasiado tarde!

Abrió los ojos. Lara estaba conmocionada. Se llevó las manos a la boca y se dobló, como si le hubieran dado un golpe.

¡Nos fuimos para salvarles!

Nos equivocamos, Lara. Me equivoqué yo. Este maldito don que me convierte en un ser tan único como miserable no me advirtió antes. Es como si tuviéramos la suerte en nuestra contra.

Pero ella no le escuchaba. Se abrazó y empezó a balancearse, atormentada. Ivanoff muerto. El pobre Ivanoff, tan débil, tan inofensivo...

Intentó defenderse con su ridícula navaja suiza.- agregó Kurtis amargamente.

¡Selma! La dulce, la encantadora Selma. Ella, que jamás había matado una mosca... colgada y destrozada... ¡y todo por su culpa!

¡El sueño, Kurtis! – gimió - ¡Ella gritaba y yo no podía oírla! ¿Eso es lo que trataba de decirme?

No lo sé, Lara. Ya no sé nada.

Ella se agarró la cabeza y se dobló todavía más. Selma... Vlad... Selma... Vlad...

Ahora ya sabes qué se siente.- suspiró Kurtis – Ahora entiendes plenamente por qué quise, en un principio, apartarte de mí. Por qué te dejé.

Lara alzó la vista y le miró. Se le llenaron los ojos de lágrimas involuntariamente, y ella, que era orgullosa como una diosa, rompió a llorar desconsoladamente.

Kurtis intentó abrazarla, pero ella se echó atrás y volvió a mirarle. Tenía una expresión terrible en los ojos enrojecidos.

Una vida por una vida. – siseó con los dientes apretados – Eso es lo que me dijo el Oráculo de los Ángeles, hace dos años, En aquel momento vendí a Karel por ti, salvé tu vida y le condené a él. Maté a un Nephilim. Puedo matar a quien quiera. Y me vengaré de todos, uno por uno. Todos pagarán lo que han hecho.

Sangre por sangre.- afirmó Kurtis, inspirando con fuerza - ¡Giselle Boaz morirá!

(…)

Se había acostumbrado.

Era todos los días lo mismo. Se levantaba, desayunaba y subía a esperar pacientemente. Permanecía mirándola durante horas a través del cristal, hasta que llegaba el doctor y le permitía pasar y estar un rato con ella.

Recordó que, tiempo atrás, estar más de un día desconectado de Internet le hubiera vuelto loco de ansiedad. Ahora nada de eso tenía sentido. Todo su mundo se había derrumbado y sus cenizas habían sido barridas por la certeza de que Selma nunca despertaría.

Con todo, se había acostumbrado a vivir así. Incluso estaba olvidando ya cómo había sonado su voz, cuando reía, cuando hablaba, cómo se había movido y respirado. Todo recuerdo se desvanecía ante la visión de aquella blanca forma inmóvil.

Una vibración captó su atención. Alzó la vista. El pecho de Selma se había estremecido bajo el camisón. Saltó de la silla y se acercó a ella. Pero de nuevo se había quedado exangüe. Volvió a su silla, inquieto.

Hacía tiempo que el doctor le había propuesto desconectarla. Las sesiones de desconexión no habían funcionado. Selma no respiraba, y su manutención costaba cara. No parecía que saliera jamás de su estado vegetativo. ¿No era mejor liberarla, dejarla descansar? ¿Le hubiera gustado a ella que la mantuvieran con vida?

¡No!, había gritado él. ¡No! Pero, ¿qué muerte quería en realidad evitar, la de Selma o la suya propia? Porque cuando Selma muriera, él subiría a las almenas de Bran y se arrojaría al vacío. Ya no quedaría nada.

La muerte de los dos, mi princesa. La de los dos.

El tejido volvió a vibrar. Zip saltó de nuevo.

¡Enfermera! ¡Enfermera!

Al poco rato, el doctor estaba allí.

¡La he visto moverse! ¡Se lo juro! ¡Se ha movido!

El médico, ceñudo, se inclinó sobre ella, y al punto lanzó una exclamación de asombro. Luego se echó a reír.

¡Enfemera! – gritó - ¡Ya podemos desconectarla definitivamente!

Zip no podía creer lo que estaba oyendo.

¿Se ha vuelto loco, maldito matasanos?

El médico se volvió a mirarle y sonrió.

Pero, ¡bobo! ¿No lo has visto? ¡Está respirando sola!

(…)

Tan terrible había sido la revelación, y tan fuerte el deseo de vengarse, que olvidó comentarle a Kurtis la discusión con William. De todos modos algo tan terrible como el asesinato de Ivanoff y el triste estado de Selma convertía en insignificante aquel detalle.

