Capítulo 42: Preludio de tormenta
¿Debemos matarlos a todos, jefe?
Schäffer frunció el entrecejo. Pese a las órdenes recibidas, era un hombre inteligente, y estaba decidido a actuar conforme a lo sensato.
No.- respondió – Ello sería una pérdida de tiempo. Encontradme al Lux Veritatis, pero no le hagáis daño.
El soldado se permitió dudar.
Pero... la doctora dijo que...
¡Yo soy tu superior más inmediato, imbécil! Más vale que no lo olvides. ¡Muévete!
Aquel desapareció de inmediato. Schäffer contempló las llamas refulgiendo en las paredes. Loca, pensó, sonlasórdenesdeunaloca.Debohacermecargodeestasituacióncuantoantes.
(...)
Nikos tosió repetidas veces, y se acurrucó junto a Marcus. Éste, con el viejo códice apretado contra el pecho, escrutaba la oscuridad.
¿Qué hay allá adelante, patér?
Una bifurcación. Un recodo lleva a las catacumbas, el otro hacia una escalera exterior en la pared de la peña.
¿Desciende hasta el suelo?
Sí.
¡Ese es nuestro camino!
En la danzante penumbra Marcus vio que su compañero negaba con la cabeza.
No puedo dejar a mis hermanos en manos de esos carniceros, Sanador.
¿Y qué vas a hacer tú, uno contra todos? ¡Hay hermanos jóvenes que llevan armas!
No puedo, Marcus, no debo...
Sin admitir más palabras, Marcus se levantó y tironeó de la manga del hábito al abad:
¡Guíame a través de ese segundo camino, por la Luz! ¡El códice no debe perderse!
Corrieron pese a que las fuerzas ya les faltaban. Cada grito, golpe o disparo que se percibía en niveles superiores taladraba las entrañas del abad.
Por fin percibieron un chorro de aire frío. El cielo estrellado se abrió ante ellos. Estaban en una especie de balcón de piedra, y unas escaleras serpenteaban roca abajo.
Aquí nos separamos, hermano Sanador.- jadeó Nikos – Que Dios te guarde y la Luz te sea propicia.
¡No puedes quedarte! – gritó Marcus - ¡Ven conmigo, todo está perdido aquí!
El abad iba a responder, pero enmudeció de pronto y miró con horror por detrás del Lux Veritatis. Éste se volvió y vio surgir una sombra de la pared de piedra.
¡Tú! ¡Maldita!
Giselle avanzó hasta ellos. Seguía vistiendo de rigurosa etiqueta y su maquillaje estaba impecable. Era hermosa, pero los ojos le brillaban de una forma inhumana.
Nos os mováis. – ordenó con voz fría. Luego miró el libro que Marcus sostenía - ¿Qué es eso?
Marcus hizo un amago de dirigirse hacia la escalera, pero Giselle gritó ¡Quieto! y desenfundó un arma. La pequeña pistola metálica relució en la noche.
Nikos observó a la mujer con ojos petrificados, que apuntaba al Sanador con el cañón de la pistola.
Yo no volveré a ser prisionero de nadie, Giselle – dijo Marcus con calma – y menos de ti.
Tu vida vale tan poco para mí como la de todos estos monjes – respondió ella secamente – No desperdiciaría ni una sola celda en ti. Muéstrame ese libro.
De pronto, Nikos se interpuso, cubriendo a Marcus, y dijo:
Tu locura, y la de los que vinieron antes que tú, ya ha causado demasiado daño y dolor a personas inocentes. Déjanos en paz y márchate.
Giselle sólo frunció levemente el entrecejo.
Quítate de en medio, monje. No lo volveré a repetir.
Déjanos en pa...
Encogiéndose de hombros, Giselle alzó el arma y disparó cuatro veces al abad. El ensordecedor ruido ahogó el grito de horror de Marcus.
Había disparado bien. Cuatro balazos repartidos por el tórax. Dejando caer el códice, Marcus se abalanzó para sostener el cuerpo de Nikos en el momento en que caía. Ambos acabaron en el suelo, las manos del Sanador resbalando por el hábito pegajoso y empapado de sangre.
