Capítulo 50: Expiación
Tan sólo se oía el sonido del silencio. El ambiente primigenio, de la creación.
Rafael les guió, tal y como les había prometido, hasta el Trono de la Madre.
"No queda resto alguna de la efigie pétrea que la contenía. Ha despertado".
"… despertado…" repitió el eco del arcángel.
Entonces Maddalena soltó un grito de horror. Luego, se tapó la boca, aunque era tarde. Acababa de ver los restos de Lara en el altar. Kurtis giró el rostro hacia allí.
- ¿Qué ocurre? – dijo – No puedo ver nada ahí.
"Da gracias a Dios por ello", dijo el arcángel, "Tu ceguera es una bendición…"
"… bendición…"
Nada convencido, él dio un paso adelante, pero lo detuvo una voz ahogada:
- Hijo mío… estás aquí.
- Marcus.
El anciano estaba acurrucado a los pies del altar ensangrentado. Todavía aferraba entre sus manos el volumen ensangrentado, pero lo dejó a un lado, boquiabierto, cuando sus ojos divisaron el resplandeciente ángel tras Kurtis.
- ¡Entonces han venido! – exclamó - ¡La habéis escuchado!
"Hemos venido muchos más", concedió Rafael, "para entrar en combate si es necesario…"
"…necesario…"
Kurtis avanzó, con los brazos levemente extendidos. Veía a Marcus envuelto en una débil luz, pero tras él no había nada, no podía ver. El anciano avanzó cuatro pasos torpemente, y se aferró a los brazos del hombre.
- ¿Puedes ver, hijo mío?
- Veo.- dijo él – Veo todas las cosas, iluminadas.
- Ves todo lo que está vivo. Lo que vive, la Luz lo ilumina. Alabada sea la Luz. Tu ceguera te ha dotado del poder necesario para vencer, ¿lo sabes?
Ajeno a su discurso, Kurtis se desembarazó de Marcus y avanzó hasta el altar. Maddalena gritó:
- ¡Deténlo! ¡No lo dejes acercarse!
- ¿Para qué? – suspiró Marcus – Ya lo sabéis. Está muerta.
Maddalena sacudió la cabeza indignada. ¿Es que eran idiotas? Corrió tras él pero no llegó a tiempo. Kurtis había posado la mano sobre el altar y la había retirado dando un respingo. La levantó a la altura de su rostro, pero no veía que estaba teñida de sangre. Se frotó los dedos, notando una sustancia pegajosa y fría.
Ella le agarró del brazo.
- Déjalo. Apártate.
- Sangre.
- Sí.
- Su sangre.
La apartó bruscamente y se volcó sobre el altar. Ahora sí, la tocó. Retiró las manos como en un espasmo, y luegó empezó a palpar, frenéticamente, el cuerpo que tantas veces había amado, reconociendo el rostro, el cabello, los labios de Lara, sus pechos… el vientre abierto…
Maddalena soltó un gemido y hundió la cabeza en el hombro de Kurtis, seguro que aquello acabaría con la poca cordura que le quedaba a él. Sin embargo, tuvo que soltarse, sobresaltada, porque de pronto la piel de Kurtis se volvió caliente, muy caliente, hasta que el calor que emanaba se volvió insoportable y retrocedió, apartándose y vislumbrado una aura anaranjada en torno a su cuerpo.
"¿Qué?"
A pocos metros, había aparecido la resplandeciente figura de Betsabé. Así como el aura de Kurtis era anaranjada e incandescente, la suya era azulada, glacial, como un viento frío del Norte. Se acercó lentamente a él.
- ¿Has hecho tú esto? – preguntó Kurtis, señalando el altar con un gesto vago, impreciso.
- Yo la rematé.- contestó ella – Moloch hizo todo lo anterior.
Maddalena contuvo la respiración. Marcus estaba inmóvil, callado. El arcángel se limitaba a observar.
- Te podría haber perdonado, si no hubieses hecho esto.
- No tenía opción. Se me había ordenado. Créeme, no la odiaba. No te odio a ti. Eran órdenes. La Madre ordenaba.
