Capítulo 2

John se despertó con una sensación de incomodidad en todo el cuerpo; ni siquiera recordaba lo que había soñado pero sabía que había sido algo que lo había dejado completamente tenso. Por lo que cuando trató de levantarse le costó mucho trabajo, era como si hubiese corrido durante toda la noche. Se sentía cansado y, según observó el reloj, sólo faltaba una hora para que comenzara su primera clase.

Sin poder evitarlo, sus ojos buscaron a su compañero y lo encontraron acostado en la cama, nuevamente con su bata puesta y su playera blanca. John resopló, molesto consigo mismo por sentir que la curiosidad volvía a apoderarse de él. Por más que quisiera negarlo u ocultarlo, lo cierto era que deseaba saber a dónde demonios había ido.

—¿Sherlock?

Él no le contestó, ni siquiera se molestó en voltear a verlo. John apretó los puños. ¿Qué le importaba? Debería estar pensando en desayunar, vestirse y…

—¿Adónde fuiste? —Sintió que la pregunta se escapó de sus labios, no pudo detenerla.

—Silencio, John. Es lo mejor para nosotros dos —dijo Sherlock, poniéndose de pie de un salto y dirigiéndose al baño. John pudo escuchar el sonido del agua cayendo.

Sabiendo que probablemente nunca podría descubrirlo, suspiró y se levantó completamente para comenzar a preparar su desayuno. Sin embargo, antes de que se dirigiera a la pequeña cocina que había en el 'departamento', sus ojos captaron un objeto sobre la cama de Sherlock: era su teléfono.

John se giró hacia él y avanzó un poco, pero se detuvo antes de llegar a la cama. No, definitivamente no iba a hacer eso, él no era así. Por más curiosidad que tuviera de saber dónde había estado Sherlock la noche anterior no podía violar su privacidad de aquella manera. Además, ni siquiera estaba seguro de que buscando en sus mensajes podría obtener una pista, aún cuando sabía perfectamente que antes de salir corriendo él traía su teléfono en las manos.

Sintió un cosquilleo en las yemas de los dedos, pero se resistió a avanzar más. El agua que caía de la regadera todavía se escuchaba claramente, parecía que su compañero todavía se iba tardar un poco más.

—No, no puedo hacerlo… no debo… —se repetía a sí mismo, murmurando. Pero, cuando se dio cuenta, se había inclinado sobre la cama y sus dedos se habían apoderado del aparato. Con cierto nerviosismo, buscó rápidamente los mensajes que Sherlock había recibido la noche anterior.

¿Vas a venir?

Tengo que mostrarte algo que te va a fascinar.

Está relacionado con las fotografías.

Casi puedo asegurar que, a tu manera, me vas

a amar después de esta noche.

Greg.

John leyó el mensaje dos veces, sin entender nada y quedando con una curiosidad que casi se desbordaba dentro de él. Sin embargo, el sonido de la regadera se detuvo y él no tuvo tiempo de ver nada más; se salió de los mensajes y dejó el teléfono como estaba, sobre la cama. Pero, en su ansiedad por ocultar su culpa y fingir que estaba más distraído en un libro de morfología, se tropezó y su rodilla quedó bastante adolorida por la caída. Por supuesto, no pudo evitar que una maldición escapara de sus labios.

Cuando Sherlock salió, esta vez vestido con unos pantalones de mezclilla y una camisa púrpura, John todavía estaba en el suelo, con una mueca de dolor en el rostro. Pero aquella distracción no evitó que se fijara en los rizos húmedos de su compañero, que caían como resortes oscuros sobre su frente. Sus ojos, que en aquella luz matutina se veían azules, recorrieron la habitación completa hasta caer en donde se encontraba el teléfono. John tuvo que desviar la mirada para que Sherlock no notara que sus mejillas se habían ruborizado.

Sin embargo, Sherlock no hizo ningún comentario, tomó la toalla que tenía alrededor del cuello y comenzó a sacudirse el cabello. Y justo en el momento en el que el rubio suspiraba de alivio, los dedos largos y elegantes de su compañero tomaron el móvil.

