Capítulo 3

Después de que Sarah se había marchado, John había tratado de recuperar el tiempo que había perdido con ella. Ya que, una vez que Sherlock se marchó, ella no parecía tener intenciones de hacer tareas o trabajos, sino que se sentó junto a él y comenzó a hablar de cosas que, para ser sincero, a John no le interesaban en lo más mínimo. Incluso se sorprendió bastante de que ella no se hubiera dado cuenta que él sólo la escuchó con atención los primeros cinco minutos y después sus pensamientos se fueron a otro lugar… siguiendo a un arrogante joven que traía un abrigo oscuro y una bufanda azul. Y ahora que trataba de concentrarse tampoco podía, porque Sherlock no había regresado y la curiosidad lo torturaba constantemente.

Ya eran las once cuando se rindió y decidió acostarse… sin embargo, la cama tampoco fue un consuelo, porque, a pesar de que estaba cansado, no podía dormir. ¿Por qué? Porque el maldito de Sherlock Holmes no había regresado.

¿Así serían todas las noches? Preguntándose a dónde había ido alguien que no debería importarle… Pero no le importaba en realidad, simplemente la curiosidad no podía dejarlo descansar. Sacudió su cabeza, molesto consigo mismo y cerró los ojos, respirando profundamente, tratando de pensar en lo que tenía que hacer a la mañana siguiente y, por fin, logró dormirse…

Horas más tarde, un ruido lo despertó. Sus ojos tardaron de distinguir algo en la oscuridad, pero, después de un rato, pudo ver una figura alta caminando por la habitación. No tenía que apretar en interruptor de la luz para saber de quién se trataba. Pero, antes de que sus labios pudieran formular una pregunta, escuchó que la figura se quejaba en la oscuridad.

Y supo que algo estaba mal.

—¿Qué sucede?

—Nada, John… Duerme.

Pero él estaba demasiado intrigado como para hacerle caso, así que se levantó rápidamente y encendió la luz. Y vio a Sherlock, haciendo una mueca de dolor y apretándose el brazo izquierdo; estaba sangrando. Tenía una herida que cruzaba su brazo. Se dio cuenta que su camisa se había manchado, pero se había logrado quitar el abrigo antes.

—¿Qué te pasó?

—Ya te dije que no es nada.

—¡Tienes que ir a la enfermería!

Sherlock frunció el ceño.

—No es necesario, yo puedo arreglarlo…

Y John, sin saber por qué exactamente, estalló. Estaba completamente furioso, observando como la sangre brotaba de la herida y manchaba su pálida piel.

—Siéntate.

—La herida no es profunda, no es para tanto.

—¡Siéntate ahora! ¡Y no te atrevas a decir una sola palabra! –Exclamó, molesto. Ni siquiera se percató de la mirada sorprendida que le lanzaba Sherlock. El rubio extendió una mano hacia él y Sherlock le permitió que revisara la herida. John suspiró, él tenía razón, no era profunda. Sin embargo, necesitaba de vendaje. Se levantó y se dirigió al baño.

—Te dije que no era para tanto…

—No he dicho que puedes hablar y tampoco dije nada de que podías moverte –le gritó desde el baño. Rápidamente sacó unas vendas y alcohol.

Sherlock frunció el ceño cuando lo vio inclinarse frente a él con un algodón impregnado de alcohol. Parecía un niño pequeño, haciendo muecas. John hizo un gran esfuerzo por no reírse, porque recordó que estaba enojado con él.

Con mucho cuidado limpió la herida y la vendó; se sorprendió al notar que Sherlock dejó de resistirse y le permitió curarlo.

—¿Cómo fue que te hiciste esto? —Le preguntó una vez que terminó. Se dio cuenta que todavía sostenía su brazo y lo soltó inmediatamente, sintiéndose un poco avergonzado. Se sentó en su cama.

—Gracias —dijo Sherlock, después de un rato. Dejando claro que no iba a responder a su pregunta, sin embargo, parecía que había sido sincero, por lo que John no pudo evitar sonreírle.

—¿Greg estaba contigo? —Preguntó, sin poder evitarlo.

—Sí.

—¿Y no hizo nada? ¿No te… ayudó o algo?

—Quiso llevarme al hospital, pero le dije que no era nada grave.

John se volvió a sentir molesto.

—Debió llevarte, aunque no quisieras, si en verdad se preocupa por ti…

—Él sabe que no hubiera aceptado, me conoce bastante bien.

—Sí, claro, lo olvidaba… él te conoce muy bien, mucho mejor que yo… De cualquier forma, ¿para qué me esfuerzo? Eres un idiota arrogante.

Sherlock lo observó atentamente, una expresión de confusión apareció en su rostro.