Las heridas eran mortales, y Nikos Kavafis, abad de Meteora por un corto y desgraciado tiempo, apenas tuvo tiempo de dirigir una sonrisa tranquilizadora a su compañero antes de estremecerse y morir. Un hilo espeso de sangre se deslizó por la comisura de sus labios hasta el suelo.
Marcus alzó la vista. Ahora el cañón de la pistola le apuntaba a él.
Eres un monstruo, Giselle. – dijo tratando de controlar el temblor de su voz.
El odio y el dolor crean monstruos, Sanador.- respondió ella con calma. – Díselo al asesino de tu amigo, ese otro de tu Orden.
Estás loca. Podrías salvarte, Giselle, si reconocieras lo que has hecho y depusieras tu guerra contra nosotros. Estás caminando hacia un abismo y sólo tú puedes parar eso.
Ya nadie puede salvarme. Ni decirme qué debo hacer. Ésta ha sido mi elección y todos vais a pagar por ello.
Entonces, la muerte ha sido tu elección.
Se levantó, depositando con cuidado el cuerpo del abad en el suelo, y regresó para tomar el códice, limpiándose antes las manos ensangrentadas en sus ropas.
No tengo miedo a la muerte – añadió Giselle, sin bajar la pistola – No tengo nada que perder.
Eso es lo que crees.- Marcus le mostró el libro abierto - ¿Querías saber qué era esto? No necesitabas matar al abad Kavafis para ello. Es un códice antiguo con una extensa profecía escrita por una adivina de la Antigüedad. La profecía habla de nosotros y de este momento presente.
Los labios pintados de carmín se curvaron en una sonrisa despreciativa.
Cómo os gustan los papelajos viejos e inútiles, repletos de tonterías. Entiendo que te llevaras tan bien con la soñadora de mi hija.
Marcus avanzó un par de pasos, extendiendo el libro abierto ante ella, y recitó en voz alta:
"Espada vengadora de punta inflamada
empuñas, con mano temblorosa,
tú, que jamás conociste la caricia de un beso,
cuyo corazón late enloquecido
enzarzado entre las espinas de tu angustia,
y sangra salpicando a los de tu alrededor.
Tu prole ha de acabar contigo,
porque habías nacido para el amor
pero sólo puedes ya engendrar odio."
La carcajada de Giselle resonó en el vacío del precipicio.
¡Vaya estupidez! Ese tonto verso puede referirse a cualquiera.
¡Se refiere a ti, Giselle! Estás dentro de un plan mucho más grande y oscuro que cualquier tentativa de venganza que hayas podido idear. Hay seres cuyo poder no puedes ni imaginar que te han colocado en un inmenso tablero junto al resto de todos nosotros. ¿No lo entiendes? ¡Somos fichas de juego, movidas por criaturas infernales! Cada ficha con su nombre, cada jugador con su destino. ¡Es insensato que pienses en la venganza, tus problemas son mucho mayores!
Ella sacudió la cabeza, agitando las cortas guedejas de cabello rubio.
Viejo chocho, tendrías que oírte las chorradas que dices. Pareces un ignorante campesino de la Edad Media, esperando el Día del Juicio.
Marcus bajó el libro.
Estás ciega. Ello va a ser tu perdición. Estás cavando tu propia tumba.
No, tú has cavado la tuya. Estoy harta de tus tonterías, anciano estúpido – dijo ella, y alzó de nuevo la pistola.
No me matarás. Soy el Sabio. Tengo un papel en esta trama, y los seres infernales no permitirán que tú alteres el curso de sus planes. Hasta aquí has llegado, pero ellos no te dejarán avanzar más. Todo lo que ha sucedido hasta ahora ha sido con su aprobación y consentimiento, nada interfería en sus planes. Pero ahora no podrás matarme.
Prueba, a ver.- sonrió Giselle, y apretó el gatillo.
La bala impactó en el hombro del anciano. La herida no era mortal, pero el balazo le empujó por encima del balcón de piedra y le arrojó al vacío. No gritó en su caída. Giselle se acercó entonces, y al asomarse, quedó muda de asombro.