—Espero que hayas encontrado la información suficiente aquí como para satisfacer tu curiosidad y así ya no tengas que agobiarme con preguntas que no pienso responderte.

John le dio la espalda y se dirigió a la cocina. De reojo vio que él se estaba poniendo su abrigo oscuro.

—No sé de qué hablas —dijo, sonando a la defensiva.

—Tomaste mi teléfono —replicó Sherlock.

—No, no lo hice.

—Te apoyaste en mi cama antes de tomarlo; las sábanas están más arrugadas en esa zona, además yo dejé mi teléfono a veinte centímetros de la almohada, aproximadamente, y tú lo dejaste cinco centímetros más cerca. Al parecer viste uno de los mensajes que recibí anoche y después, al escucharme salir, lo dejaste tan rápido que no te fijaste al girar y te tropezaste con tu propio zapato y te golpeaste la rodilla (aunque no puedo tener crédito por deducir eso, ya que fuiste tan torpe que hiciste ruido, demasiado).

John se giró hacia Sherlock, estaba tan sorprendido que su boca se abrió. Pero reaccionó rápidamente, sabiendo que estaba quedando como un idiota frente a él.

—Yo observo todos los detalles, John. Así que si digo que tomaste mi teléfono es porque lo hiciste.

En otras circunstancias y ante otra persona (cualquiera, en realidad), John habría admitido su error y se hubiera disculpado, pero no ante él. Porque Sherlock lo irritaba como nadie lo había hecho antes. Su presencia lo hacía reaccionar inesperadamente.

—No lo hice —repitió, frunciendo el ceño y apretando los puños.

Sherlock sonrió.

El rubio no lo soportó más y le dio la espalda, se dirigió a la cocina.

—Arrogante bastardo —dijo para sí, sintiendo que su sangre hervía dentro de sus venas.

—¡Te escuché! —exclamó Sherlock, sin embargo no sonaba molesto, sino divertido.

—¡Me alegro!

Después John escuchó la puerta cerrarse y supuso que ya se había ido. Soltó un resoplido de frustración, porque, por más furioso que quería estar, la curiosidad era más fuerte dentro de él. Ahora estaba ansioso por saber quién era Greg.

Las horas pasaron increíblemente lento para John, las clases resultaron exhaustivas, pero se alegró de que fuera así, ya que su mente logró distraerse y no volver a pensar en Sherlock. Por supuesto, el destino parecía estar en contra suya, porque justo en el momento en que pensaba que volvía a estar tranquilo, sus ojos detectaron un abrigo oscuro pasar rápidamente.

Hacía mucho frío y la nieve sólo hacía que todo se viera tan blanco, que cualquier color gris, negro e incluso azul podía verse fácilmente. Además, la mayoría de los estudiantes se encontraban refugiados en los salones o en sus habitaciones. No era un día bueno para salir.

Así que sus ojos no pudieron evitar seguir los pasos de Sherlock hasta la biblioteca. John, por instinto, comenzó a caminar hacia él, pero se detuvo. ¿Para qué seguirlo? Ni siquiera estaba seguro si quería decirle algo, después de cómo se había comportado hacía unas horas.

Sacudió la cabeza, como si con ellos sus pensamientos pudieran liberarse de él.

—John, ¡John!

El joven rubio se giró y se dio cuenta que uno de sus amigos le estaba hablando, se sintió bastante enojado consigo mismo al darse cuenta de que no había escuchado nada de lo que le había dicho y todo porque un idiota arrogante con asombrosos pómulos y un abrigo oscuro había pasado frente a él.

—Lo siento, Greg, ¿podrías repetir eso último?

El joven se rió.

—Me llamo Tom, lo sabes.

—¡Lo siento! —exclamó—. No sé en qué estoy pensando…

Aunque sí lo sabía, sabía perfectamente dónde estaba su mente en esos momentos.

—Supongo que son las clases, yo también siento que fue mucha información en un solo día. Después de las vacaciones todo parece mucho más…

Pero John había dejado de escuchar, otra vez.