Aquella noche, Lara, sola en su cama, bullía de rabia. Kurtis había salido a hacer la guardia de noche y ella no podía dormir. Sentía unos deseos terribles de meter a Giselle una pistola en la boca y disparar. Sentía deseos de destrozar la bonita cara de Betsabé de un balazo. Sentía tantas ansias de matar que se ahogaba en su sed de sangre.

Ah, ya lo creía, que pagarían. Pena por pena, lo pagarían. Aquello la convenció más que nunca de llevar a cabo su plan de embaucar a Betsabé. Pero antes debía consultar con alguien...

Un sonido la sacó de sus pensamientos en ebullición. Había alguien rondando por fuera. Distinguió una sombra. Bueno, sería Kurtis. No estaría mal que volviera, quizá le ayudara a dormir...

La lona de la tela se alzó bruscamente y una sombra oscura se abatió sobre ella. Lara trató de incorporarse pero un peso tremendo cayó sobre ella. Trató de gritar, pero una enorme manaza le obstruyó la boca. El peso era asfixiante y le aplastaba el vientre. Se retorció, pero aquella mole la cubría por completo.

La piel de su atacante, un hombre sin duda, estaba fría como el hielo, y despedía un fétido aliento repugnante. Oyó unos jadeos como estertores animales, y entonces notó la dureza de su miembro erecto contra el vientre estrangulado.

Se retorció como una anguila, pero no logró soltarse, y eso que era una mujer muy fuerte. La manaza siguió atenazándole la boca, y de repente, su atacante alzó la otra mano y descargó un puñetazo tremendo contra su cara. El pómulo le estalló de dolor.

Volvió a resistirse, furiosa, y de repente volvió de nuevo a golpearla, una, dos, tres veces, hasta que notó la cara arderle de dolor y sangrarle los labios. Se dejó caer, aturdida. En otras circunstancias habría podido zafarse de su atacante, pero no en un espacio tan reducido, ni estando él aplastándola con todo su peso.

Aspiró aire para gritar, pero de nuevo un puñetazo le cortó en seco el aliento. Se derrumbó, vencida, y su atacante se irguió atenazándole las caderas con sus fuertes rodillas. La agarró por el cuello para asegurarse de que no volvería a intentar gritar y con la otra mano agarró el escote del camisón y los desgarró, rompiendo la tela hacia abajo. Luego, aquella mano brutal empezó a manosearle los senos y el vientre.

¡No podía creerlo! Después de tanto camino recorrido, tantos riesgos y extremos peligros, después de haber arriesgado la vida una y mil veces, ¡un hombre estaba a punto de violarla en su propia cama!

¿Quién era? No podía verle en la oscuridad. Estaba claro que Kurtis no podía ser. Jamás habría alzado la mano contra ella, y aunque era ciertamente agresivo en ocasiones a la hora de hacer el amor (cosa que, por otro lado, a ella le gustaba) nunca hubiera sido capaz de forzarla en contra de su voluntad, ni siquiera borracho, y aún no le había visto borracho desde que le conocía. Por lo tanto, sólo podía ser William.

Sintió asco y rabia. ¿Cómo era capaz de aquello? No esperaba que la respetara por estar embarazada, pero ella misma se enfureció de haber sido pillada con la guardia bajada.

Entonces, su atacante alzó la pierna y descargó el peso de su rodilla entre sus dos muslos apretados, tratando de separárselos. Lara se resistió con toda su alma, y de nuevo le llovieron golpes sobre la cara, y uno cayó sobre su estómago y la hizo doblarse de dolor.

¿Y si se sometía? Podía abrir las piernas y dejar que se desahogara, así todo acabaría antes y no volvería a golpearla. Pero la sola idea de verse poseída en contra de su voluntad la hizo temblar de asco. Putai había tenido razón. Ella no era mujer que pudiera soportar una violación. Nadie la había forzado nunca, y quien había intentado hacerlo lo había pagado con su vida. Pero ahora estaba indefensa. Sin embargo, cabía la posibilidad de que una vez saciado, intentara matarla. Pero si seguía resistiéndose la mataría a golpes.

Y entonces supo lo que tenía que hacer. Aflojó la presión y su atacante pudo al fin abrirle las piernas. Empezó a sollozar para hacerle creer que la había vencido, y se sorprendió al notar que eso la aliviaba, tal era el dolor que sentía. Las lágrimas le cayeron sobre los cortes de la cara y le escocieron. Notó que estaba sangrando por boca y nariz, pero no se atrevió a moverse.