- La Madre… ¿dónde está ese maldito monstruo?
- Tus blasfemias son inútiles. Pero, te responderé. Ha ido a reunirse con su Esposo. Luego vendrá. Antes de lo que quisieras.
Kurtis dio un salto y en dos pasos se colocó frente a ella. Betsabé no huyó, lo enfrentó. Ni siquiera cuando éste le puso las manos alrededor del cuello. Se retorció de dolor, incapaz de resistir el contaco, pero no huyó. Le clavó las manos en el pecho. Las dos auras se fusionaron. Y entonces, le piel de Kurtis empezó a quemarse bajo los dedos de ella.
- ¡No!- gritó Maddalena - ¡éste no es modo de…!
Pero se calló, sorprendida, al ver que se quedaban inmóviles, suspensos, mientras se aferraban el uno el otro, y no parecía ya que se estuviesen hiriendo mutuamente. Betsabé lo miró atónita, como no entendiendo qué sucedía, y entonces Kurtis se inclinó y le susurró algo rápidamente, algo que no pudo oír Maddalena, pues había tenido que retroceder varios pasos, repelida por el aura brillante de los dos. Luego, el zumbido que producían aumentó y ya no pudo oír nada.
- No es verdad. – decía, Betsabé – Mientes, tratas de embaucarme.
- No pasa nada.- dijo Kurtis, encogiéndose de hombros. – Pronto verás que es verdad. Antes de lo que quisieras.- remató, lanzando las mismas palabras que ella le dedicara antes.
La Nephilim frunció el ceño y se desasió.
- ¿Por qué debería creerte? Tienes motivos de sobra para odiarme, para querer mi destrucción.
- Yo ya no puedo destruirte, pero Ella, la otra, lo hará, ya lo creo que sí.
- La Madre ha prometido…
- Te ha embaucado. Haz lo que quieras. Pero si aceptas lo que te propongo, sobreviviremos, ambos, y venceremos. De lo contrario podemos pelearnos hasta que me mates, o permitir que Ella haga eso que quiere
Betsabé pareció dudar unos instantes. Le miró, furibunda, y al final dijo:
- Tiene que ser mentira. No voy a flaquear ahora…
Pero de pronto, se detuvo de golpe. El aire se espesó en torno a ellos. De pronto, una fuerza invisible les barrió, y se encontraron derribados contra el suelo. Sus auras se apagaron. La tierra tembló y la bóveda de la cueva se agrietó, y de entre las grietas, surgió una intensísima luz.
- Ella viene.- anunció Marcus, pero nadie, ni siquiera Maddalena, que se había acurrucado a su lado y le agarraba con fuerza, pudo oírle.
El arcángel Rafael había desaparecido.
(...)
Lilith vino.
Despertada de su larguísimo letargo, viva de nuevo al fin, le había bastado muy escaso tiempo para sopesar sus opciones y descubrir, no sin inquina, que las legiones del cielo iban a plantarles cara como habían hecho eras atrás. No importaba. Estaba dispuesta a vencer. Pero antes, antes incluso que ver a su Esposo querido, cuya llamada inquieta le perseguía a través de la oscuridad, quiso ver a los suyos. A los que eran más suyos que su Esposo mismo.
La luz se plegó, se dobló millones de veces, y en medio de la fusión de esos millares de dobleces surgió una mujer, una criatura bellísima, la que había sido la primera de entre todas las mujeres, la obra maestra del Creador.
Kurtis y Betsabé alzaron el rostro del suelo, pero no pudieron incorporarse. Los otros, Marcus y Maddalena, no la vieron, pues la inmensa luz les hería los ojos y los apretaron con fuerza. Pero Kurtis, que estaba ciego y ya no veía con sus ojos mortales, y Betsabé, que había sido renovada, podían soportar contemplar a aquella belleza junto a la cual, la Nephilim no era más que un ser triste y sombrío.