—No entiendo por qué esto te molesta tanto, en realidad, no entiendo por qué estás molesto… Ya te di las gracias…

Pero John estaba cada vez más enojado y ni siquiera él sabía por qué se sentía así. Parecía que Sherlock tenía la asombrosa capacidad de hacerle hervir la sangre.

—¡No estoy molesto! —Gruñó, haciendo que sus palabras parecieran ridículas—. ¿Sabes qué? No tengo tiempo para esto, necesito dormir.

—John…

Pero el rubio lo ignoró y se acostó, asegurándose de cubrirse completamente con el edredón, para no tener la tentación de girar la cabeza en su dirección.

Cuando John abrió los ojos nuevamente, descubrió que Sherlock se había levantado y se dirigía al cuarto de baño. A juzgar por la toalla que llevaba en un brazo, iba a bañarse.

—¡Espera! —exclamó, levantándose y tomándolo del la muñeca.

—¿Qué sucede?

—Voy a quitarte esta venda, después te metes a bañar y regresas para que te ponga una nueva.

—Yo puedo hacerlo solo…

Pero se interrumpió cuando escuchó a John gruñir, parecía que no iba a aceptar negativas.

—Así que… ¿todavía no te has graduado y ya eres mi doctor personal? —Preguntó, arqueando una ceja y sonriendo.

—¡Cállate, Sherlock! —Sin embargo, John no pudo decir esas palabras sin reírse; le resultaba casi imposible permanecer enojado con alguien como él. Cuando lo había visto a los ojos aquella mañana, supo que toda su molestia de la noche anterior se había esfumado. No podía creer que alguien pudiera hacerlo enojar y reír tan rápidamente.

John estaba desayunando cuando Sherlock se acercó a él y casi escupe todo su cereal al descubrir que no traía camisa. Su cabello todavía seguía mojado y pequeñas gotas caían sobre sus hombros y escurrían sobre su piel.

—Vamos, doctor Watson que tengo que ir a una clase —dijo, aburrido.

El rubio trató de vendarlo lo más rápido posible, asegurándose de no levantar la vista, ya que sentía que todo su rostro estaba ardiendo y no quería que Sherlock lo notara.

—Gracias —dijo Sherlock otra vez y se marchó.

John volvió a observar su desayuno y descubrió que ya no tenía hambre.

—¿Vas a decirme? —Preguntó John dos noches después. Para su desgracia, descubrió que se le había hecho una costumbre escuchar la voz profunda de Sherlock a esas horas y que sólo podía dormir más tranquilo después de oírla.

—¿Qué?

—Lo que te pedí hace días… que adivinaras algo sobre mí.

—Yo no adivino, John —replicó el joven de cabello negro.

—De acuerdo… deduces, sí, ya entendí —dijo él, sin poder evitar soltar una risita—. ¿Entonces lo harás?

—Quieres que te diga… ¿lo que sea sobre ti?

—Sí, lo que quieras.

—Te vas a molestar.

—No, no lo haré.

Sherlock suspiró y se giró en la cama. Desde donde se encontraba John, frente a él, pudo ver claramente sus ojos brillando en la oscuridad.

—Lo que sea que tengan Sarah y tú… no va a funcionar —dijo él, tranquilamente.

—¿Cómo puedes saber lo que va a pasar? Ni siquiera… yo… no tenemos nada, pero…

—Ella no te interesa —le dijo él.

John frunció el ceño. No estaba molesto, sino un poco alarmado… el hecho de que Sherlock supiera cómo se sentía lo asustaba… ¿Él podría saber todo lo que sentía, en todo momento? ¿Cómo?

—¿Cómo puedes saberlo?

—Por tu voz —le respondió Sherlock—. Y por tu lenguaje corporal. Las veces que Sarah ha venido hasta aquí y ha intentado… no sé cómo decirlo ¿flirtear, coquetear, seducir? No sé mucho de esas cosas, pero sé de las personas y las señales son bastante claras.

—¿A qué te refieres con lo de mi voz?

—Cuando hablas con ella suenas como si estuvieras bastante aburrido, aunque tratas de parecer amable. Y te esfuerzas en ser más amable precisamente porque no quieres que ella note que no te parece interesante.

—No me aburre —replicó John.

—Sí lo hace. Y no entiendo por qué no se lo dices ¿Por qué las personas se esfuerzan tanto en ser hipócritas, no sería más sencillo ser sinceros? Así te ahorrarías muchas horas tediosas y…

—Sarah es mi amiga.

Sherlock se rió. John se molestó más porque a pesar de que sabía que se estaba burlando de él, su risa siempre lo hacía sonreír, pero estaba oscuro, así que él no podía verlo.