El hombre mordió el cebo. La soltó y se irguió para desabrocharse el pantalón. Con un movimiento imperceptible, Lara deslizó el brazo bajo la almohada y tanteó, rezando para que su machete estuviese allí. ¡Lo estaba! Asió el mango y lo extrajo suavemente de la vaina. Podía herirse, pero cualquier cosa le parecía mejor que soportar la terrible humillación que le esperaba.

Su atacante se tendió encima de ella, mientras seguía recorriendo su cuerpo con sus asquerosas manos. Lara, queriendo dar a entender que ya no pensaba resistirse, alzó las piernas y ajustó las rodillas a las caderas del hombre. En la oscuridad, alzó los brazos sujetando con ambas manos la empuñadura. Le temblaban, pero el otro, concentrarle en manosearle y morderle los pechos, no se dio cuenta. Lara trató de contener las náuseas.

La punta del machete apuntaba hacia su espalda. Lara tenía que calcular muy bien dónde hundir. En la oscuridad resultaba difícil orientarse. Además, podía herirse a sí misma si le atravesaba con la hoja, pero estaba dispuesta a arriesgarse.

De pronto, notó que él ajustaba su posición y la agarraba por los hombros. Se disponía a penetrarla, de modo que era ahora o nunca. Haciendo una profunda inspiración, bajó las manos y hundió la hoja en la espalda arqueada del otro. La hundió hasta la empuñadura, decidida a acabar con él.

El otro se quedó quieto. Por un momento, Lara temió no haber acertado, pero entonces le oyó chillar de un modo inhumano. Se irguió convulsamente y le oyó retorcerse.

Lara no había fallado. Le había hundido la hoja en un punto importante. La herida era letal.

Seguía chillando. Lara notó que una lluvia de líquido caliente (sangre) le salpicaba el cuerpo desnudo. Intento incorporarse pero notó las manos de su atacante agarrarla por el cuello.

Entonces, la lona de la tienda se alzó y oyó un grito de rabia. Una sombra oscura cruzó la tienda en una zancada y a contraluz distinguió la silueta de Kurtis. Éste descargó una tremenda patada en la mandíbula del atacante. Le dio con tanta fuerza que lo arrancó de donde estaba y lo arrojó al suelo. No le dio tiempo a moverse. Kurtis se arrojó sobre él y les oyó forcejear, oyó un sonido metálico, y al instante sus chillidos cesaron.

Alguien entró portando un farolillo. Lara se contrajo cubriendo su desnudez, pero sólo era Marie. La mujer india la estaba mirando horrorizada.

¡Santo cielo!

Su cara debía tener un aspecto horrible. Kurtis fue junto a ella.

¿Le has matado? – balbuceó Lara con la boca llena de sangre.

No.- respondió Kurtis, con la voz tensa – Le has matado tú. Yo sólo le he rematado.

Por la expresión de su cara, Lara supo que se culpaba de no haber estado junto a ella para defenderla.

No tiene nada roto.- dictaminó Marie – Le curaremos los golpes. Deja que te toque el vientre.

Pero Lara apartó sus manos y miró a Kurtis:

¿Quién es? ¿Quién?

Kurtis le rodeó la cintura y la ayudó a levantarse. Fueron hasta el cadáver, y entonces Kurtis le dio una patada para volverlo boca arriba.

No se había equivocado. Era uno de los gemelos. Pero no el que había esperado.

Pese a su gran similitud, conocía aquella medalla que sólo uno de los dos llevaba siempre. Una medalla ensangrentada.

Se contrajo y lanzó un grito de dolor. Porque no era William.

Era Wilbur.

(…)

¡Asesina!

William tenía las venas de las sienes hinchadas y los ojos inyectados en sangre. Miraba a Lara con un odio que ella hacía mucho que no veía en ojos de un rival.

¡Asesina! – repitió - ¡Le has matado!

Era una lamentable escena. Lara y Kurtis frente a él, que tenía el cadáver de su hermano sobre una mesa al lado, y Maddalena, Radha y Marie observando en silencio.

Le maté en defensa propia.- arguyó Lara – Intentó violarme.

No vio a Maddalena estremecerse al oír aquello, porque sus ojos estaban fijos en William, quien de repente pareció ahogarse.

¿Qué intentó violarte? – berreó - ¿Que mi hermano intentó violarte? ¿De verdad te crees que soy estúpido, maldita zorra?