Y en apariencia, no era más que una mujer. Una mujer, alta, firme, que tenía la piel nacarada, el vientre suave, los senos firmes, y una cabellera dorada, larguísima, que le caía en numerosas y variadas guedejas y que aun llegaba al suelo. Una mujer de profundos ojos negros, que sonreía con una sonrisa que hubiese perdido al más santo de los hombres, como había logrado perder al más fuerte de los arcángeles.
Y aún viéndola con su nueva visión Kurtis se sorprendió de que un ser aparentemente tan inofensivo pudiese ser tan letal. Pero debía serlo, porque se sentía bloqueado, incapaz de hacer el menos movimiento ni de usar su don en ningún sentido, más allá de la visión.
Ella lo estaba reteniendo. Lo tenía inmovilizado.
"Hijo mío."
Había esperado que su voz sonara grandiosa, multiplicada, quizá, como la de los arcángeles, en razón de que ella era un ser sobrenatural y no humana. Pero la voz era irremisiblemente humana, dulce, suave, como la voz de una madre, eternamente joven. La miró, desconcertado, porque parecía jovencísima, virginal, congelada para siempre en esa edad indefinidad entre la adolescencia y la madurez.
"Hijo mío, cuánto tiempo he esperado para verte."
Había esperado cualquier recibimiento, el peor, el más cruel, o la indiferencia fría, pura y dura, pero nunca aquello. La irresistible criatura avanzó hasta él, que seguía sin poder moverse, y la vio extender una mano acariciar suavemente su mejilla.
"Simplemente perfecto, tal y como yo dispuse. No erré en mi trabajo."
Se volvió hacia Betsabé, la tomó del brazo y la levantó, aunque ella inclinó la cabeza y permaneció con la fija vista en el suelo, en señal de respeto.
"Me ha parecido que te enfrentabas a tu hermano. ¿No lo has saludado? Él es tan hijo mío como tuyo."
- Eso me ha dicho.- respondió ella, temblando, sin dejar de mirar al suelo.- Pero no podía creerle.
"Créelo", respondió Lilith, "concebí a su primer antepasado de un Lux Veritatis mortal. Le infundí mi poder para que tuvieran un don especial, fuerte, más potente que el que les había sido dado de entrada. Y él, que esperaba, es el más perfecto de todos."
Betsabé sintió que un tremendo frío se apoderaba de ella.
- Entonces, Madre, ¿por qué me has hecho combatir contra él, como un enemigo?
"Para domeñar su ánimo. Fíjate como aún intenta atacarme, ingrato, por eso tengo que someterlo. Y entonces se dirigió a él. Nada tienes que hacer contra mí, yo te di ese don que te hace tan fuerte, yo puedo quitártelo. Esa Luz que habéis alabado los tuyos, es mi Luz. La Luz de la Madre de todos los Nephilim."
Kurtis sonrió.
- Me queda una única cosa por hacer.
"Engendrarás con mi hija Betsabé una nueva estirpe de Nephilim, éstos inmortales, éstos perfectos. Sumando la inmortalidad y la fuerza de mi hija con tus poderes y grandes capacidades, poblaréis la tierra y seréis invencibles. Someteréis a los humanos y os obedecerán todos los pueblos. Y yo y mi Esposo someteremos las legiones de ángeles con ayuda del resto de caídos y humillaremos a la Autoridad."
Betsabé se había quedado inmóvil, horrorizada de oír aquello que no había querido creer. Volvió a notar aquel frío que se extendía por todo su cuerpo, paralizándola.
(...)
Así que eso era todo. Las grandes promesas, los destinos gloriosos a los que estaba destinada… todo se reducía a unirse a aquel mortal al que odiaba y despreciaba, para engendrar descendientes de la raza Nephilim. Un mortal que había sido claramente preferido a ella, pues su nacimiento había sido planeado mucho antes. Ella no era importante. Un accidente, una pieza útil colocada estratégicamente. No era nada. No era el fin. Tan sólo el medio.
