Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.


CAPÍTULO III

Después de un buen rato, Lovino se percató de la ausencia del español. Miró por todas partes, incluso la mesa donde se suponía que debía estar sentado. No había rastros aparentes de él. ¿A dónde se había metido?

Aprovechó el momento en que Sadiq estaba conversando por teléfono, para acercarse a su hermano y preguntarle sobre el español, aunque no tenía demasiadas esperanzas.

—Estúpido, ¿sabes dónde está el idiota de Antonio? —le interrogó, como si fuera su deber saberlo.

—Creo que dijo que se sentía mal o algo así. ¿Por qué, hermano? ¿Te sigue importando? —No estaba pensando demasiado en lo que decía o lo sensible qué era el tema para el otro.

—¡Claro que no! ¡Sólo…! ¡Sólo…! —no supo qué decir así que se retiró molesto.

Tal vez era absurdo que después de tanto tiempo, quisiera verlo. Durante esos largos meses, había tenido la idea en volver al pueblo y volver con Antonio, pero nunca había tenido el coraje de hacerlo. Y ahora que lo había vuelto a ver, esas ganas habían regresado. Por supuesto, no era algo que podía conversar libremente mientras ese turco se mantuviera tan de cerca.

Por su lado, Antonio y Francis estaban en camino a la casa de éste último. Luego de estar en silencio por un buen rato, el primero dejó escapar un suspiro. Obviamente, nada había salido como había creído que sería. En ningún momento, había previsto que estuviera con alguien a su lado.

Sin embargo, lo que más le había dolido, había sido su indiferencia. ¿Acaso no le había importando en lo más absoluto la relación que habían tenido? Sí, tal vez no había sido perfecta y que habían tenido sus conflictos, pero siempre había tenido la esperanza de que podrían superarlo todo.

Es decir, ¿qué había hecho que fuera tan terrible como para ni siquiera dirigirle una mísera palabra?

—Un poco de vino y verás cómo no te importará más —comentó el francés a la vez que apoyaba su mano sobre el hombro del español. Sí, no iba a ser suficiente pero uno de los dos debía ser el optimista.

Después de bajarse del taxi, ambos ingresaron a la casa del rubio. Éste se dirigió de inmediato a la cocina a buscar una botella de su mejor vino y un par de copas. Antonio aprovechó para darle un vistazo a sus alrededores, ya que hacía un tiempo que no pasaba por allí.

Rememoró lo mucho que solía pasear por esos lares del pueblo, cuando aún estaba con Lovino. La casa de Francis estaba enfrente al edificio donde se hallaba el piso que ocupaban los hermanos Vargas, así que era fácil para aquel tener una especie de añoranza. Y era justamente por esa razón que no había ido a visitar al francés durante todo ese tiempo, ya que le provocaba demasiados recuerdos.

Se recostó por el sofá, tal vez sí había llegado la hora de darse por vencido. Si el muchacho ya no quería saber nada él, pues nada más tenía sentido.

—¡Deja de poner esa cara de perro abandonado! —exclamó con cierto enojo el dueño de casa —. Te ves horrible con esa expresión —opinó para luego sentarse al lado de su invitado.

—Pues ¿qué esperas? ¿Por qué rayos debería estar contento? —se quejó.

—Ay, amigo mío. Simplemente eres una víctima más de las garras del amor. Te puede hacer feliz como nunca te lo has imaginado e igualmente te hará sufrir como una tortura interminable —reflexionó el galo mientras que servía las copas de vino. Después de entregarle la que le correspondía a su amigo, sonrió —Ah, sí. La diosa del amor es bastante caprichosa.

Antonio se quedó observando el vino por un buen rato. Honestamente, no sabía qué iba hacer ahora con su vida. Era ridículo depender de alguien más para ser feliz, estaba consciente de ello. Y sí, había conseguido vivir sin Lovino por veinticinco años. Entonces, ¿cuál era la diferencia?

Que no podía arrancárselo del pecho tan fácilmente. Sin embargo, ahora iba a dejarse llevar por el alcohol. Ya no importaba más si hacía algo que después se arrepintiera o no.

—¡Qué demonios! —Tomó en un solo sorbo el contenido de la copa y luego la golpeó contra la mesa de estar —. Supongo que ya no tengo que preocuparme de nada más.