—Tom, voy a ir a…

—No, no, eso no —lo interrumpió una voz alegre y risueña. Alguien lo había tomado del brazo y, cuando giró la cabeza, se dio cuenta que era Sarah—. Tienes que venir a comer con nosotros.

Al darse cuenta que la mejor solución para evitar que su curiosidad creciera era alejarse de Sherlock lo más que podía, John se las arregló para regresar hasta la noche a su habitación. Ni siquiera se molestó en encender la luz para entrar; podía ver perfectamente gran parte del rostro de su compañero debido a la luz de su teléfono. Estaba tan concentrado en él, que ni siquiera notó cuando John entró en la habitación.

Se dejó caer en la cama después de cenar, esperando que el sueño llegara rápido y así poder olvidar la sonrisa en el rostro de Sherlock mientras observaba atentamente su teléfono o la forma en que sus dedos se movían sobre él para responder inmediatamente.

Se removió en la cama varias veces hasta darse cuenta de que no iba a poder dormir.

—Tú y Greg… ¿Se la pasaron bien anoche? —Soltó, sin poder evitar que sus labios expulsaran tales palabras. Estaba dándole la espalda y la oscuridad le impedía ver sus reacciones, así que trató de imaginar su rostro entre las sombras.

Y, entonces, escuchó su risa. Una risa profunda, muy humana, una que sonaba a verdadera diversión. En medio de la oscuridad y sin poder observar absolutamente nada, aquella risa sonó agradable en los oídos de John.

—Creí que había dicho que no habías tomado mi teléfono —le recordó, en un tono que mostraba perfectamente que encontraba aquello bastante divertido.

—No importa si dije que no, ya sabías que sí —respondió John, alegre de que Sherlock hablara. Había pensado que su risa sería todo lo que escucharía de él aquella noche—. Lo siento. Ahora responde a lo que te pregunté.

—Si quieres saber… sí, me la pasé muy bien anoche. Fue uno de los momentos más excitantes de toda mi vida.

—Oh… bien… —John no supo que decir en ese momento, la respuesta, de alguna manera, lo había dejado con una sensación de molestia—. No me vas a decir a dónde fuiste, ¿verdad? Ni siquiera qué hiciste… bueno, olvida eso último, no estoy muy seguro de que quiera saber eso.

Sherlock permaneció en silencio. John se sintió tentado a girarse y observar su rostro, pero no lo hizo.

—Aunque sea… ¿podrías decirme cómo es que terminaste aquí? —dijo el joven, después de un rato.

—Pensé que la secretaria se había encargado de informarte todo mi historial de 'mal comportamiento'.

—Mencionó algunas cosas, pero nada muy específico. Dijo que llamabas a todo el mundo 'idiota' y que te robaste algunos instrumentos del laboratorio de…

—Los tomé prestados —corrigió Sherlock—. Los iba a regresar, sólo quería hacer un experimento. Sin embargo, eso no fue exactamente por lo que me expulsaron de aquel edificio, sino por lo que les decía sobre sí mismos. A las personas siempre les ha molestado lo que hago.

—¿Y qué haces exactamente?

—Observar y deducir. Es toda una ciencia, John. La Ciencia de la Deducción. Se pueden saber muchas cosas sobre la gente utilizando mis métodos.

—¿Por eso supiste que había tomado tu teléfono?

—Exactamente.

—Pero… ¿Qué cosas les decías? ¿Por qué molestarse tanto por eso?

Sherlock suspiró, como si estuviera lidiando con un niño pequeño que no se quiere dormir hasta que le cuenten una historia.

—Una vez provoqué un pleito entre dos de mis compañeros de piso.

—¿Cómo?