Alzó la vista lentamente y fijó los ojos en Kurtis, que tenía el rostro ciego vuelto hacia ella, expectante. El odio, el desprecio, se esfumaron de repente. Sintió que todo lo que había hecho hasta aquel momento no había tenido el menor sentido. Tanto esfuerzo, tanto plan… las conversaciones, las amenazas, las escasas confrontaciones… el sacrificio de Lara. Había matado a la mortal, por nada. Había matado al hijo de ambos, por nada. Había despertado al monstruo de su Madre, un ser sin escrúpulos, egoísta, por nada.
Había destapado la caja de Pandora, sólo para descubrir que no había recompensa, sino el castigo de seguir siendo un instrumento, un medio, algo que usar y que tirar. Se había equivocado en todo.
(...)
Todos aquellos pensamientos cruzaron por su mente durante apenas una fracción de segundo. Luego, sus labios mortecinos susurraron:
- Está bien. Acepto tu trato.
Kurtis sonrió.
- Bien.
Extendió la mano, y Betsabé se agarró a ella. A Lilith le había bastado la mitad del tiempo que había empleado Betsabé en decidirse para comprender que aquel gesto no era de sometimiento a sus planes, sino de abierta rebelión hacia ellos. Su rostro dulce no se alteró de expresión, pero su voz se arrastró lentamente cuando habló.
"No oséis revelaros. No tenéis ni poder ni voluntad para oponeros a mí. Vuestro destino ya estaba decidido antes de que nacierais, hace tiempo."
- Nuestro destino lo decidimos nosotros. Ahora.- recalcó Kurtis, con fría calma.
Todavía no había acabado de decirlo cuando se encontró besando el suelo, traspasado por un dolor que anegaba los sentidos. Era de esperar. Pero era precisamente lo que quería.
"Obedecerás."
- No.
Otra vez. Era como si mil bloques de hormigón se le desplomaran encima, le macharan, le rompieran todos y cada uno de los huesos.
"No aguantarás esto mucho más, hijo mío".
- Sí.
Creyó que se volvía loco. Era insoportable. Creyó notar un chispazo, un fogonazo de luz. Betsabé por fin, plantaba cara. Pero no era la Hija superior a la Madre, y sin que Lilith moviera apenas un músculo del rostro, se encontró también de bruces en el suelo y gritando de dolor.
"Lo siento, hijos míos. Os falta disciplina. Yo os daré."
Gritó, desgarrada, retorciéndose de dolor.
(...)
En aquel momento, ocurrieron diversas cosas. La primera, que Maddalena se levantó y miró llena de horror la escena, y luego lentamente, se fue despojando de todo: del miedo, del dolor, de las dudas. Un frío inmenso la estremeció, y luego, nada. Una inmensa paz siguió a aquel frío, y ya no tuvo más pesar. Estaba claro.
- Está claro.- murmuró.
Por fin sabía lo que tenía que hacer, por qué había llegado hasta allí, porque había seguido incansablemente a un hombre que no la amaba, que nunca la amaría, aunque la mujer que había merecido ese honor yaciera destrozada en el altar.
La segunda cosa que ocurrió fue que Giselle llegó a la sala. Llegó tambaleante, destrozada, casi sin juicio. Había logrado sostenerse sobre sus dos piernas. Cuando llegó el umbral, su primera mirada fue para el altar y para el cadáver destrozado que había sobre él. Más allá creyó distinguir un haz inmenso de luz. Agazapado junto al altar, el anciano Marcus, que la miró solemnemente.
- Giselle.
Y la pelirroja italiana, Maddalena, avanzando hacia el haz de luz.
- ¡Giselle Boaz!- gritó de nuevo Marcus - ¡Ven!
De pronto fue como si le cayera la venda de los ojos. Se irguió, llena de lucidez, e identificó a todos los que veía, incluso a aquel cadáver…
- ¿Qué ha ocurrido aquí?
Y aquellos gritos desgarradores, más allá de la luz…
De pronto, la tierra se tambaleó.
Fue una sacudida grande, fuerte, violentísima. Volvió a agrietarse el suelo y esta vez se abrieron brechas enorme, inmensas, de las que salió un vapor ardiente.
El dolor les dio una tregua, y pudieron volver a respirar.