Pasaron las horas y el español llegó al punto en que sus ojos estaban rojos y no podía mantenerse de pie. Francis había tratado de calmarlo, pero simplemente estaba fuera de control. No podía culparlo realmente, si estuviera en su misma situación, tal vez estaría haciendo lo mismo.

—¿Sabes, Francis? —pausó por un momento —Pensé que él… Él era para mí… —afirmó mientras que trataba de socavar el ataque de hipo que le había entrado.

—Sí, ya me lo dijiste mil veces —replicó éste, mientras que le daba palmas en la espalda.

—¿Qué tan grande crees qué sea la cuenta bancaria de ese hombre? —preguntó repentinamente a la vez que observaba la ventana.

—¿De qué rayos hablas? —Enseguida se dio cuenta de que Antonio no estaba precisamente en las mejores condiciones para hablar. Quizás debía obligarlo a ir a dormir antes de que dijera alguna incoherencia.

Sin embargo, era algo tarde. El hispano se levantó tambaleando, sujetándose de la pared hasta que alcanzó la bendita ventana. Con fuerza y sudor, consiguió abrirla, aunque terminó por caerse sobre el suelo. Después de un par de intentos y de haberse golpeado la retaguardia lo suficiente como para no querer sentarse, se puso de pie.

—¿Qué vas a hacer, Antonio? —Francis se quedó atónito ante las acciones de su amigo. No sabía qué debía hacer, si dejar que continuara con lo que fuera que tuviera en mente o detenerlo.

—¡¿No es obvio? —Se tiró a través de la ventana y aterrizó sobre el césped. Levantó la mirada, tenía un solo objetivo en mente. Bueno, dos: Uno consistía en poder caminar sin tropezarse con sus pies.

El galo salió corriendo de allí para detener a su mejor amigo. Tardó un poco en percatarse lo que planeaba pero ahora que ya lo había descubierto, debía detenerlo. No iba a dejar que se humillara más. No por alguien que aparentemente no demostraba ningún interés por él.

—Sólo debo caminar hasta el ascensor y luego… —se dijo a sí mismo mientras que procuraba caminar, una tarea difícil cuando ni siquiera recuerdas la cantidad de copas de vino que te has tomado. Y a eso había que añadirle que tenía la vista bastante borrosa.

Sin embargo, Francis impidió que diera un paso más. No iba a dejar que se arrastrara frente a Lovino de ninguna manera. Lo abrazó para poder llevarlo de vuelta hasta su casa. Respiró profundamente, no pensó que la situación fuera tan… Delicada, por decirlo de alguna manera.

—¿Eh? ¡Tengo que hablar con…! —El hipo no le permitió pronunciar palabra alguna.

—Podrás hacerlo en otra oportunidad. No te ves bien y tampoco hueles a rosas —explicó el francés mientras que regresaban a la casa de éste.

—Ah, no me siento bien… —se quejó el hispano tras ingresar a la casa del rubio.

—No te atrevas, maldito. No te atrevas a… —Temía lo peor. No quería que el otro ensuciara su preciosa alfombra persa recién traída de la ciudad, con vómito de borracho.

Sin embargo, todo lo que pasó fue que se desmayó y Francis tuvo que hacer un mayor esfuerzo para caminar con el español. Por supuesto que estaba preocupado que llegara a ése estado, pero al menos sus pertenencias se habían mantenido intactas.

Dejó al español encima del sofá y luego se fue a su habitación, para acomodar a éste dentro de su cama. Desvistió a su amigo y lo acostó allí. Suspiró, ¿en qué momento se había convertido en su niñera? Pero estaba aliviado de que no hubiera hecho ninguna tontería como buscar a Lovino.

Esa misma noche, éste último y Sadiq fueron al piso en cuestión. Dado que dicho lugar iba a ser ocupado por la pareja recién casada, el mayor de los hermanos Vargas fue en busca de las pertenencias que había dejado en su antigua habitación.

Se sentía bastante extraño entrar a dicho sitio en la compañía de otro que no fuera Antonio. Siempre se había imaginado que aquel estaría a su lado pero se había equivocado. De todas maneras, no podía dejar que el turco se diera cuenta de su añoranza.

Desde que se había juntado con él, había procurado imaginar que ésa era la relación ideal para él: No le faltaba nada, no le hacía estúpidas preguntas y no tenía que andar con sentimentalismo barato. Y tampoco tenía que soportar el maldito drama que solía tener con Antonio. Era mucho más sencillo pretender que era feliz con él.

