Capítulo 41: Unos ojos negros

Cuando escapé de la Legión, bahanji, regresé a Kusuma Bharadji. Al fin y al cabo es cuanto podía hacer, ya que no conocía otro hogar. Encontré mi aldea natal mutilada, pero nosotros, los intocables, nunca habíamos tenido demasiadas posesiones, y teníamos capacidad para renacer cuando se nos pisoteaba. Padre había muerto, mis dos hermanos más pequeños también, pero habían sobrevivido mi madre y mi hermano mayor. Yo era la única hija que quedaba, y como supe después, el único problema para mi familia.

Se lloró a los muertos, pero en realidad fue un alivio. En mi aldea había muy poca comida y demasiadas bocas que alimentar. Se lloró más a los varones que a las mujeres y más a los adultos que a los niños, pero todo se cumplió según el dictamen de los dioses.

No volví a ver a mi hermana Sita. Aún sigo llorándola, porque no tuve derecho a llorar en público por ella, ni siquiera pude preguntar por ella. Mi hermana estaba muerta desde hacía mucho por las maldiciones rituales de mi pueblo, pero para mí había seguido viva hasta aquel momento.

Perdóname, bahanji, que llore ahora. Sita era más querida para mí que todos los seres humanos de este mundo. Preferiría oír su voz de nuevo antes que todos los sonidos del mundo. Me quedaría ciega y muda gustosamente a cambio de ello. Lo peor es que no sé si vivió o murió, aunque es probable que la mataran, porque habría vuelto. ¡Sólo yo la veía aún viva, sólo yo le traía alimento! Debió morir. Ojalá haya encontrado el camino de luz hasta su siguiente vida, y pueda reencarnarse en algo feliz y hermoso.

Cuando volví a mi aldea, tuve que afrontar la realidad. Madre se había quedado viuda y no tenía cuerpo alguno al que incinerar y junto al que quemarse viva, como se exige aún a las esposas dignas. Se cubrió de blanco de luto y se abandonó. Y fue mi hermano mayor quien decidió que yo debía casarme porque ya resultaba molesta para la supervivencia de nuestra casta.

Eligieron para mí a Rahula Ramaswami, quien era un buen partido a sus setenta años. No me mires así, bahanji, en nuestro pueblo es frecuente confiar las esposas jóvenes a maridos maduros y experimentados. El anciano Rahula había tenido ocho esposas y más de quince hijos, entre vivos y muertos, y yo tenía doce años cuando me casaron con él.

(...)

A mi boda no acudió mi madre, que como viuda estaba proscrita de toda vida social, ni padre ni mis hermanos muertos, ni mi hermano mayor que me vendió como a una res. Recuerdo el peso agobiante de las telas y de las joyas de mi ajuar de novia, de mi marido arrugado y encorvado que me esperaba, pero sobre todo, soy incapaz de olvidar un par de ojos negros en concreto. Los ojos negros de él.

Se llamaba Taresh Ramaswami, y era uno de los hijos menores de Rahula. Tenía dieciocho años y era bello como un dios. Todas las muchachas de la aldea habrían suspirado por casarse con él, pero aún no tenía esposa. Se rumoreaba que era violento, gandul y pendenciero, pero en aquel día fatídico yo quedé atrapada por sus ojos negros, y por su sonrisa magnífica que me siguieron en cuanto mi esposo me alzó el velo y todos pudieron verme. Hasta ese momento había sido Radha la niña, pero a partir de aquel instante pasaba a ser Radha la mujer, la esposa de Rahula, y como tal pasaban a verme. Se hicieron comentarios de mi belleza, exagerados por supuesto, ya que la realmente hermosa de todos mis hermanos había sido Sita, antes de que su marido, Durga le castigue con nefasta reencarnación, la desfigurara.