Jadeantes, vieron que Lilith había desviado el rostro y miraba hacia lo alto. Luego sonrió, y era como si en aquel rostro hermosísimo saliera el sol de nuevo.
"Esposo mío."
Kurtis notó que unas manos lo agarraban por el brazo.
- Márchate, Maddalena. Esto se acaba.
- No. Quiero… quiero ayudarte.
- Tendrías que pagar un precio altísimo. Márchate. Vete junto a Marcus.
- Lo pagaré…
Notó que rozaba sus labios con los suyos y la oyó retirarse. Un extraño temor se apoderó de él, pero ya no podía ocuparse de ella. Estaba más allá de sus posibilidades.
Betsabé se irguió a su lado y le dio la mano. Se levantaron, agarrados con fuerza.
- ¿Podrás perdonarme? – murmuró la Nephilim.
- Te perdono. – respondió Kurtis con calma. Y de pronto gritó - ¡Ahora!
Salieron corriendo juntos hacia el altar, donde yacía el cuerpo de Lara, y de pronto se vio a Betsabé esgrimir en la mano una vara larga, plateada.
Lilith volvió el rostro hacia ellos, y su sonrisa se desvaneció.
"Suelta eso."
- No, Madre.
Lilith frunció el ceño. Lanzó dolor contra ella de nuevo, pero esta vez no la alcanzó, Kurtis se colocó delante, y fue él quien absorbió el impacto, protegiéndola.
Entonces, Betsabé se lanzó contra su Madre, alzando el Cetro, dispuesta a golpearla.
No llegó a tocarla.
Ella sí que la tocó.
Se encontró paralizada, jadeante, su Madre, con la mano alzada, que sostenía la mano con que sujetaba el Cetro.
"Tú no puedes usar esto contra mí, necia. Lo hice yo. Sólo responde ante mí."
La mano blanca, pequeña, delicada de Lilith agarró el Cetro y lo soltó fácilmente de los dedos rígidos de Betsabé. Luego, sin mediar palabra, volvió el golpe contra ella. No supo cómo había llegado allí, pero se encontró aplastada contra el altar. Se golpeó la espalda con una fuerza que hubiese roto la columna vertebral a un mortal, pero ella sólo sintió dolor en el pecho, donde el Cetro la había golpeado. Se desplomó en el suelo, jadeante, y de pronto volvió a incorporarse.
Ahora Ella hablaba con Kurtis.
"Sería una lástima que después de todo por cuanto has pasado, echaras a perderlo en el momento final. Piénsalo bien, hijo mío. Todos tus pesares y sufrimientos, la muerte de tu padre, el sacrificio de la mujer que amabas y de tu hijo, será en vano."
- No quiero nada de ti, ni de tus propuestas. Por ti y por tus malditos Nephilim, y por los demonios que liberaste con tu rebelión, he sufrido tanto. Pero ya vale – suspiró hastiado – Hablar no es lo mío, y ya estoy harto de ti.
El siguiente golpe apenas lo vio venir. Sin embargo, aun le dio tiempo a usar el don, y con la fuerza que ahora tenía, por ver la Luz, supo concentrarla delante de sí y lograr hacer una especie de barrera, o escudo, que amortiguó el golpe. Se tambaleó y cayó desplomado al suelo.
Ahora Lilith sí estaba furiosa.
"Te atreves a volver la Luz contra mí, desgraciado, contra mí, que te la dí."
Lo volvió a golpear, y esta vez lo levantó y lo estrelló contra la pared del fondo. Cayó desplomado y esta vez notó como se le rompían varios huesos por el impacto, pero ni eso era tan doloroso como el roce de aquel maldito instrumento. Tan doloroso, que ni notó como las costillas rotas le destrozaban por dentro. En tanto que mortal, era mucho más frágil que Betsabé. Expulsó un borbotón de sangre por la boca.
Oyó gritar a Maddalena, pero sobre él, se sobrepuso un jadeo de incredulidad. Giselle estaba casi a su lado, y de pronto, la oyó reír.
Todo quedó en suspenso.