—Es posible que yo haya mencionado frente a… No me acuerdo de sus nombres, probablemente los borré porque no eran importantes, así que los llamaré X y Y. Mencioné una vez que me parecía increíblemente curioso que X jamás se hubiese dado cuenta que Y se acostaba con su novia. Y es que ese día estaba verdaderamente molesto con ellos porque siempre hacían fiestas y…

—¿Qué? Espera, espera, ¿cómo es que supiste eso? —John no pudo resistir más y se giró hacia él. Lo vio acostado, mirando hacia el techo, sus manos estaban juntas.

—Lo vi.

—¿Cómo?

—Las pupilas de ella se dilataban cada vez que hablaba con Y, siendo que, extrañamente, mantenía una relación 'estable' con X, además de la forma en que insistía en tocarle el hombro y… el desodorante, John, el desodorante.

—No entiendo.

—Por supuesto que no entiendes.

John gruñó, lo cual hizo reír a Sherlock nuevamente.

—Explícame, entonces.

—Los dos, tanto Y como la novia de X traían puesto desodorante para hombre, el mismo tipo de desodorante.

—Tal vez ellos… no, olvídalo, tienes razón.

—Por supuesto que la tengo, siempre la tengo.

Esta vez, en lugar de molestarse por su arrogancia, John sonrió en la oscuridad; no pudo evitar reírse.

—¿Por qué te ríes? —Sherlock había girado su cabeza para verlo, pero era inútil, John no traía ningún teléfono o laptop cuya luz le iluminara el rostro.

—Nada, no es nada, en serio —en ese momento, John supo que se había terminado su suerte y que probablemente su compañero se negara a seguir hablando con él, pero valía la pena hacer un último intento—. ¿Puedes hacer eso ahora?

—¿De qué hablas?

—Deducirme… no, espera, no quise decirlo de ese modo —dijo, de pronto sintiéndose nervioso—. Lo que quise decir es que me gustaría que dijeras algo sobre mí, algo que hayas observado.

John pudo ver la sorpresa en el rostro de Sherlock cuando éste arqueó sus cejas hacia él.

—Nunca nadie me había pedido eso. Normalmente se los digo sin que me lo pidan y normalmente terminan molestos conmigo.

—Entonces… ¿Lo harás? —insistió John, sintiéndose algo… emocionado.

—No; sigo creyendo que deberíamos mantener la comunicación al mínimo. Además, si te digo te vas a molestar como todos.

—No, no lo haré.

—Sí.

—Te equivocas.

—Nunca me equivoco.

—Sherlock, por favor…

Pero él ya no le contestó y John supo que ya no lo haría, por lo menos no aquella noche.

—¿No tienes tarea que hacer? —Le preguntó John a la tarde siguiente. Esperaba que una pregunta mucho menos personal lo lograra sacar de su mutismo.

Sherlock, sin despegar los ojos de su laptop, señaló un libro de química orgánica que se encontraba sobre una de las mesitas de noche.

—¿Eso que significa? —Gruñó John.

El joven de cabello oscuro puso los ojos en blanco.

—Ya la terminé.

—¿Qué? Pero yo ni siquiera te vi…

—Estabas comiendo, por eso no me viste.

—Pero no me tardé más de…

—Era muy sencilla; un juego de niños.

—Si es cierto que todo te parece tan sencillo, porque no me ayudas con esto que…

Pero John fue interrumpido por el sonido de golpes al otro lado de la puerta.

—Es para ti —dijo Sherlock, inmediatamente.

—¿Cómo lo sabes?

Sherlock giró su cabeza hacia él, lo observó directamente durante unos segundos.

—¿Quién vendría a visitarme a mí?

—No lo sé, tal vez… Greg —dijo John. No tenía idea de por qué había mencionado eso y ahora se arrepentía.

Su compañero arqueó las cejas hacia él, pero no hizo ningún comentario.

—¿No deberías abrir?

John se levantó apresuradamente, de pronto se había olvidado por completo que alguien tocaba la puerta.

—¡Hola, John! —Exclamó la dulce voz de Sarah, al otro lado, en el pasillo.

—¿Qué haces aquí?

—Pensé que podrías ayudarme un poco con la tarea —dijo ella, retorciéndose un mechón de cabello.