—De acuerdo… tú amiga debe ser considerada por la mayoría de los estudiantes de aquí como alguien físicamente atractivo y está claro que ella quisiera ser más que tu amiga, pero tú no pareces interesado. Cada vez que ella intenta acercarse tú te alejas y la ves como si quisieras que desapareciera y te dejara solo.

—¡Tú no puedes saber si va a funcionar o no! —Exclamó John, después de un rato. No tenía ni idea de por qué ahora deseaba estar interesado en Sarah, deseaba que Sherlock se equivocara, deseaba no sentirse tan… frustrado.

Se escuchó el sonido de su teléfono y John supo que había recibido un mensaje. Inconscientemente, gruñó.

—Te dije que te ibas a molestar —dijo Sherlock, mientras sus dedos se mantenían ocupados en responder.

—No estoy molesto.

—Lo que digas.

John se movió en la cama, tratando de calmarse, pero era inútil.

—La otra vez… ella estaba flirteando contigo.

—¿Qué? —Sherlock parecía más interesado en su teléfono como para prestarle atención. John frunció el ceño.

—Ella… tocó tu cabello y se sentó cerca de ti.

—La gente no hace eso, John.

—¿A qué te refieres?

—Las personas no se interesan en mí, no… flirtean conmigo.

—¡Pero ella lo hizo! No puedes negar que…

—John, mi amigo es un cráneo. Yo no busco relaciones con las personas y ellas no lo buscan conmigo.

El joven rubio se sintió desesperado. No podía creer que alguien que observaba todo no podía darse cuenta cuando alguien estaba interesado en él. No importaba que Sarah sólo lo hubiera hecho para ponerlo celoso, pero lo había hecho.

—¿Y qué pasa con Greg, entonces?

—¿De qué hablas?

—Nada, no quise decir nada, olvídalo —dijo John, girándose sobre la cama para darle la espalda. Todo lo que quería era dormir.

Y por más que John quiso convencerse a sí mismo que estaba emocionado por la fiesta de esa noche, no tenía ganas de ir. Pero frente a Sherlock trató de parecer alegre.

Sin embargo, la sonrisa que tanto trabajo le había costado dibujar en su rostro se esfumó en un segundo cuando vio que él también se preparaba para salir.

—¿Vas a salir otra vez?

—Por supuesto —respondió Sherlock sonriendo—. Es sábado en la noche y no voy a desaprovechar esa oportunidad para divertirme un rato…

—¿Cómo te diviertes tú? —Le preguntó John.

—Creo que no te gustaría escucharlo —respondió Sherlock. El joven comenzaba a sospechar que disfrutaba haciéndose el interesante frente a él. Lo cual, por desgracia, funcionaba bastante bien.

—Tal vez si intentaras decirme…

Sherlock lo ignoró y se amarró la bufanda al cuello.

—¿Vas a ver a Greg?

—Por supuesto, sin él me perdería de toda la diversión.

John frunció el ceño. Por supuesto, siempre Greg, el increíble y magnífico… Greg.

—¡Sherlock, espera! —exclamó, cuando lo vio dirigirse a la puerta.

—¿Qué? —Le preguntó, irritado, como si estuviera demasiado ansioso por salir.

—Ten cuidado.

—Estaré bien —respondió, guiñándole un ojo antes de salir.

La fiesta fue peor de lo que se había imaginado, sobre todo porque parte de él no estaba ahí, tratando de divertirse, sino pensando que podría estar haciendo su compañero de habitación en aquellos momentos. Sarah intentaba acercarse a él e invitarlo a bailar, pero era inútil, cada vez que hablaba con ella le parecía menos interesante. Sin embargo, quería hacer un esfuerzo, quería tratar de divertirse y eliminar su curiosidad, así que intentó ayudarse un poco tomando unas cuentas cervezas y un trago de tequila.

Pero eso sólo lo hizo sentirse mareado, confundido y alegre al mismo tiempo. Y, aún así, no logró sacar a ese maldito arrogante de su mente. Pero sus esfuerzos eran inútiles. Incluso vio a Sarah hablando con otro joven, tratando de ponerlo celoso, pero en lugar de reaccionar como ella esperaba que lo hiciera, se sintió aliviado de que alguien más hablara con ella y se fue de ahí.

Uno de sus amigos lo dejó en el campus y cuando llegó finalmente a su habitación y se dio cuenta que Sherlock estaba ahí se sintió alegre nuevamente y molesto al mismo tiempo.

—¡Tú! ¡Tú tenias razón maldito bastardo! —exclamó, tratando de llegar a su cama. Logró sentarse y comenzó a reírse—. No funcionó; lo mío con Sarah… quiero decir.

Sherlock puso los ojos en blanco y lo ignoró. Sin embargo, minutos después saltó de la cama y se acercó a él.