Hubiera querido desaparecer, pero la realidad es que era esposa. Fui trasladada a casa de mi esposo y allí pasé a formar parte de la familia. Tuve suerte ya que ninguna de las ocho esposas vivía aún, con lo que yo podía ser la esposa principal y no estar sometida a otras, pero lo cierto es que mi vida de casada fue un infierno. Creo que ya estás imaginando, bahanji, lo que fue mi noche de bodas. Oh, no me mires con compasión. Es ciertamente repugnante pensar en un viejo achacoso tratando de montar lo que para vosotros los occidentales aún es una niña, pero lo cierto es que Rahula era impotente por su edad. Había perdido toda fuerza en su miembro viril y éste no se erguía. Eso fue mucho peor que si me hubiera desflorado, porque cuando llegó el amanecer, yo estaba aterrada; ¿qué sería de mí si no lograba concebir un hijo? Apenas me había venido la menstruación unos meses antes, pero nada podía hacer por un viejo que se negaba a admitir su impotencia. Y en mi pueblo la culpa siempre es de la mujer, se haga lo que se haga. Tenía miedo, y en aquella espantosa noche la sonrisa de Taresh flotó sobre mí, ¡desde luego, él debía saber que su padre no era ya capaz!

Maldije a mi hermano por haberme abocado a semejante matrimonio, que iba a ser mi condena, con tan sólo el librarse de mí como pretexto. Ni siquiera pronunciaré su nombre, espero que los dioses le maldigan y su esposa no le dé hijos varones.

Durante semanas me entregué a las labores femeninas, de campo y hogar, con toda la dedicación del mundo. Nadie se hubiera quejado de mí, yo era dócil y sumisa como cabía esperar. Sólo había un inconveniente, que la gente murmuraba; ¿cómo? ¿no queda embarazada? Si se rumoreaba que yo resultaba estéril, podía darme por muerta, como dieron por muerta a mi desfigurada hermana.

Todo este tiempo yo había vivido bajo la sombra oscura de la mirada de Taresh, quien holgazaneaba a mi alrededor y el del resto de la gente. Era guapo y fuerte, y tan temperamental que ni siquiera su anciano padre podía meterle en cintura. Me costaba admitirlo, pero me había quedado presa de su mirada y de su sonrisa, de su piel oscura y su cabello ensortijado. Estaba como embrujada, ahora sé que estaba enamorada. Tanto que no presté oído a los rumores que circulaban de él. Decían que además de beber y hacer el vago, acorralaba a las muchachas en lugares apartados y las violaba. Pero cuando yo le miraba sólo podía ver sus penetrantes ojos y su sonrisa seductora, y me tenía totalmente seducida, como tantas otras que no debieron oponerle resistencia. ¡Tan atractivo!

(...)

Un día me afanaba en preparar los chapatis que constituyen la base de nuestra dieta,y noté una sombra oscura taparme el sol y al alzar la vista le vi. Sonreía maliciosamente y le tenía tan cerca que notaba el aroma de su sudor. Me aparté un poco, molesta, pues no está permitido a un hombre acercarse a la esposa de otro, ¡y yo era la esposa de su padre! ¡Es más, yo era su madre en el sentido práctico de la palabra!

-Radha – susurró con su voz cálida - ¿cómo es que no te quedas preñada?

Enrojecí hasta la raíz del cabello. ¡Era obsceno que intentara dirigirse directamente a mí, y aún más hablarme de un tema tabú!

-Yo te lo diré –volvió a sisear – Mi padre no ha logrado cumplir como varón, ¿verdad?

Sin esperar respuesta, echó la cabeza atrás y soltó una carcajada. Hubiera deseado que Durga vengadora me hubiera raptado en aquel mismo instante, pero yo estaba allí para sufrir todas las humillaciones.

-Ese viejo chocho es un estúpido al creer que aún puede follar con una mujer – no te imaginas el horror que sentía yo al oírle hablar así, bahanji. Hablar mal de un padre es como escupir en el altar de los dioses, pero además, su lenguaje era tan soez que hacía llorar a la divinidad – Menudo desperdicio. Una mujer aprovechable entregada a un miembro flojo. Y tú estás anhelando un miembro bien erguido, lo veo.

Y al decir esto, ¡oh dioses!, se inclinó y apretó mi seno a través del sari. Di un grito y salté hacia atrás, y él se echó a reír. Yo apenas tenía senos entonces, acababan de nacer, pero él lo había encontrado a través de la espesa tela sin dificultad. Me temblaba todo el cuerpo, pero aún así, ¡qué poderosa era la fascinación que ejercía sobre mí! ¡Cuán enamorada estaba de su belleza!