Sin embargo, no podía entrar a su habitación con Sadiq. Había fuerza que le impedía permitir que aquel hombre ingresara a esa parte del apartamento.

—Quédate aquí, bastardo. Yo iré a recoger todo…

—¿Realmente crees que podrás todo tú solo? —respondió casi burlándose de la escasa fuerza física del italiano.

—¡Claro que sí, imbécil! —Eso lo irritó más y se apresuró a adentrarse antes de enojarse todavía más. Cerró la puerta para asegurarse de que aquel no viera nada.

Le dio un primer vistazo a su viejo dormitorio. Todo estaba organizado y sin ningún rastro de polvo, gracias al obsesionado a la limpieza de Ludwig. Pese a ello, todo lo que había dejado, estaba en su preciso lugar. Era como si no hubiera pasado un minuto desde su partida.

No sabía por dónde empezar. De repente, vio la camisa del español que alguna vez se había olvidado en una de esas noches que habían pasado juntos. Respiró profundamente, solamente era una maldita prenda. Sin embargo, en el momento que la tomó, un recuerdo le invadió.

Eran las seis de la mañana y Antonio se despertó rápidamente. Aunque quería quedarse por el resto del día en la cama junto a Lovino, tenía que ir a trabajar. Trató de ponerse de pie, sin despertar a aquel, con muchísimo cuidado.

Enseguida se percató del desorden que habían hecho durante la madrugada. ¿Cómo rayos iba a encontrar su ropa si estaba toda mezclada con la del italiano? Suspiró, no tenía tiempo que perder. Agarró lo primero que halló, que le calzara bien y se despidió.

¿Dónde demonios vas? —le reclamó el muchacho, mientras se desperezaba.

Tengo que ir a trabajar, Lovino. No puedo quedarme aquí, ya lo sabes —explicó con delicadeza, ya que no quería que el otro se enfadara.

Te ves ridículo —opinó y luego se dio la vuelta para seguir durmiendo.

Horas más tarde, Lovino buscó su ropa para llevarla a la lavandería. Mientras que la recogía del suelo, encontró una camisa que definitivamente no le pertenecía.

No tengo tan mal gusto —comentó a la vez que miraba la prenda en cuestión. Después de un buen rato, se percató que pertenecía a su novio —. Después se la llevaré, no tengo ganas de llamarle —se dijo a sí mismo.

Sin embargo, ese después nunca llegó. Lovino abrazó la camisa, era estúpido tener esa añoranza. Pero era algo que no podía evitar. Después se dio cuenta de que tenía una excusa para visitar al español y conversar con él. Necesitaba saber si le ocurría lo mismo.

No tenía apuro por salir de allí. Se recostó sobre su cama y nuevamente recordó todo lo que había pasado con el hispano. Era en ese mismo sitio donde había tenido su primera vez con él. Hundió su cabeza, no se había olvidado de ello pero tampoco pensaba frecuentemente en aquella situación.

Miró hacia su costado, como si estuviera buscando el confort que le traía el español cuando le rodeaba con sus brazos.

—Maldito bastardo, ¿cómo demonios te has colado en mis pensamientos? —se quejó.

Sí, definitivamente quería volver a experimentar esa sensación de seguridad que le daba Antonio. Sí, definitivamente quería volver a compartir la misma habitación con él, a solas. Sí, eso era lo único que realmente necesitaba y nada más.

—¿Cuánto más piensas quedarte allí? —se quejó el turco quien estaba cansándose de esperar.

Salió con la camisa y ni siquiera se molestó en contestar a Sadiq. La verdad era que no le importaba en lo más mínimo. Tenía una sola cuestión en mente y debía resolverla en cuanto pudiera escaparse del alcance de ese hombre que ahora estaba a su lado. Misión difícil pero no imposible.

—¿Era por una estúpida camisa? Podías comprar otra y ya está —No entendía por qué se había molestado hasta ese lugar. La dichosa vestimenta no era precisamente una de lujo.

—¡Pues yo quiero esta maldita camisa! Me importa una mierda si no te gusta —contestó agresivamente mientras que trataba de caminar bien adelante del turco.

Todo lo que ahora debía hacer era encontrar la oportunidad para escaparse de Sadiq…


Traté de ponerle aunque sea un poco de humor.

Nos leemos eventualmente.