—¡John, esto es perfecto! Precisamente ahora estoy investigando un caso de… no, eso no importa, todo lo que necesito saber es cuánto alcohol ingeriste… ¿Recuerdas que fue lo que tomaste y qué cantidad?

Pero John lo escuchaba claramente, estaba sentado tratando de no caerse. Sherlock se acercó más y el joven se dio cuenta de que sus ojos eran todavía más hermosos durante la noche. Pudo ver cómo se mezclaban el verde y el azul en ellos.

—¿John?

Pero él comenzó a reírse. Vio a Sherlock suspirar, fastidiado. Se inclinó más y tomó el rostro de John entre sus manos, el joven se ruborizó, pero no pudo evitar sonreír. Se sentía demasiado mareado como para dejar que la vergüenza le afectara.

—Pero si Sherlock Holmes odia el contacto humano —dijo él, riéndose—. Y sin embargo estás toqueteándome… ¿eso me hace especial, Sherlock?

Al parecer el joven de cabello negro decidió ignorarlo. Y lo observó con atención.

—Tienes las pupilas dilatas y el pulso acelerado —comenzó, después de tocar su muñeca.

—¿Y qué concluyes con eso, señor deducción? —Preguntó John, inclinándose más cerca.

—Que ingeriste demasiado alcohol y es por eso que te comportas… así.

John volvió a reírse, ahora tenía sueño… pero no le importaba, no le importaba nada. Extendió su mano y tocó la mejilla de Sherlock.

—Me gustan tus pómulos —dijo.

Sherlock se aclaró la garganta y se alejó de él.

—Creo que en el estado en el que estás no me vas a poder responder nada —dijo.

John protestó y trató de levantarse para acercarse a él, pero todo lo que logró fue tropezar y caer en la cama.

—Y me gusta tu voz —comentó, sin poder evitarlo. Se sentía mareado pero increíblemente alegre—. Sarah tiene una voz muy aguda, pero la tuya… la tuya es tan profunda… Y Sarah si me aburrió, no funcionó y todo por tu culpa, Sherlock. ¿Sabes por qué?

—Yo sólo dije lo que observé, aún si no te hubiera dicho mis deducciones todo habría terminado igual…

John frunció el ceño; de pronto se sintió frustrado.

—¡No! No entendiste lo que quise decir, no hablaba de tus malditas deducciones… yo quise decir que…

Pero se quedó completamente dormido antes de poder terminar.

Al día siguiente John se despertó con la sensación de que le estaban partiendo la cabeza en dos. Todos los sonidos le molestaban, sobre todo el sonido de los dedos de Sherlock sobre su teléfono, ¿por qué siempre se la pasaba mandando mensajes?

—Hice té —le dijo Sherlock—. Está en la cocina, todavía está caliente.

—Gracias —respondió, masajeándose las sienes. Se sirvió un poco del té y se sentó en una silla, frente a una larga barra, que les servía bastante bien como mesa. Le puso un poco de leche y lo probó y descubrió que tenía un aroma y sabor deliciosos.

—¿Cómo hiciste esto, Sherlock? ¡Es el mejor té que he probado en mi vida! —Exclamó, sorprendido.

—He experimentado mucho con diferentes tipos de té y creo que he encontrado las cantidades precisas para hacer el té perfecto —respondió Sherlock, su voz sonaba tan complacida que John no pudo evitar reírse, pero se arrepintió inmediatamente al sentir una punzada en la cabeza.

Y de pronto, varias imágenes de lo sucedido anoche comenzaron a aparecer en su mente. Lo que recordaba con más claridad era cuando se encontraba en la fiesta, después todo se volvía confuso. Sin embargo, unas cuantas palabras le vinieron a la mente, palabras que habían salido de sus labios y que ahora esperaba que hubieran sido sólo parte de un sueño.

—¿Sherlock? ¿Cómo fue que llegué a mi cama?

—Te caíste sobre ella.

—Y… ¿Qué más hice? ¿Dije algo?

—No, nada importante.

John trató de sentirse más tranquilo con aquella respuesta, pero tenía una sensación extraña. Sin embargo, no quiso preguntarle más a Sherlock.

—¿Vas a salir otra vez? —Le preguntó John, esa misma noche.

—Sí.

—Perfecto, porque yo voy a acompañarte —dijo él. Estaba cansado de tanto misterio.

—Pero John…

—Y si me dejas, yo voy a seguirte hasta encontrarte, lo juro, Sherlock.

—No te va a gustar…

—¿Por qué no dejas que lo juzgue yo?

—No creo que entiendas…

—¡No me importa! —Exclamó, desesperado—. Voy contigo, quieras o no.

Sherlock suspiró, pero su expresión cambió rápidamente y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.

—De acuerdo, de cualquier forma es mejor que lleve a mi doctor conmigo.