Dio un paso adelante. Lara notó que Kurtis se tensaba. Debía llevar un buen rato tratando de contenerse para no arrojarse sobre William y emprenderla a golpes con él. Le tocó imperceptiblemente la muñeca, pese casi estaba deseando que le hiciera callar. Sorprendemente, Kurtis intervino:

La homosexualidad de tu hermano no es óbice para que intentara agredirla. No tiene que ver una cosa con otra. He estado en la Legión, y allí a los soldados les daba igual niño que niña, te lo aseguro.

¡Vaya, entonces es probable que hayas sido el que intentara violarla!

Marie se irguió resuelta, y rodeando a Radha por el hombro, se la llevó de allí. Era obvio que consideraba que aquella conversación no era adecuada para los oídos de la muchacha, pese a que probablemente Radha no entendía de la misa la mitad y era bastante más madura de lo que creían.

Eso es absurdo, William, y lo sabes.- repuso Lara, agotada – Yo misma estoy horrorizada de lo que ha sucedido, pero jamás habría sospechado de que se tratara de Wilbur. Además de violarme, podría haberme matado. Tenía que defenderme.

Pero era evidente que no le creía. Al fin y al cabo, ¿qué podía reprocharle? ¡Ni ella misma creía lo que acababa de suceder!

Kurtis, más práctico, resolvió:

Imagino que querrás llevarte el cuerpo de tu hermano de vuelta a Estados Unidos.

William escupió a sus pies.

¡Tú también tienes cosas de qué responder! – miró alternativamente a uno y a otro - ¡Os denunciaré! ¡A los dos! ¡Os denunciaré por asesinato y acabaréis entre rejas!

Vámonos.- espetó Lara, dando media vuelta y saliendo de la tienda. Maddalena le siguió. Pero Kurtis se quedó mirando fijamente a William. Éste le sostuvo la mirada durante unos instantes, luego la desvió y regresó para sentarse junto al cadáver, cubierto por una sábana, de su hermano.

Kurtis no había terminado. Se acercó hasta el cadáver y cogió la mano que sobresalía bajo la sábana.

Mira esto, William.

Él giró ostensiblemente la cabeza y frunció el ceño. Bajo las uñas de su hermano había trozos pequeños de piel arrancada.

Es de Lara.- Kurtis inspiró profundamente – Tu hermano la agarró por el cuello y le arañó el pecho. ¿Vas a seguir negando que fue él quien la atacó?

Los labios de William temblaron. Se estaba viniendo abajo.

Mi hermano – jadeó – era un ser cariñoso y tolerante. En su toda vida no hizo daño a nada ni a nadie, ni siquiera pisó una hormiga. Sólo hizo bien a los que le rodeaban. Resulta inconcebible que le atacara, y menos por un motivo sexual.

A Kurtis también le costaba creerlo, pues a todas luces Wilbur había resultado ser inofensivo. Pero estaba demasiado furioso como para andarse con finezas con aquel hombre que había perdido a su hermano. Lara había resultado herida y podrían haberla matado. Tampoco había podido impedir la muerte de Ivanoff ni el estado de Selma. Se sentía furioso e impotente, y por primera vez, se vio hablando con aquel Dios en el que no creía.

¿Para qué se me dio un Don si no me sirve para proteger a nadie?

(…)

Lara soportó, sin la menor queja, que Marie le tocara y examinara el rostro, y eso que debía dolerle horrores. Maddalena estaba horrorizada. El puño de Wilbur le había golpeado con tanta saña que los nudillos habían llegado a cortarle la piel, abriendo surcos sanguinolentos. Apenas lograba respirar por la nariz, que estaba hinchada y llena de sangre seca, y sólo por un milagro no se la había roto. La cara entera estaba tumefacta y había adquirido un colo amoratado horrible, por no hablar de un ojo que ya tenía cerrado a causa de la hinchazón. Los labios no estaban menos hinchados, y los tenía recubiertos de costras. Increíble, también, que no le hubiera roto ningún diente.

Has tenido mucha suerte.- dictaminó de nuevo Marie, poniendo al mal tiempo buena cara, y le extendió una pomada por los golpes.

Maddalena se sorprendió de la docilidad de Lara para con Marie, pero luego recordó algo así como que anteriormente la mujer le había salvado la vida en aquel disparo que había efectuado Monteleone, así que no era raro que se mostrara, como mínimo, agradecida.

Recordó en ese instante a Monteleone, el hombre que la había querido por un tiempo y mantenido hasta que huyó de su lado. Se preguntó cómo estaría, si la habría mandado a buscar, si la echaría de menos.

Aún no sabía que estaba muerto.

Bien, ya está.- determinó Marie.