Instintivamente, su cabeza se giró hacia la habitación, donde se encontraba Sherlock.

—Sí, por supuesto, sólo que… umm… tal vez sería mejor quedarnos aquí ya que…

Sin embargo, ella lo hizo a un lado y avanzó hacia donde se encontraba el dormitorio.

—¡Tonterías! Si lo que te preocupa es que vea tu habitación, debo decirte que crecí con dos hermanos… así que estoy acostumbrada al desorden de los hombres.

—No, Sarah, lo que sucede es que…

Pero era demasiado tarde, ella había entrado y, por supuesto, sus ojos se habían fijado en Sherlock. Era algo inevitable, de alguna manera su presencia llenaba la habitación. A pesar de que él no parecía interesado en ninguno de los dos.

—¡Hola! ¡Me llamo Sarah! —saludó la joven, acercándose un poco, sin embargo, Sherlock ni siquiera arqueó una ceja en su dirección. Parecía muy interesado que estaba leyendo en su teléfono.

—Se llama Sherlock —intervino John, al ver que ella fruncía el ceño—. Él es… un poco tímido, eso es todo.

Afortunadamente él no reaccionó a su curiosa elección de palabras; probablemente estaba tan concentrado en lo que hacía que ni siquiera sabía que había dos personas más en la habitación con él.

—¡Oh! En ese caso tal vez deberíamos invitarlo a la fiesta, necesita socializar un poco —comentó la joven, sentándose en la cama, junto a él.

John estaba esperando que Sherlock soltara algún insulto o que simplemente le pidiera que se callara, pero ninguna de las dos cosas sucedió. Él parecía encontrarse en otro lugar. Era como si la hermosa joven a su lado no existiera.

—¿Sabes, Sherlock? Tienes un hermoso cabello —dijo ella, sonriendo. Extendió una mano hacia él y tocó uno de los mechones que caían sobre su frente. John estaba seguro que en ese momento Sherlock diría algo, pero no lo hizo. Y se sintió… extraño. Se dio cuenta, que varias veces había deseado hacer lo mismo que Sarah estaba haciendo en esos momentos.

—Sarah, creo que no es buena idea —dijo él—. ¿Por qué no mejor nos dedicamos al trabajo que tenemos pendiente?

—¿Por qué? ¿Estás celoso? —Preguntó ella, arqueando una ceja. Su mano se alejó del cabello de Sherlock.

John sintió que su cara ardía en ese momento y estaba a punto de decir que él no estaba celoso porque Sherlock ni siquiera era nada suyo… cuando se dio cuenta, por la expresión complacida de Sarah que ella no se refería a eso.

—Porque no tendrías que estarlo, tú eres más lindo que él. No te ofendas, Sherlock, aún así me agradas.

El joven de cabello oscuro parpadeó como si hubiese salido de una ensoñación y observó a la joven atentamente.

—¿Qué? ¿Quién eres tú?

—Sarah, ya te lo había dicho.

Los ojos de Sherlock, que aquel día se veía verdes, miraron a John y después a ella.

—Sí, Sarah, por supuesto —dijo, como si hubiese comprendido algo. Sin embargo, un sonido de alerta emergió de su teléfono y volvió a ignorar a todos los que se encontraban a su alrededor. De pronto, una sonrisa se dibujó en su rostro y su mirada brilló intensamente.

Y John lo supo antes de que Sherlock se levantara y casi empujara a Sarah, sabía que se iba a ir. Tal vez ese había sido otro mensaje de… Greg.

—¿Adónde vas? —No pudo evitar preguntarle.

—A caminar.

—¡Espera, Sherlock! —intervino la joven, tomándolo del brazo—. No me dijiste si vas a ir a la fiesta.

—¿Fiesta? Es decir, música de mal gusto, conversaciones incoherentes, hipocresía y personas ingiriendo alcohol sólo para verse más estúpidas de lo que ya son… No, no es lo mío.

Sonrió y se fue, dejando a Sarah con la boca abierta y a John con esa molesta curiosidad que parecía aumentar cada día que pasaba con él.