- Necesitas un hombre que te satisfazca como mujer – añadió burlonamente – Si mi padre no cumple, algún otro tendrá que cumplir contigo y dejarte preñada, ¿no? ¿Quién quiere una mujer que no pare hijos?

Volvió a tocarme los pechos, y para entonces yo ya me había levantado y retrocedía rápidamente. Él reía con sarcasmo, divertido con mi atropello.

-¡No te hagas la recatada! Todas las de tu familia son putas, ¿o no lo sabías? ¡Tu madre, puta, tus hermanas, putas, y la más puta de todas, la zorra de la cara quemada, la que era la fulana de todos los soldados blancos!

No podía creer que los dioses no lo castigaran por las barbaridades que estaban soltando. Me pareció que el cielo se ennegrecía, pero la negrura la tenía por dentro, y me quemaban sus palabras.

-¡Qué dices de mi hermana Sita!

Era la puta de la Legión. Cuando podía, se arrastraba hasta el campamento de esos carniceros y se abría el sari para que la follaran. ¡Uno detrás de otro! ¡Qué digo! ¡A veces dos y tres a la vez!

Me tapé los oídos.

- ¡Se dejaba el velo puesto para que no vieran su horrible cara!¡Ya no hubieran querido hacer porquerías con ella! Pero todos estaban dispuestos a sacar partido de ella.

-¡Eso no es cierto!

-¿Que miento? ¿Eso insinúas? ¡Yo he visto cómo hacía guarradas con ellos! Y tú debes ser tan puta como ella. ¿O no estás deseando que un hombre de verdad te monte?

Retrocedí un poco más. Quería pedir auxilio, pero tampoco me estaba permitido. Si me veían a solas con un hombre, sería su palabra contra la mía, y la suya prevalecería, pues era varón. Se me acusaría de infidelidad. Nunca había tenido tanto miedo en mi vida. Ese miedo me redujo las fuerzas a la nada.

Taresh se acercó sonriendo, pero en sus ojos negros llevaba impreso el fuego de la lujuria.

-Eres bonita... eres bastante bonita. Anda, déjate hacer. Te voy a enseñar lo que sabe hacer un hombre de verdad.

Solté un grito cuando me agarró, pero lo acallé de inmediato. No debía alertar a nadie, estaba en juego mi reputación. Y si tiempo atrás había luchado por mi vida y por mi honra, entonces no tuve fuerza alguna para resistirme. Una parte de mí se sentía terriblemente atraída por aquel ser de mirada de dios, y por ello, sin apenas quejas, me dejé arrastrar hasta un cobertizo cercano. Allí me tumbó y me abrió el sari, y luego se montó sobre mí sin hacer caso de mis súplicas. Sentí dolor y noté que sangraba, pero hubiera sido mucho peor que alguien nos hubiera descubierto. No sé cuánto tiempo estuvo jadeando encima de mí, luego descargó su energía y se derrumbó sin dejarme levantarme. Estaba aterrada. Una parte de mí me decía que había sido violada, pero yo no había opuesto resistencia y lo cierto es que no lo veía tan terrible como cuando aquellos legionarios estuvieron a punto de hacerlo. Me preguntaba si realmente me habían forzado o era yo misma la que se había dejado poseer por un bello joven del que estaba enamorada. ¡Tal era mi ceguera, pero sólo tenía doce años!

Lloré en voz baja un buen rato. Él entonces se movió y se apartó por fin de mi, rodando a un lado, y observó satisfecho su obra. Imagino que a los hombres de esa clase debe gustarles ver a una mujer así, débil, asustada, con las ropas rotas, desnuda y exhibiendo soezmente sus muslos y su sexo manchados de sangre. Pero yo no lloraba por lo que me acababa de hacer. Lloraba por lo que me había dicho de Sita. ¿Era cierto que, acuciada por el hambre y la desesperación, mi hermana se había prostituido a los soldados? ¿Era pues la justificación de esas ausencias, la tristeza de su voz, el agotamiento de su cuerpo? La duda y el dolor me estaban destruyendo.

