Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.


CAPÍTULO V

Mientras que Antonio se preocupaba por lo que iba a acontecer la noche de ese día, Lovino estaba haciendo un desastre en la habitación de hotel. Había algo que necesitaba mostrarle al español, pero no recordaba en dónde lo había puesto, así que la única opción era revisar el dormitorio entero hasta encontrarlo.

—¿Dónde mierda está? —Se rascó la cabeza. Estaba completamente seguro de que lo había traído. La cuestión era que no sabía en qué lugar lo había colocado.

Sin embargo, estaba determinado a encontrar el dichoso papel. De algún modo u otro, debía llevárselo a Antonio. Era la única prueba que tenía para demostrarle la razón por la cual había sucedido todo eso. Por supuesto que estaba frustrado, detestaba ser tan desordenado.

Luego, después de tirar todo el contenido de una maleta, descubrió el lugar donde estaba. El sobre había caído lo más bajo que le fue posible, por debajo de su ropa interior. Lo sacó y aunque estaba bastante arrugado, lo había conseguido.

Esa maldita carta que había causado un tremendo malentendido. Lovino se quedó pensando en lo que había pasado por su cabeza cuando la había recibido, mucho tiempo atrás.

Habían pasado solamente tres semanas desde que había arribado a la capital del país y el muchacho no podía estar más infeliz. Detestaba el ambiente, que hubiera tanto ruido y que la gente paseara tan contenta por la calle. Como si realmente hubiera una buena razón para tener una sonrisa en la cara.

Su abuelo había tratado de todo para sacar al italiano de su habitación, pero nada había funcionado. Estaba terriblemente aburrido y la verdad era que no deseaba estar un momento más en aquel lugar.

¿Qué demonios estará haciendo Antonio? —se preguntó mientras que observaba a la gente pasar.

Definitivamente tenía que regresar. No podía quedarse allí por un minuto más, no lo soportaba. Sin embargo, cuando había tomado la decisión de empacar y comprar el primer ticket de avión, alguien golpeó y un sobre asomó por la ranura de la puerta.

No estaba muy interesado, seguramente era alguna invitación para otra de las fiestas que organizaba algún amigo o conocido de su abuelo. Lo levantó y en cuanto lo tiró sobre la mesa, se percató que el remitente no era una persona cualquiera.

Arqueó su ceja, ¿cómo sabía en dónde se alojaba? Bueno, si se trataba de él, entonces sí iba a leer su contenido.

Pasaron varios minutos, cuando se arrepintió de haberlo hecho. Tal vez no estaba en condiciones de quejarse, pero lo que había leído había sido una flecha que se le incrustó en el pecho. No, lo había comprendido mal. Sí, eso debía ser. Sin embargo, con lágrimas en los ojos, no era fácil volver a releer la carta.

¿Acaso Antonio era capaz de hacerle semejante cosa? No, él era incapaz… ¿O tal vez sí? Debía asegurarse de que esto era una mentira.

Recordó cuando lo había visto en el bar con sus amigos. Cerró su puño, ¿así era como su relación terminaba? ¿Por culpa de una jodida carta?

Levantó el tubo, debía llamarlo de inmediato. Marcó su número y esperó impacientemente. ¿Por qué tardaba tanto en atenderle? No, no. Era la larga distancia y nada más.

¿Aló? —preguntó alguien del otro lado. Esa voz no era definitivamente de Antonio, sino de cierto francés.

El italiano se quedó en silencio por un buen rato, pues no sabía cómo responder. Estaba demasiado en shock como para pronunciar alguna palabra.

¿Alguien está ahí? —volvió a indagar el rubio.

¿Quién es? —Una segunda voz se hizo escuchar.

Antes de poder hacer alguna pregunta, Lovino cortó la llamada. Aunque quisiera reclamarle, la voz simplemente no le salía. No podía lidiar con eso. ¿Por qué aquel hombre estaba en su casa? Nunca había confiado demasiado en él, ¿acaso había aprovechado su ausencia?

Lo cierto que esa misma noche, el italiano asistió a una fiesta importante. Estaba terriblemente decepcionado, pero no podía soportar estar en su dormitorio. Necesitaba tomar para olvidarse. Sí, eso era lo que debía hacer. Si Antonio estaba haciendo lo que se le daba la gana, entonces él haría exactamente lo mismo…

Ahora debía pensar en una buena excusa para que Sadiq lo siguiera. Debía ser algo totalmente convincente y que no le interesara en lo más mínimo. Se tiró sobre la cama, la verdad es que no se le ocurría nada. Tal vez era porque estaba mucho más preocupado por lo que iba a pasar durante la noche.

