Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.

Advertencia: El capítulo puede contener alguna cosilla explícita y violencia.


CAPÍTULO VI

Mientras tanto, Sadiq había salido del baño y miró por todas partes. Ciertamente, algo estaba faltando a dicha habitación. Quizás se trataba de cierto malhumorado italiano. Se rascó la cabeza, ¿se había olvidado de algo? En algún lugar debía encontrarse.

Ni siquiera le había dejado una maldita nota. Simplemente se había ido, sin tenerlo en cuenta. Por supuesto, esto no le hizo ninguna gracia al turco. Esto ya le había pasado con anterioridad. ¿Cómo podía tener tanta mala suerte? En fin, de algún modo u otro, iba a recuperarlo.

Lovino se quedó en completo silencio. ¿Cómo responder? ¿Qué decir? Otra vez, Antonio se le adelantaba. A eso había que añadirle, que no le resultaba demasiado fácil expresar lo que sentía. Pero debía admitir que estaba contento con aquellas palabras.

Quizás simplemente se había montado sus propias paranoias.

—Pensé que me odiabas, idiota —murmuró el muchacho, lo suficientemente fuerte como para que el otro escuchara.

—Ya te dije, aunque lo quisiera, no lo podría —respondió éste.

En ese preciso instante, el móvil de Lovino comenzó a sonar. Sí, había un pequeñísimo detalle que se había olvidado éste. Y ahora ese "detalle" necesitaba unas cuantas explicaciones.

Lo quitó de su bolsillo y no se sorprendió al ver de quién se trataba.

—¿Qué mierda quieres? —preguntó molesto.

—Quiero saber en dónde rayo estás —respondió el turco, bastante enfadado. Aún no podía creer que el italiano le hubiera tomado como un tonto.

—Donde no te importa —Colgó de inmediato, pues no quería oír una sola palabra más de Sadiq.

Para no tener que lidiar más con ese hombre, lanzó su teléfono por el balcón. Sacudió sus manos como si se tratara de una gran victoria y luego regresó a la sala donde Antonio se había quedado sin palabras al ver la reacción del italiano.

Por supuesto, Lovino no contó con el hecho de que Sadiq no era de rendirse tan fácilmente. Pero eso ya se vería más adelante.

—¿En qué demonios estábamos? Tenía que deshacerme de las estúpidas molestias —comentó Lovino como si no hubiera sido la gran cosa.

—No estoy seguro si ésa fue la mejor manera de lidiar con él —opinó Antonio.

—¿Qué más da? Sólo quiero estar contigo, ¿por qué debería importar el resto?

El español sonrió. No sabía si tomarlo como un cumplido o qué. De todas maneras, no podía dejar que ese pequeño detalle interfiriera con el resto de la noche. Aún tenían mucho con que ponerse al día y mucho por compensar.

Lovino estaba observando el panorama, más que nada para asegurarse de que aquel hombre no anduviera por esos lares. Sin embargo, se pegó un susto de aquellos cuando sintió los brazos del español. Carecía de sentido poner resistencia.

—¿Qué tal si cierro las cortinas, mientras tú te pones cómodo en el sofá? —preguntó Antonio, mientras que intentaba sacarle el molesto cinto.

El cinto cayó hacia al piso enseguida. Empujó al muchacho para que fuera al sofá, en tanto se ocupaba del balcón. Miró una vez más afuera, todo parecía estar en completo silencio. No había nada por lo cual preocuparse, aparentemente.

De inmediato, fue a atender el asunto más importante que tenía entre sus manos. Sí, esa persona quien fuera su mayor objeto de deseo. Sin dudarlo demasiado, se sentó encima de él.

—¡Deberías avisarme antes de lanzarte de esta forma, imbécil! —comentó el italiano.

—Me parece que necesitas relajarte un poco más… —le susurró el español.

El corazón del muchacho latía a mil por horas. Aunque lo hubieran hecho más de mil veces, siempre se ponía ansioso. Era tal vez porque Antonio le hacía sentir deseado y sabía cómo darle placer. Ah, ni siquiera había sido consciente de lo mucho que había querido que llegara tal momento.