La mano de Taresh volvía a recorrer mi cuerpo, explorando sin recato mi sexo y mis muslos. Su voz burlona susurró en mi oído:

-Creo que te ha gustado. ¿Lo ves? Eres tan puta como las otras. Pero a mí me gusta montar a las putas de diversas maneras. Y ya que a ti te gusta y no eres esposa honrada...

Agarrándome con fuerza por los brazos, me dio la vuelta y montó de nuevo sobre mí por detrás, aplastando mi rostro sobre la paja. Verme tan soezmente expuesta le había excitado de nuevo. Me cabalgó aún más brutalmente que la vez anterior, jadeando y gimiendo con fuerza, mientras yo rezaba porque no nos oyera nadie. Tras aliviarse por segunda vez, se levantó y salió, dejándome allí.

Me miras con horror, bahanji, pero sé que no soy yo la que te repugna. Ahora he aprendido mucho gracias a ti. Pero en aquel momento aún pensaba como mi gente, y me sentí culpable. Lo veía claro: llevada por la lujuria de un vientre virgen sin satisfacción, había estado provocando con mi hermosura y mi juventud a Taresh, quien indefenso ante las redes de mi perversidad, se había visto obligado a aliviarse en mí. ¿Y si me quedaba embarazada? ¡Rahula sabría que no podía ser suyo! Del mismo modo empecé a pensar que tendría que buscar una solución, conseguir que el anciano lograra montarme, y con sólo pensar en ello me venían náuseas, ¡pero no me aterraba tanto pensar que Taresh pudiera volver a mí! Aún me tenía embrujada con su fascinación. Me daba horror a mí misma y mi cabeza era un cúmulo de pensamientos contradictorios.

Tal y como temí, le resulté plenamente satisfactoria a Taresh. Tanto, que a partir de ese momento no descuidó momento alguno para volver a poseerme. Me pillaba donde fuera, en nuestra cabaña, fuera, en el campo, en los límites del pueblo. Se apoderaba de mí y me arrastraba a un lugar discreto, y allí se descargaba en mí como le venía en gana, siempre varias veces. Me montaba en todas las posturas que era capaz de imaginar y pronto empezó a exigir mi participación, pues encontraba muy agradable que yo usara de mi boca para darle placer en el miembro, aunque yo, ¡pobre de mí! ya veía caer el castigo de los dioses sobre mi impura cabeza. Pronto mi cuerpo dejó de ser mío para pasar a ser un templo en el que él desfogaba todas sus ansias. Incluso dejó de importunar a otras muchachas, ¡a saber qué había visto en mí! Y yo siempre fui dócil y complaciente, en parte porque tenía miedo de que llegase a saberse aquella abominación, en parte porque él me fascinaba. Incluso admito que al cabo de un tiempo dejé de sentir dolor, como si mi cuerpo se hubiera amoldado y rendido definitivamente al miembro que le asaltaba sin descanso.

Por más que lo intentes, bahanji, nunca comprenderás la vergüenza que yo sentía. Cometí auténticas barbaridades con tal de evitar una desgracia mayor. Como Rahula no lograba cumplir como varón y pronto dejó de intentarlo, tuve que destruir un par de veces las criaturas que engendraba Taresh en mí. Es horrible pensarlo, aunque el nuestro es un país que no duda en sacrificar las bocas que no logra alimentar, pero yo no les maté porque no pudiera matarlos, les maté por mi propia supervivencia. Algo que, por lo visto, a Taresh no le importaba. Fui necia y fui cobarde.

(...)

Veía pasar mi vida como si ya la hubiera vivido. Me daba miedo volver a intentar abortar, ya que la última vez había sangrado demasiado, a pesar de que lo honorable hubiera sido morir, pero yo era cobarde. Y de pronto, todo cambió una noche en que molía el grano para el cuenco de Rahula. Él estaba sentado frente a mí, enjuto y envejecido, y entonces dijo:

- Mírame, Radha.