Giselle reía. Una risa espasmódica, sin alegría, amarga, amarga a más no poder.
Una figura brillante, estilizada, se materializó junto a Lilith y la rodeó con sus brazos. Ella se dejó abrazar y se sumió en aquel abrazo eterno, inmortal.
"Mi Esposa, ¿qué has hecho?"
"… ¿qué has hecho?..."
La voz era reconveniente.
"Míralos. Por ellos he puesto tanto esfuerzo, en vano."
Samael la miró con sus ojos grandes, profundos, oscuros.
"Déjalos ir."
"ir…"
Ella se desasió del abrazo, furiosa.
"¡No! Los Nephilim…"
"Fue un error. Todo fue un error. Abrir las puertas del Infierno. Permitir que los demonios invadieran la Tierra. La misma existencia de los Nephilim. Todo un error. Causar más sufrimiento a los mortales, ¿para qué?"
"… ¿para qué?..."
"¡Por nosotros! ¡Por luchar, por ganar! Por demostrar a la Autoridad que no somos débiles y que podemos vengarnos… ¡por enfrentarnos a sus legiones de ángeles!"
"No necesitamos a los mortales ni a los Nephilim para eso, querida mía. Déjalos marchar."
"… marchar…"
El cuerpo adorable de Lilith se estremeció. Apretó el Cetro con su mano. Notó los dedos de Samael que le rozaban esa misma mano.
"Este instrumento es atroz, maligno. Deberías haberlo destruido hace mucho."
"… hace mucho..."
"Lo usaré para la lucha."
"Prométeme dejar en paz a los mortales. Llegaré a un pacto con el Lux Veritatis."
"…Lux Veritatis…"
Samael desapareció de su lado y fue a materializarse junto a Kurtis. Maddalena se había inclinado sobre él y le agarraba con fuerza la mano. Agonizaba.
"¿Puedes oírme, joven mortal?"
"… joven mortal…"
El asintió, levemente, apenas. No podía hablar.
"Tengo poder para reparar todo el mal que mi Esposa, si bien con la mejor intención, os ha hecho. Sé lo que quieres. Me lo has pedido ya. Pero sabes también las consecuencias…"
"… las consecuencias…"
Kurtis volvió a sentir, casi ya sin fuerzas.
"Sea así".
Y entonces extendió su mano brillante, que con un gesto rápido, misericorde, hundió en el pecho de Kurtis, en su corazón, como si fuese un puñal.
El sufrimiento se acabó en el acto.
Alguien soltó un fuerte alarido en la sala. No fue Maddalena, que seguía sujetándole la mano, pálida, observando con ojos arrasados, ya secos, la muerte del hombre al que inútilmente había amado.
Fue Lilith, la Madre de todos los Nephilim. Gritó de rabia y de furia.
"Mi hijo… ¡mi más perfecta creación entre los mortales!"
Samael retornó a su lado con calma.
"Lo habías matado ya con tu ira, Esposa… y en cualquier caso, nunca te hubiese obedecido…"
"… obedecido…"
Lilith volvió a gritar, alzó los brazos y se sacudió la tierra. Luego se dirigió a Betsabé, quien había observado horrorizada, in móvil, aferrada al altar, aquella horrible escena.
"A ti, hija mía… a ti te castigaré… maldita, por haberte rebelado. Te daré el peor castigo inimaginable…"
Ella esperó con calma la muerte. Pero no vino. Samael rodeó de nuevo a su Esposa y dijo:
"Ven… es hora de recobrar nuestro honor perdido…"
"…Perdido…"
Y ambos seres de luz, bellísimos como dioses, desaparecieron en medio de la luz.
La caverna empezó a hundirse.
(...)
Giselle seguía riendo, a carcajadas. Miraba el cadáver de Lara y se reía. Miraba el cadáver de Kurtis, y se reía. Pero no estaba loca. Al menos, ya no. Su risa era de contento, aunque amarga, de haber visto la muerte de sus enemigos más odiados. Había recobrado el juicio, en aquel momento, en aquel instante, que era el último de su existencia, aunque no lo sabía.