Marcus permanecía suspendido en el aire, sujetando con fuerza el códice con el brazo sano. No flotaba, sino que era Betsabé quien le sostenía por la cintura, una Betsabé demacrada, ojerosa y vestida con harapos, cuyo cabello y guedejas de ropa ondeaban con la brisa nocturna, dándole un aspecto fantasmal. Alzó sus ojos hundidos hacia su madre mortal y la miró con infinito pesar.
¡Vaya escena! – farfulló la doctora - ¡A Karel le hubiese gustado mucho ver a su hija, una Nephilim, salvarle la vida a un Lux Veritatis!
No le he salvado la vida.- respondió ésta con calma – Lo que te ha dicho es cierto. Tiene su papel reservado en los planes de la Madre. Y tú también.
Los dedos largos y blancos de Betsabé aferraron el hombro herido de Marcus. Giselle sabía que le estaba curando. Sintió rabia.
¿Es ésta la hija que engendré? ¿Este deshecho lloroso, quejica, lamentable? ¿Esta pordiosera compasiva? ¡En verdad Gertrude te convirtió en una inútil de cabeza a pies!
Ella bajó las largas pestañas. Marcus permanecía inmóvil y silencioso entre sus brazos.
Estás ciega, madre. Todo lo que él dice es verdad. Lo que se avecina acabará con todo cuanto conoces y amas.
Lo que yo amaba... – la voz de Giselle tembló – Lo que yo amaba se perdió. Me lo quitaron. No tengo nada que perder.
Los iris verdes de su hija se alzaron de nuevo hacia ella.
La juventud, la belleza, la vida. Cosas por las que yo no pagué, pero tú sí, madre. Todo eso aún lo puedes perder.
No lo quiero ya. Quiero la venganza. ¡Y tú deberías quererla también! ¡Para eso te parí!
Se interrumpió bruscamente, Por las mejillas sucias de su hija se deslizaban lágrimas.
¿Lloras? ¿Tú lloras? ¡No tienes sentimientos para ello!
A pesar de la Sangre Sagrada de la Madre, yo sigo siendo semihumana. Tú me pariste para tu venganza y la Madre me dio la Sangre para la suya. No puedo ser instrumento de ambas. He realizado mi elección, madre. Te repudio.
En ese momento, una sombra se deslizó por la pared. Era Schäffer, silencioso y sutil, mirando atónito la escena.
Schäffer – Betsabé le miró – sé que has estado oyendo todo en secreto, desde que ella matara al abad. Sabes lo que se avecina, y por bien de Giselle espero que le des más crédito del que ella le da. Debes creer lo que has oído, y si en realidad la amas, apártala de su estúpida venganza, porque – cerró los ojos en ese instante – de los planes de la Madre nadie la puede apartar. Su destino está escrito lo mismo que el de cada uno de nosotros. Incluso el mío.
Se giró de nuevo hacia Giselle:
Ésta es la última vez que nos encontramos en terreno neutral, Giselle. La próxima vez creerás en todo lo que te he dicho y lucharás por tu vida. Que la Madre se apiade de ti.
Se elevó lentamente, llevándose a Marcus consigo, y pronto había desaparecido en el firmamento, haciendo oídos sordos a los gritos de Giselle, a quien Schäffer sostenía para evitar que se abalanzara por el borde del precipicio.
(...)
Sí, sin duda algo horrible le estaba sucediendo al cadáver de Wilbur. Ya había adquirido el rigor mortis propio de su estado, pero la piel se había vuelto extrañamente amoratada y parecía ondearse como si gusanos enormes se deslizaran bajo ella. Era impensable que hubiera alcanzado tal estado de putrefacción en tan poco rato... a menos que...
Kurtis se inclinó sobre el cuerpo tendido en la mesa, sintiendo una desagradable premonición. Casi al instante, el cadáver abrió los ojos y le miró. Tenían una capa blancuzca, semejante a los ojos ciegos de la Sibila.