Por supuesto, entre nuestra gente, no es educado que una mujer mire directamente a un hombre a los ojos, de modo que me limité a mirar su barbilla. Él, suspirando, tomó mi barbilla y clavó sus ojos oscuros en mí.

Has estado enferma.

Y ello era una afirmación. Me eché a temblar. Rahula era muy inteligente, de joven había sido aprendiz de médico, de modo que no me sorprendió oír al instante:

- Has estado embarazada varias veces, pero te has librado de todos tus bastardos.

Debí haber sido estúpida al suponer que podía engañarle. Aquello era, por fin, mi sentencia de muerte, de modo que se me llenaron los ojos de lágrimas y el rostro del anciano se desdibujó en una nube borrosa.

Por ello no vi la mirada de tristeza de su rostro.

-¿Ha sido mi hijo, verdad?

¿Qué podía responderle? Permanecí en silencio.

-¡Ah, el maldito! ¡Qué ciego he estado!

No dijo nada más. Acabé de servirle la cena y me volví para mi jergón, donde pasé toda la noche temblando. A las mujeres como yo las apedreaban hasta matarlas, o las rociaban con gasolina y les prendían fuego, o les echaban ácido para quemarlas, como hicieron con mi hermana. Y de noche maldije a todos los dioses por haberme hecho mujer y no poder defenderme de aquella acusación, porque entonces se me había caído ya la venda de los ojos. Si había algún culpable allí, ése era Taresh, no yo. Y a pesar de ello aún me atraía.

Nunca hubiera esperado lo que sucedió a la mañana siguiente. Me encontraba lavando la ropa cuando se abrió la puerta del pequeño cobertizo y entró Taresh. Me aparté, sobresaltada, porque pensé que venía a asaltarme de nuevo,pero para mi sorpresa Rahula entró detrás de él. Y blandía una vara de madera.

Antes de que pudiera decir nada, Rahula agarró a su hijo por el hombro y dijo:

-Taresh, ¿es ésta la mujer a la que violas desde hace meses?

El muchacho entorno los ojos y murmuró:

-Qué tonterías dices, padre.

Casi al instante, Rahula alzó la vara y golpeó a Taresh con todas sus fuerzas. Le pilló desprevenido y lo hizo caer de rodillas soltando un grito de dolor. Se giró hacia él.

-Dime, hijo – prosiguió Rahula con calma - ¿es ésta la mujer a la que has dejado preñada varias veces?

-Padre, te aseguro que...

Le volvió a golpear. Esta vez Taresh soltó un alarido y se llevó las manos el rostro. El golpe le había partido una ceja y sangraba abundantemente.

-Hijo mío – Rahula no perdía la serenidad en la voz - ¿estás seguro de que ésta no es la mujer con la que retozas desde hace un tiempo?

Soltando un sollozo, Taresh dijo:

-Sí, ésta es, pero, padre...

-Pues, ¿sabes qué, hijo mío? – dijo Rahula con dulzura.- Esta mujer es mi esposa.

Alzó la vara de nuevo y empezó a descargar repetidos golpes sobre el cuerpo de su hijo, golpes fuertes y bien colocados, mientras él gritaba "¡Padre"! una y otra vez y trataba de protegerse, ya que no está permitido que un hijo devuelva los golpes a un padre.

Yo estaba como cosida al suelo, inmóvil y boquiabierta, llena de horror por lo que estaba viendo. Rahula golpeaba sin piedad, y poco a poco el suelo se fue cubriendo de sangre y de trozos de carne y de cuero cabelludo que se desprendían a cada varazo. Tenía la cara y los brazos rojos de sangre. Sus gritos se fueron debilitando y al fin se derrumbó sobre un lado, sin fuerzas ya para defenderse.

-¡Le vas a matar, marido! – exclamé horrorizada.

Rahula se detuvo. La vara estaba toda roja y tenía trozos de piel y cabellos pegados. Inspiró profundamente y la arrojó a un lado. Pero aún no había acabado. Se inclinó hacia su hijo y le levantó la cabeza agarrándole de la oreja, que casi se había desprendido a golpes, y se la retorció haciéndole gritar de dolor.