Pásame un espejo.- indicó Lara a Maddalena. Sabía que la prostituta siempre llevaba artículos de belleza consigo, por costumbre.

Lara, tienes un aspecto realmente horrible.- repuso Marie – No necesitas mirarte para...

Pero Maddalena ya le había alcanzado su redondo espejo de bolsillo. Por algún motivo esperaba que Lara se mirara cuanto antes. Ella se acercó el espejo a la cara y se contempló minuciosamente. No hizo el menor gesto y evaluó detenidamente los daños. Jamás había visto a una mujer tan sorprendente. Luego suspiró y tendió de nuevo el espejo a la pelirroja.

Bien, con esta cara, espero que tu hijo no me confunda por las noches con un demonio.- dijo con sorna a Marie, que no pudo evitar reírse ante el comentario.

Vamos, Radha – indicó a la mujer india a la muchacha. Ésta, sin embargo, se agarró al brazo de Lara y dijo:

Por favor, Marie déjeme quedarme con ella.

Lara está muy agotada, Radha, lo mejor es que...

Déjala, Marie.- sonrió Lara a través de los labios cuarteados – Ya la enviaré yo luego a tu tienda.

Marie asintió y se marchó. Maddalena se levantó para irse, pero de repente, se volvió hacia Lara. Ésta la miró atónita.

Tenía los ojos llenos de lágrimas. Parpadeó para despejarlos y dijo lo que no hubiera querido decirle nunca:

Te envidio, Lara. Ojalá fuera tan fuerte como tú. – titubeó y luego añadió rápidamente – Cuando los hombres me han hecho algo así, jamás he tenido valor para resistirme.

Luego dio media vuelta y salió apresuradamente, sin dar tiempo a Lara a decir nada, avergonzada de haber mostrado debilidad a la que consideraba su rival.

Lara se quedó un momento en silencio, sorprendida. Pero entonces notó que Radha la miraba.

Ella sabe de qué habla, bahanji. Aquel hombre malvado que vino a la Isla, con los demás mercenarios, la violó allí mismo.

Lara le miró estupefacta, arqueando las cejas.

¿Te refieres a Sciarra? ¿Tú viste cómo la violaba?

Radha hizo un aspaviento con la mano.

No sé si se llamaba así. Pero sí, lo vi. La violó y por eso yo lo maté.

La exploradora dio un respingo y entonces se llevó la mano a la mejilla con un gesto de dolor.

¿Qué tú...?

¿Radha, matar a alguien? ¿La dulce e inofensiva Radha, de ojos grandes y tiernos y sonrisa cándida? ¿Matar a alguien?

¿Mataste a Sciarra?

La hazaña era tanto más increíble cuanto se trataba de aquel monstruo sin escrúpulos. ¡Ella, una muchacha de quince años, le había matado!

Le maté porque odio que los hombres hagan eso a las mujeres.- frunció el ceño – Y porque a mí me lo hizo un hombre, hace mucho tiempo. Juré a Durga que si me volvían a hacer eso, o veía hacérselo a otra desgraciada como yo, mataría o moriría. Y no se rompe un juramento hecho a Durga.

Pese a lo deficiente de su expresión, Lara estaba impresionada y conmocionada. ¡Jamás habría visto algo así en Radha! ¡Jamás!

Creí que Kurtis te salvó de ser violada por los soldados.- balbuceó.

Y lo hizo, bahanji. Pero más tarde fui entregada a otro hombre... así es siempre. Yo también te admiro. Ella tiene razón. Eres fuerte y valiente.

¿Que Radha la admiraba a ella? ¡Dios, había matado a Sciarra! Eso lo cambiaba todo. ¡Radha no era una niñita apocada e indefensa!

No me he ocupado de ti como debía.- murmuró, confundida.

Ella se limitó a sonreír. Tan cándidamente.

Estoy bien. La señora Marie es buena conmigo y cuida de mí.

Pues si ello es así, no necesitas a nadie que te cuide, asombrosa criatura.

Radha... – murmuró entonces Lara – No creo que pueda siquiera dormir por esta noche. ¿Querrías contarme tu historia?

¿Mi historia? – la muchacha parpadeó.

Sí. No la de tu niñez antes de que llegase la Legión. Lo que te ocurrió después, hasta que te encontraste conmigo. ¿Querrías contármelo?

Radha arrugó la nariz.

Es una historia muy fea.

Como puedes ver – dijo Lara acariciándose la mejilla tumefacta – estoy más que habituada a la fealdad de este mundo.

La muchacha asintió y sonrió, y entonces comenzó su relato.