William soltó un grito de horror al ver alzarse a su hermano muerto de la mesa y agarrar a Kurtis por el cuello. El hombre se debatió, pero aquel ser tenía una fuerza descomunal y se aferró a su garganta, apretando con inhumana agresividad. Kurtis optó por tironear hacia atrás, con lo cual arrastró el cuerpo fuera de la mesa, éste acabo descolgándose de su cuello y cayendo al suelo como un saco vacío.
Apenas tuvo tiempo de aspirar unas cuantas bocanadas de aire, antes de que aquel ser se le arrojara de nuevo en un incansable forcejeo, dispuesto a estrangularle vivo. El Lux Veritatis lo molió a golpes y patadas, que hubieran triturado a un hombre vivo dada su considerable fuerza, y en efecto le rompió huesos y arrancó trozos de carne, pero no podía agotar aquella fuerza impía que animaba aquel cadáver.
A través de la neblina roja que le empañaba los ojos distinguió a Marie y a Lara, que observaban la escena aterradas. Debía indicarles que hacer. Se arrancó una de las garras del monstruo de la garganta, arrancándose, de paso, algunas tiras de su propia piel, y tomó aire para gritar una sola palabra:
- ¡Golem!
Aquello bastó para Marie, quien, no habiendo visto nunca un golem, sí sabía qué hacer en ese caso. Salió corriendo y tomó un trozo de leña, le prendió fuego en la hoguera de la cena y volvió corriendo.
Lara, que pese a su lamentable estado no podía sobreponerse a su naturaleza de mujer de acción, había tratado de apartar aquel ser de Kurtis retorciéndole el cuello de un modo espantoso. Las vértebras se rompieron con un chasquido, pero aquello no amedrentó en absoluto al monstruo.
¡Apártate! – gritó Marie, tendiendo la antorcha hacia la putrefacta pierna del golem. Lara lo hizo, mirando con horror cómo la piel chisporroteaba y se prendía fuego.
Existía un terrible riesgo de que Kurtis también se quemara, pero cuando la carne empezó a arder, súbitamente aflojó la presión de sus garras. Kurtis se lo acabó de sacar encima de un rodillazo que le reventó las tripas. Aquel despojo retrocedió tambaleándose, ya envuelto en llamas, y trastabilló cayendo al suelo.
Kurtis tosía mientras finos chorritos de sangre le manchaban el cuello de la camiseta, creyeron oír gritar de horror a William, que lo había observado todo con los ojos desorbitados y sin intervenir en absoluto, Marie y Lara estaban cada una al lado de Kurtis, sin perder de vista el bulto llameante, Radha y Magdalena que llegaban, abrazadas la una a la otra, cuando apenas habían pasado segundos desde que la muchacha hindú terminara de relatar su historia.
Por fin, el ser quedó inmóvil y se convirtió en un masa carbonizada. Pero aún no había acabado. Marie sacó una navaja e, inclinándose sobre golem, empezó a mutilarlo mientras recitaba en voz alta:
Golem de las tinieblas, yo te corto los dedos para que no puedas regresar del mundo de los demonios a agarrarnos. Te corto los pies para que no puedas perseguirnos. Te corto, por fin, la lengua, para que no emplees maleficios contra nosotros. Regresa a la Sombra de la cual has nacido y deja reposar en paz este cuerpo que has robado.
Por fin, reaccionó William y dijo:
Pero, ¿qué haces? ¡Estás profanando el cuerpo de mi hermano!
Ya no era tu hermano.- farfulló Kurtis con la voz rota a causa del forcejeo – Un espíritu vengativo entró en su cuerpo y expulsó a su alma, tomando el dominio de su anatomía. De ahí que intentara violar a Lara, y atacarme de nuevo a mí. Si no lo incineramos y mutilamos volverá a levantarse cuantas veces quiera, hasta cumplir su tarea. Es lo que en la Orden llamamos Golem.
Pero, ¿y mi hermano?
Lo lamento, pero está muerto. Pero al menos ya sabes que no le mató Lara.- concluyó Kurtis, y, agotado de hablar, se retiró a su tienda.
¡Está herido! – dijo Maddalena al observar su cuello ensangrentado, e hizo ademán de ir tras él, pero le detuvo la mirada de Lara, quien fue tras él. La italiana enrojeció y optó por llevarse a Radha a su tienda.