-Los dioses dicen, hijo mío: - le susurró dulcemente – No tomarás ni desearás mujer de otro, no perturbarás a la virgen, no deshonrarás a tu padre ni a tu madre, ¡no desearás a la mujer de tu padre!

Le soltó y su cara se estrelló con un chasquido contra el suelo. Con este golpe perdió el conocimiento. Luego, Rahula salió con toda calma, como si nada hubiera pasado.

Tardé unos instantes en caer en la cuenta: mi anciano esposo no iba a hacerme morir, más bien al contrario, me acababa de hacer justicia.

(…)

A partir de ese momento, Taresh no volvió a molestarme. Me sentía culpable por haber esperado tan poco de Rahula, pero no era lo que yo estaba habituada a ver entre los hombres de nuestro pueblo. Siguió conviviendo conmigo en paz y no volvió a hacer referencia al infortunado incidente.

Pero esa paz no iba a durar mucho. Cuando cumplí 14 años, mi marido enfermó de muerte. Al fin y al cabo era muy anciano. Estuvo agonizando largo tiempo, en el que no me separé de su cabecera, atendiéndole en lo que pudiera por aligerar su dolor. Me sentía en deuda con él, pero jamás hallé el modo de expresarlo, salvo con mis continuadas atenciones.

Finalmente la vida de Rahula se apagó una noche. Confío en que los dioses le propiciaran una venturosa reencarnación, pues era un hombre justo y mi corazón le recuerda con afecto. Sin embargo, supondrás, bahanji, que yo estaba de nuevo aterrorizada (y, así es como las mujeres de la India vivimos en un terror constante) pues ahora, si enviudaba, mi destino quedaba a merced de lo que decidiera la familia de mi esposo.

Podían dejarme vivir, con lo cual me convertiría en una sombra vaga, rechazada por todos y condenada al exilio, como hicieron con mi hermana, o podían quemarme viva en la pira de mi marido, como correspondía a toda esposa honrada. Es más, si era yo la que me arrojaba de propia voluntad al fuego, ganaría no sólo honor para la familia de mi marido, sino también para la mía y para mí misma.

Tu mayordomo me contó, bahanji, que la práctica de este ritual funerario, el suttee, fue prohibida ya hace muchos siglos por los ingleses cuando estuvieron en la India. La realidad es que se siguen quemando esposas.

La familia de mi marido decidió quemarme.

Y yo había sobrevivido a demasiadas cosas como para acabar así. No me importaba nada mi honor, pues había sido deshonrada repetidas veces, ni el honor de mi familia, que me había vendido como a una pieza de ganado, ni tampoco el de la familia de Rahula, que eran desalmados y tenían el corazón de piedra. Así que hice lo imposible por sobrevivir, aunque fuera una supervivencia sin honor.

Mi desespero me llevó a buscar a Taresh. Le encontré cerca de la choza donde solía violarme. Se quedó estupefacto al verme.

-¡Taresh Ramaswami! – le grité.

Giró la cara y fingió no verme, ya que una viuda es el cúmulo de todas las impurezas e inmundicias según nuestra religión.

-¡No puedes ignorarme, maldito haragán! – le grité. Como ves, bahanji, le había perdido todo el miedo - ¡Tengo una propuesta que hacerte!

Siguió sin mirarme, pero noté que estaba escuchando.

-¡Tu padre ha muerto, y a mí me destinan a su pira! – continué – Pero te ofrezco la posibilidad de casarte conmigo.

Esta vez no pudo ignorarme. Se giró y me miró horrorizado, pese a todas las restricciones del tabú.

-¡Estás loca! – gritó - ¡No voy a casarme con una viuda impura! ¡Los dioses me maldecirán!

Eché la cabeza hacia atrás y solté una carcajada. La fascinación por él había desaparecido. Sólo sentía un profundo desprecio.

-¡Los dioses ya te han maldecido, Taresh! ¡Tomaste a la mujer de tu padre y la deshonraste! La única forma de reparar la mancha que has extendido es casándote conmigo y limpiando la afrenta que cometiste. Soy fértil y te daré hijos, como has podido ver, ¡estúpido!