Le desabrochó la camisa tan rápido como pudo. No iba a negar que estuviera bastante desesperado. Sí, esos meses de espera habían sido como una sequía que ahora iban a terminar. Lo había deseado desde el momento que le había visto en la boda.

Lovino no dudaba en corresponder esos besos apasionados. ¿Cómo no iba a hacerlo? Definitivamente era mucho mejor en vivo y en directo, que simplemente imaginárselo.

—Cambiemos lugar —comentó el italiano al oído del español.

Éste se limitó a acatar la petición del muchacho. No sabía qué se traía entre manos, pero ciertamente iba a disfrutar descubriéndolo. Esta noche, estaba saliendo mucho mejor de lo que había pensado. Y el hecho de que aquel tuviera un poco de iniciativa, le excitó un poco más.

Lovino se arrodilló frente al cierre del pantalón del hispano y lentamente lo bajó.

—¿En qué estás pensando, Lovino? —preguntó como si no lo supiera.

El roce de aquella lengua traviesa y juguetona le respondió. Respiró profundamente, si Lovino planeaba llevarlo a la locura, lo estaba haciendo demasiado bien. El muchacho disfrutaba de ver al español tan entregado a sus juegos. Y al ver sus reacciones, continuó haciéndolo con más intensidad. Quería satisfacerlo en la medida que pudiera.

Sí, porque eso es lo que suponía que debía hacer por la persona que se ama: Que sea lo más feliz con lo que se podía.

—Lovino, no te detengas… —le suplicó el español.

Sin embargo, alguien comenzó a golpear de manera violenta la puerta de la casa del español. Lovino se detuvo y se cayó al suelo, pues se dio cuenta de inmediato de quién podría tratarse. Se limpió la boca de manera rauda y corrió hacia el balcón.

—¡Mierda! —exclamó sin disimular en lo absoluto su sorpresa.

Caminó de un lado a otro, desesperado. Aún no estaba listo para confrontar a Sadiq. Sí, ya sabía que debía dejarlo en algún momento, pues era demasiado injusto jugar a los dos extremos. Pero no creyó que fuera tan pronto. Y no le hacía nada de gracia que supiera cómo encontrarlo con tanta facilidad.

—¡Lovino, sé que estás ahí! —gritó el turco, quien ni siquiera se molestó en disimular lo furioso que se encontraba. Estaba impaciente, quería una explicación del por qué le había dejado sin dedicarle una mísera palabra o por lo menos, por qué estaba en la casa de su ex.

El español se subió los pantalones de inmediato. Primero, se acercó a Lovino y lo sacudió un poco para que se tranquilizara. No era una situación muy agradable y comprendió por qué estaba tan nervioso, pero estaba seguro de que habría alguna forma de solucionarlo.

—Iré a hablar con él —se ofreció como si fuera fácil —. Mientras tanto… Piensa en mí —Le guiñó y se retiró a recibir a aquella inesperada visita.

No sabía ni qué le diría, tal vez podría hacerle entrar en razón. Le quedó bien en claro que Lovino no deseaba nada con él. Que solamente había sido un segundo plato y la cena ya se había terminado. En fin, si quería que su noche continuara tan placentera como lo había sido hasta ese momento, debía encargarse de él.

Sin embargo, al abrir la puerta…

—Lovino no está…

Pero antes de siquiera poder pronunciar la siguiente palabra, el puño de Sadiq se encasquetó en su nariz. Por un buen rato, estuvo tan mareado por tal golpe que no supo qué fue lo que había ocurrido. Lo siguiente que notó fue que la sangre caía de su nariz.

—Espera, espera —Antonio creyó que era capaz de apaciguar el enojo que el otro sentía, pero claramente nada podría calmarlo.

—No quiero escuchar una palabra de ti, imbécil —explicó y empujó al español contra una de las mesas de madera.

Por supuesto, Lovino escuchó todo el escándalo que estaba ocurriendo abajo. ¿Qué debía hacer? ¿Esconderse, huir? No, no podía. Aunque normalmente, bajo dichas circunstancias, hubiera salido corriendo, no podría permitir que una vez más el español resultara lastimado por su culpa.