Salió al balcón. No estaba seguro de que Antonio comprendería sus razones. Si estuviera en su lugar, definitivamente no lo haría. Es más, le mandaría al demonio y se le reiría en la cara por semejante excusa. Sacudió su cabeza, no podía echarse atrás.

De todas maneras, aunque el turco no lo quisiera, se iría a su encuentro. Buscó su mejor ropa y comenzó a arreglarse. En aquella noche, todo podía suceder.

Repentinamente, Sadiq entró a la habitación. Había estado con un par de personas hablando de unos futuros negocios y había decidido que era hora de descansar y aprovechar el momento para estar con Lovino. Después de todo, era como una especie de vacaciones.

Sin embargo, se sorprendió al ver al italiano tendiendo su camisa y su pantalón de vestir. ¿Otra vez se había quedado dormido, mientras le comentaba algún plan?

—¿Por qué estás preparando todo esto? —indagó con curiosidad.

Lovino no se había dado cuenta de la presencia del hombre y no lo hubiera hecho, si no fuera porque éste se interpuso entre la cama donde estaba preparando su ropa y él. El muchacho murmuró alguna grosería y luego, empujó al turco hacia un lado.

—Tengo algo importante qué hacer, idiota —respondió, mientras que continuaba pensando.

—¿Hay algún plan con…?

—No es de tu maldita incumbencia —le cortó de inmediato.

El hombre no habló más del asunto. No porque Lovino tuviera razón, sino que no tenía las reverendas ganas de discutir. De todas maneras, estaba totalmente seguro de que ya se enteraría a dónde iría esa noche.

Alrededor de las ocho, Antonio estaba realmente ansioso con la velada. Caminaba de un lado a otro, pendiente de la llegada de Lovino. ¿Y si le había tomado el pelo? ¿Si simplemente le había pedido aquel encuentro para burlarse de él en su cara? No, no.

A pesar de todo, tenía aún confianza en Lovino. No entendía por qué tenía esa fe tan ciega, pero sabía que en cualquier momento haría su aparición. Simplemente era cuestión de paciencia.

Se sentó sobre su cama. Estaba inquieto, había estado esperando por esas explicaciones por tanto tiempo y finalmente, se las daría. ¿Qué haría luego? Al menos, si conseguía aliviar esas dudas que habían crecido a la par que el tiempo transcurría, se daría por satisfecho. Aunque había una pregunta de la cual no estaba seguro si plantear o no.

Un grito lo sacó bruscamente de sus pensamientos.

—¡Maldito bastardo, estoy abajo! ¡Abre la puerta de una vez! —exclamó el muchacho desde el piso inferior.

Debía ser un tonto para no reconocerlo. De inmediato, se apresuró para recibirlo. Ignoraba que Lovino estaba tan o inclusive más nervioso que él. Era la primera vez en meses que estarían solos en el lugar del español, sin que nadie más pudiera intervenir.

Abrió la puerta con prontitud, ya que no quería el otro estuviera parado allí por mucho rato.

—¡Lovino! Me alegra que estés aquí —Fui el primer comentario que salió de la boca del español. La verdad era que no tenía ningún sentido esconder su entusiasmo por ello.

—¿Pensabas que no iba a venir, verdad? Pues aquí estoy —respondió con aparente indiferencia.

—Supongo… —rió nervioso. No sabía exactamente cómo saludar al muchacho, ya que fuera la forma que fuera, seguiría siendo bastante incómodo. Por lo que se limitó a la simple cortesía —. Pasa —Se hizo a un costado para que el italiano pudiera ingresar.

Éste, después de dar unos cuantos pasos, se quedó parado. Experimentó la misma sensación de añoranza que había tenido unos días atrás, cuando había ido a su viejo dormitorio. No pensó que esos sentimientos le invadirían apenas pusiera un pie, pero así era.

Tomó una bocanada de aire antes de entregarle el sobre a Antonio. Por un breve instante, creyó no tener el coraje suficiente para hacerlo. Pero sabía que le debía una explicación a ese hombre, por lo que se apresuró a dárselo y de inmediato, se dio vuelta.

—Léelo —le indicó el italiano, quien continuaba dándole la espalda al dueño de casa.

Antonio no perdió ningún instante e hizo lo que el muchacho le había dicho. La carta era algo difícil de comprender, ya que estaba bastante arrugada. Como si alguien la hubiera aplastado con muchísima rabia. De todas maneras, el mensaje continuaba allí.