Te puede parecer, bahanji, que me estaba ofreciendo a los colmillos del tigre, pero ciertamente era mi único modo de escapar al suttee. Si se casaba conmigo purificaría mi mancha y yo no debería morir.

Pero él seguía dudando, de modo que le señalé con un dedo, lo cual no debe hacerse entre personas honradas, y le grité:

-¡Si me rechazas, Taresh Ramaswami, y me envías al fuego, te maldeciré antes de morir! Durga es la diosa que me protege y ella no conoce la piedad con los que han dañado a sus queridos. ¡Y una vez maldito, me reencarnaré en un espíritu maligno que te atormentará todos los días de tu vida! Haré que se te pudra el miembro, que tu cosecha muera, que tu futura esposa sea estéril, tus hijos morirán de peste, tu...

-¡Basta! ¡Acepto!

Había ganado. No puedes imaginar cuán poderosa me sentía en aquel momento. Sin más, le di la espalda con todo mi desprecio y me alejé.

(...)

Oía elevarse los cánticos a través de mi espeso velo de viuda. Sobre la hoguera, ardía el cuerpo de Rahula, mi marido, y yo le miraba arder, pidiéndole perdón por no tener honor con el que contribuir a sus exequias.

-Fuiste un buen marido.- murmuré – Y eso será más de lo que me dará tu hijo.

En ese momento, una de las hijas de mi marido avanzó hasta mí y susurró sin mirarme a la cara:

-¿Te arrojarás a la hoguera para arder con tu amado, o deberemos forzarte?

Me giré y busqué con la mirada a Taresh, quien avanzó. Según lo previsto, él debía anunciar que iba a tomarme como esposa en honor a la memoria de su padre, con lo cual no era preciso enviarme a la hoguera, pero, ¡oh horror!, lo que hizo fue agarrarme por la muñeca y anunciar:

-Yo conduciré a esta viuda para que las llamas la consuman junto con su amado.

-¡Así sea! – respondieron todos, satisfechos.

Lo honorable hubiera sido inclinar la cabeza y dejarme conducir a las llamas, pero en lugar de ello solté un grito horrible y me retorcí con tanta fuerza que Taresh me soltó. Me bastó eso para descender corriendo la plataforma de la pira. Vi cientos de manos que querían cogerme, pero yo me arranqué el velo y grité:

-¡Atrás! ¡Yo os maldigo! ¡Quien toque mi cuerpo quedará impuro!

Mi pueblo es muy supersticioso y eso bastó para que muchos retrocedieran, asqueados y horrorizados por ser el blanco de la inmundicia de una viuda. Pasé entre ellos como una exhalación y me dirigí hacia el primer lugar que mis ojos vieron: la selva.

-¡Radha! – oí aullar tras de mí.

Las manos de Taresh me agarraron y noté sus brazos atenazarme el cuello y la cintura. Me pusé a patalear como una loca (¡peleaba por mi vida!), y escupí y mordí todo lo que pude. En cierto momento pude girarme, le clavé las uñas en la cara y le rasgué la piel, gritándole:

-¡Yo te maldigo, traidor! ¡Que mueras de muerte lenta y dolorosa, que Durga no te dé descanso, que te reserve la más atroz de las reencarnaciones!

Dio un respingo al oírme, y le clavé los dientes en las manos. Me soltó y me escabullí. El sari se me rompió debido a los tirones de sus manos y los enganchones con la vegetación. Oí voces a lo lejos. Venían a por mí. Si no me iba ya, la turba entera me inmolaría en la hoguera.

Una mano me agarró el tobillo. Tropecé y caí al suelo. Al retorcerme, vi su rostro desencajado de odio, Lo pateé con todas mis fuerzas. Noté crujir el hueso y unas gotas de sangre salpicaron mi tobillo. Gritó de dolor.

Me alcé. Al no verle levantarse, comprendí de pronto que era libre. Corrí veloz hacia la jungla, sin volver la vista atrás, mientras un último grito, un grito que jamás he olvidado, resonaba en mis oídos:

-¡Radha! ¡Ven aquí, desvergonzada!

(...)

Y el resto, bahanji, ya lo conoces.