Vio a Maddalena levantarse y dirigirse hacia ella, caminando lenta, pausadamente. No se apartó. No le daba miedo. Cuando se le vino encima, la agarró por el cuello:
- ¿Qué quieres, maldita zorra? ¿Se ha muerto tu gran amor? ¡Ven aquí!
Se tambalearon un momento, agarradas. Luego Maddalena, que había recobrado las fuerzas, a saber de dónde, empezó a empujar a Giselle hacia atrás, lenta, inexorablemente. La doctora empezó a golpearla alternativamente, en un lado y otro de la cabeza, pero para cuando se dio cuenta de lo que Maddalena estaba haciendo, era tarde.
El abismo se abría detrás de ella.
La italiana le dio un último empujón final.
- Muérete. – la oyó sisear entre sus lindos dientes.
Giselle perdió pie, se desequilibró… y con un alarido de horror, se precipitó por una de las enormes grietas. Trató de agarrase a Maddalena, pero fue trabajo en vano. Lo más que se llevó entre sus dedos fueron girones de ropas y mechones de cabello rojizo. Se hundió en la oscuridad, y tan sólo un largo grito la acompañó en la caída.
Maddalena respiró hondo y se giró.
- Una vida por una vida…
Era Marcus quien había hablado. Se había levantado, dejando caer el tomo a sus pies.
- Una vida por una vida. – sonrió tristemente – Incluso aquella que es arrebatada por la fuerza se puede ofrecer en redención de una vida ya perdida.
Maddalena asintió. Estaba tranquila, serena. Todo tenía sentido al fin.
- Es hora de marcharse, querida. Yo también me voy.
Se dirigió con calma hacia la grieta, pero en su paseo acarició suavemente el borde del altar, y aún se inclinó para besar la frente de Lara. Luego, se dirigió a Betsabé, quien se había desplomado en el suelo, y dijo:
- ¿Ves, querida? Tú podías redimirte. Tú te has redimido. Estás salvada. Gracias.
- ¡No, Marcus! Tú…
Maddalena se abalanzó sobre él, tratando de detenerlo, pero él se dejó caer, con una sonrisa, por el borde, y se hundió en el vacío sin un grito, con perfecta paz.
La caverna seguía sacudiéndose. Gruesos trozos de piedra caían del techo. Betsabé no se movió. Tenía la mirada perdida, en el vacío…
- ¡Betsabé!- gritó Maddalena - ¡Vamos, levántate!
La agarró y la sacudió, pero la halló fría y rígida. La hermosa Nephilim la miró.
- No te esfuerces, no puedo morir. Tú lo harás, ahora.
Maddalena asintió.
- Doy mi vida, por él. ¿Me la aceptarán en pago?
- Sí. Así estaba escrito.
Tambaleándose, Maddalena volvió junto a Kurtis, se abrazó a su cuerpo destrozado, y susurró lo que serían sus últimas palabras, antes de sumirse en la paz:
- Qué no hubiese dado porque me hubieses querido.
La caverna se desplomó por fin, por completo. Todo se hundió. Antes de morir, Maddalena aún alcanzó a ver una extraña silueta blanca, juvenil, solemne, que parpadeaba en la negrura.
Después, paz.
(...)
A cientos de kilómetros de allí, en una fría sala de hospital, Selma Al-Jazira, en coma desde hacía más de un mes, despertó.
Abrió los ojos y se levantó jadeante. Luego, soltó un grito.
Zip, que dormía a su lado, repantigado en silla de hospital, saltó al oírla gritar y, no bien la vio moverse y mirarlo, corrió a su lado y la abrazó con fuerza, con muchísima fuerza, murmurando un montón de palabras incongruentes.
Selma, todavía confundida, no entendió nada de lo que pasaba, sólo podía murmurar…
- La expiación está cumplida…
A mis queridos lectores;
siento haber tardado tanto en subir otro capítulo, pero mis circunstancias personales me lo han impedido hasta ahora.
Sólo puedo pediros vuestra comprensión y perdón en ese aspecto. Besos y gracias por leer. :)