Lovino:

Ha pasado un buen tiempo, ¿no lo crees? Después de unos días, he conseguido tu dirección así que decidí mandarte esto de inmediato. Supuse que es algo que deberías saber.

Me alegro que te hayas ido con tu abuelo. Tendrás muchas más oportunidades en una gran ciudad que quedarte aquí, en este aburrido pueblo. No te preocupes por mí, ya encontré alguien que me hace más feliz. Creo que tú deberías hacer lo mismo.

Es difícil, pero es hora de que cada uno haga su propia vida aparte del otro. Con el tiempo, supongo que lo entenderás.

Te deseo las mejores de las suertes.

Antonio.

El español contempló por un buen rato la carta. No sabía cómo reaccionar; ¿Debía molestarse? ¿O reírse como un loco? ¿O destrozar aquel pedazo de papel, responsable de la miseria por la cual había tenido que atravesar durante esos horribles meses?

—Lovino… —Antonio estaba sin palabras. Le daba rabia que alguien se había querido pasar por él, pero le molestaba aún más que el italiano fuera tan ingenuo como para pensar que él sería capaz de escribir tal cosa —. ¿De veras, creíste que yo pude escribir esta…Basura?

—Llamé después y me atendió el idiota de ese francés. Pensé que tú y él… —Lovino no quiso continuar.

El español se recostó por el sofá. Estaba confundido. Claro que estaba indignado, pero…

Lovino se quedó parado, de vez en cuando, miraba hacia atrás. Sí, se había mandado la estupidez del siglo. Sí, había pisoteado a Antonio sin siquiera preguntarle directamente las cosas. Sí, estaba seguro de que era totalmente comprensible de que lo detestara.

Sin embargo, dado que era imposible retroceder al tiempo, lo único que le quedaba era pronunciar dos palabras, que siempre le habían parecido una misión imposible. Pero era el momento adecuado, aunque no valieran de nada.

—Yo… —pausó por un momento. De inmediato, se dio la vuelta. Ya no le interesó si el español veía cómo sus lágrimas corrían por sus mejillas. Sí, debía dejar de lado su orgullo y finalmente, ser sincero —¡Lo siento! ¡Lo siento, lo siento! —repitió varias veces.

El hispano levantó su mirada enseguida. Lucía como si lo dijera de corazón. Incluso estaba temblando de lo enojado que estaba consigo mismo.

Aunque quisiera odiarlo, mandarle a la mierda por lo que le había hecho, por abandonarle sin dirigirle una sola palabra, por haber aparecido descaradamente con alguien más… No podía luchar contra sus verdaderos sentimientos.

En cuanto se dio cuenta, estaba abrazando a Lovino con todas sus fuerzas. Éste se aferró de los brazos del dueño de casa, como si su vida se estuviera yendo en ese preciso instante. Y ahí encontró esa sensación que había creído perdida mucho tiempo atrás.

—¿Me odias? Soy un completo imbécil y…

—No puedo, Lovino. Lo admito, no han sido meses fáciles. Pero, ¿sabes qué? —Tomó de la barbilla al muchacho y levantó la mirada —. Estaba seguro de que ibas a regresar. Aunque hubieran pasado años, seguiría estando aquí.

El español contempló el rostro del italiano por un buen rato. Con suavidad, le secó las lágrimas que aún deseaban salir. Era lo más próximo que había estado de Lovino en demasiado tiempo. Pero esta vez, no iba a dejar que se le volviera a escapar como la última vez.

—¿Entonces? —indagó el italiano. Pudo ver como una efímera sonrisa se formó en el rostro del español.

No contestó. ¿Para qué hacerlo con palabras? Era el momento que tanto había esperado. Era la razón por la cual se había estado carcomiendo la cabeza en los últimos meses: El hecho de que no había podido disfrutar de un último beso. Y ahí, tenía una nueva oportunidad para enmendar su error. Porque aunque Lovino no le pertenecía, esa noche lo sería.

Un beso. Solamente era lo que quería. ¿No era mucho pedir, verdad? Era volver a sentir ese sabor que le había enamorado por completo en aquel parque, tiempo atrás. Era pretender que nunca se habían separado.

—A pesar de todo, te sigo amando —Antonio le susurró al oído.


Trolololo...

En estos días, voy a subir un mini-fic Spamano, basado en una película de Disney (Anastacia). Sí, encontré la forma de adaptarla a la pareja. Espero que alguien quiera leerlo.

¡Gracias por leer~!