(…)

¡Makarios! – gritó Nikos, saliendo al pasillo - ¿Qué ocurre?

El anciano monje que solía hacer la guardia de noche venía hacia ellos. Tenía el rostro desencajado:

¡Patér! – gritó - ¡Avisa a los jóvenes, estamos siend..!

Detrás de él surgió una sombra negra que le agarró por el cuello. Nikos vio un destello metálico y al instante vio brotar un surtidor de sangre de la garganta abierta de Makarios. El anciano se desplomó en el suelo sin un quejido.

El hombre avanzó. Y tras él, otro. Y otro. Nikos estaba mirando de cara a la muerte.

Dio media vuelta y corrió pasillo abajo. La horda de hombres fue tras él, pero pronto alcanzó la puerta y la cerró. Marcus le observaba estupefacto.

¡Hermano! – gritó el abad - ¡Ayúdame a atrancarla!

Marcus empujó con sus débiles fuerzas el pesado escritorio contra la puerta. Oyeron amartillarse un arma y se arrojaron al suelo en el momento en que una ráfaga de metralla astillaba la madera de la puerta.

¡No tenemos salida! – gritó el Sanador.

Pero Nikos negó con la cabeza:

Aquí siempre hay una salida.- gateó por el suelo en dirección a una trampilla que Marcus no había visto antes - ¡Trae el códice!

La puerta había empezado a vibrar, asaltada por golpes constantes desde fuera. Se oían gritos, juramentos y correteos por el pasillo. ¡Estaban atacando el monasterio!

La trampilla conducía a una escalerilla de piedra que descendieron rápidamente.

¡Si nosotros podemos ir por aquí, ellos también!

¡Lo sé, pero debo advertir! ¡Debe sonar la campana! – jadeó el abad - ¿Quién atacaría este lugar santo lleno de hombres inocentes?

La Cábala – resopló Marcus tras él – Son los hombres de Giselle.

(…)

Kurtis salió a tomar el aire. Se había acercado a ver a Lara y la había encontrado conversando con Radha. No había querido molestarla, pero no pudo evitar que le hirviera la sangre al ver las heridas que tenía. Sentía mucha rabia. Lara sabía cuidar de sí misma pero no era invulnerable ni invencible. Y él debería haber acudido antes en su ayuda.

No le extrañó descubrir a Maddalena cerca de allí, junto a los rescoldos aún calientes de la hoguera. Se miraba en un espejito redondo y estaba retocándose el rouge de los labios.

Kurtis no pudo evitar sonreír. Resultaba gracioso ver a alguien pintándose los labios en pleno desierto. Pero debía ser una costumbre muy arraigada en ella.

Fue a sentarse enfrente de ella, que alzó los ojos y le miró.

Deberías dormir un poco.- murmuró la pelirroja – Ha sido un día duro y no has tenido momento de descanso.

Kurtis se preguntó si todas las mujeres llevaban una pequeña Marie Cornel dentro.

Para una vez que me he despistado, mira lo que ha pasado.- murmuró, cogiendo un palo y partiéndolo en dos – De todos modos hace años que no duermo demasiado.

Ella acabó de cerrar el pintalabios y guardó el espejo. Luego se lo quedó mirando.

Esa sacerdotisa sabe cosas.

¿Te refieres a la Sybilla?

Sí, bueno, a la profetisa. Si las profetisas lo saben todo, es probable que pueda ayudarnos, ¿no es cierto?

No parecía nada dispuesta a colaborar.

Entonces, ponle la pistola en la cara.

El hombre alzó la vista, pero Maddalena no parecía estar bromeando.

No suelo amenazar a quien no representa una amenaza para mí.

Pero por lo que has dicho, ni es niña ni es inofensiva. Creo que cuanto más esperemos, más cosas terribles nos sucederán. Debemos adelantarnos a los acontecimientos, de lo contrario los acontecimientos seguirán adelantándose a nosotros.

Se estremeció al notar los penetrantes ojos de Kurtis clavados en ellos. Por una mirada así ella hubiera dado su vida.

Imagino que todo eso te lo ha sugerido ella.

¿Cómo? – se aturdió Maddalena.

Ella, la que tienes en la cabeza. Son tan listos, ¿no? Cuando ellos hablan, todo parece tan fácil, ¿verdad?

La pelirroja enrojeció. Luego farfulló:

Te equivocas, yo...

Dos cosas. Pese a mis continuos e inminentes fracasos, soy clarividente y no soy estúpido. He visto que la Voz no te ha dejado en paz. Es imposible que los demonios se escondan de mí, lo mismo que imposible el que yo pueda esconderme de ellos.