(...)
Lara terminó de limpiar las heridas y luego dijo:
Me siento más tranquila ahora. Hay una lógica explicación de lo que sucedió. Pero esta nueva criatura... el golem... ¿por qué iba a regresar de entre los muertos sólo para violar a una mujer? Que yo sepa su misión es matar.
Muy a su pesar, ya que no tenía ganas de hablar, Kurtis respondió:
El golem no es un demonio en el sentido burdo de la palabra. El espíritu que posee ese cuerpo perteneció a una persona que murió y fue condenada... y que aprovecha la oportunidad para vengarse de quienes le hicieron daño. Sea quien fuere, es el espíritu de alguien a quien tú o yo hemos matado, Lara.
Yo he matado a un montón de gente.- ella se encogió de hombros. Luego se dio cuenta de que había sonado demasiado frívola y corrigió – No me enorgullezco de ello, pero me parece imposible discernir cuál fue. Teniendo en cuenta que no es el primero que trata de violarme, aunque... – le costaba admitirlo – sí el primero que casi lo logra. No podía contra él, era demasiado fuerte.
Es un muerto reciente, ávido de sangre. Son los más fáciles de manipular por las fuerzas oscuras.- sacudió la cabeza – Estoy agotado Lara, y tú también deberías descansar.
Era la primera noche en mucho tiempo que no hacían el amor, pero Lara se lo tomó a buen humor. Al fin y al cabo, tenía un aspecto horrible con su cara amoratada y a él casi lo habían estrangulado. Al cabo de un rato se había dormido, abrazada a su espalda.
Pero él no podía dormir. No podía. No importaba cuán agotado estaba, cuán harto de aquella lucha sin fin, ni el sueño ni las lágrimas acudían a aligerar el peso de sus párpados y el dolor de su cuerpo.
Por primera vez, en el fondo de su conciencia, Kurtis Trent llegó a la conclusión de que había tocado fondo. No podía seguir así, vagando de un lado a otro, arrastrando a los seres que quería a todo tipo de penurias, sufrimientos, accidentes y una muerte segura. Había llegado el momento de tomar una decisión. Una decisión que tomaría sólo él. Sabía que Lara no lo aprobaría, pero ella ya no estaba en posición de decidir. Debía hacerlo él por ella, si quería evitar mayores desgracias.
Se incorporó y observó a la mujer dormida a su lado. Era fuerte y valiente, y dura, muy dura. Pero estaba embarazada y era absurdo pretender que siguiera en aquella búsqueda incansable. Pronto el embarazo estaría demasiado avanzado y cualquier esfuerzo o penuria la harían abortar, y muy probablemente, morir. Ella no quería verlo, pero así eran las cosas. Era el momento de ponerla a salvo.
Entendía que quizá no tenía derecho a tomar planes para ella. Al fin y al cabo, ni era su marido, ni su prometido, ni siquiera algo más que el hombre que compartía su cama por las noches. Podía llamarse amante, pero eso no le daba más derecho sobre ella. En cambio, sí era el padre de su hijo, sí era el responsable de aquella criatura puesto que él la había dejado embarazada. Y ella si creía que podía excluirle de aquel papel, estaba equivocada.
Ojalápudierahabertedadoalgomejorqueesto, se lamentó. Desde que le había conocido, ella había pasado hambre y frío, sufrido heridas terribles a manos de gente sin escrúpulos y seres infernales. Él estaba maldito, traía el dolor consigo. Teloadvertí,Lara.¿Porquénomeescuchaste?Túnotearrepientes,peroyosí.
La quería demasiado para proseguir con aquello. De un modo u otro, era el fin. Se levantó pausadamente. Se vistió con todo el sigilo que había heredado de sus dos raíces, la Orden y el pueblo navajo. Se equipó concienzudamente, recogiendo todas las armas, su hermoso Churigai, todo cuanto era suyo. Luego salió silenciosamente. Le hubiera gustado besarla por última vez, pero ello la hubiera despertado.
A la mañana siguiente, nadie le pudo encontrar. Había desaparecido.