Además, ¿qué iba a hacer si algo le pasaba a Antonio? No, no iba a poder vivir con la culpa. Bajó lo más rápido que pudo, debía detener a Sadiq. Si tanto lo quería de vuelta, entonces… Tragó saliva, no estaba seguro con que se iba a hallar.

Todo lo que pudo observar era una escena espantosa. El turco estaba enojadísimo y no había nada que pudiera calmarlo. Antonio intentaba hablar con él, pero no había caso. El italiano fue a donde había caído el español, quien estaba lleno de moretones y ensangrentado por culpa de la paliza.

No había tenido ninguna esperanza de que dicha conversación fuera agradable, pero tampoco creyó que Sadiq llegara a ese extremo.

—¡Basta, imbécil! —exclamó para que el otro dejara en paz al hispano —Yo tengo la culpa, idiota. Si tanto quieres que regrese contigo, no vuelves a tocar a Antonio, imbécil —respondió con aire desafiante.

Sadiq sacudió su puño. Por supuesto que estaba enfadado. ¿Lovino se había ido a acostarse con otro y ni siquiera le había tomado en consideración? Respiró profundamente, detestaba en lo más profundo de su alma a ese que estaba entre los brazos del italiano. Y no estaba para nada arrepentido de lo que había hecho.

—Entonces, date prisa —comentó y se dio media vuelta.

Lovino se lamentó la situación pero más el hecho de no poder haber hecho nada. Sólo sentía que había cometido un pésimo error y el que otra vez había tenido que pagar por sus platos rotos, era Antonio. Tal vez era una estúpida idea, pero estaba cansado de solamente darle más y más problemas.

—Te ves…

—No es nada —respondió con una sonrisa calmada —. Sólo voy a recostarme por un rato. Quédate a mi lado —le suplicó.

Sin embargo, el muchacho estaba pensando en otras cosas. Claro que detestaba a ese hombre que estaba ahí esperándolo. ¿Quién mierda se creía para golpearle de esa manera? Mas, estaba seguro que si no iba con él, todo iba a empeorar. Suspiró, era una decisión que realmente no quería tomar.

El español le agarró de la mano para que no se fuera. Sí, mientras que Lovino se mantuviera a su lado, nada más importaba en el mundo.

—Yo… Lo siento —Lovino se levantó, dejando de lado al español. No era fácil, en lo absoluto. Preferiría quedarse pero… No, no podía dudar más.

—¿Eh?

—Tal vez, sea mejor que me vaya. Ya te he dado demasiados dolores de cabeza —explicó sin darse la vuelta.

No obstante, no había contado con la insistencia del hispano, lo cual hacía más difícil abandonarlo. ¿Acaso ignorarlo lo convertía en un completo desalmado? Si solamente le metía en problemas y no podía hacerle feliz por mini segundo, ¿cuál era la razón para que quisiera estar con él? Lovino sacudió su cabeza, supuso que estaba haciendo lo correcto.

—Te amo, imbécil —dijo y caminó con prisa hacia la salida.

Antonio no consiguió comprender nada de lo que había ocurrido. De lo único que estaba seguro, era que no podía permitir que Lovino se fuera. Se paró con cierta dificultad, aún estaba mareado por los golpes, incluso le pareció que se había roto alguna costilla.

Pero estaba determinado a que el muchacho no se le escapara. Aunque tuviera que pasar por el tormento que fuera, Lovino iba a regresar a su lado. ¿Cómo iba a permitir aquella atrocidad? Y sabía que no era feliz con aquel hombre. Si al menos, éste se preocupara un poco más…

Consiguió llegar hasta la puerta pero no había rastro del italiano. ¿A dónde se había ido? No le importaba, lo hallaría. Inclusive si tuviera que revisar casa por casa, edificio por edificio… Estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario. Lamentablemente, sólo se mareó más y terminó desmayado sobre su portal.

Lo siguiente que supo fue que estaba en su cama, con Emma preocupada hasta no dar más y Francis tratando de entender qué había pasado la noche anterior. Su primera reacción no era precisamente la que esos dos querían, pero era la más obvia.

—¿Y Lovino? —indagó mirando por todas partes, a pesar de que ya sabía cuál sería la respuesta.


Pido disculpas si resulta ser corto. Pero el capítulo siguiente ya será más largo.

¡Gracias por leer~!