Maddalena inspiró profundamente:

Ella me habla siempre, pero no me ha vuelto a hacer daño.

Con todo, su presencia es nociva. Es como una espía para un Mal superior que gravita sobre nosotros.

¡Te aseguro que esto que he dicho lo he dicho por mi cuenta! Ella no manipula mis pensamientos, ni me dice qué debo decir...

No. Sólo se limitan a susurrar ideas, consejos, proyectos, y son tan rematadamente inteligentes que todo parece más sencillo si te limitas a seguir sus órdenes. No puedo hacer más por ti, Giulia, pero por el bien de todos, te ruego que no prestes oído a esa cosa. Sólo quiere nuestra perdición, aparente lo que aparente.

Antes de que ella pudiera responder, llegó corriendo William, con el rostro desencajado. Llevaba tal expresión de pánico en el rostro que Kurtis se alzó enseguida:

¡Eh, tú! – gritó.

Me llamo Kurtis.

¡Kurtis! – estaba demasiado aterrado como para mostrarse pedante - ¡Ven, rápido! ¡Algo horrible le está sucediendo al cadáver de mi hermano!

(...)

En la oscuridad de su caverna, tenuemente iluminada por las luces danzantes y vagas que emitían los rescoldos de la hoguera, que no usaba para calentarse sino para cocer sustancias, la Sybilla alzó sus ojos ciegos al techo de roca, sintiendo de nuevo la presencia de la criatura.

Era un Golem.

Suspiró y volvió el rostro a la fluctuante calidez de las brasas. Un Golem era una estrategia burda para los Señores a los que servía, aun cuando usaran el alma de un hombre cruel en un cuerpo dócil y maleable. Se preguntó por qué andaban con tanta cautela. Sí, el Lux Veritatis era peligroso, pero ¿tanto? La profetisa había sondeado su aura, que brillaba resplandeciente en medio de la perpetua oscuridad en la que ella vivía, y no había visto más que un profundo vacío. ¿Y quién podía ver más allá que ella? Sí, era un hombre especial, y hubiera logrado ser infinitamente poderoso, con todo, ni entonces hubiera sido digno rival de los Señores. Un mortal nunca podía ser rival de inmortales. ¿Que había destruido al último Nephilim? Normal. Él, quien en vida se había hecho llamar Karel, se había corrompido a sí mismo en sus sueños de redención y recreación, hasta el punto de mezclarse con mortales y rebajarse a su nivel.

La Sybilla no se consideraba ya mortal. Miles de vidas mortales había hollado la Tierra y la criatura que era ahora estaba muy lejos de aquella muchacha pagana de la Antigüedad a quien El Más Oscuro Señor había bendecido con un don que hubiera hecho palidecer de envidia al mismo Apolo. Ella, que como la misma Cassandra hubiera entregado su virginidad y su vida por el don de la profecía, se había encontrado con un ser que estaba por encima de todos los dioses que ella conocía y que no le había pedido nada a cambio.

Ni siquiera recordaba su nombre, el que le dio la madre a quien nunca regresó. Sybilla Satanica. Sybilla Satanica. Hasta el fin de los tiempos.

Estaba muy cansada. A fin de cuentas, Samael sí le había pedido algo a cambio. Su cuerpo, su vida. Pero entonces había sido un precio muy flojo, ella que quería ser banquete de los dioses, que nada quería con los mortales. Ahora, desde hacía unas cien vidas, notaba el peso agobiante de su misión eterna, un peso que ya no podía resistir más.

Mi Señor Samael, ¿por qué no me llevas? – susurró, cansada – No puedo más. Necesito ser arrebatada por tus alas negras y llevada a tu seno ardiente. No resisto el peso del mundo.

Aferró los huesos que decoraban su cuello y musitó:

El Lux Veritatis no vale nada. Podría ser un buen ejemplar, pero odio y dolor le consumieron ya. No es más que una sombra vaga, ansiosa de sacrificio. No sobrevivirá a la Senda Amarga, sólo los fuertes pueden superarla, y su fuerza no es de esa clase. Su fuerza es sólo física. Con cada resplandor de su aura mortecina he visto que pide la muerte a gritos. Ha soportado torturas indignas de las que podría haberse librado fácilmente. Resulta realmente fascinante, pero no creo que sea tu objetivo, Mi Oscuro Señor, ni el de tu Sagrada Esposa.

"Pero, ¿quién, Mi Señor? ¿Acaso la mujer exploradora? Es hábil e inteligente, pero no es más que una mortal. Si destruyó a Tu Último Hijo, fue por debilidad de éste, como bien sabéis. No, ella también sucumbirá. La Senda Amarga significa enfrentarse a todo y a uno mismo, a los horrores de la Vorágine, pero también a los fantasmas interiores. Y ella no sobrevivirá a los suyos."

"Mi Señor, es la criatura que lleva en su seno, la que podría ser tu objetivo. Pues, ¿acaso no ordenó tu Sagrada Esposa a tu Hija Bendita que fuera sacrificada en honor a la sangre vertida de los inmortales? Apenas alcanzo a verle en la distancia, es apenas una sombra informe. ¿Puede acaso un mortal no nacido inquietarte a Ti, que lo puedes todo, que desafiaste al Creador? ¿Por qué no me respondes? Hace mucho que guardas silencio y tu sierva está ciega y perdida."

Suspiró de nuevo y se alzó de su trono con un repiqueteo de huesos y conchas pequeños.

¿Por qué un Golem, Mi Señor? El Lux Veritatis le vencerá con facilidad, es lo bastante fuerte aún para ello. ¿Qué pretendes, oh Samael? ¿Qué pretende tu Hija Bendita? ¿A qué extraño destino la ha enviado tu Sagrada Esposa?

(…)

¡A mi muerte, oh Madre! ¡A mi muerte!

El vacío aéreo engulló su grito. El viento tormentoso sacudió su cabellera negra, que azotó su rostro, hombros y espalda desnuda. La lluvia inclemente acuchillaba su cuerpo semidesnudo, del que pendían trozos de su vestido desgarrado. La capa había caído mucho camino atrás, y se había quedado enganchada en un farallón rocoso, el mismo que señalaba su ascenso nocturno interminable, en forma de sendero marcado por pequeños pies en la nieve.

Sola en la cima de la montaña, Betsabé gritó a la noche y a la tormenta. Ningún otro lugar en el mundo podría haber acogido su desdicha y su pesar. Jamás hubiera imaginado que hubiera algo peor que ser usada para la procreación de su estirpe. Pero allí estaba la evidencia. Evidencia que se veía incapaz de sobrellevar después de la terrible revelación del cardenal.

Cualquier otro humano mortal, hombre y mujer, habría muerto allí y mucho antes también, sin apenas aire que respirar, con nieve y hielo que hubiera quemado y podrido la carne de su cuerpo, empezando por las extremidades, con aire cortante que hubiera abrasado sus pulmones, con lluvia afilada que hubiera cortado la piel como papel. Pero ella apenas sentía frío, apenas se había amoratado su piel, apenas notaba la lluvia y el viento y los elementos que no podían destruirla.

Por una vez, ella que tenía un corazón aún humano en un cuerpo inmortal, hubiera querido sentir todo aquel dolor y sufrimiento. Sentía asco de sí misma, de su cuerpo perfecto, de su belleza idílica, deseaba castigar aquel cuerpo, herirlo con hojas afiladas, arrancarse la piel, los músculos, los suaves senos. Ya no podía ignorar que iba a ser sacrificada, ya no podía creer que lo hacía por la Madre que la iba a salvar de aquel mundo repugnante.

¡Madre! – gritó de nuevo, desgarrándose la voz - ¡Respóndeme! ¡Sabes lo que he descubierto! ¡Ven a consolar a tu Hija!

El estallido del trueno y el rugir de la tormenta fueron su única respuesta. Arañó sus mejillas, su rostro, el cuello, los senos y el vientre, deseando herir aquella carne que le repugnaba, deseando ver brotar aquella sangre sin color ni sabor, pero ésta se reparaba. No podía apenas sentir el dolor ni desahogar su culpa. Impura. Mancillada. Corazón humano de carne inmortal.

Si la sangre de Lilith no la había purificado de aquella mácula, ¿lo haría la Senda Amarga? ¿Tal vez eso era lo que la Madre había pretendido decirle? ¿Tal vez por ello la quería sacrificar en reparo de aquella impureza?

Lágrimas humanas, lágrimas de mujer, se le congelaban en las mejillas. Dobló las rodillas y su boca besó la nieve. Luego se derrumbó y quedó tendida en la nieve, cuyos copos empezaron a anidar en las hebras de su cabello.

El ascenso había sido largo, había escalado a manos desnudas aquel pico inclemente cuando podría haber llegado al instante y sin agotarse, pero su alma pedía una penitencia que el cuerpo no aceptaba, y el dolor y el agotamiento no estaban ahí.

Estaban dentro de ella.